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miércoles, 18 de enero de 2012

Desde la tribuna: ingobernabilidad


El termino ingobernabilidad sirve varios propósitos políticos. Uno de los mas comunes es ser justificación para la mala gestión publica y el otro, complementario, para pedir aún más potestades como supuesto medio para resolver los problemas nacionales. Este viciado esquema produce resentimiento e impunidad y recicla los problemas del proceso político, magnificándolos.

La falta de capacidad para resolver los problemas sometidos al proceso en que los políticos son protagonistas, el proceso político, queda entonces impune. Los responsables van de la radio a la prensa escrita y a la televisión o a las “redes sociales” ofreciendo una solución para la supuesta ingobernabilidad, pero en realidad están pidiendo más poder para ellos y aun más impunidad.

Una sociedad fundada en la impunidad se convierte inmediatamente en una basada en la irresponsabilidad y con ciudadanos pusilánimes, pequeños, acobardados por el poder.

El verdadero problema de nuestras sociedades es la falta de responsabilidad, el desestímulo a las personas responsables y el estímulo cada vez mayor a la irresponsabilidad. Brillan al ojo los ejemplos en las concesiones de obra pública, en la educación publica y en la CCSS, la dejadez de muchos tribunales y la creciente burocratización de las relaciones entre ciudadanos, todo bajo inimaginados pretextos.

La responsabilidad ciudadana, tanto como la personal, solo es posible en un ambiente de libertad, nunca de tiranía explicita o implícita en que los seres humanos tienen castradas sus relaciones naturales, normales, por las regulaciones impuestas por la política. Con el propósito de ofrecer gobernabilidad, los políticos van concentrado poder y acorralando la libertad y la responsabilidad.

Cada vez que un político habla de ingobernabilidad con el fin de alojarse en la impunidad y enardecerse con más poder, está connotando unos ciudadanos ignorantes y acobardados como parte de su discurso. Ya va siendo hora de volver a la gobernabilidad y de acabar con el desgobierno y la impunidad. La libertad es tanto la prevención como el tratamiento de la impunidad, porque es el único camino cierto y fundamento, de la responsabilidad.

Mario Quirós Lara

martes, 29 de diciembre de 2009

Delirios de poder


Hace más o menos cuatro años, en el fragor de una ardua campaña política, el entonces candidato Arias se refirió al movimiento libertario como un grupo fascista. Estando cercano a aquél, me sorprendió su afirmación, pues estaba considerando la posibilidad de votar por él para presidente y por los libertarios para diputados.

Siempre he respetado al señor Arias tal vez porque aprecio a las personas que se han educado en buenas universidades y porque a don Oscar lo tenía como persona culta y de un pensamiento amplio. Por ello nunca pude concebir cómo era posible que esa persona tan “culta” pudiera cometer un error histórico de tal bulto, como fue identificar políticamente al liberalismo clásico del movimiento libertario, con el fascismo que empujó al mundo libre a la segunda guerra mundial. Esperaba tal identificación de parte de algún palurdo inculto, pero no de alguien que hubiera pasado por las aulas universitarias inglesas y que, asumía yo, en su carrera de ciencias políticas, habría oído hablar de Karl Popper o leído sus comentarios acerca de la persecución que hizo el nazi-fascismo de los liberales alemanes. Popper, Hayek y muchos otros liberales europeos tuvieron que huir de Europa en donde fueron perseguidos por el fascismo, como enemigos a quienes se debía eliminar físicamente.

Con el paso de los años veo cómo el delirio por el poder puede hacer que hombres inteligentes, educados y cultos lleguen a cometer errores de tal calibre. Por esa razón histórica no le di mi voto al señor Arias, de lo cual hoy no me arrepiento. Más arrepentido estoy de no haber escrito esto antes, pues de nuevo hay señales, en el grupo elegido para el continuismo en el poder, de mentes que planean asociar al candidato libertario con alguna especie de mesías o líder fascistoide, cuando lo cierto es que su historia política ha estado siempre en defensa de la libertad, que tanto apreciamos los costarricenses. Que alguien circunstancialmente cercano a él piense en que en algún grado posee tal “liderazgo”, eso no significa que esté ungido por un Júpiter tonante para dirigir las huestes en una reconversión fascista que podrían anhelar algunos.

La independencia del candidato –que esté libre de “los andamios y de las muletas” como aquel mismo candidato alegó alguna vez, ganándose el aprecio de los hombres y mujeres libres- es vital, pues, a diferencia de las monarquías o del priismo latinoamericano, los costarricenses no creemos que el poder simplemente se delega a quien se parió como un escogido. Por ello es que el “elegido” o “elegida” ni siquiera aparece en la palestra pública discutiendo ideas, analizando propuestas y sólo cuando le conviene dice que difiere del poder presidencial, apenas musitando entre dientes un “no estoy de acuerdo” con el todopoderoso, a sabiendas de que, si en verdad se opusiera con independencia e hidalguía, podría perder el favor del que otorga el privilegio, aunque tal vez ni siquiera le cederá el poder.

Quiero pensar que nuestro sistema político está mucho más maduro y que es necesaria la discusión de ideas, para que así los costarricenses podamos escoger mejor quién ha de presidir los poderes ejecutivo y legislativo. Tal vez soy un iluso, pues lo que prima es la conquista del poder a cómo haya lugar, aunque sea en medio del delirio por retenerlo.

Carlos Federico Smith

sábado, 2 de agosto de 2008

El crecimiento del poder en la democracia


El Estado contemporáneo actual se encuentra caracterizado por un indudable crecimiento y ampliación del poder político, puesto que la esfera de intervención pública se ha expandido de forma exponencial a poco que lo comparemos con las funciones encomendadas al Estado liberal moderno (laissez-faire) e, incluso, en relación con los regímenes monárquicos de aspiración absolutista propios del sistema del Antiguo Régimen. Ahora bien, ¿cómo se concibe y aplica ese poder en el seno de un modelo democrático?

Crecimiento del poder

A propósito de la historia y evolución del poder, Bertrand de Jouvenel señaló ya hacia 1945 que la instauración de la democracia moderna incrementó de modo exponencial los dos recursos y símbolos centrales del poder en el Estado-nación: los recursos militares y los fiscales. Es decir, se había producido una simultánea generalización e intensificación de dos políticas interventoras relevantes, las referidas al reclutamiento forzoso y obligatorio de soldados y las imposiciones tributarias, resultando ambas de una particular relación causalmente asociada. La lógica de tal dinámica sigue el trazo de una línea evolutiva y secuencial clara y consecuente:

  • Por un lado, se produce paulatinamente la extensión del derecho de sufragio a toda la ciudadanía al tiempo que entran en escena los partidos de masas en la dinámica política y parlamentaria, junto con la emergencia de diversos movimientos sociales tendentes a reclamar una mayor participación y mayores cuotas de igualdad material mediante la traslación de sus demandas y reivindicaciones a la esfera pública
  • Por otro lado, como consecuencia de la traslación generalizada y crecimiento de las demandas sociales se produce una expansión significativa del papel del Estado en la sociedad civil, con el objetivo de llevar a cabo su cumplimiento e implementación
  • Además, el proceso de ampliación y profundización estatal en el ámbito privado se encuentra directamente relacionado con un progresivo y continuado proceso de modernización, secularización, racionalización y burocratización.
  • Sin embargo, Jouvenel viene a señalar ahora un resorte extra y fundamental que permanecía oculto hasta el momento: a diferencia de la monarquía, en un Estado democrático el soberano ya no es el antiguo señorial de corte aristocrático y claramente diferenciado del resto, sino de carácter popular (soberanía popular). Así pues, ha dejado de ser ese "otro" para convertirse en un "nosotros", en tanto pueblo indiferenciado e igualitario. Tal cambio, en cuanto al sujeto soberano, resulta trascendental, puesto que facilitó enormemente la disposición y aceptación general de políticas y decisiones que respondían a las nuevas necesidades estatales. De hecho, la práctica estatal supo disfrazar tales decisiones, tendentes al logro de un incremento sustantivo de su poder y atribuciones, a través de un particular "velo democrático" mediante el cual disimular sus intenciones reales, de tal forma que su aspiración natural de incremento y concentración de poder quedaba ahora cubierta por un aura de legitimidad democrática.

Intervención estatal

Jouvenel nos advierte también acerca de los peligros de tal intervención estatal, pues el Estado no crece sólo como respuesta desinteresada a las demandas de la sociedad, sino también como respuesta natural a la dinámica de unas burocracias dispuestas siempre a extender su particular ámbito de competencias. Además, la administración, por el hecho de no estar sometida a la implacable vigilancia del mercado, se vuelve lenta, poco ágil, ineficiente y, por tanto, excesivamente costosa.

Además, si se acepta el axioma apriorístico consistente en que el ser humano es egoísta por naturaleza, no habrá dificultad en reconocer entonces como un hecho autoevidente que los políticos utilizarán instintivamente el poder en beneficio propio. De este modo, el ejercicio del poder, que es la cuestión central de toda relación política, tan sólo se convierte en un reflejo más de la naturaleza humana individual, imprimiendo así lo privado su particular sello en lo público.

Reducción de la libertad

Finalmente, a fin de constatar de modo fehaciente la hegemonía y preeminencia del poder político estatal, tan sólo se precisa centrar nuestra atención sobre el retroceso que el pleno ejercicio de los derechos individuales ha experimentado en el último siglo. Con el fin de demostrar fehacientemente este hecho, tan sólo hemos de centrar nuestra atención en el evidente cambio interpretativo del que ha sido objeto el concepto de libertad clásica, en tanto libertad negativa, pues frente a los derechos naturales de vida, libertad y propiedad, se contraponen ahora los recursos estatales referidos a la enorme capacidad de guerra, legislación y fiscalidad, cuyo desarrollo y preeminencia trae como consecuencia lógica la limitación y reducción de los primeros.

Tan poderosa es esa realidad, que a algunos las libertades individuales les parecen ya no sólo anacrónicas sino, egoístas y perniciosas. ¿Quién podrá conceder valor a su vida, a su hacienda o a su familia, cuando debe sacrificarse y morir por su Estado? La Patria exige a veces esos sacrificios y no hay hombres que los niegue. Pero el Estado moderno los exige siempre, en frío, y se le dan a disgusto o se los toma a la fuerza. No hay más libertad que la que él concede.

López Amo Marín, A., Los caminos de la libertad (1947)

El crecimiento del Estado

Finalmente, cabe señalar también el particular fenómeno en torno a la crisis del Estado-nación como consecuencia de la progresiva cesión de competencias en favor de la conformación y configuración de superestructuras estatales. En este sentido, tal proceso parece indicar que el único medio de asegurar la existencia humana sobre la base de la hegemonía estatal consiste en formar un solo Estado que llegue a abarcar toda la superficie de la tierra: un "Estado mundial".

A este respecto, existen a juicio de algunos autores, dos hipótesis contradictorias sobre los efectos de tal traspaso ascendente de poderes (regímenes internacionales o supranacionales):

  • Unos afirman que debilitarán al Estado reduciendo su capacidad funcional, sus recursos y su autonomía para tomar decisiones.
  • En cambio otros, argumentan que puede que aumenten la autonomía y el poder efectivo de las elites estatales al liberarlas de la carga que representan las tareas más gravosas y de mayor desgaste político.

Ahora bien, la creación de una superestructura de tal tamaño y entidad no puede hacer otra cosa que continuar el progresivo e imparable avance a favor de la concentración de poder, de modo que creo lícito postular dos efectos plausibles propios de tal dinámica: en primer lugar, una mayor autonomía, autoridad y potestad por parte de la elite política supraestatal gobernante (véase la UE), puesto que es de suponer que de no ser así no adoptaría tales medidas; pero, por otro, y de modo paralelo, una tendencia contraria en el sentido de transferencia hacia abajo. Una reacción opuesta que surge con el objetivo de profundizar un paulatino proceso de descentralización política y administrativa, presente ya en la actualidad.

Imagínese un gobierno mundial, democráticamente elegido a escala planetaria según el principio un hombre, un voto. ¿Cuál sería el resultado de semejante elección? Con toda probabilidad, tendríamos un gobierno de coalición chino-indio ¿Cómo actuaría el nuevo gobierno para satisfacer a sus partidarios y ser reelegido? Denunciando, tal vez, que el llamado mundo occidental es muy rico y el resto del mundo, sobre todo China y la India, demasiado pobres, lo que exigiría una redistribución sistemática de la renta y la riqueza.

Hoppe, H.H., Monarquía, Democracia y Orden Natural

Es evidente que, en función de cuál sea el movimiento que salga victorioso de esta pugna política contrapuesta, ello acabará por determinar una nueva dinámica que transformará de modo sustancial las bases, prácticas y fundamentación del sistema político vigente a lo largo del siglo XXI.


Manuel Llamas