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jueves, 14 de mayo de 2015

Jumanji empresarial: politizando la técnica

Es sorprendente que a nadie se le haya ocurrido pensar que las reformas fiscales de este país no pasan porque quienes las impulsan, o bien tienen resentimientos sociales y se emocionan con decir que los ricos tienen que cotizar más, entrándole a una materia tan técnica y árida como es el derecho tributario con el ruido de la demagogia; o bien porque son burócratas con un hacha que afilar, que llevan tantos años en sus puestos y no conocen otra forma de entrarle que no sea reiterando los mismos métodos de siempre para ordeñar más la misma vaca; o bien porque son los políticos quienes llevan la iniciativa cuando en su vida han dado un palazo, ni tienen la menor idea de lo que cuesta producir. Metidos en sus largas carreras políticas, se han acostumbrado a disponen del erario público para resolver sus necesidades personales de carro, gasolina, boletos de avión, cuartos de hoteles, viáticos, etc. Esto sin adentrarnos todavía en lo que lo que son gollerías y lo que es corrupción de la gruesa.

En la actualidad la tasa de impuestos corporativa es del 30% de la producción, lo cual implica que cada empresa trabaja de gratis para el estado durante casi tres meses al año. Las mismas personas físicas, aquellas que trabajan para traer sustento a sus hogares y en última instancia terminan pagando todos los impuestos, porque de una forma u otra les caen en el regazo, le tienen que dedicar casi dos meses y medio de su año a trabajar de gratis para el estado para pagar su 25%. Resaltamos la palabra gratis porque los servicios y obras que reciben a cambio, personas y empresas, no compensan jamás ese esfuerzo.

Recalcamos que esos beneficios de carro y otros que reciben los políticos y los salarios de los burócratas y toda la enorme cantidad de gollerías de las Convenciones Colectivas, provienen exclusivamente de ese dinero que tanto y a tanto riesgo cuesta producir a las empresas y que con tanto esfuerzo y sacrificio le cuesta producir a las personas físicas.

A todo esto hay que agregar la seria situación en que los proponentes de las fallidas (por suerte) reformas fiscales que han intentado imponer a los costarricenses en las últimas cuatro administraciones no miden ni las consecuencias ni el entorno en que quieren imponer unas ideas muy ticas, inventando la rueda que los romanos nos dejaron bien inventada, cuando ya para todo existen antecedentes bien probados.

Por ejemplo, parecen desconocer que para que las empresas e individuos tengan con que pagar sus impuestos, deben producir suficientes ganancias. Y para que esto se de, a las empresas del país (nacionales y extranjeras), que son la columna vertebral de la producción y el empleo, debe dárseles las condiciones idóneas. La recaudación de impuestos mejora sustancialmente cuando la situación nacional y mundial es buena. Cuando no lo es, cargar al sector productivo del país con más gravámenes, sin que éste pueda colocar su producción o sus servicios, es obligarlo a reducir los empleos.

Esto desencadena una serie de cargas sociales que le cuestan muy caro al país y que dejan a la población sin capacidad de adquisición. En los países desarrollados, cuando hay crisis, los gobiernos se sacrifican y buscan formas de proteger e incentivar la producción, no de acabarla de paralizar con más cargas impositivas. Por lo general entre los incentivos incluyen BAJAS de los impuestos, no alzas. (continuará)

Humberto Pacheco A.
Publicado en La República (28/4/2015)

jueves, 30 de abril de 2015

Jumanji empresarial: sobre la violencia contra los animales

Hace un tiempo, Murray Rothbard escribió: 

Sobre los desechos de los animales:

Murray Rothbard

"La historia bíblica es plenamente significativa en este punto: al hombre se le ha «dado» —en términos de la ley natural podríamos decir que «tiene»— el dominio sobre todas las especies de la tierra. La ley natural está necesariamente vinculada a la especie.

Puede verse asimismo que el concepto de ética de la especie es parte de la naturaleza del mundo cuando se contemplan las actividades de las restantes especies. Hay algo más que una simple broma cuando se subraya que, en definitiva, los animales no respetan los derechos de otros animales; la condición del mundo y de todas las especies naturales es que las unas viven a base de comerse a las otras. La supervivencia entre las diferentes especies es cuestión de garras y dientes. Y sería indudablemente absurdo decir que el lobo es «malo» porque existe a base de «agredir» y devorar corderos, gallinas, etc. El lobo no es un ser maligno que acomete a otras especies; simplemente obedece a la ley natural de su propia supervivencia. Y lo mismo el hombre. Tan absurdo sería afirmar que los hombres «atacan» a las vacas y los lobos del mismo modo que los lobos atacan al rebaño como decir que el lobo es un «vil agresor» que debe ser «castigado» por su «delito». Y, sin embargo, esto es lo que se deduce cuando se quiere ampliar a los animales la ética natural de los derechos. Los conceptos de derechos, delincuencia, agresión, sólo pueden ser aplicados a las acciones de un hombre o de un grupo de hombres frente a otros seres humanos".

Sobre esto, considero lo siguiente: 

Los derechos de los animales están subordinados a los derechos de propiedad de los seres humanos, y cualquier otra opción sería catastrófica para la sobrevivencia de los humanos.

La crueldad en contra de los animales es un asunto moral y no legal.

Es inmoral ser cruel con los animales pero el repudio debe de ser de carácter social y no penal.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 20 de marzo de 2014

Jumanji empresarial: ¿es suyo, mío o de nadie?


Una vez tuve un debate con un congresista que me insistía que cada ciudadano es dueño de los activos del estado. Me insistía que yo era dueño de una parte del obelisco de Washington y yo le decía que eso no era verdad. En eso estuvimos un largo rato, hasta que me preguntó por qué mantenía tal posición. Le contesté con otra pregunta: "¿Puedo vender mi parte?" Esa es la verdadera prueba de que uno es dueño de algo. De hecho, la definición práctica de la propiedad privada es el derecho de su dueño de quedarse con ella o de venderla.

La propiedad privada tiene una función social vital que a menudo no se comprende. Usted no tiene que ser muy observador para haberse dado cuenta que las propiedades privadas están mucho mejor mantenidas que las que pertenecen a la comunidad.

Yo soy dueño de una buena casa, muy bien mantenida. Hemos plantado árboles y le hemos añadido habitaciones. Todas esas mejoras estarán allí mucho después que yo me haya ido de este mundo. Parte de la razón por la cual yo he hecho sacrificios financieros para mejorar mi casa es que obtendría más dinero por ella si llego a venderla.

¿Trataría yo a mi casa con el mismo cariño si le perteneciera al gobierno o si tuviera que pagar un impuesto de traspaso de 75% cuando la vaya a vender? Obviamente que cualquier cosa que reduzca mis derechos de propiedad sobre la casa también reduce mis incentivos para actuar de una manera socialmente responsable: pintarla y conservarla como un recurso escaso. Si la casa está bien cuidada el mercado me premia con un precio mayor. El derecho de propiedad y el libre mercado me obligan a comportarme como si a mi me importara quien va a vivir en esa casa en el año 2050.

Esa es una de las bendiciones del libre mercado. La gente le sirve a los demás sin coerción ni porque son bondadosos. Por ejemplo, a mi me parece magnífico que los ganaderos de Texas y los sembradores de papas en Idaho se aseguran que la gente de Nueva York tenga su bistec con papas en la mesa. ¿Usted cree que lo hacen por amor a los neoyorquinos? Puede que los odien, pero se aseguran de que haya carne y papas en los supermercados de esa ciudad.

La razón es sencilla: quieren más para sí. En un mercado libre la mejor manera de tener más para uno es servir bien a los demás. ¿Cuánta carne y papas cree usted que habría disponible en Nueva York si ello dependiera del buen corazón de otros? Me temo que estarían pasando hambre en Nueva York.

Piense en los millones de productos y servicios que otros elaboran para nosotros, sean automóviles, ropa, alimentos, entrenimiento o vivienda. La conclusión es que casi todas las cosas buenas provienen del deseo de obtener ganancias por parte de alguien. Y piense también sobre las cosas con las que no estamos satisfechos: las escuelas públicas, el servicio de correo, la policía y las colas en las oficinas gubernamentales. En ninguno de esos sitios hay "afán de lucro" ni derechos de propiedad.

El libre mercado y los derechos de propiedad no conducen a una utopía; para ello tenemos que esperar ir al cielo. Pero aquí en la tierra el libre mercado y los derechos de propiedad le ganan por mucho trecho a cualquier otro sistema en servir las necesidades de la humanidad.

Walter Williams

jueves, 13 de marzo de 2014

Jumanji empresarial: capitales sin visa

No encuentro en la literatura económica un solo argumento que se refiera a la necesidad de evitar el ingreso de capitales. ¡Todo lo contrario! El ingreso de capital, sea a corto o largo plazo, viene a sumarse al ahorro nacional. Sin ahorro, no puede haber inversión, ni crecimiento, ni generación de empleo. Por tanto, todo ingreso de capital (ahorro) debe ser siempre bienvenido.

La aprobación del proyecto “Ley para desincentivar el ingreso de capitales externos” ahuyentaría, per se, el ingreso de capitales, aunque el Gobierno nunca ejecute ni una sola coma de dicho plan, el cual  le permitiría al Banco Central congelar los capitales por seis meses con prórrogas indefinidas. ¿Quién va a querer invertir en Costa Rica con esas amenazas? El inversionista podría asumir el riesgo, pero pediría una tasa de interés más alta como compensación. En otras palabras, la sola aprobación del proyecto implicaría un tipo de cambio innecesariamente más alto (al reducirse la oferta de dólares) y tasas de interés mucho más altas, lamentablemente, de las que podríamos tener.

En teoría económica, el especulador cumple una función estabilizadora -sí, estabilizadora- al anticipar cambios fundamentales en la economía. Para hacer de la especulación un negocio, se debe comprar cuando hay excedentes y vender cuando hay escasez; lo cual contribuye a la estabilidad de precios, no a su volatilidad. Los problemas no surgen de los especuladores sino de los gobiernos que tratan, con políticas erráticas y arbitrarias de corto plazo, evitar los cambios esenciales que se van manifestando en la economía.

Friedrich A. Hayek, premio Nobel de Economía, diría que él no encuentra argumento ni siquiera para la existencia de un Banco Central. Milton Friedman, premio Nobel de Economía, escribió en “Un Programa Monetario y Fiscal de Estabilidad Económica” (1948), que la intervención en la política monetaria, con el fin de estabilizar movimientos de corto plazo, resultan contraproducentes, porque terminan creando mayor inestabilidad. Esto es así, porque la información siempre es incompleta e inexacta y es imposible saber con anticipación los efectos absolutos de la intervención, tanto en el corto como en el largo plazo. A lo anterior hay que sumarle el ruido y volatilidad adicional que crea la incertidumbre ante una eventual intervención en los mercados.

La historia económica nos enseña que toda burbuja financiera, o crisis económica, surge con políticas del Gobierno de corto plazo negando los ajustes reales de la economía. ¡Así sucedió en la Administración Carazo Odio! Por tanto, por el bien de Costa Rica, archivemos ya el proyecto de “Ley para Desincentivar el Ingreso de Capitales Externos” y dejemos a los capitales sin visa, para que entren y salgan libremente del país.

José Joaquín Fernández

jueves, 6 de marzo de 2014

Jumanji empresarial: Ecuador, pro-empresa vs pro-mercado

Se suele asumir que si uno está a favor del libre mercado uno está a favor de las empresas. Pero hay muchas maneras de promover las empresas que están totalmente reñidas con la promoción de un mercado abierto en el que la entrada y la salida de los actores es fluida. Los empresarios son muy dados a utilizar la retórica de libre mercado aunque muchos de ellos, una vez que están dentro de una industria, también suelen caer fácilmente en la tentación de defender y luchar por privilegios concedidos por el Estado.

Por ejemplo, es comprensible que a los productores locales que no dependen en gran medida de insumos importados, les resulte más fácil contentar a los políticos que tienen el poder de restringir las importaciones, que tener que luchar día a día por la preferencia de los consumidores, frente a la libre disponibilidad de productos extranjeros. Si usted es un empresario con capital para empezar o expandir un negocio, le convendría obtener la lista de productos afectados por la restricción de importaciones y producirlos localmente, pues tendrá asegurado muchos clientes cautivos. Es un negocio redondo por el cual el empresario tendrá que estar muy agradecido con la Revolución Ciudadana.

Poco le importa al empresario que goza de estos privilegios o a los políticos que los conceden que el consumidor de ingresos más bajos no tenga como protegerse de precios artificialmente más altos y de una reducción en su libertad para elegir entre distintas opciones. La reducción de opciones ya se empieza a sentir en los supermercados, dado que en enero de este año cayeron las importaciones un 58% en relación a enero de 2013. Para que tenga una idea, ingresaron al país el primer mes de este año 76% menos desodorantes corporales, 77% menos fórmulas de leche para bebés, 86% menos sombras y rímel, 81% menos pintalabios, 98% menos jabones de tocador.1 Pareciera que el Ecuador de la Revolución Ciudadana será maloliente, desnutrido y desagradable. Pero no se asuste, en el capitalismo de compadres, algunos podrán seguir importando gracias a los “acuerdos”.

Por supuesto que esto no favorece a todas las empresas. De lo contrario, no merecería el nombre “capitalismo de compadres”. Siempre serán las grandes empresas las más beneficiadas, siendo estas capaces de invertir más para adaptarse a las nuevas regulaciones o para obtener privilegios de políticos. No me refiero a sobornos, sino otro tipo de gasto como aquel derivado de acuerdos que comprenden garantizar X cantidad de producción local a cambio de obtener un permiso de importar X porcentaje de lo que determinada empresa importó el año anterior.2 Ya están ocupados muchos empresarios tratando de ser los primeros en obtener estos acuerdos, y el primero que los obtenga en su industria verá su poder de mercado fortalecido. Claro que esperaremos sentados a que la Superintendencia de Control de Poder de Mercado haga algo al respecto, cuando hay verdaderas e injustas barreras a la competencia.

Todas estas medidas ignoran la destrucción de riqueza (y de empleo) que resulta de sustituir importaciones para reemplazarlas con producción local más cara y de menor calidad. La simple verdad es que si la producción local fuese más eficiente y de mejor calidad, ya la hubiesen preferido los consumidores sin ser obligados.

Gabriela Calderón Burgos
Publicado en Instituto Cato

jueves, 6 de febrero de 2014

El fracaso de la socialdemocracia

Quiero, sin rodeos, declarar categóricamente que el socialismo y su mediocre prima, la socialdemocracia (corporativista), han fracasado en su lucha por abolir las diferencias y conflictos entre las clases sociales, tras casi 100 años de intentos mal concebidos.  Al hablar de socialismo o socialdemocracia, me refiero al control directo o democrático de la economía por parte de agentes burocráticos y mercantilistas que, bajo esquemas corruptos, se aferran al poder para activar sus agendas egoístas en detrimento de la libertad individual y del crecimiento intelectual y económico del ciudadano común. 

Mientras que los fracasos económicos son claves a la hora de poner en evidencia la desconfianza de las masas hacia los líderes de los gobiernos socialdemócratas, los síntomas más reveladores de la degeneración estatista y mercantilista han sido de carácter político. La elección de líderes que deben jugosas facturas a ciertos grupos económicos, dueños de sus decisiones, y la incesante búsqueda de renta personal en la función pública, han puesto de manifiesto la falta de una filosofía política transparente y eficaz. Esto, unido al levantamiento de un masivo y mediocre aparato burocrático que impera sobre el pueblo y limita el acceso a las fuentes de riqueza por parte de una clase media vulnerable; situación que, lejos de sacar a miles de ciudadanos de la pobreza, los mantiene atados a la ignorancia y las regalías que, cada cuatro años, les son arrojadas desde las ventanillas estatales, como fruto del engaño electoral basado en promesas ilusorias. 

Creer que la justicia social se logrará fortaleciendo temporalmente a un Estado redistribuidor de la riqueza, es lo mismo que equipararlo a un superhéroe, similar al de muchas tiras cómicas, provisto de fuerzas y poderes imaginarios y absolutos. La vía correcta consiste, más bien, en fortalecer las estructuras fundamentadas en la propiedad privada de los medios de producción y de servicios, propiedad que solo tiende a concentrarse en pocas manos si los gobiernos favorecen a determinados grupos económicos, escondidos detrás de la bandera del libre mercado pero que, en la realidad, no poseen ni la energía creadora ni el empeño suficiente para competir en un ámbito totalmente libre.

Es cierto que el liberalismo, pilar del capitalismo, al reconocer el derecho del hombre como ser individual insustituible, ha subestimado su necesidad de pertenencia social en alguna medida y que esto ha llevado a los sectores menos favorecidos a un inevitable sentimiento de aislamiento y abandono; ahora bien, es precisamente dicho sentimiento el que urge erradicar por la vía del aumento en el intercambio, en todo nivel. 

Solo fomentando una economía en la que el conocimiento sea el único recurso digno de apalancar, tanto por la vía privada como estatal, se conseguirá incluir al individuo dentro de un sistema de especialización e intercambio, libre de complejos y de manera natural. Claro está que siempre existirán personas que, por diversas razones, no podrán ingresar a tal sistema en iguales condiciones de oportunidad, y a las cuales habrá que crearles redes de asistencia social-humanistas y de naturaleza local, mas no paternalistas, con el fin de que se conviertan por sí mismas en una fuente de semilla solidaria en el seno de la sociedad civil. De esta forma, sin duda, fertilizaremos las raíces de lo que llamamos, hoy y aquí, liberalismo integral.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 5 de diciembre de 2013

Jumanji empresarial: la "maldita" política

Las condiciones de la competencia política son tan duras, que los estadistas y los políticos profesionales contemporáneos, no tienen tiempo para dedicar a los estudios filosóficos o históricos, que podrían darles una mayor perspectiva y sabiduría.

Desde luego, los contados políticos de los últimos decenios que estuvieron en términos más íntimos con el pasado histórico ( Jose Figueres Ferrer, Rafael Angel Calderon Guardia) no estaban a salvo de cometer errores. Pero si su influencia fue más profunda y duradera, quizá se debió a que tenían la clara conciencia de vivir dentro de una corriente histórica continua que los impulsaba y que a la vez los limitaba.

Al tomar actitudes y decisiones políticas, la gente puede invocar la ley divina, la ley natural y la teoría del contrato social, o apelar al sentimiento de la continuidad (continuismo) al que son sujetos, aunque no sea de su agrado.

Pero hoy en día, parece que estamos a punto de perder estos puntos de referencia, y nos inclinamos a favor o en contra de las ocurrencias mediáticas del momento.

Vivimos en una sociedad donde la política y el Estado se han vuelto elementos demasiado relevantes en nuestras vidas. Cómo disminuir esta relevancia, para lograr llevarnos mejor es el gran reto que se nos presenta para el futuro.

De manera que, o reducimos la política a las reglas técnicas del éxito, o tratamos de disolver nuestra existencia entregándonos a cualquier devoción fanática y absurda, o, en dado caso, procuramos enajenarnos de la vida a través de una diversidad de acontecimientos insignificantes que nos aturden y que terminaran convirtiéndonos en autómatas del “maldito” sistema político.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 7 de noviembre de 2013

Jumanji empresarial: en el Día de la Constitución

Hoy, 7 de noviembre, se celebra un año más de nuestra Constitución Política.  Aprobada por la Asamblea Constituyente el 7 de noviembre de 1949, nuestra Carta Fundamental está a prácticamente 3 años de alcanzar la vigencia que tuvo la Constitución de 1871.

Lo curioso es que la Constitución del 71, a pesar de las maniobras de la Junta de Gobierno, fue tomada como base de discusión para la actual.  En su esencia, primaron los contenidos de la Carta del 71. 
También es importante cotejar que la Constitución de Cádiz (19 de marzo de 1812) fue el documento de mayor influencia en la Carta del 71.  Vistas las cosas así, se puede apreciar que ha habido continuidad y consistencia en el desarrollo constitucional costarricense.

La Constitución actual recibió, dentro las normas de la Carta del 71, la profunda reforma social aprobada en 1943.  Esta reforma, inspirada en los principios cristianos de Justicia Social es una de las grandes reformas constitucionales de la vida jurídica costarricense.

La Constitución vigente también tuvo su gran par de reformas, la que en 1989 incorpora de pleno la Justicia Constitucional en nuestro sistema, creando la Sala Constitucional y la jurisdicción especializada y la que resulta de la integración de las Leyes de Reforma Constitucional  N° 8281 de 28 de mayo del 2002 y N° 8364 de 01 de julio de 2003) que incorporan al ámbito constitucional los institutos del Referéndum y la Iniciativa Popular en la formación de las leyes y conceptúan al gobierno como participativo, integrando al Pueblo en su gestión. 

Nuestra Carta fundamental está bien concebida y contiene los elementos suficientes para un adecuado desarrollo jurídico y social.  Su adecuada interpretación le permite ser instrumento idóneo para la protección de los derechos fundamentales, para la distinción entre los derechos de libertad y los programáticos y para evitar un gobierno abusivo y expoliador. Contiene un elenco básico de derechos fundamentales y una bien construida división de poderes.

Yo celebro su vigencia e insisto en su adecuada interpretación.  Estimo que es una herramienta básica para la protección de las libertades públicas y los derechos elementales. 

Federico Malavassi Calvo

jueves, 31 de octubre de 2013

Jumanji empresarial: déficit de sobriedad y sensatez

Parece haberse puesto de moda la ampulosidad, el despilfarro, el derroche, la ausencia de prudencia, pero al mismo tiempo la escasez de criterio y de sentido común.

Salvo honrosas excepciones, que solo confirman la regla, la inmensa mayoría de los Estados del mundo han aumentado, en los últimos años, significativamente su tamaño, funciones, responsabilidades y presupuesto.

La política, siempre interesada en utilizar una creciente cantidad de fondos, se ha ocupado de generar la necesidad convenciendo a muchos de la importancia de un Estado fuerte, pero fundamentalmente que concentre poder y dinero para luego repartir bienestar entre los ciudadanos.

A esta altura de los acontecimientos se sabe que todo es un gran timo. Que en realidad sólo se trata del interés corporativo de la política en administrar cuantiosos recursos para construir poder y someter desde allí, a quienes no se avienen a ajustarse a su cuestionable moral y sus retorcidas normas.

Juan Bautista Alberdi decía que “las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos, esperan una cosa contraria a su naturaleza”, sin embargo aún hoy, demasiados creen con convicción que su tarea individual consiste en pedir a otros lo que no consiguen por sí mismos.

Es en ese extraño contexto en el que proliferan los Estados inmensos, que estimulan la creación de múltiples y novedosos impuestos para sostenerse. Todo ello deriva, irremediablemente en una insoportable presión impositiva que es la esperable contracara de lo que muchos reclaman. A riesgo de ser reiterativos habrá que recordar que los gobiernos se financian con impuestos, endeudamiento o emisión monetaria. Aún no se han inventado más que una larga lista de variantes de lo mismo.

El Estado siempre precisa recursos, mucho más aún si gasta tanto y solo los consigue cuando se los quita previamente a los que lo producen, o disemina inflación, o bien hipoteca el futuro de las próximas generaciones. No existe otro modo de hacerse de ese dinero, porque no puede crear riqueza, sino solo quitársela a algunos primero, para repartirla después.

Resulta al menos contradictorio seguir recorriendo este círculo vicioso de discursos que reclaman más Estado, pidiendo más recursos para financiarlo para que pueda tener más funciones y aumentar las remuneraciones a sus agentes, pero al mismo tiempo esa sociedad que se queja de la insoportable inflación, de la voracidad impositiva y del sistemático endeudamiento.

El absurdo se abre paso a diario. Gobiernos corruptos, políticos insaciables y sociedades que reclaman cuestiones inconsistentes que entran en conflicto minuto a minuto.

A Thomas Jefferson se le atribuye aquella frase que decía “estoy a favor de un gobierno que sea vigorosamente frugal y sencillo”. Hace cierto tiempo se entendía mejor todo. Sin un gobierno austero y capaz de comprender que cuando gasta lo hace a expensas de haberle quitado antes a los que trabajan para conseguirlo, es muy difícil avanzar con criterio.

El que gasta lo que no le ha costado esfuerzo obtener, nunca valorará la dimensión de lo que administra. Por lo tanto, no se puede esperar, con seriedad, que los circunstanciales orientadores de esos fondos tengan la decencia de ser cautos y recatados.

Es la sociedad, la que primero debe comprender la naturaleza de las cosas, para luego establecer las reglas que está dispuesta a jugar. Son los ciudadanos lo que deben fijar límites, definir qué toleran y que no.

Lo que se ve a diario constituye un absoluto abuso de poder, una verdadera inmoralidad que no debe encontrar amparo en la sociedad. No es admisible que quien dilapida los recursos de la gente, gastando en sí mismo como no usaría su propio dinero lo haga con tanto desparpajo, con la impunidad de quien no recibirá reproche alguno. La nómina de privilegios, de derroche evidente y de descaro sin pudor ya se ha tornado indisimulable. Los gobiernos dilapidan cada vez más y muestran su poder de ese modo.

Es cierto que a los gobiernos les falta sobriedad. No está en su esencia. Los que lo administran son solo “aves de paso”, aunque es bueno decir que conforman una corporación política que solo rota de tanto en tanto con alguna irregular frecuencia en la labor de regentear la cosa pública.

Del otro lado, la sociedad toda, la suma de individuos parece resignada o probablemente solo distraída o algo dormida. Lo concreto es que no reacciona y sigue alimentando las decisiones que llevan a transitar una historia de nunca acabar, que se reinventa para continuar hasta el infinito.

Este disparate solo cambiará cuando los ciudadanos sean capaces de salir de este letargo y abandonar las ideas que sustentan y dan soporte a este dislate que crece sin encontrar frenos. Mientras tanto se sigue asistiendo sin resistencia alguna a este patético déficit de sobriedad y sensatez.

Alberto Medina Méndez

jueves, 24 de octubre de 2013

Jumanji empresarial

En 1776, el escocés Adam Smith publica su obra clásica “La riqueza de las Naciones” donde expone una idea que fue un desafío al pensamiento económico de su época y que lo sigue siendo en el siglo XXI. La idea central del libro es que la libertad económica, y no la planificación, es la causa del desarrollo económico.

Los fundamentos de la libertad económica son: libre elección, intercambio voluntario y mercados libres. El argumento de Smith contradice la creencia popular que en el intercambio alguien gana y otra pierde. Según el escocés, todo intercambio voluntario –libre- genera beneficios para ambas partes, caso contrario la transacción no se realizaría. Este es el fundamento generador de la riqueza de las naciones. Por eso es que es absurdo creer que con el libre comercio un país gana y otro pierde porque cuando hay libertad, nadie transa para perder. Las regulaciones en materia económica, el proteccionismo, los impuestos, el gasto público, los obstáculos a la inversión extranjera, los monopolios públicos creados por ley, etc. no hacen más que reducir las ventajas del intercambio voluntario según Smith.

Pero, ¿qué dice la evidencia empírica al respecto? En 1996 se publicó el primer reporte anual del “Economic Freedom of the World” que elabora el Fraser Institute de Canadá en cooperación con el Instituto CATO de los EE.UU. Este primer informe tomó años de investigación con un equipo interdisciplinario que incluyó a varios premios nobel. El informe anual del 2013 clasifica a 152 países utilizando 42 variables en cinco áreas: Tamaño del gobierno, protección a la propiedad privada, libre comercio, una sana política monetaria y regulaciones en los mercados de crédito, negocios y mano de obra. Quien quiera revisar con detenimiento las conclusiones de la publicación le recomiendo visitar la página del CATO y descargar una versión gratuita en formato PDF.

La conclusión del “Economic Freedom of the World” es contundente: Existe una relación directa entre libertad económica y desarrollo económico. Donde los impuestos son más bajos, mayor es la tasa de crecimiento. A menor gasto público, mayor es la tasa de crecimiento de los salarios. Donde hay menos regulaciones en los mercados, existen menores tasas de desempleo. En fin, a mayor libertad económica, más es la riqueza y el bienestar de los pueblos.

José Joaquín Fernández

jueves, 17 de octubre de 2013

Jumanji empresarial: es absurdo desincentivar el ingreso de capitales

No encuentro en la literatura económica un solo argumento que hable de la necesidad de evitar el ingreso de capitales. ¡Todo lo contrario! El ingreso de capital, sea de corto o largo plazo, viene a sumar al ahorro nacional. Sin ahorro, no puede haber inversión, ni crecimiento, ni generación de empleo. Por tanto, ningún ahorro podrá ser jamás fuente de inestabilidad económica.

Cuando un capital extranjero compra un título valor en colones, se está prestando recursos al emprendedor costarricense y la única manera de que este último honre dicha deuda es que su actividad sea productiva. Por tanto, es absurdo por definición, un proyecto de ley que pretenda desincentivar el ingreso de capitales no productivos de los productivos. Si el capital extranjero fuera utilizado en actividades no productivas, éste no podría jamás recuperar su inversión.

En teoría económica, el especulador cumple una función estabilizadora -sí, estabilizadora- porque es quien logra anticipar cambios en variables fundamentales en la producción y con ello hace que los cambios en cantidades y precios sean más estables y menos volátiles que en ausencia de especuladores.

El incremento en las reservas monetarias internacionales (RMI) del 2012 fue tan solo una pequeña fracción del incremento en las RMI que Costa Rica ha experimentado desde el 2004. El ingreso de capitales no es un fenómeno de corto plazo sino de largo plazo que se viene manifestando de manera constante desde hace 10 años. La apreciación del colón es inevitable. Dicha apreciación significaría que caería el precio de todos los bienes importados, incluyendo la gasolina, lo cual implica un incremento en el salario real de todas las personas que ganan en colones. ¡Excelente noticia!

Los problemas no surgen de los especuladores sino de los gobiernos que tratan, con políticas de corto plazo, evitar los cambios fundamentales que se van manifestando en la economía. El problema actual es que el Banco Central de Costa Rica se empeña en mantener un tipo de cambio de manera artificialmente alto. La historia económica nos enseña que toda burbuja financiera, o crisis económica, surge con políticas del gobierno de corto plazo negando los ajustes de largo plazo. ¡Así sucedió en la Administración Carazo Odio! Por tanto, por el bien de Costa Rica, archivemos ya el proyecto de “Ley para Desincentivar el Ingreso de Capitales Externos”.

José Joaquín Fernández

jueves, 5 de septiembre de 2013

Jumanji empresarial: expectativas racionales ante la amenaza de impuestos

Las malas expectativas provocan que las empresas se muestren reacias a invertir y que las familias moderen su consumo dando prioridad al ahorro de forma que puedan estar preparadas por si las cosas se ponen peor. Estos dos efectos son nefastos para la actividad económica de un sistema capitalista. Por un lado, si las empresas evitan invertir, no contratarán nuevos trabajadores ni comprarán a otras empresas tanta cantidad de lo que necesitan para su actividad. Esto tiene como resultado una merma en los beneficios empresariales y en la actividad económica, que se irá trasladando de empresa en empresa y de sector en sector. 

En el caso de las entidades de crédito (y especialmente en las crisis desencadenadas por shocks financieros) dejan de conceder tantos préstamos a familias y empresas, lo que incide negativamente en la actividad de estas empresas y en la capacidad de compra de las familias. Por otro lado, el miedo que tienen las familias a que el futuro pueda ser peor hace que la mayor parte de ellas sólo consuman lo necesario y que prefieran ahorrar más que en épocas de auge económico. Esto inevitablemente reduce el consumo total de las familias, disminuyendo a su vez las ventas que necesitan materializar las empresas para poder seguir realizando su actividad. Como resultado, las empresas obtienen menos ingresos y muchas de ellas entran en dificultades. La respuesta será invertir todavía menos, hasta llegar al punto de desinvertir (despidiendo a trabajadores y/o cerrando sectores de actividad), lo que inevitablemente
empeorará la economía en general. Y de esta forma se entra en un círculo vicioso que provoca enormes costes económicos en términos de cierres de empresas y de trabajadores despedidos.

Debido a ello, el sector público deja de recibir tantos ingresos como recibía durante la época del auge económico. Esto es así porque el sector público recauda dinero a través de impuestos que dependen de la actividad económica. A mayor actividad económica, mayores impuestos pagarán las empresas, los trabajadores, los consumidores y los propietarios del capital financiero. Y al contrario: a menor actividad económica, menores ingresos tendrá el sector público. Y esto último es precisamente lo que ocurre durante las crisis. Por otro lado, los gastos del sector público siguen aumentando aun durante las recesiones, y no la inversión en capital físico necesario para la economía. Esta relación, de mayor gasto improductivo sobre la inversión en el sector publico, tiene un efecto negativo en las expectativas de inversión del mismo sector privado.

El efecto conjunto de ambos fenómenos es una disminución de los ingresos públicos y un aumento del gasto público, y por lo tanto un aumento del déficit fiscal. Es por ello que durante las recesiones económicas las cuentas públicas sufren mucho y arrojan importantes déficits fiscales.

Pero lo que provoca el déficit fiscal en el sector público es precisamente la mala situación y evolución de la actividad económica. Que el Estado gaste mucho e ingrese poco es fundamentalmente el resultado de la mala coyuntura económica y de una relación inadecuada entre el gasto y la inversión en el sector publico. Por lo tanto, el problema no es tanto que el Estado gaste o ingrese poco (y por lo tanto ver qué impuesto aumentar); el problema reside en que la economía está enferma, debido a un entorno de expectativas negativas. Si la actividad económica se recuperase, también lo harían las cuentas públicas de las administraciones. La respuesta adecuada para disminuir el déficit consiste en variar la relación gasto/inversión hacia el lado de la inversión en el sector público y reactivar la economía reduciendo las expectativas negativas, tanto fiscales como regulatorias, y no en aumentos de impuestos, porque precisamente lo que ello consigue es deteriorar aún más la economía.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 29 de agosto de 2013

Jumanji empresarial: el cínico paradigma del gasto estatal

Muchas de las creencias fuertemente arraigadas en la sociedad provienen del socialismo más ortodoxo. Una de ellas es que el GASTO ESTATAL es bueno, saludable y hasta un dinamizador de la economía. La lista de bondades descriptas es interminable y resulta realmente sorprendente que la inmensa mayoría del arco político, sostenga ese paradigma con ciertos matices que no cambian el fondo de la cuestión.

Cuando se acepta la idea de que el gasto estatal es positivo, se validan automáticamente, aun sin pretenderlo, todas sus fuentes naturales de financiamiento, que paradójicamente son rechazadas sistemáticamente por los individuos. La ";caja"; de cualquier Estado se alimenta invariablemente de impuestos, endeudamiento o emisión monetaria.

Los impuestos son los recursos que los gobiernos detraen en forma coercitiva y obligatoria, es decir por la fuerza y sin mediar la voluntad de ningún ciudadano, quitándoles una parte, muchas veces importante, del fruto de su esfuerzo genuino y de su sacrificio personal.

El endeudamiento estatal implica que las generaciones actuales usarán dineros que le prestaron, para que otros en el futuro deban abonar ese consumo presente. Una perversión estatal de las más crueles, porque en ese esquema un grupo de individuos hoy decide que utilizará un dinero que otros, que no fueron consultados, terminarán pagando con su trabajo.

La emisión monetaria es esa herramienta que los gobiernos aplican abusando del monopolio estatal del que disponen para la fabricación de moneda local, que deriva en la creación artificial de dinero sin respaldo. Cuando esa emisión no es genuina y no tiene soporte real, produce inflación, el más perverso de los impuestos, ese que hace que quienes tienen ingresos fijos vean como se deteriora su poder de compra.

Todos estos instrumentos son detestados por la sociedad, porque de forma directa o indirecta, percibe que inciden sobre sus ingresos presentes y futuros, por lo tanto sobre su calidad de vida actual y su porvenir.

Sin embargo, con casi la misma vehemencia que se rechaza a esas herramientas, se aplaude al gasto estatal. Es que la política ha instalado esta idea y la alimenta a diario. No lo hace de casualidad o sin intención. Cuanto más dinero administra el Estado, más poderoso es el político de turno que dispone de su destino en forma inconsulta, o a lo sumo con otros de su clase, con la corporación de dirigentes, que deciden discrecionalmente hacia adonde lo orientarán. Algunos intentan hacerlo con más criterio, pero es inevitable caer en la arbitrariedad.

Los políticos saben que precisan promover un gasto estatal elevado. Eso los hace importantes y poderosos. Así consiguen que los que pretenden acceder a esos fondos los contacten, con todo lo que eso significa a la hora de manejar recursos, cuando no de generar oportunidades de corrupción.

Por eso es que cuando algún sector de la ciudadanía, le dice a la política que los impuestos son altos, que deberían bajarlos, ellos argumentan que para poder disminuir unos, se deben previamente subir otros. Ellos creen, y además les resulta muy conveniente, que el gasto estatal no debe bajar, jamás reducirse. Por eso han trabajado en la importante batalla cultural convirtiendo al término ";ajuste"; en una mala palabra y en sinónimo de caos.

En realidad cuando en la vida particular los números no cierran, existen solo dos caminos posibles, o el incremento de los ingresos o la reducción del gasto. Pero se sabe que incrementar ingresos en el Estado, implica aumentar impuestos, endeudarse o emitir dinero artificial provocando inflación. Ellos insisten en esta dialéctica pérfida, esa que dice que el gasto es inflexible a la baja y que solo se puede ser sostenido o aumentado. Cuando alguien audazmente sugiere lo contrario, lo demonizan, siendo que son ellos quienes condenan a la comunidad a este círculo vicioso.

Lo que no dicen los políticos es que el gasto puede y debe reducirse, y no necesariamente dejando de prestar servicios. No es novedad que el Estado es fuente de corrupción, esa que consume recursos que no van a parar a las prestaciones esenciales sino a los bolsillos de los funcionarios hipócritas, los mismos que dicen que el gasto no se puede disminuir.

Tampoco dicen esos dirigentes que el Estado es intrínsecamente ineficiente porque aplica más recursos de los necesarios para obtener lo que otros logran con menos. En este contexto, es inadmisible seguir aceptando ciertos patéticos y paupérrimos argumentos lineales que solo invitan a creer, sin razón alguna, en la falacia de las virtudes del gasto estatal.

A estas alturas es imprescindible discutir, sin temor, seriamente y sobre todo sin que medien intereses personales directos, cuales son las funciones vitales de un Estado y cuales definitivamente no le corresponden. Mientras tanto tendremos que seguir asistiendo al triste espectáculo que nos proponen cuando hablan del cínico paradigma del gasto estatal.

Alberto Medina Méndez

jueves, 22 de agosto de 2013

Jumanji empresarial: es absurdo desincentivar el ingreso de capitales

No encuentro en la literatura económica un solo argumento que hable de la necesidad de evitar el ingreso de capitales. ¡Todo lo contrario! El ingreso de capital, sea de corto o largo plazo, viene a sumar al ahorro nacional. Sin ahorro, no puede haber inversión, ni crecimiento, ni generación de empleo. Por tanto, ningún ahorro podrá ser jamás fuente de inestabilidad económica.

Cuando un capital extranjero compra un título valor en colones, se está prestando recursos al emprendedor costarricense y la única manera de que este último honre dicha deuda es que su actividad sea productiva. Por tanto, es absurdo por definición, un proyecto de ley que pretenda desincentivar el ingreso de capitales no productivos de los productivos. Si el capital extranjero fuera utilizado en actividades no productivas, éste no podría jamás recuperar su inversión.

En teoría económica, el especulador cumple una función estabilizadora -sí, estabilizadora- porque es quien logra anticipar cambios en variables fundamentales en la producción y con ello hace que los cambios en cantidades y precios sean más estables y menos volátiles que en ausencia de especuladores. El incremento en las reservas monetarias internacionales (RMI) del 2012 fue tan solo una pequeña fracción del incremento en las RMI que Costa Rica ha experimentado desde el 2004. El ingreso de capitales no es un fenómeno de corto plazo sino de largo plazo que se viene manifestando de manera constante desde hace 10 años. La apreciación del colón es inevitable. Dicha apreciación significaría que caería el precio de todos los bienes importados, incluyendo la gasolina, lo cual implica un incremento en el salario real de todas las personas que ganan en colones. ¡Excelente noticia!

Los problemas no surgen de los especuladores sino de los gobiernos que tratan, con políticas de corto plazo, evitar los cambios fundamentales que se van manifestando en la economía. El problema actual es que el Banco Central de Costa Rica se empeña en mantener un tipo de cambio de manera artificialmente alto. La historia económica nos enseña que toda burbuja financiera, o crisis económica, surge con políticas del gobierno de corto plazo negando los ajustes de largo plazo. ¡Así sucedió en la Administración Carazo Odio! Por tanto, por el bien de Costa Rica, archivemos ya el proyecto de “Ley para Desincentivar el Ingreso de Capitales Externos”.

José Joaquín Fernández

jueves, 8 de agosto de 2013

Jumanji empresarial: democracia y conocimiento

En una democracia representativa, para que los ciudadanos contribuyentes realmente se beneficien de los méritos del sistema, dos conceptos básicos deben ser atendidos: 1) que las necesidades de los individuos superan a las necesidades de las argollas organizadas; y 2) que solo respetando los derechos de los individuos, las mayorías y minorías encuentran legitimidad.

Los gobernantes son los responsables de crear las condiciones necesarias, si se quiere que dichos preceptos se respeten en toda la esfera socioeconómica de la nación; pero esto únicamente se logrará si los ciudadanos envían el mandato adecuado a los gobernantes electos. De lo contrario, siempre existirá el peligro de que los gobernantes de turno sucumban a las presiones de las argollas (grupos de presión), menospreciando las necesidades de los individuos dispersos y burlando, así, la libertad de elección del conjunto de la ciudadanía.

Desgraciadamente, este escenario de continua entrega del poder a políticos carentes de un mandato acorde con las necesidades individuales se ha dado por culpa de un desinterés generalizado de la clase política que no provee a la población del conocimiento apropiado, indispensable a la hora de crear un sentimiento de auto dependencia, capaz de generar el libre pensamiento. Y el ejercicio del libre pensamiento con conocimiento, base de la toma de decisiones ciudadanas, como en el caso de emitir un voto por ejemplo, es lo que garantiza la elección de agentes políticos que realmente se hallen dispuestos a respetar los preceptos básicos ya mencionados; es decir, un enfoque en pro de los derechos individuales, pero siempre conscientes del principio de una legítima representación y demás derechos por parte de las elites políticas.

El problema, claro está, es que la responsabilidad de diseminar este conocimiento liberador ha recaído, en los hechos, sobre una minoría burocrática que domina el sistema educativo, influyendo - consciente o inconscientemente - la conciencia individual y colectiva de los futuros electores y elegidos que comparten el sistema democrático. Tanto el magisterio, como los administradores del sistema, pretenden bajo un inadecuado esquema de grados y educación estandarizada que los jóvenes adquieran el conocimiento teórico y empírico, además de las habilidades y destrezas para analizar problemas complejos.

La rigidez del sistema y la falta de conocimiento de los educadores hace imposible el uso adecuado de los datos (ya se trate del método científico, ya se trate del método heurístico), inhibiendo la propia iniciativa de los educandos. Por otro lado, la falta de una enseñanza que incluya conocimientos básicos sobre el sistema de especialización e intercambio que regulan, a través de los mecanismos libres de mercado, las actividades e interconexiones entre los diferentes agentes económicos de una sociedad, hace que la educación deje de ser una herramienta de vida y se convierta en una simple recopilación de datos inútiles para la generación de riqueza tangible e intangible. Este hecho obliga a los ciudadanos a tomar decisiones de voto, siempre bajo un estado de inseguridad, desconocimiento y hasta de coacción.

Una veloz mirada a semejante cuadro nos indica la evidente urgencia de promover una reforma educativa global e integral en Costa Rica, una reforma que explore esquemas educativos innovadores y liberadores, además de sistemas de autogestión y descentralización administrativa, y que se convierta en verdadero punto de apoyo de un alto grado de libertad de elección por parte de quienes requieren del aprendizaje y del conocimiento tácito para crecer. Además, urge reformar nuestro sistema de gobierno, para que tanto las decisiones de interés colectivo, así como la internalización de las externalidades implícitas en las actividades económicas, se logren conciliar a nivel local y no diluir a nivel nacional.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 1 de agosto de 2013

Jumanji empresarial: posibilidades combinatorias

Al observar cualquier sistema evolutivo -sea biológico, tecnológico, social- , lo que notamos es que al aumentar las posibilidades combinatorias de los replicadores, el sistema evoluciona más rápido. En cada caso, los replicadores (genes, memes o temes) requieren de posibilidades extensas  de transmisión y combinación de información para generar nuevas posibilidades de selección que se adapten a un medio cambiante.

De esta manera, en un sistema socioeconómico como un país, las posibilidades de éxito de su población dependerán no solo de la combinación genética de su población, con un cierto nivel de refrescamiento genético externo (inmigración), sino también de la capacidad de combinar información tecnológica y social con información proveniente de otros sistemas socioeconómicos, vía comercio libre e intercambio social.

Es por esta razón que países como EE.UU., que poseen no solo una población extensa sino además sistemas de organización social con bajos costos de transacción y que históricamente han permitido el ingreso de capital humano, tecnológico y financiero, se presentan como los grandes motores del desarrollo mundial. Si regiones como China, Europa o Latinoamérica quisieran llegar a tener los niveles de avance tecnológico y social de EE.UU tendrían, por fuerza, que abrir sus economías y posibilidades combinatorias al mismo nivel que ese país.

En países pequeños como el nuestro, donde las posibilidades combinatorias del sistema son reducidas, se dificulta el avance tecnológico y social, toda vez que el sistema se mantiene semicerrado al ingreso de capital humano y organizacional, capital financiero y mercancías variadas. Los aranceles, impuestos selectivos, barreras no arancelarias, monopolios estatales, regulaciones mercantilistas, educación estatizada, impuestos y trabas al flujo de capitales financieros y restricciones migratorias, todos estos factores reunidos se vuelven frenos para la evolución generalizada del sistema socioeconómico.

Es ilusorio pensar que Costa Rica puede llegar a ser un país rico y desarrollado socialmente, si las posibilidades combinatorias en tecnologías y estructuras sociales básicas como educación, salud, energía, banca, alimentos, organización local, comunicaciones, infraestructura y muchas otras son fieramente reguladas por un Estado que no evoluciona, ni deja que el resto del sistema evolucione por sí mismo.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 25 de julio de 2013

Jumanji empresarial: acción social del empresario

Hoy en día, no podemos ignorar que las fronteras económicas y comunicacionales, más abiertas que nunca, están acentuando el espacio social del mercado y poniendo en duda la necesidad de un estado interventor, como consecuencia de dos factores:1) la modificación drástica de los patrones de intercambio, por medio de las redes formales e informales que operan en la sociedad; y 2) el agotamiento del clásico Estado de Bienestar y sobre todo del Estado Empresario.

Sin embargo, pareciera que, en países como Costa Rica, los gobernantes y actores políticos siguen tratando de estirar el modelo de planeamiento y ejecución centralizada de la gestión pública más allá de los límites que permite el nuevo contexto socioeconómico mundial. Esta nueva realidad, caracterizada por una alta movilidad de los agentes económicos y sociales y por una alta flotación del poder, no les permite a los gobernantes mucho margen de acción con respecto a impuestos, regulaciones o centralización del poder. Y sin embargo, el modelo sobrevive por causa de una inadecuada participación empresarial.

Aún más, en los últimos años se ha insistido, dentro del contexto de la administración pública, en la creciente necesidad de un involucramiento empresarial, bajo el espejismo de la responsabilidad social corporativa, a pesar de que esto no contribuye a modificar los roles intervencionistas del Estado hacia una mayor descentralización administrativa, la promoción de la gestión y la democracia local, la reducción de la carga burocrática y tramitológica, el abandono de las funciones benefactoras del Estado central y, sobre todo, la renuncia a sus funciones empresariales. La presión sobre el empresario, en la actualidad, no solo se concentra en que este debe suplir bienes y servicios a la sociedad de una manera eficiente, sino también en el hecho de buscar su complicidad en el marco de las intervenciones planificadas, lo cual supone una forma viscosa de manipulación política y social.

Las empresas por definicion no son altruistas; rol que ostentan solo los individuos, segun sus escalas de valores personales. El tratar de estandarizar una ilusoria responsabilidad altruista de una empresa, menosprecia el verdadero rol de la empresa, que es innovar y suplir las necesidades de consumo; respetando siempre, los derechos de propiedad establecidos.

Es imperativo que el empresario despierte ya de esta pesadilla freudiana y, desde su propia conciencia, le ponga un alto a su enfermiza dependencia de la intervención del Estado, y acepte que la libertad de emprender, es el medio principal de defensa de los pequeños contra los grandes y de los débiles contra los fuertes. E inversamente, el estado, que se presenta como un corrector de las injusticias, acaba la mayor parte de las veces haciendo servir toda su fuerza para proteger a los grandes, o sea, la clase política, la clase burocrática, las grandes empresas, y los poderosos sindicatos.

El empresario es el eslabón que sostiene la cadena que une al capital con el individuo como consumidor y como agente social. Sería nefasto que este rol se perdiera o desviara solo porque el poder estatal y los políticos de turno quieren convertirlo en un apéndice Orwelliano más de sus anacrónicas intenciones.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 9 de mayo de 2013

Jumanji empresarial: el mito de la distribución del ingreso

Un lema muy socorrido por algunos políticos, candidatos, gobernantes y economistas es la injusta distribución del ingreso o la riqueza. Siempre dan datos de que un pequeño porcentaje de la población recibe una mayor tajada del ingreso total y que la mayor parte de la población una menor. Esa situación sucede en casi todas las economías en mayor o menor grado. Pero casi nunca he escuchado de esas personas una solución sustentable de cómo lograr que los pobres tengan un mejor ingreso sin quitarle a los de mayores ingresos.

Es falaz, por no decir demagógico, pensar que una mejor distribución del ingreso significa que todos tengan el mismo ingreso, es decir, un ingreso igualitario. Tener todos los mismos ingresos no significa vivir mejor. En los países donde la mayoría tiene el mismo ingreso es donde hay más pobres. En el África subsahariana, el 95% de la población tiene prácticamente el mismo ingreso, casi nada.

El objetivo de una economía progresista no es que todos tengan el mismo ingreso, sino que cada día un mayor número tenga un mayor ingreso. Lo importante es que crezca el pastel, no que de un pastel pequeño todos tengan el mismo pedacito. La riqueza aprovechable no existe en la naturaleza, hay que extraerla, transformarla, trasportarla y comercializarla, es decir, crearla.

El problema de los países pobres no es la distribución del ingreso, sino que la mayoría no tienen ingresos. La solución no es quitarle ingreso a los que tienen más ingresos, como se hizo en el siglo XX en un gran número de países que se empobrecieron, sino generar más riqueza.

El camino es crear un entorno legal que incentive la generación de empleos productivos para los que no tienen ingresos o eleven sus bajos ingresos. La solución no está en distribuir mejor el ingreso, sino en mejorar los ingresos, no en distribuir la riqueza sino en crearla.

Luis Pazos (facilitado por Andrés Pozuelo Arce)

jueves, 4 de abril de 2013

Jumanji empresarial: la manía de la medición y las estadísticas

Parecería que si no se pueden medir resultados éstos no existen o se los subestima sin percatarse de otra dimensión no cuantificable que es en definitiva la que marca el propósito de las acciones humanas. Es cierto que el cálculo económico en general y la evaluación de proyectos en particular son indispensables al efecto de conocer si se consume o si se incrementa el capital. De allí es que resulta indispensable la institución de la propiedad privada y los consiguientes precios de mercado, sin cuya existencia se opera a ciegas.

Pero no es menos cierto el abuso de las mediciones en teoría económica. Incluso en la pretendida ilustración de las transacciones comerciales, el signo igual es inapropiado puesto que los precios expresan pero no miden el valor. El precio es consecuencia de valorizaciones distintas y cruzadas entre compradores y vendedores de lo contrario no habría operación alguna. El vendedor valora en más el dinero que recibe que la mercancía o el servicio que entrega y al comprador le ocurre lo contrario.

Además “medir” valores a través de precios en rigor significaría que si una mesa se cotiza en mil media mesa se debiera cotizar en quinientos cuando en verdad pude muy bien traducirse en un valor nulo y así sucesivamente. La medición requiere unidad de medida y constantes (por ese motivo -en “The Place of Mathematical Reasoning in Economics”-  Paul Painlavé concluye que “medir el valor de algún objeto resulta imposible”). Asimismo, la expresión algebraica de “función” no es aplicable en el ámbito de la ciencia económica puesto que conociendo el valor de una variable no permite conocer el de otra. Tampoco es pertinente recurrir a las llamadas “curvas de indiferencia” al efecto de ilustrar elecciones puesto que toda acción implica preferencia ya que la indiferencia es la negación del actuar. Ni siguiera es aceptable recurrir a las “curvas” de oferta y demanda puesto que significa el tratamiento de variables continuas cuando la acción inexorablemente significa variables discretas.

En otros ensayos y artículos me he referido a los graves problemas referidos a la “renta nacional” y al “producto bruto”, al supuesto de considerar producción-distribución como fenómenos susceptibles de escindirse y a las falsedades inherentes al modelo de “competencia perfecta”, pero en esta oportunidad no tomaré espacio para ese análisis ya efectuado con insistencia, para en cambio aludir a aquella otra dimensión no cuantificable a que me referí al comienzo.

En realidad, todas las acciones (y no digo humanas puesto que sería una redundancia ya que lo no humano no es acción sino reacción) apuntan a satisfacciones no monetarias. Incluso para quien el fin es la acumulación de dinero, puesto que la respectiva satisfacción siempre subjetiva, no puede manifestarse en números cardinales, solo ordinales pero personales ya que son imposibles las comparaciones intersubjetivas.

En nuestro léxico convencional podríamos decir que esta dimensión no sujeta a medición alguna se refiere al rendimiento o la productividad psíquica. Por ejemplo, se compra un terreno para disfrutar de las puestas de sol debido a que esa satisfacción posee para el comprador un valor mayor que el dinero que entregó a cambio, pero no resulta posible articular la medida de ese delta y lo mismo ocurre con todo lo adquirido. En otros términos, lo más relevante no está sujeto a medición.

Esto es lo que confunde y altera a los megalómanos planificadores que se manejan a puro golpe de cifras que aunque fueran fidedignas no cubren lo medular del ser humano. No deja de ser curioso que esta inundación de estadísticas se pretenden refutar con otras, lo cual no va al meollo del asunto. Es en este sentido que Tocqueville escribe que “El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Por eso es que las cifras globales (llamadas macroeconómicas) son, en última instancia, intrascendentes puesto que en liberad simplemente serán las que deban resultar. Este es el significado de la sentencia de James Buchanan en cuanto a que “mientras el intercambio sea abierto y mientras se excluya la fuerza y el fraude, el acuerdo logrado, por definición, será calificado como eficiente”. Por esto mismo es que Jacques Rueff repetía en que no deben compilarse estadísticas del sector externo “puesto que constituyen una tentación para los gobiernos de intervenir, en lugar de permitir las ventajas que proporciona la libertad”.

Desde luego, lo dicho no es para eliminar las estadísticas, sino, por un lado, para diferenciar las relevantes de las irrelevantes y, por otro, mostrar que aunque se recurra a veces a números como circunstancial apoyo logístico (todos los economistas lo hacemos pero lo dramático es cuando se revela que eso es lo único que hay en la alforja), lo transcendente no radica allí puesto que hay un asunto de orden previo o de prelación que apunta a lo no cuantificable en lo que se refiere a la esfera del aparato estatal y dejar que en el sector privado se compilen las series que se conjetura requiere la gente.

A título de anécdota, señalo que cuando Alfredo Canavese de la Universidad Di Tella, por entonces colega en la Academia Nacional de Ciencias Económicas en Buenos Aires, solicitó mi nombre para una declaración contra las manipuladas cifras oficiales del INDEC en la Argentina, le manifesté que las tergiversaciones oficiales producirían como resultado positivo la preparación de índices por parte del sector privado lo cual esperaba termine con los números estatales que exceden su misión específica con el correspondiente ahorro de recursos de los contribuyentes y que los gobiernos se circunscriban estrictamente a las cuentas de las finanzas públicas, liberando energía para controlar al siempre adiposo Leviatán.

Preciso un poco más la idea: en el supuesto de que el gobierno pudiera hacer multimillonarios a todos (irreal por cierto si tenemos en mente ejemplos de sociedades iguales pero con regímenes distintos como era Alemania Occidental y Alemania Oriental o como es hoy Corea del Sur y Corea del Norte), nada se ganaría si simultáneamente la gente no puede elegir que productos comprar del exterior, si los padres no puede elegir las estructuras curriculares que prefieren para la educación de sus hijos, si no se puede elegir el contenido de los periódicos, las radios y las televisiones, si no se puede afiliarse o desafiliarse a un sindicato sin descuentos coactivos de ninguna naturaleza, si no se puede profesar el culto que cada uno prefiera sin vinculación alguna con el poder, si no se cuenta con una Justicia independiente, si no se puede pactar cualquier cosa que se estima pertinente sin lesionar derechos de terceros, etc. etc. Como en el cuento de Andersen, de nada vale que ingresen al bolsillo de cada uno miles y miles de kilos de oro si se ha vendido la liberad, es decir, la condición humana.

Es clave comprender y compartir el esqueleto conceptual de la sociedad abierta, las estadísticas favorables se dan por añadidura. Por el contrario, si se tratara de demostrar las ventajas de la libertad a puro rigor de estadísticas ya hace mucho tiempo que se hubiera probado su superioridad, el asunto es que, en definitiva, con cifras no se prueba nada, las pruebas anteceden a las series estadísticas, el razonamiento adecuado es precisamente la base para interpretar correctamente las estadísticas. Es por eso que resulta tan esencial la educación en cuanto a los fundamentos éticos, jurídicos y económicos de la sociedad libre y no perder el tiempo y consumir glándulas salivares y tinta con números que desprovistos del esquema conceptual adecuado son meras cifras arrojadas al vacío.

En resumen, el oxígeno vital es la libertad, si los debates se centran exclusivamente en las cifras se está desviando la atención del verdadero eje y del aspecto medular de las relaciones sociales. Como bien ha escrito Wilhelm Röpke en Más allá de la oferta y la demanda: “La diferencia entre una sociedad abierta y una sociedad autoritaria no estriba en que en la primera haya más hamburguesas y heladeras. Se trata de sistemas ético-institucionales opuestos. Si se pierde la brújula en el campo de la ética, además, entre otras muchas cosas, nos quedaremos sin hamburguesas y sin heladeras”.

Alberto Benegas Lynch

jueves, 21 de marzo de 2013

Jumanji empresarial: enfrentar la realidad Ya (Parte II)

Una medicina para la recesión que se ha probado con frecuencia es un incremento en el gasto gubernamental financiado por déficit; medicina aplicada sin prudencia por el gobierno de Oscar Arias Sanchez, en la administración pasada. Pero sugerir el gasto financiado por déficit como una contramedida a un malestar económico se basa en el supuesto de que el problema es una demanda insuficiente, o sea que la actividad económica ha decaído como respuesta al poco consumo o a una demanda total insuficiente. Aceptar este supuesto es confundir el síntoma con la causa.

Es cierto que se cierran empresas y los trabajadores se quedan sin empleo porque no pudieron encontrar suficientes compradores para su producción. Pero este estado de cosas se debe a su vez al hecho de que su producto era inconsistente con las preferencias de los consumidores. Dicho en palabras simples, las firmas eventualmente encontraron demanda insuficiente porque fueron animadas por las distorsiones monetarias a producir bienes que los consumidores no querían lo suficiente como para pagar un precio rentable por ellos. Como corolario, los trabajadores empleados en la producción de esos bienes no queridos o no vendibles encontrarán que sus servicios tampoco son vendibles, lo que da como resultado su desempleo. El problema subyacente es esencialmente una distorsión en el patrón de precios relativos (Hayek 1979, p. 8). Queda claro entonces que impulsar el consumo mediante gasto deficitario no resuelve el verdadero problema – mala asignación de recursos– y de hecho puede empeorarlo. Después de todo, el gasto gubernamental no está sujeto a la disciplina del mercado. Es poco probable que un gobierno presionado a gastar para sacar a la economía de la recesión preste mucha atención a los análisis de costos y beneficios, dejando que los contribuyentes y los compradores de bonos paguen la factura por aburridos proyectos exagerados en cuanto a sus beneficios, por los políticos de turno. Además, el gasto deficitario desplaza la inversión y el ahorro privados y los reemplaza por consumo derrochador. Esto cambia la mezcla de ahorro y consumo hacia el consumo, lo opuesto del ajuste necesario, prolongando así la recesión e inhibiendo la recuperación (Rothbard 2000 [1982], p. 20).

Del mismo estilo que el gasto deficitario existe la política de bajar los impuestos. Lo interesante es que ésta puede ser una política efectiva, en un caso de hacer lo correcto por las razones equivocadas. De nuevo aquí el supuesto es que el problema es una demanda insuficiente, y “poner más dinero en los bolsillos de la gente” reduciendo las tasas tributarias o creando créditos tributarios especiales remediará ese problema al estimular el gasto de consumo. Es probable que se produzca ese estímulo, pero lo mismo que la anterior, no es una solución, pues se ha identificado mal el problema. El gasto adicional resultante de una reducción de los impuestos, al igual que el gasto deficitario, no hace nada para corregir el patrón de mala inversión que generó la recesión en primer lugar. Sin embargo, si la reducción de impuestos fuese estructurada para promover ahorro, inversión y producción, puede ayudar a acelerar el proceso de recuperación. Sin embargo, se debe tener en cuenta que una reducción en los impuestos tiene el potencial de incrementar el crecimiento, sin importar cuál etapa del ciclo de negocios celebra su llegada. Es también importante reconocer que si la reducción en los impuestos no viene acompañada de la reducción correspondiente en el gasto, los posibles efectos negativos de los déficits gubernamentales pueden borrar los efectos directos positivos de las reducciones. El plan más seguro y efectivo sería entonces bajar el gasto junto con los impuestos, liberando más recursos para ser usados por el sector privado, sin conjurar el espectro de los déficits.

Andrés Pozuelo Arce