
El ex vicepresidente Kevin Casas, en su artículo “Requiem por un sueño” acierta al decir que nuestro país es ingobernable, pero falla en las causas para explicar el fenómeno.
Gobernabilidad es la actuación de los Poderes Públicos en un espacio considerado como legítimo por los actores políticos, lo que genera la aceptación del mandato y la obediencia de sus disposiciones. Nótese que la palabra legitimidad es clave en el análisis.
Costa Rica no es ingobernable por el pluripartidismo ni por la existencia de actores capaces de frenar el proceso de toma de decisiones. Ni siquiera lo es por la incapacidad de las autoridades para tomar decisiones. Son la falta de legitimidad del proceso decisional, la ausencia de representatividad y la falta de inclusión de los diferentes actores en la construcción de los acuerdos lo que provoca la ingobernabilidad en el país.
La legitimidad es el reconocimiento o la justificación para ejercer el poder político y percibir obediencia simultáneamente. Puede ser legitimidad de origen –el reconocimiento del “derecho a mandar” – o legitimidad en ejercicio –el éxito de la gestión gubernamental en la administración del mandato otorgado–, y la ausencia de alguna de esas dos acepciones hace que la actuación de los Poderes Públicos se convierta en ilegítima y se disuelva la obediencia.
El error de don Kevin es preocuparse más por la rapidez decisional sin abordar el problema de fondo: la legitimidad del proceso y de las decisiones finales. Por eso es que el frío no está en las cobijas: el sistema político costarricense no es ingobernable por la parálisis decisional, la oposición o la discusión, sino porque los actores políticos no están considerando legítimo el proceso de toma de decisiones.
Al no estar apegadas esas actuaciones a los valores, expectativas, intereses o aspiraciones de los diversos actores políticos, estos tienen los incentivos necesarios para evitar que se lleven a cabo acciones que consideran nefastas y utilizan los poderes de veto y los mecanismos que las reglas del juego les otorgan para frenar o paralizar el proceso.
Lo que ha pasado en nuestro país es que los actores no están dispuestos a aceptar, cual contrato de adhesión, las ocurrencias del Gobierno. No están dispuestos a que su voto se convierta en un cheque en blanco que lo autorice a dar rienda suelta a sus tonterías y desaciertos. Para eso han decidido fraccionar al Primer Poder de la República, en el cual, los representantes simplemente están aplicando los checks and balances del sistema republicano, de forma tal que controlan al oficialismo en el Parlamento y al Ejecutivo, para evitar la concentración de poder y para garantizar la representación de las diversas fuerzas políticas que les han dado voz y voto para defender sus intereses y aspiraciones.
Gracias a esos checks and balances, actos tan reprochables como el tristemente célebre “memorándum del miedo” generaron un repudio que sentó las responsabilidades políticas del caso. Gracias a esos mecanismos se ha logrado frenar la aprobación de un proyecto tan absurdo e ilegítimo como Solidaridad Tributaria, que afectará a todos los ciudadanos que trabajan honradamente y son explotados por un Gobierno irresponsable e incapaz, que está en problemas tanto por las erradas decisiones de la Administración de la que don Kevin fue parte como por los propios yerros de este periodo.
Preocuparse sólo por la rapidez decisional sin tomar en cuenta la legitimidad del proceso podría ser solo un grave error conceptual, pero en muchas ocasiones esconde algo más peligroso. Cuando se exige que las decisiones se tomen sin discusión, sin análisis, sin reflexión ni estudio, sin oposición ni oportunidad para ofrecer alternativas, salta a la vista no solo la fatal arrogancia del proponente (quien cree que su idea es tan perfecta que no requiere más que la aceptación sumisa), sino también un preocupante desprecio por la diversidad de opiniones, por el pluralismo, por la representatividad y por los derechos individuales.
La historia nos ha enseñado que cuando surgen líderes mesiánicos o partidos únicos (o hegemónicos) que ofrecen dictar el rumbo a seguir, sin cuestionamientos ni preguntas, solo con la fe inquebrantable en su sapiencia, los resultados son macabros. Esperamos que ese no sea el sueño por el que don Kevin hace un réquiem.
Gobernabilidad es la actuación de los Poderes Públicos en un espacio considerado como legítimo por los actores políticos, lo que genera la aceptación del mandato y la obediencia de sus disposiciones. Nótese que la palabra legitimidad es clave en el análisis.
Costa Rica no es ingobernable por el pluripartidismo ni por la existencia de actores capaces de frenar el proceso de toma de decisiones. Ni siquiera lo es por la incapacidad de las autoridades para tomar decisiones. Son la falta de legitimidad del proceso decisional, la ausencia de representatividad y la falta de inclusión de los diferentes actores en la construcción de los acuerdos lo que provoca la ingobernabilidad en el país.
La legitimidad es el reconocimiento o la justificación para ejercer el poder político y percibir obediencia simultáneamente. Puede ser legitimidad de origen –el reconocimiento del “derecho a mandar” – o legitimidad en ejercicio –el éxito de la gestión gubernamental en la administración del mandato otorgado–, y la ausencia de alguna de esas dos acepciones hace que la actuación de los Poderes Públicos se convierta en ilegítima y se disuelva la obediencia.
El error de don Kevin es preocuparse más por la rapidez decisional sin abordar el problema de fondo: la legitimidad del proceso y de las decisiones finales. Por eso es que el frío no está en las cobijas: el sistema político costarricense no es ingobernable por la parálisis decisional, la oposición o la discusión, sino porque los actores políticos no están considerando legítimo el proceso de toma de decisiones.
Al no estar apegadas esas actuaciones a los valores, expectativas, intereses o aspiraciones de los diversos actores políticos, estos tienen los incentivos necesarios para evitar que se lleven a cabo acciones que consideran nefastas y utilizan los poderes de veto y los mecanismos que las reglas del juego les otorgan para frenar o paralizar el proceso.
Lo que ha pasado en nuestro país es que los actores no están dispuestos a aceptar, cual contrato de adhesión, las ocurrencias del Gobierno. No están dispuestos a que su voto se convierta en un cheque en blanco que lo autorice a dar rienda suelta a sus tonterías y desaciertos. Para eso han decidido fraccionar al Primer Poder de la República, en el cual, los representantes simplemente están aplicando los checks and balances del sistema republicano, de forma tal que controlan al oficialismo en el Parlamento y al Ejecutivo, para evitar la concentración de poder y para garantizar la representación de las diversas fuerzas políticas que les han dado voz y voto para defender sus intereses y aspiraciones.
Gracias a esos checks and balances, actos tan reprochables como el tristemente célebre “memorándum del miedo” generaron un repudio que sentó las responsabilidades políticas del caso. Gracias a esos mecanismos se ha logrado frenar la aprobación de un proyecto tan absurdo e ilegítimo como Solidaridad Tributaria, que afectará a todos los ciudadanos que trabajan honradamente y son explotados por un Gobierno irresponsable e incapaz, que está en problemas tanto por las erradas decisiones de la Administración de la que don Kevin fue parte como por los propios yerros de este periodo.
Preocuparse sólo por la rapidez decisional sin tomar en cuenta la legitimidad del proceso podría ser solo un grave error conceptual, pero en muchas ocasiones esconde algo más peligroso. Cuando se exige que las decisiones se tomen sin discusión, sin análisis, sin reflexión ni estudio, sin oposición ni oportunidad para ofrecer alternativas, salta a la vista no solo la fatal arrogancia del proponente (quien cree que su idea es tan perfecta que no requiere más que la aceptación sumisa), sino también un preocupante desprecio por la diversidad de opiniones, por el pluralismo, por la representatividad y por los derechos individuales.
La historia nos ha enseñado que cuando surgen líderes mesiánicos o partidos únicos (o hegemónicos) que ofrecen dictar el rumbo a seguir, sin cuestionamientos ni preguntas, solo con la fe inquebrantable en su sapiencia, los resultados son macabros. Esperamos que ese no sea el sueño por el que don Kevin hace un réquiem.





