En estos días ha circulado en las redes sociales un video que habla sobre la posibilidad de instalar paneles solares en nuestras carreteras, como un medio para obtener nuevas fuentes de energía. Obviamente, la plausibilidad o no de dicha idea escapa nuestra posibilidad de análisis, pero lo que nos interesa resaltar, es la perspectiva del mismo. Sin duda alguna, la presente es una idea cuya base es una mejor optimización y maximización de los recursos ya existentes, la cual busca generar réditos (no sólo ambientales, sino también económicos y sociales), y no reducir la productividad de los individuos y empresas.
lunes, 9 de junio de 2014
Tema polémico: ambiente y libertad
En estos días ha circulado en las redes sociales un video que habla sobre la posibilidad de instalar paneles solares en nuestras carreteras, como un medio para obtener nuevas fuentes de energía. Obviamente, la plausibilidad o no de dicha idea escapa nuestra posibilidad de análisis, pero lo que nos interesa resaltar, es la perspectiva del mismo. Sin duda alguna, la presente es una idea cuya base es una mejor optimización y maximización de los recursos ya existentes, la cual busca generar réditos (no sólo ambientales, sino también económicos y sociales), y no reducir la productividad de los individuos y empresas.
jueves, 9 de junio de 2011
Jumanji Empresarial
martes, 7 de junio de 2011
La columna de Carlos Federico Smith: tres comentarios sobre temas públicos
El primero tiene que ver con la contaminación que ha afectado la zona en que opera la refinería de RECOPE en Moín. Molesta no sólo el hecho de que por mucho tiempo el problema se le ocultó a la ciudadanía –los que no importan- así como a las propias entidades gubernamentales que tratan de asuntos de salud y medio ambiente. Si no hubiera sido porque empleados de RECOPE divulgaron el daño, estaríamos en penumbras y, sobre todo, continuado el derrame de combustibles en el sitio. También me molesta que, si ese descubrimiento se hubiera dado en una operación privada, tal como por ejemplo ha sucedido con bombas de gasolina en San Antonio de Belén y en la Zona Norte, de inmediato los celosos guardianes del buen medio ambiente, hubieran procedido a cerrar las operaciones para detener el daño en proceso. No es así en el caso de RECOPE, posiblemente por no tratarse de una empresa privada, sino de una propiedad del mismo Estado que, en el caso de terceros, sí habría actuado de inmediato.
El segundo tema se refiere al informe presentado por los Diputados de Liberación Nacional de la comisión legislativa que se encargó de investigar lo sucedido con la carretera a Caldera. Una frase célebre de ese informe merece ser rescatada del basurero de la politiquería: “la inauguración anticipada de la vía a Caldera fue un experimento para comprobar si esta tenía fallas.” Sólo se me ocurre pensar que tal cosa se habría dicho si fuera escrita por algún servil que debe obedecer los mandatos de su dueño y patrón, para justificar cualquier idiotez que a este se le hubiera ocurrido hacer. No lo puedo entender de otra manera, porque tengo entendido que los Diputados gozan del uso de la razón, como para poder darse cuenta que los muertos, heridos y afectados a partir de la “inauguración” y puesta a funcionar de esa carretera aún sin terminar, fueran cobayas utilizadas en experimentos de laboratorio. Jamás se podría poner a operar un aeropuerto si la pista de aterrizaje no estuviera concluida y probada de que resiste el peso de un avión. Nunca se pondría en operación una cárcel si no se ha comprobado su seguridad. No es posible poner a funcionar una represa hidroeléctrica si no se le ha sometido a resistencia de la masa de agua que frena. Tal tontera está allí, en el informe de marras. Para proteger a algunos políticos que hicieron muy, pero muy, mal las cosas, no les ha importado señalar que los ciudadanos debemos ser tomados como conejillos de Indias a la hora de probar si una carretera funciona bien o no. El descaro exhibido por esos Diputados “leales” y capaces de escribir lo que escribieron, cada vez más me obliga a pensar en la necesidad de terminar con esa práctica nefasta de elegirlos por listas, en vez de serlo por personas. Porque lo que se demuestra es que, detrás de algunos primeros buenos, les siguen unos segundones capaces de cualquier cosa.
Finalmente, como tercer tópico público de actualidad, deseo comentar lo sucedido con el viaje de un alto funcionario de una entidad estatal a otro país, presuntamente en compañía de una damita. El problema para mí de ninguna manera reside en la conducta privada de ambos funcionarios gubernamentales. No me interesan sus asuntos personales. Allá cada cual con lo que desea hacer, en tanto con ello no dañe a terceros con sus acciones. El problema está en si, para satisfacer sus pasiones privadas, utilizaron y manipularon recursos públicos. Aquí sí me interesa el asunto, pues como ciudadano pago los servicios que esa entidad estatal me brinda, dentro de cuyo precio obviamente se encuentran incluidos los salarios, viáticos, gastos de viaje, gastos de representación, pago de hoteles, y cualquier otra cosa asociada con esos periplos, entre otros. Por lo tanto, podría estarse en presencia de un uso indebido de recursos públicos, por lo que me imagino que, con la celeridad que la caracteriza, la Contraloría, encargada de investigar estas cosas, ha de haber recaudado ya toda la documentación necesaria y pruebas adicionales de ese viaje, incluyendo documentación públicamente expuesta en Internet que narra aspectos de la gira educativa. No debe permitirse que la conducta de algunos funcionarios empañe el buen deseo de doña Laura de impedir cualquier tipo de conducta incorrecta en su administración. Por ello, estoy seguro que pronto, en este mismo sentido, el gobierno actuará responsabilizando económica, civil y penalmente a todos los involucrados en el desmadre de la carretera a Caldera.
Jorge Corrales Quesada
lunes, 6 de junio de 2011
Tema polémico: el ambiente, nueva bandera del colectivismo
Para nadie es un secreto que el tema ambiental se ha convertido en la preocupación de grupos considerables de personas desde hace décadas, pero que ha tomado fuerza en los últimos años, especialmente por agrupaciones antiglobalización y anticapitalismo. Se ha convertido en su bandera para criticar a un sistema que, según ellos, fomenta el consumo egoísta y es indiferente ante la problemática futura que las presiones productivas generarán sobre los recursos naturales.
Por supuesto que hay individuos y grupos con preocupaciones legítimas, cuyo interés en proteger el ambiente es loable y actúan en consecuencia, dejando de consumir cosas que puedan generar contaminación u obligando a los empresarios, mediante el poder que les da el mercado de votar con su dinero, a utilizar métodos más amigables con el ambiente. Pero estos son "defensores buenos del ambiente" los menos y, lamentablemente, cada vez son más atraídos por los grupos que pretenden utilizar la bandera ecológica para un proyecto político diferente: el colectivismo.
Gracias a esa bandera -tan políticamente correcta- estos grupos han adquirido fuerza y aprovechado para impulsar importantes limitaciones a la propiedad privada, restricciones de gran magnitud a los derechos individuales y aumentar la intervención estatal, asumiendo que sólo mediante una socialización de los bienes se podrá evitar la "tenebrosa" estrategia de los empresarios para hacerse con toda la riqueza en perjuicio de los recursos naturales que necesitarán las futuras generaciones.
Por ello, no ha sido extraño encontrar peticiones para frenar la construcción de plantas generadoras de energía, de minas para extraer material, de papeleras y de cuanta actividad productiva de gran escala se pueda imaginar. Pero el asunto no ha acabado allí: también han aparecido quienes pretenden paralizar cualquier actividad que genere impacto ambiental -como si alguna actividad humana no generar ese impacto- en pos de proteger el ambiente.
En el caso costarricense, la protesta contra ALCOA en los 70 y el reciente parangón con Crucitas, así como la gran cantidad de proyectos que circulan en la corriente legislativa, muestran que la cosa va en serio, máxime con el apoyo decidido que le han dado diferentes gobiernos a lo largo de los años, pasando de vender a Costa Rica como un país ecológico a llevarlo al despeñadero que llaman "carbono neutral".
No nos malinterpreten: apoyaríamos alcanzar metas de carbono neutralidad y de conservación si estas fueran resultado de un proceso de mercado, es decir, si los consumidores valoran tanto el ambiente como para, con sus decisiones, transmitirle a los empresarios que están dispuestos a pagar por ello. Sin embargo, el camino por el que han transitado los gobiernos ha sido diferente: haciendo uso de su intervencionismo, a fuerza de tambor prohibiendo actividades como la minería u obligando a las empresas a descontinuar materiales sin pensar en los costos que esto acarreará. También lo han hecho imponiendo restricciones a la propiedad privada, con el famoso "uso de suelo" y con el cuento de la jurisprudencia constitucional que el ambiente y los derechos difusos tienen más validez, en la práctica, que la protección de la propiedad, razón por la cual es legal imponer las limitaciones que se han aplicado.
Lo peor de todo es que el número de personas que ve con buenos ojos este tipo de políticas, cada vez es mayor. Los gobiernos nos llevan por el camino de servidumbre, como lo había explicado hace años Friedrich Hayek, y las personas lo vitorean. Medios de comunicación, académicos, políticos y ciudadanos comunes y corrientes se han sumado a estas pretensiones, pasando de preocupaciones y esfuerzos válidos para defender lo que ellos valoran como un bien, a medidas coercitivas con las que los colectivistas pueden imponer sus valores sobre los de los demás.
Por eso, en ASOJOD hemos asumido una posición tan clara contra el ambientalismo del siglo XXI -usando un término afín al movimiento político del mismo nombre-, pues se ha convertido en la ruta perfecta para que los colectivistas logren, mediante la coerción, sus objetivos.
Nosotros hemos defendido, y lo seguiremos haciendo, que el único medio posible para lograr la conservación del ambiente -si ese es el fin de estos grupos y no un medio para su proyecto político como realmente pensamos- es estableciendo derechos de propiedad sobre él. Sólo cuando la gente pueda decidir, en función del valor subjetivo que le asigne al ambiente, si destina sus recursos para protegerlo porque lo valora más que lo que está perdiendo, entonces podrá conseguirse la meta tan ansiada por algunos. Sólo dejando al mercado funcionar, buscando y encontrando soluciones completamente privadas y cooperativas, el medio ambiente podrá gozar de una protección duradera.
No se vale vender espejismos como la carbono neutralidad en un país que se rehúsa a dejar que los individuos tomen esa decisión. No se vale cuando el Gobierno nos apreta el cuello con restricciones vehículares, cánones de vertidos, usos de suelos, etc. y el transporte público es el más contaminante o los proyectos del ICE son los que mayor impacto causan sobre el ambiente, al tiempo que se le niega al sector privado la posibilidad de incursionar en áreas donde puede encontrar mejores soluciones que las públicas.
Politizar la conservación del ambiente es tan peligrosa como emitir gases contaminantes o utilizar materiales que no se degradan, pues ello equivale a abrirle las puertas al colectivismo, donde el individuo -y sus derechos- no existen como tales, sino como medios para que un fin difuso y impersonal sea alcanzado.
En este Día Mundial del Ambiente debemos reflexionar acerca de la ruta por la que nuestro país está transitando: una ruta que coincide con la agenda colectivista donde sacrificaremos todos nuestros derechos actuales y de las futuras generaciones por un proyecto político en donde sólo se necesitan esclavos trabajando para la meta que un planificador central decidió como "meta nacional".
lunes, 29 de noviembre de 2010
Tema polémico: maniqueísmo puro

Así que una pregunta incómoda salta a la vista: ¿Cómo se puede valorar de forma positiva o negativa la labor de los jueces sino se tienen elementos o conocimientos para realizar dicho juicio? Por supuesto que no existe manera racional alguna para avalar dicho proceder. Lo cierto es, que lo que les devolvió la confianza –incluso la esperanza dijeron algunos- fue que el veredicto resultara a su favor, en realidad lo que verdaderamente importaba es el fallo, su fundamentación no interesa ya que ni siquiera se entiende. ¡Cinismo puro!
Pero entonces, ¿cómo pueden estar tan seguros de que el Tribunal obró correctamente? Pues dicha seguridad proviene de su particular cosmovisión de entender el mundo. Estas personas creen a priori que la única forma en que un proyecto como Crucitas pueda darse en el país es a partir de la mala fe, deshonestidad y corrupción. Menos se les puede ocurrir pensar que una empresa transnacional con ganancias obscenas –si es que tal cosa existe- y que para colmo de males tenga la poca vergüenza de dedicarse a la pecaminosa industria minera, pueda tener derecho o interés legítimo alguno. En estas mentes tal cosa resulta imposible de concebir. Así, lo que proporciona el sentido y la legitimidad al fallo, es simple y llanamente su visión maniquea y binaria de ver el mundo: ellos como los buenos y todos los que se le opongan, como los malos
Mientras esta forma de ver el mundo siga siendo la predominante en el país, estamos condenados a repetir nuestros errores de siempre.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Tema polémico: berridos ambientales

No vamos a referirnos a la discusión legal sobre ese proyecto en particular, pues para eso existen las instancias correspondientes. Lo que queremos abordar es la cultura verdaderamente ingenua de los "defensores del ambiente".
No se confundan. No estamos atacando a todo aquel que tiene preocupaciones válidas y legítimas por el medio ambiente, desarrollando actividades privadas y voluntarias para protegerlo, siendo consecuente en sus ideas y sus acciones: aquellos que no tiran basura a la calle, aquellos que buscan cada vez más tecnologías limpias, aquellos que donan sus recursos a organizaciones que protegen el ambiente, aquellos que usan su tiempo libre para voluntariado. Los que merecen toda nuestra crítica, son aquellos que basan sus "argumentos" en ocurrencias poco reflexionadas, que no resisten ni siquiera el análisis comparado en función de las acciones que ellos llevan a cabo. Es decir, los que andan pregonando la protección ambiental, sin reparar en las inconsistencias que sus propios actos implican.
En la red circula un sinnúmero de videos, artículos, comentarios, etc. donde ese tipo de gente pide acabar con la minería y, al mismo tiempo, elevan un ruego para proteger la vida, los animales, la salud, las plantas y cuanta otra cosa se les ocurra. Sus argumentos, por demás cuestionables, se centran en los efectos nocivos que tiene esta actividad sobre el medio ambiente y, por lo tanto, encuentran que la solución más "adecuada" es prohibirla. Para ello, presionan a los políticos para que diversas iniciativas sean aprobadas, por el Poder Legislativo o por el Poder Ejecutivo.
Ahora bien, si la prohibición de la minería es la pomada canaria para proteger el medio ambiente y, como muchos de ellos alegan, es una forma de detener al malvado sistema capitalista-consumista-egoista, entonces podemos entender que la forma en que se ha venido desarrollando la humanidad en los últimos 3 siglos les parece, cuando menos, nefasta. En ese caso, a su criterio, debemos cambiar el modelo para que el medio ambiente tenga prevalencia sobre la "voracidad economicista".
Pero ¿cuál es ese modelo nuevo, donde hombre, árbol y pajarito podrán coexistir pacífica y armoniosamente? Hasta la fecha, no hemos visto que alguien haya realizado el ejercicio mental para diseñarlo. Pero usamos la palabra "diseñar" porque lo que sí hemos visto es que las sugerencias que estos ambientalistas transformadores proponen, apuntan a la ingeniería social: alguien tendrá que definir lo permitido y lo prohibido; alguien tendrá que fiscalizar el adecuado comportamiento, alguien tendrá que establecer las reglas de distribución de los recursos, alguien deberá diseñar el sistema de producción y las cantidades de consumo razonables y no enajenizantes. En otras palabras, alguien tendrá que diseñar nuestro plan de vida.
¿Por qué las propuestas que hacen tienen cierto tufo colectivista? ¿Por qué no hablan de posibles esquemas donde los individuos, libre y voluntariamente, persigan sus fines propios sin más obstáculo que el respeto a los derechos de los demás y sin más castigo que la obligatoriedad de reparar los daños causados a las víctimas concretas? ¿Por qué todo se dirige hacia el centralismo, hacia el prohibicionismo, hacia el intervencionismo, hacia el paraíso colectivista?
Lamentamos no tener la respuesta que esos ambientalistas le deben a los demás sobre cómo quieren que sea el mundo. Lo que sí podemos ofrecer, es una serie de preguntas que motiven a la reflexión, especialmente para el creciente grupo de jóvenes que, sin tener muy claras las razones, día a día pasan a engrosar la fila de los paladines verdes.
Nos dicen que hay que prohibir la minería. Pero ¿se han dado cuenta que sus casas tienen varillas, clavos, cemento, metales y otros materiales extraídos gracias a esa actividad? ¿han caído en cuenta que las computadoras que utilizan diariamente, hasta para subir a la red sus videos y artículos, tienen componentes minerales? ¿habrán pensado que las carreteras por las que transitan en sus vehículos privados o públicos, también tienen elementos minerales? ¿ya tomaron en cuenta que los equipos médicos, utilizados para salvar gran cantidad de vidas, son construidos con piezas que requieren algún tipo de mineral? ¿saben que la electricidad viaja a través de subproductos de la industria mineral?
Nos dicen que hay que prohibir la tala de árboles y plantas. No obstante ¿ya se dieron cuenta que las hojas donde hacen sus volantes y peticiones para repartir en parques, universidades y ferias se hacen con papel extraído de los árboles? ¿saben que el papel higiénico que hay en sus casas se consigue a partir de los árboles? ¿saben que sus coloridas camisetas y sus extraños pantalones tienen, en muchos casos, fibras obtenidas de plantas? Incluso los veganos o vegetarianos, quienes proclaman que no se debe comer carne, ¿han reparado que su voracidad podría poner en peligro a cientos de especies de plantas?
Abogan también por el agua. Sin embargo, ¿ya notaron que cada vez que orinan se deshacen de ella? ¿que el café, cerveza o refresco que consumen requiere agua para su elaboración? ¿notaron que este planeta está conformado, nada más y nada menos, que por 3/4 partes de agua? O poniéndolo en términos más claros, quienes piden que el Estado protega el agua hasta el punto que la considere un bien de dominio público ¿es el más incapaz para resguardar el recurso hídrico?
Berrean porque el plástico contamina y hasta piden que se prohiba el uso de bolsas. Mas ¿pensaron que la otra opción para cargar cosas es el papel o la tela, que implican, de una u otra forma, el uso de plantas? ¿cómo quieren que se construya equipo médico, utensilios para la higiene y cuido personal, ropa, calzado, empaques, equipo para limpieza, asientos, etc.? ¿se dieron cuenta que los condones que utiliza el ser humano para evitar contagios de enfermedades o la procreación son también producidos con látex y plásticos? ¿que las pinturas que usan para sus grafitis en paredes de concreto (conseguido gracias a la extracción de piedra), se fabrican con base en plásticos?
Si prohibimos todas esas actividades, ¿qué hará la gente que vive de ellas: trabajadores, empresarios, familias completas? ¿cómo se reducirá la pobreza si no permiten que se desarrollen actividades productivas? ¿cómo se resolverá la situación que ellos mismos califican de injusta, en términos de redistribución y acceso a oportunidades, de mala nutrición y pésimo estado de salud, de incomunicación, de brecha tecnológica?
En fin ¿cómo quieren que vivamos? ¿desean que abandonemos todas las comodidades y avances de la época moderna, de las cuales ellos hipócritamente disfrutan, para devolvernos a la época de las cavernas? ¿qué comeremos? ¿qué vestiremos? ¿en qué nos transportaremos? ¿cómo nos desarrollaremos? Esas son las preguntas que no han contestado y que, muy probablemente, tampoco se han hecho ellos mismos para notar sus enormes contradicciones.
Si por lo menos fueran sinceros y coherentes, esos ambientalistas nos propondrían vivir como los amish, esa pintoresca agrupación religiosa que habita en ciertos pueblos de los Estados Unidos y que, voluntariamente, ha renunciado a utilizar los avances de la tecnología, condenándose a si mismos a vivir como en el siglo XVII. Pero no. Para ellos, la situación perfecta sería que todos los costarricenses nos subamos a un barco y abandonemos el país para dejar a la madre tierra recuperar su verdor. Pues les tenemos noticias: el barco que piden también tendrá que construirse con metal o madera y, sin importar su composición, contaminará las aguas.
domingo, 3 de octubre de 2010
Capitalismo y medio ambiente
Por lo tanto, si usted está verdaderamente interesado en el cuidado del medio ambiente, lo primero es velar por un rápido desarrollo productivo, que aumente el ingreso de los pobres y los haga incorporar en su demanda este bien superior medioambiental. Así que no les crea más a los medioambientalistas fanáticos y "progresistas" que aparecen a cada rato saboteando procesos productivos, la inversión y la incorporación de nuevos recursos naturales, bosques, islas y demás que aumentan el empleo e ingreso de los pobres. Es, precisamente, ese mejor nivel de vida el que llevará a las personas a valorar el medio ambiente, la limpieza y la mejor calidad de vida, algo que no se puede exigir a quienes viven en niveles de subsistencia, con hijos hambrientos.
Ahora bien, ¿bajo qué modalidad de organización económica, social y política los pueblos han logrado aumentar su ingreso y nivel de vida, de manera indefinida y, como resultado de ello, la calidad del medio ambiente? Obviamente, con el capitalismo liberal, abierto y competitivo, basado en el respeto de los derechos personales, comenzando por el de propiedad.
¿No se han dado cuenta de que los ambientes más limpios y de mayor belleza compatibles con amplias poblaciones se dan en Norteamérica, Europa Occidental, Oceanía y algo en América Latina y el Asia que comenzó a crecer?
¿No ha leído respecto de la mugre masiva de las ciudades, ríos, lagos, casas, hoteles, campo y calles en los países y ciudades que fueron o son comunistas? En esto del cuidado y limpieza del medio ambiente —así como antes con las tasas de inversión y el nivel de desarrollo—, los socialistas siempre critican con desparpajo las fallas del capitalismo, pero nunca han reconocido nada de su reiterado fracaso, que insisten en vendernos.
Las fórmulas de planificación central no sirven, así como tampoco las clásicas recetas de legislarlo todo y colocar reglamentos e inspectores caros e inútiles, que sólo dificultan el desarrollo, en especial entre los grupos medios y populares.
¿Cuánto más creceríamos si se hiciera una ley ambiental más liberal, con sistemas de seguros y arbitrajes expeditos? ¿Y cuánto mejoraría el medio ambiente con el aumento del ingreso de los más pobres, lo que automáticamente los sacaría de la depredación? ¿Y cuánto más si extendiéramos la propiedad privada? ¿Cuánto ingreso, empleos e inversión hemos perdido con una legislación ambiental inadecuada?
Álvaro Bardón
viernes, 23 de abril de 2010
Viernes de recomendación

En él, el autor critica el razonamiento pigouviano que pretende resolver los problemas ambientales con más intervención estatal y propone, como contrapartida, al mercado como ese mecanismo idóneo para la solución de controversias, argumentando que cuando existen derechos de propiedad y se pueden realizar inversiones, existen incentivos para cuidarlo y preservarlo para obtener un buen retorno. Una vez más, el interés individual termina generando un bien a toda la sociedad.
lunes, 5 de mayo de 2008
Tema polémico: la crisis alimentaria
Pues bien, una vez más los paladines de la intervención estatal están equivocados. Culpan al mercado de las desgracias humanas pero ni entienden claramente qué es el mercado ni su funcionamiento. Empecemos por la cuestión conceptual: Williams define el mercado como:
"miles de millones de personas independientes en todo el mundo, que toman decisiones independientes y expresando sus preferencias." (Williams, Walter. ¿Qué o quién es el mercado? Disponible en la web).
Como bien dice Mises
"la inmensa mayoría de los hombres aspira ante todo a mejorar las propias condiciones materiales de vida. La gente quiere comida más abundante y sabrosa, mejor vestido y habitación y otras mil comodidades. El hombre aspira a la riqueza y la abundancia (...) La acción humana consiste en pretender sustituir un estado de cosas poco satisfactorio por otro más satisfactorio. Denominamos cambio precisamente a esa mutuación voluntariamente provocada". (Mises, Ludwig. La acción humana: tratado de economía. 6ª Edición. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 116-117)
De las citas anteriores, se concluye que, al desear el hombre mejorar el estado de las cosas, recurrirá a la acción como fórmula para el cambio. Dicha acción implica una decisión sobre los cursos de acción y al conjunto de hombres decidiendo y actuando en consecuencia, se le llama mercado. Esas decisiones, sólo pueden ser tomadas por cada uno de los hombres, pues sólo cada quien conoce sus fines, preferencias y circunstancias. Hayek señaló acertadamente que
"el conocimiento de las circunstancias que debemos utilizar no se encuentra nunca integrado ni concentrado, sino que únicamente como elementos dispersos de conocimiento incompleto y frecuentemente contradictorio en poder de cada uno de los individuos". (Hayek, Friedrich. El uso del conocimiento en la sociedad. Disponible en la web).
Ahora, es cierto que esos hombres pueden tomar decisiones equivocadas y, consecuentemente, no alcanzar sus fines, pero eso no es justificación para pedir que alguien más tome decisiones por ellos. Nuevamente citando a Williams, queda claro que
"cuando escuchas a alguien decir que él o ella no confía en el mercado y que quiere reemplazarlo por la intervención del Estado, realmente está pidiendo el cambio de un proceso democrático por uno totalitario". (Williams, Walter. Op. cit.).
También Mises advierte que
"quien pretenda criar y alimentar hombres con arreglo a un patrón preestablecido, en vedad desea arrogarse poderes despóticos y servirse, como medios, de sus conciudadanos para alcanzar sus propios fines, que indudablemente, diferirán de los preferidos por aquellos". (Mises, Ludwig. Op. cit. P. 296)
Entonces, las personas que atacan al mercado, es decir, a las decisiones de miles de millones de personas libres, están apoyando a un procedimiento donde una o varias personas le indiquen a los demás cómo y qué han de decidir, sea cual sea la justificación teleológica. Porque pueden decir que uno o varios deben decidir por el individuo para alcanzar el "bien común", la "gloria de Dios", el "interés nacional", etc. Pero en todo caso, se estará pretendiendo que hay algo que es superior cualitativa y éticamente al individuo. Rand señala de manera exquisita que:
"Si el bien común de una sociedad es considerado como algo aparte y superior al bien individual de sus miembros, eso significa que el bien de algunos hombres adquiere prioridad sobre el bien de algunos otros", quedando estos últimos relegados a la condición de animales para sacrificio". (Rand, Ayn. ¿Qué es el capitalismo? Disponible en la web.)En otras palabras, lo que Rand advierte es que permitir que unos decidan por otros implicaría que los segundos son medios para los fines de los primeros. Y el único parangón histórico donde el ser humano es un medio para que otro consiga sus fines ha sido la esclavitud.
Puede decirse, entonces, que el mercado presupone libertad y que, lógicamente, la regulación del mercado es regulación de la libertad. Vale la pena citar una vez más a Rand:
"En el mercado libre, el valor económico del trabajo de un hombre se determina por un sólo principio: por el consentimiento voluntario de quieres están dispuestos a comprarle su trabajo o su producto. Este es el significado moral de la ley de la oferta y la demanda y (...). Representa el reconocimiento de que el hombre no es propiedad ni sirviente de su 'tribu', que el hombre trabaja para mantener su propia vida, que debe dejarse guiar por su propio interés racional y que, si desea comerciar con otros, no debe esperar víctimas de sacrificio, es decir, no puede esperar recibir valores si a cambio no ofrece valores conmensurables". (Ibíd.)
Como puede verse, una regulación del mercado significa precisamente menos libertad, pues el control necesita y genera más control. Entonces, cuando los neuróticos enemigos de la razón y la libertad, piden que se regule el mercado porque está causando una crisis alimentaria, están pidiendo que alguien o algo decida por las demás personas sobre la producción y el consumo de alimentos. Pero esta petición no es nueva: una revisión por la historia de los siglos XIX y XX, los llamados siglos de la economía de mercado, demostrará que en realidad no se dejó operar libremente al mercado, es decir, no se le permitió a las personas tomar las decisiones que más convenían a sus intereses, sino que el Estado decidió por ellos. Así las cosas, la implementación de políticas de intervención ha generado una distorsión del mercado, en tanto trata de modificar las preferencias de las personas para alcanzar un tal "bien común" o un "interés colectivo". Mises explica que:
"El interés colectivo parte del supuesto de que existe un irreconciliable conflicto de intereses entre él y el egoísmo del particular que siempre busca la ganancia personal. No duda que debe prevalecer el interés colectivo sobre el de los individuos. La persona honrada debe anteponer siempre los intereses nacionales a los suyos egoístas (....) El interés nacional debe provar sobre el egoísmo particular fue la norma fundamental de la gestión económica nazi. Como quiera que la torpeza y la maldad de la gente le impide atenerse a tal ideario, compete al gobierno intervenir coactivamente para que sea respetado". (Mises, Ludwig. Op.Cit. P. 390)
Precisamente, los defensores del interés colectivo son a la vez, los mismos defensores del interés nacional. Como bien indica Mises, al referirse a la Volkswirtschaft (complejo de actividades económicas de una nación soberana):
"Los intereses de cada Volkswirtschaft están en implacable conflicto no sólo con los de los particulares, sino con los de toda otra Volkswirtschaft extranjera. La máxima perfección en una Volkswirtschaft es la plena autarquía económica. La nación que, por sus importaciones, depende del extranjero jamás gozará de independencia económica; su soberanía será pura ficción. Cuando un país no puede producir por razones físicas, todas las mercancías que precisa, forzosamente ha de lanzarse a la conquista de los territorios necesarios. Para ser realmente soberana e independiente, una nación ha de disponer del Lebensraum, es decir, de un territorio lo suficientemente extenso y rico en recursos naturales para poder subsistir autárquicamente con un nivel de vida no inferior al de cualquier otro país.
El concepto de Volkswirtschaft significa desconocer enteramente los principios en que se basa la economía de mercado. Semejante doctrina, sin embargo, ha informado la política del mundo durante los últimos decenios. Su realización práctica desencadenó las tremendas guerras de nuestro siglo y, con toda probabilidad, encenderá en el futuro nuevas conflagraciones aún más pavorosas". (Mises, Ludwig. Op. Cit. P. 391)
En mayor o menor grado, se ha intervenido el mercado porque, aparentemente, dejarlo libre resulta más perjudicial. Basta mencionar que ningún país de Occidente ha disfrutado en su historia de autarquía económica. No obstante, los Estados no han entendido la imposibilidad económica, política, laboral, ambiental, geográfica, etc., de producir todo lo que las personas necesitan y se han aventurado, una y otra vez, con desastrosos resultados. En el caso del mercado alimenticio, los Estados determinan, vía ley o decreto, qué habrá de producirse, dónde y por quién, y para operacionalizar la normativa, subsidian aquellos "productos estratégicos". Esos subsidios definen perdedores y ganadores en función del destino de fondos públicos, pues se le quita a ciertas actividades productivas, vía impuesto, para trasladárselos a otros que se benefician, tan sólo de la decisión arbitraria del Estado. Es en estos casos de asignación de recursos que se dan los mejores ejemplos de corrupción, muchas veces porque el Estado premia con subsidios a sus agentes o a sus amigos.
Como el interés colectivo determina hacia dónde habrán de asignarse los recursos, no es de extrañar que los bondadosos interventores del mercado, de repente, crean haber encontrado una mejor oportunidad para cumplir con el bien común: el etanol. Gran parte de las economías latinoamericanas, desde los años 50 y 60 se han dedicado a la producción agropecuaria, pero en los últimos años, como estrategia para paliar los altos precios del petróleo, los Estados han cambiado sus políticas agrarias, impulsando la producción de etanol. Precisamente, la producción de etanol ha sido una de las causas del desabastecimiento alimenticio, pues la producción se dedica para la industria alternativa del combustible, reduciendo su oferta para el mercado de consumo.
El etanol ha surgido como una iniciativa de los Estados para reducir las emisiones de dióxido de carbono y, consecuentemente, para disminuir el calentamiento global. En este tema han tenido gran ingerencia los distintos grupos ambientalistas, que han anunciado la hecatombe de la humanidad en poco tiempo. Han montado una verdadera estrategia del miedo, donde prácticamente a la humanidad no le quedan más que unos pocos años de vida. Todo esto ha generado, primero, que enarbolen la bandera de la crítica al sistema de producción capitalista, hablando de un "consumismo desenfrenado" que acabará con los recursos naturales. Pero lo que esta gente no entiende es que no se puede criticar el consumismo porque los patrones de consumo son decisiones estrictamente individuales y son decisiones y acciones de las personas, quienes atribuyen valor a bienes y servicios que, consideran, mejorarán su vida. Criticarlo es arrogarse el conocimiento de lo que debe o no valorar una persona y de cuáles deben ser sus fines y sus medios. Y es olvidar que sólo cada individuo puede y debe decidir sobre sus gustos y preferencias. Al respecto, Rand explica de manera muy adecuada:
"(...) ¿por qué debería Elvis Presley ganar más dinero que Albert Einstein? La respuesta es: porque los hombres trabajan con el fin de mantener y disfrutar sus propias vidas, y si muchos hombres encuentran un valor en Elvis Presley, tienen derecho a gastar su dinero en aquello que les place. La fortuna de Presley no proviene de aquellos que no se interesan en su trabajo (yo soy una de ellos) ni de Estein -así como tampoco se interpone en el camino de Einstein-, de la misma forma que Einstein no carece de reconocimiento y apoyo adecuados en una sociedad libre, dentro de un nivel intelectual apropiado". (Rand, Ayn. Op. Cit.)
Los grupos ambientalistas han confundido el fin con los medios: el fin del ser humano es buscar su propio interés, sea cual sea este, siempre y cuando no obstaculice a otros en la libre persecución de los suyos. En este sentido, es cierto que para la sobrevivencia del ser humano es necesario un medio ambiente limpio. Pero el ambiente no es el fin, sino el medio. No obstante, mucha de esta gente que defiende a ultranza la conservación del ambiente estaría encantada con que no se toque del todo y que se sacrifique el progreso. Hay que entender que para producir es necesario contaminar aunque sea un poco, pues es necesario para el progreso de las generaciones actuales. El problema está en que estas personas hablan mucho sobre las generaciones futuras, pero a tal amplitud temporal que, muchas veces, se trata de gente que ni siquiera existe físicamente, sino que su argumento se basa en un ser humano potencial que puede o no nacer. Mises afirma que:
"A muchos alarma la actual explotación inmoderada de recursos naturales y de hidrocarburos que por fuerza han de ir agotándose. Estamos dilapidando riquezas rígidamente limitadas, sin pensar en las necesidades de futuras generaciones; estamos consumiendo nuestra base vital, así como la de nuestros descendientes. Sin embargo, tales quejas tienen poco sentido. Ignoramos totalmente si la vida de los hombres del futuro dependerá de esas mismas materias primas que hoy explotamos". (Mises, Ludwig. Op. cit. P. 390-391)
El asunto es determinar cuál es ese grado de contaminación que los individuos van a tolerar para vivir mejor. Friedman es muy claro al respecto:
"El verdadero problema no consiste en eliminar la contaminación, sino en tratar de sentar las bases de acuerdo, que definan el nivel de contaminación “adecuado”: un nivel en que el beneficio resultante de reducir un poco más la contaminación apenas supere el sacrificio de otras cosas nuevas (vivienda, calzado, prendas de vestir, etc.), que se deberían suprimir al objeto de reducir la contaminación. Más allá de dicho nivel, sacrificamos más de lo que ganamos". (Friedman, Milton. Libertad de elegir. 2ª Edición. Barcelona: Grijalbo S.A., 1980. P. 299)
Ese acuerdo del que habla Friedman lo tomará el conjunto de individuos según la valoración que hagan entre las opciones de que disponen. El caso de Chile, con los bonos verdes, resulta un interesante ejemplo de cómo la gente puede llegar a una especie de concertación para definir los parámetros socialmente válidos de contaminación y, emitir bonos que las empresas e individuos pueden comprar. Dichos bonos tienen una cuota de contaminación y el dueño sólo puede contaminar en la medida que los bonos se lo permiten. Lo mejor de todo es que existe un mercado libre para la compra y venta de bonos, por lo cual las empresas que más contaminen pueden adquirir más bonos comprándoselos directamente a sus dueños, al igual como sucede con el mercado bursátil. El dinero que el Estado consigue al vender los bonos, los destina a programas de reforestación, limpieza de ríos y sitios públicos, etc.
En fin, es una propuesta interesante para paliar el tema de la contaminación pero sin tener que reducir los niveles de producción actuales. Puesto que la única forma de sacar a más y más gente de la pobreza es produciendo y consumiendo más, un impedimento para usar recursos naturales sería un impedimento para progresar.
domingo, 23 de marzo de 2008
Capitalismo y medio ambiente
Por lo tanto, si usted está verdaderamente interesado en el cuidado del medio ambiente, lo primero es velar por un rápido desarrollo productivo, que aumente el ingreso de los pobres y los haga incorporar en su demanda este bien superior medioambiental. Así que no les crea más a los medioambientalistas fanáticos y "progresistas" que aparecen a cada rato saboteando procesos productivos, la inversión y la incorporación de nuevos recursos naturales, bosques, islas y demás que aumentan el empleo e ingreso de los pobres. Es, precisamente, ese mejor nivel de vida el que llevará a las personas a valorar el medio ambiente, la limpieza y la mejor calidad de vida, algo que no se puede exigir a quienes viven en niveles de subsistencia, con hijos hambrientos.
Ahora bien, ¿bajo qué modalidad de organización económica, social y política los pueblos han logrado aumentar su ingreso y nivel de vida, de manera indefinida y, como resultado de ello, la calidad del medio ambiente? Obviamente, con el capitalismo liberal, abierto y competitivo, basado en el respeto de los derechos personales, comenzando por el de propiedad.
¿No se han dado cuenta de que los ambientes más limpios y de mayor belleza compatibles con amplias poblaciones se dan en Norteamérica, Europa Occidental, Oceanía y algo en América Latina y el Asia que comenzó a crecer?
¿No ha leído respecto de la mugre masiva de las ciudades, ríos, lagos, casas, hoteles, campo y calles en los países y ciudades que fueron o son comunistas? En esto del cuidado y limpieza del medio ambiente -así como antes con las tasas de inversión y el nivel de desarrollo-, los socialistas siempre critican con desparpajo las fallas del capitalismo, pero nunca han reconocido nada de su reiterado fracaso, que insisten en vendernos.
Las fórmulas de planificación central no sirven, así como tampoco las clásicas recetas de legislarlo todo y colocar reglamentos e inspectores caros e inútiles, que sólo dificultan el desarrollo, en especial entre los grupos medios y populares.
¿Cuánto más creceríamos si se hiciera una ley ambiental más liberal, con sistemas de seguros y arbitrajes expeditos? ¿Y cuánto mejoraría el medio ambiente con el aumento del ingreso de los más pobres, lo que automáticamente los sacaría de la depredación? ¿Y cuánto más si extendiéramos la propiedad privada? ¿Cuánto ingreso, empleos e inversión hemos perdido con una legislación ambiental inadecuada?
Álvaro Bardón
lunes, 14 de enero de 2008
Bjorn Lømborg

Dejen de pelearse por el calentamiento global—aquí está la manera inteligente de atacarlo.
Todas las miradas están puestas sobre los glaciares que se derriten en Groenlandia. Este año, delegaciones de políticos estadounidenses y europeos han peregrinado a una de estas masas de hielo en Ilulissat, donde declaran estar viendo ocurrir el cambio climático delante de sus ojos.
Curiosamente, algo que rara vez es mencionado es que las temperaturas en Groenlandia eran más altas en 1941 que lo que son hoy. O que las tasas de derretimiento alrededor de Ilulissat eran más altas durante la primera parte del último siglo, de acuerdo a un nuevo estudio. Y mientras las delegaciones aterrizan primero en Kangerlussuaq, alrededor de 100 millas al sur, todos cambian de avión para ir directamente a Ilulissat—tal vez porque el glaciar de Kangerlussuaq está creciendo inconvenientemente rápido.
Indico esto no para cuestionar la realidad del calentamiento global o el hecho de que en gran parte es causado por los seres humanos, sino debido a que la discusión acerca del cambio climático se ha vuelto una pelea desagradable, con un bando argumentando que estamos dirigiéndonos hacia una catástrofe y el otro sosteniendo que todo es una gran mentira. Yo sostengo que ninguno de los dos bandos está en lo correcto. Está mal negar lo obvio: La Tierra se está calentando y nosotros lo estamos causando. Pero esa no es toda la historia y las predicciones de un desastre que se aproxima simplemente no cuadran con la evidencia.
Tenemos que redescubrir el punto medio en el que podamos tener una conversación sensible. No deberíamos ignorar el cambio climático o las medidas que lo podrían combatir. Pero deberíamos ser honestos acerca de los defectos y costos de esas medidas, como también acerca de los beneficios.
Los grupos ambientalistas dicen que la única manera de lidiar con los efectos del calentamiento global es reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono—un proyecto que le costará al mundo billones (solamente el Protocolo de Kyoto costaría $180 mil millones al año). Las investigaciones que he realizado a lo largo de la última década, comenzando con mi primer libro El Ambientalista Escéptico, me han convencido de que esta actitud no tiene sentido; implica gastar una cantidad exorbitante de dinero para lograr muy poco. En cambio, deberíamos estar pensando creativamente y pragmáticamente sobre cómo podríamos combatir los numerosos y más importantes retos que enfrentan a nuestro planeta.
Nadie sabe con certeza cómo ocurrirá el calentamiento global. Pero deberíamos hablar acerca de los cálculos más ampliamente aceptados. De acuerdo al Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, pos sus siglas en inglés), los niveles de los océanos aumentarán en este siglo entre 15 y 60 centímetros, con la mejor expectativa siendo alrededor de 30 centímetros, principalmente debido a que el agua se expande mientras más se calienta. Esto es similar a lo que el mundo experimentó en los últimos 150 años.
Algunos individuos y organizaciones ambientalistas se quejan de que el IPCC ha subestimado severamente el derretimiento de los glaciares, especialmente en Groenlandia. En realidad, el IPCC ha calculado el derretimiento probable de Groenlandia (contribuyendo un poco más de dos centímetros y medio al nivel del mar en este siglo) y en Antártica (la cual, porque el calentamiento global generalmente produce más precipitación, de hecho acumulará hielo en lugar de perderlo, haciendo que el nivel del mar sea de cinco centímetros menos para el 2100). En estos momentos, las personas están preocupadas por un aumento dramático en la tasa de derretimiento de Groenlandia. Esa tasa parece ser transitoria, pero si es sostenida podría añadir ocho centímetros, en lugar de dos y medio, al aumento en el nivel del mar para fines de este siglo.
Un aumento de dos centímetros y medio en el nivel del mar no es una catástrofe, aunque si representaría un problema, particularmente para las naciones que son islas pequeñas. Pero acordémonos que muy poca tierra se perdió cuando los niveles del mar aumentaron durante el siglo anterior. Cuesta relativamente poco proteger a la tierra de la marea que sube: Podríamos dragar los pantanos, construir diques y redirigir los cuerpos de agua. Mientras que las naciones se enriquecen y la tierra se vuelve un bien cada vez más escaso, este proceso cada vez tiene más sentido: Como nuestros padres y abuelos, nuestra generación se asegurará de que el agua no se lleve tierra que vale mucho.
El IPCC nos dice dos cosas: Si nos concentramos en el desarrollo económico e ignoramos el calentamiento global, es probable que experimentemos un aumento de 33 centímetros en el nivel del mar para el 2100. En cambio, si nos enfocamos en las preocupaciones ambientales y, por ejemplo, adoptamos las severas reducciones en emisiones de carbono que muchos grupos ambientalistas promueven, esto podría reducir el aumento en aproximadamente de trece centímetros. Pero reducir las emisiones tiene un costo: Todo el mundo sería más pobre en el 2100. Con menos dinero circulando para proteger a la tierra del mar, reducir las emisiones de carbón significaría que más tierra seca se perdería, especialmente en regiones vulnerables como Micronesia, Tuvalu, Vietnam, Bangladesh y las Maldivas.
Mientras que el nivel del mar aumenta, también lo harán las temperaturas. Parecería lógico esperar más olas de calor y por lo tanto más muertes. Pero aunque este dato recibe mucha menos atención, las temperaturas en aumento también reducirán el número de olas de frío. Esto es importante porque las investigaciones demuestran que el frío es mucho más mortal que el calor. De acuerdo a la primera encuesta revisada por expertos sobre los efectos del cambio climático en la salud, el calentamiento global de hecho salvará vidas. Se estima que para el 2050, el calentamiento global causará alrededor de 400.000 muertes más relacionadas al calor. Pero al mismo tiempo, 1,8 millones de personas menos morirán del frío.
El Protocolo de Kyoto, con sus reducciones drásticas de emisiones, no es una manera sensible de evitar que las personas mueran de olas de calor. A un costo mucho más bajo, los diseñadores urbanos y los políticos podrían reducir las temperaturas más efectivamente plantando árboles, añadiendo facilidades de agua y reduciendo la cantidad de asfalto en las ciudades que están en riesgo. Los cálculos muestran que esto podría reducir las temperaturas pico en las ciudades en más de 7 grados Celsius.
El calentamiento global cobrará vidas de otra manera: aumentando el número de personas en riesgo de contraer malaria en un 3 por ciento a lo largo de este siglo. De acuerdo a los modelos científicos, implementar el Protocolo de Kyoto durante el resto de este siglo reduciría el riesgo de contraer malaria en solo un 0,2 por ciento.
Por otro lado, podríamos gastar $3.000 millones anualmente—2 por ciento del costo del Protocolo—en redes para proteger de mosquitos y medicamentos para reducir la incidencia de malaria en casi la mitad dentro de una década. La tasa de muertes causadas por malaria está aumentando en África Sub-Sahariana, pero esto nada tiene que ver con el cambio climático y mucho que ver con la pobreza: a los gobiernos pobres y corruptos se les hace difícil implementar y financiar el rociamiento y la provisión de redes para mosquitos que ayudarían a erradicar la enfermedad. Aún así, por cada dólar que gastamos salvando una persona a través de medidas como el Protocolo de Kyoto, podríamos haber salvado 36.000 mediante una intervención directa.
Por supuesto, no solo nos importan los seres humanos. Los ambientalistas indican que criaturas magníficas como los osos polares se extinguirán por el calentamiento global conforme su helado hábitat se derrite. Kyoto salvaría solo un oso al año. Aún así, cada año los cazadores matan entre 300 y 500 osos polares, de acuerdo a la Unión de Conservación Mundial. Prohibir esta carnicería sería barato y fácil—y mucho más efectivo que un pacto global acerca de la reducción de emisiones de carbono.
Por donde sea que se lo mire, la inevitable conclusión es la misma: Reducir las emisiones de carbono no es la mejor manera de ayudar al mundo. No digo esto solamente por llevar la contraria. Debemos hacer algo acerca del calentamiento global a largo plazo. Pero me frustra nuestra obsesión con medidas que no lo lograrán.
En 1992, las naciones ricas prometieron reducir las emisiones a los niveles de 1990 para el año 2000. Las emisiones crecieron en un 12 por ciento. En 1997 prometieron reducirlas en un 5 por ciento por debajo de los niveles de 1990 para el año 2010. Aún así es probable que los niveles sean 25 por ciento más altos de lo que se deseaba.
El Protocolo de Kyoto expirará en el 2012. Los miembros de la ONU estarán negociando su reemplazo en Copenhagen a finales del 2009. Los políticos insisten que el “próximo Kyoto” debería ser aún más duro. Pero luego de dos fracasos espectaculares, debemos preguntar si la actitud de “intentémoslo de nuevo, y esta vez apuntemos a unas reducciones aún mayores” es la correcta.
Aún si las promesas anteriores de los funcionarios se hubiesen cumplido, no habrían servido prácticamente de nada, y nos hubieran costado una fortuna. Los modelos climáticos muestran que Kyoto hubiera pospuesto los efectos del calentamiento global por siete días al final del siglo. Aún si EE.UU. y Australia hubiesen firmado el protocolo y todos los firmantes hubiesen obedecido los lineamientos de Kyoto por el resto del siglo, pospondríamos los efectos del calentamiento global por solamente cinco años.
Los que proponen pactos como Kyoto quieren que gastemos cantidades enormes de dinero que logran muy poco para el bien del planeta de aquí a cien años. Debemos encontrar una manera más inteligente de actuar. El primer paso es focalizar nuestros recursos en hacer que las reducciones de emisiones de carbono sean mucho más fáciles.
El costo típico de reducir una tonelada de dióxido de carbono es actualmente $20/tonelada. No obstante, de acuerdo a una abundante literatura científica, el daño de una tonelada de carbón en la atmósfera es de alrededor de $2. Gastar $20 para hacer $2 de bien no es un curso de acción inteligente. Podría hacer que usted se sienta bien, pero no detendrá al calentamiento global.
Necesitamos reducir el costo de reducir emisiones de $20/tonelada a, por ejemplo, $2. Esto implica que ayudar al medio ambiente no solamente sería algo que los ricos puedan hacer sino algo que todos podríamos hacer—incluyendo China e India, países que se espera que sean los principales emisores durante el siglo XXI pero que tienen problemas más importantes con las cuales lidiar antes que el cambio climático.
La manera de lograr esto es aumentando dramáticamente el gasto en investigaciones y desarrollo de energía de baja intensidad de carbono. Idealmente, cada nación podría comprometerse a gastar 0,5% de su producto interno bruto explorando tecnologías energéticas que no emitan carbono, ya sean el viento, las olas, o la energía solar, o capturando emisiones de dióxido de carbono de plantas de energía. Este gasto podría añadir alrededor de $25.000 millones al año pero todavía sería siete veces más barato que el Protocolo de Kyoto y aumentaría por un factor de 10 el gasto global en investigación y desarrollo. Todas las naciones estarían involucradas, aunque las más ricas pagarían las porción más grande.
Debemos aceptar que el cambio climático es real y que hemos ayudado a causarlo. Esto no es un chiste. Pero tampoco es un Apocalipsis cercano.
Para algunas personas, reducir las emisiones de carbono se ha vuelto la respuesta, sin importar la pregunta. Se dice que reducir las emisiones de carbono es nuestra “misión generacional”. Pero, ¿no queremos implementar medidas más eficientes antes de recurrir a eso?
Combatir los verdaderos retos climáticos que enfrentan el planeta—malaria, más muertes por el calor, poblaciones de osos polares en declive—muchas veces requiere de medidas más simples y menos glamorosas que reducciones en las emisiones de carbono. También necesitamos recordar que en el siglo XXI habrán muchos otros retos, para los cuales necesitamos soluciones de bajo costo y durables.
Yo conformé el Consenso de Copenhagen en el 2004 para que algunos de los principales economistas del mundo pudieran reunirse y preguntar no solo en dónde podemos hacer bien, sino a qué costo, y para priorizar las mejores cosas que el mundo debería hacer al respecto. Las principales prioridades que ellos han determinado son lidiar con las enfermedades contagiosas, la malnutrición, la investigación agrícola y el acceso del primer mundo a la agricultura del tercer mundo. Por menos de un quinto del precio de Kyoto, podríamos lograr todas esas cosas.
Obviamente también deberíamos trabajar en encontrar una solución a largo plazo para el calentamiento global. Resolverlo requerirá de casi un siglo y de voluntad política a través de distintos partidos políticos, continentes y generaciones. Si invertimos en investigaciones y desarrollo, estaremos haciendo un gran bien a largo plazo, en lugar de simplemente hacernos sentir mejor a nosotros mismos hoy.
Pero aceptar la mejor respuesta al calentamiento global es difícil entre tanta pelea amarga que deja afuera el diálogo sensible. Así que primero, en verdad necesitamos calmar el debate.
Bjorn Lømborgjueves, 10 de enero de 2008
El planeta no está tan caliente

Si un estudio científico publicado en una importante revista académica dijese que el planeta se ha calentado el doble de lo que se estimaba, sería una noticia estelar en los principales periódicos del mundo. Pero ¿qué sucedería si se publica una investigación que demuestra que el planeta probablemente se ha calentado solo la mitad de lo que originalmente se había estimado? Nada.
Hace un mes, Ross McKitrick de la Universidad de Guelph en Canadá y yo publicamos un manuscrito en el Journal of Geophysical Research-Atmospheres diciendo precisamente eso. Los científicos han sabido desde hace muchos años que los registros de temperaturas pueden estar contaminados por el denominado “calentamiento urbano”, el cual resulta del hecho que los historiales de temperaturas a largo plazo suelen haberse originado en puntos de comercio. Los ladrillos, los edificios, y el pavimento de las ciudades retienen el calor del día e impiden el flujo de vientos refrescantes.
Por ejemplo, el centro de Washington, D.C., es más caliente que el cercano (y más rural) aeropuerto de Dulles. Conforme los edificios del gobierno y de las empresas se expanden a lo largo de la carretera de acceso, esa zona también comienza a calentarse comparado con las áreas más rurales hacia el oeste.
El Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) señala con certeza que menos del 10% del calentamiento observado en los historiales del clima a largo plazo se debe a la urbanización.
Esta es una hipótesis maravillosa y Ross y yo decidimos ponerla a prueba. Sugerimos que otros tipos de sesgos todavía están afectando los registros históricos del clima. ¿Qué hay de la calidad de la red nacional climatológica y de la aptitud de los observadores? Otros factores incluyen el movimiento o cierre de estaciones climáticas y la modificación de las superficies locales, como lo es reemplazar un bosque con una plantación de maíz.
Muchos de estos son indicadores socioeconómicos, así que construimos un modelo computarizado que incluía tanto los factores climáticos regionales, como la latitud, además de indicadores socioeconómicos como el PIB, y lo aplicamos a la historia de temperaturas del IPCC.
El equipo para la medición del clima es bastante sensible. El típico receptor de temperatura es de color blanco. Si la pintura se consume o destiñe, el receptor absorbe más del calor del sol y el termómetro que tiene adentro leerá temperaturas artificialmente más altas.
El IPCC divide al mundo en cajas a lo largo de las líneas de latitud, y para cada una de estas nosotros presentamos información acerca del PIB, la tasa de alfabetización, la cantidad de información faltante (una medida de la calidad), el cambio en la población, el crecimiento económico y el cambio en el consumo de carbón (mientras más consumo haya, más fría es el área).
¿Adivinen qué? Casi todas las variables socioeconómicas eran importantes. Descubrimos que la información era de la más alta calidad en Norteamérica y que estaba contaminada en África y Sudamérica. En general, encontramos que los sesgos socioeconómicos “probablemente añaden un calentamiento neto a nivel global que podría explicar hasta la mitad de la tendencia de calentamiento observada a nivel de la tierra”.
Luego modificamos la información sobre temperaturas del IPCC para que reflejara estos sesgos y comparamos la distribución estadística del calentamiento con la información original del IPCC y con las mediciones satelitales de las temperaturas atmosféricas más bajas que hay desde 1979. Como estas provienen de una sola fuente (el gobierno estadounidense) y no tienen contaminación urbana alguna, probablemente están muy poco afectadas por los factores económicos. Y así fue: la información ajustada del IPCC se parece mucho a la información satelital.
¿Dónde estuvo la prensa? Una búsqueda de Google revela que con la excepción de algunas citas en blogs, el único reportaje importante se publicó en el Financial Post de Canadá.
Hay varias razones por las cuales la prensa brinda muy poca cobertura a la ciencia que indica que el calentamiento global no es el fin del mundo. Una de ellas es el sesgo en la literatura científica. En teoría, asumiendo una investigación climática libre de sesgos, cada nuevo descubrimiento debería tener una probabilidad igual de indicar que las cosas seguirán siendo más o menos calientes, o peor de lo que pensábamos, o no tan mal. Pero, cuando alguien descubre que solo hay la mitad del calentamiento que pensábamos que había, y la historia es completamente ignorada, ¿qué dice esto acerca de la naturaleza de la cobertura en sí?
Patrick J. Michaels
martes, 11 de diciembre de 2007
Posiciones ante el posible calentamiento

Las más recientes propuestas de las Naciones Unidas sobre el calentamiento global realmente asustan. Recordemos que uno de los valores fundamentales de la sociedad liberal es el debido proceso legal. Por eso, nadie debe ser arrestado sin que haya cargos claros en su contra y que siempre gozará de la defensa de un abogado. Inclusive si alguien es condenado por cometer algún delito, se respetarán sus derechos.
La preocupación de algunos por el tratamiento recibido por los presos en Guantánamo tiene que ver con esa preocupación fundamental por el debido proceso. Los liberales insisten, más que los conservadores, en que nada justifica la violación de los derechos de personas acusadas, ni siquiera el hecho que las autoridades teman acciones terroristas.
En las relaciones internacionales, los liberales modernos también insisten que no se deben ejecutar ataques preventivos contra una nación extranjera. Eso se justificaría solamente en aquellos casos en los que no haya ninguna duda de que tal acción militar es realmente defensiva.
Una de las quejas sobre la guerra en Irak es que el gobierno de George W. Bush no respetó los principios de una guerra justa. Hoy, la mayoría de los norteamericanos piensa así, por lo que es probable que el candidato del Partido Demócrata llegue a la Casa Blanca, después de las próximas elecciones.
Pero no todos los miembros del Partido Demócrata se preocupan por el debido proceso. El ex vicepresidente Al Gore lo rechaza de plano al poner de lado los derechos individuales e insistir en imponer restricciones tanto a ciudadanos de Estados Unidos como a extranjeros en el resto del mundo cuando sus acciones puedan tener algún impacto en el recalentamiento global. Digo “puedan tener” porque todas las discusiones sobre calentamiento se basan en suposiciones, estimados y probabilidades.
Inclusive aquellos que están convencidos de la influencia negativa del hombre en el medio ambiente y en los cambios climáticos indican grados de probabilidades. ¿Subirá el nivel del mar? ¿Cuánto y cuándo? Todas las respuestas son estimaciones más o menos basadas en los actuales conocimientos científicos.
Pero lo mismo que ocurre con las ciencias sociales que estudian las tendencias delictivas y criminales de la gente; tales estimados y probabilidades no son bases suficientes para violar los derechos civiles de un ciudadano en una sociedad libre. Se requiere causa probable para actuar contra algún sospechoso y no es suficiente declarar simplemente que “puede” resultar peligroso.
No nos sorprende entonces que tanta gente en este país pone en duda las verdaderas motivaciones de Al Gore, pensando que su objetivo real es ejercer el poder sobre los demás, en lugar de resolver problemas.
Por Tibor Machan
sábado, 8 de diciembre de 2007
Ojo con los cantos de sirena

Aplaudo la preocupación del editorial de La Nación del 22 de noviembre , acerca del cambio climático, pero no comparto que estemos “al borde de la catástrofe” y estimo que “la acción global para revertir los riesgos detectados” traerá costos a la humanidad sin obtener beneficios a cambio.
Existe consenso de que estamos en una etapa de calentamiento global, pero no existe consenso de que, si la acción humana se limitase, el cambio climático se revertiría. Calificados científicos como Richard Lindzen, de MIT, Fred Singer, de Virginia, John Christy, de Alabama y miembro del PICC, y William Gray, de la Universidad Estatal de Colorado, comparten la expresión del profesor Singer: “el calentamiento global existe … cada 1.500 años.” Los costos de aplicar medidas correctivas afectan más que todo a los más pobres. Hoy somos testigos de cómo los mandatos para usar etanol han causado que el precio del maíz se duplique, aumentando los precios de gran cantidad de alimentos, como las tortillas, la leche y el pollo. Estos son costos reales impuestos a la humanidad, no especulaciones teóricas como sí son las proyecciones de catástrofes.
Sin mediación humana. La evidencia histórica, tan reciente como en la época de Cristo y, de nuevo hace 1.000 años, es que ha habido periodos de calentamiento global claramente en ausencia de la acción humana, intercalados con épocas de heladas. Hace 10.000, años gran parte de la Florida estaba bajo agua. Se estima que el 95% del calentamiento global actual es por causas naturales y un 5%, por acción humana. Pareciera que la actividad solar tiene influencia en los cambios climáticos actuales, por lo que el fenómeno debería llamarse calentamiento planetario, pues Marte también se está calentando. La acción solar provoca un calentamiento que causa que las aguas suelten más dióxido de carbono a la atmósfera. La causa es el aumento de la temperatura y el efecto es el aumento de CO2, contrario de lo comúnmente entendido. Por otra parte los ambientalistas señalan la “evidencia” de la desaparición de los glaciares. Disminuciones y aumentos en las capas de hielo son fenómenos debido a ciclos naturales. Por ejemplo. en Groelandia se cultivó hace 1.000 años. El glaciar del Monte Kilimanjaro no se reduce por calentamiento global, sino por efecto de radiación. La temperatura ambiental alrededor del glaciar es inferior a cero grados, así que el hielo no se descongela por conducción de calor del ambiente a su alrededor, sino por radiación al espacio.
Soluciones efectivas. La tendencia de algunas personas es hacer el bien a como ellos lo ven, imponiendo costos o mandatos a otros. Así ejercen control. Los burócratas de Naciones Unidas son un ejemplo de esa manifestación. Mientras más regulaciones planetarias, mayor poder para ellos. Meten miedo para luego ofrecer una solución. Si quieren hacer el bien, existen otras actividades más productivas que pueden emprender, por ejemplo el control del paludismo. Se estima que 1 millón de niños mueren anualmente en África, todo porque no se permite el uso del DDT que tanto bien hizo en erradicar el paludismo en sociedades más avanzadas como EE. UU. El Consenso de Copenhague de Bjorn Lomborg hizo un análisis costo beneficio de proyectos para solucionar “catástrofes potenciales,” y concluyó que gastar en micronutrientes para niños, prevención de sida, y purificación de agua trae beneficios del orden de 50 a 200 veces más que tratar de marginalmente detener el calentamiento global.
Las proyecciones de catástrofe que se hacen hoy con modelos climáticos que no pueden predecir el clima ni en las próximas 24 horas son similares a las que yo hacía cuando tenía 12 años: ¡iba a crecer a 3 metros y a pesar 250 kilos! Lo único cierto del clima son los cambios: existen ciclos de calor y ciclos de heladas. No hagamos sufrir a la humanidad cayendo ingenuamente y complaciendo a los ávidos de poder.
Por Hermógenes Moreno
jueves, 6 de diciembre de 2007
La falacia ecologista amenaza la sostenibilidad económica

La economía se verá afectada negativamente por los efectos del cambio climático, según el Gobierno español. Sin embargo, oculta o, lo que es peor, ignora, que la amenaza que se cierne sobre la estabilidad del modelo productivo español no radica en la hipótesis de que las temperaturas del planeta suban dos grados centígrados, o incluso cuatro, de aquí a 2100, sino en la realidad política del plan estratégico que está a punto de aprobar el Ejecutivo para combatir el temido calentamiento global.
La Estrategia Española de Desarrollo Sostenible constituye un conjunto de medidas fiscales y regulatorias que afectarán a todo el tejido productivo de la sociedad. Desde la energía hasta el transporte, el turismo, la agricultura y, por supuesto, a los propios consumidores. Un proyecto integral, cuyo objetivo radica en modificar a gusto de la clase dirigente el modelo de crecimiento en base a las tesis catastrofistas inspiradas y fomentadas por el ecologismo. El sistema económico capitalista pretende ser sustituido por el sistema ecológico progresista.
Greenpeace está de enhorabuena. Ha encontrado en Zapatero un aliado fiel para combatir el capitalismo. El plan obligará a incorporar tecnologías limpias en todos los procesos productivos; potenciará el uso de los biocombustibles (factor esencial para comprender la subida que está experimentando hoy el precio de los alimentos); penalizará el uso del automóvil y el consumo excesivo de recursos, como el agua o la luz en los hogares; impondrá la agricultura ecológica, mucho más cara y costosa; impulsará la producción de energías renovables y extenderá a múltiples sectores el fracasado modelo de racionamiento de emisiones que establece Kyoto.
Pero, más grave aún es la "revolución verde" que acaba de anunciar el Ejecutivo francés. Hasta el punto de proponer a la Unión Europea la aplicación de un impuesto con el que gravar todas las importaciones procedentes de los países que no respeten el famoso Protocolo. Es decir, la inmensa mayoría de las economías del planeta. El costo que supondrá a nivel nacional el citado plan del PSOE en términos de eficiencia y productividad será astronómico, pero el perjuicio para las libertades individuales y la propiedad privada será aún mayor. Las banderas rojas que, años atrás, ondeaban en las plazas de las repúblicas ex soviéticas, bajo el manto de la coacción y la opresión comunistas, han sido sustituidas por las insignias verdes de un movimiento igual de utópico y peligroso: el ecologismo.
La clase política europea y, en especial, la española, no ha dudado en abrazar con fuerza una ideología que, tras la excusa de la protección medioambiental, oculta un nuevo intento por destruir el sistema capitalista. Y todo ello, basándose en un supuesto consenso científico cuyas profecías apocalípticas se ha encargado de deslegitimar el paso del tiempo. Todo un éxito de los ecolojetas: el Gobierno acaba de dar un paso más en su intención de llevarnos de vuelta al mundo de las cavernas.
Por Manuel Llamas
jueves, 22 de noviembre de 2007
Degradación del premio Nobel de la Paz

En 1964, Martin Luther King ganó el premio Nobel de la Paz por su valiente cruzada contra el racismo. En 1971, Willi Brandt lo ganó por dirigir exitosamente la reintegración pacífica de Alemania. En 1970 lo ganó mi amigo Norman Borlaug por desarrollar nuevas variedades de cultivos que salvaron del hambre a mil millones de personas, como también evitaron la destrucción de selvas al aumentar la productividad de los cultivos.
Pero acerquémonos al presente. En 1994, el premio Nobel de la Paz fue a manos de Yasser Arafat, un extremista musulmán empeñado en perpetuar el conflicto con Israel y promotor del terrorismo en el Medio Oriente. En 2001, se le concedió a Kofi Annan de las Naciones Unidas, quien nada hizo por acabar con el genocidio en Darfur o la corrupción y robo de mil millones de dólares en el programa “petróleo por alimentos” de la ONU, en el que su hijo era uno de los participantes.
Este año el premio Nobel de la Paz fue a parar a manos de Al Gore por inflar histéricamente los peligros de un calentamiento global moderado y natural que ha sido exagerado por los activistas verdes, sus colaboradores en los medios y el multimillonario financiamiento gubernamental de “modelos” climáticos computarizados muy poco creíbles. Un tribunal inglés acaba de alertar sobre 11 alarmantes mentiras y hechos no comprobados de su reciente película, ganadora del Oscar.
Gore dice que “evidencia en los glaciales muestran que los aumentos de dióxido de carbono (CO2) incrementan la temperatura terrestre”. La realidad es que los glaciales muestran aumentos de temperatura 800 años antes del incremento del CO2.
Gore dice que el deshielo del pico Kilimanjaro es prueba del calentamiento causado por el hombre. La realidad es que se debe a la deforestación de los alrededores.
Gore dice que el Antártico se está deshelando. La mayoría de las investigaciones indican que el hielo es estable o más bien aumenta.
Gore dice que el huracán Katrina fue causado por el calentamiento global. Los registros y expedientes muestran que los peores huracanes del Caribe ocurrieron entre 1700 y 1850, período conocido como la Pequeña Edad de Hielo.
Gore dice que el calentamiento está causando la extinción de especies y el blanqueo de los arrecifes de corales. La realidad es que ninguna especie ha desaparecido por calentamiento y los corales se ajustan a los cambios de temperatura blanqueándose.
Gore dice que los osos polares se están ahogando al derretirse el hielo. La realidad es que cuatro osos polares se ahogaron durante una tormenta.
Gore dice que el hielo de Groenlandia se puede derretir violentamente, causando una peligrosa subida del nivel del mar. La realidad es que tomará miles de años derretir la capa de hielo de Groenlandia.
Gore dice que el calentamiento está secando el lago africano de Chad. El gobierno del Reino Unido lo desmiente.
Gore dice que las ciudades costeras se anegarán cuando el nivel del mar aumente 7 metros, creando millones de refugiados. El nivel del mar subió 6 pulgadas en el siglo XX y no se nota ninguna aceleración.
Termino con una pregunta para el Premio Nobel de la Paz: ¿por qué el mayor calentamiento de la edad moderna, bastante moderado por cierto, ocurrió antes de 1940 (el año 1938 fue el más caluroso) y por qué no ha habido calentamiento en los últimos 9 años. ¿No será que se trata de los mismos ciclos naturales de cada 1.500 años, comprobados en los polos y en el sedimento de los mares?
Por Dennis T. Avery
jueves, 18 de octubre de 2007
El dogma Gore-Clinton

El dogma de que el mundo marcha hacia un recalentamiento que pone en peligro la continuidad de nuestra civilización se ha convertido en el argumento capital de todos aquellos intervencionistas que no pueden soportar la idea de que el sistema de libre economía funciona bien y contribuye a mejorar la situación de todos, incluso los más pobres. Por fin han encontrado un argumento para defender la idea de que el mercado, si se le deja solo, acaba destruyendo la sociedad e incluso el mundo. El vehículo más poderoso en esta campaña de alarma es la película producida por Al Gore, “Una verdad inconveniente”, galardonada con un Oscar. También Leonardo di Caprio está paseando por todo el globo una película con el mismo mensaje producida por él. Ahora se une al clamor a favor de la regulación del control de las emisiones de CO2 el ex-presidente Clinton, quien ha centrado la reunión de su asociación de filántropos, la “Iniciativa global Clinton”, en la lucha contra el recalentamiento de la atmósfera terrestre.
Clinton, en una reciente entrevista, tras dar por sentado que el clima terrestre está cambiando a peor debido al descontrol de nuestro uso de combustibles, ha afirmado que las medidas para combatir el recalentamiento global no tienen por qué reducir el crecimiento económico de los países que las apliquen ni afectar la cuenta de resultados de las empresas que ahorrarán energía. El argumento tiene interés porque es posible que una contaminación atmosférica al estilo de la que soportan algunas ciudades chinas resulte a la postre un freno para el progreso económico del país. También puede ser conveniente que las empresas examinen con atención si el ahorro energético no puede a la postre aumentar los beneficios que obtienen de su actividad. Sin embargo, en el caso del tipo de medidas más amplias, la pregunta crucial es si estamos seguros de que hay recalentamiento y, caso de haberlo, si se debe a la acción del hombre.
Las estadísticas de temperatura publicadas por el Instituto Goddard para Estudios Espaciales, de la NASA, son uno de los principales apoyos científicos de las tesis de Gore. Pues bien, el mes de agosto pasado el ingeniero Stephen MacIntyre recalculó la serie histórica de temperaturas de ese Instituto y descubrió que la cifra de temperatura más alta del siglo XX en Norteamérica fue 1934 y no 1998. También hizo ver que de los diez años más calientes desde 1880, cuatro se situaron en el decenio de 1930 y sólo tres en la década pasada. También es interesante saber que, tras ese nuevo cálculo, los años de 2000 a 2004 fueron todos algo menos cálidos que el de 1900. Las cifras recalculadas por MacIntyre indican una subida de 0,44 grados centígrados en los últimos diez años, si bien centrada al final del siglo pasado y no en los primeros años del siglo XXI. No hay que deducir de la reordenación de años máximos realizada por MacIntyre que las temperaturas de la década de los años treinta fueran de infierno, comparadas con las de final de siglo, pues el cambio se basa en un recálculo de las temperaturas hasta el centésimo lugar decimal significativo. La conclusión correcta es que las de los diversos años del siglo pasado marcharon parejas. Por lo tanto, quizá no haya tanto recalentamiento global como vienen diciendo Gore, di Caprio, Clinton y Zapatero.
Las medidas propuestas por los intervencionistas para reducir la emisión de anhídrido carbónico podrían además resultar contraproducentes. Me gustaría estar seguro que la producción de combustibles biológicos para sustituir los fósiles no acabará emitiendo más cantidades de CO2 a la atmósfera, lo que al menos en los primeros diez o veinte años iniciales es probable que ocurra. La extensión de la superficie de cultivo en el mundo, impulsada por medidas políticas y los consiguientes altos precios de los cereales y otras plantas capaces de ser transformadas en energía, podría suponer un aumento de la velocidad de deforestación contraria a las buenas intenciones de los defensores de la Naturaleza.
Por si estas llamadas de atención mías puedan resultar poco convincentes, quiero recoger de la columna de Christopher Booker en el “Daily Telegraph” del 19 de agosto pasado, un cálculo por el profesor William Nordhouse de la Universidad de Yale, del coste de los recortes de emisión de gases del tipo de los propuestos por Al Gore. El valor presente del beneficio obtenido por esas medidas lo calcula Nordhouse como cercano a 12 billones (españoles) de dólares. Por contra, el coste de tales medidas, traído también a valores presentes, podría llegar a ser de casi tres veces esa suma.
Mi conclusión de todas estas reflexiones es que sigo dudando. ¿Estamos tan seguros de que el recalentamiento global no es sino una repetición de momentos de un ciclo climático de miles de siglos? Las predicciones de elevación de temperaturas y sus efectos se basan en modelos meteorológicos basados en audaces supuestos. ¿Estamos seguros de que la catástrofe global se cierne sobre nosotros como dicen los jeremías de la intervención? Como ha dicho el presidente de la República Checa, Vaclav Klaus, quizá la víctima de la acción del hombre al utilizar más y más energía para seguir prosperando acabe siendo, no el clima, sino nuestras libertades.
Por Pedro Schwartz
Tomado de AIPE
domingo, 8 de julio de 2007
TLC y el agua
Se ha indicado que el TLC permitiría la privatización del recurso hídrico e imposibilitaría que el Estado tomase acciones para garantizar el aprovechamiento sostenible del agua, la cual convertiría en una mercancía sujeta a las reglas del mercado. Aunque la preocupación por un bien de tanta importancia para la vida resulta entendible, las afirmaciones anteriores carecen de fundamento.
En primer lugar, el Tratado no modifica el régimen legal del agua ni la institucionalidad existente para la gestión del recurso hídrico. Tampoco el TLC impide que el país (por medio del Ministerio de Ambiente, el de Salud, el AyA y otras instituciones,) implemente los mecanismos de protección o que se promulgue nueva legislación que establezca condiciones de aprovechamiento y control de la contaminación mucho más estrictas que las actuales (por ejemplo, en una Ley de Recurso Hídrico como la que se discute en la Comisión de Ambiente de la Asamblea Legislativa). El régimen de dominio público del agua no se ve afectado por el Tratado y continuará vigente después de aprobado éste.
De conformidad con la Ley de Aguas No 276 del 27 de agosto de 1942 y sus reformas “aguas son de dominio público” (artículo 1 ); ello se reafirma con la promulgación del Código de Minería No 6797 del 4 de octubre de 1982 y con la Ley Orgánica del Ambiente No 7554. Lo anterior implica precisamente que su propiedad pertenece al Estado, el cual puede otorgar concesiones para el uso y aprovechamiento de las aguas. De manera expresa el artículo 50 de la Ley Orgánica del Ambiente establece que “el agua es de dominio público, su conservación y uso sostenible son de interés social.”
Nada será derogado. Nada de lo dispuesto en el marco legal descrito será derogado por las disposiciones del TLC. Tampoco se impide que la característica de dominio público del agua sea elevada a rango constitucional, como se ha pensado mediante una modificación al artículo 121 de la Carta Magna. Aún más, el capítulo 17 del Tratado establece que los países deben esforzarse por mejorar su legislación ambiental, lo cual podría conllevar impulsar regulaciones más estrictas sobre la contaminación y el aprovechamiento del recurso hídrico.
En segundo lugar, se ha indicado que el país no podrá regular el aprovechamiento (incluida la comercialización) del agua. Es necesario aclarar que el agua siempre ha sido objeto de aprovechamiento por los particulares para diferentes actividades productivas o domésticas (turismo, agricultura, riego, etc), para lo cual se ha establecido un sistema de concesiones de aguas vigente desde la Ley de Aguas de 1942. Aún aceptando la posibilidad de que, debido a las nuevas actividades de inversión que puedan generarse por el Tratado, se incremente el consumo de agua o bien aumente el interés de empresas por comercializarla (por ejemplo, agua embotellada), las potestades reguladoras del Estado para garantizar la sostenibilidad del uso del agua no se ven afectadas por el TLC.
La legislación actual en materia de conservación y uso sostenible del recurso hídrico o de evaluación de impacto ambiental, aplicadas de manera correcta, permiten asegurar un uso racional del agua. Por el contrario, el capítulo 17 del Tratado establece el compromiso de cumplir con su legislación ambiental, sujeta, bajo ciertas condiciones, incluso al sistema de solución de controversias del capítulo 20. La aplicación decidida de la legislación nacional que rige la materia tal y como lo exige el TLC (Ley de Aguas, Ley Orgánica del Ambiente, Canon Ambientalmente Ajustado, decreto de creación del Departamento de Aguas del Minae, etc.) garantizaría que cualquier concesión para aprovechar aguas se ajuste a los parámetros ambientales existentes (entre ellos además contar con la viabilidad ambiental de la Setena, según lo establece el reglamento de evaluación de impacto ambiental). Esta situación legal no es modificada por el Tratado.
Normas más rigurosas. En resumen, el TLC no impide que el país pueda establecer normas más rigurosas para el otorgamiento de concesiones de aguas ni obsta para que se emitan leyes, como la ley del recurso hídrico, donde se estipulen mayores controles para prevenir la contaminación y el mal uso del agua. Si un particular, nacional o extranjero, solicitara una concesión, deberá seguir un procedimiento que incluye la participación del Departamento de Aguas (órgano especializado) y de la Setena, que velará por que la concesión sea ambientalmente viable y deberá, como parte del proceso de evaluación, exigir al solicitante las medidas preventivas, mitigadoras o compensatorias que procedan.
Nada en el TLC disminuye estas salvaguardas ambientales ni limita la potestad y control del Estado sobre el agua o sobre las condiciones para su uso.
Jorge Cabrera Medaglia, tomado del periódico La Nación
