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lunes, 14 de marzo de 2011

Tema polémico: el riesgo


Cualquier decisión que se toma lleva consigo un riesgo: se pueden obtener resultados positivos y, por supuesto, resultados negativos. El fracaso es aquella frustración que se obtiene cuando un objetivo o un proyecto no concluye en la forma esperada. Contemplar la idea del fracaso no es placentero, sin embargo, éste puede ser uno de los factores más importantes de un eventual éxito. Tanto en la vida cotidiana como en los negocios, el aprendizaje que se obtiene como resultado de una frustración, puede conllevar una oportunidad para sacar un resultado exitoso, tal vez aún mejor que el que se esperaba obtener originalmente. Por ejemplo, la famosa pastilla para tratar la disfunción eréctil Viagra originalmente fue desarrollada para tratar la hipertensión arterial. No dio los resultados esperados, pero terminó siendo utilizada, con éxito, para tratar otro padecimiento y, hoy, genera millones de dólares en ganancias. Por eso, cualquiera que sea el resultado, tomar riesgos es parte fundamental de una economía de mercado.

En 1921, en economista Frank H. Knight expuso que parte esencial del empresario es asumir el riesgo de la actividad económica. El beneficio económico es la recompensa de haber asumido el riesgo. Sin embargo, el Estado, en su erróneo propósito de regular el mercado y distribuir la riqueza, puede desincentivar o eliminar este factor tan importante, generando perversas distorsiones.

Uno de los casos más típicos es el de los impuestos. El impuesto, como lo hemos discutido en otros artículos, no es sino un arrebato de la riqueza de los individuos resultado de su esfuerzo personal. Como habíamos mencionado antes, parte fundamental de tomar riesgos es el incentivo de la recompensa, pero si de antemano sabemos que el Estado nos arrebatará esta recompensa por medio de impuestos es probable que no queramos tomar el riesgo. En otras palabras, por medio de los impuestos, el Estado desincentiva la generación de riqueza.

Peor aún, el Estado utiliza muchos de esos recursos para subsidiar aquellas personas y aquellos negocios que no han obtenido resultados positivos luego de sus decisiones. Al hacer esto, basado en la política del "pobrecito", elimina la cuota de responsabilidad a la hora de tomar riesgos y esto es muy negativo, ya que como mencionamos antes, parte de las malas decisiones es aprender de las mismas. Si el Estado está dispuesto a hacerse cargo de las posibles pérdidas es como una invitación a seguir tomando malas decisiones. El Estado en su política de distribuir la riqueza les arrebata el premio a las personas que han asumido riesgos y han sido exitosos para dárselo a personas que han asumido riesgos y no han obtenido resultados beneficiosos.

Para que una economía de mercado funcione adecuadamente, es normal que haya ganadores y perdedores. Ese impulso de seguir tomando riesgos para obtener mayor grado de riqueza produce que un beneficio generalizado. Por ejemplo, a inicios del año pasado, la compañía Apple sacó al mercado su revolucionario producto llamada iPad, una combinación entre computador portátil y smarthphone . Un riesgo claramente, pues se trataba de un producto nada parecido a cualquier otro en el mercado. El resultado fue un éxito e incentivó a que otras compañías quisieran acapara ese nuevo mercado, como por ejemplo Motorola con su Xoom o Samsung con su Galaxy. Esta dinámica de competencia luego genera que las compañías perfeccionen sus productos y bajen el costo, todo lo cual se traduce finalmente en beneficios para los consumidores.

Sin lugar a dudas, en ASOJOD consideramos que, como lo muestra la historia de la humanidad, el progreso depende de una sucesión de éxitos y, sobre todo, fracasos. La tecnología, el conocimiento, el bienestar, la riqueza y todo lo bueno que hoy conocemos es resultado de intentos, a veces fructíferos y a veces no, de personas que tuvieron el valor para innovar, crear, producir y pensar. Por eso, como bien enseña Ayn Rand, el mundo es del ser productivo, del empresario.

En un mundo donde no sea posible asumir riesgos y, fundamentalmente, donde el éxito o fracaso no sea asumido exclusivamente por el sujeto que actúa, es imposible que se avance. Por ello, cada vez que el Estado pretende definir ganadores y perdedores sin que el resultado sea una derivación lógica de la acción, está generando distorsiones que terminarán perjudicándonos a todos por igual.

En razón de lo anterior, en ASOJOD invitamos a nuestros lectores a que tomen riesgos y que demanden cuando estos riesgos se puedan ver limitados por ese grupo de burócratas que se dicen llamar Gobierno. Hay que interiorizar ese valor de justicia, donde cada quién obtiene lo que cosecha, en lugar de ese antivalor popularmente conocido como "justicia social", donde algunos obtienen lo que no merecen.

jueves, 25 de febrero de 2010

Imitación, innovación y empresarialidad


El ser humano tiene dos importantes habilidades cognitivas complementarias, la capacidad de innovar y la capacidad de copiar: puede hacer algo nuevo, creativo; o puede imitar lo que ya existe, replicarlo. Las novedades exitosas pueden reproducirse, y a partir de múltiples copias pueden generarse más cambios que a su vez podrán copiarse de forma recursiva. La acción humana se desarrolla en una tensión permanente entre la permanencia y el cambio.

Imitar no es simplemente repetir lo que uno mismo ya ha hecho antes: se trata de copiar lo que ha hecho otro, observando, reflexionando, comprendiendo y añadiendo la nueva facultad o conducta al repertorio de habilidades propias. El aprendizaje suele requerir una fase inicial de atención consciente hasta que la tarea se automatiza y puede invocarse a voluntad o como un hábito que no requiere el esfuerzo de pensar.

Imitar conductas existentes más o menos generalizadas tiene sentido evolutivo: un comportamiento muy nocivo tiende a desaparecer al eliminar a sus agentes portadores, de modo que la simple existencia de algo muestra su capacidad de supervivencia; además, al ser la competencia un fenómeno relativo, hacer lo mismo que todos significa estar en terreno seguro y, al menos, no quedarse atrás. Para no malgastar recursos al resolver un problema, conviene averiguar si alguien lo ha resuelto ya antes; pero en ocasiones es mejor ignorar las respuestas de otros para así no restringir la imaginación y abrirse a la posibilidad de soluciones alternativas.

La innovación no surge de la nada: consiste en recombinar elementos previos para producir algo original, novedoso. La innovación es una tarea problemática: en algunos ámbitos, todas o casi todas las combinaciones posibles ya han sido generadas (al menos a cierto nivel de abstracción, como en el caso de los argumentos literarios, donde existe un número limitado de personajes y tramas ya explorados); en otros ámbitos, hay tantas combinaciones posibles que su generación y comprobación sistemática completa es prácticamente imposible y es necesario utilizar heurísticas (técnicas de búsqueda basadas en conocimiento experto) para reducir el espacio de búsqueda y los costes de la misma.

Innovar de verdad implica pisar terreno desconocido, arriesgarse a equivocarse, ensayar y errar a menudo hasta eventualmente acertar. Las innovaciones que funcionan suelen ser graduales, marginales, construyen sobre lo que ya existe e intentan mejorarlo, exploran ámbitos desconocidos pero cercanos a los ya dominados.

Las novedades pueden surgir accidentalmente, de forma inconsciente o no intencionada. Pero también pueden ser resultado de acciones intencionales: los emprendedores son personas proactivas, que se fijan objetivos y ponen en marcha proyectos para alcanzarlos, que imaginan formas mejores de hacer las cosas e intentan llevarlas a cabo. Un emprendedor puede actuar simplemente para satisfacer sus propios deseos de forma autónoma; pero, en general, los participantes en mercados con división de trabajo son productores especializados y consumidores generalistas. Los empresarios suelen intentar organizar nuevos proyectos productivos para servir a los demás: por un lado ellos mismos son causantes de cambios al crear y hacer crecer sus empresas, y por otro lado especulan intentando predecir las potencialmente diferentes condiciones del mercado en el futuro (preferencias y capacidades de los agentes económicos) para adaptarse a ellas.

El emprendedor es responsable del dinamismo y la coordinación del mercado: busca desajustes para aprovechar oportunidades de beneficio y su propia actividad origina situaciones diferentes con nuevas oportunidades. El emprendedor es el explorador que se arriesga, lanza su propuesta y se somete al juicio de los consumidores.

Los empresarios no suelen trabajar solos en sus proyectos. Son coordinadores de recursos humanos, necesitan contratar empleados, trabajadores que siguen indicaciones, obedecen órdenes. Todo ser humano puede ser empresario en principio, pero pocos lo son en la práctica: muchos no tienen el ánimo o la perspicacia necesarios, la capacidad de tomar decisiones bajo incertidumbre, o no quieren asumir riesgos.

La empresa es una aventura, algo heroico, pero lo épico es precisamente lo que se sale de lo ordinario. El empresario debe no solo enfrentarse a los competidores establecidos, a otros empresarios con diferentes innovaciones, y a los intereses creados que se sienten amenazados y preferirían que todo siguiera igual: también tiene que tirar con su entusiasmo y los incentivos adecuados de los trabajadores que carecen de su iniciativa y su ímpetu creador.

Francisco Capella