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jueves, 24 de julio de 2008

La inquisición verde


Cuando se trata del calentamiento global, abundan las historias de terror extremas. Por ejemplo, Al Gore, se ha hecho muy conocido por decir que un enorme aumento del nivel del mar (20 pies) inundaría las principales ciudades del mundo.

Jim Hansen, asesor científico de Gore y perteneciente a la NASA, incluso superó a su asesorado. Sugiere que habrá aumentos del nivel del mar de 24 metros (80 pies), y que un aumento de seis metros ocurrirá en este siglo. Poco sorprende que su colega ambientalista Bill McKibben declare que "estamos en una carrera desbocada para ahogar a gran parte del planeta y gran parte del resto de la creación".

Considerando todas las advertencias, hay una verdad ligeramente inconveniente: a lo largo de los últimos dos años, el nivel global del mar no ha aumentado. De hecho, ha disminuido ligeramente. Desde 1992, los satélites que orbitan el planeta han medido el nivel global del mar cada 10 días con un increíble nivel de precisión: 3,4 milímetros (0.2 pulgadas). A lo largo de 2 años, los niveles del mar han bajado, y todos estos datos están disponibles en sealevel.colorado.edu.

Esto no significa que el calentamiento global no sea cierto. A medida que emitimos más CO2, con el tiempo la temperatura aumentará moderadamente, haciendo que el mar se caliente y expanda un poco. Eso es lo que nos dice el panel de las Naciones Unidas sobre el cambio climático; los mejores modelos indican un aumento del nivel del mar en este siglo de 18 a 59 centímetros (7 a 24 pulgadas), y la estimación más común es de 30 centímetros (un pie). No se trata de algo aterrorizante ni particularmente amenazante: 30 centímetros es lo que el mar aumentó en los últimos 150 años.

En pocas palabras, se nos está haciendo creer historias muy exageradas. Proclamar que el mar aumentará seis pies este siglo está en contradicción con miles de científicos de la ONU, y exige que el nivel del mar acelere su aumento en cerca de 40 veces de lo que es hoy en día. Imagínense cómo hablarían los alarmistas del cambio climático si realmente viéramos un aumento en el nivel del mar.

Cada vez más los alarmistas plantean que no se nos debería permitir escuchar esos hechos. En junio, Hansen proclamó que las personas que propagan "desinformación" acerca del calentamiento global -directores ejecutivos de corporaciones, políticos, de hecho cualquiera que no siga la estrecha definición de Hansen sobre lo que es la verdad- deberían literalmente ser juzgados por crímenes contra la humanidad.

Es deprimente ver a un científico -incluso a uno politizado- llamar a que se haga una inquisición moderna. Parece inexcusable un intento así de descarado por tratar de limitar la libertad científica y coartar la libre expresión.

Sin embargo, es tal vez el síntoma de un problema mayor. Es difícil mantener el pánico sobre el cambio climático si la realidad diverge de las predicciones alarmistas más que nunca antes: la temperatura global no ha aumentado en los últimos diez años, ha disminuido notablemente en el último año y medio, y los estudios indican que es posible que no vuelva a aumentar sino hasta a mediados de la próxima década. Con una recesión global en ciernes y los altos precios del petróleo y los alimentos socavando los estándares de vida de la clase media occidental, se está haciendo cada vez más difícil vender la solución de recortes de emisiones de carbono de alto coste que propone el ineficiente estilo del tratado de Kyoto.

Un enfoque mucho más sólido que el de Kyoto y su sucesor sería invertir más en investigación y en el desarrollo de tecnologías que no generen emisiones de carbono, lo cual es una manera más barata y eficaz de verdaderamente solucionar el problema climático.

Hansen no es único que intenta culpar a otros de las dificultades de vender su mensaje. El principal ambientalista de Canadá, David Suzuki, declaró este año que los "políticos que sean cómplices del cambio climático deberían ir a la cárcel". El activista Mark Lynas piensa en "tribunales penales internacionales" al estilo de Nuremberg contra quienes se atrevan a cuestionar el dogma climático. Claramente, este artículo me pone en riesgo de ser víctima de Hansen y compañía.

Sin embargo, el problema real del planeta no es una serie de hechos inconvenientes, sino el hecho de que hemos evitado emprender soluciones de sentido común y, en lugar de ello, hemos adoptado políticas erradas y alarmistas.

Piénsese en uno de los pasos más importantes que se ha emprendido para responder al cambio climático. Adoptados por pánico, los biocombustibles se suponía que iban a reducir las emisiones de CO2. Hansen los describió como parte de "un futuro más brillante para el planeta". Sin embargo, usar los biocombustibles para combatir el cambio climático debe haber sido una de las peores "soluciones" a un reto global de los últimos tiempos.

En esencia, los biocombustibles sacan alimentos de las bocas de las personas y los ponen en los automóviles. Los cereales que se necesitan para llenar de etanol una SUV son suficientes para alimentar a un africano un año entero. El 30 por ciento de la producción de maíz de ese año de E.U. se destinará a los vehículos estadounidenses, lo cual sólo es posible gracias a subsidios que llegarán en el mundo a 15 mil millones de dólares sólo este año.

Puesto que la mayor demanda de biocombustibles hace que disminuyan los bosques ricos en carbono, un estudio realizado en 20008 por Science demostró que el efecto neto de usarlos no es reducir las emisiones de CO2, sino 'duplicarlas'. El apuro por usar biocombustibles también ha contribuido a aumentar los precios de los alimentos, lo que ha hecho que cerca de 30 millones de personas adicionales hayan caído en la hambruna.

Debido al pánico ante el cambio climático, nuestros intentos por mitigarlo han causado un desastre sin paliativos. Derrocharemos cientos de miles de millones de dólares, agravaremos el cambio climático y aumentaremos dramáticamente el hambre en el mundo.

Tenemos que poner punto final a que se nos aterrorice tan fácilmente, debemos dejar de aplicar políticas estúpidas y es hora de que comencemos a invertir en investigación y desarrollo (I y D) inteligentes. Deben terminar las acusaciones de "crímenes contra la humanidad". De hecho, el mayor crimen es el del alarmista que cierra las mentes a las mejores maneras de responder al cambio climático.

Bjorn Lomborg

martes, 24 de junio de 2008

Ecuador: Ambientalistas obtusos


“Ecuador será un país libre de transgénicos”, dijo el presidente de la Asamblea Constituyente, Alberto Acosta. Sería saludable tener líderes que cuando tratan de intervenir en cuestiones de suma importancia para la salud de los individuos, hagan un balance de los beneficios y perjuicios.

En el 2001 la Unión Europea publicó un resumen de 81 estudios científicos—comisionados por ella—en el cual se establecía que todos los estudios concluían que los procesos tecnológicos detrás de los transgénicos “probablemente los hacen más seguros que los cultivos tradicionales de plantas”. En el 2005 la Organización Mundial de Salud concluyó que “es improbable que [los organismos genéticamente modificados] presenten más riesgos para la salud humana que sus contrapartes convencionales”.

Indur Goklany en su libro The Improving State of The World (2007) argumenta que los beneficios de los transgénicos exceden sus potenciales perjuicios. La prensa se ha enfocado mucho en el sensacionalismo de las posibles consecuencias negativas por lo que yo utilizaré este espacio para destacar lo que Goklany dice acerca de los beneficios.

Él señala que hoy en día la agricultura constituye el 38% del uso de la tierra y 85% del consumo de agua fresca. No es una exageración, por lo tanto, decir que la principal amenaza al medio ambiente es conversión de hábitats naturales hacia el uso agrícola.

Lo ideal, si uno está genuinamente preocupado por el medio ambiente y el hambre, sería producir más alimentos en menos tierra. ¿Cómo se hace eso sin la ayuda de los transgénicos? Expandiendo la cantidad de tierras bajo cultivo. Si no se utilizan transgénicos el área bajo cultivo a nivel mundial aumentará por lo menos en 182 millones de hectáreas (Mha). No obstante, si se permite la biotecnología la cantidad de tierras bajo cultivo podría más bien ser reducida en 193 Mha para 2050.

Si el hambre es un problema de urgencia y seguramente lo es para los 854 millones de individuos que actualmente tienen deficiencias calóricas, los transgénicos podrían ser la respuesta.

Un ejemplo de esto es el algodón Bt en la India. Este país es el tercer productor más importante de algodón en el mundo y el algodón es uno de los cultivos que más pesticidas requiere. En 1998, algunos agricultores se enteraron de que el rendimiento podría aumentar entre 14 y 38 por ciento sin necesidad de rociar los cultivos y desesperados por una tecnología más confiable y por su supervivencia, plantaron algodón Bt ilegalmente en alrededor de 10.000 hectáreas. El gobierno amenazó con confiscar y quemar la cosecha pero finalmente no lo hizo y para marzo de 2002 legalizó el cultivo de ese transgénico. Una encuesta realizada en 2003 había demostrado que el rendimiento por hectárea había aumentado en un 29%, reducido el uso de pesticidas en un 60% y aumentado las ganancias netas de los agricultores en un 78% en comparación a los agricultores que no utilizaron el algodón transgénico. El algodón Bt resultó ser bueno para el agricultor, el medio ambiente y el consumidor.

Si los ambientalistas obtusos—que en base a miedos no científicamente comprobados quieren cerrarse a los avances tecnológicos—tienen una mejor solución para el hambre y el retraso del agro en el mundo en vías de desarrollo, seguimos esperando que la propongan. Simplemente oponerse a algo sin presentar alternativas no es constructivo y seguramente no llenará los estómagos de los pobres del mundo ni los bolsillos de nuestros agricultores.


Gabriela Calderón

jueves, 12 de junio de 2008

Enemigos del comercio


Las diferencias entre las personas en cuanto a aptitudes, vocaciones y productividades permite que cada uno se dedique a diversas actividades y, a su vez, eso hace posible la cooperación social a través de las transacciones comerciales. Se entrega lo que la persona considera tiene menos valor respecto a lo que recibe de otro y, en sentido inverso, eso ocurre con la otra persona en la transacción de marras. En otros términos, por la razón apuntada, en los intercambios libres y voluntarios ambas partes ganan, lo cual, a su turno, significa que la riqueza se ha revalorizado y en esto reside el progreso.

Pero henos aquí que irrumpen megalómanos del aparato estatal que ponen palos en la rueda y tratan de manejar precios, márgenes operativos, cuotas, barreras aduaneras y todo tipo de atropellos a los derechos de propiedad que perjudican gravemente el proceso anteriormente descrito. Estos son energúmenos que no producen nada sino que, como queda dicho, obstruyen y se quedan con tajadas crecientes de lo producido por otros. No se limitan a recaudar para proteger derechos sino que todo lo invaden y lo distorsionan.

En estas líneas quisiera centrar la atención en el comercio que tiene lugar entre empresas y personas ubicadas en distintos puntos del planeta y que son obstaculizadas en sus transacciones por disposiciones gubernamentales que se suelen denominar tarifas aduaneras. Es increíble que a esta altura de los tiempos después de tanto esfuerzo para reducir fletes terrestres, aéreos y marítimos resulta que cuando el producto llega a la aduana se contrarrestan esos progresos y se retrotrae la situación a la época de las cavernas debido a las susodichas tarifas aduaneras que elevan innecesariamente los costos.

Pues bien, por increíble que parezca, hay quienes sostienen que dichas barreras al comercio son beneficiosas porque "protegen la economía local"(sic). Semejante desatino pasa por alto que cuando se incrementa artificialmente el costo en la aduana las erogaciones por unidad de producto se elevan, lo cual naturalmente significa que la productividad cae que, a su vez, conduce a que la cantidad de productos disponibles se contrae y, consecuentemente el nivel de vida se reduce. Es lo mismo que lo que ocurre en la familia. Cuando los ingresos disponibles deben destinarse a productos mas caros, estos serán menores en su cantidad o calidad (o las dos cosas a la vez), lo cual empobrece a la familia.

Las importaciones constituyen la otra cara de la moneda de las exportaciones, del mismo modo que las compras dependen de las ventas. Cuando se vende al exterior ingresan divisas lo cual hace que su mayor oferta las torne mas baratas, cosa que permite comprar del exterior a menor precio. Pero, a su vez, esto último encarece la divisa, lo cual torna mas atractiva la venta al exterior y así sucesivamente. Al limitarse las importaciones se restringe la demanda de divisas, situación que perjudica a los exportadores puesto que obtendrán menores ingresos por sus productos. En verdad, las exportaciones constituyen los costos de las importaciones, del mismo modo que la venta de nuestros servicios profesionales o la venta de los productos que fabricamos es el esfuerzo en el que debe incurrirse para poder adquirir lo que necesitamos. Lo ideal para todos sería poder adquirir lo que deseamos sin necesidad de incurrir en los costos de producir y vender algo, pero esto significaría que otros nos estarían regalando los bienes y servicios que requerimos. Lo mismo ocurre en el comercio internacional, con la única diferencia que los interlocutores están mas alejados entre sí.

Las tarifas y barreras aduaneras de diverso tipo ponen de manifiesto que aún no hemos entendido que resulta mejor comprar más barato y de mejor calidad que más caro y de peor calidad. Cuando se alude al “proteccionismo” en realidad se desprotege a la gente que se ve obligada a desembolsar mayores porciones de sus ingresos para obtener una cantidad menor de bienes. Las llamadas integraciones regionales de la actualidad revelan que aun no se han comprendido las ventajas de integrarse con el mundo.

Cuando se dice que la integración es un primer paso en esa dirección no parece percibirse que muchas veces es un primer paso en la dirección opuesta ya que los aranceles aduaneros del conjunto muchas veces significan, para ciertos países miembros del bloque, retrocesos respecto de las situaciones tarifarias antes de implantarse la integración. De todas maneras, el léxico militar utilizado como si se tratara de ejércitos de ocupación: “conquistas de mercados”, “invasión de productos” y demás parafernalia, revela que no se han entendido las ventajas del librecambio como para adoptar ese meta y dejar de lado pasos y etapas que no son mas que burdos pretextos para negociaciones inconducentes que pretenden ocultar la manifiesta incomprensión respecto del comercio libre. Al insistir que se trata de un primer paso —que ya viene durando mas de tres siglos desde que expusieron la idea los economistas clásicos— se pone en evidencia que la razón por la que no resulta posible ir al último paso es debido a que aún no se han entendido las ventajas de abrir paso al comercio libre, a lo que se suman los intereses subalternos de empresarios prebendarios que sacan tajadas ilegítimas para engrosar sus bolsillos.

Si no fuera por los aranceles aduaneros no habría tal cosa como contrabando que, en última instancia, no es más que el sustituto del comercio libre y no se limitarían los beneficios de la tontera de los “free shops” que tanto encandila a turistas que no siempre son capaces de articular el sentido de esos islotes que graciosamente concede la autoridad, en lugar de ampliar la idea a todo el país. Los oficiales de aduana apuntan a una de dos cosas o las dos simultáneamente: al cohecho o al insolente revisar valijas y efectos personales para cubrirse de la posibilidad de que se ingresen bienes más baratos y de mejor calidad, lo cual "perjudicaría a los compatriotas" (?).

Aún estamos rodeados de demasiados enemigos del comercio que, entre otras muchas cosas, perjudican a los mas necesitados. Es sabio el proverbio chino que reza así: “si quieres ayudar a un necesitado no le entregues un pez, enséñale a fabricar una red de pescar”. En este sentido, el eje central para ayudar a los necesitados consiste en explicar y difundir las ventajas de la sociedad abierta. El comercio —una de las bases de la cooperación social— permite ayudarse a uno mismo, al tiempo que hace bien a los demás en un clima en el que se abren las compuertas de par en par a las múltiples obras de filantropía dirigidas a quienes están imposibilitados de manejarse por sus propios medios en la vida.

Tal como resume Alfred Whitehead en Adventures of Ideas: “El intercambio entre individuos y entre grupos sociales es de una de dos formas, la fuerza o la persuasión. El comercio es el gran ejemplo del intercambio a la manera de la persuasión. Las guerras, la esclavitud y la compulsión gubernamental es el reino de la fuerza”.

Hoy preocupa el incremento en los precios de los alimentos sin prestar la debida atención a las razones centrales del aumento. Dejando de lado causas naturales como la sequía en Australia y la irrupción de la población de la India y China en el mercado, las razones artificiales son de mucho mayor peso.

Esto es así debido a los caprichosos decretos gubernamentales para frenar los enormemente beneficiosos transgénicos, la manía por cargar los alimentos con una maraña de impuestos y reglamentaciones inauditas, los subsidios a emprendimientos antieconómicos, las barreras aduaneras, la implantación de cupos absurdos, permisos, certificados, cortapisas y trabas burocráticas y demás embrollos y parafernalia estatal que no permite asignar eficientemente los factores productivos y, consecuentemente, los encarece de modo innecesario.

Curiosamente el presidente de México y el de Nicaragua acaban de recurrir a idénticas palabras para aludir a la situación alimentaria del momento. Como una gran concesión humanitaria declararon que “con carácter transitorio y como una medida de emergencia” (sic) dejarán sin efecto algunos aranceles a la importación de alimentos. Sería de gran utilidad que esos gobernantes y muchos otros del planeta tuvieran en cuenta que la politización de estos delicados asuntos no constituye la solución sino que allí precisamente estriba el nudo del problema y que también prestaran la debida atención a lo dicho por el premio Nobel en economía Milton Friedman: “si a los gobiernos se les diera la administración del Sahara, pronto se quedaría sin arena"


Alberto Benegas Lynch

viernes, 23 de mayo de 2008

El problema es la intervención


Dicen que lo que separa la civilización de la anarquía son solo siete comidas: la paz social solo es posible cuando los ciudadanos tienen cubiertas las necesidades básicas y, cuando falla la comida, empieza la revolución. Ese dicho se está haciendo realidad estas últimas semanas en países como Haití, Kenia, Camboya, India o Vietnam, donde el encarecimiento de los alimentos está generando reacciones violentas.

¿Por qué suben los precios? Por el lado de la demanda, el crecimiento de países como China, India y el resto de Asia hace que miles de millones de ciudadanos quieran comer más y mejor. Comer mejor quiere decir comer carne y ya se sabe que para producir un kilo de carne se necesitan 6 kilos de cereales. Es decir, cereales que antes iban al consumo humano directo ahora van al consumo de vacas, cerdos o pollos y eso aumenta su demanda y, por ende, su precio. El crecimiento de esos países también aumenta la demanda y el precio del acero, petróleo, gas natural, carbón, energía o madera. Esto genera mayores costos de producción, costos que son traspasados a los precios finales de los alimentos.

Dos obsesiones. Por el lado de la oferta, existen dos fenómenos causados por los políticos occidentales. En Estados Unidos, la obsesión por los biocombustibles (causada a partes iguales por la histeria del cambio climático –y la creencia que el biodiésel emite menos CO2 que los combustibles fósiles– y por la búsqueda de la independencia energética de Oriente Medio) ha hecho que el Gobierno diera importantes incentivos fiscales a la producción de biocombustibles. Cerca del 30% de las tierras que antes se dedicaban a producir comida para personas, ahora producen para los automóviles. Consecuencia: los precios de los alimentos se han disparado.

En Europa tenemos otro tipo de obsesión: la aversión a los transgénicos. Ésta ha causado reducciones importantes de la oferta mundial de alimentos. Y no me refiero a la oferta europea. Me refiero a la oferta de países africanos que, al tener miedo de no poder exportar algún día sus productos agrícolas a Europa, se niegan a adoptar maíz, trigo o arroz transgénicos que les permitiría obtener productividades superiores.

A estos factores de oferta y de demanda, se han sumado algunos Gobiernos, como el de Argentina, cuyas barreras a la exportación no han hecho más que reducir la oferta mundial de alimentos y contribuir a su encarecimiento.

Soluciones. ¿Qué se puede hacer para mitigar las consecuencias del encarecimiento de los alimentos? A medio y largo plazo, la solución pasa por aumentar la oferta ya que la reducción de la demanda sería una inmoralidad (aunque estoy seguro de que algún burócrata pensará que lo mejor que pueden hacer los chinos es introducir una “nueva cultura de la alimentación” y dejar de comer carne).

Para fomentar la oferta, se pueden hacer diferentes cosas. Primera: dedicar recursos a la investigación con el objetivo de aumentar la productividad agrícola en países de climatología complicada. La revolución verde de los años cuarenta y cincuenta (financiada por las fundaciones Ford y Rockefeller) permitió aumentar la productividad agrícola y alimentar a miles de millones de ciudadanos. Se necesita una nueva revolución verde para los países africanos. Una posibilidad sería redirigir una parte de la ayuda pública al desarrollo (que ahora se está perdiendo en los profundos bolsillos de corruptos africanos) al I&D agrario.

Segunda, seguir el ejemplo de Brasil y promocionar la creación de medianas y grandes empresas agrícolas. Desde Europa tenemos la imagen idílica de las aldeas pobres del tercer mundo pobladas por familias felices que producen sus propios alimentos. Esa imagen idílica es falsa. Los productores familiares son ineficientes y, para aumentar su productividad, tendrían que aumentar su escala, adoptar tecnologías modernas y exportar a los mercados mundiales.

Tercera, impedir que los países como Argentina penalicen a los exportadores. Si los agricultores son forzados a vender en los mercados locales a precios reducidos, no tendrán incentivos a hacer lo que es necesario: aumentar la oferta. Y, finalmente, abandonar inmediatamente la locura de los subsidios a los biocombustibles y las prohibiciones de transgénicos. Como pasa tan a menudo en economía, la solución de los problemas no es la intervención del sector público. Al contrario. El problema es la intervención.


Xavier Sala-i-Martin

martes, 13 de mayo de 2008

Biocombustibles: Un asalto a los más pobres del mundo


Disturbios por la crisis alimenticia en Indonesia, México, Egipto, las Filipinas y Vietnam. Controles de precios y racionamientos en Pakistán y China. ¿Estaremos regresando a la trampa maltusiana, donde los precios de los bienes agrícolas y comestibles como la harina y el maíz, e incluso de los productos lácteos y las carnes han incrementado en los últimos años hasta un nivel sin precedente histórico? ¿O será este otro mal producto de la reciente obsesión de Occidente con las emisiones de CO2 que supuestamente están destruyendo nuestro planeta con el calentamiento global?

Digamos que existe un caso maltusiano. La demanda por cereales ha incrementado en un 8% entre el 2000 y el 2006 debido a un incremento poblacional y de ingresos en el Tercer Mundo, con la normal inelasticidad en la oferta agrícola (la oferta se incrementa en un 1-2% mientras los precios suben en un 10%), empeorándose por la larga sequía en Australia que ya casi cumple una década. Ésta es achacada al calentamiento global producto de las emisiones de dióxido de carbono, que por su parte justifica la cruzada de los “guerreros del CO2”. Estos factores de oferta y demanda han llevado a que los precios de los cereales se dupliquen entre el año 2000 y 2008. Como los alimentos de primera necesidad forman una parte importante del consumo de los más pobres del planeta, los compradores netos en el Tercer Mundo han recibido un fuerte golpe. La tesis maltusiana que fue declarada difunta con la Revolución Verde ha resucitado.

¿Pero lo ha hecho realmente? Examinando los componentes del crecimiento en el consumo de los cereales en años recientes, el Insitito Internacional de Investigación de Políticas Alimentarias (IFPRI por sus siglas en ingles) encuentra que: “mientras el cereal utilizado como comida y para alimento de animales ha incrementado en un 4 y 7%, respectivamente, desde el año 2000, el uso de cereales con propósitos industriales (como la producción de biocombustibles), ha aumentado mas del 25%. Solamente tomando en cuenta a Estados Unidos, el uso de maíz para producir etanol ha incrementado 2.5 veces entre el año 2000 y 2006”. Así que el incremento poblacional y del salario promedio en el Tercer Mundo nada tiene que ver con este aumento en los precios alimenticios, sino que más bien es producto de la obsesión de los países ricos con reducir los gases CO2 utilizando menos combustibles fósiles.

La UE ha ordenado que los biocombustibles representen el 10% del combustible de transporte para el año 2020 y los EEUU están buscando duplicar la producción de etanol a base de maíz para el 2008 y quintuplicarla para el 2022. Esta situación ha producido ahora una pugna mundial por el uso apropiado de la tierra entre los alimentos y los biocombustibles. Occidente superó la pobreza a base del crecimiento intensivo que generó la Revolución Industrial, al permitir que una fuente enorme de productos energéticos en la forma de combustibles fósiles reemplazara las fuentes anteriores de energía basadas en la tierra—siendo ésta indudablemente un recurso limitado. Así que habiendo aumentado las emisiones de dióxido de carbono en el mundo durante su propia industrialización, Occidente está ahora pidiéndole al Tercer Mundo “tiempo fuera” cuando pretende hacer lo mismo, todo en nombre de salvar el planeta.

Mientras tanto, los habitantes en los países ricos conservan sus carros SUV en las carreteras, y además quieren una mayor proporción de la limitada cantidad de tierra en el planeta para producir etanol en vez de producir comida para las masas hambrientas en el mundo.

Durante los años ochenta, un estudiante brasileño en minería realizó un detallado estudio de costo-beneficio del programa pionero de etanol en Brasil, y encontró que no era rentable socialmente, incluso tomando en cuenta los altos precios del petróleo de esa época. No es de sorprender que los intentos actuales de EEUU y la UE por introducir el etanol como combustible de transporte requieran de inmensos subsidios públicos. Se estima que los subsidios estadounidenses para los biocombustibles serán de entre 42 y 55% del costo total de producir etanol.

Estos subsidios masivos son justificados con argumentos ambientales y geopolíticos. Como la producción de etanol en sí misma requiere de más combustibles fósiles, existe un interminable debate sobre el efecto neto del uso de biocombustibles en las emisiones del efecto invernadero. Pero éstos constituyen un mecanismo muy oneroso de reducir las emisiones de carbono. La Agencia Internacional de Energía estima que costaría al menos $250 eliminar una tonelada de carbón en la atmosfera. Más aún, si la teoría alternativa del cambio climático basada en el sol llega a desmentir a la actual teoría del carbono, el compromiso de las economías occidentales a estos costos desaparecerá por completo. Ciertamente, India y China no tendrán nada que ver en este tren del etanol.

El argumento geopolítico—que dice que el etanol es necesario para que EEUU y la UE obtengan independencia energética regímenes políticos detestables, que son en la actualidad los mayores oferentes de energía), también es cuestionable. Primero, la única manera en que estos regímenes podrían afectar la seguridad energética de Occidente es aumentando el precio del petróleo restringiendo la oferta. Ya que el petróleo es ahora un bien globalmente comercializado como la harina, una amenaza de Hugo Chávez de parar la oferta del petróleo venezolano a los EEUU, no tiene sentido alguno. Así como en el caso de la harina, son los consumidores, no los vendedores del petróleo en el NYMEX, los que determinan su destino final. Segundo, como lo ha estimado el Departamento de Energía de EEUU, la cantidad máxima de etanol que los EEUU podría producir para el año 2030 solo alcanzaría para cubrir el 6% de la demanda para combustible de transportes, a lo mucho un efecto tan solo marginal en la demanda mundial y en el precio del petróleo. Tercero, el miedo de que el petróleo esté proveyendo dinero para los terroristas islámicos es cuestionable. Como correctamente lo enfatizan Jerry Taylor y Peter van Doren del Cato Institute, “El terrorismo es una inversión de bajo costo relativo, mientras que las ganancias por petróleo parecen innecesarias para pagar por el mismo”. Si mucho, es la mal concebida “guerra contra las drogas”, no contra el petróleo, la que ha proveído los medios para fundar la secta Talibán y los narcoterroristas en los Andes.

La IFPRI ha estimado que, ceteris paribus (manteniendo el status quo), la expansión planificada de biocombustibles en los países ricos va a conllevar a un largo incremento en los precios mundiales de los granos comestibles y a un consumo decreciente de calorías en el Tercer Mundo. África sub-Sahariana será golpeada con mayor fuerza, con una caída pronosticada en un 8% de consumo calórico para el 2020. Dado este asalto a los más pobres del mundo, India ha escogido el camino correcto: primero, al reducir los aranceles a las importaciones de los granos alimenticios y por lo tanto el precio neto para los consumidores en comida; segundo, expandiendo el área destinada a sembrar granos modificados genéticamente, lo cual incrementará la producción doméstica. Pero para las mentes iluminadas de Occidente, sus acólitos académicos, y las estrellas de pop tratando de salvar África y acabar con la pobreza, este último asalto de Occidente a los más pobres del mundo solo puede merecer desprecio.

Deepak Lal

lunes, 5 de mayo de 2008

Tema polémico: la crisis alimentaria


Mucho se ha hablado últimamente sobre una inminente crisis alimentaria, producida por un desabastecimiento de granos, que amenaza a gran cantidad de seres humanos. Entre sus aparentes causas, los neuróticos enemigos de la razón y la libertad, incluyen al mercado. Dicen que la crisis alimentaria es la prueba fehaciente de que si se deja al mecanismo del mercado actuar por sí solo y sin ninguna intervención del Estado, caerán sobre la Tierra las 10 plagas de Egipto. Aparecen entonces conceptos como el de mercados "imperfectos" o "fallas del mercado" cuyo objetivo es devolver al Estado una justificación para meter sus manos.

Pues bien, una vez más los paladines de la intervención estatal están equivocados. Culpan al mercado de las desgracias humanas pero ni entienden claramente qué es el mercado ni su funcionamiento. Empecemos por la cuestión conceptual: Williams define el mercado como:

"miles de millones de personas independientes en todo el mundo, que toman decisiones independientes y expresando sus preferencias." (Williams, Walter. ¿Qué o quién es el mercado? Disponible en la web).

Como bien dice Mises

"la inmensa mayoría de los hombres aspira ante todo a mejorar las propias condiciones materiales de vida. La gente quiere comida más abundante y sabrosa, mejor vestido y habitación y otras mil comodidades. El hombre aspira a la riqueza y la abundancia (...) La acción humana consiste en pretender sustituir un estado de cosas poco satisfactorio por otro más satisfactorio. Denominamos cambio precisamente a esa mutuación voluntariamente provocada". (Mises, Ludwig. La acción humana: tratado de economía. 6ª Edición. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 116-117)

De las citas anteriores, se concluye que, al desear el hombre mejorar el estado de las cosas, recurrirá a la acción como fórmula para el cambio. Dicha acción implica una decisión sobre los cursos de acción y al conjunto de hombres decidiendo y actuando en consecuencia, se le llama mercado. Esas decisiones, sólo pueden ser tomadas por cada uno de los hombres, pues sólo cada quien conoce sus fines, preferencias y circunstancias. Hayek señaló acertadamente que

"el conocimiento de las circunstancias que debemos utilizar no se encuentra nunca integrado ni concentrado, sino que únicamente como elementos dispersos de conocimiento incompleto y frecuentemente contradictorio en poder de cada uno de los individuos". (Hayek, Friedrich. El uso del conocimiento en la sociedad. Disponible en la web).

Ahora, es cierto que esos hombres pueden tomar decisiones equivocadas y, consecuentemente, no alcanzar sus fines, pero eso no es justificación para pedir que alguien más tome decisiones por ellos. Nuevamente citando a Williams, queda claro que

"cuando escuchas a alguien decir que él o ella no confía en el mercado y que quiere reemplazarlo por la intervención del Estado, realmente está pidiendo el cambio de un proceso democrático por uno totalitario". (Williams, Walter. Op. cit.).

También Mises advierte que

"quien pretenda criar y alimentar hombres con arreglo a un patrón preestablecido, en vedad desea arrogarse poderes despóticos y servirse, como medios, de sus conciudadanos para alcanzar sus propios fines, que indudablemente, diferirán de los preferidos por aquellos". (Mises, Ludwig. Op. cit. P. 296)

Entonces, las personas que atacan al mercado, es decir, a las decisiones de miles de millones de personas libres, están apoyando a un procedimiento donde una o varias personas le indiquen a los demás cómo y qué han de decidir, sea cual sea la justificación teleológica. Porque pueden decir que uno o varios deben decidir por el individuo para alcanzar el "bien común", la "gloria de Dios", el "interés nacional", etc. Pero en todo caso, se estará pretendiendo que hay algo que es superior cualitativa y éticamente al individuo. Rand señala de manera exquisita que:

"Si el bien común de una sociedad es considerado como algo aparte y superior al bien individual de sus miembros, eso significa que el bien de algunos hombres adquiere prioridad sobre el bien de algunos otros", quedando estos últimos relegados a la condición de animales para sacrificio". (Rand, Ayn. ¿Qué es el capitalismo? Disponible en la web.)

En otras palabras, lo que Rand advierte es que permitir que unos decidan por otros implicaría que los segundos son medios para los fines de los primeros. Y el único parangón histórico donde el ser humano es un medio para que otro consiga sus fines ha sido la esclavitud.

Puede decirse, entonces, que el mercado presupone libertad y que, lógicamente, la regulación del mercado es regulación de la libertad. Vale la pena citar una vez más a Rand:

"En el mercado libre, el valor económico del trabajo de un hombre se determina por un sólo principio: por el consentimiento voluntario de quieres están dispuestos a comprarle su trabajo o su producto. Este es el significado moral de la ley de la oferta y la demanda y (...). Representa el reconocimiento de que el hombre no es propiedad ni sirviente de su 'tribu', que el hombre trabaja para mantener su propia vida, que debe dejarse guiar por su propio interés racional y que, si desea comerciar con otros, no debe esperar víctimas de sacrificio, es decir, no puede esperar recibir valores si a cambio no ofrece valores conmensurables". (Ibíd.)

Como puede verse, una regulación del mercado significa precisamente menos libertad, pues el control necesita y genera más control. Entonces, cuando los neuróticos enemigos de la razón y la libertad, piden que se regule el mercado porque está causando una crisis alimentaria, están pidiendo que alguien o algo decida por las demás personas sobre la producción y el consumo de alimentos. Pero esta petición no es nueva: una revisión por la historia de los siglos XIX y XX, los llamados siglos de la economía de mercado, demostrará que en realidad no se dejó operar libremente al mercado, es decir, no se le permitió a las personas tomar las decisiones que más convenían a sus intereses, sino que el Estado decidió por ellos. Así las cosas, la implementación de políticas de intervención ha generado una distorsión del mercado, en tanto trata de modificar las preferencias de las personas para alcanzar un tal "bien común" o un "interés colectivo". Mises explica que:

"El interés colectivo parte del supuesto de que existe un irreconciliable conflicto de intereses entre él y el egoísmo del particular que siempre busca la ganancia personal. No duda que debe prevalecer el interés colectivo sobre el de los individuos. La persona honrada debe anteponer siempre los intereses nacionales a los suyos egoístas (....) El interés nacional debe provar sobre el egoísmo particular fue la norma fundamental de la gestión económica nazi. Como quiera que la torpeza y la maldad de la gente le impide atenerse a tal ideario, compete al gobierno intervenir coactivamente para que sea respetado". (Mises, Ludwig. Op.Cit. P. 390)

Precisamente, los defensores del interés colectivo son a la vez, los mismos defensores del interés nacional. Como bien indica Mises, al referirse a la Volkswirtschaft (complejo de actividades económicas de una nación soberana):

"Los intereses de cada Volkswirtschaft están en implacable conflicto no sólo con los de los particulares, sino con los de toda otra Volkswirtschaft extranjera. La máxima perfección en una Volkswirtschaft es la plena autarquía económica. La nación que, por sus importaciones, depende del extranjero jamás gozará de independencia económica; su soberanía será pura ficción. Cuando un país no puede producir por razones físicas, todas las mercancías que precisa, forzosamente ha de lanzarse a la conquista de los territorios necesarios. Para ser realmente soberana e independiente, una nación ha de disponer del Lebensraum, es decir, de un territorio lo suficientemente extenso y rico en recursos naturales para poder subsistir autárquicamente con un nivel de vida no inferior al de cualquier otro país.

El concepto de Volkswirtschaft significa desconocer enteramente los principios en que se basa la economía de mercado. Semejante doctrina, sin embargo, ha informado la política del mundo durante los últimos decenios. Su realización práctica desencadenó las tremendas guerras de nuestro siglo y, con toda probabilidad, encenderá en el futuro nuevas conflagraciones aún más pavorosas". (Mises, Ludwig. Op. Cit. P. 391)

En mayor o menor grado, se ha intervenido el mercado porque, aparentemente, dejarlo libre resulta más perjudicial. Basta mencionar que ningún país de Occidente ha disfrutado en su historia de autarquía económica. No obstante, los Estados no han entendido la imposibilidad económica, política, laboral, ambiental, geográfica, etc., de producir todo lo que las personas necesitan y se han aventurado, una y otra vez, con desastrosos resultados. En el caso del mercado alimenticio, los Estados determinan, vía ley o decreto, qué habrá de producirse, dónde y por quién, y para operacionalizar la normativa, subsidian aquellos "productos estratégicos". Esos subsidios definen perdedores y ganadores en función del destino de fondos públicos, pues se le quita a ciertas actividades productivas, vía impuesto, para trasladárselos a otros que se benefician, tan sólo de la decisión arbitraria del Estado. Es en estos casos de asignación de recursos que se dan los mejores ejemplos de corrupción, muchas veces porque el Estado premia con subsidios a sus agentes o a sus amigos.

Como el interés colectivo determina hacia dónde habrán de asignarse los recursos, no es de extrañar que los bondadosos interventores del mercado, de repente, crean haber encontrado una mejor oportunidad para cumplir con el bien común: el etanol. Gran parte de las economías latinoamericanas, desde los años 50 y 60 se han dedicado a la producción agropecuaria, pero en los últimos años, como estrategia para paliar los altos precios del petróleo, los Estados han cambiado sus políticas agrarias, impulsando la producción de etanol. Precisamente, la producción de etanol ha sido una de las causas del desabastecimiento alimenticio, pues la producción se dedica para la industria alternativa del combustible, reduciendo su oferta para el mercado de consumo.

El etanol ha surgido como una iniciativa de los Estados para reducir las emisiones de dióxido de carbono y, consecuentemente, para disminuir el calentamiento global. En este tema han tenido gran ingerencia los distintos grupos ambientalistas, que han anunciado la hecatombe de la humanidad en poco tiempo. Han montado una verdadera estrategia del miedo, donde prácticamente a la humanidad no le quedan más que unos pocos años de vida. Todo esto ha generado, primero, que enarbolen la bandera de la crítica al sistema de producción capitalista, hablando de un "consumismo desenfrenado" que acabará con los recursos naturales. Pero lo que esta gente no entiende es que no se puede criticar el consumismo porque los patrones de consumo son decisiones estrictamente individuales y son decisiones y acciones de las personas, quienes atribuyen valor a bienes y servicios que, consideran, mejorarán su vida. Criticarlo es arrogarse el conocimiento de lo que debe o no valorar una persona y de cuáles deben ser sus fines y sus medios. Y es olvidar que sólo cada individuo puede y debe decidir sobre sus gustos y preferencias. Al respecto, Rand explica de manera muy adecuada:

"(...) ¿por qué debería Elvis Presley ganar más dinero que Albert Einstein? La respuesta es: porque los hombres trabajan con el fin de mantener y disfrutar sus propias vidas, y si muchos hombres encuentran un valor en Elvis Presley, tienen derecho a gastar su dinero en aquello que les place. La fortuna de Presley no proviene de aquellos que no se interesan en su trabajo (yo soy una de ellos) ni de Estein -así como tampoco se interpone en el camino de Einstein-, de la misma forma que Einstein no carece de reconocimiento y apoyo adecuados en una sociedad libre, dentro de un nivel intelectual apropiado". (Rand, Ayn. Op. Cit.)

Los grupos ambientalistas han confundido el fin con los medios: el fin del ser humano es buscar su propio interés, sea cual sea este, siempre y cuando no obstaculice a otros en la libre persecución de los suyos. En este sentido, es cierto que para la sobrevivencia del ser humano es necesario un medio ambiente limpio. Pero el ambiente no es el fin, sino el medio. No obstante, mucha de esta gente que defiende a ultranza la conservación del ambiente estaría encantada con que no se toque del todo y que se sacrifique el progreso. Hay que entender que para producir es necesario contaminar aunque sea un poco, pues es necesario para el progreso de las generaciones actuales. El problema está en que estas personas hablan mucho sobre las generaciones futuras, pero a tal amplitud temporal que, muchas veces, se trata de gente que ni siquiera existe físicamente, sino que su argumento se basa en un ser humano potencial que puede o no nacer. Mises afirma que:

"A muchos alarma la actual explotación inmoderada de recursos naturales y de hidrocarburos que por fuerza han de ir agotándose. Estamos dilapidando riquezas rígidamente limitadas, sin pensar en las necesidades de futuras generaciones; estamos consumiendo nuestra base vital, así como la de nuestros descendientes. Sin embargo, tales quejas tienen poco sentido. Ignoramos totalmente si la vida de los hombres del futuro dependerá de esas mismas materias primas que hoy explotamos". (Mises, Ludwig. Op. cit. P. 390-391)

El asunto es determinar cuál es ese grado de contaminación que los individuos van a tolerar para vivir mejor. Friedman es muy claro al respecto:

"El verdadero problema no consiste en eliminar la contaminación, sino en tratar de sentar las bases de acuerdo, que definan el nivel de contaminación “adecuado”: un nivel en que el beneficio resultante de reducir un poco más la contaminación apenas supere el sacrificio de otras cosas nuevas (vivienda, calzado, prendas de vestir, etc.), que se deberían suprimir al objeto de reducir la contaminación. Más allá de dicho nivel, sacrificamos más de lo que ganamos". (Friedman, Milton. Libertad de elegir. 2ª Edición. Barcelona: Grijalbo S.A., 1980. P. 299)

Ese acuerdo del que habla Friedman lo tomará el conjunto de individuos según la valoración que hagan entre las opciones de que disponen. El caso de Chile, con los bonos verdes, resulta un interesante ejemplo de cómo la gente puede llegar a una especie de concertación para definir los parámetros socialmente válidos de contaminación y, emitir bonos que las empresas e individuos pueden comprar. Dichos bonos tienen una cuota de contaminación y el dueño sólo puede contaminar en la medida que los bonos se lo permiten. Lo mejor de todo es que existe un mercado libre para la compra y venta de bonos, por lo cual las empresas que más contaminen pueden adquirir más bonos comprándoselos directamente a sus dueños, al igual como sucede con el mercado bursátil. El dinero que el Estado consigue al vender los bonos, los destina a programas de reforestación, limpieza de ríos y sitios públicos, etc.

En fin, es una propuesta interesante para paliar el tema de la contaminación pero sin tener que reducir los niveles de producción actuales. Puesto que la única forma de sacar a más y más gente de la pobreza es produciendo y consumiendo más, un impedimento para usar recursos naturales sería un impedimento para progresar.