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martes, 22 de septiembre de 2009

Excesos


La Sociedad Interamericana de Prensa denunció la creciente represión de la libertad de expresión en Venezuela. Con la pretensión de refutar estas acusaciones, organismos de prensa allegados al chavismo arguyen que la situación no puede ser mejor para los medios pues hay “un exceso de libertad de expresión”.

Propio del lenguaje totalitario, la jerga chavista altera el sentido de las palabras, trastornando su valor. Así como, bajo el nazismo, el vocablo “fanatismo” cobró una connotación meliorativa (V. Klemperer, LTI, La lengua del Tercer Reich ), ahora, bajo el régimen chavista, habría que considerar el llamado “exceso” de libertad como un hecho positivo.

En su intento por enloquecer el pensamiento, el lenguaje totalitario usa la falsificación de la realidad para anonadar la capacidad de reacción del ser humano, arraigada en su facultad de raciocinio. Al presentar como aceptable una primera falsedad, la artimaña allana el camino para imponer la falacia inaceptable: “Hay un exceso de libertad; por consiguiente, no hay represión”. “Hay un exceso de libertad; por consiguiente, es necesaria la represión”.

La violencia totalitaria se origina en la violación del lenguaje. Contra los embates del chavismo, la primera y última defensa está en el respeto y la vigilancia al sentido de las palabras.

Laurencia Saénz

lunes, 23 de marzo de 2009

Tema Polémico: el logos latinoamericano


Una elección más, una victoria más para la izquierda en Latinoamérica. El fin de semana anterior el FMLN alcanzó el poder en el Salvador después de 20 años de gobierno por parte de ARENA. Podemos identificar dos tipos de izquierda dentro de Latinoamérica, una moderada y sensata preocupada por la estabilidad macroeconómica del país –como lo es Lula en Brasil y Bachelet en Chile- y otra demagógica y populista, encabezada por el megalómano Hugo Chávez. A cuál de estas dos tendencias se adherirá el gobierno de Funes sólo el tiempo lo dirá, no es nuestra intención especular al respecto en cuanto a este punto.

Después de tantas victorias electorales de la izquierda es necesario preguntarse ¿por qué tanto éxito?. En ASOJOD pensamos que este romance del electorado latinoamericano con la izquierda se debe a una profunda confusión conceptual. Muchos asocian las reformas de los 90 y lo que sucede en nuestros países con reformas de mercado, lo cual no podría estar más alejado de la verdad. Esta corrupción conceptual la encontramos en nuestro propio país, y para darse cuenta basta con leer las expresiones de Luis Paulino Vargas respecto a la “dictadura de los Arias”:


“Es neoliberal, pues, porque recoge a su interior, con notable fidelidad, las peores lacras de la globalización neoliberal que la humanidad padece hoy día. Como ésta, es un proyecto que subordina al mercado, al negocio y la ganancia, toda otra consideración. La vida incluida. Por ello es, esencialmente, un proyecto orientado a la destrucción de la vida. O sea, un proyecto de muerte.”


Analizemos un momento estas divagaciones. Según el catedrático de la UNA, Costa Rica se encuentra subordinada al mercado, ¿es acaso esto cierto? Por supuesto que no. Basta con hacer un breve repaso de las instituciones del Estado costarricenses para desmentir esta falsedad. Lo cierto es que en Costa Rica tenemos un sistema de economía mixta que de lo poco de capitalismo que tiene es el reconocimiento de la propiedad privada, la cual incluso puede ser limitada en función del “bien común” (art. 45 de la Constitución Política) ¡menudo capitalismo salvaje! Lo que sobra en nuestro país es intervencionismo estatal en la economía. En ASOJOD los invitamos a hacer un breve recorrido que demuestra nuestra afirmación: tenemos un Estado que subsidia la educación (incluso la superior), subsidia la salud (incluso el "derecho fundamental" a tener erecciones), tiene medios de comunicación (SINART), interviene en la construcción de infraestructura, ofrece servicios bancarios, de telecomunicaciones, de seguros, subsidia la vivienda, impone impuestos progresivos a la renta, impide la libre importación de arroz a los particulares, subsidia los deportes (incluso le da un salario a Nery Brenes), tiene el monopolio de la emisión de moneda, opera puertos, tiene el monopolio de los combustibles, ofrece servicios de energía y agua y así la lista podría extenderse casi hasta el infinito. Después de todo esto, en ASOJOD no podemos entender cómo alguien puede tener el descaro para decir que Costa Rica está “subordinada al mercado”.
Esta misma incomprensión de la realidad ha podido ser apreciada a lo largo de la discusión respecto a la crisis. Por supuesto no han faltado voces que han culpado al mercado de lo sucedido y celebran la muerte del capitalismo, como un profesor de la UCR, quien ha dicho:


“Tal como predijo Marx, lo que nos muestra esta crisis es el fracaso absoluto de las políticas de libre mercado para enfrentar y resolver los problemas que el mismo mercado produce. Y, como en los años 30, el capitalismo intenta salvarse recurriendo a la intervención del Estado”


¿Es esto lo que sucedió con la crisis? ¿Acaso el gobierno no promovió el acceso de vivienda, acaso el gobierno no respaldaba a instituciones como Freddie y Fannie, acaso no fue la FED la que bajo los intereses hasta niveles históricos? Y para "resolver" la crisis en Costa Rica no es nuestro Estado el que está promoviendo subsidios para desempleados, protección para trabajadores, consumo de la producción alimentaria nacional aunque sea relativamente más cara en comparación con otros países? No está pidiendo nuestro Estado que los Bancos bajen tasas de interés y que reactiven el crédito?

Este es el problema más grave que sufre Latinoamérica hoy en día. No hemos identificado las causas verdaderas de nuestros problemas, sino que se ha privilegiado el facilismo intelectual: trasladar la culpa a fantasmas inexistentes. Si queremos tener soluciones efectivas para nuestros países, lo primero que debemos hacer es rescatar el logos que nuestra región se ha encargado sistemáticamente de pervertir.

domingo, 15 de marzo de 2009

La lengua no es inofensiva


Condenado al cautiverio de una Judenhaus (palabra nazi que significa “casa de judíos”), Victor Klemperer vierte en el papel las gotas de su tinta obsesionada. “Observa, estudia, graba en tu memoria lo que sucede –pues ya mañana tendrá otra apariencia, ya mañana lo percibirás de otra manera–, retén la forma en que se manifiesta, y actúa”. Ya no es a sus admirados Voltaire, Montesquieu y Diderot hacia quienes fluye la mente de este filólogo, profesor de literatura de la Universidad de Dresde.

Desde que se lo expulsó de su cátedra y se le prohibió frecuentar las bibliotecas, confiscándosele así “la obra de [su] vida”, la lengua que emponzoña, la lengua alemana intoxicada por el nazismo, es su obsesión vital. Su diario, escrito durante los años del hitlerismo, es su “péndulo” salvavidas, el que le permite preservar su equilibrio psíquico y protegerlo del veneno de esa lengua que, día tras día, mata la consciencia humana. Lo que el papel de su testimonio absorbe, es la victoria de la inteligencia sobre la barbarie.

Testigo lúcido. Como Orwell y Primo Levi, Victor Klemperer fue testigo lúcido de cómo el nazismo enfermó el alma de los hombres introduciéndole mortíferas dosis de su veneno a la lengua. La lengua, ese tejido híbrido entre materia y espíritu que nos eleva cuando entre sus hilos sopla la inspiración de la poesía, puede transformarse también en fatal mordaza para el pensamiento, y así asfixiarlo hasta aniquilarlo. “El nazismo se insinuó en la carne y sangre de la multitud a través de expresiones aisladas, de giros, formas sintácticas que se imponían a millones de ejemplares y que fueron adoptados de manera mecánica e inconsciente”. Fue primero por medio del idioma y de la abdicación del pensamiento sobre lo que este dice, como la masa se hizo insensible a la humanidad del otro.

Klemperer anota en su diario cómo la palabra “fanatismo” se impone progresivamente en discursos, artículos, libros y hasta esquelas mortuorias, hasta volverse omnipresente; pero, más importante que la frecuencia de su uso, es el cambio de valor que se le confiere. Observa que, mientras el siglo de la Ilustración estuvo marcado por la lucha contra el fanatismo, pasión irracional que se manifiesta ante todo en el campo religioso y en la que el ser humano se anula en su capacidad de pensar, el Tercer Reich, por el contrario, hizo del fanatismo un valor positivo, la virtud por excelencia del alma del pueblo alemán. Se habla de “elogio fanático”, “profesión de fe fanática”, “fe fanática en la victoria final”; Göring es celebrado como “el amigo fanático de los animales”; Goebbels, sobreabundando en “lo que ya no podía ser más objeto de sobreabundancia”, escribía en el Reich del 13 de noviembre de 1944 que la situación solo podría ser salvada por un “fanatismo salvaje”, como si el salvajismo, añade Klemperer, no fuera de por sí el estado natural del fanatismo.

Al violentar el uso del lenguaje, y desnaturalizarlo de la función esencial que desempeña en la constitución de la vida en común, el espíritu del nazismo preparó las condiciones para el deterioro mental de los hombres, y con ello contribuyó a aniquilar la única defensa que tiene el ser humano para discernir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto: su facultad de pensar.

Lenguaje y democracia. La filosofía griega, que floreció bajo la democracia ateniense, pensó el papel fundamental que desempeña el lenguaje en la vida de la comunidad política. Es bien conocida la frase de Aristóteles, según la cual el ser humano es, por naturaleza, un animal político; sin embargo, no es por el simple hecho de vivir en grupo –otros animales también lo hacen–, sino precisamente por estar dotado de lenguaje: “La palabra está para hacer patente lo provechoso y nocivo, lo mismo que lo justo y lo injusto; y lo propio del hombre con respecto a los demás animales es que él solo tiene la percepción de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto de otras cualidades semejantes, y la participación común en estas percepciones es lo que constituye la familia y la Ciudad” (Aristóteles, Política).

Para que se haga justicia en la sociedad, es primero necesario no solo que la palabra articule el concepto de justicia; hace falta, además, hablar el idioma de la justicia, de la rectitud, el cual radica en el razonamiento ordenado según las leyes de la lógica. Articular la palabra razonada, la argumentación respetuosa del orden lógico, en aras de definir los conceptos según los cuales se concibe la organización del vivir juntos, tal es la vocación del lenguaje en una democracia. La palabra es así la apertura dentro de la cual, a través de polémicas que entrañen desacuerdos y coincidencias, se constituye el espacio de sentido que nos une a la vez que nos separa, permitiéndonos de esa manera mantener una “justa distancia” los unos con respecto a los otros.

La justa distancia. Encontrar “la justa distancia”: con esa expresión, Hannah Arendt define el arte de vivir juntos. En efecto, no hay comunidad que se pueda construir sobre la base de individuos atomizados, entre los cuales no haya comunicación, que no estén unidos por determinados valores y por una tradición. Sin embargo, tampoco existe comunidad donde no hay separación entre los miembros de un grupo. Así el estado totalitario nazi disolvió el espacio político entre los hombres al anular la separación entre lo privado y lo público pues absorbió dentro de su terrorífica espiral todos los niveles de la existencia de quienes vivían bajo su yugo. El estado totalitario extendió sus tentáculos hasta secuestrar la intimidad de la consciencia del hombre, negándole la capacidad de ejercer su pensamiento, ese “diálogo silencioso del alma con sí misma”, como reza la hermosa expresión de Platón. Así, al cortar al individuo de ese vínculo esencial con sí mismo, se oblitera la posibilidad de entrar, con el otro, en un mundo de sentido compartido.

En los albores del siglo XXI, aun se proyectan sobre nuestras cabezas las sombras del lenguaje envilecido. Bajo las alas de otros rapaces que sobrevuelan amenazantes sobre la consciencia, se escucha el grito estridente del irrespeto al uso de la palabra. En Iberoamérica, el insulto y la verborrea vulgar y chabacana de Chávez, Correa y Ortega han enlodado el espacio de entendimiento entre los ciudadanos.

A quienes escuchan, ora indiferentes, ora divertidos, el desplante de vulgaridad que ha hecho irrupción en el discurso político, hay que recordarles: la lengua no es inofensiva. El principal peligro que pesa ahora sobre nuestro continente es que, con la atrofia de la palabra que vincula y del razonamiento que ilumina, muera, por largo tiempo, la democracia.

Laurencia Saénz