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domingo, 24 de agosto de 2008

Utopía y violencia


Este es el título que el filósofo Karl R. Popper le dio a un capítulo de su libro Conjeturas y refutaciones. En ese capítulo Popper argumenta que las utopías derivan, inevitablemente, en violencia. El documento hecho en Montecristi nos propone la utopía de un Ecuador donde todos los ecuatorianos seamos iguales (formal y materialmente según dice el artículo 66).

Las revoluciones sangrientas del siglo XX tenían en común una pasión por la igualdad que superaba a aquella por la libertad.

En 1989 se cumplió el segundo centenario de la Revolución Francesa, así como también cayó el muro de Berlín. Marc Fumaroli de la Academia Francesa, dice que en ese año “De pronto, se hizo imposible no sólo esconder o atenuar, en nombre del postulado de un radiante porvenir, el carácter carcelario del régimen soviético y el río de sangre y de torturas que su tiranía no había dejado nunca de hacer correr, sino también negar por más tiempo el giro feroz y sangriento que había tomado en 1792 la Revolución Francesa: la igualdad y los derechos del hombre impuestos en París y en las provincias por la cuchilla de la guillotina”. Luego añade que “Todos los Terrores ‘rojos’ del siglo XX han procedido de ideologías igualitarias tan sumarias y abstractas como aquélla (de la Revolución Francesa)”.

Pero volviendo a Popper, este decía que las utopías presuponen una sociedad ideal y que es imposible concebir tal sociedad a través de los métodos científicos y de la lógica. Por ende, las diferencias de opinión acerca de cómo debería ser esa sociedad ideal “no siempre pueden ser resueltas a través del método de la argumentación”. Entonces, “el utópico debe ganarse, o destruir, a los utópicos que compiten con él y que no comparten sus objetivos utópicos y quienes no profesan su religión utópica”. Y para destruirlos el utópico se debe valer de la violencia, la cual según Popper comprende la propaganda, silenciar a los críticos y la aniquilación de toda oposición.

Los planes utópicos suelen pedir el sacrificio del individuo por el todo (la Constitución de Montecristi así lo pide en el artículo 83) o por generaciones futuras. No obstante, Popper decía que “ninguna generación debe ser sacrificada por el bien de una generación futura. . . nunca deberíamos pretender balancear la miseria de alguien con la felicidad de otro”. Además que “Aquellos entre nosotros que creemos en el hombre como es, y que por lo tanto no hemos renunciado a la esperanza de derrotar la violencia y la irracionalidad, debemos demandar…que a cada hombre se le permita dirigir su propia vida en todo momento en que esto sea compatible con el igual derecho de otros”.

El reino de los “filósofos reyes”—individuos que equivocadamente creen que el conocimiento y la razón son instrumentos que justificarían que ellos se tomen el poder y ejerzan violencia, si es necesaria para lograr sus fines utópicos—pone en peligro la libertad y la paz en nuestro país.

El día que nos gobiernen individuos verdaderamente racionales—que según Popper son aquellos que siempre “están concientes de lo limitados que son sus conocimientos, y del simple hecho de que cualquier habilidad crítica que poseen se la deben a la interacción intelectual con otros”—tendremos un gobierno que no nos prometa el “buen vivir”, o algo parecido al cielo en la tierra, sino solamente los derechos más elementales. La revolución que necesitamos es aquella que nos garantice igualdad ante la ley, no la igualdad formal y material que solo una guillotina puede intentar garantizar.

Gabriela Calderón

lunes, 14 de julio de 2008

En Vela


Hace unos meses, un “analista” tico denunció la formación en América Latina de un ominoso eje: Uribe, en Colombia; Arias, en Costa Rica, y Saca, en El Salvador. Todo lo demás sería un continente de bienandanza socialista liderado por Hugo Chávez (con sus acólitos Evo Morales, Correa y el bufón del norte) y los otros, como si los otros, entre ellos Lula y la señora Bachelet, hubiesen renegado del capitalismo, de la democracia representativa o del sentido común.

Pues bien, bastó un bombazo en tierra ecuatoriana, de parte del Ejército de Colombia, en marzo pasado, para que salieran a flote las computadoras de Raúl Reyes , que le cerraron la boca a Chávez y dejaron en cueros a los defensores de las FARC y a los revolucionarios y patriotas de cafetín. No hay enfermedad política peor que la esquizofrenia, la pérdida del sentido de la realidad. Tarde o temprano, los hechos que no quisimos ver, por vanidad o por falta de deliberación y de consejo, que interpretamos mal, o que, de mala fe o por oxidación ideológica, no pudimos ver, se nos plantan de frente, tozudos e irónicos, y nos obligan, en buena hora, a rectificar, que es de sabios, o a proseguir en la insensatez…

La historia está llena de lecciones. Hay que abrevar en ellas. Ayer, por ejemplo, La Nación nos dio una noticia morrocotuda: Raúl Castro anunció un apretón económico. Podría ser más duro, pero va poco a poco, pues su hermano, intoxicado por su pasado, sigue vivo, enfundado en su buzo. Sin embargo, está viendo los hechos, para ira y desazón de ciertos compatriotas ticos que, desde años, padecen otra enfermedad terrible: la viejera intelectual, que no perdona edad, fuente de tonteras sin fin.

Pues bien, Raúl nos habló de “apretarse el cinturón” por “la inevitable” crisis internacional (no por el hiperexplotado embargo gringo) y, ¡cáigase el cielo!, dijo: “No es ético crear falsas expectativas. Decir lo contrario sería engañarlos… Es necesario actuar con realismo”, no el opuesto al idealismo, agrego, sino a la estupidez, a la utopía o al angelismo. El realismo de ver las cosas de frente y como son para adaptarse inteligente y eficazmente a ellas. El realismo, sin conspiraciones, virus devastador de la vanidad y de la tontera humana.

Y dijo: “La asignación de recursos debe ajustarse estrictamente a los ingresos disponibles”. Y dijo: “Socialismo significa justicia social e igualdad, mas igualdad de derechos (sic), de oportunidades, no de ingresos”. Y dijo: “Igualdad no es igualitarismo. Este es una forma de explotación”. Y unos profesores, profesionales y consejos universitarios ticos gritaron: “¡Maldito traidor, neoliberal!”.

Julio Rodríguez