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martes, 24 de febrero de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: las vedas en nuestros mares

Tal vez debo empezar explicando el concepto llamado “la tragedia de los comunes” (en inglés, tragedy of the commons), expuesto por el economista Garrett Hardin de la siguiente manera:

“La tragedia de los bienes comunes surge de esta manera. Imaginemos un pastizal abierto para todos. Se puede esperar que cada pastor trate de alimentar la mayor cantidad posible de animales en ese pastizal en común. Tal acuerdo puede funcionar más o menos bien durante siglos… Finalmente, sin embargo, con el tiempo llega el momento del ajuste de cuentas... En ese punto, la lógica inherente de los bienes comunes genera, inclementemente, la tragedia. Como un ser racional, cada pastor buscará elevar al máximo su utilidad… se pregunta: ‘¿cuál será la utilidad para mí si agrego un animal más a mi rebaño?’ Esa utilidad tiene dos componentes: uno positivo y uno negativo…” El positivo “está en función del aumento de un animal más” y el negativo “es una función del aumento de sobrepastoreo causado por el animal adicional. Sin embargo… los efectos de dicho incremento del pastoreo son compartidos por igual por todos los pastores… Al sumar las utilidades parciales de ambos componentes, el pastor racional concluye en que la única vía sensata para él radica en añadir otro animal a su rebaño. Y otro, y otro... Pero esta conclusión es la misma a la cual llegan todos y cada uno de los pastores racionales que comparten las tierras en común. Precisamente en eso es donde reside la tragedia. Cada hombre está encerrado en un sistema que lo obliga a incrementar su rebaño ilimitadamente -en un mundo que es limitado. La ruina es el destino hacia el cual corren todos los hombres, cada uno prosiguiendo su propio interés en una sociedad la cual cree en las tierras en común. La libertad en unas tierras en común acarrea la ruina para todos.” (Garrett Hardin, Tragedy of the Commons (La tragedia de los comunes), Science, Vol. 162, No. 3859, diciembre de 1968). 

La solución que Hardin propone como solución a este problema es la creación de derechos de propiedad; en este caso, sobre el pastizal. Ella conduciría a evitar esa sobreproducción ruinosa para todas las partes.

Un interesante artículo (en inglés) de Robert J. Smith, “Soluciones Privadas para los Problemas de Conservación,” en Tyler Cowen, editor, The Theory of Market Failure, Fairfax, Virginia: George Mason University Press, 1988, señala lo siguiente:

“La tragedia de los comunes se aplica a todas las pesquerías oceánicas… en donde la sobrepesca… es un fuerte testamento del fracaso en la ‘administración’ de recursos de propiedad común… Si se prestara más atención en terminar con la tragedia de los comunes, mediante la creación de derechos de propiedad y de otros incentivos para administrar sabiamente los recursos naturales… el medio ambiente del mundo estaría en una condición mucho mejor.” (Op. Cit., p. 343). Y agrega “Lo que necesitamos ahora son cambios legales que hagan posible la propiedad privada de las aguas marinas… Bajo el sistema de utilización de recursos como una propiedad en común, un pescador tiene poco incentivo para practicar la conservación y el uso de métodos de agricultura marina. Cualquier intento de su parte para enriquecer el mar, simplemente le permitiría a los colados u oportunistas beneficiarse más allá de sus gastos.” (Op. Cit., p. 348). “Si fuera extendida la propiedad privada al lecho marino, sus derechos de propiedad podrían ser aplicables. Las flotas de pesca que operan desde puertos  podrían crear sus propios cayos de pesca, asegurando por tanto que haya viajes exitosos de pesca deportiva para sus clientes o capturas de pescados exitosas destinadas a sus plantas procesadoras.” (Op. Cit., p. 350).

Pero esa lógica de definir propiedad en sitios marinos no parece ser viable en la actualidad (por muchas razones, principalmente políticas), por lo cual, en Costa Rica, al menos, se ha buscado que exista un cierto grado de regulación gubernamental de la pesca, de manera que se logre (tal vez con poco éxito) preservar la vida marina salvaje; concretamente, evitar la desaparición de pescado en áreas marinas próximas a las costas del país. 

He hecho esta relativamente amplia introducción a fin de comentar un artículo aparecido en La Nación del 16 de enero, el cual lleva por encabezamiento “Contraloría cuestiona criterios para fijar vedas en mares ticos: Entidad señala inoperancia de comisión científica que asesora a INCOPESCA."

La Contraloría consideró que INCOPESCA es “ineficiente en el establecimiento de las vedas y en regular las tallas mínimas que deben tener las especies al ser capturadas, lo cual lleva a la sobreexplotación del recurso marino.”

Dicha sobreexplotación no se puede adscribir a la ineficiencia en las vedas y en la falta de regulación de las tallas mínima. Si existiera la posibilidad de crear propiedad en el lecho marino, es de esperar que sí conduciría a evitar dicha explotación. Pero dicho objetivo no parece ser viable de lograr simplemente introduciendo veda o limitación a la talla de los peces, en tanto tenga vigor un incentivo claro hacia la sobreexplotación de los recursos: estamos en presencia de la tragedia de los comunes.

La resolución del problema de la tragedia de los comunes no se logra, tal como señaló un señor Arauz del Frente por Nuestros Mares, haciendo que “el manejo de las pesquerías implica decir cómo se debe pescar y eso conlleva restricciones, las cuales podrían atentar contra intereses económicos de particulares.” Además de que esa última afirmación de su cita carece de sentido, pues una veda podría servir intereses económicos de los particulares, si con ella se asegurara una mayor existencia de pesca. Más bien podría resultar un buen negocio para un individuo, poder pescar pero evitando que tenga lugar la tragedia de los comunes, en donde todos pierden.

Lo importante es tener los incentivos correctos para conservar la biomasa de la pesca e incluso que ésta se incremente. Si hubiera propiedad privada, tiene vigencia aquel decir de que “en el mundo no hay escasez de gallinas,” lo cual es explicado por el hecho de que va en el interés del productor de carne de gallina el que no se extinga el animal, que se daría si las aves no tuvieran dueño alguno y en donde cualquier pudiera cazarlas. No hay escasez de gallinas porque son propiedad privada y está en el interés de cada uno de los productores la conservación de la especie.

Pero, ¿será posible lograr el objetivo deseable de permanencia de peces si se regula su pesca mediante la veda y la prohibición de que no capturar peces de tamaño “pequeño”? El estímulo para brincarse las prohibiciones es muy grande y a veces requiere de un proceso de vigilancia que es muy costoso para el estado. Pero, entonces, ¿es imposible deshacerse de la necesidad de que sea el estado el que regule esa actividad pesquera? De no ser así, ¿estamos condenados a la extinción de especies marinas debido a la sobrepesca? 

La economista Elinor Ostrom obtuvo el Premio Nobel en Economía en el 2009, compartido con Oliver E. Williamson, por “su análisis de la gobernanza económica especialmente de los recursos compartidos.” Por ello tomaré algunos comentarios de su ensayo “Institutional Arrangements and the Commons Dilemma” (Acuerdos Institucionales y el Dilema de los Comunes), del libro editado por Vincent Ostrom (esposo de Elinor), David Feeny & Hartmut Pitch, Rethinking Institutional Analysis and Development (San Francisco: Institute for Contemporary Studies Press, 1988). 

Hay buenos ejemplos de arreglos institucionales destinados a resolver el problema de los comunes antes mencionado, los cuales no necesariamente han requerido de la conversión de las zonas públicas de pesca marina en propiedad privada (que probablemente resolvería el problema), sino que han sido innovadores en cuanto al manejo institucional de la situación. Tal es el caso de las pesquerías de Alanya en Turquía. Señala la señora Ostrom: “Muchos de los 100 pescadores locales operan con botes para dos o tres personas usando varios tipos de redes. La mitad es miembro de una cooperativa local y la otra mitad no lo es. La viabilidad económica de la pescadería de Alanya se vio amenazada a principios de la década de los setenta por dos razones. Una, el uso irrestricto de la zona de pesca creo un conflicto entre los usuarios. En segundo lugar, la competencia entre los pescadores por pescar en los mejores sitios incrementó fuertemente los costos de producción y la incertidumbre en relación con el potencial de cosecha para cualquier grupo específico de pescadores.” (Op. Cit., p. p. 111-112). 

Para resolver el problema, en la comunidad se adoptaron las siguientes medidas:

*Cada setiembre se prepara una lista de pescadores que tengan licencia para pescar en Alanya, independientemente de su membresía en la cooperativa.

*Dentro del área de pesca usual de Alanya se seleccionaron y definieron sitios de pesca específicos. Estos sitios son tomados separadamente, de manera tal que la red que se coloca en uno de ellos, no bloqueé los peces que deben estar disponibles en el sitio adyacente.

* Estos sitios de pesca mencionados están disponibles de setiembre a mayo.

* En setiembre, los pescadores aceptados en la lista rifan los lotes o sectores y se les asigna a aquellos sitios previamente escogidos para pescar.
 
* De setiembre a enero, cada día, cada pescador rota hacia una nueva localización hacia el este. Después de enero, los pescadores se muevan en dirección oeste. Esto le brinda la misma oportunidad a cada pescador de acceder a los inventarios de peces, que migran de este a oeste entre setiembre y enero y que revierten su migración de enero a mayo en toda el área.”
 
El efecto deseado se logró: “el sistema ayuda a asignar los mejores sitios de pesca a todos los pescadores mediante una base equitativa y ha reducido fuertemente los conflictos, así como los costos de producción.” (Op. Cit., p. 112).
 
Señala la señora Ostrom: “La lección substantiva más importante que puede aprenderse (de éste y de otros cuatro casos estudiados en su artículo) es que es posible para los individuos que encaran el Dilema de los Comunes en el ambiente natural, diseñar sus propios acuerdos institucionales que cambian la misma estructura de la situación en la cual se hallaron.” (Op. Cit., p. 117).  No se necesitó de la coacción del estado para resolver el problema de los comunes y se conservó y hasta amplió la dotación o cosecha marina, para poder responder negativamente a aquellas dos preguntas planteadas con anterioridad. Y, de paso, se mantienen alejados a los potenciales colados que vengan a pescar en dichas zonas durante el período de reserva. 

Tal vez proceder a estimular la conformación de arreglos institucionales en el sector pesquero de nuestro país podría contribuir a eliminar el costo de la intervención estatal, por una parte, y, por la otra, a que se genere una mayor riqueza. Podemos así buscar que un estado ineficiente pueda convertirse en un organismo eficiente que haga bien las cosas, incluso sin tener que meterse en lo que apropiadamente los individuos, mediando libres acuerdos mutuos, pueden resolverlas mejor por sí mismos.

Jorge Corrales Quesada

sábado, 31 de octubre de 2009

Un premio para la economía práctica


El Premio Nóbel de Economía entregado hace un par de semanas a Elinor Ostrom y Oliver Williamson me pareció a primera vista una buena elección. Ahora pienso que fue una excelente decisión. La razón es que la corriente económica predominante se ha vuelto extremadamente matemática y cada vez más aislada de la realidad. Muchos economistas se sientan en sus oficinas y derivan pruebas. Pocos salen y hacen el tedioso trabajo de examinar las estructuras institucionales que construyen los seres humanos para resolver sus problemas de la vida real. Entre estos pocos, están Ostrom y Williamson.

Las investigaciones de ambos dependen de valiosa información fuera del campo de la economía. Ostrom deriva mucho de ésta a partir de estudios de caso sobre recursos de propiedad comunal, y Williamson de historiadores de negocios tales como el difunto Alfred Chandler. Algunos han resumido sus investigaciones afirmando que las instituciones alternativas al libre mercado funcionan muchas veces bien. Pero esa aseveración puede llevar a la conclusión errónea de que las soluciones gubernamentales son la respuesta. Los mercados libres son solo un subconjunto de las instituciones libres.

Una mejor manera de resumir su trabajo es señalando que lo que Ostrom y Williamson realmente demuestran es que las asociaciones voluntarias funcionan.

Veamos el trabajo de Williamson. Partiendo de las investigaciones de Ronald Coase, Premio Nóbel de Economía de 1991, acerca de porqué existen las empresas, Williamson mostró que estas instituciones voluntarias existen para resolver problemas que son difíciles de solucionar mediante transacciones de mercado impersonales.

Tenemos, por ejemplo, una mina de carbón que depende de una línea de tren para despachar su producción. Antes de que el dueño de la mina logre desarrollarla, quiere estar seguro de que el propietario de la línea de tren no cobrará un precio de monopolio. Antes de que el potencial dueño del tren construya los rieles, él quiere estar seguro de que el dueño de la mina, su único cliente, no tratará de aprovecharse de él pagando un precio por debajo de la cantidad que lo compensaría por su alto costo fijo. La solución: integrar verticalmente. Que el dueño del tren también sea el dueño de la mina y así soluciona el problema.

Antes del trabajo de Williamson, muchos juristas y economistas habían visto a la integración vertical como una manera de adquirir poder de mercado. Este argumento tenía poco sentido, como lo indicaran los académicos especializados en antimonopolio Robert Bork y el difunto Ward Bowman, ya que es difícil multiplicar el poder de mercado utilizando la integración vertical. Como señaló el comité del Nóbel, el trabajo de Williamson derivó en menos preocupación acerca de que la integración vertical aumente el poder de mercado y esto ha causado que jueces y reguladores antimonopolio sean menos hostiles a la integración vertical.

Aunque el comité del Nóbel no resaltó el artículo clásico de 1968 de Williamson, “Economías como defensa antimonopólica”, yo lo haré. En él, Williamson demostró que las fusiones horizontales de empresas en la misma industria—inclusive aquellas que aumentan el poder de mercado y en las que esta situación resulta en un precio más alto—pueden generar eficiencia. La razón radica en que si las fusiones reducen los costos, la reducción de éstos puede crear más ganancias para la economía que las pérdidas incurridas por los consumidores por su precio más alto.

¿Y qué hay del trabajo de Ostrom? Muchos economistas conocen el clásico artículo del difunto Garrett Hardin, “La tragedia de los comunes”. Su idea era que cuando nadie es dueño de un recurso, es sobre-explotado ya que nadie puede controlar su uso y cada persona tiene el incentivo de consumirlo antes que otros. Esta idea nos ha ayudado a comprender bastante el comportamiento humano y ha llevado a que muchas personas clamen porque el recurso sea propiedad privada o controlado por el Estado.

No tan rápido, dijo Ostrom. Examinando docenas de estudios de caso, ella encontró ejemplos de propiedad comunal que funcionaban—esto es, que no derivaron en los resultados trágicos previstos por Hardin—así como otros que no funcionaron. ¿Había diferencias sistémicas? Sí, e interesantemente los que funcionaban tenían una especie de sistema de derechos de propiedad, solamente que no era el de propiedad privada.

Basándose en sus investigaciones, Ostrom propuso varias reglas para administrar recursos comunales, las cuales, el comité del Nóbel ha resaltado. Entre ellas están reglas que claramente deberían definir quién obtiene qué, métodos efectivos para resolver conflictos, la obligación de que la manutención del recurso debería ser proporcional a los beneficios que las personas derivan de su uso, que el monitoreo y castigo sea realizado por otros usuarios o por alguien que está sujeto a una rendición de cuentas para con éstos, y que los usuarios se les permita participar en el diseño y la modificación de las reglas. Nótese la ausencia de soluciones gubernamentales impuestas desde arriba. En su trabajo acerca de economía del desarrollo, Ostrom concluye que las soluciones impuestas desde arriba hacia abajo no ayudan a los países pobres. ¿Estás escuchando, Banco Mundial?

En un artículo escrito con Harini Nagendra, Ostrom escribió: “Concluimos que las fórmulas sencillas acerca de la propiedad formal, particularmente aquella basada enteramente en la propiedad pública [estatal] de las tierras forestales, no resolverá el problema del uso del recurso”. Garth Owen-Smith, quién ayudó a resolver el problema de la propiedad común de los elefantes en Namibia al asegurar a los habitantes locales beneficios financieros compartidos del turismo y de la caza de trofeos, se basó en gran medida en el trabajo de Ostrom. Si los locales se benefician teniendo una población de elefantes, es mucho menos probable que los maten y mucho más probable que prevengan que otros lo hagan.

David Henderson