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martes, 11 de diciembre de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: la ONU y el control de la internet

Costa Rica debe tener una posición clara y firme acerca de lo que está en proceso de discusión en Dubái, en torno a regulaciones que la Organización de Naciones Unidas tendría sobre la Internet. Dicha reunión se realiza, sospechosamente, en forma secreta y no está abierta al público interesado.

La pregunta que uno se formula es ¿por qué la ONU busca regular una institución como la Internet, la cual funciona eficientemente en un marco de libertad? Ya sabemos que la ONU es un cuerpo político que en muy diversas ocasiones ha tomado decisiones, que no precisamente favorecen el ejercicio de la libertad. Mi impresión es que la ONU desea posesionarse de lo que hoy funciona eficientemente en manos privadas. Posiblemente sea con el fin adicional de crear un impuesto mundial (como si no tuviéramos suficientes con los nacionales y locales), a fin de lograr recursos para sus objetivos propios.

La apertura es la base de la Internet. No se vale aducir que es para luchar en contra de los cibercrímenes, como ejemplos la pedofilia y el narcotráfico, que se hace necesario el control de la Internet por parte de la ONU. De hecho ya las naciones están organizadas al respecto. Lo que más bien va a suceder es abrir la oportunidad a naciones totalitarias o muy cerca de serlo, para que se facilite el control de sus ciudadanos “inconformes” y desafectos, quienes podrían organizarse por dicho medio, para luchar contra gobiernos que no quieren. Ejemplo han sido los recientes sucesos en Oriente Medio, en donde los pueblos han usado la Internet para comunicarse y organizarse en contra de tiranías, aunque a veces más bien haya servido para caer en otras.

En todo caso también hemos visto como en poderosas naciones como China y Rusia y en otras menos importantes, como Cuba, a los blogueros se les ha controlado, imponiendo sus gobiernos limitaciones acerca del uso de la Internet. Esta restricción a la libertad se facilitaría mediante controles generalizados impuestos a través de las Naciones Unidas. Pero también la medida promovería una desintegración de una red que, por definición, es universal. De esta forma, cada país podría instaurar sus propias reglas restrictivas, alterando el libre flujo de comercio e información que hoy se disfruta con la Internet. Esa balcanización estimularía el proteccionismo deseado por algunas naciones. El mismo impuesto pretendido por la ONU, supuestamente con el propósito de que esos recursos se destinen a naciones menos desarrolladas en el uso de la Internet, tendría un costo enorme al limitar la libertad mundial de comercio y el derecho de las personas de estar libremente informada.  

La lucha por la libertad nos exige el mantenimiento de una Internet libre y abierta, tal como lo es en la actualidad. No debemos permitir que haya una apertura a la censura, que siempre pretenden lograr los dictadores, como medio para refrenar los derechos de los ciudadanos. Los mercados libres, al igual que los sistemas democráticos y las sociedades que consideran deseable vivir en libertad, requieren la existencia de un flujo de información libre. Precisamente lo que pretende la ONU es que esa libertad quede sujeta a la voluntad de sus burócratas y de sus políticos, a quienes nunca los hemos elegido.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 2 de junio de 2011

Jumanji empresarial: la paranoia es buena


“Viví. Morí. Ahora déjame en paz”, eso es lo que quiero que ponga mi tumba.

¿Qué tengo que esconder? ¡Todo! Lo que equivale a decir: todo lo que reclames saber de mí es algo que no quiero decirte.

La privacidad es el medio más eficaz de preservar la libertad contra un Estado invasor. La privacidad se basa en la suposición de que (en ausencia de evidencias concretas de maldad) un individuo tiene derecho a cerrar su puerta y decir a otros (incluido al Gobierno) que se ocupen de sus asuntos. Es una presunción de inocencia. Es asimismo la piedra angular de la sociedad civil.

El acto de cerrar tu puerta en las narices expresa la distinción clave entre las esferas pública y privada. La esfera privada consiste en las áreas de la vida en las que un individuo ejerce autoridad y en las que no es apropiado que el Gobierno y otras partes no invitadas se introduzcan; tradicionalmente, el hogar o la familia se consideraban el ejemplo principal de la esfera privada. Así, históricamente, la privacidad ha permanecido como un baluarte entre el individuo y el gobierno, entre la libertad y el control social.

No sorprende que la privacidad este bajo un ataque fiero y sostenido.

El totalitarismo requiere información total y el Gobierno actual está resuelto a alcanzar una identificación completa de todos, realizando un inventarios de pertenencias a gravar y controlar: identificador nacional, biométrica, “¡sus papeles, por favor!”

Parece que en cada encrucijada se no pide rellenar un formulario, responder a preguntas invasivas, entregar nuestros bolsos para revisarlos, callar o hablar siguiendo órdenes y levantar los brazos para que nos cacheen.

En su libro Seeing Like a State: How Certain Schemes to Improve the Human Condition Have Failed, James C. Scott comentaba el papel protagonista de una forma de inventario (los datos del censo) en la aparición del estado moderno:

Si imaginamos un Estado que no tenga medios fiables para enumerar y ubicar a su población, promover su riqueza y mapear su territorio, recursos y asentamientos, estamos imaginando un Estado cuyas intervenciones en esa sociedad son necesariamente rudimentarias.

Adquirir datos no solo facilitaba “un sistema impositivo y de reclutamiento con un ajuste más fino”, sino asimismo permitía el Estado intervenir eficazmente en toda la sociedad. A más datos, más eficaz la intervención.

Para facilitar su eficacia, el Estado necesita eliminar la competencia y luego ordenar un monopolio en la producción de identificadores aceptables. Después de todo, un identificador no solo sirve como una herramienta de ingeniería social: también tiene funciones válidas de las que se ocuparía inmediatamente un mercado libre (y lo haría mucho más eficientemente). La identificación ofrece autenticación para herencias y títulos de propiedad, certifica que la gente tiene habilidades, por ejemplo para realizar una cirugía torácica, y documenta autorizaciones como derechos de accesos a edificios o cuentas bancarias.

El Estado no prohíbe necesariamente dicha competencia, sino que muestra su músculo en el monopolio de la identificación de varias maneras. Por ejemplo, aplica leyes contra la “falsificación”: la sanción actual por falsificación de pasaportes o visados es de diez años en caso de primer delito, si no está ligado a terrorismo o tráfico de drogas. Pero el arma más poderosa para aplicar este monopolio es que el Gobierno ha hecho de la identificación emitida por el Estado una condición de facto para actuar en la vida diaria. En esencia, el Estado y su documentación se han convertido en la única forma para que una persona “demuestre” su identidad y, por tanto, acceda a servicios vitales (incluso no públicos).

Los “no identificados” no pueden subir a un avión o un tren, ni conducir un coche. No pueden abrir una cuenta corriente, cobrar un cheque, tomar un empleo, acudir a clase, casarse, alquilar un vídeo (no digamos un apartamento) o comprar una casa. Los no identificados son ciudadanos de segunda clase a quienes el Gobierno les cierra buena parte de la vida y casi todas las oportunidades de mejorar. Entretanto, los “identificados” son vulnerables a que se bloqueen sus cuentas corrientes, se les niegue el acceso a la atención sanitaria, se les cancelen sus tarjetas de crédito, se les embarguen los salarios, se revisen sus historiales y están sujetos a montones de otras invasiones que provienen del gobierno que sabe exactamente dónde y cómo encontrarles.

Quienes se resisten a ser inventariados representan un problema para el Estado. La primera línea de ataque es acusarlos de ser “sospechosos”, es decir, de tener razones criminales o vergonzantes para rechazar responder preguntas.

“Si no tienes nada que ocultar…” empieza la cita, y siempre termina con una reclamación de cumplimiento. Invocar la privacidad ha pasado de ser un ejercicio de un derecho a ser una indicación de culpabilidad.

Es un juego de manos por el que la privacidad se redefine como “ocultación” o “secreto”; por supuesto, no es ninguna de ambas cosas. Al tiempo que permite la libertad, la privacidad es parte de una vida sana y reflexiva.

Consideremos un ejemplo: Desde la infancia, he llevado un diario en el que incluyo mis esperanzas, dudas, desengaños y deseos. Cuando lo leo, aún puedo sentir íntimamente quién era con diez años y esto me permite entender quién soy hoy. No comparto estos diarios, no porque me avergüencen, sino porque son personales. Son solo para mí, para mis ojos, para mi reflexión, y para nadie más.

Todos tenemos áreas de completa privacidad a proteger. Hay gente que lleva medallones con fotos de parientes muertos, otros sueñan con un amor prohibido, otra gente echa el pestillo cuando disfruta de un baño de burbujas o, tal vez, escribe una carta de amor que está destinada solo a otros ojos. Estos actos dibujan una línea entre la esfera privada y pública, constituyen una frontera que ningún otro ser humano puede tener derecho a cruzar sin ser invitado.

Si un vecino leyera las cartas de tu buzón o se dedicara a copiar los depósitos en tu libreta de ahorro, te sentirías violentado e irritado. Lo que es incorrecto que haga tu vecino es también incorrecto que lo haga el gobierno, porque solo hay un patrón de moralidad. Cierre la puerta en las narices a quien diga otra cosa.

Wendy McElroy

viernes, 22 de agosto de 2008

Viernes de recomendación


Para este día, queremos ofrecerles un interesante artículo de Gary Becker, titulado "La naturaleza de la competencia", donde el autor señala varios ejemplos históricos en que la competencia ha traido grandes beneficios, no sólo comerciales y económicos, sino también sociales y políticos.