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viernes, 1 de agosto de 2014

Viernes de recomendación

El día de ayer se conmemoró el nacimiento de uno se los economistas más influyentes del Siglo XXI: Milton Friedman. Para celebrar su legado les compartimos esta entrevista que concedió en el año 2006 al famoso Podcast Econtalk. En la misma se discuten los temas de especialidad de Friedman: el dinero, la inflación y la Reserva Federal.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Desde la tribuna: déficit

La moneda es una de las grandes invenciones humanas.  Ha servido para fomentar el cambio de bienes y servicios (abandonando el trueque y la permuta), ha acelerado las relaciones comerciales y económicas, ha servido como valor y representación de la riqueza.

Con el tiempo, el Estado se la apropió y la monopolizó.  Primero modositamente en forma de patrón oro y equivalentes.  Con el tiempo los diques se rompieron y vinieron los desastres.

La inflación es uno de los males más graves.  Es un azote contra quienes menos tienen (pues los dueños de bienes de fortunas casi siempre se acomodan mejor).  No obstante, la mentira política convence a los desposeídos que es en su favor y de la quimera de la soberanía monetaria que el Estado provoca inflación.  He oído a algunos defenderla a capa y espada como un mecanismo de redistribución y demás especias.

El déficit fiscal (originado en el incumplimiento de normas constitucionales) es una pesada carga para todos.   Su origen estricto radica en el incumplimiento del juramento constitucional de los gobernantes, pues es prohibido presupuestar de manera que se genere este gran daño para la sociedad.

No obstante, las causas van haciéndose cada vez más complejas.  Muchas de ellas son la falta de oficio, capacidad y exigencia en la labor pública.  Otras van por el lado del clientelismo político.  No pocas van parejas con la corrupción.  Algunas van con las gollerías y privilegios.

Así es.  Se gasta más de lo que se puede y se olvida la función de escoger lo principal, de establecer prioridades y de atender lo primero y esencial.  Luego viene lo demás, pues una vez que se han brincado la cerca, entonces se da una desmoralización general.

Obviamente, hay quienes se aprovechan directamente de tan mal manejo económico:  obtienen transferencias directas, convenciones, privilegios, altos salarios, porcentajes presupuestarios y demás prebendas.  

No hay neutralidad.  Es algo como aquello de que “después de mí, el diluvio”.  Se trata de ordeñar los presupuestos públicos en la idea de que, aunque el mal sea general, “yo agarré algo de primero y me aprovecho”.  

En algunos países el déficit es causa de inflación.  En el nuestro es un mal  que se suma al mal manejo que hace el gobierno de moneda y presupuesto.  No hay agallas para hacer las cosas bien y a muchos les resulta cómodo y conveniente encogerse de hombros y dejar que las malas cosas pasen.  

Los que están en el sistema tendrán que pagar no solo con desposicionamiento económico sino con sangre tanta irresponsabilidad.  Cada vez recibiremos menos prestaciones públicas (a las que tenemos derecho), cada vez los servicios públicos serán más malos, cada vez será más difícil para la empresa privada desempeñarse y generar empleos, cada vez habrá menos posibilidades de que la sociedad se desintoxique de la postración y falta de habilidad.  Algunos tendrán sus privilegios, pero todos sufriremos y algunos más que otros.

Tendremos un Estado más grande, más gastón, más inútil, menos apto y mucho dinero en pagar deudas.  Menos inversión pública, más necesidad de buscar otras fuentes de financiamiento y una desilusión general.  Las empresas no gustan de los países con mala infraestructura, pésima seguridad, atraso judicial, sistema escolar que cada día enseña menos, puentes en mal estado, colapso del tránsito, carreteras deshechas, servicios públicos caros y malos.

Tampoco es halagüeña la perspectiva de más impuestos, sobre todo si van a parar en el pago de comilonas ajenas, de deudas originadas en manejo irresponsable de la economía y de privilegios y gollerías.  

Desde hace meses se ha acelerado el crecimiento del déficit, del endeudamiento y del propio gasto público.  ¡Qué doloroso para los futuros años!.

Federico Malavassi Calvo

martes, 17 de septiembre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: levántate y anda. Parte III

En los dos comentarios previos se analizó la llamada curva de Phillips, que suponía había una relación inversa entre la inflación y el desempleo, así como las críticas que se hicieron a dicha curva. Con base en ella se había llegado a la conclusión de que existía una relación inversa entre inflación y desocupación y que, por tanto, era posible, mediante la inflación, generar un aumento de la producción. Sin embargo la crítica mostró que no era posible que un alza en los precios provocara tal aumento a largo plazo de la producción real y que, más bien, una política monetaria expansiva a lo que daría lugar es a niveles superiores de crecimiento de los precios pero no a una tasa de crecimiento de la economía.  A largo plazo se regresaría al nivel previo de crecimiento real de la economía.

En este último comentario me referiré a los factores que inciden en aumentar el crecimiento económico y, entre ellos, destaco una política monetaria de bajo crecimiento pero estable, como factor que incide en un mayor crecimiento económico.  No así la simple expansión monetaria (inflacionaria) que de por sí daba lugar a un crecimiento, como se suponía con el análisis basado en la Curva de Phillips. En conclusión, la política monetaria es crucial, pero que no dé lugar a expansiones ni oscilaciones que introduzcan incertidumbre en los mercados. Por ello, la política monetaria deberá concentrarse en el control de la inflación y no en el crecimiento de la producción real que, a largo plazo, no puede lograr.

Según el artículo de La República bajo comentario, algunos economistas aseveran (muy simplificadamente), que la política actual del Banco Central de los Estados Unidos, bajo la administración del señor Ben Bernanke, ha optado entre inflación y desempleo, al interesarse en la recuperación de la economía (disminuir la tasa de desempleo) en vez de la inflación. Así resucitan, con un ¡Lázaro: Levántate y Anda!, el lenguaje de la política económica keynesiana inflacionaria basada en la curva de Phillips.

En el caso de Costa Rica, de acuerdo con lo que se cita en el artículo de La República, el Banco Central tenía claramente como objetivo principal el control de la inflación y secundariamente el logro de una tasa deseable de ocupación (y, por ende, que permitiera un mayor crecimiento económico). Ahora, se señala en aquel comentario, parece haber cambiado sus prioridades (cosa que, de hecho, no se demuestra en el comentario de referencia) hacia una preferencia por la producción (empleo), en vez de la estabilidad de los precios. El economista, señor Fernando Rodríguez, menciona en dicho artículo que
“cuando la producción se viene en picada y el desempleo crece, los precios ocupan una prioridad secundaria. Las condiciones de una economía en crisis de producción, en todo caso, no son inflacionarias.”

Me parece que la conducta claramente expresada por el Banco Central en documentos recientes sobre política económica, es la de centrarse en el control de la inflación y no la de privilegiar el crecimiento económico. No parece que el Banco haya decidido expandir las magnitudes monetarias para lograr un descenso en la tasa de desocupación y, por tanto, un incremento de la tasa de crecimiento de la producción. Por el contrario, en la revisión de junio del 2013 de su programa original de enero del 2013, el Banco continúa insistiendo en conservar su meta de inflación anunciada a principios de año, de alrededor de un 5%, más o menos un punto porcentual. (Ver Banco Central de Costa Rica, Programa Macroeconómico 2013-2014, p. 25 y Banco Central de Costa Rica, Revisión Programa Macroeconómico 2013-2014, p. 26).

En ambos programas económicos sí se hace mención de la existencia de objetivos diversos establecidos en el artículo 2 de la Ley Orgánica del Banco Central, en cuanto a los

“… principales objetivos: i) continuar con la inflación dentro del rango meta establecido para este lapso (entre 4% y 6% interanual); ii) estimular la actividad económica que se ha desacelerado y; iii) velar por la estabilidad del sistema financiero, especialmente por los riesgos asociados a un creciente uso del financiamiento externo para atender la demanda de crédito en dólares. Lo anterior en cumplimiento de los objetivos prioritarios y subsidiarios asignados a la Institución en el artículo 2 de su Ley Orgánica.” (Banco Central de Costa Rica, Revisión Programa Macroeconómico 2013-2014, p. i).

En el programa monetario original del Banco para este año en ningún lado se lee que ampliará su política monetaria durante el 2013, a fin de recuperar el crecimiento económico, a pesar de que señala que,
“…se estima que el PIB crecería un 4,0% en el 2013 y el 2014, tasa inferior al promedio de los últimos tres años (4,8%).” (Banco Central de Costa Rica, Programa Macroeconómico 2013-2014, p. 19).

En resumen, no veo al Banco Central, al menos en lo que va de este año, haciendo un uso expansivo de la cantidad de dinero en circulación, con el propósito de reactivar el crecimiento de la economía nacional, aunque lo diga en su planteamiento de cumplir con el objetivo (en mi opinión contradictorio con el de lograr una inflación baja a la luz de lo expuesto en la crítica a la curva de Phillips) “…de estimular la actividad económica que se ha desacelerado,” que cité en la página anterior de ese comentario. Por el contrario, sí señala claramente el propósito de conducir la política monetaria acorde con el cumplimiento de la meta inflacionaria preestablecida, de un 5% más o menos un punto porcentual. Si se quiere ver de otra manera, lo que el Banco Central hace en sus programas macroeconómicos es mencionar la obligación que le impone el artículo 2 de su Ley Orgánica, pero sin señalar una política –tal como lo indicaría bajo la curva de Phillips keynesiana- de crecimiento monetario con el propósito de incrementar la producción. Pero sí es claro en cuanto al cumplimiento de su objetivo de contención de la inflación. 

Para terminar mi comentario, me referiré brevemente a la importancia que tiene otro tipo de políticas que faciliten un incremento de la producción real.

Friedman es muy claro en sus comentarios acerca de la limitación de la política monetaria para lograr en el largo plazo un aumento en la tasa de crecimiento real de la economía.  Señala que tan sólo transitoriamente es posible lograrlo, pues inicialmente el efecto del mayor impulso monetario se refleja en las cantidades producidas. Pero, luego lo es en los precios. Una vez que los participantes en el mercado laboral incorporan sus expectativas en torno a la inflación, los salarios reales vuelven a su posición original y, por lo tanto, se regresa a la tasa inicial de desempleo y de crecimiento real.  Señala que

“Lo que sucede con la cantidad producida (output) depende de factores reales: la empresa, la ingenuidad y los negocios de las personas, la extensión del ahorro, la estructura de los negocios y el gobierno, las relaciones entre las naciones, etcétera.” (Milton Friedman, The Counter-Revolution in Monetary Theory, Londres: Institute of Economic Affairs, 1970, p. 23, reimpreso en Lanny Ebenstein, ed., The Indispensable Milton Friedman, Washington D. C.: Regnery Publishing Inc., 2012, p. 184).

Abusando del “etcétera” del comentario de Friedman previo, me permito indicar, de acuerdo con el libro de James D. Gwartney y Richard L. Stroup, un análisis claro y sencillo de siete factores principales que inciden en el crecimiento de las economías. 

“1. La propiedad privada: Cuando la propiedad es privada la gente trabajará más duro y usará más sabiamente los recursos.
2. Libertad para intercambiar: Las políticas que reducen el volumen de intercambios retardan el progreso económico.
3. Los mercados competitivos: La competencia promueve el uso eficiente de recursos y brinda un estímulo continuo para mejoras innovadoras.
4. Un mercado de capitales eficiente: Para que una nación pueda llevar a cabo su potencial, debe tener un mecanismo que sea capaz de asignar el capital hacia proyectos creadores de riqueza.
5. La estabilidad monetaria: Las políticas monetarias inflacionarias distorsionan las señales que brindan los precios y subvierten una economía de mercado.
6. Tasas impositivas bajas: La gente producirá más cuando se les permite conservar más de lo que han ganado.
7. Libre comercio: Una nación puede ganar vendiendo bienes que puede producir a un costo relativamente bajo y utilizar esos ingresos para comprar cosas que puede producir tan sólo a un costo elevado.” (James D. Gwartney y Richard L. Stroup, What Everyone Should Know About Economics and Prosperity, Vancouver, Canadá: The Fraser Institute, 1993, p. 32).

No haré un desarrollo de estos temas, pues los autores citados lo hacen en su libro arriba mencionado y hacerlo aquí haría de este un comentario muy extenso.

Como se ha visto, una política monetaria expansiva no logra un aumento de la producción real en el largo plazo y si acaso transitoriamente. Pero surge la pregunta de, entonces, ¿qué puede hacer una política monetaria? Friedman tiene una opinión clara acerca de cómo la política monetaria tiene importantes efectos en las variables reales. 

Específicamente, Friedman señala como 

“…la primera y más importante lección que enseña la historia acerca de lo que la política monetaria puede hacer (y es una lección de la más profunda importancia) es que la política monetaria puede evitar que en sí el dinero sea una fuente importante de disturbios económicos.” (Milton Friedman, “The Role of Monetary Policy”, The American Economic Review, Vol. LVIII, No. 1, marzo de 1968, p. 12).

El ejemplo más claro de cómo una política monetaria inapropiada puede causar disturbios en la economía real, fue lo que sucedió durante la Gran Depresión de los años treinta, cuando el Banco Central de los Estados Unidos (Federal Reserve Board-FED) provocó una declinación de una tercera parte de la oferta monetaria, en medio de la más seria recesión en la historia estadounidense. Según Friedman, eso provocó que lo que podría haber sido una recesión, se convirtiera en una depresión. Esa mala política la documenta Friedman en su obra conjunta con Anna Schwartz. (Milton Friedman y Anna J. Schwartz, A  Monetary History of the United States, 1867-1960, New Jersey: Princeton University Press, 1963).

Friedman agrega que otra cosa que la política monetaria puede hacer es

“…proporcionar un trasfondo estable para la economía… Nuestro sistema económico trabajará lo mejor posible cuando los productores y consumidores, patrones y empleados, pueda asumir, con total confianza, que el nivel de precios promedio se comportará de una manera conocida en el futuro y, preferentemente, que será altamente estable.” (Milton Friedman, “The Role of Monetary Policy”, The American Economic Review, Vol. LVIII, No. 1, marzo de 1968, p. 13).

Para Friedman, la segunda función de la política monetaria consiste en brindar la cantidad necesaria de moneda para que la actividad productiva pueda llevarse a cabo adecuadamente. Pero enfatiza que deberá ser efectuado de forma tal que permita lograr la estabilidad de los precios. Eso es posible si se asegura un crecimiento automático de la cantidad de dinero. Señala que, para el caso de los Estados Unidos, su tasa de crecimiento debería de ser de un 4-5% anual, pero que la tasa deseable varía de país a país, en función de las tendencias de crecimiento de su producción y de las características de la demanda de dinero. Lo que Friedman tiene en mente es que el Banco Central no prosiga políticas monetarias discrecionales, que introduzcan incertidumbre en la economía. No sólo hace esta propuesta porque no hay una relación causal rígida, precisa, que va del dinero hacia el ingreso, sino también porque sería necesario conocer cómo es esa relación y que, además, el banco central compartiera ese conocimiento. Sería necesario conocer todos esos elementos, para que la política monetaria pueda servir como compensación de otras fuerzas que provocan inestabilidad en la economía. Como no existe una relación precisa –carencia de una correspondencia mecánica de uno a uno entre cambios en la cantidad de dinero y el ingreso, dice Friedman- lo mejor es que el Banco Central se sujete a reglas y no a la discrecionalidad, que daría lugar a incertidumbre e inestabilidad en la economía.

La tercera cosa que la política monetaria puede hacer, según Friedman, es
 
“…contribuir a compensar los principales disturbios en el sistema económico, procedentes de otras fuentes. Si hay una euforia secular independiente… la política monetaria puede ayudar, en principio, a mantenerla bajo control mediante un ritmo de crecimiento monetario más lento de lo que, de otro modo, sería deseable. Si, como ahora, un presupuesto federal explosivo amenaza con déficit sin precedentes, la política monetaria puede mantener bajo control cualquier peligro inflacionario, mediante un ritmo de crecimiento monetario más lento de lo que, de otra forma, sería deseable.” (Ibídem, p. 14.)

Sin embargo, Friedman sugiere una enorme cautela en el cumplimiento práctico de este último rol de la política monetaria, debido a que 

“…La experiencia no es muy alentadora en el sentido de que lo puede lograr, sin ir demasiado lejos… creo que el potencial de la política monetaria para compensar otras fuerzas que redunden en una estabilidad, es mucho más limitado de lo que comúnmente se cree.” (Ibídem, p. 14.)

Friedman enfatiza las fuertes limitaciones que hay para proseguir una política monetaria de afinamiento (fine-tunning), no sólo por las dificultades que hay para reconocer el grado o tamaño de los disturbios que se pretenden compensar, así como para establecer cuál es la política compensatoria que, sin cambios rudos o débiles, logre dicha compensación. Por ello sugiere que esta política se lleve a cabo tan sólo cuando haya disturbios  que constituyan “un peligro claro actual”. De otra manera, las oscilaciones de la política monetaria podrían más bien provocar disturbios o inestabilidad mayores e indeseables.

La conclusión general de Friedman es que

“Una tasa constante de crecimiento monetario a un nivel moderado puede proveer un marco de referencia bajo el cual un país puede tener inflación baja y mucho crecimiento. No producirá una estabilidad perfecta; no producirá el cielo aquí en la tierra; pero puede hacer una contribución importante para tener un sociedad económica estable.” (Milton Friedman, The Counter-Revolution in Monetary Theory, Londres: Institute of Economic Affairs, 1970, p. 28).

Uno puede divergir de Friedman en cuanto a una serie de detalles de su esquema monetarista.  Es más, con el paso del tiempo han ido surgiendo modelos mejor adaptados a la realidad que permiten, supuestamente, diseñar mejores políticas monetarias.  Pero creo que hay dos principios esenciales expuestos por Friedman que hoy son bastante aceptados.  El primero, que un aumento de la oferta de dinero, excepto en el corto plazo, es capaz de lograr un aumento de la producción.  Cuando ese incremento de la masa monetaria se refleja en un crecimiento de los precios, lo que se logrará es que, a esa mayor tasa de inflación, se llegue a la misma tasa de crecimiento real de la producción.

El segundo es que el dinero es muy importante.  La política monetaria es muy importante.  Un comportamiento mesurado y estable en la creación de medios de pagos por parte del Banco Central, es lo mejor posible ante oscilaciones reales que se suelen presentar en la economía. No estimular que esas oscilaciones sean mayores por una mala política monetaria, es un objetivo que debe proseguir un Banco Central y eso sí contribuiría, al disminuir la incertidumbre debido a un comportamiento discrecional del Banco Central. Esta certeza sí es un factor significativo para estimular el crecimiento real en la economía.

Jorge Corrales Quesada

martes, 10 de septiembre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: ¡Levántate y anda! II Parte

La semana anterior expusimos en este sitio los elementos básicos de la denominada Curva de Phillips, que señalaba la posibilidad de optar entre inflación y desempleo, de manera tal que, si se deseaba disminuir la tasa de desocupación (y así aumentar la producción real de la economía), ello sólo era posible aumentando la tasa de inflación. Por el contrario, si se deseaba disminuir la tasa de crecimiento de la generalidad de los precios, sólo era posible incrementando la tasa de desempleo y, por tanto, dando lugar a una reducción de la producción real de la economía. En esta segunda parte se hará una crítica basada en los trabajos de Milton Friedman a la Curva de Phillips.

Friedman, en su afamado discurso presidencial ante la Asociación Norteamericana de Economistas en diciembre de 1967, expuso claramente el pecado original de la curva de Phillips, al señalar que su defecto básico consistía en
“…la falla de distinguir entre los salarios nominales y los salarios reales… Phillips escribió su artículo para un mundo en el cual todos anticipaban que los precios nominales serían estables y en el cual esa anticipación parecía inmovible e inmutable, pasara lo que pasara a los precios y a los salarios reales…” (Milton Friedman, “The Role of Monetary Policy”, The American Economic Review, Vol. LVIII, No. 1, marzo de 1968, p. 8).

Esto es, la posibilidad de escoger entre la inflación y el desempleo de acuerdo con la curva de Phillips, dependía de que los precios no variaran. Pero, con una política monetaria expansiva, con su impacto de un aumento generalizado de los precios, el efecto positivo inicial de aumento en los salarios nominales se veía luego compensado por los aumentos en los precios, de manera tal que los salarios reales permanecían constantes (el salario nominal es el precio del factor trabajo y el salario real se refiere a ese precio en términos de su poder adquisitivo). Es decir, que se regresaría a la tasa de desempleo previa.
Señala Friedman,

“Para exponer esta conclusión de manera diferente, existe siempre una opción transitoria entre la inflación y el desempleo; no existe una opción permanente. El efecto transitorio no proviene de la inflación per se, sino de la inflación no anticipada, lo cual quiere decir, que proviene de una creciente tasa de inflación. La ampliamente esparcida creencia de que existe una opción permanente, es una versión sofisticada de la confusión entre ‘alto y creciente’, la cual todos reconocemos en formas más simples.  Una tasa de inflación creciente puede reducir el desempleo y una tasa alta no lo reducirá.” (Ibídem, p. 11).

Friedman agrega que,

“Para expresar la conclusión general de una manera aún más distinta, las autoridades monetarias controlan las cantidades nominales -directamente, la cantidad de sus propias obligaciones. En principio, pueden usar este control para fijar una cantidad nominal -un tipo de cambio, el nivel de precios, el nivel nominal del ingreso nacional, la cantidad de dinero por una u otra definición- o fijar el tipo de cambio en una cantidad nominal -la tasa de inflación o deflación, la tasa de crecimiento o disminución del ingreso nacional nominal, la tasa de crecimiento de la cantidad de dinero. No pueden usar su control sobre cantidades nominales para fijar una cantidad real -la tasa real de interés, la tasa de desempleo, el nivel del ingreso nacional real, la cantidad real de dinero, el ritmo de crecimiento del ingreso nacional real o el ritmo de crecimiento de la cantidad real de dinero.” (Ibídem, p. 11).

Por tanto, para Friedman no existía la posibilidad de que, en el largo plazo, una vez que la tasa de inflación es anticipada plenamente, se logre disminuir el desempleo a cambio de inflación, como lo proponía la política monetaria basada en la curva de Phillips. En términos sencillo, resulta ser una aplicación de la frase atribuida a Abraham Lincoln, “Se puede engañar a toda la gente durante un tiempo y alguna gente todo el tiempo, pero no se puede engañar a toda la gente todo el tiempo”. Lo que importa para los trabajadores son los salarios reales (esto es, en términos de su poder adquisitivo). Estos aumentan al inicio de la expansión monetaria y de crecimiento de la producción nominal. Pero luego, por el efecto de la inflación, en términos de su poder adquisitivo esos salarios reales vuelven a su nivel previo. El que por un tiempo sus salarios nominales puedan aumentar por efecto de la inflación, no significa que lo pueda ser permanentemente: la inflación “se come” el aumento de los salarios nominales. La inflación esperada es así incorporada en el salario nominal que esperan obtener.  Al incorporarse estas expectativas de inflación en el mercado de trabajo, se regresa a la tasa de desocupación previa antes de la inflación.

Algunos economistas keynesianos promotores de las políticas monetarias expansionistas, basados en la curva de Phillips argumentaron que no importaba tanto la inflación, como lograr reducir la tasa de desempleo.  También para los políticos estatistas ese razonamiento les caía como anillo al dedo en su objetivo de lograr y conservar el poder político.  El votante desocupado normalmente votaba en contra del partido en el poder, pues por lo general lo percibía como responsable de una languidez económica en donde no se generaba empleo. Por ello, ante la opción de provocar inflación a cambio de mayor empleo, lo que el político debería de hacer era buscar una combinación óptima de ambos males (“una combinación con el menor costo social”). Un camino más fácil se les abría a los políticos, pues usualmente era posible atribuir el problema inflacionario a otros entes distintos del gobierno.  Abundan las narrativas en donde se atribuye la inflación a los “árabes y su petróleo”, a los intermediarios explotadores, a los sindicatos que presionan por salarios mínimos, a los monopolios, a las malas cosechas, a boicots internacionales y a un largo etcétera.

La angustia para los políticos se presentó cuando su creencia de que podían generar pleno empleo o menor desocupación, aunque hubiera mayor inflación, quedó hecha añicos debido a una evidencia clara de una simultaneidad de alta inflación y elevado desempleo  (a esto algunos lo llamaron estanflación).

En términos de la curva de Phillips, lo que Friedman demuestra es que no existe una curva de Phillips, sobre la cual es posible escoger entre inflación y desempleo. Cuando los actores en la economía incorporan el comportamiento esperado de los precios en sus expectativas salariales (es decir, que a la larga lo que a los trabajadores les interesa es el salarios real y no el salario nominal), se da un desplazamiento de aquella curva original del análisis de Phillips, cuando no había una expectativa de inflación. Habría no una sino múltiples curvas de Phillips, cada una de ellas definida para las distintas expectativas acerca del comportamiento esperado de los precios y, por ende, de los salarios reales, en donde se tomaba en cuenta a las expectativas inflacionarias. 

Por ello, a largo plazo cuando las expectativas toman vigencia, no era posible plantear la posibilidad original de escoger una mayor tasa de inflación como el precio a pagar por una tasa menor desocupación.  Al incorporarse la inflación esperada en las expectativas de los asalariados, los salarios nominales deberán aumentar a ese ritmo de inflación esperada, tan sólo para mantener constantes los salarios reales. Puede pensarse que habrá una curva de Phillips para cada expectativa inflacionaria diferente. No hay una curva de Phillips, sino una multitud de ellas; cada una de ellas para cada tasa de inflación esperada. Así, el efecto de moverse a lo largo de aquella (una) curva de Phillips, de aumentar la ocupación a cambio de mayor inflación, se revierte al incorporar las expectativas inflacionarias. De manera que el efecto de aumento del nivel de ocupación es tan sólo temporal, pues a largo plazo se volverá a la tasa original de desempleo (y de crecimiento de la economía) y el mercado restablece su situación real de equilibrio.

La próxima semana presentaré en este sitio la tercera y última parte de este comentario.



Jorge Corrales Quesada

martes, 3 de septiembre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: ¡levántate y anda! Parte I

Espero que pronto aparezca en mi sitio de Internet -latforum.org- un libro que escribí en 1984, titulado Inflación y Control de Precios. Así el lector podrá tener acceso directo al tema de “La Curva de Phillips”.  Lo traigo a colación porque, en criterio de algunos, el Banco Central debe tener ahora no sólo la función de controlar la inflación, sino también la de promover la generación de empleo y, por ende, el crecimiento real de la economía.

Como ejemplo de aquel criterio, en el periódico La República del 19 de agosto del 2013, hay un artículo que lleva por título “Mejor Meta: Inflación o Crecimiento Económico” y como subtítulo algo que expresa mejor la intención del comentario: “La crisis cambió los bancos centrales, ya que se preocupan más por el crecimiento, dejando de lado la inflación”.

Expone el artículo de La República:
 
“La meta de los últimos años para el Banco Central es tener controlada la inflación, dejando como secundarias el crecimiento económico y el empleo”…
Hay quienes han pensado seguir un modelo más moderno, como el de Estados Unidos, Japón o Reino Unido, donde tienen en su legislación ambas metas (inflación y crecimiento económico}, aunque sean objetivos contradictorios. Así, el Central podría cuidar tanto la estabilidad del colón como impulsar medidas para ver crecer la economía nacional y bajar los niveles de desempleo…”

“…’La crisis cambió eso, los bancos centrales se preocuparon —y siguen preocupándose— por el crecimiento, dejando de lado la inquietud de la inflación. Cuando la producción se viene en picada y el desempleo crece, los precios ocupan una prioridad secundaria. Las condiciones de una economía en crisis de producción, en todo caso, no son inflacionarias”, explica Fernando Rodríguez, economista.”

El tema reviste importancia, pues resucita la vieja conocida de los economistas, la llamada Curva de Phillips, desarrollada por el economista neozelandés y keynesiano William Phillips.  Lo que, en resumen, proponía la curva de Phillips era la posibilidad de que los encargados de las políticas económicas pudieran optar entre los objetivos de inflación y desempleo.  Así, desde el punto de vista de los objetivos o metas de un Banco Central, con base en la curva de Phillips se consideró que era posible sacrificar el logro del objetivo de una baja inflación, a fin de dar lugar a mayores niveles de empleo. O, a la inversa, que se podía lograr un descenso en la desocupación pero a cambio de una mayor inflación.

De esta manera, el dilema de políticas que generalmente encaraba un Banco Central (como el nuestro), era que debía escoger entre dos males: o una alta inflación para lograr un mayor nivel de ocupación y, por lo tanto, de crecimiento real de la economía, o bien lograr una baja inflación, pero a cambio de provocar un aumento en la tasa de desempleo y, por lo tanto, un menor crecimiento real de la economía.

Ejemplo de esta visión -de que había una relación inversa entre inflación y desempleo- fue expuesta en 1960 en un artículo muy importante de dos destacados economistas keynesianos, Paul Samuelson y Robert Solow, quienes lo presentaron ante la Asociación Norteamericana de Economistas y fue luego reproducido en el libro editado por Arthur M. Okun, The Battle Against Unemployment: An introduction to a current issue of public policy, bajo el título  “Our Menu of Policy Choices”.  Sobre el tema en concreto se ha escrito que
 
“El remedio sugerido, desde Samuelson y Solow en particular, era proseguir políticas keynesianas que mantuvieran el pleno empleo a una tasa específica de inflación, por medio de la manipulación del presupuesto y la expansión o contracción de la oferta de dinero, en función de si la economía estaba creciendo o decreciendo.” (Daniel Stedman Jones, Masters of the Universe, Princeton, New Jersey: Princeton University Press, 2014, p. 188).

Si, según el análisis de Phillips y las sugerencias, entre muchos otros economistas, de Samuelson y Solow, era posible proseguir una política de pleno empleo (o baja tasa de desocupación), logrado a cambio del sacrificio de una mayor inflación, ¿cómo fue que en la administración del Presidente Carter durante el período 1977-1981, con base en aquella vieja receta keynesiana simultáneamente se tuvo tasas elevadas de inflación (un promedio de casi el 15%) y altas tasas de desocupación (de alrededor de un 7.5%)?

Un hecho similar sucedió en la Inglaterra de esos años, cuando, en un discurso en setiembre de 1976 ante una Conferencia del Partido Laborista, un intelectualmente muy honesto Primer Ministro laborista, James Callaghan, ante la evidencia exclamó que,

“Solíamos pensar que se podía pagar la salida de una depresión e incrementar el empleo, reduciendo los impuestos y aumentando el gasto público. Les digo con todo el candor que esa opción ya no existe y que si existió alguna vez, sólo trabajó inyectando una dosis mayor de inflación en la economía, seguida por un nivel más alto de desempleo. Esa es la historia de los últimos veinte años”. (Citado en mi libro De la Pobreza a la Abundancia en Costa Rica, 1981, p. 35).

Y aquí en casa, ¿tenemos algún ejemplo del fracaso del planteamiento keynesiano de la Curva de Phillips, de que se podía reducir el desempleo a cambio de una mayor inflación?  Lo sucedido en la administración Carazo es  clara evidencia de las premisas falsas de la Curva de Phillips. Cito a mi libro Inflación y Control de Precios, para narrarles que

“…cuando se señala que el gobierno del Presidente Carazo fue puesto a (y cito) ‘escoger ante la ausencia de acción legislativa, entre la inflación y el desempleo, se escogió entre ambos males al menor, la inflación, y la paz social se ha mantenido, esto indica que la decisión fue acertada’, se omite la evidencia que los datos muestran: esto es, la simultaneidad de una enorme inflación y un elevado desempleo. No se optó entre dos males: se eligieron los dos conjuntamente.” (Op. Cit., p. 57.  Las afirmaciones del gobierno del señor Carazo aquí citadas provienen de la página 70 del informe presidencial que diera oficialmente ante la Asamblea Legislativa, el primero de mayo de 1982).

El próximo martes continuará en este sitio la segunda parte de este comentario. 

Jorge Corrales Quesada

martes, 27 de agosto de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: comentarios sobre algunas políticas recientes del Banco Central

Deseo referirme a algunos aspectos de la política monetaria proseguida por el Banco Central en lo que va de este año. Ciertamente, voy a defender algunas de las acciones tomadas por el ente emisor, así como señalar mi desacuerdo con algunas otras.

A inicios de este año, el Banco Central enfrentaba una difícil coyuntura debido a dos hechos.  El primero es la fuerte entrada de fondos provenientes del exterior, muchos de ellos a corto plazo, lo cual se originó no sólo por la muy expansiva política monetaria seguida por el Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos (FED), sino también por la existencia de tasas de interés domésticas muy elevadas. Acerca de las decisiones de la FED, el Banco Central de Costa Rica no puede hacer nada, pero las altas tasas de interés vigentes eran una creación del propio Banco Central. 

El segundo factor fue una clara subvaluación del colón, pues el Banco Central continuaba manteniendo el tipo de cambio en el límite inferior de la banda cambiaria, mientras los mercados claramente determinaban que, si el tipo de cambio se dejara fluctuar, el colón se apreciaría ante el dólar.  Esto se debía en mucho por las entradas de capital antes mencionadas, pero no exclusivamente por ellas. Además, debo agregar que había una fuerte presión política, principalmente del sector exportador, que se oponía a la posible revalorización del colón. Esa petición se extendió a otros grupos empresariales. También -muy importante- tuvo eco entre autoridades económicas del Poder Ejecutivo.

En resumen, a principios de año el Banco Central se encontraba en un zapato. Ello por la oposición política a una devaluación, en el marco de una fuerte entrada de capitales externos, tanto del llamado capital golondrina o de corto plazo, así como por un fuerte influjo de inversión extranjera directa hacia el país. El Banco Central se dio cuenta de que, para evitar la revaluación del colón, debía adquirir los dólares excedentes en el mercado doméstico. Pero eso se traducía en una fuerte emisión monetaria, lo cual amenazaba el cumplimiento de su función esencial, cual es el control de la inflación.

En estas circunstancias, el Banco Central tomó varias medidas a principios de año. Las más importantes fueron, primero, la de proponer un proyecto de ley que le permitiera restringir la entrada al país de los capitales de corto plazo. En segundo lugar, decidió restringir fuertemente la tasa de crecimiento del crédito interno y, en tercer lugar, provocar una reducción de las sobredimensionadas tasas internas de interés.

En mi opinión, la tercera de estas medidas es la que mejor resultado le ha dado a la política proseguida por el Banco Central, para enfrentar los problemas arriba expuestos.  Era correcta porque ante ella el inversionista externo de corto plazo no podía contar con rendimientos elevados y, a la vez, dada la política cambiaria del Banco, obtener las divisas para su repatriación a un tipo de cambio de hecho garantizado. Alguien podría agregar que a esa reducción en las tasas de interés puede haberse adicionado el efecto de la decisión de la FED, al haber anunciado que terminará, en cierto momento, con su expansiva política monetaria, lo cual significaría alzas futuras en las tasas de interés. De hecho esto ya ha empezado a observarse en la economía estadounidense, Pero el caso es que los influjos de capitales hacia Costa Rica han disminuido en fechas recientes.

Otra de las medidas que tomó el Banco Central fue promocionar un proyecto de ley en la Asamblea Legislativa, que le diera facultades para restringir, bajo ciertas circunstancias, la entrada al país de capitales de corto plazo. Este proyecto de ley, afortunadamente, no ha avanzado a la fecha en su aprobación legislativa. Digo “afortunadamente” porque el Banco Central ya dispone de suficientes instrumentos de política monetaria, sin que sea necesario darle la posibilidad de restringir el libre flujo de capitales.

El Banco Central ha aseverado que necesita ese proyecto de ley, pero sólo para utilizar sus medidas de control de capitales cuando el Banco así lo considere.  Pero una carte blanche como esa no puede ser tomada a la ligera.  Al estar vigente la posibilidad de que las autoridades bancarias lo pongan en práctica, más bien debe pensarse en si a un cuerpo administrativo se le debe dar atribuciones como esa.  Puede que, de pronto, el Banco Central decida ponerla en práctica por cualquier razón que se le ocurra. Eso es peligroso e inconveniente. 

Lo que parece estar sucediendo, es que se ha moderado el influjo de dólares proveniente de movimientos de capital de corto plazo. Es más, en medios internacionales ya hay amplias manifestaciones acerca de la posibilidad de que pronto, ante las próximas decisiones de la FED en cuanto a restringir su expansión monetaria, podría presentarse una salida de esos capitales de corto plazo hacia su principal nación de origen, como son los Estados Unidos. A la fecha, en los países conocidos como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) el problema actual es más bien la repatriación de muchos de esos fondos de corto plazo, en vez de una indeseable excesiva entrada de capitales golondrina. Es de notar la decisión reciente del Banco Central de Brasil de lanzar a su economía una cantidad importante de sus elevadas reservas en dólares, como forma de aliviar la presión para una devaluación del real brasileño. Medida similar se está dando en el caso del Banco Central de la India.

La tercera medida que tomó el Banco Central a inicios de este año y vigente hasta mediados de éste, fue la de restringir el crédito bancario, tanto en colones como en dólares, para la economía nacional. El malestar que generó la medida, principalmente en sectores empresariales y, en particular, el financiero y que se reflejó en una velada crítica del Poder Ejecutivo a las decisiones tomadas a principios de año por el Banco Central, hizo que el ente emisor, en buena hora, decidiera echar para atrás en su decisión de restringir el crecimiento del crédito bancario. 

No se está abogando porque no haya un necesario control de la oferta monetaria, pero para eso hoy existen diversos instrumentos monetarios para lograrlo. Estas herramientas de que hoy dispone el Banco Central, son más eficientes que la medida de simplemente restringir el crédito, para reducir la cantidad de dinero circulando en la economía. Poner en práctica aquella restricción del crédito no sólo afecta el costo del financiamiento al sector productivo, el cual al momento pasa por un crecimiento tibio, sino que también la política monetaria deseable para un Banco Central se centra en el control de la base monetaria y no del crédito comercial que los bancos comerciales dan a sus clientes.

A mediados de año el Banco Central de Costa Rica decidió –afortunadamente, en mi opinión- eliminar sus restricciones al crédito antes referidas, pero, a la vez, hizo una advertencia muy importante y oportuna, que los bancos comerciales deben tener muy presente en su política crediticia.  Dada la evolución de la política de la FED, que en algún momento –tal vez muy pronto, antes de fin de año- va a pasar de una expansión elevadísima a una restricción monetaria, posiblemente tendrá un impacto significativo en la economía costarricense, al restringir los flujos de capital externo hacia el país (de corto y largo plazo). De darse se elevaría la posibilidad de que el colón se devalúe significativamente, en vez de su fortalecimiento actual e incluso del mantenimiento del tipo de cambio actual en el límite inferior de la banda cambiaria.

Tal devolución de los flujos de capitales podría poner en problemas a las carteras de los bancos comerciales denominadas en dólares, pues la revaluación de esta moneda tendría un impacto fuerte sobre aquellos deudores de préstamos en dólares y que, a la vez, no son generadores netos de divisas. La advertencia que ha hecho  el Banco Central de Costa Rica me parece que es sumamente apropiada, dado lo que ya está sucediendo en muchas naciones, que en los últimos tiempos han sido grandes receptoras de capitales de corto plazo, provenientes principalmente de las naciones industrializadas.

Ahora sólo cabe que el Banco Central reasuma su camino para cumplir con su objetivo esencial, cual es el control de la inflación. Pero sobre todo que tenga un comportamiento de la oferta monetaria moderado y estable, pues los vaivenes monetarios dan lugar a efectos negativos sobre la inversión privada y, por ende, sobre el empleo y el crecimiento económico en general. La incertidumbre siempre tiene consecuencias indeseables.

Jorge Corrales Quesada

martes, 21 de mayo de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: ya ni para limpiarse el trasero

¡Quién iba a imaginarse que, en una de las naciones del mundo más rica en bienes naturales, como es Venezuela, iba a escasear el papel para el escusado! A tal estado de cosas ha llegado la situación de esa economía.  Es verdad que no solo el papel “toilette”, como se le llama allá, desapareció de los comercios, sino que también están ausentes de los anaqueles otros productos esenciales como la harina, la leche, el pollo, la manteca y el café, entre otros.  Paradójicamente, lo único que parece abundar es la gasolina y otros derivados de petróleo. Un litro de gasolina cuesta entre 3 y 4 centavos de dólar, el más bajo del mundo. En contraste, una taza de café en una soda cuesta 30 veces más.  Por lo general, la propina que el consumidor le da a quien le llena el tanque, es más que lo que se gasta en echarle gasolina al carro.

Todo este desorden tiene que ver con la política gubernamental de control de precios. La gasolina tiene un precio ínfimo, por lo cual el gobierno está dispuesto a subsidiar su consumo hasta la coronilla, como medio para ganar puntos ante los consumidores (aunque esas pérdidas en que incurre el estado lo pagan todos los ciudadanos-consumidores de ese país). Pero, en el caso de bienes que son producidos por el sector privado, como muchos de los que cité antes, la situación es muy diferente, pues sus precios están muy por debajo de su costo de producción, con lo cual nadie, en su sano juicio y siempre evitando perder, estaría dispuesto a producirlos para llevarlos al mercado a ese precio controlado. 

No hace mucho Alejandro Fleming, Ministro de Economía de Venezuela, dijo que ese desabastecimiento de productos se debía a que había mucha demanda y poca oferta.  En rigor, eso es cierto, pero hay que entender por qué se presenta esa disparidad entre la oferta y la demanda.  Veamos primero la razón de la alta demanda en la economía.  Ello se debe simplemente a la enorme emisión de dinero que ha practicado el Banco Central de Venezuela durante los últimos tiempos.  Cualquier estudiante de Economía básica, así como cualquier ciudadano medianamente informado, saben que, si se emite mucho dinero en una economía, mucho más allá de lo que crece la producción, se presenta inflación.  No se necesita ser un Milton Friedman para saber que el más de 30% de inflación que actualmente azota a Venezuela, se debe al populismo monetario de las autoridades del Banco Central de ese país. 

A fin de controlar la inflación, el gobierno venezolano ha acudido a dos medidas.

Una de ellas es realizar importaciones de bienes que se consumen masivamente en Venezuela y que no se elaboran en ese país o que han dejado de producirse internamente. Casi todos los bienes, excepto petróleo y derivados, están en esas circunstancias. Tales importaciones han sido posibles gracias a los elevados precios internacionales del petróleo. 

Sin embargo, la producción de petróleo de Venezuela ha venido declinando con el paso de los años. Se estima que la producción anual de Petróleos de Venezuela S. A. (PDVSA) ha caído un 2% anual desde el 2008. A pesar de que, según la Organización de Países Exportadora de Petróleo (OPEP), Venezuela posee los mayores recursos petrolíferos del mundo, superando incluso a Arabia Saudita, su producción actual de petróleo es tan sólo de 2.4 millones de barriles diarios. Esto es, un 25% menos de lo que se producía cuando Chávez llegó al poder, hace 14 años.

En mucho ese decrecimiento de la producción de PDVSA se debe a su propia incapacidad. En estos tres últimos años su capacidad productiva ha caído un 35%. Por ello, ahora andan como locos tratando de que los chinos inviertan en su industria petrolera, aunque tal vez sea a cambio de los derechos que hoy Venezuela tiene por su petróleo. La incapacidad administrativa de PDVSA y la limitación de recursos que le impiden llenar los montos requeridos de inversión auguran un futuro muy incierto para los ingresos petroleros de ese país en especial ante su cierre a inversión extranjera (con excepción, tal vez, de la China o la de India). Los efectos ya se están sintiendo en la economía de esa nación.

Volviendo al tema de la inflación y particularmente en lo referente a la disminución de la oferta en la economía citada por el Ministro de Comercio Fleming, en la actualidad es notoria la escasez de divisas que permitan a las empresas domiciliadas en Venezuela adquirir del exterior lo necesario para producir sus bienes. Ante tal incapacidad para importar, las firmas internas han tenido que reducir sus niveles de producción. Por supuesto, eso no lo dice ese Ministro de Economía, quien habló de la mucha demanda y de la poca oferta. Esta decrece porque ahora no se tiene el financiamiento de divisas, que antes se disponía gracias a la abundancia petrolera de Venezuela. Al no tenerse ahora financiamiento para adquirir los insumos necesarios, ni el equipo productivo indispensable, ni los repuestos requeridos, la producción nacional tiene que caer. 

El Ministro de Finanzas de Venezuela, Nelson Merentes, ha reconocido estos problemas de financiamiento y ha dicho que está en marcha un plan para garantizar la adquisición de divisas para las empresas pequeñas y medianas. Pero lo cierto es que la situación de reservas internacionales de Venezuela parece ser precaria.  Se ha se mencionado que, a principios de mayo de este año, si acaso las reservas internacionales del país superaban los $25.000 millones y que de ellas un elevado porcentaje (70%) estaba conformado por posiciones en oro y similares. Se ha hecho saber que la posición de reservas líquidas de Venezuela es inferior a los $3.000 millones. (Casualmente un monto de reservas parecido al que hoy tiene Costa Rica, si bien no son totalmente líquidas).

Por eso es que, ante la limitación de divisas, en Venezuela el tipo de cambio se ha disparado por las nubes.  El llamado dólar paralelo –el precio del dólar en la calle- tiene a la fecha un precio superior a los 26 bolívares (llamados bolívares fuertes), en tanto que el tipo de cambio oficial es de 6.30 bolívares fuertes por dólar.  Ya el presidente Maduro ordenó llevar a cabo una guerra contra el tipo de cambio paralelo, al igual que lo han hecho infinidad de veces en el pasado, todos los usuales poseedores de la sabiduría que supuestamente otorga el poder: y que siempre concluyen en un fracaso. Ha llamado a clausurar los sitios libres en donde se transan dólares fuera del estado. A los participantes en ellos casi que los ha convertido en delincuentes subrepticios, tan sólo porque quieren cambiar sus dólares por su verdadero valor y no por el que se le antoja a Maduro y a su Banco Central.

Al otro  intento del gobierno venezolano por contener la inflación ya nos referimos anteriormente: fijar precios topes o máximos. La lección de la historia económica en este tema es tajante. Desde la época de Henku, rey de Egipto en el 2080 antes de Cristo, o del rey Hammurabi (hace 4.000 años) hasta en el Chile de Allende y la Nicaragua de la primera administración de Ortega, los gobiernos nunca han podido controlar la inflación mediante el control de precios.  Tal vez con excepción de lo sucedido bajo el régimen nazi, se tuvo algún grado de éxito en poder controlar los precios en circunstancias inflacionarias.
El historial de fracasos de la política de fijación de precios lo documento en un libro que escribí en 1984 bajo el título Inflación y Control de Precios (Editorial Stvdivm). Pronto estará disponible en la web y de ello oportunamnte le informaré al amigo lector que desee ojearlo o reproducir. En él, expongo los resultados que tiene sobre los mercados esa ineficiente política que pretende controlar la inflación, como es hoy el caso de Venezuela. Provoca el surgimiento de mercados negros, que los precios no controlados se disparen, que se presente un deterioro de la calidad de los bienes cuyo precio es controlado, que surjan largas colas para poder comprarlos, que aparezcan sistemas de ventas atadas (esto es, que a usted se le vende el bien al precio controlado, pero tan sólo si adquiere otro bien a un precio más alto o de menor calidad). 

Asimismo, el control de precios provoca el acaparamiento y la aparición de negocios “fáciles”, como cuando se obtiene de parte del gobierno permisos de importación, lo cual genera grandes ganancias que van más allá de las usuales en los mercados. También abunda la corrupción de las autoridades, así como la escasez y desaparición de los bienes en los mercados, los horarios anormales de ventas, como en las madrugadas, a los precios mayores del mercado, al igual que los productos se venden de repente en bolsas menos llenas, al igual que surge la venta de productos empacados en cantidades diferentes a las reguladas, con lo cual se evita la regulación a bienes empacados en otras cantidades. Incluso simplemente aparece un producto “nuevo” (por ejemplo, ahora con “triclorín climatizado”). Igual de nocivo es el impacto que la política de control de precios tiene sobre el desempleo, que afecta a  trabajadores de empresas cuyo precio es controlado, así como la subutilización del equipo de producción, entre muchas otras cosas.

Podemos predecir que el iluminado del pajarito, con total incultura y poca madurez, pero sobre todo con falta grave de inteligencia, le dirá a su pueblo: “Si no hay papel, pues que usen elotes”. El problema es que en Venezuela tampoco hay producción suficiente de maíz para usar los elotes en esas higiénicas materias. Esto significa que hay una buena oportunidad para la exportación de elotes a Venezuela desde Costa Rica, entre otras naciones.  El problema es que sus reservas monetarias, a pesar de la abundancia petrolera, se han menguado notoriamente como para poder exportarles lo necesario a Venezuela.

Jorge Corrales Quesada

miércoles, 20 de marzo de 2013

Desde la tribuna: peligro latente

En Costa Rica continúa presentándose el déficit presupuestario. Es un tema muy serio que afecta profundamente la economía.

Además, para males, la actuación del Banco Central en la compra de los dólares, está incubando pérdidas y ejerciendo presión inflacionaria.

Para colmo de males, según lo reconoce el mismo Banco Central, los precios “regulados” han aumentado en demasía (electricidad, agua, combustibles).

Todos hemos sufrido, una experiencia compartida, la angurria estatal en los pagos de impuestos del último período (especialmente en lo tocante a vehículos). 

Ello pone a la vista un panorama sombrío, amenazador y peligroso.

Para terminar de iluminar (o, en este caso, llenar de tinieblas) el cuadro, es claro que de la Comisión de Notables se pasó a unos paquetes de reformas normativas (Constitución, Reglamento de la Asamblea Legislativa y Ley de la Jurisdicción Constitucional) que pretende allanar el camino para un Paquete tributario (plazos irracionalmente cortos para votar proyectos, restricción del uso de la palabra, eliminación de la consulta legislativa de constitucional y caducidad de la inconstitucionalidad para irrespeto a las formas):  la mesa queda servida para que nos coman con impuestos. 

Es obvio que la economía y el desempeño de la sociedad costarricense está bajo la amenaza de cobrar la factura por el deficitario desempeño público.  De feria, el Ejecutivo está empeñado en dilapidar centenar y medio de miles de millones de colones en la trocha mocha y proyectos circunvecinos.  Dinero que no le sobra al Estado y tampoco a los ciudadanos.

Aviados estamos, tomemos conciencia de que éste no es el camino del desarrollo sino la vía hacia la pobreza.

Federico Malavassi Calvo

jueves, 14 de marzo de 2013

Jumanji empresarial: enfrentar la realidad YA (Parte I)

Para los objetivistas, la realidad no permite contradicciones: las cosas son o no son. Por ejemplo, si uno camina hacia un precipicio, no importa cuánto crea uno que ese precipicio no existe, siempre caerá en él. Esto también es así en la realidad económica. No importa cuánto nos engañemos de que podemos seguir caminando hacia el precipicio sin caer, con más deuda, más gasto corriente, más inflación, más regulación, más coerción fiscal y más intervención estatal generalizada, siempre terminaremos cayendo al precipicio. Solo es una cuestión de tiempo. 

Pero, dado que la arrogancia de la propia certeza y la obsesión de evadir la realidad son la característica de los gobiernos intervencionistas, es poco probable que nuestros líderes políticos logren ver la realidad antes de que todos caigamos al precipicio.

Resumo las ideas de Murray Rothbard sobre la intervención estatal: los déficits y la deuda creciente se han convertido en una carga intolerable sobre la sociedad y la economía porque aumentan la incertidumbre y la carga de impuestos en el futuro y drenan los recursos disponibles para el sector productivo con el fin de entregárselos al sector parasitario improductivo del sector público.
Además, cuando los déficits son financiados por medio de la expansión crediticia -o sea, creando dinero de la nada- es aún peor, dado que la inflación crediticia genera inflación de precios permanente, así como burbujas impredecibles en sectores ya saturados.

Tamaño círculo vicioso es tan real ahora como lo fue hace 30 años; y sin embargo, economistas en puestos de poder como el actual presidente del BCCR, Rodrigo Bolaños, siguen sin aceptar la realidad tal y como se nos presenta. Así nos lo deja ver el propio Bolaños cuando dice, ante las cifras recientes del IPC: “Los factores que acicatearon el crecimiento en el IPC serían transitorios y los indicadores de inflación a más largo plazo todavía se ubican dentro del rango meta de la Autoridad Monetaria”. Pero esta meta, que tanto cita la autoridad monetaria, no toma en cuenta el carácter impredecible del inicio de un ciclo inflacionario, cuando la intervención del Banco Central, aparte de ampliar la masa monetaria de manera progresiva, también ha generado incertidumbre, lo que hace que los empresarios busquen mayores ganancias con menos inversión para contrarrestar una inflación futura, acentuando de tal manera el círculo vicioso.

La economía se mueve gracias a la inversión creativa, así como la innovación que logra vencer la ley de retornos decrecientes y funda el proceso de capitalización que se logra con estabilidad económica. Pero, cuando por intervención del Estado, el capital de riesgo se convierte en "capital sin riesgo" (especulativo) y la economía se descapitaliza por culpa del gasto improductivo estatal, entonces es cuando vemos que la inflación aumenta y la pobreza florece como una mala siembra

Por esta razón, si el gobierno no impulsa medidas que promuevan la inversión y el empleo lo antes posible, bajando los costos de transacción de empresarios y consumidores, lo que podríamos forjar en un futuro cercano es un estancamiento con inflación, desde ya empobrecedor, por añadidura las condiciones del ambiente más propicio para la especulación desenfrenada.

Ya no se trata de interpretaciones, sino de algo muy simple: admitir una realidad que grita y a los cuatro vientos.

Andrés Pozuelo Arce

miércoles, 13 de marzo de 2013

Desde la tribuna: prioridades económicas

Sigue el déficit presupuestarios, sigue el Estado desordenado, sigue la presión para poner más impuestos con el agregado de mayor intervención del Fisco en las finanzas privadas.

Sigue la amenaza del Banco Central en relación con las ganas de manejar el tipo de cambio (ahora le llaman “flotación administrada”) y el abandono de la idea de una liberación cambiaria.  Ello constituye amenaza de inflación, de manipulación del tipo de cambio y de aumento de las pérdidas del Banco Central.

¿Podrá haber prosperidad así?  Es realmente difícil. Hay un leve crecimiento económico porque los costarricenses seguimos trabajando, pero no hay condiciones para una verdadera activación económica.  Hay inflación y ello dificulta el desempeño económico. Hay presión por razón de un serio déficit fiscal y la única ocurrencia del oficialismo es poner más impuestos.

La energía (monopolizada) es muy cara. Los precios fijados son muy altos. En relación con Recope es evidente que hay un abuso de precios y la amenaza de extender el monopolio a la refinadora china es una losa que arriesga caer encima de todos.

El oficialismo, además, quiera la vía de aprobar más leyes (¡obviamente, para poner más impuestos!). El Estado ha monopolizado la moneda, los hidrocarburos, la electricidad y los seguros obligatorios, no hay adecuada apertura de telecomunicaciones ni de seguros: ¿le cuesta a alguien entender que no hay condiciones para desarrollo adecuado?

Es necesario promover libertad y abrir espacios para la iniciativa privada. Asimismo, es elemental que el Estado se concentre en sus tareas básicas y obligatorias (seguridad jurídica, infraestructura pública, hacer buena educación pública) y no se distraiga en tonterías que inutilizan la sociedad.

Federico Malavassi Calvo

martes, 14 de junio de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: de nuevo con la Curva de Phillips


Los economistas solemos referirnos a la Curva de Phillips para dar a conocer una supuesta relación inversa entre la inflación y el desempleo. Esto es, a la idea de que un desempleo alto se encuentra asociado con una inflación baja y que una inflación alta, lo está con una desocupación baja. Esa supuesta regularidad empírica es lo que se conoce como Curva de Phillips, nombrada así por un economista inglés de mediados del siglo pasado.

Por muchos años hubo economistas quienes, basados en la Curva de Phillips, señalaron que, ante un desempleo considerado alto por las autoridades económicas, se podría optar por inflar la economía (esto es, una mayor inflación) a fin de reducir la desocupación. Muchos de los encargados de definir las políticas económicas de los países si vieron enfrentados a escoger entre dos males: la inflación y el desempleo. La decisión usual fue preferir lo que consideraron como el menos malo (¡no me refiero a ningún candidato político!). Mucha de esa escogencia fue simplemente el resultado de un cálculo político: los votantes desocupados suelen votar en contra del gobierno por no generar suficientes empleos, en tanto que la inflación muy a menudo es atribuida a cualquier cosa menos a la emisión excesiva de los bancos centrales de los países, con lo cual los gobiernos de turno se lavan las manos por su responsabilidad inflacionaria.

Con este panorama enfrente, quedó servido el menú para los políticos y economistas. Debían escoger lo que consideraban era lo menos malo y, si elegían a la inflación como su preferida (supuestamente asociada con un desempleo más bajo) siempre podrían echarle los muertos de ese mal a algún otro personaje distintos de sus bancos centrales, personajes que han desfilado en distintos capítulos de la historia económica de diversos países, como es el caso de los árabes, los petroleros, el mal clima, las malas cosechas, la extinción de anchovetas en el Océano Pacífico peruano o lo que fuere.

Ejemplo de los problemas que se derivan de utilizar la Curva de Phillips para el manejo económico de los países, lo vivimos aquí cerquita: en la administración Carazo, en ocasión del discurso presidencial de don Rodrigo ante la Asamblea Legislativa el 1 de mayo de 1982, se nos dijo lo siguiente: puesto “a escoger ante la ausencia de acción legislativa, entre la inflación y el desempleo, se escogió entre ambos males el menor, la inflación y la paz social se ha mantenido, esto indica que la decisión fue acertada”. Pero la verdad ¡tristemente! se evidenció luego. El país terminó en ese año con una inflación enorme y el mayor desempleo de los últimos tiempos. La decepción de los ciudadanos fue evidente: terminamos con mayor inflación y mayor desempleo; no era cierto que se podía escoger una mayor inflación para bajar el desempleo, como nos lo decían los seguidores de la curva de Phillips.

Este panorama no sólo se presentó en Costa Rica. Algo similar sucedió con la Administración Carter en Estados Unidos, país en el cual se tuvo simultáneamente una de la mayores tasas de desempleo (un 7%) con una de la más elevadas tasas de inflación (13.5%). Se concluyó con en una economía en que había una simultaneidad del desempleo y la inflación, cuando se aseveraba que se podía optar entre esos dos males.

Los políticos de entonces ya habían empezado a descubrir la verdad. James Callaghan, Primer Ministro inglés, en un discurso que pronunció en setiembre de 1976 en la conferencia de su Partido Laborista, dijo: “Solíamos pensar que se podía pagar la salida de un depresión e incrementar el desempleo, reduciendo los impuestos y aumentando el gasto público. Les digo con todo el candor que esa opción ya no existe y que si existió alguna vez, sólo trabajó inyectando una dosis mayor de inflación en la economía, seguida por un nivel más alto de desempleo. Esa es la historia de los últimos veinte años.” Se acabó así el cuento de que altas tasas de inflación estaban asociadas con bajas tasas de desempleo y que bajas tasas de inflación estaban ligadas con altas tasas de desempleo.

Un importante teórico monetario, Milton Friedman, en su discurso en ocasión de recibir el Premio Nobel en Economía, en Estocolmo, Suecia, el 13 de diciembre de 1976, le dio el golpe de gracia a los proponentes de la Curva de Phillips, cuando señaló que, “desafortunadamente para esta hipótesis, la evidencia adicional fracasó en conformarse con ellas (que existía una elección y una opción apropiada entre inflación y desempleo). Más importante, la tasa de inflación, que parecía ser consistente con un nivel específico de desempleo, no permaneció fija… tasas de inflación que previamente habían sido asociadas con bajos niveles de desempleo, fueron experimentadas junto con altos niveles de desempleo. El fenómeno de la simultaneidad de alta inflación y alto desempleo se impuso por él mismo en las noticias profesionales y públicas, recibiendo el triste nombre de ‘estanflación’.” (El paréntesis es mío)

Pero a veces parece que cuesta que las malas ideas mueran del todo. Esto es frecuente en la historia del pensamiento económico, en donde cosas que se han demostrado como incorrectas, renacen de pronto con renovado vigor, hasta que una vez más se muestre que están equivocadas. La vigencia de la llamada curva de Phillips y que se apele a ella para la prosecución de políticas monetarias expansionistas en Costa Rica son parte de esa resistencia a la desaparición de las malas ideas. Se ha vuelto a señalar que, ante las actuales circunstancias de la economía costarricense, “con metas de inflación flexibles… el Banco Central anda buscando dos cosas: una meta de inflación pero anda buscando también algo que tiene que ver con producción y empleo.”

El punto clave es si es posible para el Banco Central lograr como meta una reducción del desempleo (también definido como un estímulo para aumentar la producción) aunque para lograrlo tenga que sacrificar su objetivo de una tasa de inflación baja. La propuesta antes indicada lo que nos dice es que es posible que el Banco Central de Costa Rica sacrifique un poco su meta de una baja inflación para lograr con ello una meta de un mayor empleo y crecimiento económico, como si eso fuera posible.

Me atrevo a vaticinar que una “apertura de piernas” del Banco Central en cuanto a su meta de una baja inflación; esto es, que aumente la emisión monetaria, sólo dará campo para que le metan un “golazo entre-piernado”, porque de las cosas más difíciles de echar para atrás –lo pueden confirmar muchísimos banqueros centrales- es que, una vez que se abren las compuertas para la inflación, se puedan cerrar fácil e indoloramente.

Alguien podría tener en mente provocar que haya una “inflacioncita”, chiquitica, como para que con ella se estimule el crecimiento sin que crezcan mucho los precios –algo así como echarle una engañadita a los ticos- pero no creo que tal arte, más propio de taumaturgos, pueda tener éxito, porque los agentes económicos suelen incorporar en sus decisiones las expectativas inflacionarias originadas en las decisiones del Banco Central. Rápidamente los mercados detectarían el carácter inflacionario de las nuevas medidas del Banco Central y con base en ellas ajustarían sus expectativas ante el crecimiento futuro de los precios, abortando el esfuerzo del Banco por engañarlos con ilusiones monetarias.

Dado lo anterior, terminaremos con algo más de inflación (aunque sea chiquitica, que me imagino es lo que tiene en mente el proponente), pero sin que se dé por ello un aumento en la producción real de la economía (y una caída en la desocupación). Ciertamente podría ser que, por alguna otra razón, tal vez un fuerte incremento en la demanda externa de nuestra producción, se presente un alza en la actividad productiva doméstica, pero es por dicha razón que se logra ese objetivo deseable, pero no a causa de una expansión monetaria. De no ser por un factor positivo externo o algo similar a éste, se podría creer que algún sabio banquero central habría encontrado una especie de piedra filosofal económica: Que era posible expandir la producción simplemente emitiendo más dinero y eso, que yo sepa, no se ha visto en ningún lado hasta el momento. Puede verse, por ejemplo, lo que está sucediendo con la enorme expansión monetaria en los Estados Unidos, en donde el desempleo no disminuye, la producción crece muy, pero muy, lentamente y posiblemente en cierto momento el problema inflacionario se tornará presente.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 26 de mayo de 2011

Jumanji empresarial: salarios, desempleo e inflación


Nuestro sistema económico (la economía de mercado o capitalismo) es un sistema de supremacía del consumidor. El consumidor es soberano, según un lema popular “siempre tiene la razón”. Los empresarios tienen la necesidad de ofrecer lo que piden los consumidores y deben vender sus productos a precios que puedan y estén dispuestos a pagar los consumidores. Una operación empresarial resulta un fracaso manifiesto si los resultados de las ventas no reembolsan al empresario todo lo que ha gastado en producir el artículo. Así que los consumidores al comprar a un precio concreto determinan asimismo los salarios a pagar a los que se dedican a estas actividades.

1. Los salarios pagados en último término por los consumidores
De esto se deduce que un empresario no puede pagar más a un empelado que el equivalente en valor del trabajo de este último, de acuerdo con el juicio del público comprador, añada a la mercancía. (Esta es la razón por la que una estrella de cine gana más que la mujer de la limpieza). Si paga más, no recuperaría sus desembolsos de los compradores, sufriría pérdidas y acabaría en bancarrota. Al pagar salarios, el empresario actúa como un mandatario de los consumidores, por decirlo así. Recae sobre los consumidores la incidencia de los pagos de salarios. Como la inmensa mayoría de los bienes producidos los compran y consumen personas que reciben a su vez salarios, es evidente que al gastar sus ganancias los propios asalariados y empleados son los principales determinadores del nivel de compensación que obtendrás ellos y gente como ellos.
2. ¿Qué hace que suban los salarios?

Los compradores no pagan por los trabajos y esfuerzos que realiza el trabajador ni por la cantidad de tiempo que emplea en trabajar. Pagan por los productos. Cuanto mejores sean las herramientas que usa el trabajador en su empleo, más puede realizar en una hora, por consiguiente mayor será su remuneración. Lo que hace que suban los salarios y hace más satisfactorias las condiciones de vida de los asalariados es la mejora en el equipo tecnológico. Los salarios estadounidenses son más alto que en otros países porque el capital invertido por cabeza de trabajador es mayor y las fábricas están por tanto en disposición de utilizar las herramientas y máquinas más eficientes. Lo que se llama el modo de vida americano es el resultado del hecho de que Estados Unidos ha puesto menos obstáculos al ahorro y la acumulación de capital que otras naciones.

El retraso económico de países como la India consiste precisamente en el hecho de que sus políticas dificultan tanto la acumulación de capital doméstico como la inversión de capital extranjero. Como falta el capital requerido, las empresas indias no pueden emplear suficientes cantidades de equipamiento moderno y por tanto producen mucho menos por hora laboral y solo pueden permitirse pagar salarios que, comparados con el salario estadounidense, parecen sorprendentemente bajos.

Solo hay un camino que lleve a la mejora en el nivel de vida de las masas asalariadas, a saber, el aumento en la cantidad de capital invertido. Todos los demás métodos, por muy populares que sean, no solo son inútiles, sino que en realidad perjudican al bienestar de aquéllos a quienes supuestamente benefician.

3. ¿Qué causa el desempleo?
La pregunta fundamental es: ¿es posible aumentar los salarios para todos los dispuestos a trabajar por encima del nivel que habrían obtenido en un mercado laboral no intervenido?

La opinión pública cree que la mejora en las condiciones de los asalariados es un logro de los sindicatos y de distintas medidas legislativas. Atribuye al sindicalismo y la legislación por el aumento de los salarios, el acortamiento de la jornada laboral, la desaparición del trabajo infantil y muchos otros cambios. La prevalencia de estas creencias ha hecho popular al sindicalismo y es responsable de las tendencias en legislación laboral en las últimas décadas. Como la gente cree que debe al sindicalismo su alto nivel de vida, perdonan la violencia, coacción e intimidación por parte de los trabajadores sindicalizados y es indiferente al recorte de la libertad personal propio de las cláusulas de reserva para sindicatos. Mientras estas mentiras prevalezcan en la mente de los votantes, en inútil esperar un alejamiento decidido de las políticas que se consideran erróneamente como progresistas.

Sin embargo esta doctrina equivoca todo aspecto de la realidad económica. La altura de los salarios al que todos los dispuestos a trabajar pueden emplearse depende de la productividad marginal del trabajo. Cuanto más capital (siendo todo lo demás igual) se invierta, más subirán los salarios en el mercado de mano de obra, es decir, en el mercado laboral no manipulado por el gobierno y los sindicatos. A este nivel salarial, todos los que quieran trabajar puede obtener un trabajo. Así que en un mercado laboral libre prevalece una tendencia hacia el pleno empleo. De hecho, la política de dejar que el libre mercado determine el nivel de los salarios es la única política de pleno empleo razonable y de éxito. Si los niveles salariales, ya sea por presión sindical o por decreto del gobierno, se sitúan por encima de este nivel, se desarrolla un desempleo duradero de una parte de la fuerza laboral potencial.

4. La expansión del crédito no sustituye al capital
Estas opiniones se ven rechazadas apasionadamente por los dirigentes de los sindicatos y sus seguidores entre los políticos y los pretendidos intelectuales. La panacea que recomiendan para luchar contra el desempleo es la expansión del crédito y la inflación, llamada eufemísticamente “un política de dinero fácil”.

Como se ha apuntado antes, un añadido a las existencias disponibles de capital previamente acumuladas hace posible una mayor mejora del equipamiento tecnológico de las industrias, aumentando así la productividad marginal del trabajo y consecuentemente también los niveles salariales. Pero la expansión del crédito, ya se efectúe emitiendo billetes adicionales u otorgando créditos adicionales en cuentas corrientes, no añade nada a la riqueza de la nación en bienes de capital. Simplemente crea la ilusión de un aumento en la cantidad de fondos disponibles para una expansión de la producción. Como pueden obtener un crédito más barato, la gente cree erróneamente que la riqueza del país ha aumentado y por tanto ciertos proyectos que no podían ejecutarse antes ahora son viables. Al iniciar estos proyectos se potencia la demanda de mano de obra y de materiales en bruto y se hace que aumenten los salarios y los precios de las materias primas. Se enciende un auge artificial.

Bajo las condiciones de este auge, los salarios nominales que antes de la expansión de crédito eran demasiado altos para el estado del mercado y por tanto creaban desempleo por parte de la mano de obra potencial ya no son demasiado altos y los desempleados pueden volver a conseguir trabajo. Sin embargo esto ocurre solo porque bajo las nuevas condiciones monetarias y crediticias están aumentando o, lo que es lo mismo expresado en otros términos, cae el poder adquisitivo de la unidad monetaria. Luego la misma cantidad de salario nominal, es decir, de salario expresado en términos de dinero, significa menos en salarios reales, es decir, en términos de productos que se pueden comprar con la unidad monetaria. La inflación puede acabar con el desempleo solo recortando los salarios reales de los asalariados. Pero entonces los sindicatos piden un nuevo aumento en los salarios para mantener el ritmo respecto del coste de la vida y volvemos a donde estábamos, es decir, a una situación en la que el desempleo a largo plazo solo puede evitarse con una mayor expansión del crédito.

Eso es lo que ocurrió en este país, igual que en muchos otros en los últimos años. Los sindicatos, apoyados por el gobierno, obligaron a las empresas a acordar tipos salariales que estaban por encimas de los tipos potenciales, es decir, los tipos que el público estaba dispuesto a reintegrar a los empresarios comprando sus productos. Esto habría ocasionado inevitablemente un aumento en las cifras de desempleo. Pero las políticas públicas trataron de impedir la aparición de un desempleo importante mediante la expansión del crédito, es decir, la inflación. El resultado fue un aumento en los precios, demandas renovadas de salarios mayores y una reiterada expansión del crédito, en resumen, una inflación prolongada.

5. La inflación no puede continuar eternamente
Pero al final las autoridades se asustan. Saben que la inflación no puede continuar eternamente. Si no detenemos a tiempo la perniciosa política de aumentar la cantidad de dinero y medios fiduciarios, el sistema monetario nacional de derrumba por entero. El poder adquisitivo de la unidad monetaria se hunde hasta un punto en que a todos los efectos prácticos no es mayor que cero. Esto ocurrió una y otra vez, en este país con los continentales en 1781, en Francia en 1796, en Alemania en 1923. Nunca es demasiado pronto para una nación para darse cuenta de que la inflación no puede considerarse como una forma de vida y que es imperativo volver a políticas monetarias sólidas. Al reconocer estos hechos la administración y las autoridades de la Reserva Federal abandonar hace algún tiempo la política de expansión progresiva del crédito.

No corresponde a este breve artículo ocuparse de todas las consecuencias que produce terminar con las medidas inflacionistas. Solo tenemos que establecer el hecho de que la vuelta a la estabilidad monetaria no genera una crisis. Solo expone las malas inversiones y otros errores que se realizaron bajo la alucinación de la prosperidad ilusoria creada por el dinero fácil. La gente se hace consciente de los fallos cometidos y, ya no cegados por el espectro del crédito barato, empiezan a reajustar sus actividades al estado real de la oferta de factores materiales de producción. Es este ajuste (indudablemente doloroso, pero inevitable) el que constituye la depresión.

6. La política de los sindicatos
Una de las características desagradables de este proceso de descartar quimeras y volver a una evaluación sensata de la realidad afecta al nivel salarial. Bajo el impacto de la política progresista de inflación, la burocracia sindical adquirió la costumbre de reclamar a intervalos regulares aumentos saláriales y las empresas, después de alguna falsa resistencia, la aceptaron. Como consecuencia, estos niveles serían en ese momento demasiado altos para el nivel del mercado y habrían producido una enorme cantidad de desempleo. Pero la incesante inflación progresiva los cubriría rápidamente. Luego los sindicatos reclamarían de nuevo más aumentos y así sucesivamente.

7. El argumento del poder adquisitivo
No importa qué tipo de justificación aporten los sindicatos y sus esbirros a favor de sus afirmaciones. Los efectos inevitables de obligar a los empresarios a remunerar el trabajo realizado a niveles más altos de los que los consumidores estén dispuestos a devolverles comprando los productos son siempre los mismos: el aumento en la cifra del desempleo.

En la presente encrucijada, los sindicatos tratan de recuperar la vieja fábula mil veces refutada del poder adquisitivo. Declaran que poner más dinero en manos de los asalariados (aumentando los salarios, aumentando las prestaciones a los desempleados y empezando nuevas obras públicas) permitiría a los trabajadores gastar más y estimular así los negocios y sacar a la economía de recesión llevándola a la prosperidad. Es el falaz argumento a favor de la inflación de hacer felices a todos imprimiendo billetes. Por supuesto, si la cantidad de medios circulantes aumenta, aquellos a cuyos bolsillos llega la nueva riqueza ficticia (ya sean trabajadores, granjeros o cualquier otro tipo de gente) aumentará su gasto. Pero es precisamente este aumento en el gasto el que inevitablemente produce una tendencia general de todos los precios a subir o, lo que es lo mismo expresado de una forma diferente, una caída en la poder adquisitivo de la unidad monetaria. Así que la ayuda que una acción inflacionista podría dar a los asalariados es solo de corta duración. Para perpetuarla, tendríamos que recurrir una y otra vez a nuevas medidas inflacionistas. Esta claro que esto lleva al desastre.

8. Los aumentos salariales como tales no son inflacionistas S
e han dicho muchas tonterías acerca de estas cosas. Alguna gente afirma que los aumentos salariales son “inflacionistas”. Pero no son en sí mismos inflacionistas. Nada inflacionista, salvo la inflación, es decir, un aumento en al cantidad de dinero en circulación y crédito susceptible de cheque (dinero de talonario). Y bajo las condiciones presentes nadie, salvo el gobierno, puede hacer que aparezca la inflación. Lo que los sindicatos pueden generar obligando a los empresarios a aceptar niveles salariales más altos que los niveles potenciales del mercado no es inflación , no significa precios más altos en los productos, sino el desempleo de una parte de la gente dispuesta a trabajar. La inflación es una política a la que recurre el gobierno con el fin de impedir el desempleo a gran escala que de otra forma producirían los aumentos salariales de los sindicatos.

9. El dilema de las políticas actuales
El dilema que este país (y no menos muchos otros países) tiene que afrontar es muy serio. El método extremadamente popular de que aumentar los salarios por encima del nivel que habría establecido un mercado laboral no intervenido produciría un catastrófico desempleo masivo si la expansión del crédito inflacionista no lo evitara. Pero la inflación no solo tiene efectos sociales muy perniciosos. No puede continuar eternamente sin generar la destrucción completa de todo el sistema monetario.

La opinión pública, completamente bajo el influjo de las falsas doctrinas de los sindicatos, simpatiza más o menos con la demanda de los líderes sindicales de un aumento considerable en los salarios. Tal y como son hoy las condiciones, los sindicatos tienen el poder de hacer que los empleados se sometan a sus dictados. Pueden convocar huelgas y, sin restricción por parte de las autoridades, recurrir con impunidad a la violencia contra quienes deseen trabajar. Conocen el hecho de que la mejora de las condiciones salariales aumentará el número de desempleados. El único remedio que sugieren es mayor financiación para subsidios de desempleo y una mayor oferta de crédito, es decir, inflación. El gobierno, atendiendo dócilmente a una opinión pública desorientada y preocupado por el resultado de la próxima campaña electoral, ya ha empezado desgraciadamente a anula sus intentos de volver a una política monetaria sólida. Así que nos vemos de nuevo enredados en los perniciosos métodos de intervenir en la oferta de dinero.

Continuamos con la inflación que con ritmo acelerado hace que se encoja el poder adquisitivo del dólar. ¿Dónde acabará? Es la pregunta que nunca se hacen Mr. Reuther y todos los demás. Solo una ignorancia supina puede reclamar las políticas adoptadas por las autocalificadas políticas progresistas “pro-empleo”. El asalariado, como cualquier otro ciudadano, tiene un serio interés en la preservación del poder adquisitivo del dólar. Si, gracias a su sindicato, los ganancias mensuales están por encima del tipo de mercado, pronto descubrirá que el movimiento al alza de los precios no solo le priva de las ventajas que esperaba, sino que asimismo hace que el valor de sus ahorros, de su póliza de seguro y de sus derechos de pensión disminuyen. Y lo que es peor, puede perder su empleo y no encontrar otro.

10. La falta de sinceridad en la lucha contra la inflación
Todos los partidos políticos y grupos de presión afirman que se oponen a la inflación. Pero lo que quieren decir realmente es que no les gustan las inevitables consecuencias de la inflación, como el aumento en el coste de la vida. Realmente favorecen todas las políticas que necesariamente producen un aumento en la cantidad de medios en circulación. No solo reclaman una política de dinero fácil para hacer posible la eterna potenciación salarial de los sindicatos, sino asimismo más gasto público y (al mismo tiempo) una rebaja de impuestos a través del aumento de las desgravaciones.

Engañada por el falso concepto marxista de los conflictos irreconciliables entre los intereses de las clases sociales, la gente supone que los intereses de las clases propietarias se oponen a las reclamaciones sindicales de salarios más altos. En realidad, a los asalariados no les interesa menos una vuelta a un dinero sólido que a otros grupos o clases. Se han dicho muchas cosas en los últimos meses acerca de los daños que los funcionarios defraudadores han infligido a la sindicalización. Pero el daño producido a los trabajadores por la excesiva alza salarial de los sindicatos es mucho más perjudicial.

Sería una exageración pretender que las tácticas de los sindicatos sean la única amenaza a la estabilidad económica y a una política económica razonable. Los asalariados no son el único grupo de presión cuyas reclamaciones amenazan hoy la estabilidad de nuestro sistema monetario. Pero son los más poderosos e influyentes de estos grupos y la responsabilidad principal reside en ellos.

11. La importancia de unas políticas monetarias sólidas
El capitalismo ha mejorado el nivel de vida de los asalariados a un nivel sin precedentes. La familia media estadounidense disfruta hoy de comodidades que, solo hace cien años, ni siquiera los más ricos potentados podían soñar. Todo este bienestar está condicionado por el aumento en ahorros y capital acumulado: sin estos fondos que permiten a las empresas hacer un uso práctico del progreso científico y tecnológico, el trabajador estadounidense no produciría más y mejores cosas por hora de trabajo que los culíes asiático, no ganaría más y, como ellos, viviría estrechamente al borde del hambre. Todas las medidas que (como nuestro sistema de impuestos a la renta y las sociedades) se dirigen a impedir una mayor acumulación de capital o incluso a disminuir dicho capital son por tanto en la práctica anti-trabajo y antisociales.

Solo debe hacerse una observación más acerca de este asunto del ahorro y la formación de capital. La mejora del bienestar producida por el capitalismo hizo posible que el hombre común ahorrara y se convirtiera modestamente en un capitalista. Una parte considerable del capital trabajando en la empresa estadounidense se corresponde con los ahorros de las masas. Millones de asalariados poseen depósitos de ahorro, bonos y pólizas de seguros. Todos estos derechos son pagables en dólares y su valor depende de la solidez del dinero de la nación. Preservar el poder adquisitivo del dólar es también desde este punto de vista un interés vital para las masas. Con el fin de alcanzar este fin, no basta con imprimir los billetes con la noble máxima In God We Trust. Debemos adoptar una política apropiada.

Ludwig von Mises
Mises Daily en español