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martes, 15 de agosto de 2017

La columna de Carlos Federico Smith: el falso y el verdadero problema

He observado cómo dirigentes políticos de diversos partidos, algunos economistas y personas en general, hacen diferentes propuestas para resolver el serio problema del déficit gubernamental, pero considero que hay un error conceptual al puntualizar al déficit como el problema, lo cual intentaré explicar de seguido.
En una ocasión Milton Friedman dijo lo siguiente en una conferencia en www.freetochoose.tv, titulada “Is Tax Reform Possible?”: 

“El verdadero problema es lo que el gobierno gasta, no lo que toma en forma de impuestos. El problema real no es el déficit. El problema real no es la deuda del gobierno. El problema real es el gasto del gobierno.

Yo prefería más tener un presupuestó gubernamental de $200 mil millones con un déficit de $100 mil millones, que un presupuesto de gastos de $400 mil millones y sin déficit.  Ello porque el presupuesto de gastos del gobierno de $400 mil millones simplemente es el doble de lo que se quita de la disposición del ciudadano y que se gasta en su nombre por el gobierno.  Ese es el verdadero problema.”

Sus palabras son tan claras y directas que no requieren de mayor explicación; no obstante, vale la pena hurgar un poco más en el señalamiento, pues dicha situación es igualmente la que observo en la actualidad en nuestro país.

Tal vez lo que justifica aquella impresión es que uno, en su casa, si se da cuenta de que se gasta más de lo que se recibe; o sea, que hay un déficit, hará todo lo posible para, por una parte, reducir los gastos y, por la otra, ver como aumentan los ingresos al hogar. Es muy diferente en lo que tiene que ver con el estado, pues la forma en que, por una parte, obtiene sus ingresos, es quitándoselos, por medio de impuestos, a los ciudadanos y, por la otra, porque cuando el estado gasta -demanda- logra para sí bienes y servicios que ya no estarán disponibles para la ciudadanía. En ambos casos se afecta a las personas, a usted y a mí, a las familias.

Si aumentan los impuestos, se afectan las posibilidades de crecimiento de las empresas y las personas, quienes ahora tendrán menos recursos para satisfacer sus necesidades, incluso su ahorro, lo que reduce la inversión. Al bajar la inversión, la economía crece menos y, entre otras cosas, las empresas disminuyen su demanda de mano de obra, fomentando que el desempleo aumente (así como estimulando que las empresas se vayan a la economía subterránea, a la que acuden, entre otras razones, porque no pagan los altos impuestos que sí deben cubrir en la economía formal).

También es posible que esos impuestos se trasladen de alguna manera a los consumidores, a través de precios más elevados o con un deterioro de la calidad de los productos. Además, al disminuir la actividad económica, se reduce la base sobre la cual se cobran los impuestos, con lo que lo que recauda el fisco se ve, comparativamente, disminuido.

En resumen, son efectos claramente indeseables si se quiere que una economía crezca (pienso en alrededor de un 6% anual, en vez de un raquítico 3.5% o 3.8%) y que permite que se dé una generación de riqueza de la ciudadanía, incluyendo a los grupos menos favorecidos. 

El verdadero problema no lo constituyen, como bien apunta Friedman, esas recaudaciones de impuestos, sino lo que gasta. Dice Friedman:

“Si el gobierno gasta $60 mil millones más que lo que toma en forma de impuestos... ¿quienes creen ustedes que son los que pagan por los $60 mil millones extras?... ¡Usted pagará la cuenta! Debido a que eso tiene que ser pagado, pero, en vez de serlo directamente en forma de impuestos a los ingresos o a las ventas o a las planillas, será pagado indirectamente en la forma de una inflación...”

O acudiendo a endeudarse, agrego yo, para financiar muy posiblemente una serie de gastos inútiles, cuando se tiene un gobierno sin limitaciones para efectuarlo, deuda que podrá seguir colocándola hasta el momento en que los inversionistas dejen de confiar en que la economía crecerá lo suficiente, como para que pueda repagar obligaciones e intereses. El problema es que ese gasto gubernamental, al usar los recursos privados que extrae mediante impuestos, no se dirige ya a actividades productivas generadores de riqueza, con lo cual el progreso es menor y, por tanto, la recaudación impositiva se reduce.

Al tenerse presente que los políticos piensan pagar los préstamos que ha adquirido el estado para financiar su gasto por medio de impuestos, volvemos al hecho de que esos impuestos retiran recursos privados, que se podían haber dedicado a actividades productivas. Así, lo irrelevante no es cómo se financia el déficit, sino que el problema es el gasto gubernamental, cuyos efectos negativos se sentirán más tarde o más temprano, al afectarse el crecimiento de la economía que trae la inversión y la iniciativa privada disminuida.  

El error al enfatizar que el problema es el déficit y no el elevado gasto del gobierno, conduce a propuestas de aumentar los impuestos o aumentar el endeudamiento o, si bien a menudo no se expresa con toda la claridad, a que una parte del estado, como lo es el Banco Central, emita dinero, provocando la inflación. Esa inflación también se usa como medio para disminuir el monto nominal adeudado en la moneda que se devalúa.  Con cualquiera de esas propuestas para reducir el déficit, y dejando de lado el tema del gasto gubernamental, surgen efectos nocivos sobre los fondos que se dedicarían a la inversión en la economía, afectando el crecimiento futuro y con ello disminuyendo las posibilidades de progreso y crecimiento. Por ello, el problema no es el déficit como tal, sino el gasto del gobierno, que sustrae recursos de la economía que no se podrán dedicar a actividades productivas.


Jorge Corrales Quesada

martes, 4 de agosto de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: el aporte de Milton Friedman a la política económica costarricense

Conferencia en la Universidad Autónoma de Centro América, en ocasión del seminario “El Legado de Milton Friedman 2015”.



Muy buenas noches.  Agradezco en primer lugar a todos ustedes por acompañarnos esta noche. Asimismo lo extiendo a dos muy apreciadas instituciones que organizaron esta actividad: La Universidad Autónoma de Centro América, representada por mi apreciado amigo Federico Malavassi y el Instituto Libertad, que la representa mi también amigo, José Joaquín Fernández.

Aunque parezca fácil darles una charla acerca de la influencia del pensamiento de Milton Friedman en Costa Rica, debo formular de antemano varias consideraciones.  La primera, es que, a lo que sé, Milton Friedman nunca visitó Costa Rica, por lo menos como conferencista de temas que le eran familiares, y no tengo conocimiento acerca de si lo hizo como turista.  Siendo la clase de figura notable que siempre fue, es muy poco posible que hubiera venido a Costa Rica sin notarse. La segunda consideración se deriva de la anterior: lo que expondré es mi opinión acerca de cuáles aspectos del pensamiento Friedmaniano pueden haber influido en los costarricenses. El tercer aspecto es que el proyecto intelectual de Friedman es tan amplio, que una charla como ésta es ínfima en comparación con aquél, por lo cual he decidido tomar como base sólo algunas de sus más importantes ideas de política y de economía. Esto me lleva a un último punto: que trataré con poca  profundidad mucho del pensamiento de Friedman en su área técnica profesional, y que, dada la limitación de tiempo, seré algo más amplio en el análisis de sus planeamientos de política, sin dejar de señalar en cierto momento el trasfondo académico de ellos.

Hace poco leí lo siguiente acerca de Milton Friedman, en un libro de dos escritores destacados de la revista The Economist, John Micklethwait y Adrian Woolridge, titulado (mi traducción) La Cuarta Revolución: La Carrera Global para Reinventar el Estado. Me sirve como introducción al tema, pero, antes de transcribir la cita exacta, debo decirles que esas cuatro revoluciones mencionadas por ellos son en torno al papel del estado en una sociedad. Así, la primera revolución, la de Hobbes con su estado centralizado -el monstruoso Leviatán- respondía a “la maldad, brutalidad y brevedad de la vida humana”, observada a mediados del siglo XVII. La segunda fue la del estado liberal de John Stuart Mill, quien definía a un estado más pequeño y competente, enfatizando la libertad y la eficiencia: un estado al cual se limitó en sus posibilidades de quitar la libertad a los ciudadanos y cuya función esencial más bien era la de resguardar la libertad de los personas. La tercera, la mencionan los autores como la de Beatrice Webb, quien reaccionó en contra de aquel estado pequeño y expuso los fundamentos de lo que luego se llamaría el estado de bienestar, que en mucho es lo que caracteriza a los estados del mundo actual.  La cuarta revolución es la que esos autores consideran que habrá de surgir ante los serios problemas que hoy encara el mundo.  Es aquí en donde entra Friedman.
En un capítulo de aquel libro, que es con todo propósito titularon “El Paraíso Perdido de Milton Friedman”, aquellos autores señalan lo siguiente:

“[Friedman] propuso un programa de recorte del gobierno que era asombrosamente osado para los años del gobierno grande de Kennedy, desde la abolición de subsidios agrícolas y del salario mínimo a la eliminación de controles fronterizos. El estado de vigilante nocturno de los liberales había sido reinventado para la época de los Grateful Dead… La principal razón para el éxito de Friedman fue que la historia estaba crecientemente del lado de Friedman…En la década de los setenta y los ochenta la ‘fuerza bruta de los acontecimientos’ transformó a Friedman de un brillante tábano incómodo a una fuerza real.” (p. p. 86-87).

Pero la revolución que Friedman propuso del estado se quedó a medias, pues el ‘Leviatán no se desvaneció” y más bien, a partir del 2000, “el Leviatán volvió a levantarse.” Por ello, los autores a quienes nos hemos referido, concluyen con un dejo de tristeza (al menos para mí):

“En el 2004, dos años antes de su muerte, Friedman adoptó un punto de vista deprimente de su logro: ‘Después de la Segunda Guerra Mundial, la opinión era socialista en tanto que la práctica era a favor de los mercados libres; en la actualidad, la opinión está a favor de los mercados libres, mientras que la práctica es fuertemente socialista. En un amplio sentido hemos ganado la guerra de las ideas (aunque ninguna batalla como esa se gana permanentemente). Hemos tenido éxito en detener el avance del socialismo, pero no hemos tenido éxito en cuanto a revertir su rumbo.’ (p. 100). [La mencionada cita de Friedman es tomada de Angus Burguin, The Great Persuasion: Reinventing Free Markets since the Depression (Cambridge: Harvard U. Press, 2012, p. 223.)

No dudo que el ideario de Friedman ha contribuido notoriamente en muchas de las decisiones que en nuestro país hemos tomado en el campo económico, pero ha sido menor en el político. Sobre todo, creo que ha servido como base para argüir una serie de consideraciones en el proceso de decisión acerca de políticas públicas en el país. Con plena franqueza debo señalar que, tal vez por el temor a ser encasillados como reaccionarios de la derecha o neoliberales, como despectivamente se les señala sin sentido ahora, muchos de quienes de alguna manera fueron por Friedman influidos, no lo reconocen abiertamente. Excepción de ello, me place decirlo, es el economista José Joaquín Fernández, aquí presente y quien siempre en sus charlas suele mencionar a Friedman como su sustento. Pero, qué le vamos a hacer con la generalidad silenciosa; simplemente puede deberse a que así es la naturaleza humana.

Quiero regresar a algunas de esas ideas más importantes que propuso Friedman y que han sido fuente de conocimiento para muchos en nuestro país. Lo hago refiriéndome a dos muy importantes temas en los que considero que él tuvo un impacto destacado en nuestro medio.  Uno se refiere al control del dinero y de la inflación y, el segundo, a los tipos de cambio internacionales y a la estructura del ordenamiento financiero internacional.

En cuanto al primero, fue crucial el trabajo de 1963 de Friedman y Anna Schwartz acerca de la historia monetaria de los Estados Unidos durante el período 1867-1970, en el cual esencialmente comprobó la capacidad predictiva de su modelo de una nueva teoría cuantitativa, que había desarrollado pocos años antes (concretamente, su Reafirmación de la Teoría Cuantitativa del Dinero, escrito en un libro que editó en 1956 y que fue la base para un replanteamiento de la simple teoría cuantitativa del dinero de Hume y de otros clásicos).  En este artículo Friedman postula que la teoría cuantitativa lo es acerca de la demanda de dinero, cuya estabilidad hace predecible que los cambios en la cantidad de dinero en circulación se reflejan en el ingreso monetario y principalmente en los precios. Así, presentó una  alternativa al complejo modelo keynesiano de equilibrio general para entender el comportamiento de los precios (y por ende del ingreso monetario): los cambios en la cantidad de dinero en la nueva demanda de dinero, dado ese vínculo estable entre dinero y precios que postuló Friedman, eran mejor guía que los cambios autónomos que predecía Keynes.

En Costa Rica, en los años sesentas, vivimos un debate en torno al papel del banco central en cuanto a la emisión de dinero y su efecto sobre la producción (aún el año antepasado se dio un resabio de esta vieja discusión), pues, en mucho por una tradición académica keynesiana en el país, producto del enorme peso intelectual del keynesiano Rodrigo Facio, se consideraba que el banco central debía de emitir dinero a fin de lograr un mayor crecimiento de la economía (políticamente esto se vio en el libro de José Figueres, La Pobreza de las Naciones). Sin embargo, Friedman ya había demostrado teórica y prácticamente que una política monetaria tal a lo que daba lugar -cuando se emitía más allá de cierto porcentaje de dinero- era un indeseable proceso inflacionario, que alteraba todas las señales que brinda un mercado y no a un aumento de la producción.

El último suspiro de la posición keynesiana creo que se dio en los primeros años de la década de los setentas y me parece que para ese entonces la posición básica cuantitativa Friedmaniana se había enraizado en el país. Se llegó a aceptar que la inflación era, en todo momento, un fenómeno inflacionario e incluso que en instantes cruciales de la economía occidental, allá por la década de los sesentas, cuando se pretendió disminuir el desempleo mediante la inflación, con base en la keynesiana curva de Phillips, se encontró con la alternativa planteada por Friedman -en mucho derivada de un planteamiento original de él- de que lo que se lograba con una expansión monetaria para lograr el objetivo de disminuir la desocupación, al final del camino no existía tal opción alternativa entre tener un menor desempleo a costas de mayor inflación, sino que se concluía con ambos males simultáneamente: esto es mayor inflación y mayor desempleo. Este fue el tema, que luego lo desarrollaré un poco más, que expuso en su conferencia al recibir el Premio Nobel en Economía en 1976.

Sin embargo, aún en 1982, el presidente Carazo no había logrado comprender el alcance del planteamiento friedmaniano, al expresar en su último discurso presidencial, el primero de mayo de 1982, que puesto “a escoger ante la ausencia de acción legislativa, entre la inflación y el desempleo, se escogió entre ambos males el menor, la inflación y la paz social se ha mantenido, esto indica que la decisión fue acertada.” El hecho es que “se omite la evidencia que los datos muestran: esto es, la simultaneidad de una enorme inflación y un elevado desempleo. No se optó entre dos males: se eligieron los dos conjuntamente.” (Jorge Corrales, Inflación y Control de Precios, 1984, p. 57).
En los últimos años hemos evitado este daño dual; incluso en el momento actual, en que experimentamos una elevada tasa de desocupación (de alrededor del 10%), nadie está sugiriendo que volvamos a cometer el mismo error de principios de la década de los ochenta, cual fue la emisión excesiva de la cantidad de dinero en circulación con el consecuente proceso inflacionario. Gracias al pensamiento de Friedman, ahora no cometeremos el mismo error: eso espero.

Otro tema económico en que creo nos influyó el pensamiento de Friedman, es en cuanto al abandono de los tipos de cambio fijos que se fue dando gradualmente hacia esquemas mucho más flexibles, pero no al nivel que Friedman propuso de tipos de cambio plenamente flexibles. Vigente desde la década de los años treinta, ciertamente allá por los años sesentas todo el sistema cambiario mundial se basaba en tipos de cambio fijos de las monedas de las distintas naciones, con base en un valor determinado por el dólar de los Estados Unidos en términos del oro (patrón seudo oro, lo llamó Friedman). Operaba bajo la égida del Fondo Monetario Internacional, institución inspirada en el pensamiento keynesiano, mediante el acuerdo de Bretton Woods, en 1944, que creó al dólar como moneda de referencia internacional. Fue en su libro de 1953, Ensayos sobre Economía Positiva, en donde publicó un artículo que fue leído en todo lado en donde existiera un buen economista. Me refiero a “El Caso en Favor de los Tipos de Cambio Flexibles.” Fue un tremendo caso, pues, desde que lo presentó, se dio un enorme movimiento de la profesión para disponer de una mayor flexibilidad cambiaria, en cuanto al comercio internacional.

Pensemos en Costa Rica -al igual que todas las demás naciones del mundo- allá por la década de los setentas, con un sistema financiero internacional definido por un régimen cambiario fijo, en donde las variaciones de tan importante precio relativo tan sólo se daban con cierta inusitada violencia, en contraste con el ajuste gradual de su alternativa, los tipos de cambio flexibles. Se daban fuertes devaluaciones casi siempre después de un período en que el Fondo Monetario hacía todo lo posible para evitarla, principalmente con políticas de facilidades de préstamo para evitar el ajuste en las naciones en problemas. Pero casi lo único que se lograba era posponer el ajuste por un tiempo, concluyendo usualmente en una devaluación de mayor magnitud que al inicio.

Cuando Nixon, presidente de los Estados Unidos, suspendió en 1971 la garantía de conversión del oro del dólar, se acabó formalmente con el patrón de cambio oro vigente en el ordenamiento del comercio internacional. Dicha suspensión abrió la posibilidad para que el tipo de cambio flexible hiciera avances hacia un sistema cambiario, sujeto a ajustes usualmente pequeños del valor de la moneda de un país con respecto a la del otro.

Se puede alegar que aún hoy no hay un sistema puro de fluctuación cambiaria, pero el hecho es que diariamente se dan variaciones en las cotizaciones de las monedas, y las intervenciones gubernamentales para mantener un tipo de cambio desalineado no suelen ser de gran magnitud.  No hay duda que el orden monetario internacional se ha enrumbado en el plan de Friedman y el mismo Fondo Monetario Internacional, a la fecha, se circunscribe básicamente a apoyar acuerdos con naciones, en cuanto a mantener una inflación dentro de valores “apropiados”, pero no ya para mantener valores artificiales de los tipos de cambio.

Pero Friedman creo que tuvo un impacto en el pensamiento económico que fue más allá del campo monetario como aquel del comercio internacional. Lo hizo en cuanto a la efectividad de la política fiscal, principalmente referida al enfoque keynesiano de la curva de Phillips, que suponía que era posible aumentar la inflación a fin de reducir, a cambio, el desempleo. Friedman demostró que esa política era errada. La idea del economista keynesiano Phillips de que, aumentando la oferta de dinero (inflación), se podía reducir el desempleo, no tomaba en cuenta que la gente anticipaba el crecimiento de los precios sobre sus salarios reales. Es decir, que en el mercado de trabajo, en la oferta laboral, regía aquello de que “no se puede engañar a las personas todo el tiempo.” La inflación reducía el salario real del trabajador y ellos incorporaban dicho resultado en su oferta de trabajo. La prosperidad inicial lograda por la expansión monetaria, que hacía que aumentara la actividad económica y que se absorbiera parte del desempleo inicial, con el paso del tiempo y, al tomar en cuenta los participantes en la economía las expectativas de inflación, provocaba un regreso a la situación inicial de desempleo, pero con una mayor inflación.  Por ello, si se decide como política económica aumentar la emisión monetaria para reducir el desempleo, sólo logrará acelerar la inflación y se volverá al mismo desempleo inicial, una vez incorporadas las expectativas de una inflación mayor en el mercado laboral.

Si además, por su parte, el estado introduce medidas para controlar los precios y con ello pretender “reducir” la presión inflacionaria, lo que hace es crear distorsiones adicionales que reducen la producción en la economía. Con ello se logra al final de cuentas una mayor inflación y un mayor desempleo en comparación en comparación con la situación inicial (tal como sucedió en Costa Rica a principios de la década de los ochenta). Creo que en la actualidad -siempre habrá excepciones- pocos economistas en el país propondrían una política fiscal para reducir la desocupación, como la que bien criticó Friedman. Creo que la lección ha sido bien aprendida… hasta este momento, principalmente gracias a Friedman.

Finalmente, aún en el campo de la teoría económica, Friedman se destaca por su desarrollo de la teoría de la función consumo, en su obra Una Teoría de la Función Consumo, escrita en 1957, en donde postula que el determinante del consumo no lo es el ingreso corriente, como lo había planteado Keynes y que fue base para su teoría del multiplicador, utilizando la política fiscal para estabilizar el ciclo económico.  Por el contrario, Friedman señala que el determinante del consumo individual es el ingreso permanente, pues las personas esencialmente gastan de acuerdo con los ingresos futuros esperados y no con el ingreso actual, el del momento. Este concepto de la función consumo de Friedman fue esencial para que se le otorgara el Premio Nobel.

Además, la incorporación del concepto del ingreso permanente a la teoría de la demanda de dinero, le permitió a Friedman reforzar su idea de la estabilidad en la demanda de dinero. Keynes, por el contrario, había señalado que la demanda de dinero era muy inestable ante cambios en el ingreso, lo cual reafirmaba la supuesta incapacidad de la política monetaria para lograr el equilibrio general de la economía, lo cual no era el caso con la política fiscal de ingresos y gastos estatales, para estabilizar el ciclo económico que Keynes proponía.

Friedman fue una persona muy rica en cuanto a generar ideas acerca de distintos temas en los cuales los aspectos económicos eran cruciales, esencialmente en el marco de un estado pequeño y sujeto a frenos y contrapesos. Estimuló, en palabras de Micklethwait y Woolridge, “una revolución contra el siempre creciente estado occidental –una revolución que ‘pensaría lo impensable’, sin embargo, a lo más que se pudo, exitosa sólo a medias”.  ¡Como que nos toca a nosotros llevar esa lucha a plenitud, edificando sobre el ideario de Friedman!

El libro que creo partió aguas en cuanto a popularizar el pensamiento liberal, fue su Capitalismo y Libertad, escrito en 1962, y reforzado luego con columnas en la revista Newsweek, que después aparecieron como libros en La Protesta de un Economista y No Hay Tal Cosa como un Almuerzo Gratis. Estos libros fueron seguidos por Libre para Elegir en 1980 y la Tiranía del Status Quo, también escrito en 1984. Ambos, como muchos otros, con la colaboración de su colega y esposa, Rose, en 1980.

Me concentraré en algunos de los principales temas desarrollados por Friedman, en que considero que éste influyó en muchas mentes en nuestro país, al igual que como lo hizo con las obras técnicas citadas antes, principalmente la necesidad de disponer de un banco central independiente, que se controlara la inflación, una mayor aceptación de flexibilidad en el tipo de cambio y un rechazo a la llamada curva de Phillips.

Fue un pensador liberal, John Burton, quien una vez escribió que “captar la esencia de un pensador tan prolífico como Milton Friedman es como tratar de atrapar las Cataratas del Niágara con un balde”. Escogeré algunas de las ideas, principalmente del libro, Capitalismo y Libertad, para evaluar el posible impacto que han tenido en el pensamiento liberal costarricense y obviamente en círculos socialistas y estatistas, en donde ha sido visto casi como la encarnación del demonio.

No dudo que el planteamiento general de Friedman acerca del papel del estado (así como el de Hayek y su obra Los Fundamentos de la Libertad) tuvo fuerte influencia entre un grupo de gente, que allá por los años sesentas surgió deseosa de brindarle al país un camino distinto a un socialismo rampante en todo el país. Era el camino de la libertad y la Asociación Nacional de Fomento Económico (ANFE) fue su cuna.  También permeó medios de comunicación y aulas universitarias, principalmente en escuelas de economía, negocios y derecho. Antes de Friedman (y Hayek), la idea de la libertad no se encontraba tan bien desarrollada en textos modernos y sólo se podía conocer por la lectura de  clásicos primordiales de muchos años atrás.  Eso le dio a sus ideas un carácter de modernidad, adaptadas al mundo actual, que a la vez tenían sustento en el pensamiento liberal clásico conocido de siglos previos.

El marco general del pensamiento friedmaniano lo constituye su apreciación de que, en palabras de su biógrafo Eamonn Butler, “el sistema de intercambio voluntario, por su misma descentralización, amplitud y diversidad, evitaba la concentración masiva del poder y representaba por tanto una amenaza menor para la libertad individual, que la alternativa colectivista. El poder de un capitalista es limitado: sus competidores pueden socavar rápidamente el control que tenga de cualquier mercado, si es que sirven mejor al cliente. El poder de un gobierno, en cambio, sólo está limitado por su posibilidad para usar la fuerza.” (Eamonn Butler, Milton Friedman: Su pensamiento económico, México, D.F.: Editorial Limusa, 1989, p.p. 29-30).

Desde tal perspectiva, uno puede entender sus propuestas concretas como, por ejemplo, la reforma para instaurar vales (vouchers) para la educación.  Se trata de que “los gobiernos requieran un nivel mínimo de clases que será financiado dándoles a los padres unos ‘vouchers’, que serían canjeables por una suma anual máxima especificada por cada niño, a fin de que sea gastada en la compra de servicios educacionales en instituciones ‘aprobadas’. Los padres podrán gastar esa suma, además de lo propio que deseen, escogiendo entre aquéllas que libremente sean de su gusto.” (Capitalism and Freedom, p. 90). Estos vouchers podrán ser usados tan sólo para pagar gastos en educación, que podrá ser tanto privada como estatal.

Esta propuesta de Friedman pretende lograr varios objetivos. En primer lugar, el reconocimiento de externalidades en la educación primaria. En segundo lugar, ampliar la posibilidad de elección de los consumidores, más allá de la uniformidad estatista. Tercero, como la competencia estimula la eficiencia, se lograría así una mejora en la calidad de la educación.

Se puede alegar que en Costa Rica esta idea de Friedman no se ha convertido en una realidad, pero no hay duda de que mucha de la discusión acerca de la calidad de la educación en Costa Rica, gira cada vez más alrededor, no del porcentaje del PIB que en ella se gasta y de un gasto que un gobierno manga ancha suele promover siempre, pues eso le genera votos de un importante gremio. Se trata de lograr una educación de alta calidad en el país, que parece irse quedando corta cada vez más con respecto al crecimiento de los recursos destinados a ella. Aquí es en donde entra esta idea de Friedman, que me parece que cada vez goza de mayor consideración. (Un dato: Friedman al morir legó una parte importante de su herencia para la creación de un centro en su país, que promoviera reformas como las suyas para la educación).

Hay otras naciones en donde se han tenido valiosas experiencias, como son los casos de Estados Unidos, Suecia, Hong Kong, Colombia, Puerto Rico, Irlanda, Pakistán, entre otros países.  El hecho es que este tema tan importante, que está siendo objeto serio de consideración en distintos países, en Costa Rica no es así, aunque posiblemente su hora llegará, ante el desencanto ciudadano con la calidad de la educación pública básica que hoy brindamos.

Friedman ha influido en nuestro país en cuanto a la importancia de la competencia en contraste con lo onerosos que son los monopolios.  La propuesta de Friedman en esto es muy clara: eliminar aquellas medidas que brindan un apoyo directo a la existencia del monopolio, ya sea en empresas así como en el campo laboral. La existencia de monopolios suele deberse más a la acción del estado que intenta evitar la competencia, que por una colusión de individuos privados.  Esa acción dañina del estado se observa no sólo en cuanto al comercio exterior por una imposición de aranceles proteccionistas, sino en la existencia de monopolios estatales propios, al igual que por favores políticos concedidos a empresas privadas para cerrar la entrada de otros competidores. La promoción de la competencia en una economía constituye, en mi opinión, una de las propuestas de Friedman que mayor impacto ha tenido y que lo sigue teniendo en nuestro país, pues aquí la lucha por abrir monopolios está aún muy presente.

Ubiquémonos por un momento en Costa Rica, en la década de los sesentas. El tema de la bondad de los monopolios estatales empezaba a ser cuestionado, en un marco político que todavía mayoritariamente abogaba por un estado creciente y caracterizado por la preeminencia de monopolios públicos. Ello se vio al salir a la luz un manifiesto estatista de aquella época, conocido como Patio de Agua, que dio lugar a una fuerte discusión cívica. Casi que era la moda que el estado creara alguna nueva entidad como monopolio estatal, en cada nueva administración que lograba ascender al poder. Gracias a la ANFE y sobre todo a la influencia ideológica de dos grandes titanes del pensamiento liberal, Friedman y Hayek, fue que en el país se discutió con mayor amplitud, a principios de la década de los setentas e incluso en los años ochenta, la idea de someter a la competencia privada al notorio monopolio estatal de captar recursos del público en cuentas corrientes. Algo se logró a mediados de esa última década, pero no fue sino hasta la mitad de la década de los años noventa, cuando se abrió la posibilidad de que el monopolio que la banca estatal tenía de recibir depósitos del público, fuera asequible competitivamente a la banca privada. La banca privada en el país tenía pocos años de existir formalmente -lo que hubo previamente fue en las sombras- pues había un monopolio del estado que la había excluido por casi cuatro décadas.
No hay duda que la claridad de Friedman en cuanto a señalar la inconveniencia de los monopolios, ayudó a que la opinión pública viera con buenos ojos la apertura a la plena y (casi) libre competencia del sistema bancario nacional.   

Las razones, en resumen, que Friedman expuso, entre otras, para oponerse al monopolio, fueron porque: (1) restringe la libertad de escoger de los consumidores; (2) frena la competencia que obligaría a una reducción de los precios; (3) obliga al consumidor a pagar más de lo que pagaría en competencia; (4) restringe la competencia que forzaría una mejora en la calidad del producto, pues obliga al consumidor a comprar lo que haya en el mercado (especialmente si no hay sustitutos cercanos); (5) el único productor o proveedor no tiene incentivos para innovar, sino para mantener el statu quo que tanto le beneficia; por eso se opone a que un competidor pueda entrar a competir con innovaciones; (6) al producirse menos, disminuye el empleo en la economía y el bienestar general; (7) el mayor precio que logra el monopolista equivale a un impuesto privado que pagan los consumidores; (8) la regulación gubernamental de los monopolios no siempre ha tenido éxito en la práctica, debido a la “captura” de los órganos regulatorios por parte de los regulados; (9) los monopolios del gobierno tienen la tendencia a crecer y a que lo sigan haciendo sin una buena razón para ello y (10) porque la regulación gubernamental no es gratuita y usualmente tiene un costo que es trasladado a los consumidores.

Ante esto, Friedman resume su posición en la respuesta a una pregunta formulada en una famosa entrevista que le hizo la revista Playboy, en febrero de 1973. La pregunta: “¿Cómo se siente acerca de los monopolios privados? ¿Deberán ser divididos o regulados estrechamente por el gobierno?”. La respuesta: “El problema con este tipo de discusión está en que se hace una distinción entre el mundo real y el mundo ideal. Para un mercado libre ideal, usted querría un gran número de productores. Para un gobierno ideal, querría un santo. En la ausencia de ambos, tienes tres alternativas: un monopolio privado sin regulación, un monopolio privado regulado por el gobierno y un monopolio estatal. Todas las tres alternativas son malas, pero, en mi opinión, la mejor de las malas opciones es un monopolio privado sin regulación.” Si quieren preguntarme luego por qué Friedman prefiere esta última opción, con gusto se los diré.

El tema del monopolio está vigente en nuestro país. No sólo tenemos claros monopolios en el estado, sino que ese mismo estado, al tratar de restringir la competencia proveniente del exterior, ya sea mediante aranceles o medidas no arancelarias, elimina casi el único factor que impide que surja una serie de monopolios privados en el país. Por eso hablamos de un sistema de mercado competitivo: evitar la coerción contra los consumidores, que en una economía libre son debidamente soberanos; ya sea que esa coerción provenga de un monopolio gubernamental o de uno privado, usualmente promovido por políticas estatales.

Mucho podría comentar acerca de propuestas que uno relaciona con los escritos de Friedman, pero no lo puedo hacer por limitaciones de tiempo. Así, dejaré de lado importantes temas que él desarrolló, como su propuesta de un impuesto negativo al ingreso para ayudar a los relativamente pobres, en vez de la ineficiente parafernalia estatal dedicada a la lucha contra la pobreza. Asimismo, acerca de restricciones en los mercados de trabajo, no sólo por fijaciones arbitrarias de salarios mínimos por encima del salario de equilibrio en el mercado, sino también por obstáculos que imponen los llamados colegios profesionales. También dejo de lado el análisis que hizo de muchas políticas de fijación de precios, como a los alquileres de viviendas y a los intereses, entre muchos otros casos, que afectan la esencia de la operación de los mercados, en cuanto a su papel de transmitir la información requerida en todas las transacciones de una economía.

Sin embargo, quiero referirme a una propuesta de Friedman y de su esposa Rose, que en nuestra situación actual de un alto déficit del sector público, tiene una enorme utilidad. Me refiero a la pretensión de resolver dicho problema primordialmente por un aumento de los impuestos y, de no ser así, por medio de un incremento en el endeudamiento del estado.  Esa propuesta la formulan los esposos Friedman en su famosa publicación Libre para Elegir, escrita en 1980.

El objetivo de su propuesta es introducir reformas constitucionales que corrijan un sistema como el actual, por el cual diputados democráticamente electos votan a favor de gastos gubernamentales, que exceden lo que los votantes aprobarían. La razón es que el cuerpo político tiende a favorecer a grupos que poseen intereses concentrados, diferentes de aquellos difusos que tiene toda la ciudadanía. Esto calza muy bien dentro de la lógica de maximización del poder de los políticos. Un grupo de interés aglutinado gastará recursos, con tal de obtener su objetivo. Pregunto: ¿Por qué creen ustedes que suelen dar tanta plata a los políticos para sus campañas electorales? Por el contrario, cuando los intereses de un grupo son muy dispersos, como sucede en el caso de la sociedad como un todo, el beneficio que recibe cada ciudadano de la acción legislativa de gasto posiblemente es muy pequeño, en comparación con el costo que implica lograr dicha aprobación.

De aquí surge la importante idea de limitar constitucionalmente los presupuestos de que pueden disponer los políticos para sus gastos complacientes de intereses concretos de distinta índole. Esta limitación del gasto gubernamental es independiente de la forma en que es financiado: con impuestos, imprimiendo dinero o endeudándose. Con aquella, los distintos grupos de intereses coaligados competirán entre sí por una porción de ese presupuesto, en vez de promover que crezca y crezca a expensas de la generalidad de los contribuyentes. No me referiré en detalle a la propuesta, pero me parece que allí está, esperando la evolución del ejemplo griego de la actualidad, a fin de que puedan algún día tener la opción de plasmarse en la ley constitucional.

Hablar de las múltiples propuestas y con la profundidad que se merecen, me llevaría muchísimo tiempo, el cual es escaso.  Pero quiero traer a colación un hecho que a veces se olvida en esa lucha permanente de Friedman en favor de la libertad.  Lo viví cuando estudiaba en los Estados Unidos, allá por los años sesenta y principios de la década de los setenta.  Esa nación estaba empantanada en la sangrienta guerra de Viet Nam. Era notorio el malestar con ella de los jóvenes, sobre todo entre los universitarios. Friedman abogó en un comentario en diciembre de 1966 a favor de eliminar la conscripción obligatoria del ejército de los Estados Unidos.  Lo hizo por varios años, hasta que, a principios de 1970, se vislumbró que sería una realidad y así lo fue.  En esos momentos cedió mucha de la presión en contra de la guerra de Viet Nam.  La lucha de Friedman no sólo logró eliminar una de las mayores limitaciones a la libertad en aquel entonces en los Estados Unidos, sino que también promovió la aceptación en su país de una moderna y libremente integrada fuerza militar, algo esencial para mantener la libertad en aquella nación.

Esto último, obviamente, no tuvo un impacto directo en nuestro país, sin ejército y, menos aún, sin  conscripción (aunque aún tenemos ciertos servicios obligatorios que se le imponen a estudiantes universitarios), pero es representativo del impacto que las ideas de Friedman tuvieron sobre la humanidad y de ello no escapa nuestro país.  Friedman se convirtió en una gran inspiración para muchos de nosotros -no sólo de economistas, pero sí ciertamente de muchos de ellos- sino, en general, para mucho costarricense que sistemáticamente ha defendido la libertad.

Para concluir, vuelvo al libro de Micklethwait y Woolridge, que cité al puro principio de esta charla:

“Aquél veredicto [de Friedman, que les transcribí al inicio de esta exposición] se puede decir que sería más deprimente hoy en día, especialmente cuando usted observa al gobierno no sólo en su tamaño, sino en su poder. El corazón del mensaje de Friedman, como el de Mill, fue la libertad. Hay treinta y dos cámaras de circuitos cerrados de televisión en el apartamento en donde George Orwell escribió su obra 1984. El vigilante nocturno, de pie, haciendo guardia en la entrada, se ha convertido en la niñera de adentro de la casa y de la oficina, colgada encima de nuestros hombros, en el comedor y en la sala de juntas y aún del dormitorio. Pero no es buena niñera. El estado ha acumulado, como nunca antes, más responsabilidades, así como ha impuesto muchos mayores costos ocultos sobre todos nosotros. Pero su habilidad para cumplir con esas responsabilidades ha declinado. La única esperanza es que la frustración está empezando a generar la esperanza de un cambio.” (Op. Cit., p. p. 100-101)

Esa esperanza la tuve en mis manos cuando don Alberto Di Mare me presentó a Milton Friedman, en una reunión de la Sociedad Mont Pelerin en 1975, y en donde tuve el placer de estrechar la mano de Friedman y de conversar un buen rato con él.  Es la misma esperanza que renuevo cada vez que vuelvo a leer su libro -uno de mis favoritos- Capitalismo y Libertad y en donde me encuentro con la dedicatoria del libro que Friedman escribió para sus hijos. Dice así “Para Janet y David, y a sus contemporáneos, quienes deben acarrear la antorcha de la libertad en la próxima vuelta.” Es a nosotros, a ustedes, a quienes nos corresponde acarrearla en esta historia de la humanidad, que es una historia de libertad.

Muchas gracias y muy buenas noches.

OBRAS DE FRIEDMAN CITADAS EN ESTA CONFERENCIA:
Milton Friedman, Essays in Positive Economics, [Ensayos sobre Economía Positiva], Chicago: The University of Chicago Press, 1953.
Milton Friedman, "The Quantity Theory of Money: A restatement" [Reafirmación de la Teoría Cuantitativa del Dinero], en Milton Friedman, editor, Studies in the Quantity Theory of Money, [Estudios acerca de la Teoría Cuantitativa del Dinero], Chicago: University of Chicago Press, 1956.
Milton Friedman, A Theory of the Consumption Function, [Una Teoría acerca de la Función Consumo], Princeton: Princeton University Press, 1957.
Milton Friedman, Capitalism and Freedom [Capitalismo y Libertad], Chicago: The University of Chicago Press, 1962.
Milton Friedman y Anna J. Schwartz, A Monetary History of the United States, 1867-1960, [Una Historia Monetaria de los Estados Unidos, 1867-1960], 1963.
Milton Friedman, An Economist’s Protest, [La Protesta de un Economista], New Jersey: Thomas Horton and Company, 1972.
Milton Friedman, Interview Playboy Magazine. [Entrevista de la Revista Playboy], 1973.
Milton Friedman, There’s No Such Thing as a Free Lunch, [No Existe tal Cosa como un Almuerzo Gratuito], LaSalle, Illinois: Open Court, 1975.
Milton Friedman, "Inflation and Unemployment: Nobel lecture", [Inflación y Desempleo: Discurso en ocasión de recibir el Premio Nobel en Economía], Journal of Political Economy. Vol. 85, p.p. 451–72, 1977.
Milton y Rose Friedman, Free to Choose: A Personal Statement, [Libre para Elegir: Una declaración personal], New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1980.
Milton y Rose Friedman, Tyranny of the Status Quo, [Tiranía del Statu Quo], New York: New York: Harcourt Brace Jovanovich, 1984.

OTRAS OBRAS DISTINTAS DE LAS DE FRIEDMAN CITADAS EN ESTA CHARLA:
Figueres Ferrer, José, La Pobreza de las Naciones, San José, Costa Rica: Imprenta Nacional, 1973.
Burton, John, “Positively Milton Friedman.” [Positivamente Milton Friedman], in J.R. Shackleton and Gareth Locksley, editors Twelve Contemporary Economists, [Doce Economistas Contemporáneos], New York: John Wiley and Sons. 1981.
Corrales Quesada, Jorge, Inflación y Control de Precios, San José, Costa Rica, Editorial Stvdivm, Universidad Autónoma de Centro América, 1984.
Butler, Eamonn, Milton Friedman: Su pensamiento económico, México, D.F.: Editorial Limusa, 1989.
Burguin, Angus, The Great Persuasion: Reinventing Free Markets Since the Depression [La Gran Persuasión: Reinventando los Mercados Libres a partir de la Gran Depresión], Cambridge: Harvard University Press, 2012.
Micklethwait, John and Woolridge, Adrian, The Fourth Revolution: The Global Race to Reinvent the State, [La Cuarta Revolución: La Carrera Global para Reinventar el Estado], New York: The Penguin Press, 2014.

Por Jorge Corrales Quesada

martes, 28 de octubre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: conclusión

Sí, con esto ya concluyo mi serie de comentarios acerca del libro de Milton Friedman, Capitalismo y Libertad. Precisamente aquél es el título de su último capítulo, pero que, en realidad, tan sólo era el final de un inicio de Friedman como un escritor asequible no sólo a los economistas profesionales, sino al gran público. Por ello, posteriormente fue que vimos sus columnas en la revista Newsweek, las que luego fueron recogidas en un par de libros populares, pero, ante todo, aquella obra escrita junto con su esposa, Rose, que ha sido tal vez la más popular de todas; me refiero a “Libre para Escoger”, escrito en 1980 y que incluso dio lugar a 10 videos que recorrieron gran parte de las pantallas de televisión en muchos hogares del mundo.

Me interesa darles una idea del alcance y oportunidad del pensamiento de Friedman. Hace un par de noches, veía en la televisión una reseña histórica de los acontecimientos durante la guerra fría -en este caso de los sesentas- y pude recrear lo que fue común en mi época de estudiante de economía en los Estados Unidos, a mediados de aquella década: enormes protestas, principalmente de estudiantes en edad de ser reclutados por el ejército de ese país, para ir a la guerra en la lejana Viet Nam. La conscripción era cosa común y obligaba a servir al ejército a cualquiera que, en ese momento, fuera mayor de 18 años hasta, creo, unos treinta años. Era lógico que los estudiantes no querían ser soldados obligadamente, además, en ese caso particular, para ir a una lucha que no les parecía deseable, según sus creencias.

Pues bien, en la revista Newsweek del 19 de diciembre de 1966, en la cual Milton Friedman escribía una columna, creo que cada semana, señaló que “la conscripción militar es indeseable e innecesaria. Podemos y debemos disponer de los hombres para nuestras fuerzas armadas con voluntarios –como la han hecho siempre los Estados Unidos excepto en las grandes guerras… nuestro método actual (de reclutamiento forzado) es injusto, da lugar al desperdicio y es inconsistente con nuestra sociedad libre…no es equitativa porque hay consideraciones irrelevantes que tienen un gran peso en definir quién debe servir en el ejército. Provoca ineficiencia debido a que aplaza el servicio militar para quienes están estudiando, padres o jóvenes casados abarrotan las universidades, eleva la tasa de nacimientos y aviva las cortes especializadas en divorcios. Es inconsistente con una sociedad libre, pues exige el servicio obligatorio de algunos y limita la libertad de otros para viajar al extranjero, que emigren o que incluso que hablen o actúen libremente. En tanto que se mantenga la coacción, esos defectos son inevitables… (Milton Friedman, “A Volunteer Army,” An Economist’s Protest, New Jersey: Thomas Horton and Co., 1972, p. 119. El texto entre paréntesis es mío). 

Cuando al fin se aprobó eliminar el reclutamiento obligatorio -como lo había propuesto Friedman, entre otros- casi que se extinguieron las protestas estudiantiles en contra de la guerra en Viet Nam. Es claro que no se puede adjudicar la decisión de abolir el alistamiento obligatorio a lo que Friedman señaló en aquel comentario, tal como en otros, al abogar a favor de la libre y voluntaria participación en los ejércitos, pero no tengo duda de que él estaba en la línea correcta y en el momento oportuno.

Friedman empieza este capítulo final refiriéndose a la práctica usual en la conversación, por la cual se compara un capitalismo real, con todas las injusticias y defectos que se le puedan adscribir, con un socialismo puro y perfecto, que sólo es posible en un mundo ideal. Eso, en su opinión, fue la causa de que muchos intelectuales a partir de los años veinte y treinta del siglo pasado, se acercaran hacia un socialismo que no sólo evitaría injusticias, sino que también predicaba que brindaría un mayor crecimiento económico, aunque para ello fuera necesario recurrir a gobiernos todopoderosos, que controlaran la vida económica y política de las naciones. 

Friedman indica que “Las actitudes de aquella época están aún con nosotros. Persiste una tendencia a vislumbrar cualquier intervención existente del gobierno como si fuera algo deseable, de atribuir todos los males al mercado y de evaluar cualquier propuesta de control gubernamental en su forma ideal, como que pudiera funcionar si tan sólo fuera puesta en práctica por personas capaces y desinteresadas, libres de la presión de intereses de grupos especiales. Los proponentes del gobierno limitado y de la libre empresa aún hoy están a la defensiva. (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 197).

Esa observación expresada a finales de los años sesentas del siglo previo, podría haber sido aplicada a la actualidad, pues aquella visión, trasladada al 2014, sigue vigente, a pesar de que, en mi opinión, se hayan dado acontecimientos cruciales como la caída del imperio socialista soviético. Ella, si bien ya mostraba un deterioro gradual de su economía y la de los países que integraban ese bloque político, e incluso fuertes tendencias independentistas de naciones que con anterioridad eran pilares de dicha alianza, no sucedió sino hasta el 26 de diciembre de 1991, cuando formalmente dejó de existir la anterior Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Uno de sus grandes efectos fue el abandono casi generalizado de las previas políticas socialistas causantes del deterioro de aquellas economías.

Asimismo, el mundo capitalista, a veces a saltos y a brincos, ha logrado ampliar enormemente la riqueza de la humanidad, de manera que no pareciera existir un modelo económico actual que consistentemente y con  base en sus fundamentos, pueda competir con los logros de los sistemas de mercado. La globalización del capitalismo se ha visto evidenciada por el impulso y ampliación de las economías basadas en sistemas de mercado y esencialmente por elementos propios del capitalismo, como son la propiedad privada y la libertad de empresa, en mayor o menor grado en distintos países.  Ejemplo notable es el enorme cambio económico de China, al hacer un fuerte abandono del socialismo en el campo económico y evolucionar hacia instituciones mucho más cercanas a las que son propias de un orden de mercado.

En la actualidad son pocos los países que prosiguen un socialismo duro, caracterizado por una tendencia a la toma centralizada de decisiones económicas, como podrían ser Corea del Norte, Cuba, Bielorrusia y, de acuerdo con algunos, con los cambios antes citados, China, Viet Nam y Laos. Hay otras naciones que también podrían considerarse que en la actualidad prosiguen políticas hostiles a los mercados, como, por ejemplo, Venezuela y Siria, entre otros. Pero claramente aún distan mucho de las características de las economías del área de influencia de la Unión Soviética, propias de los años en que Friedman escribió Capitalismo y Libertad, como fueron Afganistán, Albania, Alemania del Este, Angola, Benín, Bulgaria, Cambodia, Congo, Checoeslovaquia, Etiopía, Hungría, Mongolia, Mozambique, Polonia, Rumanía, Somalia, Yemen del Sur y Yugoeslavia, además de, por supuesto, la propia Unión Soviética.

En la actualidad aún permanece una fuerte inclinación hacia medidas socialistas no tanto en cuanto a la prosecución de un sistema económico de planificación central, sino en la preferencia y apoyo a la intervención del gobierno comparado con la operación del mercado, como medio para resolver diversas situaciones concretas de índole económica. Por ello me llama la atención la advertencia que hizo Friedman de que las condiciones han cambiado, pues “ahora tenemos varias décadas de experiencia con la intervención gubernamental” (Ibídem, p. 197). La realidad es que aún dicha inclinación sigue teniendo vigencia plena en la fecha en que escribo estos apuntes, a pesar de lo que Friedman nos indica para 1967, cual es que “ya no es necesario comparar al mercado tal como opera en la realidad con la intervención gubernamental tal como funcionaría idealmente. Ahora podemos comparar lo real con lo real.” (Ibídem, p. 197). Esta última aseveración debería de haber provocado el abandono del socialismo a partir del contraste de la forma en la cual, en realidad, operan ambos sistemas.

No obstante, creo que aún sigue siendo muy útil poder hacer lo que el libro Capitalismo y Libertad nos permite: cotejar la actuación real de los mercados con la intervención socialista de los gobiernos, de manera que, si podemos comparar ambas realidades, como dice Friedman, “es claro que la diferencia entre el funcionamiento real de los mercados y su operación ideal -aunque indudablemente es grande- no es nada, comparada con la diferencia que hay entre los efectos reales de la intervención gubernamental y sus efectos esperados.” (Ibídem, p. 197).

Friedman plantea dos preguntas que vale la pena repetir, pues veremos si tienen sustento en el caso de los Estados Unidos, que es a lo cual él se refiere: “¿Cuál, si es que alguna, de las grandes ‘reformas’ de décadas pasadas ha logrado sus objetivos? ¿Se han hecho una realidad las buenas intenciones de los proponentes de estas reformas? (Ibídem, p. 197). Describiré, con algún orden, las respuestas de Friedman:

1.- “La regulación de los ferrocarriles para proteger al consumidor, se convirtió rápidamente en un instrumento por el cual los ferrocarriles se defendieron de la competencia que pudiera surgir de parte de nuevos rivales –por supuesto que a expensas de los consumidores.” (Ibídem, p. 198).

2.- “Un impuesto sobre la renta, inicialmente promulgado con tasas bajas y que luego fue cogido como medio para redistribuir ingresos en favor de las clases más bajas, se ha convertido en una máscara, encubriendo privilegios tributarios y disposiciones especiales, que han dado lugar a tasas impositivas que, aunque en el papel son altamente escalonadas, resultan ser ineficaces. Un impuesto sobre la renta que pretendió reducir la desigualdad y promover la difusión de la riqueza, en la práctica ha impulsado la reinversión de las ganancias de las empresas, favoreciendo con ello el crecimiento de grandes corporaciones, inhibido la operación de los mercados de capitales y desalentado el establecimiento de nuevas empresas.” (Ibídem, p. 198).

3.- “Las reformas monetarias, puestas en marcha con la intención de promover la estabilidad de la actividad económica y de los precios, exacerbó la inflación durante y después de la Primera Guerra Mundial y, posterior a aquélla, fomentó un grado de inestabilidad mayor que el experimentado con anterioridad.” (Ibídem, p. 198).

4.- “Un programa agrícola que buscaba ayudar a agricultores indigentes y remover dislocaciones básicas en la organización de la agricultura, se ha convertido en un escándalo nacional que ha desperdiciado fondos públicos, distorsionado el uso de los recursos, sujetando a los agricultores con controles crecientemente intensos y detallados, interferido seriamente con la política exterior de los Estados Unidos y, con todo eso, ha hecho muy poco para ayudar al agricultor empobrecido.” (Ibídem, p. 198).

5.- “Un programa de vivienda pública diseñado para mejorar las condiciones de vivienda de los pobres, reducir la delincuencia juvenil y contribuir a la remoción de los tugurios urbanos, ha empeorado las condiciones de vivienda de los pobres, contribuido a la delincuencia juvenil y ha extendido el deterioro urbano.” (Ibídem, p. 198).

6.- “Una extensa legislación fue aprobada en favor de los sindicatos y para promover una ‘justa’ relación con ellos. Los sindicatos se engrandecieron con su fuerza. Ya para la década de los cincuentas, decir ‘sindicato’ se convirtió en una mala palabra; ya no era sinónimo de ‘trabajo’, algo que automáticamente se consideraba como propio de ángeles.” (Ibídem, p. p. 198-199).

7.- “Se promulgaron leyes para que la recepción de ayuda se convirtiera en un derecho, eliminando la necesidad de un alivio directo y de amparo. Hoy millones reciben beneficios de la seguridad social. A su pesar, crecen las listas para recibir ayuda asistencial y se incrementan las sumas gastadas en ella.” (Ibídem, p. 199).

8.- “La lista se puede aumentar fácilmente: el programa de compras de plata durante los treintas, los proyectos públicos de energía, el programa de ayuda externa en los años de posguerra, la F.C.C. (la Comisión Federal de Comercio), los programas de renovación urbana, los programas de acopio –estos y muchos otros dieron lugar a efectos muy diferentes de los esperados y por lo general totalmente antagónicos a los que se pretendieron.” (Ibídem, p. 199. El texto entre paréntesis es mío).

Friedman reconoce que si se han presentado excepciones, e indica las siguientes que son un reconocimiento de la capacidad de los gobiernos para comandar recursos enormes: “Las supercarreteras que entrecruzan al país”; “represas portentosas abarcando enormes ríos” y “satélites orbitando” la tierra. (Ibídem, p. 199).

También señala otros: “El sistema de escuelas que, con todo y sus defectos y problemas, ha posibilitado un adelanto mediante la puesta en marcha de un más efectivo juego de las fuerzas del mercado, ha ampliado las oportunidades disponibles para la juventud estadounidense y ha contribuido a la extensión de la libertad”; “las leyes antimonopólicas Sherman, con todos los problemas de su administración detallada, por su misma existencia han promovido la competencia”; “medidas de salud pública han contribuido reduciendo enfermedades contagiosas”; “medidas de asistencia han aliviado la miseria y el peligro”; “gobiernos locales a menudo han provisto instalaciones esenciales para la vida en comunidades”; “se ha conservado la ley y el orden, aunque en muchas ciudades grandes el desempeño de esa función básica del gobierno ha estado muy lejos de ser satisfactorio.” (Ibídem, p. 199).

“Pero,” dice Friedman, “si se hiciera un balance, hay poca duda de que el récord es deprimente. La mayor parte de las empresas impulsadas por el gobierno en las últimas décadas han fracasado en lograr sus objetivos. Los Estados Unidos han continuado progresando; sus ciudadanos han estado mejor alimentados, mejor abrigados, con mejores viviendas y mejor transporte; se han reducido las distinciones de clases y sociales; los grupos minoritarios están menos desfavorecidos; la cultura popular ha avanzado a pasos agigantados. Todo ha sido resultado de la iniciativa y empuje de individuos cooperando por medio del libre mercado… La mano invisible ha sido un impulso mayor para el progreso que lo que la mano visible lo ha sido para el retroceso.” (Ibídem, p. p. 199-200).

Para Friedman, el principal defecto de las medidas gubernamentales está en que “ellas buscan obligar a la gente, por medio del gobierno, para que actúen en contra de sus propios intereses inmediatos, a fin de promover un  presunto interés general… Sustituyen los valores de quienes están fuera del gobierno por los valores de quienes participan de él; ya sea algunos diciéndoles a los demás lo que es bueno o un gobierno que despoja a algunos para dárselo a otros. Esas medidas son contrarrestadas por una de las fuerzas más poderosos y creativas del ser humano –el intento de millones de individuos de promover sus propios intereses, de vivir sus vidas de acuerdo con sus propios valores… Los intereses de los que hablo no son simplemente estrechos intereses egoístas. Por el contrario, incluyen la totalidad del rango de valores que los hombres aprecian y por los cuales están dispuestos a sacrificar vidas y fortunas… Una virtud de una sociedad libre es que, sin embargo, permite que esos intereses tengan un alcance real y no los subordina a intereses estrechamente materialistas que dominan al grueso de la humanidad. Esa es la razón por la cual las sociedades capitalistas son menos materialistas que las sociedades colectivistas.” (Ibídem, p. p. 200-201).

Termino esta serie de comentarios, haciéndole ver a los amigos lectores que, para mí, ha sido un enorme placer el poder revivir ilusiones e ideas de años mozos, originadas por la lectura del libro de Milton Friedman, Capitalismo y Libertad, hace unos 50 años. Ese renacimiento de mi regocijo es el que he querido compartir con ustedes, mis amigos lectores.

Jorge Corrales Quesada

martes, 21 de octubre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: el alivio de la pobreza

Nótese que Friedman no titula este capítulo de su libro Capitalismo y Libertad, con algo así como “la solución a la pobreza” o “cómo eliminar o suprimir el flagelo de la pobreza”, sino que propone claramente que la idea principal de este capítulo -el llamado impuesto negativo al ingreso y que explicaré de inmediato- serviría para aliviar o moderar el impacto negativo que aquella tiene sobre el bienestar de algunos individuos. 

Friedman empieza este capítulo con un recordatorio muy importante, basado en la evidencia empírica, de algo que en muchas ocasiones es simplemente despreciado o marginado por críticos del sistema capitalista de producción. Tengan presente, antes que nada, que su libro lo escribió en 1963, mucho antes del radical cambio experimentado en las condiciones de vida de naciones de oriente, tales como Hong Kong, Corea del Sur, Malasia, Tailandia, China, Singapur, entre otras, en dónde más recientemente o apenas empezaban en aquel entonces, sistemas fundamentados en mayor o menor grado en los mercados libres. Por tal razón, su remembranza empírica se refiere a los países de Occidente, en donde, dice Friedman, su “extraordinario crecimiento económico experimentado... durante los últimos dos siglos y la extensa distribución de los beneficios de la libre empresa, han reducido enormemente en los países capitalistas de Occidente la extensión de la pobreza en cualquier sentido absoluto. Pero la pobreza es en parte un asunto relativo, y aún en estos países claramente hay mucha gente viviendo bajo condiciones que el resto de nosotros calificaría como de pobreza.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Op. Cit., 190).

Para él, la forma más apropiada de aliviar la pobreza es mediante la caridad privada e incluso trae a colación el hecho de que “los días del apogeo del laissezferianismo, a mediados y finales del siglo XIX en Gran Bretaña y los Estados Unidos, vieron una proliferación extraordinaria de organizaciones e instituciones privadas de caridad. Uno de los mayores costos debido a la extensión de las actividades del estado benefactor ha sido la declinación correspondiente de las actividades privada de caridad.” (Ibídem, p. p. 190-191).  Ciertamente un factor que a veces no es debidamente considerado en la discusión usual acerca de políticas sociales en busca de reducir la pobreza, es la sustitución que se ha provocado del libre ejercicio de la caridad privada por la acción compulsiva del estado.

Friedman acepta el argumento de que existe un factor de externalidad -la eliminación de una deseconomía externa- en el sentido de que uno estaría dispuesto a contribuir a eliminar la pobreza, en tanto que todos los demás también lo hicieran. Por ello, propone, “como si así lo fuera, un piso para el estándar de vida de todas las personas en una comunidad,” (Ibídem, p. 191), lo cual lo conduce de seguido a preguntarse en qué tanto y cómo habría que dedicar recursos para el alivio de la pobreza.
Con el objetivo de responder al “cómo”, considera que es indispensable que cualquier programa se dirija directamente a beneficiar a los pobres, en vez de hacerlo mediante el apoyo a grupos específicos. Tales son los casos frecuentes que se suelen promover o indicar por los políticos, de que dicha ayuda constituye un componente esencial de sus programas agrícolas, aranceles, pensiones para ancianos, leyes de salarios mínimos, permisos para el ejercicio profesional o de oficios, ayuda de vivienda, control de precios, en un casi interminable etcétera. Todo ello en formas de “ayuda” que se suele brindar a los miembros o afiliados de tales de organizaciones o grupos específicos, que están detrás de esas políticas, mas no como un paliativo dirigido a personas o a individuos que, como tales, específicamente lo requieren para aliviar su situación de pobreza. Asimismo, dice Friedman que, en tanto sea posible, ese programa de atenuación de la pobreza debe “operar por medio del mercado, sin que se le distorsione o impida su funcionamiento. Éste es un defecto que tienen las políticas estatales de fijación de precios de garantía o máximos, las leyes de salarios mínimos, los aranceles y similares.” (Ibídem, p. 191).

No sé si es algo original de Friedman, pero la discusión de su propuesta para lograr un alivio a la pobreza, conocida como el impuesto negativo al ingreso, ha sido bastante amplia. No señalaré en esta ocasión las particularidades de dicha oposición, sino que tan sólo me limitaré a hacer un breve y simplificado resumen de ella (para lo cual inventaré una cifra en colones que se me ocurre), a fin de interpretar su fundamento. Si suponemos que la exención básica mensual de impuesto sobre el ingreso es de ₡400.000, quien reciba tal salario pagaría 0% de impuesto sobre la renta. Si, por ejemplo, esa persona obtuviera un ingreso de, digamos, ₡600.000, entonces, pagaría el impuesto sobre el exceso de ₡400.000; esto es, el impuesto correspondiente a ₡200.000. Digamos que la tasa impositiva es de un 10%; esto es, pagaría mensualmente ₡20.000 de impuesto sobre la renta. En la propuesta Friedmaniana del impuesto negativo al ingreso, si el salario que percibe la persona es inferior a aquellos ₡400.000; supongamos, de ₡300.000, entonces, recibiría un subsidio en efectivo. Si se asume que la tasa de dicho subsidio es de un 50%, esa persona recibiría un subsidio o impuesto negativo en dicho caso de ₡50.000 mensuales. Si del todo no tuviera ingreso alguno, el subsidio para la persona sería de ₡200.000. 

Evidentemente, los números sencillos aquí presentados -el qué tanto de recursos se pueden dedicar a aliviar el problema, de lo que antes nos habló Friedman- están en función de si se tienen o no otras deducciones, tales como, por ejemplo, si hay esposa e hijos que no laboran en su familia, así como de cuál sea la tasa de subsidio que la comunidad considera puede destinar para ese objetivo. En todo caso, “de esta manera sería posible fijar un piso debajo del cual no podría caer el ingreso neto de una persona (definido ahora para incluir el subsidio)” –en este ejemplo sencillo sería de ₡200.000. (Ibídem, p, 192).

Friedman señala a las siguientes como ventajas de este sistema: (1) “está dirigido específicamente al problema de la pobreza”; (2) “brinda la ayuda en la forma en que es más útil para el individuo; esto es, en efectivo”; (3) “es algo generalizado y podría sustituir un montón de medidas destinadas a grupos específicos que ahora están en vigencia”; (4) “hace explícito el costo del programa que es cargado a la sociedad”; (5) “opera dentro de lo que es el ámbito del mercado”; (6) “reduce el incentivo para que aquellos que son beneficiados se ayuden a sí mismos, pero no lo elimina del todo, como sí sucedería con un sistema por el cual se complementan los ingresos en algún monto mínimo que se determine”; (7) “el sistema empataría con el actual de impuestos a la renta individual, con lo que se les podría administrar conjuntamente”; (8) “si se pone en marcha como sustituto del sinfín de medidas destinadas al mismo objetivo, el costo administrativo total con seguridad que podría reducirse.” (Ibídem, p. p. 192-193).

A su vez, señala que un grave problema de su propuesta lo constituyen las implicaciones políticas que tiene, pues “existe siempre el peligro de que, en vez de ser un acuerdo bajo el cual una gran mayoría está dispuesta a gravarse con impuestos a sí misma, a fin de ayudar a una minoría desafortunada, se convierta en uno en donde una mayoría impone, para su propio beneficio, tributos sobre una minoría que no los desea.” (Ibídem, p. 194). Esta declaración, que muestra la honestidad intelectual de Friedman, y que fuera parte importante de las críticas que posteriormente se le formularon (además de que su propuesta sería un incentivo para que la gente no buscara salir de la pobreza por sus propios esfuerzos), hace que Friedman nos confiese que, ante el hecho de que la propuesta hace tan explícito el comportamiento señalado con anterioridad y que, por tanto, ese peligro es mayor que con otras propuestas, no vea “otra solución a este problema más que descansar en la auto-restricción y la buena voluntad del electorado.” (Ibídem, p. 194).

Finalmente, en este capítulo Friedman formula una serie de apreciaciones sumamente interesantes acerca de la relación entre el liberalismo y el igualitarismo, que con gusto transcribiré. Considero que es esencial que sean más conocidas, dado que es común escuchar el calificativo que se les hace a los liberales, como “insensibles” ante el dolor y la miseria de los desafortunados. Friedman, en lo particular, demuestra que eso está muy lejos de ser verdad y él da fe de ello cuando justifica su planteamiento en favor del impuesto negativo al ingreso. Creo que el liberalismo en general lo hace cuando enfatiza su respeto por la individualidad y al abrir posibilidades para que los individuos puedan progresar en su búsqueda de la felicidad, según sea su libre valoración propia y no la impuesta por algo o alguien.

Friedman escribe que “el corazón de la filosofía liberal es su creencia en la dignidad del individuo, en su libertad para lograr lo máximo de sus capacidades y oportunidades de acuerdo con sus propias luces, sujeto tan sólo a la provisión de que no intervenga con la libertad para cualquier otro individuo de hacer lo mismo. En cierto sentido esto implica una creencia en la igualdad de los seres humanos; pero, en otra dirección, en su desigualdad. Cada ser humano tiene un derecho igual a ser libre. Este es un derecho importante y fundamental precisamente porque los seres humanos son diferentes, porque uno de ellos deseará con su libertad hacer cosas diferentes de lo que otros desean hacer con la suya, y en este proceso pueden contribuir, más que con algún otro, a la cultura general de la sociedad en que muchos de ellos viven.”(Ibídem, p. 195).

Lo anterior es clave para entender la diferencia tajante que hay, por una parte, entre la igualdad de derechos y la igualdad de oportunidades, y, por la otra, de una igualdad material o de resultados. Dice Friedman que el liberal le “dará la bienvenida al hecho de que una sociedad libre tienda en efecto hacia la mayor igualdad, en comparación con cualquier otra forma tratada. Pero mirará a eso como una consecuencia deseable de lo que es una sociedad libre, pero no como la principal justificación de su existencia. Él le dará la bienvenida a medidas que promuevan ambas, la libertad y la igualdad –tales como serían medidas para eliminar el poder del monopolio y para mejorar la operación del mercado. Él apreciará la caridad privada dirigida a ayudar a los menos afortunados, como un ejemplo de un uso afortunado de la libertad. Y podrá aprobar la acción del estado para disminuir la pobreza, como un medio más efectivo cuando la gran mayoría de una comunidad puede lograr un objetivo en común. Sin embargo, esto lo hará con el dolor de tener que sustituir la acción voluntaria con una acción obligatoria.” (Ibídem, p, 195).

Friedman concluye este capítulo de su libro sin dejar de omitir la enorme diferencia que sobre este tema hay entre un liberal y un sujeto creyente en el igualitarismo, cuando nos dice, en relación con la decisión citada en ese último párrafo, que requiere su propuesta, que “También el proponente del igualitarismo llegará a tales límites. Pero querrá ir aún más allá. Defenderá quitarle a alguien para dárselo a otro, no como un medio más efectivo mediante el cual ese ‘alguien’ puede lograr el objetivo que desea, sino con base en ‘la justicia.’ En este punto es cuando la igualdad entra bruscamente en conflicto con la libertad; uno debe escoger. Uno no puede ser ambos, un igualitario en este sentido, y un liberal.” (Ibídem, p. 195).

Jorge Corrales Quesada

martes, 14 de octubre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: medidas de bienestar social

Con tal nombre, Friedman nos brinda un nuevo capítulo de su libro Capitalismo y Libertad, en donde, al menos para el caso específico de la economía estadounidense, formula críticas a políticas gubernamentales que, bajo aquél título, son impulsadas por el estado para satisfacer un sentimiento humanitario e igualitario al cual ya se hizo mención en capítulos anteriores. Desde el inicio, es necesario reiterar que se refiere a todo un conjunto de políticas agrupadas bajo el título de “bienestar social”, como brindar vivienda pública, aprobar legislación para imponer salarios mínimos, brindar soporte gubernamental de precios, principalmente agrícolas, proveer cuidado médico a grupos específicos, otorgar programas especiales de ayuda, entre muchos otros.

Friedman discute acerca de algunos de los antes citados, que, si bien se trata de casos en los Estados Unidos, sus propuestas podrían ser de utilidad para valorar medidas “sociales” similares en nuestro país.

1.- El caso de la vivienda pública. Aclaro de entrada que, en Estados Unidos a diferencia de aquí, los llamados programas de vivienda en la época en que Friedman escribió el libro de referencia, se refieren a dar asistencia a grupos de bajos ingresos mediante alquileres de vivienda subsidiados, en construcciones usualmente de varios pisos o en bloques de viviendas. En la actualidad, se ha generalizado el uso sistema de “vouchers” (bonos o vales), por el cual la persona que lo recibe puede usarlo en el pago de alquileres de la vivienda en que desee morar y no en una de propiedad gubernamental, con un alquiler subsidiado. Además, las viviendas estatales con alquileres subsidiados ya no se edifican en complejos “monstruosos”, sino usualmente en pequeños grupos de vivienda e intercaladas entre desarrollos privados.

Dicho lo anterior, Friedman señala algo muy interesante, cual es que “un argumento frecuentemente formulado en favor de la vivienda pública se basa en un presunto efecto vecindad: se dice que tugurios, en particular, y otras viviendas de bajo costo, en menor grado, imponen costos mayores a toda la comunidad en forma de protección policíaca y contra incendios.” (Milton Friedman, Capitalism and Freedom, Chicago: The University of Chicago Press, 1967, p. 178). A esos costos agregaría yo otro que es usualmente esgrimido, cual es que la presencia de tugurios afea todo un vecindario o un barrio. En todo caso, Friedman señala que si ese fuere el caso -llamado de externalidad negativa o de deseconomía externa- entonces se debería de gravar a quien la provoca; esto es, a los tugurios o similares, para disminuir su prevalencia. Pero aquí es donde entra el verdadero argumento detrás de la propuesta en favor de vivienda pública: que no se les puede gravar por ser habitantes de ingresos relativamente bajos, quienes deben ser ayudados por el estado.

Ante esto último Friedman alega que no se debería subsidiar el alquiler de la vivienda, sino que para las familias resultaría mejor un subsidio en efectivo, de forma que lo gasten en lo que consideren es lo mejor para reducir su estado de pobreza -en educación, en activos, etcétera- y no verse obligados a alquilar, porque es la única forma en que pueden recibir ayuda. Dice Friedman: “El subsidio en efectivo resolvería el problema del efecto vecindad (deseconomía externa o externalidad negativa) tan bien como lo haría el subsidio en especie (en vivienda o en servicios de vivienda), pues en caso de que no fuera usado en comprar vivienda, estaría disponible para pagar los impuestos extras justificados por el efecto de vecindad.” (Ibídem, p. 178. Los textos entre paréntesis son míos). La motivación para la intervención del estado en este caso no es más que simple paternalismo: que la gente pobre “necesita” más de servicios de vivienda que de otras cosas y, si actúan de otra manera, lo es porque o no gastan bien su dinero o debido a que no están de acuerdo con la presunción del paternalista.

Friedman señala resultados prácticos de esa política en los Estados Unidos, incluso muy diferentes a los pretendidos: “el número de viviendas destruido para construir las nuevas viviendas gubernamentales es mayor en el primer caso que en el segundo”, pero, al no reducirse el número de personas que deben ser alojadas, el resultado es que “haya aumentado el número de personas por cada unidad de vivienda”. Además, de que “estimuló el surgimiento de grupos de interés… que fueron aquellos grupos locales ansiosos de que se quitaran aquellas secciones en mal estado y que fueran renovadas, ya sea porque allí poseían propiedades o porque el deterioro urbano afectaba sus distritos dedicados a los negocios.” (Ibídem, p. 179).

En el caso de Costa Rica, el programa llamado bono de vivienda le brinda recursos a gente, presuntamente de bajos recursos, la cual no tiene vivienda y desea adquirir un lote o una casa para construir o vivir en ella. Entre los problemas encontrados es que no es tan fácil controlar que un beneficiario del programa no cambie su situación civil -esto es, que se divorcie- a fin de que, además del otro miembro de la pareja que ya tiene dicho beneficio, el otro pueda hacer lo mismo. Existe también la posibilidad de que un hijo genere ingresos y viva en una familia que ya posea el bono, quien por lo tal se vería legalmente imposibilitado de adquirir su vivienda. Para obtener una nueva casa subsidiada podría abandonar su hogar original, calificar entonces para obtener otro bono y luego regresa -dueño del nuevo bono- al hogar de donde originalmente salió. Lo que quiero resaltar es que la práctica el control del abuso es muy difícil sino imposible de lograr.

Además, alrededor de ese programa de “ayuda social” han surgido otros beneficiarios no esperados y a quienes como personas no se les deseaba favorecer. Casos son, por ejemplo, empresas desarrolladoras y constructoras de viviendas que obtienen una fuente de liquidez gratuita para sus operaciones normales y esperadas, así como grupos, más o menos informales, los que se encargan de hacer gestiones de potenciales beneficiarios ante las autoridades gubernamentales, cobrando luego a los adjudicatarios un porcentaje del monto que les fue otorgado como ayuda.  Asimismo, es común ver a políticos y a sus agrupaciones, otorgando bonos a personas a cambio de que después voten por ellos, a fin de ser electos para cargos públicos de elección popular.

2.- El caso de legislación de salarios mínimos. No hay duda de que en muchos países, incluido el nuestro, mucha de la legislación de salarios mínimos es aprobada como una manera de aliviar o solucionar casos de pobreza. Pero, personas bien intencionadas como sus proponentes, podrían darse cuenta de que, en vez de reducirla, la legislación de salarios mínimos usualmente conduce a que aumente la pobreza. Cuando se pasa una ley de ese tipo, equivale a decirle al empleador que ahora contrate mano de obra a un precio mayor que el precio (eso es lo que significa un salario mínimo). El resultado no previsto es que, si al empleador le aumenta el costo de algo que utiliza en su proceso productivo, tenderá a reducir lo que gasta en él.  Es decir, tenderá a despedir gente, lo cual sí va a causar pobreza, en mucho porque las personas que anteriormente ganaban los salarios menores, son las que relativamente carecían de experiencia o que eran apenas marginalmente productivas y, por tanto, van a ser las primeras en perder su empleo. Ello porque el valor de la producción a que dan lugar es menor que el costo en salarios ahora más elevados que hay que pagarles. Es cierto que quienes queden empleados, podrán ahora quedar recibiendo sueldos mayores, pero los que fueron despedidos, quienes antes ganaban un salario, ahora no ganarán sueldo alguno. Entre otros quienes usualmente se verán afectados por una legislación de salarios mínimos por encima de los de mercado -entre los que serán despedidos de “primeros”- están las mujeres jóvenes, pues la posibilidad mayor de un embarazo interrumpe su proceso de adquisición de experiencia en la empresa, al igual que personas de grupos minoritarios (ampliando con esa medida de salarios mínimos todas las odiosas posibilidades de discriminación). Pero también tenderán a perder el empleo los jóvenes recién ingresados a la fuerza de trabajo. En adición, no debe dejarse de lado la posibilidad de que aquellos, atraídos por la posibilidad de obtener un salario mayor en una actividad que paga un salario mínimo más elevado, abandonen otro trabajo que tenían o el ocio previo, a fin de buscar un empleo “mejor pagado” al mayor salario mínimo, pero no encuentran demanda por ellos (estos son los llamados trabajadores entrantes frustrados).

Friedman resume esta parte de su libro, señalando que “una gran parte del apoyo para la aprobación de leyes de salarios mínimos, surge de personas desinteresadas de buena voluntad, pero también de partes interesadas.” (Ibídem, p. 181). Ejemplos de ello son grupos sindicales de un país relativamente rico, los cuales exigen, en el marco de un acuerdo de libre comercio, que el país pobre imponga salarios mínimos altos a los trabajadores de su país (sueldos mínimos posiblemente comparables a los de aquel país más rico). Aquellos grupos sindicales de naciones relativamente más ricas lo hacen porque, sin tal imposición, su nación importaría bienes y servicios del país en donde los sueldos son relativamente más bajos, con lo cual caería el empleo en su país de origen. Es tan sólo una manera de evitar la competencia. Otro ejemplo es el de grupos sindicalizados, quienes con su poder mantendrán a sus asociados obteniendo los mayores salarios mínimos, pero a su vez impiden que ingresen trabajadores más baratos a la empresa sindicalizada, que pondrían en peligro los empleos de los trabajadores ya existentes. Esto es, restringen la entrada de potenciales competidores.

3.- Precios de soporte a bienes agrícolas. En este caso la decisión política, de acuerdo con Friedman, se origina en la creencia de que los ingresos medios de las familias del sector agrícola son menores que la media del resto del país, pero la realidad de la procedencia de aquella decisión más bien parece surgir de la representación en exceso en el Congreso de los Estados Unidos proveniente de ese sector económico. Dice Friedman, que “los precios mínimos de soporte de los productos agrícolas no satisfacen el objetivo propuesto de ayudar a los agricultores…(pues), en primer lugar, los beneficios, si es que los hay, están en relación inversa a la miseria, pues se otorgan en proporción a la cantidad de producto vendido en el mercado… En segundo lugar, los beneficios a los agricultores derivados del programa de precios de soporte, si es que los hay, son mucho más pequeños que la cantidad total gastada en tales programas” (Ibídem, p. 181), Los principales beneficiarios más bien parecen ser quienes ofrecen capacidad de almacenamiento de los productos, así como los vendedores de insumos agrícolas. De hecho, los agricultores más bien son inducidos a gastar más en fertilizantes, semillas o maquinaria, que lo que harían de no existir tal programa. “Finalmente, aun lo que sobra de mayores ingresos sobre esos gastos adicionales, sobreestima el beneficio, pues un resultado del programa es alentar a que más gente permanezca trabajando en las granjas que la que alternativamente se habría quedado,” agrega Friedman (Ibídem, p. 182).  Asimismo, los programas de ayuda agrícola han requerido la imposición de cuotas a la importación de esos productos provenientes de otros lugares del mundo en donde son más baratos, con lo cual también se afecta a otras naciones, además de los consumidores domésticos.

En Costa Rica por mucho tiempo tuvimos programas similares, tanto de precios mínimos de soporte al agricultor, como precios máximos de venta al consumidor. El Consejo Nacional de Producción fue el responsable de esos programas, pero afortunadamente, además de una apertura al comercio internacional que si bien aún no es en el grado deseable, aquellos programas han sido casi abandonados. En especial, al dar lugar a enormes pérdidas al fisco y de bienestar al consumidor nacional. 

4.- El régimen de pensiones para ancianos y sus sobrevivientes. Friedman es un fuerte crítico del programa gubernamental de pensiones para ancianos y sus supervivientes, que en muchas cosas se parece a nuestro régimen de invalidez, vejez y muerte de la Caja del Seguro Social (CCSS), al igual que otros regímenes de pensiones similares. Por ello, sus observaciones podrían ser útiles para tomar en cuenta ante los difíciles momentos que atraviesa este programa de la CCSS.

Para Friedman, ese programa se puede analizar bajo tres fundamentos: (1) “el requisito de que una gran cantidad de personas deba comprar anualidades específicas; esto es, la provisión obligatoria para asegurar la ancianidad.” (Ibídem, p. 183). En sencillo, que es obligatorio pagar cuotas a la CCSS (o a otros fondos de pensión parecidos) a lo largo de la vida laboral, para que, cuando sea el momento de pensionarse, se le devuelvan, más los intereses, como pagos mensuales de pensión.

(2) “El requisito de que esa compra de la anualidad sea adquirido de una entidad estatal; es decir, la nacionalización de la provisión de esas pensiones.” (Ibídem, p. 183). En Costa Rica es obligatorio para los trabajadores participar del régimen de pensiones de la CCSS (al igual que en otros regímenes gubernamentales similares). Recientemente se les dio la posibilidad a las personas de optar por un sistema complementario de pensiones; entre cuyos proveedores hay entes estatales así como privados. Sin embargo, debe notarse que una parte de este nuevo sistema es totalmente voluntario en cuanto a la cotización y a quién se le puede adquirir la pensión, ya sea una entidad pública o estatal, en tanto que otra parte de la cotización es obligatoria, si bien el cotizante puede escoger cuál entidad -pública o privada- administra su fondo de pensión. La proporción en que ese sistema complementario se divide entre la proporción del ingreso a cotizar que es totalmente voluntario y aquella que es obligatoria, depende de una serie de consideraciones de cada caso particular, por lo que no se pueden generalizar dichas proporciones

(3) “Es un esquema redistributivo del ingreso, en tanto que el monto cotizado más los intereses devengados sean diferentes de la pensión percibida.” (Ibídem, p. 183). Este es un tema objeto de amplia discusión pública en la actualidad en nuestro país, pues hay varios sistemas de pensiones estatales que evidentemente pagan lo que se podría denominar “pensiones de privilegio”, que no son sino aquellas para las cuales la cotización individual más los intereses devengados son mucho menores que el pago efectivo que se percibe. Además de las llamadas “pensiones juveniles”, que significa que la pensión se percibirá estadísticamente por más años de retiro y para lo cual no se cotizó lo suficiente a lo largo de los años laborados en los términos descritos anteriormente). 

El paso siguiente de Friedman consiste en preguntarse si cada uno de esos elementos puede ser justificado, empezando por el tercero: “la redistribución del ingreso”.

El primer efecto redistributivo se da de parte de quienes entran al sistema relativamente jóvenes en comparación con otros que entran más tarde. Los primeros recibirán menos en comparación con los últimos tan sólo por el hecho de haber cotizado por más tiempo. En el caso de Costa Rica, es posible que haya algún grado de transferencia de los cotizantes tempraneros hacia los tardíos, pero eso se ha evitado en algún grado porque, para obtener la pensión, se exige un mínimo de cotizaciones mensuales efectivamente realizadas. En todo caso, este esquema de redistribución es independiente de la pobreza o riqueza del beneficiario, y más bien, al ser usualmente sufragado con una tasa uniforme sobre la renta (el impuesto al salario es a una tasa igual, cualquiera que sea el nivel de ingreso), su peso es proporcionalmente mayor sobre aquellos de menores ingresos.

“El segundo efecto redistributivo surge debido a que es muy posible que el sistema del todo no esté auto-financiado.” (Ibídem, p. 184). Allá, al igual que aquí, el sistema funciona “bien” cuando son “muchos” los cotizantes y “pocos” los que se van pensionando: es la época del excedente. El problema surge después, cuando las obligaciones propias del sistema no pueden ser cubiertas con las reservas existentes (en esto tiene que ver mucho la llamada pirámide ocupacional o su ausencia), así como también por una laxitud política en cuanto a los beneficios de las pensiones. Actualmente en nuestro país este es un problema real, acerca del cual desde hace buen rato nos viene advirtiendo la Superintendencia de Pensiones, no sólo en relación con el régimen de la CCSS, sino de otros, que aparentemente están aún en una situación financiera más comprometida, como son, por ejemplo, el de pensiones del Poder Judicial y sobre otros del estado. Recuérdese que en nuestro país, además del régimen de pensiones de la CCSS, que es el de mayor cobertura en el país, existen muchos otros más que con compulsivos y no voluntarios, como son el de pensiones del Magisterio, el del Poder Judicial, el de ex presidentes y ex diputados de la República, el de Hacienda, el de telegrafistas y muchos otros más de similar naturaleza. (Varios de estos se suelen agrupar en lo que se denomina como Régimen de Pensiones a Cargo del Presupuesto Nacional).

En lo que trata de la estatización de la provisión de pensiones, Friedman nos dice que “no hay razón para que se exija a una persona que adquiera su pensión de un sistema estatal” (Ibídem. P. 185) y que, por tanto, debería de permitirse que el individuo adquiera la suya, si así lo desea, en algún ente privado. Sabemos que, hasta hace poco, tal era la obligación en Costa Rica y sigue siéndolo bajo la CCSS y otros dentro del Régimen de Pensiones a Cargo del Presupuesto Nacional, pero al menos ahora se tiene algún grado de libertad al poder escoger el sistema de pensión en alguna entidad privada en lo que se conoce como el Régimen de Pensiones Complementarias. 

En todo caso, expresa Friedman que “en este caso, como en tantos otros, la libertad individual para escoger y la competencia de las empresas privadas para asegurarse de una clientela, promovería mejoras en los tipos de contratos disponibles y promovería la diversidad y variedad que satisfaga las necesidades de los clientes.” (Ibídem, p. 186). 

Friedman acepta que el sistema de pensiones sea mixto; es decir, del estado y las empresas privadas en competencia, cuando, refiriéndose a los defensores de los estados paternalistas o de bienestar, dice que “si ellos creen que el gobierno puede brindar un mejor servicio que el que hace el mercado, deberían de estar a favor de una entidad gubernamental que brinde esas pensiones en competencia abierta con otras entidades. Si están en lo correcto, prosperará la empresa estatal. Si no, el bienestar de la gente se habrá incrementado al permitir una alternativa privada.” (Ibídem, p. 187).

Dado lo expuesto, se llega a lo que Friedman considera es el tema clave; cual es el de “obligar a las personas a que utilicen parte de sus ingresos actuales para obtener una pensión en su edad futura. Ese puede ser el resultado del paternalismo que exhiben algunos, en donde “’nosotros’ sabemos más que ‘usted’ que es en su propio beneficio el que se prepare para su mayoría de edad en un grado mayor que el que haría voluntariamente; nosotros podremos no persuadirlo individualmente, pero podemos persuadir a un 51 por ciento o más (de los votantes o legisladores) para que obliguen a todos a hacer lo es en su propio bien.” (Ibídem, p. 187. El texto entre paréntesis es mío). 

De inmediato Friedman enfatiza que “aquellos de nosotros quienes creemos en la libertad, también debemos creer en la libertad de los individuos para cometer sus propios errores. Si un hombre con conocimiento prefiere vivir al día, usar sus recursos para el disfrute del momento, deliberadamente escogiendo una madurez en penuria, ¿bajo qué derecho podemos impedirle que no lo haga? Podemos dialogar con él, buscando persuadirlo de que está equivocado, pero, ¿estamos facultados para coaccionarlo de que no haga lo que él escogió hacer? ¿Es que acaso no existe la posibilidad de que él esté en lo correcto y nosotros equivocados? La humildad es la virtud distintiva del creyente en la libertad; la arrogancia es la del paternalista.” (Ibídem, p. 188). Francamente me parece una excelente argumentación en contra del paternalismo tan frecuente que uno observa en nuestra vida civil, de grupos tratando de imponernos lo que ellos consideran es lo correcto, distinto de lo que uno, que no es ni un niño ni un enajenado mental, le parece que no es lo apropiado y que, por tanto, prefiere, escoge, decide por, alguna otra cosa diferente de lo que el grupo de iluminados pretende imponer sobre la voluntad de las personas.

Friedman termina este capítulo con las siguientes palabras: “La compra obligatoria de una pensión por tanto ha significado grandes costos para tan poca ganancia. Nos ha privado a todos nosotros de nuestro control sobre una fracción importante de nuestros ingresos, requiriéndonos que la dediquemos a un objetivo en particular, la compra de una pensión en el futuro, adquiriéndola de una entidad gubernamental. Ha inhibido la competencia en la venta de pensiones y en el desarrollo de nuestros planes de retiro. Ha provocado el nacimiento de una gran burocracia que muestra una tendencia a crecer a partir de lo que se alimenta, extendiendo su alcance de un área a otra de nuestra vida. Y todo esto para evitar el peligro de que un poco de gente pueda terminar a cargo del público.” (Ibídem, p. 189).

Jorge Corrales Quesada