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martes, 21 de junio de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: acerca de los políticos pillos


En una reciente columna periodística, se mencionó lo siguiente: “Está también el profesional del nihilismo político o del estigma de la política para quien ‘todo político es un pillo y todo funcionario público, un incapaz’”.

Esa oración podría haber sido escrita como justificación de cualquier acción del Estado, con independencia de su bondad o conveniencia. Para ello se acude a un viejo truco, cual es quitarle legitimación a quienes se atrevan a formular críticas a los políticos, acudiendo a generalizaciones acerca de las razones que los puede motivar a hacerlas. Llamarlos profesionales del nihilismo o estigmatizadores de la política, sin parar en mientes acerca de si las críticas hechas a los políticos pueden tener fundamento, es tirar por la borda un gran principio que caracteriza a los órdenes democráticos, cual es la responsabilidad que, ante la ciudadanía, deben asumir los funcionarios públicos y los políticos por sus acciones y, por tanto, sujetarlos a las reglas de la crítica. Esa velada forma de censurar el pensamiento crítico, alegando que, quienes lo expresan, tienen su origen en infundios acerca de la moralidad de las personas, no puede conducir nada más que a promover el silencio ante el abuso posible del poder del Estado.

La afirmación comentada falla, al generalizar un comportamiento que el columnista no necesariamente puede probar que subyacen las intenciones de quienes critica. Adscribe conductas que el comentarista de marras no puede confirmar con hechos concretos. Lo haría si tal vez tuviera la capacidad divina de hurgar el ámbito moral y la conciencia de quienes se atreven a criticar a políticos y a funcionarios públicos. No conozco en nuestro medio a persona alguna que, de manera absoluta y general, haya afirmado que “todo político es un pillo” o que “todo funcionario, un incapaz”, como dice el periodista cuya opinión comento.

Yo suelo formular críticas al comportamiento de políticos, no porque considere que “todos” son unos pillos, al igual que también lo hago acerca de las conductas de funcionarios públicos, sin que los considere a todos unos incapaces. Al contrario, ambos suelen ser muy capaces de hacer las cosas a su manera y según sus intereses propios.

Alguien me dirá: ¿Y usted por qué se da por aludido? y posiblemente a partir de ello elucubrar acerca de lo que puede transitar por mi magín. Lo que en verdad deseo es exponer una posición liberal respecto al político y al funcionario público, no porque acepte que soy un “profesional del nihilismo político o del estigma de la política” y que por ello debería aprovechar para encontrar alguna justificación de mi comportamiento como crítico de la conducta de políticos y funcionarios públicos. No creo que esté en la mente de un columnista que presta atención a mis anotaciones –ni soñar con esas alturas intelectuales de los dioses olímpicos- como para que sentir que se me endilgan directamente conductas maledicentes o de mala fe, pero, por si acaso, tomo a pecho el comentario inicial de marras. En la vida siempre hay que tener mucho cuidado con lo que escriben ciertas plumas, no vaya a ser que prefieran tan sólo hacer insinuaciones, en vez de señalar quien es el que directamente afirma que “todo político es un pillo y todo funcionario público, un incapaz”. Por ello, lo mejor, creo, es dejar mis afanes muy claros.

A mediados del siglo XVIII, un connotado pensador liberal, David Hume, escribió lo siguiente:

“Los escritores políticos han establecido como máxima que, al concertar cualquier sistema de gobierno y fijar los diversos frenos y regulaciones de la constitución, debería considerarse a cada hombre como un pícaro que, en todas sus acciones, no persiguiese otro fin que el interés particular… Por lo tanto, es una máxima política justa la de que debemos suponer que todo hombre es un pícaro, aunque, al mismo tiempo, resulte un tanto extraño que una máxima falsa de hecho, haya de ser verdadera en la política. Pero, para convencernos a este respecto, podemos pensar en que los hombres, generalmente, son más honestos en su calidad de particulares que en su condición de personas públicas, y que se esforzarán más por servir a un partido que cuando no se trate más que de su propio interés privado.” (David Hume, Ensayos Políticos, San José, Costa Rica: Universidad Autónoma de Centro América, 1987, p. p. 103-4).

Como seres humanos que son, hay políticos honestos y deshonestos, al igual que hay funcionarios públicos capaces, en tanto que hay otros que son unos incapaces. Esa es la máxima verdadera de hecho a la que se refiere Hume. Lo que él, y muchos liberales después de él, enfatizan es la importancia de pensar que, a la hora del diseño de instituciones, como cuando se trata de “concertar cualquier sistema de gobierno y fijar los diversos frenos y regulaciones”, lo mejor es suponer que todo hombre es un pícaro, a fin de que puedan existir las mejores instituciones posibles –entre ellas el principio de la crítica- creadas por los seres humanos, que evidentemente nunca serán perfectas. La alternativa a esta precaución es la de pensar, como a menudo uno lo suele observar, que los políticos y los funcionarios públicos son unas criaturas especiales, a quienes no mueven intereses egoístas, sino sólo un altruismo en donde únicamente buscan el bienestar de la ciudadanía y no el propio. Hume nos advierte del error de creer que esos políticos y funcionarios públicos son ángeles a la hora de construir instituciones gubernamentales; en sencillo, en los asuntos públicos de gobierno.

Hume aconseja, además, que se tenga presente que esos hombres suelen ser más honestos en sus asuntos privados que en sus asuntos públicos, y que, en estos últimos afanes, el interés privado propio es siempre un gran motivador y empuje para su comportamiento observado. Esta idea no es extraña, sino más bien parte sustancial de la versión moderna de pensamiento político-económico conocida como la Teoría de la Elección Pública, la cual desmitifica la pretensión y creencia sostenida por algunos de que los políticos y los funcionarios públicos no son movidos por sus intereses propios. No hay nada malo en esto, excepto que se suele hacer un gran esfuerzo de parte de ellos para que se les vea como interesados en algún bien común etéreo, que nunca aparece definido, pues es imposible, y no de que actúan en el ámbito político y burocrático según los intereses propios que tienen en mente.

Lo cierto es que, tal como el individuo en el marco de los mercados al buscar su propio interés logra el beneficio de los demás, como nos lo explicaron Adam Ferguson y Adam Smith, en el caso de los políticos y los administradores públicos, si bien actúan también en función de sus intereses individuales, a veces se postula que en su actuar son movidos por un altruismo que en realidad se observa muy infrecuentemente. Tal como el individuo busca hacer máxima su satisfacción (en donde suele incluirse más allá del interés propio estrictamente hablando, y se suele incorporar el bienestar de su familia, de sus allegados y de sus asociados), al igual que en los mercados el empresario buscar hacer máximas sus ganancias, en el campo político y de la administración pública el objetivo de fondo puede ser la maximización del poder o de los votos, o de la riqueza personal obtenida gracias a su posición gubernamental.

Lo mejor es que, a la hora de los asuntos públicos, debemos seguir el consejo de Hume arriba mencionado y, agrega este servidor, más bien estimular la crítica constante al desempeño de los políticos y de los funcionarios públicos, que en última instancia son pagados por los dineros de todos los ciudadanos. No porque “todo político es un pillo y todo funcionario público, un incapaz”, sino porque la crítica a sus actuaciones en el campo público puede servir de freno al abuso del poder y, tal vez, para que con espíritu Popperiano puedan mejorar o enmendar errores.

Jorge Corrales Quesada

lunes, 7 de septiembre de 2009

Tema polémico: la relación entre la ciencia y los medios de comunicación


Generalmente existe una relación entre la ciencia y los medios de comunicación (sobre todo los de la televisión), que presenta una visión ficticia sobre lo que es la ciencia y esto ocasiona falsas impresiones en los televidentes, que termina trayendo consequencias negativas para el nivel de alfabetismo científico de la población.

Esta visión ficticia se señala fácilmente en la presentación de las noticias científicas en segmentos de corta duración (unos cuantos segundos), a las cuales no se les da seguimiento y sin mencionarse siquiera la metodología utilizada en la investigación científica que se comenta en la noticia. Así, lo más importante para determinar si la investigación es válida o no, esto es, su metodología, no es presentada al público, sino que simplemente se presenta como “hechos” y no como hipótesis o investigaciones en progreso. Claro está, podría decirse, que de poco uso sería intentar presentar la metodología a la audiencia, ya que esta posiblemente no la entendería (tal vez ni siquiera la entienda el presentador de la noticia).

Sin embargo, en ese caso lo único que se pretende es que una persona crea en la noticia, sin saber el método por el cual se determinó su validez, simplemente porque se le presenta como un resultado “científico” y de esa forma se quiere que se crea ciegamente en todo aquello que se pone la etiqueta de ciencia. Lo único que provoca esto es que se forme una actitud acrítica con respecto a la forma de proceder de los científicos y se presente a la ciencia como un tipo de conocimiento cuya verdad es incuestionable (el caso de las encuestas políticas y las enfermedades es un ejemplo claro sobre como se caricaturizan las noticias científicas al ni siquiera mencionar los presupuestos metodológicos y epistemológicos que utiliza una encuesta o una investigación sobre la propagación de una enfermedad, por ejemplo, la gripe H1N1).

Evidentemente, esto dista mucho de lo que pretende ser el ambiente científico, donde cada una de las propuestas que hacen los científicos debería tomarse con cautela y siempre como algo provisional (aunque a algunos científicos se les olvide esto último). También resulta interesante que, durante las noticias, nunca se señalan las limitaciones teóricas de las investigaciones, por lo que la ciencia y la tecnología se confunden con "oráculos" que tienen respuestas a cualquier inquietud humana, cuando en realidad ha tomado varios siglos resolver ciertos problemas científicos de forma "satisfactoria".

Esta mala representación de la ciencia se da también cuando se le presenta como de consenso absoluto entre sus investigadores. Difícilmente, los medios de comunicación facilitan al público el conocimiento de que siempre hay distintas escuelas de pensamiento dentro de una misma disciplina, por lo que el televidente confunde la información que da un investigador como si fuera representativo del 100% de la comunidad científica. Esto se facilita, además, por el hecho de que las noticias casi nunca se presentan contrastando investigaciones científicas ni tampoco se distingue entre el uso cotidiano del lenguaje y el uso científico del mismo. En realidad, los medios acuden en esta forma a una falacia de autoridad, ya que desean validar los argumentos científicos bajo el pretexto de que así lo dicen los científicos, cuando en realidad no facilitan la posibilidad de que los usuarios desarrollen su capacidad crítica de argumentación.

Ahora bien, es claro que esta situación no es culpa exclusiva de los medios de comunicación, toda vez que estos también presentan las noticias de forma que le sean placenteras al público que las demanda. Así, lo que se puede concluir, es que la audiencia prefiere no desarrollar una actitud crítica en tanto le resulta más cómodo vivir con información que no tenga que cuestionar para no tener que hacer el esfuerzo intelectual. A su vez, dado que los medios tienden a parcializar la información (un ejemplo sería la crisis económica), se transforma en parte del status quo identificar el conocimiento científico con la visión científica que presentan los medios.

Dada esta situación, es difícil proponer una solución que mejore la forma en que se divulga el conocimiento científico, aunque no imposible. Internet, por lo menos, es un medio que facilita en forma casi instantánea cualquier tipo de información, siempre y cuando el usuario sepa donde buscar y le permite, si así lo quiere, hallar diferentes perspectivas sobre una misma investigación o hecho.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

En vela

Si Churchill, cuya biografía cautiva al presidente Arias, estuviera vivo y este le pidiera un consejo, de seguro le regalaría cinco. Primero: “Es en las crisis donde los gobernantes dan la talla”. Segundo: “Piense antes de hablar”. Tercero: “No se canse nunca de la crítica, esencia de la democracia. Más bien, tema la falta de crítica y las zalamerías ajenas”. Cuarto: “Cuidado con el poder, pues este atonta”. Quinto: “No busque pretextos ni se queje. Gobierne, inspire, dirija. ¿No fue para ello que buscó la reelección y pidió los votos al pueblo?”.

El contorno financiero mundial amenaza ruina; en América Latina la insensatez suplanta la responsabilidad, y en Costa Rica el gobernante ha perdido el sentido de la realidad. Sus últimas declaraciones causan estupor: un premio Nobel de la Paz, que justifica, en Latinoamérica, las maniobras “militares” conjuntas de Rusia, invasora de Georgia, y de Hugo Chávez, una amenaza creciente para la paz y la estabilidad política; que ataca a EE. UU., al que, horas después, debe suplicarle otra prórroga del TLC…

Un gobernante que dice “que no lo dejan gobernar”, cuando lo cierto es que se le ha apoyado sin reservas en los proyectos beneficiosos para el país, entorpecidos, eso sí, por la maraña legal y la “tramitología”, la que prometió, por cierto, reducir, para concluir que “está cansado” de las críticas y rematar: “Estoy cansado de intentar gobernar en un país que cree que la crítica a toda costa nos hace más libres, cuando en realidad nos hace más ingobernables”.

En este párrafo, pregonado el Día de la Independencia nacional, don Óscar Arias ha incurrido no en un error, sino en un sacrilegio. La ausencia de crítica es la sustancia de una dictadura, como es el caldo de una sociedad inculta. Por el contrario, la crítica es consustancial con la democracia, como lo es con la libertad, la ciencia y el progreso humano. Don Óscar debe, más bien, sentirse orgulloso de nuestro pueblo, convencido, a diferencia de él, de “que la crítica a toda costa nos hace libres” y no debe repetir jamás, por respeto a nuestra historia, que “en realidad la crítica nos hace más ingobernables”. Algo anda mal en don Óscar para que haya llegado a estos extremos, tan graves, en el plano democrático, como aceptar el secretismo con China, país sin crítica y gobernable...

La crítica no cansa a ningún gobernante democrático. Solo cansa a quienes la temen. No se exponga don Óscar a esta conclusión. Churchill le diría: “Si está cansado, descanse”, pero, mejor, ordene sus ideas, cuidado con ciertos amigos y cortesanos, y entienda que el único cansancio peligroso es el del pueblo, que vale cualquier sacrificio.

Julio Rodríguez