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martes, 3 de octubre de 2017

La columna de Carlos Federico Smith: de sepulcros blanqueados

Los hay, personas y grupos, que fingen ser una cosa, cuando en realidad son otra. Una frase proveniente del Evangelio de San Mateo, 23:27, nos ayuda a entender tantas cosas. Dice la frase: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!
 
No me refiero a un ataque personal reciente que recibí en una columna de Facebook, de parte de un ser puro y perfecto de esta tierra, quien me atacó y condenó al sufrimiento eterno, por, según dicha persona, ser indiferente al dolor ajeno, al de los pobres y míseros, cuando lo que básicamente he hecho, según mi apreciación profesional, es brindar sugerencias, así como hacer señalamientos, para que la gente que sufre la pobreza pueda levantarse de ella.  Me complace, por ejemplo, saber que “En 1820, más del 90 por ciento de la población mundial vivía con menos de $2 al día y más del 80 por ciento vivía con menos de $1 al día (ajustados por la inflación y por las diferencias en el poder adquisitivo). Pero, para el 2015, menos del 10 por ciento de las personas vivían con menos de $1.90 al día, definición actual oficial del Banco Mundial de lo que se considera como una condición de pobreza extrema,” como lo demuestra Chelsea Follett en un artículo cuya traducción recientemente publiqué en Facebook, titulada, “Cinco Gráficos que Cambiarán su Impresión acerca de la Pobreza.”
 
Nadie está aseverando que se haya eliminado la pobreza, sino que se resalta que “Entre 1820 y el 2015, el número de gente bajo pobreza extrema se redujo de alrededor de mil millones a 700 millones, mientras que el número de personas que está mejor que aquella, se elevó de sólo 60 millones a 6.6 miles de millones.” Y que “la pobreza es de alrededor de una cuarta parte de lo que era en 1990.” Además, esperanzados ante este éxito del sistema productivo esencialmente basado en el mercado, especialistas predijeron que “en el escenario ideal... para el 2030, la pobreza llevará a un nivel verdaderamente insignificante, afectando sólo a un 1.4 por ciento de la población del planeta.”
 
No obstante, esos sepulcros blanqueados prefieren ignorar los datos, los hechos, y simplemente proceden con su verbo usual en contra del capitalismo. Yo no pido que sean castigados en los infiernos por el daño que causan, al promover políticas que impiden el progreso de los más pobres, hecho que considero es producto de una actitud de fe ideológica, más que de ignorancia, pues los datos se les han presentado.
 
La metáfora de los sepulcros blanqueados va más allá de ser reflejo de una conducta particular, sino que también se encuentra en grupos.  Por ejemplo, se está haciendo creer a las personas en el país, que todos los partidos políticos, o que todos los políticos, son corruptos y que están embarrados en el caso del cementazo, con una notable excepción, los de la izquierda del frente amplio. Eso es interesante, pues incluso, apropiadamente creo, incluyen a sus socios políticos cercanos del Partido Acción Ciudadana, pero, de alguna manera, tratan de mostrar que todo eso es propio de gobernantes de la derecha, no de la izquierda que, sin decirlo claramente, parece ser inmune a las tentaciones del dinero (no del poder).
 
Cuando hay acontecimientos que pueden representar actos de corrupción, es bueno tener presente que, al menos en el campo político, en donde es frecuente que, en vez de un sistema capitalista de mercado competitivo, sea uno de capitalismo de los amigotes, en donde el estado otorga privilegios -esto es, para unos, mas no para todos-los empresarios, ansiosos de tener ganancias, no producto de un esfuerzo competitivo satisfaciendo a los consumidores, sino buscando que el estado lance los dados a su favor, estarán dispuestos a dedicar recursos para lograr ese beneficio, en tanto este último sea mayor al costo del primero.
 
Para hacerlo, el vivazo buscará qué políticos y qué partidos en donde se insertan esos políticos, tienen el poder suficiente para lograr medidas que les favorezca.  Entrarán en contacto con quienes detentan el poder y, aunque sean de “oposición”, en el tanto en que puedan influir sobre quienes toman finalmente las decisiones.  Sabemos que esas decisiones serán remunerados, por cosillas como recursos para sus campañas, transporte de sus votantes el día de las elecciones, dinero en efectivo, y un largo etcétera.
 
Por eso -y bien lo han de entender políticos de la izquierda de nuestro país- buscarán para obtener eses preferencias a políticos con posibilidad de ejercer influencia en el poder decisorio. Por esa razón, al menos en los últimos años en el país los políticos de izquierda fuerte no han sido muy buscados para que, por cercanía con los gobernantes del momento, puedan favorecer los intereses privados de algunos.
 
No es que esos “algunos” no estén dispuestos a cubrirse en cuanto a resultados electorales, razón por lo cual se han visto casos de reuniones de empresarios poderosos, presuntamente de una ideología alejada de esa izquierda extrema, hacerlo con dirigentes de la izquierda, y no precisamente para hablar de misa.  Es por aquello de “por si acaso”.
 
Lo hacen porque los que buscan el servicio de los políticos saben que ser de izquierda extrema no los hace inmune a la corrupción; que no es cierto que ella sea propia exclusivamente de la derecha o, tal vez, del centro.  Lo que saben es que les conviene la cercanía con el poder, no importando si es de derecha o de izquierda o de centro o de lo que sea, con tal de que les proteja de la competencia en sus actividades y en su búsqueda de privilegios. Por eso buscan “cubrirse” recompensando sus favores.
 
La izquierda en Costa Rica no es tan atractiva simplemente porque no tienen poder, pero no hay nada que nos garantice que, de llegar al gobierno, como naturalmente puede aspirar a ello, no será objeto de corrupción, dada su presunta ideología.
 
Cuando la izquierda toma el poder, también se suelen presentar casos claros de corrupción. Piense el lector en la corrupción en Nicaragua o Venezuela o Cuba, etcétera, pero, para la ocasión tengo en mente referirme a un ejemplo notorio, como es el reciente de Brasil, en donde el poder gubernamental lo asumió la izquierda dura del Partido de los Trabajadores (el mismo de Lula) en coalición con el Partido Movimiento Democrático Brasileño, de izquierda más moderada. Los notorios aferes conocidos como la Operación Lavado de Carros, de Petrobras, Braskem, entre otros, que enviaron a prisión o encontraron culpables o están en juicio, a destacados miembros de la izquierda, como Joao Vaccari Nero, tesorero del Partido de los Trabajadores, o Renato Duque, también de ese partido, o José Dirceu, ex ministro de Relaciones Exteriores de Lula, o Antonio Palocci, ex ministro de Hacienda de Lula y de Dilma. Y, notablemente, al presidente Lula.
 
Pero no sólo del Partido de los Trabajadores.  Es claro el involucramiento de Aécio Neves, del diputado Rocha Loures y del propio presidente actual Temer, en cuanto al escándalo conocido como de J&F parte del grupo JBS, que es la empresa más grande del mundo en proteína de carne.
La corrupción entre políticos no suele ser privativa de la derecha y de la que se excluye, por su ideología, a la izquierda. Se da alrededor del grupo que tiene el poder o en donde se tiene la capacidad para influenciar a aquel grupo que ostenta el poder. La parábola de los sepulcros blanqueados se aplica no sólo para los corruptos de cierta ideología política, sino que es propia de la naturaleza del hombre.

Jorge Corrales Quesada

martes, 6 de enero de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: simplismos y consecuencias no previstas

Hay problemas en la vida para los cuales su solución parece ser muy directa. Por ejemplo, si se tiene sed, se resuelve hidratándose o, si hay falta sueño, pues con dormir se corrige o si hace frío, habrá que buscar abrigo. Alguien de inmediato me diría: “elemental, Corrales”, pero la verdad es que en esa misma vida hay problemas en los que, aparentemente, las soluciones son sencillas y concretas, pero que, a la hora observar sus resultados, ya no parecen más ser tan obvias, porque en muchas ocasiones esas soluciones tienen consecuencias no previstas que hacen que esos resultados positivos esperados no se den o resulten ser peores que la medicina.

Tratemos de definir o aclarar que es eso de “consecuencias no previstas”. Para entenderlo acudo a un pensador liberal que, entre otros, tuvo el enorme mérito de explicar temas aparentemente muy complejos, de una manera sencilla y perfectamente comprensible para el lector. Me refiero a Frederic Bastiat, quien, en su último panfleto escrito en 1850, titulado “Lo que podemos ver y lo que no podemos ver”, expuso que “Existe tan sólo una diferencia entre un mal economista y uno que es bueno: el mal economista se confina a sí mismo en el efecto visible; el buen economista toma en cuenta tanto al efecto que puede ser visto, como aquellos efectos que deben haber sido previstos”. Es una forma de expresión mediante la cual se puede considerar que, cuando se interviene en sistemas complejos, siempre se crean resultados no anticipados y a menudo indeseables.

Esto puede explicarnos por qué, por ejemplo, se nos enseña que tragar agua salada en un naufragio es inconveniente y hasta mortal. Antes de que eso se nos hiciera saber, uno no tenía por qué conocer que eso era dañino. Incluso no hay razón para pensar que aquel es un conocimiento intuitivo, en especial cuando uno sabe que tomar agua calma la sed. Pero la consecuencia de hacerlo en un naufragio en medio del mar es totalmente nefasta.

También esa misma idea nos permite entender algo que, en una primera impresión, no parece brindar la solución a un problema, pero después de que se entiende cómo es que ese algo funciona, nos damos cuenta de que es conveniente. Por ejemplo, cuando recibimos una vacuna por primera vez la asociamos con el pinchazo que nos causa dolor, pero después nos damos cuenta o aprendemos o se nos explica que, aunque haya dolor de por medio que se supone debemos evitarlo (no tomo en cuenta a los masoquistas), aquella nos cura. Esto es, que era la medida conveniente para resolver el problema. Por supuesto que una mejor situación sería si, en vez de una vacuna, se pudiera tomar un brebaje sin o con buen sabor. Eso sucedió, por ejemplo, cuando aquel gran milagro médico del doctor Jonas Salk nos evitó, con el dolor del pinchazo, el ruin mal del polio. Pero fue mejor después, cuando el doctor Albert Sabin sustituyó la inyección por una vacuna oral.

Este tipo de paradojas surge con frecuencia cuando se valoran sistemas económicos alternativos –en particular entre el sistema de mercado competitivo de decisión centralizada y el sistema económico basado en la decisión centralizada en el estado- en cuanto que nos permiten resolver adecuadamente el problema de la pobreza en una sociedad.

Por ejemplo, uno suele observar como los críticos del sistema de mercado competitivo casi que de inmediato aseveran que las ideas de competencia y de egoísmo son malas, pudiendo ser que, más bien, sirvan para resolver el problema de la pobreza. El capitalismo y la libertad pueden parecer a los ojos de ciertas personas como que no son la solución obvia -buena; que lo logra- para solventar la pobreza.

Esto último es muy interesante: uno puede entender bien que una mirada simplista y cortoplacista de cómo funciona un sistema económico ante una medida o circunstancia, en realidad oculta la posibilidad de darse cuenta si se logra el propósito de generar una solución al problema de pobreza, tanto por medio de un análisis más complejo, o mediando un mayor tiempo para que discurran los efectos de la medida -en el largo plazo.

Partamos de la idea de que la pobreza es el problema de la escasez; es decir, que hay infinidad de necesidades y deseos humanos insatisfechos dada la limitación natural de recursos en una economía.  Asumamos que se toma una medida que se considera deseable o conveniente en el corto plazo, como podría ser que el estado fije un precio máximo al cual puede venderse la leche a los consumidores, de un producto que de pronto escasea aún más -digamos porque disminuye su producción debido a erupciones volcánicas que dañan los pastos que alimentan al ganado. Entendiblemente es una medida que el estado toma con el fin de “ayudar” o “proteger” o “aliviar el problema de la escasez” de leche para las familias relativamente más pobres.

La gente interpreta -si no profundiza en un buen análisis económico que tome en cuenta las consecuencias no previstas- que con dicha medida efectivamente se ayudará a los más necesitados y que la idea de asistir a la gente más pobre en tales circunstancias es deseable o conveniente. Pero, con el paso del tiempo, aquello que sonaba como lógico en una primera instancia, da lugar a otros resultados diferentes e incluso totalmente opuestos a lo que se pretendió lograr inicialmente.
En el ejemplo, la medida de fijar un precio máximo manda dos señales muy diáfanas a dos grupos de individuos, como son los consumidores, por un lado, y los productores, por el otro. Es lo que los economistas llaman la demanda y la oferta. Desde el punto de vista de los consumidores, el precio que el estado fijó por debajo del que regía en el mercado libre después la crisis de abastecimiento, estimula que, ante las nuevas condiciones, aumente la cantidad demandada de leche, pues es la ley de la demanda que, si se reduce el precio del bien o del servicio, la gente demandará más de ellos. Pero desde el punto de vista del productor, al ver que el precio menor que fijó el estado no le permite ahora recuperar los costos de producción y generar una ganancia adecuada, tenderá a disminuir la cantidad ofrecida del bien o servicio en el mercado. El resultado conjunto, tanto de la menor cantidad ofrecida como de una mayor cantidad demandada, se presenta tal vez no en el primer instante, sino algún tiempo después. No se da tanto en el corto plazo, como en un tiempo mayor o largo plazo, en especial por el papel que desempeñan los inventarios previamente existentes. El nuevo resultado es una mayor escasez; la leche se agota, escasea, rápidamente, la sociedad se empobrece. Es por ello como un entiende que, por ejemplo, en Venezuela hoy existe una enorme escasez de papel higiénico, así como de muchos otros productos, a pesar de la fijación de precios máximos por parte del estado.

Pongámoslo así: ¿De qué vale la existencia de un precio máximo fijado por el estado, si los productos escasean, no se hayan, desaparecen del mercado?

En resumen, la gente se dará cuenta, no en un primer instante, sino con el paso del tiempo, cómo una medida que se tomó con la mejor de las intenciones tuvo un efecto no previsto y, como provoca algo nefasto para la sociedad, cual es aumentar la escasez; la pobreza. Las soluciones que inicialmente parecieron ser deseables, terminaron agravando el problema, una vez que tuvieron su lugar aquellas consecuencias no previstas y que no fueron detectadas de previo. La mirada simplista con que inicialmente se valoró la primera medida, es transformada posteriormente por los hechos -en la esperanza de que la persona analiza racionalmente lo sucedido- en una apreciación de que aquella acción social, que se tomó con el propósito de ayudar a los pobres, tuvo un resultado contrario al esperado.

Al mismo tiempo, plantea la posibilidad de que podría existir una solución que sea mejor precisamente para aquél grupo que se buscó inicialmente ayudar. En este caso, el precio más elevado al darse el problema, estimula a que los recursos productivos se dirijan hacia la producción de ese bien. Los empresarios se dedicarán a producir el bien en cuanto el precio que perciban sea suficiente para cubrir sus costos y obtener ganancias similares o mayores que las que tendrían en otras actividades. Con el paso del tiempo, al ingresar más productores (competencia) a la actividad y al restablecerse los niveles de producción, los precios volverán a su cauce. 

He puesto este ejemplo de como una simplificación de fenómenos complejos, de tomar en cuenta tan sólo aquellas consecuencias esperadas, resulta en algo muy diferente de la bondad que se esperó de las medidas iniciales. No incluir en el análisis consecuencias no previstas puede conducir a resultados inesperados, pero ante todo con efectos indeseables y contrarios a los que originalmente se creyeron.
La ignorancia y el error que hemos señalado en el ejemplo analizado nos pueden explicar, asimismo, la actitud usual de personas quienes consideran que el socialismo, como sistema económico, puede ser una buena medida para resolver el problema de la pobreza. La paradoja surge de la creencia en la bondad de un primer efecto, sin tomar en cuenta otros no previstos que luego revertirán al primero. Creen que el socialismo es una solución a la pobreza mucho más eficiente que un capitalismo que presumen es menos productivo. Así, se inclinan por apoyar o promover medidas propias de un sistema político-económico eminentemente socialista, caracterizado por una preminencia a veces casi total de la decisión económica concentrada en manos del estado, en vez de aquellas que usualmente caracterizan a un sistema de decisión económica descentralizada, básicamente sustentado en la competencia, como un orden que sea en el logro de disminuir la pobreza; o, lo que es lo mismo, que genere una mayor riqueza. En esencia, que por medio de la especialización y el intercambio voluntario entre las partes (el comercio), es como la sociedad progresa, se enriquece.

Tal como se explicó, si bien la solución para la sed era hidratarse, en el caso de estar muerto de sed en medio de un océano, tomar agua de mar más bien ocasionaba daños incluso mortales, se hace necesario aprender del error (tomar agua de mar y sufrir sus consecuencias) o que alguien le explique el error de hacer eso, para darse cuenta de que la resolución del problema era mucho más compleja de que como inicialmente se creyó. 

Volviendo al caso de la preferencia por el socialismo, tal vez la información que puede corregir aquella creencia errada, es que no se conoce un progreso y crecimiento de la riqueza y por ende disminución de la pobreza, como la lograda bajo el capitalismo o sistema de mercado competitivo. Aunque a veces la ilusión obnubila la razón, como cuando se cree que, por ejemplo, el eminente historiador y economista, Angus Maddison, “inventó los datos” o algo semejante para su estudio magistral,  The World Economy, Development Centre of the Organisation for Economic Co-Operation and Development (OECD), 2006, obra que conjunta dos trabajos de referencia de Maddison, The World Economy: A Millenial Perspective, publicada en el 2001 y The World Economy: Historical Statistics, del 2003.  

En aquella señala lo siguiente: “La economía mundial creció mucho más que antes en el período 1950-1973. Fue una era dorada de prosperidad sin paralelo. El Producto Doméstico per cápita del mundo creció cerca de un 3 por ciento anual… El Producto doméstico bruto del mundo creció en cerca de un 5% al año y el comercio mundial cerca de un 8 por ciento anual. Este dinamismo se dio en todas las regiones. La aceleración fue mayor en Europa y Asia…” (p. 24) y, después de mencionar lo relevante del crecimiento de naciones europeas, así como de los Estados Unidos y de Asia (Japón), países con economías eminentemente de mercado, señala Maddison que (en lo que es relevante para este comentario) “En la Europa del Este y en la antigua Unión Soviética, el ingreso per cápita promedio en 1998 era de cerca de tres cuartas partes de aquél de 1973”. Esto es, que “las economías de este grupo heterogéneo de ‘economías tambaleantes’ (del cual forman parte Europa del Este y la antigua URSS) se han estado rezagando en vez de alcanzar a las otras.” (P. 25).

La prueba evidente del fracaso de las economías socialistas ha sido la revolución china impulsada por Deng Tsiao Ping, que básicamente consistió de cuatro grandes reformas en la economía, la agricultura, el desarrollo científico y tecnológico y la defensa, que básicamente descansaron en una apertura y liberalización de la economía china; esto es, en la puesta en práctica de una serie de instituciones económicas de índole capitalista de mercado. De hecho, pocas naciones (Cuba, Corea del Norte, mantienen en la actualidad economías socialistas de un corte rígido).

Para quienes consideran como economías exitosas en la actualidad por su socialismo, a las nórdicas, principalmente Suecia, tal vez vale la pena mencionar dos hechos: uno, según señala Duncan Currie en su ensayo del National Review Online del 30 de setiembre del 2010, que “Otro mito popular quiere hacernos creer que la riqueza de Suecia fue de alguna manera creada o facilitada por la democracia social. En realidad, ‘la prosperidad de Suecia es un resultado que funciona bien de instituciones capitalistas,’ dice (Andreas) Bergh, (economista de la Universidad de Lund) y autor del nuevo libro en idioma sueco titulado ‘El Estado Capitalista de Bienestar’. Un estudioso del Instituto Cato, Johan Norberg, explicó en un ensayo para la revista National Interest en el 2006, que el ‘éxito’ relativo del modelo social democrático del país ‘fue construido con base en el legado de un modelo anterior: el período de crecimiento y desarrollo económico que precedió a la adopción del sistema socialista.’”

El otro hecho es que en la actualidad Suecia ha variado mucho del antiguo socialismo, adaptando su amplio programa de bienestar a las características propias de un mercado competitivo. La crisis de los noventas le brindó la oportunidad de hacer mejor las cosas y eso significa que la nación ha visto disminuir la pobreza al hacer un uso más eficiente de los recursos escasos.

Tal vez es el paso del tiempo lo que explica algo que me sucedió en mi sitio en Facebook en mi usual tema de las adivinanzas. En un caso puse palabras de alguien y después, para ayudar en la búsqueda de la respuesta, dije que su autor había sido socialista en su juventud y luego se convirtió en un defensor del orden económico de mercado. Alguien, con toda razón, ironizó que la ayuda servía de poco, porque muchos pensadores en su juventud fueron socialistas y que luego se convirtieron en defensores del sistema de mercado competitivo. Y estaba hablando de Karl Popper, pero fue igual el caso de Friedrich Hayek, entre muchos otros, a quienes los hechos y la educación les fueron mostrando las virtudes de los sistemas de mercado en contraste con los de decisión central.

Después de mucho esperar la promesa socialista de resolver el problema de la pobreza y de haber accedido al poder en distintos países a partir de principios del siglo 20, con el paso del tiempo los resultados no fueron los esperados y, se dio lo que lo que Ludwig von Mises había previsto en su libro El Socialismo en el cual escribió “En una comunidad socialista se carece de la posibilidad del cálculo económico: por lo tanto, es imposible determinar el costo y el resultado de una operación económica o para hacer que el resultado de la operación económica sea a prueba de la operación. Esto sería suficiente para hacer del socialismo algo impracticable…” (Ludwig von Mises, Socialism, Indianapolis: Liberty Classics, 1981, p. 186).

Aprender de la prueba y de error, observar los resultados inicialmente predichos con los que luego se presentaron, han hecho que las personas pueda ir más allá de la lógica del fenómeno simple hacia la de la complejidad de los fenómenos, así como que las consecuencias de las acciones de política económica no son la esperadas usualmente en el corto plazo, sino las que surgen después de cierto tiempo, cuando el sistema revela el impacto de las consecuencias no previstas, usualmente indeseables.

Tal vez ello me explica por qué Eduardo Galeano, el héroe juvenil de muchos socialistas latinoamericanos, autor de la celebrada obra de 1971 “Las Venas Abiertas de América Latina”, caracterizada por un análisis del saqueo histórico del imperialismo en el continente y en la actualidad de la potencia capitalista, los Estados Unidos, pudo luego señalar, en una visita a Brasil en donde participó en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia, entre el 11 y el 21 de abril del 2014, que en aquella época en que escribió aquel libro, no tenía la formación suficiente para rematar aquella tarea, pues “intentó ser una obra de economía política, sólo que yo no tenía la formación necesaria… No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.” (Tomado de Cultura, El País, 5 de mayo del 2014.)

Jorge Corrales Quesada

martes, 23 de diciembre de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: simplismo y consecuencias no previstas

Hay problemas en la vida para los cuales su solución parece ser muy directa. Por ejemplo, si se tiene sed, se resuelve hidratándose o, si hay falta sueño, pues con dormir se corrige o si hace frío, habrá que buscar abrigo. Alguien de inmediato me diría: “elemental, Corrales”, pero la verdad es que en esa misma vida hay problemas en los que, aparentemente, las soluciones son sencillas y concretas, pero que, a la hora observar sus resultados, ya no parecen más ser tan obvias, porque en muchas ocasiones esas soluciones tienen consecuencias no previstas que hacen que esos resultados positivos esperados no se den o resulten ser peores que la medicina.

Tratemos de definir o aclarar que es eso de “consecuencias no previstas”. Para entenderlo acudo a un pensador liberal que, entre otros, tuvo el enorme mérito de explicar temas aparentemente muy complejos, de una manera sencilla y perfectamente comprensible para el lector. Me refiero a Frederic Bastiat, quien, en su último panfleto escrito en 1850, titulado “Lo que podemos ver y lo que no podemos ver”, expuso que “Existe tan sólo una diferencia entre un mal economista y uno que es bueno: el mal economista se confina a sí mismo en el efecto visible; el buen economista toma en cuenta tanto al efecto que puede ser visto, como aquellos efectos que deben haber sido previstos”. Es una forma de expresión mediante la cual se puede considerar que, cuando se interviene en sistemas complejos, siempre se crean resultados no anticipados y a menudo indeseables.

Esto puede explicarnos por qué, por ejemplo, se nos enseña que tragar agua salada en un naufragio es inconveniente y hasta mortal. Antes de que eso se nos hiciera saber, uno no tenía por qué conocer que eso era dañino. Incluso no hay razón para pensar que aquel es un conocimiento intuitivo, en especial cuando uno sabe que tomar agua calma la sed. Pero la consecuencia de hacerlo en un naufragio en medio del mar es totalmente nefasta.

También esa misma idea nos permite entender algo que, en una primera impresión, no parece brindar la solución a un problema, pero después de que se entiende cómo es que ese algo funciona, nos damos cuenta de que es conveniente. Por ejemplo, cuando recibimos una vacuna por primera vez la asociamos con el pinchazo que nos causa dolor, pero después nos damos cuenta o aprendemos o se nos explica que, aunque haya dolor de por medio que se supone debemos evitarlo (no tomo en cuenta a los masoquistas), aquella nos cura. Esto es, que era la medida conveniente para resolver el problema. Por supuesto que una mejor situación sería si, en vez de una vacuna, se pudiera tomar un brebaje sin o con buen sabor. Eso sucedió, por ejemplo, cuando aquel gran milagro médico del doctor Jonas Salk nos evitó, con el dolor del pinchazo, el ruin mal del polio. Pero fue mejor después, cuando el doctor Albert Sabin sustituyó la inyección por una vacuna oral.

Este tipo de paradojas surge con frecuencia cuando se valoran sistemas económicos alternativos –en particular entre el sistema de mercado competitivo de decisión centralizada y el sistema económico basado en la decisión centralizada en el estado- en cuanto que nos permiten resolver adecuadamente el problema de la pobreza en una sociedad.

Por ejemplo, uno suele observar como los críticos del sistema de mercado competitivo casi que de inmediato aseveran que las ideas de competencia y de egoísmo son malas, pudiendo ser que, más bien, sirvan para resolver el problema de la pobreza. El capitalismo y la libertad pueden parecer a los ojos de ciertas personas como que no son la solución obvia -buena; que lo logra- para solventar la pobreza.

Esto último es muy interesante: uno puede entender bien que una mirada simplista y cortoplacista de cómo funciona un sistema económico ante una medida o circunstancia, en realidad oculta la posibilidad de darse cuenta si se logra el propósito de generar una solución al problema de pobreza, tanto por medio de un análisis más complejo, o mediando un mayor tiempo para que discurran los efectos de la medida -en el largo plazo.

Partamos de la idea de que la pobreza es el problema de la escasez; es decir, que hay infinidad de necesidades y deseos humanos insatisfechos dada la limitación natural de recursos en una economía.  Asumamos que se toma una medida que se considera deseable o conveniente en el corto plazo, como podría ser que el estado fije un precio máximo al cual puede venderse la leche a los consumidores, de un producto que de pronto escasea aún más -digamos porque disminuye su producción debido a erupciones volcánicas que dañan los pastos que alimentan al ganado. Entendiblemente es una medida que el estado toma con el fin de “ayudar” o “proteger” o “aliviar el problema de la escasez” de leche para las familias relativamente más pobres.

La gente interpreta -si no profundiza en un buen análisis económico que tome en cuenta las consecuencias no previstas- que con dicha medida efectivamente se ayudará a los más necesitados y que la idea de asistir a la gente más pobre en tales circunstancias es deseable o conveniente. Pero, con el paso del tiempo, aquello que sonaba como lógico en una primera instancia, da lugar a otros resultados diferentes e incluso totalmente opuestos a lo que se pretendió lograr inicialmente.

En el ejemplo, la medida de fijar un precio máximo manda dos señales muy diáfanas a dos grupos de individuos, como son los consumidores, por un lado, y los productores, por el otro. Es lo que los economistas llaman la demanda y la oferta. Desde el punto de vista de los consumidores, el precio que el estado fijó por debajo del que regía en el mercado libre después la crisis de abastecimiento, estimula que, ante las nuevas condiciones, aumente la cantidad demandada de leche, pues es la ley de la demanda que, si se reduce el precio del bien o del servicio, la gente demandará más de ellos. Pero desde el punto de vista del productor, al ver que el precio menor que fijó el estado no le permite ahora recuperar los costos de producción y generar una ganancia adecuada, tenderá a disminuir la cantidad ofrecida del bien o servicio en el mercado. El resultado conjunto, tanto de la menor cantidad ofrecida como de una mayor cantidad demandada, se presenta tal vez no en el primer instante, sino algún tiempo después. No se da tanto en el corto plazo, como en un tiempo mayor o largo plazo, en especial por el papel que desempeñan los inventarios previamente existentes. El nuevo resultado es una mayor escasez; la leche se agota, escasea, rápidamente, la sociedad se empobrece. Es por ello como un entiende que, por ejemplo, en Venezuela hoy existe una enorme escasez de papel higiénico, así como de muchos otros productos, a pesar de la fijación de precios máximos por parte del estado. Pongámoslo así: ¿De qué vale la existencia de un precio máximo fijado por el estado, si los productos escasean, no se hayan, desaparecen del mercado?

En resumen, la gente se dará cuenta, no en un primer instante, sino con el paso del tiempo, cómo una medida que se tomó con la mejor de las intenciones tuvo un efecto no previsto y, como provoca algo nefasto para la sociedad, cual es aumentar la escasez; la pobreza. Las soluciones que inicialmente parecieron ser deseables, terminaron agravando el problema, una vez que tuvieron su lugar aquellas consecuencias no previstas y que no fueron detectadas de previo. La mirada simplista con que inicialmente se valoró la primera medida, es transformada posteriormente por los hechos -en la esperanza de que la persona analiza racionalmente lo sucedido- en una apreciación de que aquella acción social, que se tomó con el propósito de ayudar a los pobres, tuvo un resultado contrario al esperado.

Al mismo tiempo, plantea la posibilidad de que podría existir una solución que sea mejor precisamente para aquél grupo que se buscó inicialmente ayudar. En este caso, el precio más elevado al darse el problema, estimula a que los recursos productivos se dirijan hacia la producción de ese bien. Los empresarios se dedicarán a producir el bien en cuanto el precio que perciban sea suficiente para cubrir sus costos y obtener ganancias similares o mayores que las que tendrían en otras actividades. Con el paso del tiempo, al ingresar más productores (competencia) a la actividad y al restablecerse los niveles de producción, los precios volverán a su cauce. 

He puesto este ejemplo de como una simplificación de fenómenos complejos, de tomar en cuenta tan sólo aquellas consecuencias esperadas, resulta en algo muy diferente de la bondad que se esperó de las medidas iniciales. No incluir en el análisis consecuencias no previstas puede conducir a resultados inesperados, pero ante todo con efectos indeseables y contrarios a los que originalmente se creyeron.
La ignorancia y el error que hemos señalado en el ejemplo analizado nos pueden explicar, asimismo, la actitud usual de personas quienes consideran que el socialismo, como sistema económico, puede ser una buena medida para resolver el problema de la pobreza. La paradoja surge de la creencia en la bondad de un primer efecto, sin tomar en cuenta otros no previstos que luego revertirán al primero. Creen que el socialismo es una solución a la pobreza mucho más eficiente que un capitalismo que presumen es menos productivo. Así, se inclinan por apoyar o promover medidas propias de un sistema político-económico eminentemente socialista, caracterizado por una preminencia a veces casi total de la decisión económica concentrada en manos del estado, en vez de aquellas que usualmente caracterizan a un sistema de decisión económica descentralizada, básicamente sustentado en la competencia, como un orden que sea en el logro de disminuir la pobreza; o, lo que es lo mismo, que genere una mayor riqueza. En esencia, que por medio de la especialización y el intercambio voluntario entre las partes (el comercio), es como la sociedad progresa, se enriquece. 

Tal como se explicó, si bien la solución para la sed era hidratarse, en el caso de estar muerto de sed en medio de un océano, tomar agua de mar más bien ocasionaba daños incluso mortales, se hace necesario aprender del error (tomar agua de mar y sufrir sus consecuencias) o que alguien le explique el error de hacer eso, para darse cuenta de que la resolución del problema era mucho más compleja de que como inicialmente se creyó. 

Volviendo al caso de la preferencia por el socialismo, tal vez la información que puede corregir aquella creencia errada, es que no se conoce un progreso y crecimiento de la riqueza y por ende disminución de la pobreza, como la lograda bajo el capitalismo o sistema de mercado competitivo. Aunque a veces la ilusión obnubila la razón, como cuando se cree que, por ejemplo, el eminente historiador y economista, Angus Maddison, “inventó los datos” o algo semejante para su estudio magistral,  The World Economy, Development Centre of the Organisation for Economic Co-Operation and Development (OECD), 2006, obra que conjunta dos trabajos de referencia de Maddison, The World Economy: A Millenial Perspective, publicada en el 2001 y The World Economy: Historical Statistics, del 2003.  

En aquella señala lo siguiente: “La economía mundial creció mucho más que antes en el período 1950-1973. Fue una era dorada de prosperidad sin paralelo. El Producto Doméstico per cápita del mundo creció cerca de un 3 por ciento anual… El Producto doméstico bruto del mundo creció en cerca de un 5% al año y el comercio mundial cerca de un 8 por ciento anual. Este dinamismo se dio en todas las regiones. La aceleración fue mayor en Europa y Asia…” (p. 24) y, después de mencionar lo relevante del crecimiento de naciones europeas, así como de los Estados Unidos y de Asia (Japón), países con economías eminentemente de mercado, señala Maddison que (en lo que es relevante para este comentario) “En la Europa del Este y en la antigua Unión Soviética, el ingreso per cápita promedio en 1998 era de cerca de tres cuartas partes de aquél de 1973”. Esto es, que “las economías de este grupo heterogéneo de ‘economías tambaleantes’ (del cual forman parte Europa del Este y la antigua URSS) se han estado rezagando en vez de alcanzar a las otras.” (P. 25).

La prueba evidente del fracaso de las economías socialistas ha sido la revolución china impulsada por Deng Tsiao Ping, que básicamente consistió de cuatro grandes reformas en la economía, la agricultura, el desarrollo científico y tecnológico y la defensa, que básicamente descansaron en una apertura y liberalización de la economía china; esto es, en la puesta en práctica de una serie de instituciones económicas de índole capitalista de mercado. De hecho, pocas naciones (Cuba, Corea del Norte, mantienen en la actualidad economías socialistas de un corte rígido).

Para quienes consideran como economías exitosas en la actualidad por su socialismo, a las nórdicas, principalmente Suecia, tal vez vale la pena mencionar dos hechos: uno, según señala Duncan Currie en su ensayo del National Review Online del 30 de setiembre del 2010, que “Otro mito popular quiere hacernos creer que la riqueza de Suecia fue de alguna manera creada o facilitada por la democracia social. En realidad, ‘la prosperidad de Suecia es un resultado que funciona bien de instituciones capitalistas,’ dice (Andreas) Bergh, (economista de la Universidad de Lund) y autor del nuevo libro en idioma sueco titulado ‘El Estado Capitalista de Bienestar’. Un estudioso del Instituto Cato, Johan Norberg, explicó en un ensayo para la revista National Interest en el 2006, que el ‘éxito’ relativo del modelo social democrático del país ‘fue construido con base en el legado de un modelo anterior: el período de crecimiento y desarrollo económico que precedió a la adopción del sistema socialista.’”

El otro hecho es que en la actualidad Suecia ha variado mucho del antiguo socialismo, adaptando su amplio programa de bienestar a las características propias de un mercado competitivo. La crisis de los noventas le brindó la oportunidad de hacer mejor las cosas y eso significa que la nación ha visto disminuir la pobreza al hacer un uso más eficiente de los recursos escasos.

Tal vez es el paso del tiempo lo que explica algo que me sucedió en mi sitio en Facebook en mi usual tema de las adivinanzas. En un caso puse palabras de alguien y después, para ayudar en la búsqueda de la respuesta, dije que su autor había sido socialista en su juventud y luego se convirtió en un defensor del orden económico de mercado. Alguien, con toda razón, ironizó que la ayuda servía de poco, porque muchos pensadores en su juventud fueron socialistas y que luego se convirtieron en defensores del sistema de mercado competitivo. Y estaba hablando de Karl Popper, pero fue igual el caso de Friedrich Hayek, entre muchos otros, a quienes los hechos y la educación les fueron mostrando las virtudes de los sistemas de mercado en contraste con los de decisión central.

Después de mucho esperar la promesa socialista de resolver el problema de la pobreza y de haber accedido al poder en distintos países a partir de principios del siglo 20, con el paso del tiempo los resultados no fueron los esperados y, se dio lo que lo que Ludwig von Mises había previsto en su libro El Socialismo en el cual escribió “En una comunidad socialista se carece de la posibilidad del cálculo económico: por lo tanto, es imposible determinar el costo y el resultado de una operación económica o para hacer que el resultado de la operación económica sea a prueba de la operación. Esto sería suficiente para hacer del socialismo algo impracticable…” (Ludwig von Mises, Socialism, Indianapolis: Liberty Classics, 1981, p. 186).

Aprender de la prueba y de error, observar los resultados inicialmente predichos con los que luego se presentaron, han hecho que las personas pueda ir más allá de la lógica del fenómeno simple hacia la de la complejidad de los fenómenos, así como que las consecuencias de las acciones de política económica no son la esperadas usualmente en el corto plazo, sino las que surgen después de cierto tiempo, cuando el sistema revela el impacto de las consecuencias no previstas, usualmente indeseables.

Tal vez ello me explica por qué Eduardo Galeano, el héroe juvenil de muchos socialistas latinoamericanos, autor de la celebrada obra de 1971 “Las Venas Abiertas de América Latina”, caracterizada por un análisis del saqueo histórico del imperialismo en el continente y en la actualidad de la potencia capitalista, los Estados Unidos, pudo luego señalar, en una visita a Brasil en donde participó en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia, entre el 11 y el 21 de abril del 2014, que en aquella época en que escribió aquel libro, no tenía la formación suficiente para rematar aquella tarea, pues “intentó ser una obra de economía política, sólo que yo no tenía la formación necesaria… No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.” (Tomado de Cultura, El País, 5 de mayo del 2014.)

Jorge Corrales Quesada

miércoles, 5 de marzo de 2014

Desde la tribuna: ¿Fachos? ¡Por favor, seriedad y decencia!

Curioso neolenguaje el de algunos que cunden en las redes sociales, ofendiendo a diestra y siniestra y descalificando a quien ose pensar, ser diferente, apreciar la libertad o simplemente no concordar con ellos.

De fijo, le llamaran “troll”, aunque ellos (terroristas del teclado) son los verdaderos trolles. También se intentarán victimizar, llamando “campaña de miedo” a cuanta persona advierta acerca de peligros totalitarios, estatistas o liberticidas.

Finalmente, porque tienen la palabra a flor de labios, llamarán “fascista o facho” a cuanta persona no concuerde con el ideario estatista, socialista, chavista o marxista.  

¿Pone usted en su perfil que está de acuerdo con la apertura eléctrica?  ¡Le dirán “facho”.  ¿Le pone un “me gusta” a la apertura comercial o a la Alianza Pacífico?  ¡Le cargarán de insultos y le dirán “facho” y cómplice del “miedo”! ¿Pone usted que está en contra de las gollerías de Recope? ¡Le ofenderán y le pondrán que está usted a favor de los monopolios privados, que es un explotador, que es un “facho”!

Y así sucesivamente. ¡Cuidado se atreve a poner alguna imagen de solidaridad con el pueblo de Venezuela,  algo a favor de la democracia y la libertad en ese país! ¡Rapidito le dirán “pinochetista” y “fascista”!

Con el miedo tuvieron pivote en la torpeza de un exministro y un exdiputado, más inútiles que vivos, pues el famoso “memorial”, protestado también por muchos partidarios del TLC, les puso en la picota.  Pero no hay que olvidar que los contrarios al TLC fueron los verdaderos promotores del miedo:  ¿acaso no salieron a decir que Costa Rica se quedaría sin agua? ¿Acaso no mintieron afirmando que el país sería invadido por miles de profesionales extranjeros? ¿Acaso no se alejaron descaradamente de la verdad sosteniendo que la CCSS se quedaría sin presupuesto para pagar medicamentos? ¿Acaso no fueron unos curitas de Guanacaste que mintieron diciendo que habría comercio de embriones humanos? ¿Acaso no intentaron meter miedo diciendo que perderíamos hasta la Isla del Coco? En realidad son los enemigos de la libertad quienes andan con el cuento del miedo pero … con la mentira y la repetición de que ellos son las víctimas.

En el caso del fascismo la mentira es suprema y evidencia gran ignorancia o la falacia absoluta de la falsedad.  ¿Por qué?  Porque el fascismo es un socialismo, porque el fascismo es estatismo, porque el fascismo es enemigo de la libertad, porque el fascismo cree que todo debe estar en manos del Estado, porque el fascismo termina en estatolatría y diluyendo las libertades y las responsabilidades personales y ciudadanas. El fascismo está más cerca del nacionalismo, del cierre de fronteras, de las limitaciones al libre comercio, de los monopolios públicos, de la hiperregulación y tramitopatía, de la represión y el culto a la personalidad de algunos líderes políticos, del racismo y el colonialismo. ¡Basta estudiar un poco de historia para saberlo!  El fascismo, al igual que su hermano el nazismo, terminó en despotismo, autoritarismo y tiranía, se conculcaron las libertades públicas y se violaron los derechos fundamentales.

De manera que resulta absolutamente mentiroso, indecente y poco serio tildar y calificar a los amantes y propulsores de la libertad, el republicanismo, el respeto a los derechos ciudadanos y la apertura de “fachos” y similares.

Es típico de los fascistas hacer campañas descalificadoras.  Hasta en eso se parecen todos los enemigos de la libertad.

Bien se les puede enrostrar aquello de que “dime de qué presumes … ". Quienes están por monopolios, contra la libertad, contra la apertura, contra el libre comercio, por el cierre de fronteras y demás barreras al comercio, a favor de la represión del pueblo venezolano, contra los tratados de libre comercio y hacen este tipo de campaña, en realidad están encarnando el fascismo.  Ellos son los verdaderos “fachos” y actúan de conformidad.  ¡Qué paradoja!

Federico Malavassi Calvo

jueves, 6 de febrero de 2014

El fracaso de la socialdemocracia

Quiero, sin rodeos, declarar categóricamente que el socialismo y su mediocre prima, la socialdemocracia (corporativista), han fracasado en su lucha por abolir las diferencias y conflictos entre las clases sociales, tras casi 100 años de intentos mal concebidos.  Al hablar de socialismo o socialdemocracia, me refiero al control directo o democrático de la economía por parte de agentes burocráticos y mercantilistas que, bajo esquemas corruptos, se aferran al poder para activar sus agendas egoístas en detrimento de la libertad individual y del crecimiento intelectual y económico del ciudadano común. 

Mientras que los fracasos económicos son claves a la hora de poner en evidencia la desconfianza de las masas hacia los líderes de los gobiernos socialdemócratas, los síntomas más reveladores de la degeneración estatista y mercantilista han sido de carácter político. La elección de líderes que deben jugosas facturas a ciertos grupos económicos, dueños de sus decisiones, y la incesante búsqueda de renta personal en la función pública, han puesto de manifiesto la falta de una filosofía política transparente y eficaz. Esto, unido al levantamiento de un masivo y mediocre aparato burocrático que impera sobre el pueblo y limita el acceso a las fuentes de riqueza por parte de una clase media vulnerable; situación que, lejos de sacar a miles de ciudadanos de la pobreza, los mantiene atados a la ignorancia y las regalías que, cada cuatro años, les son arrojadas desde las ventanillas estatales, como fruto del engaño electoral basado en promesas ilusorias. 

Creer que la justicia social se logrará fortaleciendo temporalmente a un Estado redistribuidor de la riqueza, es lo mismo que equipararlo a un superhéroe, similar al de muchas tiras cómicas, provisto de fuerzas y poderes imaginarios y absolutos. La vía correcta consiste, más bien, en fortalecer las estructuras fundamentadas en la propiedad privada de los medios de producción y de servicios, propiedad que solo tiende a concentrarse en pocas manos si los gobiernos favorecen a determinados grupos económicos, escondidos detrás de la bandera del libre mercado pero que, en la realidad, no poseen ni la energía creadora ni el empeño suficiente para competir en un ámbito totalmente libre.

Es cierto que el liberalismo, pilar del capitalismo, al reconocer el derecho del hombre como ser individual insustituible, ha subestimado su necesidad de pertenencia social en alguna medida y que esto ha llevado a los sectores menos favorecidos a un inevitable sentimiento de aislamiento y abandono; ahora bien, es precisamente dicho sentimiento el que urge erradicar por la vía del aumento en el intercambio, en todo nivel. 

Solo fomentando una economía en la que el conocimiento sea el único recurso digno de apalancar, tanto por la vía privada como estatal, se conseguirá incluir al individuo dentro de un sistema de especialización e intercambio, libre de complejos y de manera natural. Claro está que siempre existirán personas que, por diversas razones, no podrán ingresar a tal sistema en iguales condiciones de oportunidad, y a las cuales habrá que crearles redes de asistencia social-humanistas y de naturaleza local, mas no paternalistas, con el fin de que se conviertan por sí mismas en una fuente de semilla solidaria en el seno de la sociedad civil. De esta forma, sin duda, fertilizaremos las raíces de lo que llamamos, hoy y aquí, liberalismo integral.

Andrés Pozuelo Arce

martes, 7 de enero de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: un viaje en la máquina del tiempo

Si fuera posible, tal como lo describió H. G. Wells en su libro “La Máquina del Tiempo”, romper la imposibilidad de viajar hacia atrás en el tiempo, tal vez el presidente Maduro podría hacer maletas hacia el Chile de Allende, de principios de los años setentas. 

Entonces se daría cuenta -aprender- los efectos que ocasiona en un país una política de control de precios, como la que ahora pretende imponer en su país. La mejor descripción de lo sucedido en Chile hacia 1972 la brindó el economista Joseph R. Ramos, en un artículo titulado “Inflación Persistente, Inflación Reprimida e Hiperstanflación. Lecciones de Inflación y Estabilización en Chile”, publicado en la revista Cuadernos de Economía de diciembre de 1977.  De él destaco el párrafo siguiente:

“El resultado fue que floreció el mercado negro y los precios no controlados se dispararon. La esencia de un negocio rentable en esta inflación reprimida era el arbitraje y no la producción; o sea, comprar más bienes (o monedas duras) a precios oficiales que los que se vendían a precios oficiales. El desabastecimiento apareció por todas partes, en la medida que la gente prefería cualquier bien a una moneda crecientemente devaluada (ya que el dinero estaba perdiendo su valor como medio de cambio). Por ésta, entre otras razones, la disciplina de los trabajadores declinó dado que los incentivos monetarios, aunque más importantes, eran cada vez menos útiles. El pago en especies floreció. Se instituyó el racionamiento tanto formal como informal. Bastaba ver que un producto se estaba vendiendo en cantidades restringidas para que cada persona, lo necesitara o no, lo comprara antes de que desapareciera. El racionamiento llevó a escaseces, y las escaseces a más racionamiento”. (Op. Cit., p. p. 78-79).

En el viaje imaginario de Maduro a aquellos años de Allende observaría cómo surgieron mercados negros; esto es, la venta ilegal de bienes violando la prohibición gubernamental de venderlos a precios diferentes de los que fijó. Asimismo, se daría cuenta de cómo en el Chile de esa época los precios de los bienes más bien aumentaron, en vez de detener su crecimiento, como era el propósito del control gubernamental. (Al asumir Allende la presidencia de Chile en 1970 la inflación llegó a ser de un 36%; al terminar su gobierno en 1973 se acercó a un 700% anual).   Maduro también se daría cuenta de cómo los ciudadanos acapararon todos los bienes que pudieron, pues no estaban seguros de tenerlos al día siguiente.  Al poder acaparar esos bienes adquiridos a los precios oficiales más bajos, las personas podían luego venderlos a precios más elevados, generándose así un negocio fácil y ampliamente extendido. El estado trató de contrarrestar esto último, imponiendo mayores controles y aumentando la vigilancia policial, pero lo que más bien provocó fue un aumento del riesgo de la operación y, por tanto, que el consumidor tuviera que pagar un costo mayor. Este vio así, en carne propia, un enorme deterioro de sus condiciones de vida.

Hasta aquí no llegó la situación. Al valer el dinero cada vez menos, la gente corría a deshacerse de él, mediante la compra de cuanto bien se apareciera en el mercado. Como usualmente se presentaron enormes filas para adquirirlos, hizo que surgiera un nuevo negocio: la venta de lugares en las filas o el pago por el servicio de hacer fila para las compras. (Esto hizo que los viejitos antes desocupados se convirtieran en personas “útiles” guardando campos en las filas). Por otra parte, las empresas cuyos productos tenían precios fijados por el estado, decidieron pagarles a sus trabajadores en especie con esos bienes, a fin de que pudieran venderlos en el mercado negro y con ello lograr un aumento en sus ingresos.

La calidad de los productos controlados se deterioró e incluso, una vez que el estado fijaba el precio a alguno de ellos, rápidamente luego salía otro similar al mercado, pero “mejorado” con algún nuevo ingrediente, a fin de que se pudiera vender al precio libre rentable.  Igualmente, si el estado fijaba el precio de alguna versión de un producto, digamos de 500 gramos, pronto aparecía una nueva versión de un kilo, con un precio diferente -mayor- al que proporcionalmente le correspondería.  Así podría venderse esta nueva versión al precio libre, aunque fuera por un rato en tanto el gobierno decretaba el control del precio para esa nueva versión.  Lo que estos controles provocaron fue el surgimiento de productos “nuevos”, ligeramente diferentes o “mejorados” o en cantidades diferentes, pero siempre a precios mayores en un mercado que permitiera que al productor obtuviera la rentabilidad necesaria de su esfuerzo y riesgo.

Lo que Maduro podrá llegar a saber es que los negocios en época de Allende operaban a altas horas de la noche, cuando los custodios de la ley no se fueran a aparecer (obviamente, si se hacían presentes, se tendría que adicionar el costo del soborno).  Por ello fue frecuente observar cómo en las madrugadas los clientes acudían a hacer sus compras. Así, la economía no sólo fue negra, sino que funcionó en la oscuridad de la noche… mientras dormían los cancerberos.

Todas esas -entre muchas otras- fueron consecuencias no previstas por los gobernantes, al ocurrírseles la sonsera de controlar los precios, tal como ha pensado hacerlo en Venezuela nuestro viajero invitado, el presidente Maduro. Ahora bien, una vez que Maduro puede haber visto lo que sucedió en Chile con el control de precios, si aún no se ha convencido de lo nefasto que fue para la economía de esa nación y para la vida y el bienestar de sus ciudadanos, podría usar de nuevo la máquina del tiempo de Orwell y regresar hasta por ahí de, digamos, el año 2800 antes de Cristo, a Egipto durante el gobierno del faraón Henku, quien es, documentadamente, el primero en controlar los precios y en fracasar en su empeño.  De ahí en adelante, Maduro podrá hacer paradas en la Babilonia de Hammurabi, por ahí del año 2025 antes de Cristo y también detenerse en la Roma de Diocleciano, cerca del año 301 después de Cristo, y ver y aprender qué fue lo que pasó cuando decidió controlar los precios. Si Maduro quiere acercarse más al presente, pero en la Edad Media, puede darse una paradita en la Inglaterra de por ahí del año 1381, en donde también conocería de los efectos del control de precios sobre esa nación. En todos estos casos, el fracaso del control de precios para contener la inflación fue la regla observada, así como los graves daños que ocasionó. La Historia está muy documentada acerca de todos estos episodios.  

Pero si aún con estas paradas en tiempos tan antiguos, Maduro no se ha convencido del fracaso de los gobernantes que deciden fijar precios, y quiere observar directamente algo más actual, podría pedirle a la máquina de Wells que le bajara en Amberes, Bélgica, en época de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, quien pudo romper el sitio que le tenía a esa ciudad, gracias a que sus habitantes instauraron el control de precios, lo cual provocó la escasez de alimentos que hizo que tuvieran que rendirse ante Farnesio. Posteriormente Maduro podría aprovechar su periplo histórico deteniéndose en Francia, poco después de la Revolución Gloriosa, cuando los soberbios gobernantes instauraron el control de precios y con ello lograron escaseces, hambrunas, violencias en un “gobierno del terror”, manifestaciones y matanzas. Esto es, todo lo opuesto de lo que esos gobernantes habían buscado lograr con el control de precios. Maduro podrá constatarlo personalmente, gracias a la máquina del tiempo de H. G. Wells.

Los nazis también impusieron, en cierto momento, el control de los precios. Sorprendentemente este es un caso en el cual parece que los sátrapas nacional-socialistas tuvieron éxito en sus propósitos, pero obviamente parece que fue un costo muy elevado el que se tuvo que pagar para resolver los problemas inflacionarios: tener que vivir en una dictadura socialista terrorífica. En todo caso, son muchos, pero muchos, los experimentos que ha habido con controles de precios por parte de los gobernantes, los cuales han terminado tan mal como el de Chile, tal como lo describí brevemente con  anterioridad.

Yo aprovecharía para obsequiarle a Maduro, en ocasión del viaje Orwelliano, el libro de los economistas Robert L. Schuettinger y Eamonn F Butler, titulado Forty Centuries of Wage and Price Controls, que traduzco como “Cuarenta Siglos de Controles de Precios y Salarios”, editado por The Heritage Foundation de Washington D. C., en el año 1979. Humildemente también le obsequiaría una copia de mi libro Inflación y Control de Precios, editado por la editorial Stvdivm, en 1984.  Ambos le servirían para nutrirse sobre el tema del control de precios y la inflación. Espero que, con su lectura y el viaje en la máquina del tiempo, decida no ocasionar los graves daños a los habitantes de su pueblo que surgirían debido a la imposición de controles de precios. A cambio de todo esto, le pediría a Maduro un favor, para antes de que concluya su viaje a través de la historia en la máquina de Wells: que se apeé en la Costa Rica de hoy y que le hable a su amigo ideológico, José María Villalta, y le cuente el disparate que ha sido el control de precios a lo largo de la historia. De cómo eso no ha servido más que para provocar la angustia de las personas y el retraso de sus economías.  De hacerlo Maduro y de soplarle al oído de Villalta convincentemente de lo que pudo ver, yo quedaría muy agradecido con Maduro.

Jorge Corrales Quesada

viernes, 8 de julio de 2011

Viernes de recomendación


Para este viernes de recomendación, queremos compartir con ustedes una de las mejores novelas escritas en materia de filosofía política: La rebelión en la granja, de George Orwell. En ella, el autor -un ex socialista- se da cuenta de la perversión de un sistema en que creía pero que, indudablemente, hace variar la naturaleza humana, hasta el punto que los revolucionarios que deseaban cambiar los vicios del sistema, terminan siendo peores que los primeros "opresores".

Una novela que hay que leer para comprender que aquellas políticas que, en principio, parecen sonar bien y basarse en buenas intenciones, terminan demostrando que "todos somos iguales, pero hay unos más iguales que otros".

jueves, 30 de diciembre de 2010

Jumanji empresarial: socialismo democrático


"El progreso de la democracia consiste en acrecentar realmente la libertad, iniciativa y espontaneidad del individuo"... "La primera condición consiste en la eliminación del dominio oculto de aquellos que, aunque pocos en número, ejercen, sin responsabilidades de ninguna especie, un gran poder económico sobre los muchos, cuyo destino depende de las decisiones de aquellos" (Erich Fromm, El miedo a la libertad).

Resulta evidente que las democracias, en Latinoamérica, no solo han sido incapaces de acabar con este dominio ejercido por las elites estatales y mercantilistas, sino que más bien se han dejado llevar por "la economía de bienes simbólicos" que caracteriza a la socialdemocracia histórica. Desde el socialismo de golpe de tambor de la Venezuela de Chávez,, hasta el mercantilismo y socialismo disimulado de naciones como Brasil, Costa Rica y otras, podemos observar un común denominador: el deseo, por parte de una clase política corrupta, de omitir y censurar, sobre la base de simbolismos, el interés económico legítimo de los individuos.

En definitiva, las producciones simbólicas como métodos de dominación (ejemplos: el estado benefactor, las instituciones sociales, la iglesia, el líder benevolente y solidario, etc.) se erigen desde las clases dominantes, sirviéndose del factor ideológico para mantener y controlar su hegemonía, la cual se funda en intereses particulares enmascarados de bien común. La redistribución de la riqueza, desde las clases trabajadoras hacia los grupos organizados y políticamente conectados, tiene sus raíces en la evolución de Estados burocráticos que viven por y para sí mismos, en complicidad ingenua con quienes ignoran –por voluntad propia– que están sometidos a un poder simbólico casi hipnótico.

El Estado, como institución detentadora del monopolio de la violencia simbólica, se vale de herramientas y medios de manipulación con un alto nivel de sofisticación como los discursos públicos emotivos, las emergencias simbólicas y ficticias, el patriotismo irracional y las asistencias económicas adictivas a grupos estratégicos cuidadosamente seleccionados. A través del lenguaje, principio estructurador y manipulador, el complejo estatal echa mano a los medios de comunicación al alcance de su clientelismo para obtener un acuerdo implícito con las masas, una especie híbrida de "saber" que parece y pretende ser un "no saber".

He aquí la gran tragedia: el esclavo amante de su esclavitud.

Andrés Pozuelo



domingo, 3 de octubre de 2010

Capitalismo y medio ambiente


El interés por preservar y cuidar los recursos naturales, el paisaje y el ambiente limpio aparece, crece y se desarrolla con rapidez a la par del mejoramiento del ingreso y el nivel de vida de la gente. Cuando ésta es pobre y se encuentra a niveles de subsistencia, con hambrunas y variadas insatisfacciones, no aprecia la calidad del medio ambiente. Éste es una especie de bien superior, que se desea mucho más en la medida en que mejora el nivel de ingreso. Los pobres están más preocupados de sobrevivir, recolectar y aun depredar para alimentar a los hijos, antes que pasar frío contemplando el bosque nativo.

Por lo tanto, si usted está verdaderamente interesado en el cuidado del medio ambiente, lo primero es velar por un rápido desarrollo productivo, que aumente el ingreso de los pobres y los haga incorporar en su demanda este bien superior medioambiental. Así que no les crea más a los medioambientalistas fanáticos y "progresistas" que aparecen a cada rato saboteando procesos productivos, la inversión y la incorporación de nuevos recursos naturales, bosques, islas y demás que aumentan el empleo e ingreso de los pobres. Es, precisamente, ese mejor nivel de vida el que llevará a las personas a valorar el medio ambiente, la limpieza y la mejor calidad de vida, algo que no se puede exigir a quienes viven en niveles de subsistencia, con hijos hambrientos.

Ahora bien, ¿bajo qué modalidad de organización económica, social y política los pueblos han logrado aumentar su ingreso y nivel de vida, de manera indefinida y, como resultado de ello, la calidad del medio ambiente? Obviamente, con el capitalismo liberal, abierto y competitivo, basado en el respeto de los derechos personales, comenzando por el de propiedad.

¿No se han dado cuenta de que los ambientes más limpios y de mayor belleza compatibles con amplias poblaciones se dan en Norteamérica, Europa Occidental, Oceanía y algo en América Latina y el Asia que comenzó a crecer?

¿No ha leído respecto de la mugre masiva de las ciudades, ríos, lagos, casas, hoteles, campo y calles en los países y ciudades que fueron o son comunistas? En esto del cuidado y limpieza del medio ambiente —así como antes con las tasas de inversión y el nivel de desarrollo—, los socialistas siempre critican con desparpajo las fallas del capitalismo, pero nunca han reconocido nada de su reiterado fracaso, que insisten en vendernos.

Las fórmulas de planificación central no sirven, así como tampoco las clásicas recetas de legislarlo todo y colocar reglamentos e inspectores caros e inútiles, que sólo dificultan el desarrollo, en especial entre los grupos medios y populares.

¿Cuánto más creceríamos si se hiciera una ley ambiental más liberal, con sistemas de seguros y arbitrajes expeditos? ¿Y cuánto mejoraría el medio ambiente con el aumento del ingreso de los más pobres, lo que automáticamente los sacaría de la depredación? ¿Y cuánto más si extendiéramos la propiedad privada? ¿Cuánto ingreso, empleos e inversión hemos perdido con una legislación ambiental inadecuada?

Álvaro Bardón

sábado, 15 de mayo de 2010

¿Suecia rica por socialista?



Mucho se suele escuchar acerca de los países nórdicos, se suele decir que son ejemplos vivos de como altos impuestos, economías socializadas en buena medida, son ejemplos exitosos de dicho modelo estatal. Pero, ¿es esto así?. En este interesante video el economista Andreas Bergh, explica el espejismo que suele existir acerca de uno de estos países: Suecia.

martes, 17 de noviembre de 2009

Socialismo sin fin


¿Que celebramos con la caída del muro? ¿El fin del socialismo? En realidad este se reconstruye. Lo dicen tanto los recalcitrantes comunistas que aún declaran seguir con sus iconos como los iluminados del socialismo del siglo XXI y quienes los apoyan.

Pero lo suscriben, aunque no lo digan, los que reeditan el socialismo en todas sus fórmulas, los que levantan muros no de incomprensión, de intolerancia o de pamplinas de hippie con o sin corbata, sino de cortapisas a la propiedad privada y a la libre competencia empresarial. Es preciso no perder el norte con las celebraciones, bonitas, pletóricas de grandes frases y responder a la pregunta: ¿se ha acabado el socialismo? Muchos de los que celebran el fin del muro, ¿en verdad lo enterrarían por completo? Quizá, para eso, habría que saber, qué cosa sea eso del socialismo y qué hace falta para inhumarlo.

Un estudio del socialismo especialmente clarificador es el que se realiza desde la escuela austriaca. Si bien hubo autores como el mismo Mises que lo definía como el régimen de propiedad colectiva de los medios de producción, lo cierto es que así sólo es posible ver una parte del problema. Es por eso que era necesario superar la primitiva formulación basada en la propiedad de los medios de producción y pasar al hecho profundo que ese socialismo (que podemos llamar soviético, el que dicen que cayó con el muro de Berlín) comparte con cualquier otra modalidad de intervencionismo público: que obstaculiza o impide la función empresarial.

Incluso la importante aportación de H. H. Hoppe en el sentido de definir al socialismo como todo sistema de agresión a los derechos de propiedad puede ser mejorada tras las aportaciones sobre la "empresarialidad" y la función empresarial de los profesores Kirzner y Huerta de Soto. Uniendo los análisis dinámicos de Mises y Rothbard con los basados en la dispersión del conocimiento y de sus secuelas (efecto aprendizaje, etc.), el profesor Huerta define socialismo como todo sistema que obstaculiza o impide mediante agresión sistemática la función empresarial en alguna de las áreas de la economía.

Esta definición tiene la virtud de ser un potente foco analítico con el que desvelar todas las agresiones a la función empresarial en cualquier régimen sociopolítico y destacar en cada uno cuáles son los efectos empobrecedores y desmoralizadores que tiene. El respeto a la función empresarial conlleva tanto el respeto a la propiedad privada existente como a la apropiación futura de los beneficios derivados de la tarea de descubrimiento empresarial y de su acción coordinadora.

El debate sobre el socialismo tiene una enorme actualidad y no solamente festiva y retórica. Aunque los partidarios del socialismo hayan aminorado parte de su énfasis en él, lo cierto es que sus planteamientos reviven y se reformulan de diversas maneras mediante los nuevos teóricos de la administración pública, que pretenden introducir en ella lo que llaman "reformas de mercado" en una suerte de revival del "socialismo de mercado". En fin, mientras haya suficiente mercado para financiar los experimentos sociales, ya sabemos que seguirán asignándose a éstos el crecimiento resultante de aquél.

Todo esto no hace sino reproducir un debate ya ganado por la escuela austriaca en la teoría pero no en la práctica que la alimenta, que, por mucho que se confeccionen trajes de brillo científico, no es más que la mera envidia social no emulativa. Sólo queda, pues, incorporar el debate ético con toda su fuerza.

Joaquín Santiago Rubio

lunes, 21 de septiembre de 2009

Tema polémico: la envidia y el socialismo


El Tema polémico de hoy, en ASOJOD queremos comentar un poco sobre la forma en que funciona la ideología socialista. Para esto, queremos empezar el análisis con la siguiente pregunta: ¿Cuál es la actitud de las personas cuando alguien logra tener éxito en algún aspecto de la vida, un éxito basado en el esfuerzo personal y apegado a la responsabilidad ante la ley? Comúnmente hay dos tipos de reacción: las personas que, admiradas, tratan de obtener una enseñanza del éxito alcanzado con el objetivo de obtener resultados similares y las personas que ven el éxito alcanzado con repudio y envidia y les molesta no haber obtenido los mismos resultados aún cuando el esfuerzo invertido fue diferente. Hay un término para el comportamiento de este segundo grupo de personas: envidia.

Empujados por esta envidia, muchas personas de este segundo grupo consideran que el individuo que alcanzó lograr esa meta debería obligadamente compartir los beneficios obtenidos con el resto. ¿Cuál es la justificación para esto? Pues la excusa es que no es justo que esa persona esté en condiciones diferentes a otras. Suena ilógico, sin embargo, es mucha la gente que piensa de esta manera. Tal "argumento" se ha convertido en toda una ideología y su nombre es Socialismo, con la cual se han creado conceptos para "denuciar" lo anteriormente señalado: lo han llamado injusticia social. Según el credo de la injusticia social, la persona que se esforzó en la vida y obtuvo riqueza como resultado es el villano y el castigo que merece es la pérdida de lo suyo para repartirlo entre todos los demás.

En ASOJOD creemos en que todas las personas deben de contar con la libertad de luchar para tener éxito en la vida sin que luego nadie se lo arrebate: por eso defendemos la propiedad privada. Se trata del resultado de un esfuerzo basado en la legalidad, en la dedicación personal, la empresarialidad, en el uso de la voluntad y la libertad y, en fin, en la premisa de tratar a todos como comerciantes, intercambiando valor por valor. Cuando esa forma de pensar es aplicada por un grupo de personas conviviendo en sociedad, el resultado es impresionante. Las personas, cada una luchando por obtener sus metas personales, terminan beneficiando a otras durante el proceso, generando riqueza en forma colectiva. Para poder desarrollar un negocio, esa persona va a requerir contratar bienes y servicios y esos negocios que se contratan van a requerir otra variedad de bienes y servicios para su desarrollo. Esta situación continúa repetidas veces dando como resultado un beneficio colectivo que, empujado por necesidades individuales, permite abrir espacios para que otros obtengan riqueza o éxito.

Por otro lado, los socialistas piensan diferentes. Creen que es necesario distribuir la riqueza para que todas las personas tengan igualdad de condiciones sin importar el grado de esfuerzo que cada una invierta o el riesgo que corra en una operación. Esta forma de pesar tiene dos grandes debilidades: la primera es que el sistema no contempla que, para poder distribuir la riqueza es necesario primero generarla (como bien decía Rand, "para distribuir primero hay que crear" y esa creación sólo se da en un marco capitalista, de pleno respeto por la propiedad privada); la segunda es que en el socialismo no hay ningún tipo de incentivo para que alguien o algunos generen riqueza pues, ¿de qué sirve generarla si luego va ser arrebatada por el sistema? En ese sentido, la historia ha evidenciado que en toda sociedad socialista, la pobreza, la falta de innovación, el totalitarismo, el éxodo y la desgracia son comunes denominadores. Llevaba razón Churchill cuando decía que "el vicio inherente del capitalismo es el desigual reparto de riqueza. La virtud inherente del socialismo es la equitativa distribución de la miseria".

Evidentemente, el socialismo no es un sistema basado en sentido común y lógica; es un sistema basado resentimiento y mediocridad, en la esclavitud y el despojo institucionalizado. En otras palabras, es un sistema creado para que las personas envidiosas puedan obtener una gran porción del pastel sin haber hecho el esfuerzo correspondiente, basándose en definiciones arbitrarias de lo que es justo. Es un sistema que ve a los individuos que se diferencian del resto por sus méritos como amenazas y odia la innovación pues quiere decir que alguien está haciendo algo diferente que, probablemente, deje en evidencia su rezago.

Los que creemos en el mercado y en el capitalismos no vemos el éxito personal con envidia, todo lo contrario, lo vemos como un gran mérito. No creemos que la felicidad sea sinónimo de igualdad. No creemos que la envidia deba impulsar nuestros actos y nuestra forma de pensar. Creemos en la riqueza se puede crear en beneficio de todos y para poder lograr esto no podemos recriminarle ni quitarle a nadie su propiedad en beneficio de otros.

Por eso en ASOJOD siempre hemos defendido a ultranza que cada invididuo sea un fin en sí mismo, lo que significa que tenga plena libertad para buscar sus fines -por diferentes que sean- y que los resultados -positivos o negativos- sean sólo suyos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Viernes de Recomendación

Este viernes les recomendamos está presentación de Aaron Clarey sobre capitalismo. En esta presentación de 2 horas y 10 minutos dividida en 14 videos, Aaron Clarey explica los argumentos filosóficos y lógicos del capitalismo y sus grandes ventajas en comparación con el socialismo. Además, explica cómo funciona la mente de un socialista y presenta métodos para contrarrestar sus argumentos. Obligada para todos los que creemos en la libertad, el libre mercado y el capitalismo.

Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8, Parte 9, Parte 10, Parte 11, Parte 12, Parte 13, Parte 14



domingo, 8 de febrero de 2009

El verdadero Ché Guevara


La historia, cuando es contada por Hollywood, a menudo carece de sentido, pero por lo general los creadores de películas tienen el sentido común de no mostrar bajo una luz amable a los asesinos y los sádicos. Sin embargo, la nueva película de Steven Soderbergh hace eso, y más.

El Che como romántico revolucionario, tal como lo representa Benicio del Toro en la película de Soderbergh, nunca existió. Ese héroe de la izquierda, con su aire hippie y su barba, imagen que hoy es icónica de las remeras y taza de café de todo el mundo, es un mito creado por los propagandistas de Fidel Castro, una especie de cruza entre Don Quijote y Robin Hood.

Al igual que esas historias, el mito del Che tiene una similitud superficial con los hechos históricos, pero la historia real es mucho más oscura. Algún Robin Hood probablemente cometió actos violentos contra los ricos y, para cubrir sus rastros, dio a los pobres parte del botín. En la España medieval, probablemente había caballeros parecidos al Quijote cabalgando por las sendas del reino, librándolo no de dragones, sino de los pocos musulmanes que quedaban. Lo mismo es válido para el legendario Che. Ningún adolescente en rebelión contra el mundo o sus padres parece capaz de resistirse al atractivo de la imagen del Che. Vestir una remera con su rostro es la manera más sencilla y barata de parecer estar del lado correcto de la Historia.

Pose de moda. Lo que funciona para los adolescentes también parece funcionar con los directores de películas que quieren sentirse eternos adolescentes. En los años 60, el estilo Che, con barba y boina, era al menos una atrevida declaración política. Hoy es poco más que una pose de moda que inspira una épica de Hollywood de gran presupuesto. ¿Qué viene después, un parque temático del Che? Sin embargo, una vez hubo un verdadero Che Guevara: es menos conocido que la marioneta de ficción que ha reemplazado a la realidad. El verdadero Che fue una figura más significativa que su clon de ficción, ya que fue la encarnación de lo que la revolución y el marxismo realmente significaron en el siglo veinte.

El Che no era un humanista. De hecho, ningún líder comunista sostuvo nunca valores humanistas. Fieles al profeta fundador de su movimiento, Stalin, Mao, Castro ni el Che tuvieron nunca respeto por la vida. Para bautizar un nuevo mundo, era necesario derramar sangre. Cuando uno de sus primeros compañeros de lucha lo criticó por la muerte de millones de personas durante la revolución china, Mao observó que millones de chinos mueren todos los días, así es que ¿qué importa? De manera similar, el Che podía matar y encogerse de hombros. Estudió medicina en Argentina, pero escogió no salvar vidas, sino eliminarlas. Tras llegar al poder, el Che condenó a muerte a quinientos “enemigos” de la revolución sin juicio previo, ni siquiera con demasiada discriminación.

Destruyó la agricultura. Castro, que no es ningún humanista, hizo lo que pudo por neutralizar a Guevara y lo nombró ministro de Industria. Como era de esperarse, el Che aplicó políticas soviéticas a los cubanos: la agricultura fue destruida y por todo el país quedaron regadas fábricas fantasmas. No le importaban la economía de Cuba ni su pueblo: su propósito era buscar la revolución por si misma, significara lo que significara, como el arte por el arte.

De hecho, sin su ideología el Che habría sido poco menos que otro asesino en serie. La propaganda ideológica le permitió matar en números mayores que lo que habría podido imaginar cualquier asesino en serie, y todo en el nombre de la justicia. Hace quinientos años, el Che probablemente habría sido uno de esos soldados que exterminaron a los nativos de América Latina en el nombre de Dios. En el nombre de la Historia, el Che consideraba que matar era una herramienta necesaria de una causa noble.

Pero supongamos que juzgamos a este héroe marxista según sus propios criterios: ¿realmente transformó al mundo? La respuesta es sí, pero para peor. La Cuba comunista que ayudó a crear es un fracaso indiscutible, mucho más empobrecida y menos libre que antes de su "liberación". A pesar de las reformas sociales de las que la izquierda gusta jactarse acerca de Cuba, el índice de alfabetismo era mayor antes de que Castro llegara al poder, y el racismo contra la población negra estaba menos extendido. De hecho, hoy es mucho más probable que los gobernantes de la isla sean blancos que durante los días de Batista.

Gestor de dictaduras militares. Más allá de Cuba, el mito del Che ha inspirado a miles de estudiantes y activistas en toda América Latina, haciéndolos perder la vida en absurdas guerras de guerrillas. La izquierda, inspirada por el canto de sirena del Che, prefirió la lucha armada a las urnas. Al hacerlo, abrió el camino a las dictaduras militares. América Latina aún no se ha curado de estos efectos secundarios del guevarismo.

De hecho, cincuenta años después de la revolución cubana, los latinoamericanos siguen divididos. Las naciones que rechazaron la mitología del Che y escogieron el camino de la democracia y la libertad de mercado, como Brasil, Perú y Chile, están mejor que nunca: la igualdad, la libertad y el progreso económico han avanzado a la par. Por el contrario, las que siguen nostálgicas de la causa del Che, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, están en estos momentos al borde de la guerra civil.

El verdadero Che, que dedicó la mayor parte de su tiempo como presidente del Banco Central de Castro a supervisar ejecuciones, merece ser mejor conocido. Quizás si la película épica de dos partes de Soderbergh resulta un éxito de taquilla, sus financistas querrán filmar una secuela más ajustada a la verdad. Ciertamente no faltaría material para “La verdadera historia del Che”.

Guy Sorman

domingo, 20 de julio de 2008

La noche del gallo


Es bien sabido que Jesús vaticinó que su apóstol Pedro lo negaría tres veces antes de que cante el gallo. En nuestra época hay tres negaciones horrendas al orden natural que constituyen un serio peligro para la subsistencia de la sociedad abierta. Estas tres huidas del sentido común son el socialismo, el ecologismo y el terrorismo. Nos encontramos así insertos también en la noche del gallo.

De tanto machacar en las tres vertientes de una misma concepción totalitaria, el mundo libre, poco a poco, ha ido absorbiendo parte del veneno que amenaza con incrementar la dosis mientras que los anticuerpos no parecen revitalizarse con la energía suficiente para detener el aluvión de reverencias y panegíricos a megalómanos atrincherados en el aparato estatal que se toman como dioses laicos, hasta que el fracaso estrepitoso reemplaza la veneración por nuevos milagreros y así sucesivamente.

El primer caso es el más antiguo: se trata del debilitamiento y finalmente la extinción de la propiedad privada en nombre de los pobres. Todas las vertientes de esta tradición de pensamiento sucumben en la realidad, aunque se siguen alimentando en la fantasía del discurso. Todas revelan una alarmante pobreza conceptual ya que no solo significan una falta de respeto al derecho sino que barren con las únicas señales con que se cuenta para operar y saber donde se está parado. Así, al enervar la institución de la propiedad no hay precios y, por ende, resulta imposible la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico. No se sabe cuando y en qué se consume capital. El conocimiento disperso se transforma en ignorancia concentrada en ampulosas comisiones de planificadores estatales que inexorablemente operan a ciegas, con lo que naturalmente se perjudica a todos pero de modo muy especial a los más necesitados.

En el segundo caso, a través de las trasnochadas figuras de la “subjetividad plural” y los “derechos difusos” se pretende que en nombre de la preservación de las especies y del medio ambiente cualquiera pueda dictaminar acerca del uso que terceros le asignan a sus respectivas propiedades. Paradójicamente, para preservar la propiedad del planeta Tierra se propicia la liquidación de la propiedad vía lo que con acierto se ha denominado “la tragedia de los comunes” puesto que lo que es de todos no es de nadie y los incentivos para cuidar los bienes desaparecen.

Hoy en día las vacas no se extinguen mientras que las ballenas tienden a desaparecer. Esto es así precisamente porque las vacas tiene dueño mientras que las ballenas “son de todos”. Esto no siempre fue así: en la época colonial cuando no existía la revolución tecnológica del alambrado y la marca cualquiera mataba ganado vacuno para cuerear o para comer un trozo de carne con lo que esos animales estaban en riesgo de extinción. Hoy, en cambio, de lo que se trata es de multiplicar el ganado y no de hacerlo desaparecer debido a los incentivos de la propiedad privada. Idéntico fenómeno ocurre cuando una manada de elefantes pertenece a alguien, a diferencia de la masacre que tiene lugar si “es de todos” donde se ametralla para obtener marfil en lugar de estimular la reproducción.

Del mismo modo, nadie reforesta si sabe que los beneficios completos serán para otros. Las talas indiscriminadas se deben a la insistencia en las así llamadas tierras fiscales. A su vez, tal como se ha expuesto reiteradamente en infinidad de trabajos, los problemas que genera el monóxido de carbono, la lluvia ácida o el efecto invernadero también se dirimen en el contexto de la asignación de derechos de propiedad.

Por último, el flagelo del terrorismo debe rechazarse haciendo uso de todos los caminos de que dispone la sociedad abierta pero nunca con procedimientos inherentes a la canallada terrorista como la detención sin juicio previo, las escuchas telefónicas, la intromisión en el secreto bancario, la tortura y, en general, la restricción a las libertades civiles tan caras y esenciales al mundo libre.

La moderna noche del gallo no tendría lugar si no fuera por el paulatino debilitamiento y abandono de las sólidas bases sobre las que se sustenta la sociedad abierta. En este sentido, resulta sumamente decepcionante y descorazonador observar buena parte de las campañas electorales —incluso en los lugares más insospechados— en las que reiteradamente y en forma creciente los candidatos prometen echar mano al fruto del trabajo ajeno para los más diversos propósitos, todos reñidos con elementales principios del respeto recíproco.

Se torna imperioso abrir un debate de ideas al efecto de fortalecer el resguardo a la dignidad de las personas y volver a las fuentes en cuanto a la consiguiente filosofía que preserve las autonomías individuales para que cada uno pueda seguir pacíficamente su camino y reservar el uso de la fuerza exclusivamente allí donde hay lesiones al derecho. Desde luego que el estudio de los fundamentos de la sociedad abierta deben estar siempre a prueba: como enseña Popper, todo está sometido al carácter de la provisionalidad y abierto a posibles refutaciones (del mismo modo que Borges escribe que “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”). Pero con el mismo entusiasmo de los bibliófilos, siempre nómadas al acecho de nuevas aventuras intelectuales, es urgente explorar seriamente los múltiples andariveles de la libertad al efecto de salir del atolladero en que nos encontramos.

En este contexto, es menester la debida comprensión del orden jurídico y dejar de lado las concepciones positivistas que consideran que toda legislación debe ser obedecida independientemente de su contenido, con lo que se acumulan pseudoderechos de la misma naturaleza inaudita del que acaba de proponerse en la Asamblea Constituyente de Ecuador para ser incorporado en una enmienda constitucional: “el derecho de la mujer al orgasmo” (puede facilitar si se le da permanencia al consejo de Woody Allen, aquello de “amaos los unos sobre los otros”...con lo que la noche del gallo adquiriría un matiz de ribetes bien diferentes).


Alberto Benegas Lynch