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jueves, 7 de marzo de 2013

Jumanji empresarial: alharaca sobre los transgénicos

Toda la alharaca alrededor de los transgénicos nos debe llevar a una juiciosa reflexión sobre las verdaderas raíces de conflicto que genera un tema científico, que como otros, tendría que entusiasmarnos y estimular nuestra participación en la búsqueda y hallazgo de nuevas formas de dominar la naturaleza para beneficio de la humanidad.

Así como el descubrimiento del microchip no nos ha convertido en monstruos, pero sí nos ha hecho más prósperos, de idéntica manera el dominio de la genética vegetal y animal nos ayudará a aumentar el nivel de bienestar del género humano. Lo que necesitamos es más libertad para experimentar y más confianza en que el ingenio y la ética humana nos llevarán por el camino correcto, como hasta ahora lo han hecho.

Pero, ¿qué es lo que hace que las fricciones ideológicas contaminen el ambiente científico, tanto en este como en muchos y variados temas? La respuesta es más vieja que las mismas ideologías: miedo al monopolio del conocimiento y aversión al concepto de ganancia empresarial.

En lo que respecta al monopolio del conocimiento y de las ideas, la solución está en hacer un relevamiento completo de las leyes de propiedad intelectual que promueven la monopolización del conocimiento a favor de grupos económicos con capital, y que tienen acceso a las fuentes de investigación subsidiadas por los gobiernos (universidades e institutos). Es necesario desmitificar las razones para otorgar patentes sobre ideas e invenciones que, de todas formas, se dan en un ambiente de cooperación económica, donde el escenario heurístico es el propio mercado. Ningún descubrimiento o invención surgen de un vacío, sino que siempre son parte de la inercia misma de la destrucción creativa, tarea de la que se encargan muchos creadores independientes al actuar en resonancia espontánea dentro del mercado. De modo que argumentar que alguien tiene un derecho exclusivo para lucrar con la explotación comercial de una idea –por la simple razón de que posee un registro legal arbitrariamente asignado–, no tiene ninguna lógica económica.

La aversión al concepto de ganancia empresarial es un aspecto que requiere de análisis, tanto psicológico como sociológico. La ganancia, además de ser un incentivo para la inversión, constituye un precio por el capital invertido y arroja una señal de mercado importantísima. Pero, por razones de dialéctica ideológica histórica, el concepto de ganancia se ha convertido en un arma de doble filo para la argumentación a favor de la actividad empresarial, que es la base de la conquista y el aumento de la prosperidad de la civilización en general.

Sin un incentivo para transformar el capital, el empresario simplemente no se activa, y por consiguiente la sociedad se ve privada de los beneficios innovadores de estos agentes dinámicos de la economía. Pero estos incentivos deben ser espontáneos y no perversos (por intervención estatal), para que realmente el valor que se agregue en el mercado sea real y no ilusorio.

En la naturaleza todo es transgénico, dado que desde los inicios de la vida celular, la naturaleza no ha discriminado a la hora de experimentar con combinaciones genéticas, seleccionando aquellas que más se adaptan a las condiciones ambientales. La diferencia es que ahora los seres humanos tenemos el conocimiento para hacerlo mejor y más eficientemente.

Así qué no tiene sentido que incorporemos miedos infundados en esta ecuación heurística, por razones ideológicas obsoletas.

Andrés Pozuelo Arce

lunes, 16 de noviembre de 2009

Tema polémico: alimentos transgénicos


Para este Tema polémico queremos abordar el tópico de los alimentos transgénicos, controversia bastante extendida en Europa y Estados Unidos y que, últimamente, se ha trasladado a América Latina como parte del discurso de "seguridad alimentaria".

Antes de fijar una posición, es importante resaltar que, en el 2001, la Unión Europea publicó un resumen de 81 estudios científicos en el cual se establecía que todos concluían que los procesos tecnológicos detrás de los transgénicos “probablemente los hacen más seguros que los cultivos tradicionales de plantas”. En el 2005 la Organización Mundial de Salud concluyó que “es improbable que los organismos genéticamente modificados presenten más riesgos para la salud humana que sus contrapartes convencionales”. En 2007, Indur Goklany en su libro The Improving State of The World argumenta que los beneficios de los transgénicos exceden sus potenciales perjuicios y señala que hoy en día la agricultura constituye el 38% del uso de la tierra y 85% del consumo de agua fresca.

Esta información nos lleva a sacar varias conclusiones. En primer lugar, no se ha encontrado evidencia alguna que determine, categóricamente, que los alimentos genéticamente modificados sean nocivos para la salud, por lo que las protestas realizadas por nuestros compatriotas -en la UCR o en la ANEP- o por otras personas en distintas latitudes, son infundadas.

En segundo lugar, es obvio que si uno está genuinamente preocupado por el medio ambiente y el hambre en el planeta, lo ideal sería producir más alimentos en menos tierra. ¿Cómo se hace eso sin la ayuda de los transgénicos? Expandiendo la cantidad de tierras bajo cultivo y utilizando aún más agua. Gabriela Calderón ndica que "si no se utilizan transgénicos, el área bajo cultivo a nivel mundial aumentará por lo menos en 182 millones de hectáreas (Mha). No obstante, si se permite la biotecnología, la cantidad de tierras bajo cultivo podría más bien ser apenas de 193 Mha para 2050". En otras palabras, al reducir la presión sobre la tierra cultivable se arrasarían menos bosques, se eliminarían más latifundios (si es que eso en realidad fuera un problema) y, por la propia naturaleza de los alimentos transgénicos, se necesitarían menos pesticidas y fertilizantes, lo cual redundaría en menor impacto ambiental.

Una tercera conclusión se obtiene a partir de los resultados de los alimentos genéticamente modificados. Un caso interesante es el Algodón Bt en la India: este país es el tercer productor más importante de algodón en el mundo y este es uno de los cultivos que más pesticidas requiere. En 1998, algunos agricultores se enteraron de que el rendimiento podría aumentar entre 14 y 38% sin necesidad de rociar los cultivos y desesperados por una tecnología más confiable y por su supervivencia, plantaron algodón Bt ilegalmente en alrededor de 10.000 hectáreas. El gobierno amenazó con confiscar y quemar la cosecha pero finalmente no lo hizo y para marzo de 2002 legalizó el cultivo de ese transgénico. Una encuesta realizada en 2003 había demostrado que el rendimiento por hectárea había aumentado en un 29%, reducido el uso de pesticidas en un 60% y aumentado las ganancias netas de los agricultores en un 78% en comparación a los agricultores que no utilizaron el algodón transgénico. El algodón Bt resultó ser bueno para el agricultor, el medio ambiente y el consumidor.

En realidad, la evolución genética es una constante de la naturaleza. Ya Darwin, Mendel y gran cantidad de científicos lo han demostrado con sus investigaciones. Reiteramos: no se ha demostrado que sean nocivos para la salud, permiten producir más y en menor espacio y con menos químicos, agua y trabajo y, finalmente, ofrecen mejores resultados. Así, si la evolución genética siempre se ha dado ¿por qué tanto escándalo con los transgénicos? En ASOJOD creemos que ocurre lo mismo que con el calentamiento global y demás tragedias similares: con base en la ignorancia, el miedo, los prejuicios y la aversión al progreso y, en especial, a la tecnología, algunos trasnochados buscan impulsar su carrera política, apelando al romántico regreso a siglos pasados, donde todo era en pequeña escala.

En algún momento, Montaner había utilizado el ejemplo de los amish, recordando aquellos pintorescos personajes que "reproducen el mundo dulcemente rural del siglo XVIII. Por las razones que sean (casi todas religiosas) los amish odian el progreso y el consumo". Pareciera que no son los únicos.

martes, 24 de junio de 2008

Ecuador: Ambientalistas obtusos


“Ecuador será un país libre de transgénicos”, dijo el presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta. Sería saludable tener líderes que cuando tratan de intervenir en cuestiones de suma importancia para la salud de los individuos, hagan un balance de los beneficios y perjuicios.

En el 2001 la Unión Europea publicó un resumen de 81 estudios científicos—comisionados por ella—en el cual se establecía que todos los estudios concluían que los procesos tecnológicos detrás de los transgénicos “probablemente los hacen más seguros que los cultivos tradicionales de plantas”. En el 2005 la Organización Mundial de Salud concluyó que “es improbable que [los organismos genéticamente modificados] presenten más riesgos para la salud humana que sus contrapartes convencionales”.

Indur Goklany en su libro The Improving State of The World (2007) argumenta que los beneficios de los transgénicos exceden sus potenciales perjuicios. La prensa se ha enfocado mucho en el sensacionalismo de las posibles consecuencias negativas por lo que yo utilizaré este espacio para destacar lo que Goklany dice acerca de los beneficios.

Él señala que hoy en día la agricultura constituye el 38% del uso de la tierra y 85% del consumo de agua fresca. No es una exageración, por lo tanto, decir que la principal amenaza al medio ambiente es conversión de hábitats naturales hacia el uso agrícola.

Lo ideal, si uno está genuinamente preocupado por el medio ambiente y el hambre, sería producir más alimentos en menos tierra. ¿Cómo se hace eso sin la ayuda de los transgénicos? Expandiendo la cantidad de tierras bajo cultivo. Si no se utilizan transgénicos el área bajo cultivo a nivel mundial aumentará por lo menos en 182 millones de hectáreas (Mha). No obstante, si se permite la biotecnología la cantidad de tierras bajo cultivo podría más bien ser reducida en 193 Mha para 2050.

Si el hambre es un problema de urgencia y seguramente lo es para los 854 millones de individuos que actualmente tienen deficiencias calóricas, los transgénicos podrían ser la respuesta.

Un ejemplo de esto es el algodón Bt en la India. Este país es el tercer productor más importante de algodón en el mundo y el algodón es uno de los cultivos que más pesticidas requiere. En 1998, algunos agricultores se enteraron de que el rendimiento podría aumentar entre 14 y 38 por ciento sin necesidad de rociar los cultivos y desesperados por una tecnología más confiable y por su supervivencia, plantaron algodón Bt ilegalmente en alrededor de 10.000 hectáreas. El gobierno amenazó con confiscar y quemar la cosecha pero finalmente no lo hizo y para marzo de 2002 legalizó el cultivo de ese transgénico. Una encuesta realizada en 2003 había demostrado que el rendimiento por hectárea había aumentado en un 29%, reducido el uso de pesticidas en un 60% y aumentado las ganancias netas de los agricultores en un 78% en comparación a los agricultores que no utilizaron el algodón transgénico. El algodón Bt resultó ser bueno para el agricultor, el medio ambiente y el consumidor.

Si los ambientalistas obtusos—que en base a miedos no científicamente comprobados quieren cerrarse a los avances tecnológicos—tienen una mejor solución para el hambre y el retraso del agro en el mundo en vías de desarrollo, seguimos esperando que la propongan. Simplemente oponerse a algo sin presentar alternativas no es constructivo y seguramente no llenará los estómagos de los pobres del mundo ni los bolsillos de nuestros agricultores.


Gabriela Calderón

sábado, 29 de septiembre de 2007

Transgénicos para todos


La organización ecologista Greenpeace solía caer simpática a la gente cuando se dedicaba a proteger a los bebés foca de los ávidos cazadores de pieles o se interponían entre un buque ballenero japonés y una manada de cetáceos esquivando los arponazos en plan Salvad a Willy, lo que tenía su gracia y también su puntito de ternura.

Pero cuando dejaron de preocuparse de las especies en peligro de extinción y decidieron meterse en harina política perdieron ese halo de sensibilidad que rodeaba todas sus acciones. Hasta en Hollywood, colonia progre donde sólo se habla de dietas vegetarianas y cambio climático, empezaron a atizarles. Vean si no los tres primeros minutos de Armageddon, los más divertidos que ha producido el cine americano en los últimos veinte años.

Pues bien, la última “fazaña” de los activistas de Greenpeace ha sido volcar a la puerta del Ministerio de Medio Ambiente de Tailandia varios contenedores de papaya modificada genéticamente. Once toneladas de fruta transgénica, once (estos cuando se ponen, se ponen), inundaron las puertas de entrada del ministerio para concienciar a la población tailandesa de los peligros de este tipo de cultivo. El resultado fue que en cuestión de media hora, las toneladas de fruta desaparecieron porque la gente, sencillamente, se las llevó a casa. Hasta los conductores paraban los coches para llenar el maletero con fruta gratis, ajenos a las advertencias de los ecologistas, que no daban crédito a lo que veían. No sólo eso, los funcionarios del ministerio, al ver el revuelo, también bajaron a llenar unas bolsas de fruta que los cachondos de Greenpeace habían dejado tan a mano.

La gran tragedia es que por culpa de la campaña papayera de los pacifistas verduscos, varios miles de ciudadanos inocentes están consumiendo una bomba transgénica cuyas consecuencias futuras sólo cabrá atribuir a la inconsciencia de una organización ecologista. Cuando empiecen a aparecer casos de tailandeses con un color de piel sospechosamente parecido al amarillo verdoso de esa fruta tropical o comiencen a nacer niños que en lugar de caca harán la fotosíntesis, alguien tendrá que responder de ello. No quiero ser agorero, pero las demandas judiciales contra los activistas papayeros pueden ser numerosísimas. Igual hasta se ven obligados a subastar el Rainbow Warrior para pagar las indemnizaciones de los afectados

O sea, un desastre. Se pone uno a salvar el mundo y resulta que el mundo no quiere salvarse sino que prefiere llenarse la barriga de fruta transgénica. Y es que hay mucho enemigo del planeta suelto. También en Tailandia.


Pablo Molina, tomado de Libertad Digital