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miércoles, 30 de mayo de 2012

Desde la tribuna: importancia de la división de poderes

Ando de bronca con tanto cortesano, columnistas (en cuenta Julio Rodríguez de La Nación) y funcionario interesado en confundir la “Presidencia de la República” con el “Gobierno de la República”.

Basta una breve lectura del artículo 9 de la Constitución Política para salir del error (el gobierno lo ejercen el pueblo y los tres poderes…) y un poco de ética para apartarse de la mentira (pues no todo es error sino que hay crispinescos intereses en confundir una cosa con otra).

Comentaba el asunto con un amigo y me replicó que la división de poderes no existía. Le riposté con el texto constitucional y me insistió en que no se trata de un tema de normas jurídicas sino de realidad  (los tercos hechos).

-A los diputados no los pone el pueblo, los pone el Presidente o alguien cercano a él-, me dice. Iba a contraargumentarle y entendí el hecho y comprendí la gran relación que tiene con algo que hace tiempo critico y vengo denunciando.

Hay una campaña permanente de desprestigio en contra de Asamblea Legislativa y diputados. Es lugar común decir  “ésta es  la peor asamblea” , cada vez que hay una nueva. Los propios diputados caen en el juego.  Sí, el juego. ¿En qué consiste el juego?

Se supone que la Asamblea es el primero de los poderes (ahora es el pueblo, pero si pensamos solo en los tres poderes, seguirá siendo la Asamblea). La Asamblea dicta la ley y elige a los magistrados, a los contralores, a los defensores. La Corte Plena elige a los magistrados del Tribunal Supremo de Elecciones.

Si las asambleas de los partidos son dominadas por los candidatos a Presidente, entonces resultará que la mayor parte de los diputados deberá su designación a tal candidato (uno de ellos resultará presidente y los otros tendrán cómo negociar). 

Por otra parte, cunde la creencia de que “gobierno” es solo el Presidente y entonces la obra se va completando (el juego de que venimos hablando). Para reforzar tal pretensión, la Presidencia cuenta con la incondicionalidad de sus ministros y con toda la administración pública (salvo tal vez las Universidades, pues gozan de una autonomía un tanto diversa). Hay que recordar las leyes de “presidencias ejecutivas” y de “cuatro-tres” y entonces entenderemos que la mayor parte de las Juntas de las Autónomas debe su nombramiento al Consejo de Gobierno (Presidente más ministros) directamente o pasando por las aplicaciones interpretativas del “cuatro-tres”.  

Entonces el panorama se completa. Una mayoría de diputados se acomoda a las presiones y a la Presidencia.  Algunos incluso se autodenominan “diputados de gobierno”.  Los otros sufrirán los embates de muchos medios de comunicación (prensa cortesana, columnistas que han recibido viaje, cariñito o regalito, medios que reciben pauta de la administración pública) y la mentalidad construida por todo el tinglado en el sentido de que “hay que hacer algo”, “hay que obedecer al gobierno”, “hay que aprobar impuestos”, “hay que desentrabar la Asamblea”, “hay que trabajar (como si el trabajo del diputado fuera aprobar y aprobar, en lugar de pensar, deliberar, discutir, objetar y rechazar).  

Es cuestión de tiempo y se cansarán de oponerse a la inercia. Terminarán viajando (un incentivo), incapacitándose o gozando de un permiso, capitulando, ausentándose de sesión, quedándose callados o sumándose a la mayoría.  Olvidarán los argumentos para objetar.  Olvidarán las promesas que hicieron a sus seguidores.  Pronto empezarán a nombrar a algún magistrado suplente. Tal vez ratificarán algún cargo. Quizás dejarán que pase algún proyecto de ley y se convencerán de que habrá sido suficiente con consulta facultativa o con la mera existencia de la Sala Constitucional para enmendar el desatino. Se han olvidado de que con igual abulia dejaron pasar el escogimiento de magistrados. Luego dejaron que la comisión de nombramientos impusiera ternas (inconstitucionales) y empezaron a creer en los candidatos potables, light o llevaderos (no hay que hacer olas) y poco a poco se acabó la división de poderes y la Presidencia de convirtió en gobierno (tiene los magistrados que quiere, los contralores que quiere, los defensores  que quiere y hasta el TSE que quiere).  

Algunos diputados terminan cediendo a la presión de su propio partido (son cuota del candidato y le deben obediencia, para que él pueda negociar). Recuerdo que se decía de un Secretario General de un partido acomodado (Ley Vesco y Ley “cuatro-tres”, Presidencias Ejecutivas y Codesa fueron aprobadas con su “oposición”) expresaba “¡Tranquilos, tranquilos!, que perdiendo ganamos”. Siempre queda el expediente de decir que se hace “oposición responsable”. Entre diputados hay presión para que los opositores o difíciles tengan presente “el costo político” de su actitud.

Dejo aquí el argumento general.  Pruebas sobran. Espero haber convencido a quienes esto lean de porqué es importante la división de poderes y no confundir al Ejecutivo con el Gobierno. ¡Queda dicho!

Federico Malavassi Calvo