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martes, 29 de mayo de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el papel del empresario en el análisis económico: el aporte de Mises

El aporte de Ludwig von Mises al papel del empresario en una economía
 
A fin de entender el papel del empresario en el proceso de mercado según Ludwig von Mises, debemos tener presente su concepto de acción humana. Según éste, el individuo actúa siempre con un propósito:

“La acción humana es conducta deliberada. Mejor dicho, es movilizada voluntad que se transforma en actuación; es aspirar a fines y objetivos; es consciente reacción del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en la vida del sujeto.” (Ludwig von Mises, La Acción Humana: Tratado de Economía, Madrid: Editorial Sopec S. A., 1968, p. 37. La letra cursiva es del autor).

La pensadora austriaca Sandye Gloria-Palermo amplía sobre el concepto y nos permite interpretarlo mejor:

“El axioma de la acción humana comprende tres consecuencias directas: la introducción de la causalidad, el tiempo real y la incertidumbre. Para que un individuo actúe, se necesita una condición: la acción del momento debe pensarse que ocasiona una influencia positiva sobre el bienestar propio… La acción está orientada hacia la mejoría del bienestar del bienestar individual; es decir, hacia el cambio; la acción, por lo tanto, toma su lugar en el tiempo… La incertidumbre es incorporada usando el mismo método tautológico: la acción, definida como una elección real, tan sólo puede tomar lugar en un ambiente incierto en lo que se refiere al futuro; de otra forma, sería remplazada por una simple reacción.” (Sandye Gloria-Palermo, The Evolution of Austrian Economics: From Menger to Lachmann, New York: Routledge, 1999, p. 85).

Para Mises, el empresario incorpora las características de toda la acción humana distintiva que se presenta en una economía. En el marco de un proceso competitivo se convierte en el factor que introduce la eficiencia requerida, ante cambios imprevistos en la economía. Esto es, hay un papel dinámico del empresario, quien, enfrentado a la naturaleza impredecible del futuro, tiene incentivos para actuar. El empresario es el hombre que actúa ante cambios en los datos del mercado. Debe identificar los medios o factores de producción y su empleo en la satisfacción de deseos de los consumidores. Siguiendo a Menger, para Mises este proceso de valoración permite que se obtenga el conocimiento acerca de las relaciones causales entre los diferentes bienes. Asimismo, hace que deba decidir actuar para dirigir esos recursos escasos hacia los usos específicos en la producción de los bienes. Ante la posibilidad de que su acción resulte en pérdidas, asume el riesgo. Mises considera que la acción siempre implica un elemento de incertidumbre, pues es algo inherente en su predicción acerca de cómo actuarán otros individuos en el mercado competitivo.

Dado que la acción humana se caracteriza por la posibilidad de que el individuo cometa errores, bien puede resultar en malos ajustes (“maladjustments”), en donde, según criterio de Mises, dicho mal ajuste surge de la divergencia entre la asignación de recursos que hay en un cierto momento y la asignación que haría máxima la satisfacción del público. Estos malos ajustes dan lugar a la posibilidad de lograr ganancias, provocando el accionar de los empresarios, quienes terminarán por finalmente eliminar esos malos ajustes. Dada la posibilidad de lograr esas ganancias descubierta por los empresarios, toman decisiones que implican la necesaria asunción de riesgos y dirigen su actividad hacia la rectificación de esos malos ajustes.

En un cierto momento el empresario-que-actúa se da cuenta (esa es una de sus habilidades) de que hay la oportunidad de obtener ganancias a partir de un esquema de precios que no corresponde con una situación óptima. Por supuesto que los efectos de su accionar toman tiempo para cristalizar, pues el cambio, que es el que ha dado lugar a la presencia de ganancias posibles, tiene no sólo efectos en el mercado en una primera instancia, sino que, al ingresar diversos empresarios a la actividad, de nuevo con ello se alteran los precios que encara el resto de actores en la economía. Para Mises, “empresario es el individuo que actúa con la mira puesta en las mutaciones que las circunstancias del mercado registran” (Ludwig von Mises, Op. Cit., p. 329); esto es, el individuo que actúa en función de los cambios que ocurren en los datos que brinda el mercado.

Así, supóngase que se altera una situación inicial en que los precios de mercado estaban en equilibrio. El empresario supuestamente más capacitado es aquel que toma ventaja con respecto a otros de la situación que percibe. Se da cuenta de que es posible reasignar algunos recursos productivos de la manera más eficiente, hacia la producción de aquél bien, cuya producción ahora resulta ser insuficiente a los precios iniciales. El empresario, preparado para el descubrimiento de oportunidades y sorpresas, valora los medios o factores productivos de que dispone y los dirige hacia los usos específicos que se buscan lograr. Asume el riesgo de que los fondos provistos puedan generar pérdidas. Su éxito está evidentemente en función de su capacidad de satisfacer las necesidades de los consumidores en la nueva situación. Es decir, si cumple con el objetivo de aprovechar la oportunidad (de descubrir errores, malos ajustes), para la cual debió estar alerta, y de tener éxito en ella.

El conjunto de precios existente ayuda a quienes toman decisiones a llevarlas a cabo, al brindar información previa a dicha decisión. Pero también los precios brindan conocimiento con posterioridad a la decisión tomada, tanto a partir del conjunto de precios que emerge con posterioridad a la decisión previamente tomada, sino también en los resultados de pérdidas o ganancias de la empresa. La discrepancia que surge a partir de los precios iniciales, que dieron lugar a una expectativa acerca de lo que previamente se esperaba, y los resultados económicos de pérdidas o ganancias, envían una nueva señal para que el empresario actúe, corrigiendo su comportamiento anterior. Esto es, se da un proceso de descubrimiento, de aprendizaje, para mejorar las actividades productivas hasta el momento llevadas a cabo, descubrimiento que se da por los mismos actores participantes o por nuevos entrantes. Asimismo, permite que se logre la coordinación entre los participantes al corregirse errores previos.

Para el destacado economista neoclásico Léon Walras los precios transmiten todo el conocimiento disponible, mientras que para Ludwig von Mises,

“Como los precios no reflejan todo el conocimiento disponible, existen discrepancias que crean bolsones de ganancias que los empresarios pueden descubrir. En otras palabras, el sistema de comunicación no es perfecto; los precios no transmiten todo el conocimiento que Walras desearía que ellos pudieran lograr transmitir. Sin embargo, es precisamente esta ‘imperfección’ la que constituye el motor del sistema económico. La imperfección de los precios es lo que crea la habilidad del sistema para comunicar la información relacionada con sus propiedades fallidas de comunicación.” (Peter Boettke and Frederic Sautet, The Genius of Mises and the Brilliance of Kirzner, en Annual Proceedings of the Wealth and Well-Being of Nations, Vol. 3, 2001, p. 37).

Ese esfuerzo empresarial por lograr ganancias a partir del descubrimiento de oportunidades, bien puede dar lugar a pérdidas. El empresario debe competir con otros en sus objetivos y acciones y tan sólo los más exitosos son quienes tendrán éxito. Para tener éxito está dispuesto a asumir el riesgo que implica su decisión. El mecanismo de pérdidas o ganancias se convierte en la fuerza que impulsa la acción del empresario, proceso que termina por alterar los precios, que, de ser menores que los deseados, concluyen finalmente por aumentar, eliminando cualquier ganancia y restaurando el balance entre oferta y demanda. Pero el empresario siempre estará vigilante acerca de la significación que pueda tener cualquier cambio ulterior en los precios para actuar en consonancia. Las ganancias son las que le mueven a actuar.

Es importante concluir este comentario señalando la función equilibradora que posee el empresario en el contexto del mercado competitivo. De acuerdo con Mises, los precios en general no son de equilibrio, pero son útiles tanto para brindar información a los participantes (viejos o entrantes) en el mercado, con lo cual motivan a que el empresario actúe y coordine su actividad económica en el curso del tiempo. Esto es, el proceso de mercado converge a un equilibrio generalizado… hasta que no surja un nuevo cambio.

“Conviene notar que es la competencia –que los empresarios afanosos de lucro entre sí desatan- la que impide la pervivencia de precios falsos para los factores de producción. La propia actuación de los empresarios, si ya no ocurrieran más cambios, plasmaría la, en la práctica, irrealizable economía de giro uniforme (o situación de equilibrio general).” (Ludwig von Mises, Op. Cit., p. 427. La letra cursiva es del autor. El texto entre paréntesis es mío).

Para Mises la situación analizada como de equilibrio general es irrealizable.  Lo importante de tener presente son las fuerzas equilibradoras que hay en el mercado y entre los mercados, que él considera conducen hacia lo que se ha denominado como un equilibrio general, si bien precario. El factor que tiende a que los precios de los bienes y servicios en el mercado concurran hacia valores de equilibrio, es la competencia que se da entre empresarios que buscan obtener utilidades. Por supuesto que tal situación de equilibrio permanecerá, en tanto no surjan cambios en los datos del mercado (información, conocimiento), lo que daría lugar a la acción correspondiente de los empresarios, en su búsqueda por aprovechar estas nuevas oportunidades de lograr ganancias.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 16 de febrero de 2012

Jumanji empresarial: ¿qué le ha hecho el Gobierno a nuestras familias?


En su pequeño libro Burocracia, Ludwig von Mises apunta que el socialismo moderno “lleva con mano firme al individuo de la cuna a la tumba”, al tiempo que “los niños y adolescentes se integran firmemente en el omnicomprensivo aparato de control del estado”. En otro contexto, contrasta “capitalismo” con “socialismo” y concluye: “No hay compromiso posible entres estos dos sistemas. Al contrario que la falacia popular, no hay una vía intermedia, ningún posible tercer sistema como patrón de un orden social permanente”. Mi comentario se centrará en la validez de la última afirmación, vista a través del destino de una familia e hijos en la quintaesencia del estado de “vía intermedia” que es la Suecia moderna.

Al mirar a Suecia, encontramos un caso clásico de manipulación burocrática para destruir al principal rival del estado como centro de lealtad: la familia. Al ver esta rivalidad entre estado y familia, es importante entender que en todas las sociedades es constante un nivel básico de “dependencia”. En toda comunidad humana hay niños, personas muy ancianas, individuos con minusvalías importantes y otros que están seriamente enfermos. Esta gente no puede cuidar de sí misma. Sin la ayuda de otros, morirían. Toda sociedad debe tener una forma de prestar atención a estos dependientes. Bajo el predominio de la libertad, la institución natural de la familia (complementada y apoyada por las comunidades locales y las organizaciones voluntarias) proporciona la protección y el cuidado que necesita esta gente “dependiente”. De hecho, es la familia autónoma (y solo en la familia) donde funciona realmente el principio socialista puro: de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades.

El auge del estado del bienestar puede describirse como la constante transferencia de la función de “dependencia” de la familia al estado, de las personas ligadas por lazos de sangre, matrimonio o adopción a las personas ligada a funcionarios públicos. El proceso empezó en Suecia a mediados del siglo XIX, a través de proyectos burocráticos que empezaron a desmantelar las relaciones entre padres e hijos. Como es habitual, la primera afirmación del control del estado sobre los niños se produjo en la década de 1840, con la aprobación de una ley de asistencia obligatoria a la escuela. Aunque justificada como una medida para mejorar el conocimiento y bienestar del pueblo, la dinámica profunda era la socialización del tiempo de los niños, a través de la suposición de que los funcionarios del estado (los burócratas del reino de Suecia) sabían mejor que los padres cómo debían emplear los niños su tiempo y de que no podía esperarse o confiarse en que los padres protegieran a los hijos ante la explotación.

El siguiente paso se produjo en 1912, con la legislación que prohibía el trabajo infantil en las fábricas y hasta cierto punto en las granjas. De nuevo, se suponía implícitamente que los funcionarios del estado del bienestar eran mejores jueces del uso del tiempo de los niños y más compasivos con ellos de lo que serían o podrían ser los padres.

El paso final se produjo casi al mismo tiempo, cuando el gobierno sueco implantó un programa de pensiones de ancianidad o jubilación que rápidamente se convirtió en universal. El hecho subyacente fue aquí la socialización de otra función de la dependencia, esta vez la dependencia de los “muy viejos” y los “débiles” respecto de los adultos maduros. Durante milenios, el cuidado de los ancianos había sido asunto de la familia. A partir de aquí, iba a ser cosa del estado. Juntando todas estas reformas, el efecto neto era socializar el valor económico de los niños. La economía natural de las familias y el valor que los niños habían producido a los padres (ya sea como trabajadores en la empresa familiar o como “póliza de seguro” para la vejez) se eliminaron. A los padres se les dejaba todavía los costes de criar a los niños, pero la “sociedad”, en el sentido del estado burocrático, se había apropiado de la ganancia económica que acababan representando

El resultado predecible de este cambio, como os diría un economista de la “Escuela de Gary Becker”, sería una menor demanda de niños y esto es exactamente lo que pasó en Suecia. Desde finales del siglo XIX, la fertilidad sueca estuvo en caída libre y en 1935 Suecia tenía la menor tasa de natalidad del mundo, por debajo del nivel de crecimiento cero en el que una generación se limita a reemplazarse a sí misma.

La teoría habitual de la transición demográfica ha sido desde hace mucho que esta caída en la tasa de natalidad era la consecuencia necesaria e inevitable de la industrialización moderna: que los incentivos de una economía capitalista destruyen las relaciones familiares tradicionales. Aunque es verdad que la estructura tradicional de la familia afronta nuevos tipos de problemas en la sociedad industrial, trabajos más recientes sugieren que, de hecho, el mayor desafío lo produce el crecimiento del estado.

Viendo la experiencia de muchas naciones, el demógrafo de la Universidad de Princeton, Norman Ryder, considera como la principal causa común de la baja en la fertilidad a la educación pública masiva. “La educación de las jóvenes generaciones es una influencia subversiva”, dice. “Las organizaciones políticas, como las económicas, reclaman lealtad y tratan de neutralizar el particularismo familiar. Hay una lucha entre la familia y el estado por la mentes de los jóvenes”, en la que la escuela estatal obligatoria sirve como “el instrumento principal para enseñar ciudadanía, apelando directamente a los niños por encima de los padres”. Confirmando la validez universal del ejemplo sueco, Ryder añade que mientras que la educación obligatoria aumenta los costes de los padres, las prohibiciones del trabajo infantil reducen aún más su valor económico. Además, un sistema público de seguridad social recorta los lazos naturales entre generaciones de una familia de otra manera, dejando al estado como centro de la lealtad primaria.

Aunque el sistema familiar de la nación puede reorganizarse, durante un tiempo, alrededor de la unidad nuclear de reproducción “marido-esposa”, incluso esa base de independencia acaba disolviéndose. El resultado final de la intervención del estado, dice Ryder, es una fertilidad que decrece progresivamente, con los individuos viviendo solos en una relación dependiente con el gobierno.

Las contradicciones propias de este método de organización social se aprecian en Suecia a principios de la década de 1930. Habiendo caído tasa de natalidad por debajo del nivel de crecimiento cero, los conservadores suecos se desesperaban por la “amenaza de despoblación” y la desaparición de los niños suecos. Estas voces argumentaban que el problema profundo era la dislocación espiritual o el declinar del cristianismo o el aumento del materialismo o el egoísmo personal. Nadie (ni un alma en la derecha política) reparaba en los problemas que se encontraban en la legislación educativa y social de los últimos 90 años. Así que cuando la “crisis de población” se hizo candente en Suecia, la situación estaba madura para la demagogia y la explotación.

En esta situación, dos jóvenes sociólogos suecos, Gunnar Myrdal y su esposa, Alva Myrdal, dieron un paso al frente. Antes de empezar con su uso y abuso del asunto de la población, dejadme que os diga unas pocas cosas acerca de sus antecedentes y las influencias que pusieron en práctica en su trabajo.

La paternalismo burocrático tenía una larga historia en Suecia, enraizado en el aparto estatal creado por los reyes Vasa a principios del siglo XVI y evolucionado a través de la aplastante autonomía regional a la estela de la fracasada revuelta de Nils Dacke en la década de 1540. Aún así, los Myrdal representaban algo nuevo, y “muy siglo XX”. Eran sociólogos (intelectuales académicos) dedicados a un nuevo tipo de activismo de estado. Como explicaba la propia Alva Myrdal: “La política [hoy] ha (…) caído bajo el control de la lógica y el conocimiento técnico y por tanto se ha visto obligada a convertirse en esencia en ingeniería social constructiva”.

Segundo, aunque a los estadounidenses se les haya acosado con repetidos comentarios sobre la sabiduría del “modelo sueco”, es importante apuntar cuánto del nuevo estado sueco de bienestar se basaba en la experimentación estadounidense. Ambos Myrdal dedicaron el año académico 1929-1930, los últimos meses de la “era progresista”, a viajar a Estados Unidos, con becas proporcionadas por la Fundación Laura Spelman Rockefeller. En este periodo, Alva Myrdal cayó bajo la influencia de la llamada “escuela de sociología de Chicago”. En particular, William Ogburn, imprimió en ella su opinión de que el estado y la escuela habían crecido inevitablemente a costa de la familia y que la familia afrontaba una progresiva “falta de funciones” al retirarse de la necesidad histórica a una preocupación exclusiva por la personalidad. Alva Myrdal también estuvo bastante tiempo en el Instituto de Desarrollo Infantil de la Universidad de Columbia y visitando guarderías experimentales y centros de atención de día operando bajo concesiones de la Fundación Rockefeller, ejemplos de cría social que la impresionaron profundamente.

Por su parte, el trabajo de Gunnar Myrdal en Columbia y la Universidad de Chicago le hicieron consciente del tremendo potencial político que podía encontrarse en el emergente debate de la “crisis de población” sueca.

En un importante artículo de 1932, “El dilema de la política social”, para el progresista periódico sueco, Spektrum, Gunnar Myrdal movía la palanca política necesaria. Empezaba remontando el compromiso en Europa antes de 1914 de un “socialismo de influencia liberal” con un “liberalismo con influencia socialista”. Bajo este acuerdo, decía, el liberalismo del siglo XIX había abandonado su pesimismo maltusiano y dogmatismo librecambista y había abrazado en su lugar la necesidad de reformas para proteger a los trabajadores, mientras que los socialistas habían abandonado los objetivos de la revolución y la redistribución masiva de propiedades, contentándose con pasos progresivos en la ayuda a la clase trabajadora.

Sin embargo, la Guerra Mundial había hecho trizas este compromiso. Myrdal declaraba que el liberalismo clásico estaba muerto y sus partidarios dispersados. También argumentaba que el movimiento de los trabajadores tenía que volver a radicalizarse y buscar un nuevo tipo de política social. Bajo el viejo compromiso, decía Myrdal, la política social se había orientado a los síntomas, dando ayuda a los pobres o los enfermos. La nueva política social, declaraba, debía ser de naturaleza preventiva. Los sociólogos, utilizando técnicas modernas de investigación, la tenían ahora en su poder de usar el estado para impedir que aparecieran patologías sociales. Cuando se basaban en premisas de valores orientados humanamente y una ciencia racional, decía, estas políticas sociales preventivas llevaban a un “matrimonio natural” de la solución técnica correcta con la solución radical política. Myrdal apuntaba concretamente a la crisis sueca de la población, como una oportunidad para un análisis sociológico racional para producir ideas eficaces y radicales para un cambio forzado por el estado.

Los Myrdal dieron cuerpo a este programa en su libro superventas de 1934, Crisis n la cuestión de la población, un volumen brillantemente argumentado que transformó sustancialmente a los suecos. Mientras que los conservadores suecos continuaron preocupándose por la inmoralidad sexual, los Myrdal apuntaban directamente a las contradicciones creadas por un incompleto estado del bienestar. Anteriores acciones del gobierno, como la asistencia obligatoria a clase, la prohibición del trabajo infantil y las pensiones públicas de vejez, admitían, habían eliminado el valor de los niños para los padres. Pero los costes de los niños seguían en casa. En consecuencia, los niños se habían convertido ahora en la principal causa de pobreza. Dados los incentivos establecidos por el estado, las mismas personas que más contribuyeron a la supervivencia de la nación al tener hijos se habían visto arrastradas a la pobreza, las malas viviendas, la malnutrición y las pocas oportunidades de ocio. Lo que ahora afrontaban los jóvenes era una elección voluntaria entre pobreza con hijos o un nivel superior de vida sin ellos. A los jóvenes adultos se les obligaba a apoyar a los jubilados y los necesitados a través del sistema del bienestar y también a los hijos que tuvieran. Bajo esta múltiple carga, habían elegido reducir el número de hijos como único factor que podían controlar. El resultado, para Suecia, era la despoblación y el fantasma de la extinción nacional.

Según los Myrdal, solo había dos alternativas. La primera (desmantelar la escolarización estatal, las leyes de trabajo infantil y las pensiones públicas para restaurar la autonomía familiar) “no merecía la pena siquiera explicarse”. La otra, la única alternativa práctica, era completar el estado de bienestar y eliminar los desincentivos existentes de los niños socializando prácticamente todos los costes indirectos que implicaban su nacimiento y cría. El argumento real era algo así: para resolver los problemas causados, en gran parte, por anteriores intervenciones del estado, el gobierno tiene ahora que intervenir completamente.

Esto significaba un nuevo tipo de bienestar: “Se refiere a una política social preventiva, guiada íntimamente por el objetivo de aumentar la calidad del material humano y al mismo tiempo poner el práctica políticas radicales de redistribución que hagan a que una parte significativa de la carga de sostener a los niños concierna a toda la sociedad”. La burocracia del Estado nunca había disfrutado antes de una capacidad como ésa. Por la misma naturaleza de la palabra, una política “preventiva” abría a todas las familias suecas a subvenciones, escrutinio y control. Uno nunca podía saber dónde podía producirse un problema: por tanto, debían implantarse medidas universales de intervención burocrática para hacer de la prevención una realidad.

Destacando este imperativo, los Myrdal concluían: “la cuestión de la población se transforma así en el argumento más eficaz para una remodelación socialista integral y radical de la sociedad”. La alternativa, decían simplemente, era la extinción nacional.

Su programa abarcaba asignaciones universales para ropa para niños, un plan universal de seguro sanitario, un derecho universal a guardería, campamentos públicos de verano para niños, desayuno y comida gratuitos en las escuelas, alojamiento familiares financiados por el estado, primas de maternidad para cubrir los costes indirectos de tener niños, préstamos por matrimonio, el expansión de los servicios públicos de maternidad y parto, planificación económica centralizada, etcétera. Su objetivo era en la práctica la socialización del consumo, proporcionando a todas las familias una serie de servicios estatales determinada racionalmente y bastante uniforme, gestionada por funcionarios públicos y financiada por impuestos a los ricos y los que no tenían hijos.

Las críticas de que su programa, en realidad, amenazaba a la familia, producían la respuesta característicamente tajante: “la pequeña familia moderna es casi (…) patológica”, decían los Myrdal. “Los viejos ideales deben morir con las generaciones que los apoyaban”.

Las apelaciones a la libertad y la autonomía familiar traían respuestas igualmente mordaces. Los Myrdal acusaban al “falso deseo individualista” de los padres de “libertad” para criar a sus propios hijos de tener un origen enfermizo: “mucho del cansino patetismo que defiende la ‘libertad individual’ y la ‘responsabilidad por su propia familia’, se basa en una disposición sádica a extender esta ‘libertad’ a un derecho ilimitado y descontrolado a dominar a otros”.

Para educar a los niños apropiadamente para un mundo socialmente cooperativo, “debemos liberar más a los niños de nosotros”, entregándolos a expertos certificados por el estado para su cuidado y formación. La guardería colectiva gestionada por expertos controlados por el estado, en lugar de la patológica familia pequeña, estaba más en línea con los objetivos apropiados de eliminar las clases sociales y construir una sociedad basada en la democracia económica.

Entre 1935 y 1975, el programa doméstico de los Myrdal guió, a trancas y barrancas, la evolución del estado sueco del bienestar. Periodos de activismo políticos y burocrático (de 1935 a 1938, de 1944 a 1948 y de 1965 a 1973) se vieron salpicados por una evidente terca resistencia entre el pueblo sueco o por restricciones presupuestarias que retrabaron su completa implantación. Aún así, al final del proceso se habían implantado la mayoría de los elementos del programa familiar de los Myrdal.

¿Cuáles fueron los resultados concretos? Con la familia privada, por cortesía del estado, de toda función productiva, de toda función de seguro y bienestar y de la mayoría de las funciones de consumo, debería sorprender poco que cada vez menos suecos decidan vivir en familia. La tasa de matrimonios cayó a un récord mínimo entre las naciones modernas, mientras que aumentó la proporción de adultos viviendo solos. Por ejemplo, en el centro de Estocolmo dos tercios de la población vivían en familias unipersonales a mediados de la década de 1980. Con los costes y beneficios de los niños completamente socializados y eliminadas por ley las ganancias económicas naturales del matrimonio, también se separó el cuidado de los niños del matrimonio: en 1990, muchos más de la mitad de los nacimientos suecos fueron extramatrimoniales.

También los niños disfrutaban como “derechos” de una gran parte de los beneficios ofrecidos por el estado: atención médica y odontológica gratuita, transporte público abundante y barato, comidas gratis, educación gratuita e incluso “abogados de niños” preparados para intervenir cuando los padres superaran sus límites. Tampoco los niños necesitaban ya una “familia”: el estado servía ahora como su padre real.

De hecho, el sociólogo de la Universidad de Rutgers, David Poponoe, sugiere que el término “estado de bienestar” ya no hace justicia a esta forma de dependencia personal total del gobierno. En su lugar utiliza la etiqueta “sociedad clientelar”, para describir una nación “en la que los ciudadanos son en su mayor parte clientes de un gran grupo de funcionarios públicos que se ocupan de ellos a lo largo de sus vidas”.

En Suecia, los viejos están “libres” de dependencia potencial respecto de sus hijos adultos; niños y adolescentes están “libres” de depender de sus padres para su protección y apoyo básico; los adultos están “libres” de obligaciones positivas respecto de sus padres o hijos biológicos y los hombres y mujeres están “libres” de cualquiera de las promesas mutuas que en un tiempo encarnaba el matrimonio. Esta “libertad” ha llegado a cambio de una dependencia universal común del estado y la casi completa burocratización de lo que en un tiempo fue la vida familiar. Von Mises tenía razón: aquí se prueba que no hay una “vía intermedia”; por ele contrario, Suecia representa una versión más completa y por tanto más opresiva del orden doméstico socialista, uno que supera en su integridad incluso al de la Unión Soviética. Pero el moderno estado de bienestar sueco contiene sus propias contradicciones, problemas que ahora van apareciendo.

Para empezar, la “contradicción demográfica” del estado de bienestar no se elimina tan fácilmente. En un orden democrático de búsqueda de rentas, los que controlen la mayor cantidad de votos disfrutarán de mayores ganancias. En incluso en Suecia sigue siendo cierto que los viejos votan, mientras que los niños no. Aunque la “política familiar” de Suecia haya sido suficientemente eficaz como para destruir a la familia como entidad independiente, no ha tenido éxito a la hora de acabar con el flujo de programas públicos y rentas de los relativamente jóvenes a los relativamente viejos.

Segundo, el estado clientelar nunca podrá proporcionar toda la atención que necesite una sociedad, sencillamente porque hacerlo sería demasiado caro. Al mismo tiempo a las familias en el estado del bienestar se las penaliza cuando se prestan atención a sí mismas, porque así renuncian a los beneficios de la atención pública y solo se les recompensa con atención pública cuando dejan de dar atención de carácter familiar. El funcionario danés del bienestar, Bent Andersen, ha explicado así el problema:

El estado del bienestar justificado racionalmente tiene una contradicción interna: si ha de cumplir sus funciones atribuidas, sus ciudadanos deben evitar explotar al máximo sus servicios y provisiones; es decir, deben comportarse irracionalmente, motivados por controles sociales informales, que, sin embargo, tienden a desaparecer a medida que crece el estado del bienestar.
Esta contradicción ha sido lo que ha impulsado la reciente rebelión contra el estado clientelar moderno, una rebelión que empezó (en los países escandinavos) en Dinamarca y Noruega mediante el éxito de los Partidos del Progreso antiestatistas y que ahora se ha extendido a Suecia. El mes pasado, los socialdemócratas suecos sufrieron una gran derrota electoral, perdiendo el poder en las elecciones nacionales ante una coalición de centro-derecha, unida bajo la promesa común de recortar el estado del bienestar. Muy sorprendente fue la aparición de dos nuevos partidos, que ahora tienen escaños en el Riksdag (o Parlamento) sueco por primera vez.

El primero de ellos (los cristianodemócratas) hizo del lamentable estado de la vida familiar sueca el tema principal de su programa. Reclamaban una reducción de la interferencia burocrática en las relaciones familiares y acabar con los incentivos del estado que animan a los nacimientos extramatrimoniales y desaniman el cuidado de los niños por los padres. El otro nuevo partido, llamado Nueva Democracia, combina temas libertarios de grandes reducciones de impuestos, grandes reducciones de prestaciones y acabaran con la ayuda exterior con medidas para acabar con la inmigración. Juntos, estos nuevos grupos resultan la bisagra del poder parlamentario. La eliminación de las prestaciones del bienestar raramente ha tenido éxito, pero por primera vez desde la década de 1930, los suecos tienen una oportunidad de recobrar algo de autonomía familiar y libertad personal.

Así que todo señala que parecería que el modelo sueco, la “vía intermedia”, la tercera opción, ha sido desacreditada, igual que se ha derrumbado el comunismo, la segunda vía. Sin embargo, por desgracia, el modelo sueco pervive (y puede prosperar pronto) aquí en Estados Unidos, donde la misma lógica y argumentos utilizados por los Myrdal en la década de 1930 están cerca del éxito político.

En un libro de 1991 titulado When the Bough Breaks, publicado por Basic Books (la principal editorial neo-conservadora), la economista Sylvia Ann Hewlett escribe: “En el mundo [moderno] no solo los niños resultan ‘improductivos’ para sus padres, sino que conllevan grandes gastos de dinero. Las estimaciones del coste de criar un niño van de los 171.000$ a 265.000$. A cambio de esos gastos, ‘se espera que un niño proporcione amor, sonrisas y satisfacción emocional’, pero no dinero ni trabajo”.

Continúa: “Lo que nos lleva a un dilema estadounidense crítico. Esperamos que los padres gasten cantidades extraordinarias de dinero y energía en criar a sus hijos, cuando es la sociedad en su conjunto la que recoge las recompensas materiales. Los costes son privados, los beneficios son cada vez más públicos. (…) En la era moderna, confiar en un cariño paternal irracional para aceptar la empresa de criar niños es un negocio arriesgado, insensato y cruel. Es hora de que aprendamos a compartir los costes y cargas de criar a nuestros hijos. Es hora de tomar alguna responsabilidad colectiva para la siguiente generación”.

Hewlett continúa exponiendo un nuevo programa político para Estados Unidos, incluyendo bajas de paternidad obligatorias, acceso gratuito garantizado a atención sanitaria maternal e infantil, provisión pública de atención infantil de calidad, más “inversión educativa”, grandes subvenciones familiares a familias con hijos, etcétera.

¿Suena familiar? Debería: son los mismos argumentos y el programa básico propuesto a los suecos por Alva y Gunnar Myrdal, ya en 1934, aunque desprovisto de su retórica más radical y abiertamente socialista. Sin embargo es un libro que llevó al presidente (jubilado) de Proctor and Gamble, Owen Butler, a declarar: “La conclusión es inevitable. Si no invertimos más inteligentemente hoy en nuestros hijos, el futuro económico y social de la nación está en peligro”. Son también los argumentos que dominan la llamada nueva política infantil, en Washington.

Al mismo tiempo, la “política social preventiva” se ha convertido en el grito de guerra de otros defensores estadounidenses del cambio. Los argumentos suenan familiares: la ayuda por parte de funcionarios del estado al principio de la vida es más económico y eficaz que ayudar después; cuanto más esperemos antes de descubrir los síntomas de estrés, más costoso será; “las intervenciones tempranas presentan el problema de todas las inversiones en crecimiento: los dividendos llegan más tarde”, etc., etc. Todo suena razonable, en cierto modo, pero el producto final sería una pesadilla de gobierno burocrático y la virtual destrucción de la familia en Estados Unidos.

En el informe de septiembre del Consejo Asesor de EEUU sobre Maltrato y Abandono de Niños, vemos el aroma de este amenazante nuevo orden estadounidense. Este consejo, nombrado exclusivamente por las administraciones de Reagan y Bush, calificaba al maltrato de niños como una “emergencia nacional”, añadiendo: “Ningún otro problema puede igualar su poder de causar o exacerbar una serie de males sociales”. El descubrimiento clave del informe es que los gobiernos federal y estatales han gastado demasiado tiempo investigando casos sospechosos de maltrato; por el contrario, el gobierno federal debería centrarse en prevenir el maltrato y el abandono antes de que se produzcan. El Consejo recomienda que el gobierno federal desarrolle inmediatamente un programa nacional de “visitas a casa” a todos los nuevos padres y sus bebés por parte de trabajadores sanitarios e investigadores sociales públicos, que identificarían potenciales maltratadores y les ayudarían.

Además de esta postura de “un burócrata del bienestar en cada casa”, el Consejo pide una “política nacional de protección infantil”, en la que el gobierno federal garantizaría el derecho de todos los niños a vivir en un entorno seguro, con medios apropiados de aplicación.

Por supuesto, Hewlett tiene razón acerca de los defectos en el actual sistema estadounidense de bienestar: hemos socializado aquí el valor económico de los niños, pero hemos dejado los costes a los padres. Estados Unidos en 1991, como Suecia en 1934, tiene una versión incompleta del modelo puro del estado del bienestar. También tiene razón en que esto tiene un precio: el número de niños estadounidenses nacidos anualmente dentro del matrimonio se ha estancado a lo largo de la década de 1980, a un nivel un 30% por debajo de la tasa de crecimiento cero. Sencillamente los estadounidenses no están invirtiendo su tiempo y dinero en más de uno o dos hijos, en buena medida porque no merece la pena. (Es verdad que la tasa general de natalidad ha crecido algo, pero esto se debe completamente al gran aumento en los nacimientos extramatrimoniales de 665.000 en 1980 a más de 1.000.000 en 1990; parece que estos nacimientos los subvenciona bien nuestro sistema de bienestar).

Pero hay una alternativa a la “solución sueca”. Es una que declina mencionar la Dra. Hewlett y es la que los Myrdal rechazaban como “fuera de cualquier debate razonable” hace sesenta años. Esta opción se llama una “sociedad libre”, en la que en lugar de completar el estado clientelar/del bienestar extendiendo los tentáculos burocráticos completamente alrededor de los niños, desmantelamos lo que ya hemos hecho. El programa es sencillo, radical y pragmáticamente antiburocrático:

acabar con la educación obligada y controlada por el estado, dejando la formación y cuidado de los hijos a sus padres y tutores legales;
abolir las leyes de trabajo infantil, razonando de nuevo que los padres y tutores son los mejores jueces de los intereses y el bienestar de sus hijos, mucho mejores que cualquier combinación de burócratas del estado y
desmantelar el sistema de Seguridad Social, dejando que la protección o la seguridad en la vejez la proporcionen, de nuevo, los individuos y sus familias.
Estas acciones devolverían los beneficios económicos de los niños a los padres y así se acabaría con la contradicción anti-niños que está en el centro del estado incompleto del bienestar.

La mayoría de los comentaristas responderían que éstas serían acciones imposibles e inconcebibles en una sociedad industrial moderna. Dadas las realidades o complejidades del mundo moderno, dirían que el caos sería el seguro resultado si realizamos esas obras reaccionarias.

Mi respuesta sería apuntar a los grupos dispersos en Estados Unidos que, por algún capricho histórico o milagro político, siguen habitando en unas de nuestras pocas restantes “zonas de libertad” y que sobreviven bajo un régimen “imposible”.

Un ejemplo inesperado pero interesante serían los amish, que rechazan las presiones del gobierno sobre sus limitadas prácticas educativas (a saber, escolarización solo con profesores amish y solo hasta el octavo grado), que hacen un uso intenso del trabajo infantil y evitan la Seguridad Social (así como las ayudas públicas a la agricultura) por principio. Los amish no solo han conseguido sobrevivir en un entorno industrial y de mercado: han prosperado. Sus familias tienen tres veces el tamaño medio estadounidense. Cuando afrontan una competencia justa, sus granjas obtienen beneficios en “buenos y malos tiempos”.

Su nivel de ahorro es extraordinariamente alto. Sus prácticas agrarias, desde un punto de vista medioambiental, son ejemplares, marcadas por una administración comprometida de la tierra y por evitar los productos químicos y fertilizantes ratifícales. Durante un tiempo en que el número de granjeros estadounidenses ha caído abruptamente, las colonias agrícolas amish se han extendido ampliamente, desde el sudeste de Pennsylvania a Ohio, Indiana, Iowa, Tennessee, Wisconsin y Minnesota.

Probablemente sea cierto que relativamente pocos estadounidenses contemporáneos elegirían vivir como los amish con una verdadera libertad de elección. Pero repito que nadie puede estar muy seguro de cómo sería Estados Unidos si se liberara de verdad a los ciudadanos del gobierno burocrático sobre las familias que empezó a imponerse aquí, empezando con el aumento de la escuela pública obligatoria.

Sin embargo, no tengo ninguna duda de que bajo un verdadero régimen de libertad, las familias serían más fuertes, los niños más abundantes y los hombres y mujeres más felices y satisfechos. Para mí, basta.
Enlace
Allan Carlson

jueves, 8 de septiembre de 2011

Jumanji empresarial: el acertijo del capitalista


El capital empresarial es el ticket de entrada a las riquezas. Verdad. Después de todo, el capital empresarial conlleva cambio de valor inferior a superior para acabar satisfaciendo la demanda del consumidor. Cuanto más capital tengas, más demanda satisfarás y más dinero llegará a tu bolsillo. Sencillo.

¿Pero qué capital empresarial deberías tener? Es asombroso cómo se arrincona esta sencilla pregunta por parte de profesores universitarios y economista que hacen proselitismo sobre la necesidad de rebajar los tipos de interés para estimular la demanda empresarial. Como si invertir fuera algo insignificante, si no un sinsentido. Para el papanatas, cualquier inversión es una buena inversión.

Para el inverso real, la pregunta esencial es dónde y en qué invertir: el capital empresarial en manos erróneas es más un pasivo que un activo. Una reducción al absurdo mostrará lo que quiero decir: Pido prestados $400.000 para comprar una cosechadora John Deere 9870 STS. Desde fuera, parece que tuviera un activo de $400.000 en mi contabilidad, compensado con un aumento de $400.000 en deuda a largo plazo. Desde el interior, no hay compensación. Tengo una deuda de $400.000. No soy un granjero. No tengo ni idea de cómo emplear rentablemente la cosechadora.

Este “insignificante” asunto de la adecuación del capital que tanto molesta a los keynesianos es la misma base del éxito o fracaso en el mercado. Un granjero con suficiente terreno y suficiente densidad de trigo podría convertir la John Deere 9870 STS en una máquina de hacer dinero. En mis manos, una John Deere 9870 STS es en el mejor de los casos una violación del acuerdo de la HOA y mas probablemente un hito en el camino hacia la bancarrota.

El capital empresarial por sí solo es insuficiente para garantizar la prosperidad: el capital empresarial debe combinarse con la sagacidad emprendedora. ¿Pero qué es la sagacidad emprendedora? Puedo decir lo que no es.

Un habitante de la ciudad que compre una cosechadora y un banco que dé dinero para la compra es una tontería, hasta que se bajen las cortinas y se entiendan los motivos. ¿Qué pasaría si se generara una escasez mundial de alimentos por el grano desviado hacia el etanol subvencionado por el gobierno? ¿Qué pasaría si la Reserva Federal inundara la economía con dinero barato? ¿Qué pasaría si el lobby de la maquinaria agrícola hubiera persuadido al gobierno de que había poca inversión en maquinaria agrícola, por lo que se necesitaban rebajas de $50.000 y avales para préstamos en cosechadoras? ¿Qué pasaría si las cosechadoras se estuvieran revaluando un 14% anualmente?

Vemos el efecto dominó de malas decisiones empresarios convertidas en racionales pero bajo pretensiones falsas como las mencionadas antes: se produce demasiada inversión en cosechadoras; se contratan demasiados trabajadores para fabricar cosechadoras; demasiados especuladores principiantes compran cosechadoras; se producen demasiadas quiebras. (Sustituyamos ahora cosechadoras por casas).

Sin embargo, para los conectados políticamente, misión cumplida. Se ha producido más inversión: una cosechadora en manos de un urbanita, una clasificadora de papel en manos de un granjero, un lavadero de coches en manos de un dentista. No importa en realidad: todo es capital, capital que generó un brote de ingresos fiscales adicionales y aumentó permanentemente la marea de gasto público mientras creaba una horda de miseria para los engañados por falsas señales del mercado.

Los austriacos saben que la asignación importa y que la asignación con éxito difícilmente está asegurada, incluso cuando predomina la prudencia y la lógica.

Pensemos en el mercado bursátil: la versión original de value investing de Benjamin Graham y David Dodd, Security Analysis, escrita en 1934 revelaba que una estructura financiera conservadora junto con el aumento en dividendos y ganancias y una baja relación entre precios y ganancia es más probable que produzca resultados remunerativos. Graham y Dodd llegaban a esa conclusión después de examinar miles de informes empresariales y realizar laboriosamente la aritmética para ver dónde se encontraban las empresas.

Security Analysis ofrece una sólida base investigadora, pero es incapaz de construir la estructura real, que es más a menudo inclinada que vertical. Si Security Analysis pudiera ofrecer más que una base, la riqueza de muchos inversores se aproximaría a la del pupilo más prolífico de Ben Graham, Warren Buffett. Se han dedicado a Buffett millones de palabras (tanto hagiografías como exégesis) y nadie aún ha reproducido su éxito.

Tampoco nadie reproducirá el éxito de Buffett, porque el éxito de Buffet no es más reproducible que el éxito de Graham, que Buffett ni siquiera intentó reproducir. Los detalles exactos de la vida de Bueffett son exclusivos, sus pensamientos exactos son exclusivos. No hay dos zeitgeist similares. Si Warren Buffett hubiera nacido en 1830 o en 2030 es poco probable que reprodujera él éxito del Warren Buffett nacido en 1930.

El pasado es imposible de repetir y aún así el gobierno y la hegemonía empresarial se centran principalmente en el pasado: nadie es capaz de descifrar el futuro o lo invisible, así que a ambos les preocupa afianzar más lo que se sabe que garantiza la sobreinversión en lo que se conoce: fabricación de automóviles, banca, agricultura, energías alternativas.

Por suerte, la supervivencia a través de la búsqueda de rentas y el corporativismo acaba fracasando. Por desgracia, prolonga la agonía y aleja al capital de la asignación empresarial dirigida por el mercado y anclada a la vida real (mucha de la cual también fracasará, pero de una forma mucho menos destructiva).

En resumen, el problema es confundir probabilidad de caso y probabilidad de clase. El emprendimiento es lo primero, pero la asignación de capital a menudo se promueve como lo segundo. Los profesores universitarios obligan habitualmente a los estudiantes a realizar análisis de escenarios, lo que implica crear falsas probabilidades de éxito. Los antiguos CEO de muchas grandes empresas han llevado a muchos mandos intermedios a creer que tienen una presciencia divina sencillamente porque tuvieron una racha de buena suerte. Sus autobiografías de encargo no son solo contenedores para su autoengrandecimiento, sino de ruinosas prácticas gestoras.

En Blink: The Power of Thinking Without Thinking (Madrid: Taurus, 2005)], Malcolm Gladwell cuenta una historia del hijo de George Soros que decía: “Mi padre se sentará y te dará teorías de por qué hace esto o aquello. Pero me acuerdo viéndolo de niño y pensando: al menos la mitad de esto es una chorrada. Quiero decir, sabes que cambia su postura en el mercado o en lo que sea porque le empieza a doler la espalda”.

La cita es perspicaz (el éxito empresarial no puede atribuirse al cálculo de probabilidad de clase) pero también equívoca. Gladwell no diferencia el análisis reglamentado de los neófitos de la intuición de los profesionales expertos. Muchas decisiones intuitivas de éxito están respaldadas por años de experiencia y conocimiento, que no están documentados.

La imposibilidad de documentar y reproducir el éxito se pierde demasiado a menudo en incipientes directores, burócratas y empresarios. De hecho, cuanto más intentes copiar las acciones de un empresario de éxito, más probable es que fracases. Tiempo, circunstancias, coincidencias, tecnología, épocas que permitieron a un emprendedor acumular una fortuna no existirán para el próximo emprendedor.

No hay nada seguro, pero el emprendimiento es menos incierto cuando los empresarios siguen al mercado, no a sus manipuladores en busca de retrasos.

Mises reconocía que poseer capital no es bastante: el capital deben dirigirlo los empresarios y a los empresarios deben dirigirlos las fuerzas del mercado. Igual de importante es que no debería engañarse a los empresarios para que crean (como hacen tantos economistas, analistas, académicos, burócratas y directivos) que el éxito en los negocios está asegurado a través del análisis de la probabilidad de clase. Cada aventura empresarial es única y cada posibilidad de éxito en incuantificable.

Esto me devuelve a la pregunta de qué es la sagacidad empresarial. El éxito empresarial, más a menudo que no, es sencillamente cosa de hacer lo que no están haciendo otros y hacerlo mejor de lo que lo hacen otros: repito que hacerlo mejor que el status quo es una tautología, porque hacerlo mejor es también hacer lo que otros no hacen.

Stephen Mauzy
Mises Daily

jueves, 26 de mayo de 2011

Jumanji empresarial: salarios, desempleo e inflación


Nuestro sistema económico (la economía de mercado o capitalismo) es un sistema de supremacía del consumidor. El consumidor es soberano, según un lema popular “siempre tiene la razón”. Los empresarios tienen la necesidad de ofrecer lo que piden los consumidores y deben vender sus productos a precios que puedan y estén dispuestos a pagar los consumidores. Una operación empresarial resulta un fracaso manifiesto si los resultados de las ventas no reembolsan al empresario todo lo que ha gastado en producir el artículo. Así que los consumidores al comprar a un precio concreto determinan asimismo los salarios a pagar a los que se dedican a estas actividades.

1. Los salarios pagados en último término por los consumidores
De esto se deduce que un empresario no puede pagar más a un empelado que el equivalente en valor del trabajo de este último, de acuerdo con el juicio del público comprador, añada a la mercancía. (Esta es la razón por la que una estrella de cine gana más que la mujer de la limpieza). Si paga más, no recuperaría sus desembolsos de los compradores, sufriría pérdidas y acabaría en bancarrota. Al pagar salarios, el empresario actúa como un mandatario de los consumidores, por decirlo así. Recae sobre los consumidores la incidencia de los pagos de salarios. Como la inmensa mayoría de los bienes producidos los compran y consumen personas que reciben a su vez salarios, es evidente que al gastar sus ganancias los propios asalariados y empleados son los principales determinadores del nivel de compensación que obtendrás ellos y gente como ellos.
2. ¿Qué hace que suban los salarios?

Los compradores no pagan por los trabajos y esfuerzos que realiza el trabajador ni por la cantidad de tiempo que emplea en trabajar. Pagan por los productos. Cuanto mejores sean las herramientas que usa el trabajador en su empleo, más puede realizar en una hora, por consiguiente mayor será su remuneración. Lo que hace que suban los salarios y hace más satisfactorias las condiciones de vida de los asalariados es la mejora en el equipo tecnológico. Los salarios estadounidenses son más alto que en otros países porque el capital invertido por cabeza de trabajador es mayor y las fábricas están por tanto en disposición de utilizar las herramientas y máquinas más eficientes. Lo que se llama el modo de vida americano es el resultado del hecho de que Estados Unidos ha puesto menos obstáculos al ahorro y la acumulación de capital que otras naciones.

El retraso económico de países como la India consiste precisamente en el hecho de que sus políticas dificultan tanto la acumulación de capital doméstico como la inversión de capital extranjero. Como falta el capital requerido, las empresas indias no pueden emplear suficientes cantidades de equipamiento moderno y por tanto producen mucho menos por hora laboral y solo pueden permitirse pagar salarios que, comparados con el salario estadounidense, parecen sorprendentemente bajos.

Solo hay un camino que lleve a la mejora en el nivel de vida de las masas asalariadas, a saber, el aumento en la cantidad de capital invertido. Todos los demás métodos, por muy populares que sean, no solo son inútiles, sino que en realidad perjudican al bienestar de aquéllos a quienes supuestamente benefician.

3. ¿Qué causa el desempleo?
La pregunta fundamental es: ¿es posible aumentar los salarios para todos los dispuestos a trabajar por encima del nivel que habrían obtenido en un mercado laboral no intervenido?

La opinión pública cree que la mejora en las condiciones de los asalariados es un logro de los sindicatos y de distintas medidas legislativas. Atribuye al sindicalismo y la legislación por el aumento de los salarios, el acortamiento de la jornada laboral, la desaparición del trabajo infantil y muchos otros cambios. La prevalencia de estas creencias ha hecho popular al sindicalismo y es responsable de las tendencias en legislación laboral en las últimas décadas. Como la gente cree que debe al sindicalismo su alto nivel de vida, perdonan la violencia, coacción e intimidación por parte de los trabajadores sindicalizados y es indiferente al recorte de la libertad personal propio de las cláusulas de reserva para sindicatos. Mientras estas mentiras prevalezcan en la mente de los votantes, en inútil esperar un alejamiento decidido de las políticas que se consideran erróneamente como progresistas.

Sin embargo esta doctrina equivoca todo aspecto de la realidad económica. La altura de los salarios al que todos los dispuestos a trabajar pueden emplearse depende de la productividad marginal del trabajo. Cuanto más capital (siendo todo lo demás igual) se invierta, más subirán los salarios en el mercado de mano de obra, es decir, en el mercado laboral no manipulado por el gobierno y los sindicatos. A este nivel salarial, todos los que quieran trabajar puede obtener un trabajo. Así que en un mercado laboral libre prevalece una tendencia hacia el pleno empleo. De hecho, la política de dejar que el libre mercado determine el nivel de los salarios es la única política de pleno empleo razonable y de éxito. Si los niveles salariales, ya sea por presión sindical o por decreto del gobierno, se sitúan por encima de este nivel, se desarrolla un desempleo duradero de una parte de la fuerza laboral potencial.

4. La expansión del crédito no sustituye al capital
Estas opiniones se ven rechazadas apasionadamente por los dirigentes de los sindicatos y sus seguidores entre los políticos y los pretendidos intelectuales. La panacea que recomiendan para luchar contra el desempleo es la expansión del crédito y la inflación, llamada eufemísticamente “un política de dinero fácil”.

Como se ha apuntado antes, un añadido a las existencias disponibles de capital previamente acumuladas hace posible una mayor mejora del equipamiento tecnológico de las industrias, aumentando así la productividad marginal del trabajo y consecuentemente también los niveles salariales. Pero la expansión del crédito, ya se efectúe emitiendo billetes adicionales u otorgando créditos adicionales en cuentas corrientes, no añade nada a la riqueza de la nación en bienes de capital. Simplemente crea la ilusión de un aumento en la cantidad de fondos disponibles para una expansión de la producción. Como pueden obtener un crédito más barato, la gente cree erróneamente que la riqueza del país ha aumentado y por tanto ciertos proyectos que no podían ejecutarse antes ahora son viables. Al iniciar estos proyectos se potencia la demanda de mano de obra y de materiales en bruto y se hace que aumenten los salarios y los precios de las materias primas. Se enciende un auge artificial.

Bajo las condiciones de este auge, los salarios nominales que antes de la expansión de crédito eran demasiado altos para el estado del mercado y por tanto creaban desempleo por parte de la mano de obra potencial ya no son demasiado altos y los desempleados pueden volver a conseguir trabajo. Sin embargo esto ocurre solo porque bajo las nuevas condiciones monetarias y crediticias están aumentando o, lo que es lo mismo expresado en otros términos, cae el poder adquisitivo de la unidad monetaria. Luego la misma cantidad de salario nominal, es decir, de salario expresado en términos de dinero, significa menos en salarios reales, es decir, en términos de productos que se pueden comprar con la unidad monetaria. La inflación puede acabar con el desempleo solo recortando los salarios reales de los asalariados. Pero entonces los sindicatos piden un nuevo aumento en los salarios para mantener el ritmo respecto del coste de la vida y volvemos a donde estábamos, es decir, a una situación en la que el desempleo a largo plazo solo puede evitarse con una mayor expansión del crédito.

Eso es lo que ocurrió en este país, igual que en muchos otros en los últimos años. Los sindicatos, apoyados por el gobierno, obligaron a las empresas a acordar tipos salariales que estaban por encimas de los tipos potenciales, es decir, los tipos que el público estaba dispuesto a reintegrar a los empresarios comprando sus productos. Esto habría ocasionado inevitablemente un aumento en las cifras de desempleo. Pero las políticas públicas trataron de impedir la aparición de un desempleo importante mediante la expansión del crédito, es decir, la inflación. El resultado fue un aumento en los precios, demandas renovadas de salarios mayores y una reiterada expansión del crédito, en resumen, una inflación prolongada.

5. La inflación no puede continuar eternamente
Pero al final las autoridades se asustan. Saben que la inflación no puede continuar eternamente. Si no detenemos a tiempo la perniciosa política de aumentar la cantidad de dinero y medios fiduciarios, el sistema monetario nacional de derrumba por entero. El poder adquisitivo de la unidad monetaria se hunde hasta un punto en que a todos los efectos prácticos no es mayor que cero. Esto ocurrió una y otra vez, en este país con los continentales en 1781, en Francia en 1796, en Alemania en 1923. Nunca es demasiado pronto para una nación para darse cuenta de que la inflación no puede considerarse como una forma de vida y que es imperativo volver a políticas monetarias sólidas. Al reconocer estos hechos la administración y las autoridades de la Reserva Federal abandonar hace algún tiempo la política de expansión progresiva del crédito.

No corresponde a este breve artículo ocuparse de todas las consecuencias que produce terminar con las medidas inflacionistas. Solo tenemos que establecer el hecho de que la vuelta a la estabilidad monetaria no genera una crisis. Solo expone las malas inversiones y otros errores que se realizaron bajo la alucinación de la prosperidad ilusoria creada por el dinero fácil. La gente se hace consciente de los fallos cometidos y, ya no cegados por el espectro del crédito barato, empiezan a reajustar sus actividades al estado real de la oferta de factores materiales de producción. Es este ajuste (indudablemente doloroso, pero inevitable) el que constituye la depresión.

6. La política de los sindicatos
Una de las características desagradables de este proceso de descartar quimeras y volver a una evaluación sensata de la realidad afecta al nivel salarial. Bajo el impacto de la política progresista de inflación, la burocracia sindical adquirió la costumbre de reclamar a intervalos regulares aumentos saláriales y las empresas, después de alguna falsa resistencia, la aceptaron. Como consecuencia, estos niveles serían en ese momento demasiado altos para el nivel del mercado y habrían producido una enorme cantidad de desempleo. Pero la incesante inflación progresiva los cubriría rápidamente. Luego los sindicatos reclamarían de nuevo más aumentos y así sucesivamente.

7. El argumento del poder adquisitivo
No importa qué tipo de justificación aporten los sindicatos y sus esbirros a favor de sus afirmaciones. Los efectos inevitables de obligar a los empresarios a remunerar el trabajo realizado a niveles más altos de los que los consumidores estén dispuestos a devolverles comprando los productos son siempre los mismos: el aumento en la cifra del desempleo.

En la presente encrucijada, los sindicatos tratan de recuperar la vieja fábula mil veces refutada del poder adquisitivo. Declaran que poner más dinero en manos de los asalariados (aumentando los salarios, aumentando las prestaciones a los desempleados y empezando nuevas obras públicas) permitiría a los trabajadores gastar más y estimular así los negocios y sacar a la economía de recesión llevándola a la prosperidad. Es el falaz argumento a favor de la inflación de hacer felices a todos imprimiendo billetes. Por supuesto, si la cantidad de medios circulantes aumenta, aquellos a cuyos bolsillos llega la nueva riqueza ficticia (ya sean trabajadores, granjeros o cualquier otro tipo de gente) aumentará su gasto. Pero es precisamente este aumento en el gasto el que inevitablemente produce una tendencia general de todos los precios a subir o, lo que es lo mismo expresado de una forma diferente, una caída en la poder adquisitivo de la unidad monetaria. Así que la ayuda que una acción inflacionista podría dar a los asalariados es solo de corta duración. Para perpetuarla, tendríamos que recurrir una y otra vez a nuevas medidas inflacionistas. Esta claro que esto lleva al desastre.

8. Los aumentos salariales como tales no son inflacionistas S
e han dicho muchas tonterías acerca de estas cosas. Alguna gente afirma que los aumentos salariales son “inflacionistas”. Pero no son en sí mismos inflacionistas. Nada inflacionista, salvo la inflación, es decir, un aumento en al cantidad de dinero en circulación y crédito susceptible de cheque (dinero de talonario). Y bajo las condiciones presentes nadie, salvo el gobierno, puede hacer que aparezca la inflación. Lo que los sindicatos pueden generar obligando a los empresarios a aceptar niveles salariales más altos que los niveles potenciales del mercado no es inflación , no significa precios más altos en los productos, sino el desempleo de una parte de la gente dispuesta a trabajar. La inflación es una política a la que recurre el gobierno con el fin de impedir el desempleo a gran escala que de otra forma producirían los aumentos salariales de los sindicatos.

9. El dilema de las políticas actuales
El dilema que este país (y no menos muchos otros países) tiene que afrontar es muy serio. El método extremadamente popular de que aumentar los salarios por encima del nivel que habría establecido un mercado laboral no intervenido produciría un catastrófico desempleo masivo si la expansión del crédito inflacionista no lo evitara. Pero la inflación no solo tiene efectos sociales muy perniciosos. No puede continuar eternamente sin generar la destrucción completa de todo el sistema monetario.

La opinión pública, completamente bajo el influjo de las falsas doctrinas de los sindicatos, simpatiza más o menos con la demanda de los líderes sindicales de un aumento considerable en los salarios. Tal y como son hoy las condiciones, los sindicatos tienen el poder de hacer que los empleados se sometan a sus dictados. Pueden convocar huelgas y, sin restricción por parte de las autoridades, recurrir con impunidad a la violencia contra quienes deseen trabajar. Conocen el hecho de que la mejora de las condiciones salariales aumentará el número de desempleados. El único remedio que sugieren es mayor financiación para subsidios de desempleo y una mayor oferta de crédito, es decir, inflación. El gobierno, atendiendo dócilmente a una opinión pública desorientada y preocupado por el resultado de la próxima campaña electoral, ya ha empezado desgraciadamente a anula sus intentos de volver a una política monetaria sólida. Así que nos vemos de nuevo enredados en los perniciosos métodos de intervenir en la oferta de dinero.

Continuamos con la inflación que con ritmo acelerado hace que se encoja el poder adquisitivo del dólar. ¿Dónde acabará? Es la pregunta que nunca se hacen Mr. Reuther y todos los demás. Solo una ignorancia supina puede reclamar las políticas adoptadas por las autocalificadas políticas progresistas “pro-empleo”. El asalariado, como cualquier otro ciudadano, tiene un serio interés en la preservación del poder adquisitivo del dólar. Si, gracias a su sindicato, los ganancias mensuales están por encima del tipo de mercado, pronto descubrirá que el movimiento al alza de los precios no solo le priva de las ventajas que esperaba, sino que asimismo hace que el valor de sus ahorros, de su póliza de seguro y de sus derechos de pensión disminuyen. Y lo que es peor, puede perder su empleo y no encontrar otro.

10. La falta de sinceridad en la lucha contra la inflación
Todos los partidos políticos y grupos de presión afirman que se oponen a la inflación. Pero lo que quieren decir realmente es que no les gustan las inevitables consecuencias de la inflación, como el aumento en el coste de la vida. Realmente favorecen todas las políticas que necesariamente producen un aumento en la cantidad de medios en circulación. No solo reclaman una política de dinero fácil para hacer posible la eterna potenciación salarial de los sindicatos, sino asimismo más gasto público y (al mismo tiempo) una rebaja de impuestos a través del aumento de las desgravaciones.

Engañada por el falso concepto marxista de los conflictos irreconciliables entre los intereses de las clases sociales, la gente supone que los intereses de las clases propietarias se oponen a las reclamaciones sindicales de salarios más altos. En realidad, a los asalariados no les interesa menos una vuelta a un dinero sólido que a otros grupos o clases. Se han dicho muchas cosas en los últimos meses acerca de los daños que los funcionarios defraudadores han infligido a la sindicalización. Pero el daño producido a los trabajadores por la excesiva alza salarial de los sindicatos es mucho más perjudicial.

Sería una exageración pretender que las tácticas de los sindicatos sean la única amenaza a la estabilidad económica y a una política económica razonable. Los asalariados no son el único grupo de presión cuyas reclamaciones amenazan hoy la estabilidad de nuestro sistema monetario. Pero son los más poderosos e influyentes de estos grupos y la responsabilidad principal reside en ellos.

11. La importancia de unas políticas monetarias sólidas
El capitalismo ha mejorado el nivel de vida de los asalariados a un nivel sin precedentes. La familia media estadounidense disfruta hoy de comodidades que, solo hace cien años, ni siquiera los más ricos potentados podían soñar. Todo este bienestar está condicionado por el aumento en ahorros y capital acumulado: sin estos fondos que permiten a las empresas hacer un uso práctico del progreso científico y tecnológico, el trabajador estadounidense no produciría más y mejores cosas por hora de trabajo que los culíes asiático, no ganaría más y, como ellos, viviría estrechamente al borde del hambre. Todas las medidas que (como nuestro sistema de impuestos a la renta y las sociedades) se dirigen a impedir una mayor acumulación de capital o incluso a disminuir dicho capital son por tanto en la práctica anti-trabajo y antisociales.

Solo debe hacerse una observación más acerca de este asunto del ahorro y la formación de capital. La mejora del bienestar producida por el capitalismo hizo posible que el hombre común ahorrara y se convirtiera modestamente en un capitalista. Una parte considerable del capital trabajando en la empresa estadounidense se corresponde con los ahorros de las masas. Millones de asalariados poseen depósitos de ahorro, bonos y pólizas de seguros. Todos estos derechos son pagables en dólares y su valor depende de la solidez del dinero de la nación. Preservar el poder adquisitivo del dólar es también desde este punto de vista un interés vital para las masas. Con el fin de alcanzar este fin, no basta con imprimir los billetes con la noble máxima In God We Trust. Debemos adoptar una política apropiada.

Ludwig von Mises
Mises Daily en español

viernes, 25 de febrero de 2011

Viernes de Recomendación


El día de hoy les presntamos la conferencia titulada: "La filosofía política de Ludwig von Mises" impartida por el profesor Gabriel Zanotti. En ella se realiza un breve repaso acerca de la vida de Mises, su contexto cultural y psicología.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Viernes de recomendación


Contra una política económica intervencionista, Ludwing Von Mises plantea una mucho más sencilla: el gobierno debe proteger los derechos de los individuos para que existan condiciones que permitirán a los productores, comerciantes, trabajadores, empresarios, ahorristas y consumidores llegar a sus propios objetivos en paz, en tanto no infrinjan la igual libertad de los demás para hacer lo mismo. El siguiente documento presenta seis conferencias dictadas en Buenos Aires en 1959 donde se esbozan las ideas de Mises sobre el tópico señalado.


viernes, 15 de octubre de 2010

Viernes de Recomendación


Para el día de hoy les presentamos el trabajo titulado: "La filosofía política de Ludwig von Mises" del profesor Gabriel Zanotti, en el cual como bien dice su nombre el filósofo argentino realiza un repaso de las principales posturas miseanas en este campo.

sábado, 4 de septiembre de 2010

El totalitarismo democrático: Hayek, Mises y el color de mi coche


A pesar de que soy aficionado a los toros (tengo un abono en Las Ventas desde hace más de una década) he seguido con bastante despreocupación la aprobación en Cataluña de una Ley que prohibirá los espectáculos taurinos a partir del 1 de enero de 2012. No creo que sea algo especialmente grave ni para la fiesta ni para los catalanes, que ya hace tiempo dejaron de acudir a las plazas de sus pueblos y ciudades. La supresión de la docena de corridas que se dan cada año en Barcelona no dañará a los toros ni la mitad de lo que lo hacen los neotaurinos, que han encumbrado al medio-toro y al cuarto-y-mitad-torero en las últimas décadas y le han quitado al espectáculo gran parte de su atractivo. Además, muchas otras libertades mucho más importantes que ésta se han cercenado en Cataluña y en el resto de España sin que haya habido tanto revuelo.

Entre los que defendían los toros se han dado fundamentalmente dos tipos de argumentos: los culturales (estética, tradición, relevancia económica, turismo,…) y los anti-prohibicionistas (que el que quiera vaya a las corridas y el que no quiera no vaya). Sin embargo a ninguno he oído proclamar lo evidente: que el Parlamento de Cataluña no tiene derecho a decidir si debe haber o no espectáculos taurinos. El problema no es que el resultado de la votación sea “no a los toros”: el problema es que se haya votado.

Pensando en todo esto recordaba una cita de Mises en Gobierno omnipotente en la que afirmaba con su habitual precisión que “las mayorías no están menos expuestas al error y al fracaso que los reyes y los dictadores; el que la mayoría crea que una cosa es verdad no prueba que lo sea”. Quién vivió tan de cerca el nazismo sabía de lo que hablaba cuando pedía limitar a los gobiernos elegidos en las urnas.

En el último siglo, estamos viviendo una deriva hacia lo que podría denominarse como totalitarismo democrático. Se ha llegado a la conclusión de que una decisión tomada por una mayoría (o por sus representantes) es legítima per se, sin que nada ni nadie pueda oponerse a ella. Así, la democracia, que nació como un medio de protección de las minorías, para que cualquiera pudiera ejercer su libertad de opinión, religión o movimiento, se convierte en una apisonadora que se lleva tras de sí los derechos de aquellos a los que debería defender.

A mis amigos más intervencionistas a veces les intento convencer con algunos ejemplos. “Supongamos que yo viviera en un pueblo con otras cien personas. Un día, todos mis vecinos se reúnen y votan por 99 votos a favor y 2 en contra que mi coche debe ser rojo en vez de azul, puesto que rojo es el color de la bandera de la localidad; que mi primer hijo debe llamarse Sebastián, como el patrón, ya que no hay muchas parejas jóvenes en el pueblo y hay que perpetuar los nombres tradicionales; que no me puedo abonar a Digital +, porque el bar ya tiene una licencia y si quiero ver el fútbol mejor que lo haga allí tomándome unas cañas, que eso será bueno para la economía del pueblo; o que debo comprar tomates de la comarca, que son más sanos y, además, así les doy publicidad”. Pues bien, les recuerdo a mis conocidos, “a pesar de que la votación ha sido abrumadora -99 a 2-, nadie tendría derecho a inmiscuirse en ninguna de estas decisiones”.

Mis amigos me suelen mirar con condescendencia, como pensando que qué cosas se me ocurren, que nunca llegaremos a algo así y que, aunque la intromisión del Estado en nuestras vidas a veces puede ser molesta, hay límites que ningún Gobierno se atrevería a pasar. Entonces soy yo el que les miro, asombrado de su candidez.

En estos momentos, en España, están vigentes (o tramitándose) normas muy similares en su fondo y en su forma a los ejemplos arriba citados. Puede que nadie se meta en el color de mi coche, pero si quiero construirme una casa en mi pueblo tendré que ajustarme a los peculiares criterios estéticos del arquitecto municipal y de la ordenanza de urbanismo. Puede que nadie me obligue a llamar a mi hijo Sebastián, pero no me dejan rotular mi comercio, pagado con mi esfuerzo y mi trabajo, como a mí me dé la gana (en chino, alemán o castellano). Puede que no me obliguen a ver el partido en el bar, pero si quiero comprar unas cervezas en un súper después de las diez de la noche no podré hacerlo. Puede que no me fuercen a llevarme los tomates de la comarca, pero me obligan a subvencionar los de todos los agricultores europeos.

Y la lista no acaba aquí: no puedo decidir si en mi bar se fuma o no, ni si quiero publicar artículos de prostitución en el periódico, ni si quiero llevar un pañuelo musulmán en la cabeza, ni si quiero que mis hijos coman bollos en el colegio, ni si quiero conducir sin cinturón de seguridad… La lista sería interminable. Cada caso es diferente y merecería un comentario aparte, pero todos se caracterizan por lo mismo: un tipo cree que por haber recibidos más votos que otro puede decidir lo que quiera sobre mi vida durante cuatro años.

Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, ya advirtió hace más de 150 años, del peligro del gobierno de las mayorías. Lo que no se atreverían a hacer algunos tiranos por miedo a la reacción popular, lo hacen gobiernos democráticos que, revestidos por la legitimidad de los votos, saben que no tendrán esa contestación. Quizás fue Friedrich Hayek, en Camino de servidumbre, el que mejor lo expresó: “Dando al Estado poderes ilimitados, la norma más arbitraria puede legalizarse y una democracia puede establecer el más completo despotismo imaginable”.

No creo que a los tres maestros aquí citados les gustaran mucho los toros. Pero, desde este modesto tendido liberal, pido voluntarios para sacarlos a hombros, por la Puerta Grande.

Domingo Soriano
Libertad Digital

jueves, 26 de agosto de 2010

ECONOMÍA: Hayek y el surgimiento del orden libre


Friedrich Hayek es probablemente el autor más conocido de la Escuela Austriaca, en buena medida por haber recibido el Premio Nobel de Economía en 1974. Sin embargo, y pese a ser el único austriaco con tal distinción en su palmarés, Hayek fue mucho más que un economista; de hecho, él mismo se encargaba de advertir que "un economista que sea sólo economista no puede ser un buen economista".

Con el paso de los años, sus intereses y estudios fueron abarcando campos tan aparentemente diversos e inconexos como el derecho, la psicología, la filosofía política, la teoría de la información, la sociología, la antropología o la metodología de la ciencia.

Uno podría temer que, ante tal variedad de objetos de estudio, Hayek fuera más bien una mente dispersa, caótica y poco sistemática a la que le fue imposible profundizar lo suficiente en alguna de estas disciplinas. Sin embargo, y por mucho que haya algo de cierto en semejante diagnóstico, la gran preocupación intelectual de su vida no fue tanto lograr un conocimiento completo en cada una de estas materias, cuanto utilizarlas para explicar un aspecto muy concreto de nuestro mundo: cómo emerge el orden (o, más bien, los órdenes).

La de Hayek fue una travesía intelectual que comenzó en Viena. Después de pasar por los cursos del discípulo menos mengeriano de Carl Menger, Friedrich Wieser, empezó a trabajar en una agencia estatal dedicada a saldar las deudas privadas tras la Primera Guerra Mundial. Fue allí donde conoció a quien entonces era su director, la persona que se convertiría en su gran maestro y la que de una manera más crucial determinó su carrera como economista: Ludwig von Mises.

Era la década de los 20, Mises ya había publicado sus dos grandes aportaciones a la ciencia económica: su Teoría del dinero y de los medios fiduciarios y Socialismo. Hayek, tras una corta estancia en EEUU, supo sacar un enorme provecho a la relación personal e intelectual con Mises, sobre todo gracias a sus participaciones en el seminario privado que impartía éste y al que también acudían otros egregios economistas como Machlup, Haberler, Morgenstern o Schutz. No es casualidad que toda la producción intelectual de Hayek durante casi dos décadas no fuera más que un intento de perfeccionar las dos áreas en las que había centrado su atención Mises: la teoría de los ciclos económicos y el teorema de la imposibilidad del socialismo.

Pese a que Mises pensaba que Hayek era la persona que más fiel se había matenido a sus ideas, éste no estaba plenamente satisfecho con el tratamiento que su maestro les había dado en sus libros. No tanto porque considerara incorrectas las conclusiones a las que había llegado, sino por los argumentos que ofrecía para respaldarlas.

Por un lado, Hayek deseaba ampliar la explicación de los ciclos económicos para compatibilizarla con el cada vez más empleado concepto de "equilibrio económico" y también para vincular la causa de las crisis no tanto a los bancos centrales cuanto a la propia existencia de un sistema crediticio gestionado por bancos. Por otro, el austriaco temía que el argumento de Mises contra el socialismo pecaba de excesivamente racionalista –apelaba a la razón y a la racionalidad de los individuos para comprender por qué el socialismo no podía funcionar– y trató de reconducirlo a un problema más general de falta de información por parte de los planificadores centrales.

Esta no siempre acertada reformulación hayekiana de la obra de Mises alcanzó mucha mayor difusión que la propia obra de Mises, especialmente en el mundo anglosajón. La razón es sencilla de comprender: a comienzos de la década de los 30, el director del Departamento de Economía de la London School of Economics (LSE), Lionel Robbins, buscaba a un profesor que cumpliera tres características: ser extranjero para así enriquecer una plantilla predominantemente inglesa; estar volcado en trabajos teóricos para poder contrarrestar la producción mayoritariamente empírica de los fabianos que poblaban la LSE; y ser capaz de combatir a la cada vez más influyente figura de John Maynard Keynes. Desde luego, era un puesto hecho a la medida de Hayek: un austriaco centrado en la teoría económica que además acababa de publicar una extensa crítica contra las falacias subconsumistas de dos demagogos estadounidenses hoy ya caídos en el olvido –William Foster y Waddill Catching– que resultaban enormemente parecidas a las soflamas keynesianas.

De ahí que, tras ser invitado a dar cuatro clases sobre las crisis económicas –de cuya recopilación salió una de sus obras más conocidas, Precios y Producción–, Hayek obtuviera una plaza fija en la LSE desde la que pudo combatir con más notoriedad tanto las reiteradas falacias de Keynes como la propaganda de los economistas socialistas que trataban de justificar a la desesperada que el cálculo económico sí era posible bajo el comunismo.

La batalla intelectual que libró contra el intervencionismo durante la década de los 30 le resultó ciertamente frustrante y agotadora. No ya porque quiso luchar con elegancia y rigor lo que en muchos casos sólo era un alud de propaganda económica dedicada a justificar el creciente rol dirigista del Estado durante la Gran Depresión –la crítica que escribió contra el Tratado del Dinero de Keynes fue tan devastadora que el de Cambridge dejó de responderle antes de que se publicara la segunda parte de su reseña aduciendo que estaba buscando otras bases para respaldar sus conclusiones–, sino porque se dio cuenta de que si la ciencia económica resultaba de alguna forma compatible con tantas falacias era porque se encontraba viciada de raíz.

La gran transformación

Dos fueron las críticas que le hicieron replantearse el status científico de la economía. Una, procedente de su colega Morgenstern, sostenía que el concepto de equilibrio que Hayek se había empeñado en inocular a la teoría miseana del ciclo económico estaba incorrectamente definido: Hayek, siguiendo la corriente mayoritaria de su tiempo, afirmaba que para alcanzar el equilibrio era necesario que los agentes fueran capaces de prever perfectamente el futuro, pero Morgenstern demostró –con su famoso caso de Holmes contra Moriarty– que el supuesto de previsión perfecta implicaba una parálisis de toda acción y, por ello, resultaba incompatible con cualquier definición de equilibrio. La otra réplica provino de un socialista inglés, H. D. Dickinson, para quien los sistemas comunistas podían ser viables si la posición deseada de equilibrio económico se representaba a través de un sistema de ecuaciones matemáticas de cuya resolución pudieran extraerse los precios con los que realizar el cálculo económico.

Pese a que ninguna de las dos críticas desvirtuaba en lo más mínimo el edificio intelectual de Mises, Hayek sí se vio forzado a replantearse el concepto de "equilibrio económico" y es muy probable que, al hacerlo, emprendiera lo que Bruce Caldwell ha llamado su "gran transformación" intelectual.

Así, en 1937, el austriaco publicó el artículo al que él mismo atribuye su giro intelectual, Economía y Conocimiento, donde redefinió "equilibrio" como aquella situación en la que los planes de los individuos se vuelven compatibles entre sí gracias a que todos tienen una previsión correcta (que no perfecta) de lo que van a hacer el resto. Pero esta nueva definición, que superaba las objeciones planteadas por Morgernstern, sólo sirvió para que Hayek se planteara una nueva pregunta a la cual dedicó el resto de su vida: bajo qué condiciones resulta realista suponer que los individuos van a compatibilizar sus planes al ser capaces de anticipar con razonable seguridad qué piensan hacer el resto de individuos.

Es decir, la cuestión central en el pensamiento hayekiano que se plantea por primera vez en este seminal artículo es cómo resulta posible que cada individuo se coordine de manera exitosa con el resto de la sociedad sin que nadie esté "al mando" para organizarlos a modo de piezas de un engranaje superior: cómo emergen los órdenes de manera espontánea y no planificada.

Hayek no responde en el artículo a esta importante pregunta, a la que eleva a la tarea central de la investigación económica, pero sí lo hará durante los siguientes 50 años: entre muchas otras obras, en 1948 publica Individualismo y orden económico; en 1952 El orden sensorial; y en 1973 Normas y orden (el primer volumen de su trilogía Derecho, legislación y libertad). Fijémonos cómo la palabra "orden" aparece en el título de los tres libros, lo que nos indica que Hayek concibió la existencia de al menos tres órdenes crecientes en complejidad: el orden psicológico, el orden individual y el orden grupal.

Los tres órdenes

El primero, el sensorial o psicológico, permite a cada individuo alcanzar percepciones coherentes y consistentes a partir del maremágnum de datos y estímulos externos que recurrentemente experimenta. Para Hayek, la mente actúa como un "clasificador" de nuestras sensaciones, lo que permite dar significados distintos a hechos externos aparentemente iguales (no obtenemos la misma sensación ante el color naranja de una fruta que ante el color naranja de un automóvil). Lo característico de la mente es que las categorías que clasifican los datos externos no están dadas, sino que van ampliándose, reformulándose, recombinándose y evolucionando a través de nuestra experiencia (si bien Hayek admite, en línea con la moderna psicología evolucionista, que una cierta estructura de la mente está dada genéticamente y no puede modificarse).

Este orden sensorial, sin embargo, no es suficiente para que los individuos logren coordinarse y entenderse entre sí. Aunque una cierta empatía será posible –sobre todo cuando las personas se ven sometidas a experiencias parecidas–, la base genética y el conocimiento y las sensaciones que adquiere cada individuo son propios, por lo que en la mayoría de los casos nos será imposible predecir cuál será la respuesta que darán otras personas ante un determinado estímulo externo.

Para conseguir una mayor coordinación entre individuos, es necesario estudiar cómo se conforma el orden individual y aquí la respuesta que ofrece Hayek es múltiple. Por un lado, el orden dentro de una economía se logra mediante la información que "transportan" un conjunto de precios surgidos de la rivalidad y competencia entre los agentes; a través del cálculo económico que permiten esos precios, cada individuo puede conocer dónde resultan más valiosos sus esfuerzos para otros individuos y, por tanto, coordinarse con ellos. Por otro, el orden dentro de una sociedad se alcanza a través de instituciones espontáneas como el lenguaje, el derecho, el dinero, la moral o la religión que favorecen que los individuos se sometan a pautas de comportamiento comunes que vuelven sus decisiones más previsibles y comprensibles para el resto, favoreciendo así su coordinación y cooperación.

A través de las instituciones (en el fondo, el mercado libre es también una institución), los individuos pueden interactuar en sociedad y a través de esta interacción, modifican y perfeccionan el contenido de esas instituciones (se van volviendo cada vez más útiles para coordinar a los individuos). Por ello, para el austriaco, ni el derecho, ni el lenguaje, ni el dinero son resultado de la construcción de nadie (de ahí que, por ejemplo, defendiera la desnacionalización del dinero), sino fruto de las consecuencias no intencionadas de las acciones de todo el grupo social (un argumento que procede de la ilustración escocesa y, sobre todo, de Carl Menger).

Pero Hayek no se queda en el análisis de cómo los individuos alcanzan el orden dentro del grupo, sino que también concibe la existencia de un orden de cada grupo con respecto a otros grupos. En ocasiones, la supervivencia de una sociedad dependerá de la adopción de normas que si bien no son necesariamente beneficiosas para ningún sujeto dentro del grupo, sí lo son para que el grupo permanezca unido y pueda coordinarse con otros grupos (dentro de esta categoría se incluirían, por ejemplo, la provisión de bienes públicos, las redes de solidaridad o incluso la propia configuración de la organización política estatal). Hayek cree que este orden grupal se irá generando por simple evolución y supervivencia de los órdenes institucionales más eficientes: los peores conjuntos de instituciones tenderán a ser barridos por los mejores.

Socialismo, metodología y filosofía política

En la complejidad de estos tres órdenes se encuentra el germen de la crítica de Hayek al socialismo: dado que es imposible para un planificador o grupo de planificadores aprehender y procesar toda la información dispersa que es privativa de cada individuo, el comunismo no será capaz de crear deliberadamente una "organización" que pueda coordinar de manera satisfactoria y mutuamente beneficiosa a todas las personas a lo largo del tiempo. El socialismo es un simple ejercicio de fatal arrogancia que desconoce los límites de la razón y de la planificación del ser humano.

También aquí podemos ubicar la posición metodológica de Hayek: si bien rechaza el apriorismo extremo de Mises –en ocasiones de manera un tanto apresurada y equivocada–, el austriaco sí reconoce la existencia de dos grandes grupos de ciencias, las que estudian fenómenos simples (como la física) y las que estudian fenómenos complejos (como la economía o la sociología). No es tanto que la economía sea menos ciencia que la física (hoy se la llama soft science), sino que su objeto de estudio son fenómenos mucho más complejos. Por ese motivo, constituye un gran error aplicar los métodos reduccionistamente experimentales de las ciencias simples a las ciencias complejas (Hayek llamó a este vicio el cientismo y a su crítica dedicó todo el libro de La contrarrevolución de la ciencia) e incluso –y aquí se distanciaba de su amigo Karl Popper– habrá que reconocer las crecientes limitaciones con la que se encontrará la falsación de los resultados según aumente la complejidad de una ciencia: a mayor complejidad, predicciones menos exactas (más genéricas), por lo que habrá que ser cuidadoso con descartar cualquier conclusión que aparentemente no tenga una traslación cuantificable y medible en el mundo real (sobre este tema fundamental, de hecho, reflexionó en su discurso de recepción del Nobel: La pretensión del conocimiento).

Y, por último, también en este contexto resulta más comprensible la filosofía política de Hayek, especialmente contenida en Los fundamentos de la libertad y en su libro más conocido Camino de Servidumbre. Parece claro que para alcanzar estos tres órdenes evolutivos resulta esencial la libertad del ser humano; libertad para probar, equivocarse, rectificar y así influir en el desarrollo de las instituciones. Hayek, pues, se plantea de qué modo puede minimizarse la coacción de nuestra libertad y llega a la conclusión de que la mejor forma es crear un aparato político que combata y reprima la coacción que unos individuos ejercen sobre otros. El nuevo problema es entonces cómo evitar que ese monopolio de la violencia –el Estado– se convierta en el principal represor de la libertad y para el austriaco la solución pasa por desterrar el poder arbitrario de los políticos sometiéndolos al rule of law: un conjunto de normas impersonales, evolutivas, universales, conocidas y ciertas para todos. Sólo en ese marco, cada individuo podrá conocer cuáles serán las consecuencias de sus decisiones y escapar a una represión directa por parte de los poderes públicos.

El intervencionismo económico, sin embargo, socava este orden jurídico impersonal, pues cada individuo debe ajustarse al plan dictado por un comité de planificación que tenderá a ir fagocitando las instituciones políticas ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre cuáles son los objetivos del plan (¿qué debemos producir?) y sobre cómo implementarlo (¿quién y de qué modo debemos producirlo?). Del dirigismo económico pasaremos a los mandatos políticos y, por tanto, al control total de los planificadores sobre las vidas de las personas.

Muchos han considerado que esta última reflexión que Hayek expuso en Camino de servidumbre demuestra el fracaso de toda su filosofía política, pues el intervencionismo económico posterior a la Segunda Guerra Mundial no condujo a la liquidación de las democracias occidentales. No obstante, esta crítica simplista a Hayek pasa por alto el verdadero objetivo del libro, que no era tanto efectuar un pronóstico historicista –un pronóstico que el propio Hayek consideraba imposible de realizar en una ciencia compleja como la economía y la política– cuanto lanzar una advertencia del posible proceso de podredumbre que sufrirían las democracias si seguían escalando en su intervencionismo en un contexto de desencanto hacia los logros y los méritos de los órdenes espontáneos del capitalismo.

Sin duda, no se trata de que Hayek no se equivocara en nada; de hecho, su teoría económica o su filosofía política contienen numerosos errores y contradicciones (como su crítica a la "justicia social" y su defensa del Estado de bienestar; o la aceptación acrítica del monopolio de la violencia como camino óptimo para minimizar la violencia; o sus más que discutibles reproches al patrón oro) provocados en buena medida por la propia evolución que sufrieron sus ideas y sus intereses a lo largo de sus 93 años de vida. Pero, desde luego, habría que huir de las críticas más aparentemente facilonas contra su pensamiento, sobre todo cuando proceden de quienes desconocen toda la unidad del rompecabezas hayekiano.

Si Mises creó un sistema de pensamiento económico claro, sólido y focalizado en el individualismo metodológico, Hayek nos legó un conjunto de ideas originales pero dispersas que sólo tras un cuidadoso estudio aparecen como un intento bastante exitoso, aunque no libre de errores, de promover la libertad en todas sus manifestaciones: política, social, cultural y económica. Siendo el economista menos concentrado en la economía de la Escuela Austriaca, pasará a la historia vulgarizada como su economista más representativo. Los austriacos, sin embargo, no deberíamos quedarnos en la superficie: más allá de sus casi siempre profundas teorías económicas, existe toda una potentísima narrativa que, ampliada y mejorada, constituye una de nuestras principales líneas de defensa de la libertad: cómo los órdenes privados, voluntarios, naturales y espontáneos logran superar los límites de nuestra razón y de nuestro conocimiento ante los que siempre sucumbirá cualquier planificador central.

Juan Ramón Rallo
Libertad Digital