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sábado, 17 de noviembre de 2007

Mar calmo y tripulación serena


Sobre las perniciosas categorías de “ganador” y “perdedor” debe, en lo sucesivo, decretarse una moratoria por tiempo indefinido. Todavía hace una semana sentí que la reactiva actitud del PAC representaba una falta de respeto contra la voluntad mayoritaria del pueblo costarricense. A ver: 3,2 % de ventaja no es una diferencia abrumadora, pero no se engañen, señores: es una diferencia significativa. A decir verdad, es la mayor diferencia en sufragio alguno que se haya celebrado en Costa Rica desde la elección Arias-Calderón en 1986.

Mi percepción de los hechos no podía ser menos que crítica: ¿por qué no dejar a la actual administración gobernar? ¿Por qué habría el PAC de amarrar la gestión de un gobierno elegido popularmente, e insultar con ello la capacidad de discernimiento de ese pueblo que pretende representar? Nada podría ser más saludable, dentro de un régimen parlamentario, que ese sistema de contrapesos que permite que las voces de las diferentes tendencias políticas se equilibren a través del debate y la negociación. Pero entre eso y formar una barricada parlamentaria hay una gran diferencia.

Rencor y furor. Pero mi sentir ha cambiado, y me llena de satisfacción poder decirlo. Hay dos monstruos que comienzan a atemperarse: por un lado el rencor, por el otro el furor triunfalista. “Humano, demasiado humano”, hubiera dicho Nietzsche. De acuerdo, pero estamos hablando de emociones que deben ser contenidas con bridas firmemente empuñadas y evitando a toda costa el belicoso ritmo del galope.

Basta ya de falsa lógica, la que se pretende eminentemente racional, pero realmente descansa en el magma de la emoción pura.

Primera falacia: la mayoría no es “la masa”, manera derogatoria de aludir a quienes han aunado sus voces en una voluntad común.

Segunda disonancia: por favor, no más visiones acomodaticias de la realidad. He aquí a lo que me refiero: si el NO hubiera prevalecido, el discurso habría sido: “Dando una lección de madurez política y con ello un ejemplo al mundo, nuestro pueblo, fiel a los principios inmarcesibles de nuestra democracia, ha dicho NO a las fuerzas dabadá, dabadá, dabadá”. (Bravos y vítores de tarima enronquecida).

“Derrotados” sublimes. Pero como medró el SÍ, el discurso se transforma en lo siguiente: “El pueblo, víctima de la propaganda masiva y de las tácticas del terror utilizadas por la maquinaria globalizadora, ha vuelto a equivocarse: la desinformación y la mentira han confundido a muchos costarricenses, pero nosotros estamos aquí para defender a los sectores que bla, bla, bla”. (Caras de mártires de la resistencia, de “derrotados” sublimes).

¡Por favor! ¿Qué creen quienes así piensan? ¿Que la gente es idiota? Entonces, resulta que, cuando la mayoría está de mi lado es “un modelo de madurez política”, cuando no está de mi lado es “un pueblo amedrentado que careció de criterio en un momento definitorio de la historia patria”, ¡qué comodito, qué burdamente retórico, todo esto! Decidan, señores, porque un pueblo no puede ser maduro e imbécil al mismo tiempo.

Tercera aberración: la falacia “por conclusión desmesurada”, esto es, un error inductivo que se comete cuando, a partir de ciertos datos, llevamos la conclusión más lejos de lo que estos permiten. Por ejemplo, decir: las mayorías han probado equivocarse en el pasado. De ello se sigue que nunca hay que confiar en su criterio. Pues, ¿saben qué?, resulta que las mayorías han estado en lo cierto mucho más frecuentemente de lo que han errado, porque de lo contrario la humanidad –cuyo destino ha estado determinado por mayorías desde la Grecia antigua– sería hoy un montón de escombros y un universal fracaso (punto que no podemos sostener sin caer a la vez en otra falacia: la hipérbole).

Quinto error: la falacia de la casuística: rechazar una generalización alegando excepciones aisladas: ¡Mirá el desastre del ascenso al poder de Hitler: eso es lo que pasa cuando se le confiere tanto poder a las mayorías! No, no, no. Esta es una manera de llevarse el debate concentrando la atención en los aspectos que solo al adversario convienen (los casos particulares). Fácil argucia, porque nunca faltarán los árboles que vayan a contrapelo de la orientación general del bosque. Esta falacia se combate distinguiendo entre las excepciones y la regla: la mayoría no es una mole acéfala que yerra siempre, por principio, de manera ineluctable. Mil veces ha optado con lucidez excepcional, con profunda conciencia política, y con una sorprendente intuición del futuro de su país.

Caída en la canallocracia. La mayoría es nefasta solo si se vive en un país de gente profundamente envilecida. En este caso caemos en una canallocracia. Quienes dudan hoy en día del discernimiento de nuestra mayoría sugieren implícitamente tal cosa. La mayoría se constituye en dictadura únicamente en el seno de un pueblo inculto, desinformado, intelectualmente indigente e ideológicamente sobornable. ¿Somos eso los costarricenses? Ciertamente no. Entonces debemos hacer una acto de fe y creer en la inteligencia colectiva de la mayoría.

Más, mucho más que los diputados del SÍ, los del NO tienen hoy la oportunidad de dar al país una histórica lección de racionalidad, de flexibilidad ideológica, de respeto y buena voluntad. Tengo la certeza de que no la van a desperdiciar. Creo en ellos, en las muchas mentes brillantes que se cuentan en sus filas. Las decisiones en plenario de esta semana me hacen sentir orgulloso de su capacidad de convergencia en nombre de un país que pide a gritos unidad de propósitos y de actitudes. Para todos ellos, mis respetos.

Por Jacques Sagot

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Entonces… ¿para qué votamos?


Durante el gobierno de don Abel Pacheco se llevó a cabo la negociación del TLC. Durante ese proceso, en diversas oportunidades se comentó de los avances y a grandes rasgos de los acuerdos que se iban adoptando.

Una vez suscrito el acuerdo, bajo el liderazgo de Comex inició un esfuerzo para explicar los alcances del TLC, e incluso se publicó en la red.

Con el transcurrir del tiempo, para mi gusto más del necesario, el presidente Pacheco se negaba insistentemente a remitir, como era lógico, el TLC para su votación a la Asamblea Legislativa.

En varias ocasiones se analizó el tema y el Presidente nunca aceptó los argumentos de quienes le planteábamos la necesidad de cumplir con ese trámite.

Justificaba su negativa en “informes de seguridad” y en que nada valía la pérdida de la paz social de Costa Rica y que él no sería el responsable del derrame de una sola gota de sangre de un compatriota. (Recientemente, en el marco del referéndum, supimos que el responsable de la seguridad en el gobierno de don Abel era un entusiasta simpatizante del No.)
Cuando el actual presidente de la República, don Oscar Arias, asume el poder, cumple con su obligación y remite el documento a conocimiento de la Asamblea Legislativa. Muchos de los adversarios del Tratado amenazaron con boicotear el proceso legal y acudir a la “democracia de las calles” para impedir la ratificación, ya que no era aceptable que entre 57 personas se decida algo tan importante.

Cuando el TSE resuelve el nudo gordiano que nos ataba a la indecisión sobre el tratado, el Gobierno en uso de sus facultades (derechos) en forma inmediata decide promover el referéndum, de manera que todas y todos podamos decidir sobre algo tan importante para el país y el TSE, en cumplimiento estricto de la Ley, así lo acepta y convoca.

Los adversarios del acuerdo atacan tanto al Gobierno como al TSE, por la supuesta afrenta sufrida con la solicitud realizada, ya que ese derecho era solo de quienes habían solicitado al Tribunal analizar la posibilidad del mecanismo del referéndum para decidir el asunto.

Quedó en evidencia que no interesaba el referéndum como tal, sino someter al país a un proceso interminable de casi diez meses para recolección de firmas y luego el proceso de preparación del referéndum, lo cual nos hubiera llevado a que la votación en lugar del 7 de octubre se estaría realizando en abril o mayo de 2008, con lo que cualquier decisión ya era extemporánea, dada la obligación de que todo lo relativo al TLC esté acordado antes del 1º de marzo de 2008.

Rechazada como correspondía esa primera impugnación, los del No dijeron que el acuerdo era inconstitucional y que debía llevarse a consulta a la Sala IV, para que así se comprobara esa violación. Cuando la Sala, por amplia mayoría en algunos cuestionamientos y hasta por unanimidad en otros, dijo que el TLC no reñía con la Constitución Política, atacaron y descalificaron no solo a la Sala, sino también al fallo,
diciendo que no tenía carácter de “sentencia” y por lo tanto no era vinculante.

Aquí cabe preguntarse, ¿qué hubiera pasado si la Sala IV dice que el TLC era inconstitucional? Muy simple, ni siquiera hubiera habido referéndum, con lo cual se evidencia la trascendencia de lo resuelto por la Sala.

El PAC propuso al Gobierno “todo o nada”. Si se aprueba el referéndum, se aprueban las 13 leyes de implementación y si se rechaza, se archivan las 13 leyes.

Eso ni legal ni políticamente era viable, lo primero porque así no había sido convocado y lo segundo porque en las 13 leyes hay muchas que incluso están planteadas desde antes del TLC, otras son ratificaciones a tratados internacionales, también suscritos desde antes del TLC y finalmente, porque otras, aún estando altamente relacionadas con el tratado, son responsablemente necesarias para el desarrollo nacional, aun y quizá con mayor razón si se hubiera rechazado.

Una vez realizado el referéndum, con más de 800 mil votos a favor del Sí y del TLC, los del No pretenden desconocer no solo la voluntad popular mayoritaria, sino también la institucionalidad democrática, atacando al proceso, al TSE, a la Sala IV, a la Asamblea Legislativa, al Gobierno y, lo que es peor, a nosotros mismos,
quienes votamos por el Sí, argumentando que a muchos los compraron con diarios y bonos, con lo cual para los del No hay ciudadanos “que se venden” a otros, porque no entendieron la gravedad del acuerdo, con lo cual para los del No hay ciudadanos “tontos” y a otros porque solo defienden intereses mercantiles e internacionales, con lo cual para los del No hay ciudadanos “traidores”.

Por eso se arrogan el derecho de acordar presionar de cualquier forma para que las 13 leyes no sean aprobadas y otra vez amenazan con acudir a las calles, para evitar a toda costa que la Asamblea Legislativa que nos representa cumpla con su labor constitucional y vote las 13 leyes de implementación (sin perjuicio de que también deberá votar muchas otras más para la agenda de desarrollo que a muchos nos interesa).

Lo que ahora preocupa no son las amenazas callejeras, sino la actitud de algunos en el Congreso, que pareciera hacen eco de quienes amenazan y pretenden de “cualquier forma” evitar que las 13 leyes se voten. No es que no tengan derecho a oponerse, sí lo tienen; lo que pasa es que deben hacerlo con responsabilidad y con dignidad, buscando la mejora de los proyectos y no evitando que se voten.

No es cayendo en el terrorismo parlamentario de presentar más de 1.000 mociones para un solo proyecto que van a cumplir con su derecho, con ello solo son un obstruccionista más.

Eso es burlar el espíritu de la Ley y lo más grave, la voluntad popular. Lo más triste es que quienes así actúan son los que se presentan como los que promueven y respetan la participación ciudadana. Por eso me pregunto, ¿para qué votamos?

Por Juan José Echevería

lunes, 22 de octubre de 2007

En Vela


Ayer publicó el Consejo de la Universidad de Costa Rica su “pronunciamiento sobre los resultados del referéndum y el futuro del país”. Nada menos. No recuerdo, en la historia de la UCR, un acuerdo igual. Se trata de una arenga política e ideológica, cargada de sofismas y de inquina, cuyo propósito es dividir al pueblo de Costa Rica, cuestionar la institucionalidad democrática y azuzar a los grupos que no han reconocido el resultado del referendo. Y todo, por supuesto, con el dinero de los costarricenses.

He aquí al Consejo de la UCR como vocero y defensor de los llamados comités patrióticos, los mismos que han utilizado sus instalaciones para proclamar la desobediencia civil y desconocer el resultado del referendo, aplicación fiel de la estrategia suscrita en el teatro Melico Salazar en abril del 2005. El Consejo de la UCR no ha tenido la entereza moral e intelectual de reivindicarse y volver por los fueros de la institucionalidad, la paz social, el respeto y la razón crítica. ¡Qué lástima!

Comienza el Consejo justificando su acuerdo del 18 de abril del 2007 contra el TLC, cuyos deplorables argumentos fueron rechazados, en su hora, por la Sala Constitucional, lo que tampoco le importó, pues siguió proclamándolos a diestro y siniestro (con nuestros recursos); recoge la posición de los grupos más extremistas del NO contra el referendo, osa denunciar “el rompimiento de las reglas democráticas”, censura “la tregua política decretada por el TSE”, confundiendo –inaudito– propaganda y derecho humano a la información, anuncia “la clara división existente en Costa Rica “en cuanto a visiones de la sociedad”, pues, según este Consejo y otros, de un lado estamos los del SÏ, los mercaderes, y del otro, los buenos, los del Estado solidario. ¿No advierten que a todos, a los del SÍ y a los del NO (los demócratas, no los extremistas), nos angustia la situación social del país y estamos luchando por humanizarla? ¿Se logra este objetivo con la confusión conceptual y la lucha de clases?

“La clara división existente” no es fruto del referendo. Este tampoco la descubrió. Es una realidad diaria, concreta y dolorosa, que no se combate llevando agua sucia a sus molinos ideológicos, exaltando al “movimiento opositor” al TLC. ¿Cuál? ¿El que no reconoce el resultado electoral? ¿El que niega la institucionalidad democrática, que el Consejo legitima, ahora, como “instancias de auditoría ciudadana y de control político”?

En fin, en una hora histórica para Costa Rica se le apagó la “luz” al Consejo (no a la UCR). Se unió al liderazgo de Eugenio Trejos (TEC) y renegó de la razón crítica y de la institucionalidad democrática. Quedamos notificados.

Por Julio Rodríguez

¿De qué se trataba?


Si el PAC y la oposición no hubieran insistido en el referéndum, aún tendrían cuerda moral para estorbar su aprobación. Discusión, modificación y determinación de las opciones según su “visión país”.

Pero no. Se la rifaron al referéndum. Apostaron a que ganarían y no fue así. No fue un Dunkerque, la tarima del domingo siete así lo evidencia. Al otro lado no estaban los nazis (una ofensa más del inmaculado Ottón). No fue una retirada triunfante (perdieron el referéndum).

El referéndum es una nueva figura en nuestro Derecho Político y Constitucional. Consiste, en lo esencial, en que el pueblo retoma la capacidad de decisión (suspende por una convocatoria la democracia representativa) y en democracia participativa decide por él mismo.

No se trata de consenso, se trata de una decisión. Ni siquiera se puede hablar de un desempate, es una forma de decidir.

Sin embargo, por razón misma de la normativa del referéndum, si concurre a la decisión más del 40% (en el caso del TLC), el resultado obliga a los órganos públicos, es vinculante, es un mandato, es un imperativo, rige y le puedo poner más expresiones equivalentes a quienes no lo han terminado de entender.

Aquí no se trata de ganador moral, ni siquiera se fue a tiempos extra o penales o moneda. El pueblo decidió y punto.

No se valen condiciones, no se valen toma y dacas, no se puede regatear al pueblo su decisión.

Tampoco se trataba de que el TSE buscara empatar las fuerzas. En un partido de fútbol no se puede pedir al árbitro que le amarre el pie a Riquelme, que no deje correr a Ronaldinho o que le tape los ojos a Gabelo Conejo porque ataja mucho.

Tampoco fue un Fuenteovejuna. Decir eso es una verdadera fijación sexual. Es una forma de decidir y punto. Ganó el TLC y la mayoría y punto.

Menos se puede admitir que los perdedores se sumen los votos de los que no fueron. Eso es una muestra de desesperación y enajenación. Los que no fueron no cuentan. A lo sumo se podrá decir que no les importaba, que estaban en la indiferencia o que no tenían elementos de decisión. Pero adjudicárselos por parte del grupo perdedor es una actitud abiertamente demencial. ¿Qué se fumaron?
No vengan ahora con la hipocresía de la “desigualdad mediática” y violación de la tregua: trajeron a Sanders y compañía, buscaron pronunciamientos de políticos gringos, usaron recursos de las universidades públicas (incluyendo TV y semanario, sabático y carro del Rector de la Patria y el Pueblo), los educadores contaminaron en lugar de enseñar y la Internet pagada por los impuestos se usó contra el pueblo, mintieron e intentaron descalificar a la Sala y al TSE.

Ahora, más bien, deben respetar la decisión del pueblo. Ahora no tienen argumento para bloquear ni atrasar: los cañones de la democracia hablaron, fuerte y claro. ¡Sí al TLC!
Retrasar, regatear o bloquear la decisión del pueblo es un acto sedicioso y traidor. Retratará a quien lo haga. ¿Cuántos de los “doce del patíbulo” van a seguir en su “domingo siete”?
El 7 de octubre el pueblo costarricense tomó una decisión. Así eran las reglas ¿Quién será enemigo del pueblo?

Por Federico Malavassi

lunes, 15 de octubre de 2007

Gobernando con un 33%


Nunca antes hubo tanto en juego en un proceso electoral como en el pasado referéndum y, quizás por ello, nunca confluyeron tantos recursos y esfuerzos en favor de una causa política. Mas todos ellos, por irónico que resulte, no lograron aumentar ni en un voto el apoyo político-popular con el que contaban el Gobierno y sus aliados desde febrero del 2006. Y es que el resultado del referéndum, como ya habíamos previsto meses atrás en nuestros análisis de situación, no fue más que un fiel reflejo de la última elección presidencial. Y esto, ahora más que nunca, requiere una reflexión.

La razón es simple y tiene que ver con principios básicos del mercadeo. En primer lugar, el TLC y el modelo de desarrollo del que forma parte, fue el principal tema de campaña del entonces candidato Óscar Arias, y quienes votaron por él, lo hicieron conscientes de ese hecho. Consecuentemente –agregamos–, quienes votaron por otras propuestas políticas (por el PAC principalmente), lo hacían también en contra del Tratado y lo que representaba, por lo que las posiciones (duras) sobre el tema en cuestión ya estaban tomadas desde mucho antes de convocarse el referéndum.

Y en segundo lugar, porque durante este año y medio de gobierno no hubo ningún hecho político relevante que pudiese modificar tales percepciones, adhesiones y comportamientos, por lo que la lógica nos indicaba claramente que no se podía obtener un resultado diferente al de la elección del 2006, al menos que alguno de los dos movimientos en pugna lograse incorporar una parte –por mínima que fuera–, de esa importante masa de ciudadanos (35%) que en la elección presidencial se había abstenido de participar.

Una encuesta que realizamos 3 meses atrás nos indicó claramente que eso no se estaba logrando y el 40% de abstención en el referéndum lo confirma. En condiciones iguales, resultados iguales. Más allá de lo que señalaron varias encuestas, el famoso “empate técnico” siempre se mantuvo a lo largo del proceso.

Desde esa perspectiva, toda la campaña no fue otra cosa que fuegos artificiales que a muchos encandilaron con su brillo y distrajeron con su ruido –en especial a las empresas encuestadoras que no supieron diferenciar lo relevante de lo intrascendente–, pero que rápidamente se esfumaron, al igual que los cientos de millones mal invertidos en una campaña que, por carecer de credibilidad –ese elemento que a los publicistas se les olvida con tanta frecuencia y que cada vez más resulta indispensable para hacer una comunicación efectiva… y más aún en política–, resultó inútil.

Lo cierto es que, después de 3 intensos meses de campaña, de abrir heridas, de profundizar diferencias, de romper diálogos y de obviar normas y procedimientos, luego de exacerbar los ánimos y de lastimar a los adversarios tratando de procurar un resultado favorable, no se modificó en nada la “participación de mercado” (para usar un término mercadológico de fácil comprensión) que tenía el Gobierno… desde febrero del 2006. Con el agravante de que todas ellas son costosas “facturas” que tarde o temprano sus adversarios políticos le cobrarán al Gobierno, pues contrariamente a lo que muchos “estrategas” piensan, no solo es importante ganar, sino también cómo se gana, pues ello condiciona la capacidad futura de gobernar.

Los números son claros. En la elección presidencial, Óscar Arias y sus principales aliados políticos en la consulta popular, el PUSC y el ML, sumaron juntos un 33% de los electores inscritos en el Padrón Electoral. El pasado 7 de octubre, el SÍ obtuvo un 30% sobre el Padrón. En otras palabras, se pasó de un total de 859.916 votos en el 2006 a 810.677 votos (proyectado) en el 2007. Esto sin considerar –si se quisiera hilar más fino– que entre un padrón y otro hubo cerca de 95.000 nuevos electores, en cuyo caso la alianza de Gobierno habría perdido más bien cerca de 3 puntos porcentuales.

Quienes trabajamos en mercadeo sabemos que modificar significativamente la estructura de un mercado requiere mucho más que una campaña publicitaria; más aún, si la que hacemos es insulsa, absurda y sin contenido. ¡Ojalá fuera tan fácil!

¿Qué logró el SÍ en definitiva? Mantener su “participación de mercado”. ¿Qué logró el NO? Aumentar, aunque sea circunstancialmente, su mercado en 6 ó 7 puntos porcentuales y, sobre todo (políticamente), estructurar un movimiento social, que, si bien difícilmente podrá ser utilizado electoralmente en el 2010, será un permanente dolor de cabeza para el Gobierno en los difíciles tiempos que se avecinan. Y precisamente el haberlo logrado sin dinero, en contra de un poderoso contingente de recursos económicos, partidarios e institucionales, es muestra de una voluntad política que mal haría el Gobierno en ignorar.

¿En que fracasaron ambos? En motivar e incorporar a los “indecisos”, pues en definitiva, entre las “dudas” de unos y el “temor” de otros (temas estos que serán objeto de extensos debates y no pocas impugnaciones legales), ambos se neutralizaron, sin que ninguno encontrara los argumentos correctos para motivarlos a participar.

Hoy, en definitiva, tiene más que perder el Gobierno ganando, que el NO perdiendo, pues ahora la “carga de la prueba” –de los beneficios y promesas hechas durante la campaña– es suya.

Más allá del discurso conciliador, que necesariamente tendrá que ir acompañado de señales claras de enmienda, reconstruir la credibilidad (empezando por la del Presidente); incorporar (con hechos ciertos) a ese 66% que no les ha apoyado; sanar las heridas (de sus adversarios y las suyas propias) y sobre todo, contar con los relevos requeridos, presentando una “cara nueva” que haga más fácil el diálogo con la oposición después de una campaña tan desgastante y dolorosa, son los primeros pasos que (externamente) el Gobierno debe dar.

Pero un paso fundamental ( internamente) es tomar plena conciencia de que se cuenta (desde el 2006) con el apoyo de tan solo un 26% del electorado –33% sumando a sus circunstanciales aliados en el referéndum– y que solo ese tercio de la población, se “siente” beneficiada –según nuestros estudios– con el modelo de desarrollo vigente. Que otro tanto igual se considera excluido de este y “directamente” perjudicado por el Tratado. Y que ya no un 35%, sino un 40%, de los costarricenses se han marginado peligrosamente del activismo y del debate político, sin que sepamos a ciencia cierta sus razones.

Lo que sí sabemos ciertamente es que dentro de este último grupo hay más gente –en una proporción de 3 a 1– que tendía a votar NO (al TLC y al modelo), de la que tendía al SÍ. Y de ahí que siempre dijimos que, a mayor participación, mayor era la posibilidad de que ganara el NO. ¿Qué posición asumirá esta gente frente al proceso de negociación y el trámite de la Agenda de Implementación (en el corto plazo)? ¿Qué demandas sociales le hará al Gobierno (en el mediano plazo)? y ¿participará o no en las elecciones del 2010? Son temas muy importantes de analizar.

Por lo pronto y, en este contexto, ganar por un 1% (18.000 votos en el 2006) o por un 3% (50.000 votos en el referéndum) no hace ninguna diferencia. Lo que sí hará diferencia es la forma como se maneje este proceso, pues lo cierto es que, si hubiera triunfado el NO, el tema del “maldito TLC” (para usar una expresión del Presidente) ya hubiese terminado. Con el triunfo del SÍ, por el contrario, este apenas comienza.

Haydée Mendiola y Gabriel Bonilla, tomado del periódico La Nación