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miércoles, 2 de abril de 2008

El opio del pueblo



La crítica de la religión es la premisa de toda crítica. (Por tanto, esa crítica es aplicable también, mutatis mutandis, a la manera cómo la ideología dominante presenta los valores en general, esto es: al hacerlos figurar como si no fueran creados por los hombres mismos, sino como supraordinarios respecto a la realidad social. La religión no es, de acuerdo con tal posición, sino el ejemplo más eminente de tal inversión óptica en la percepción de lo valorativo.)

La existencia del error ha quedado comprometida, una vez que se ha refutado su celestial oratio pro aris et focis (Oración por la casa y el hogar). El hombre, que sólo ha encontrado en la realidad fantástica del cielo, donde buscaba un superhombre, el reflejo de sí mismo, no se sentirá ya inclinado (una vez que se da cuenta de tal cosa: i.e., que en verdad se trata de un ) a encontrar solamente la apariencia de sí mismo, el no-hombre, donde lo que busca y debe necesariamente buscar es su verdadera realidad.

El fundamento de la crítica de la religión es: el hombre hace la religión, no es la religión quien hace al hombre. Y la religión es, bien entendido, la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que aún no se ha adquirido a sí mismo o ya ha vuelto a perderse. Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es el mundo de los hombres, el Estado, la sociedad. Este Estado, esta sociedad, producen la religión, una conciencia del mundo invertida, porque ellos son un mundo invertido. La religión es la teoría general de este mundo, su compendio enciclópedico, su lógica bajo forma popular, su pundonor espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su solemne complemento, su razón general de consolación y justificación.

La religión es el suspiro de la criatura humana agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque la religión es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.

La superación de la religión como la dicha ilusoria del pueblo, es plantear la exigencia de su dicha real. Exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas, vale tanto como exigir que se abandone un estado de cosas que necesita de ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas que la religión rodea de un halo de santidad. La crítica no arranca las cadenas de las flores imaginarias para que el hombre soporte las sombrías y escuetas cadenas, sino para que se las sacuda y puedan brotar las flores vivas (i.e., las no-religiosas). La crítica de la religión desengaña al hombre para que piense, para que actúe y organice su realidad como un hombre desengañado y que ha entrado en razón para que gire en torno a sí mismo y a su sol real. La religión es solamente el sol ilusorio que gira en torno al hombre, mientras este no consiga girar en torno a sí mismo.

La teología explica el origen del mal por el pecado original: dando por supuesto como hecho, como historia, aquello que debe(ría empezar por) explicar. Cuando más pone el hombre en Dios, tanto menos guarda en sí mismo. En la religión, la actividad propia de la fantasía humana, de la mente y el corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de él, es decir, como una actividad extraña, divina o diabólica.

Karl Marx