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martes, 22 de septiembre de 2015

La columna de Carlos Federico Smith: plan estatal de subsidios a la contratación privada de ciertos trabajadores

El gobierno de la República anunció un nuevo plan de subsidios. En esta ocasión, se establece a fin de crear empleo para ciertos grupos que se considera están siendo los más afectados por la situación de desempleo que encara el país. Para ese fin, el gobierno pretende entregar ₡1.400.000 por cada joven, mujer o persona discapacitada que es contratada por una empresa privada, hasta por un máximo de 20 empleados. Se estima que con dicho monto se logre cubrir el costo cuatro salarios más las cargas sociales.

El programa del gobierno es ya conocido como Mi Primer Empleo y mediante él se considera que generaría empleo a 30.000 personas en tres años.  Se estima hacer una inversión de recursos públicos de ₡43.680 millones, con fondos provenientes de superávits del ministerio de Trabajo, del de Economía, del IMAS y del INA.

Esencialmente, se pretende lograr dos objetivos que, si bien pueden estar relacionados, pueden analizarse independientemente. Primero, que el estado logre crear nuevas fuentes empleo mediante un subsidio dirigido a la empresa privada y, el segundo, que el empleo así creado se dirija a ciertos grupos sociales; en concreto, a mujeres, jóvenes y discapacitados.

En cuanto a analizar el primer tema -creación de empleo- se hace necesario preguntarse tanto cuáles son las pueden ser las causas de nuestro desempleo (actualmente de alrededor de un 10.5% de la fuerza de trabajo del país), así como si la medida que se ha propuesto es la más indicada a fin de disminuir la desocupación.
 
El programa en mención se ha considerado que tendrá una duración de tres años, en lo que podría considerarse como de mediano plazo.   Pero no creo ser un escéptico injusto, al señalar que usualmente los programas gubernamentales de subsidios, una vez instalados, tienden a permanecer mucho tiempo más del que inicialmente se consideró necesario.  Eso se debe a que con su existencia suelen provocar la creación de grupos concretos de interés, que buscarán que se mantenga esa transferencia de recursos de toda la sociedad hacia el grupo particular de beneficiados; en este caso, al grupo conformado por mujeres, jóvenes y discapacitados y empresas privadas que reciban tal subsidio.

Pero, más interesante es preguntarnos si ¿resolverá dicho subsidio el problema del desempleo en el país?  A mi parece que el reciente aumento en la tasa de desocupación se ha debido esencialmente a dos factores.  En primer lugar, al menor crecimiento de la economía, que viene estancada desde hace buen rato: esto es, con tasas apenas positivas de crecimiento.  Cuando la economía no crece lo suficiente, la demanda de mano de obra disminuye y, así, ante un número siempre creciente de trabajadores (en una nación con tasas positivas de aumento de la población) aumentará el desempleo, tal como lo hemos observado recientemente.  Debe tenerse presente que la demanda de trabajo está en función, tanto del incremento del valor que genera el trabajador que se contrata, como del valor que tiene dicha producción adicional en el mercado. Pero, en una economía que no crece mucho, el empleador no irá a contratar más gente si considera que se le dificulta lograr vender esa producción adicional. Todavía nuestro país experimenta un bajo crecimiento proveniente de una demanda de su producción desde los mercados internacionales: la economía nacional aún no sale a plenitud de la caída mundial de los años 2008-2009. Y en la actualidad el panorama no es el más brillante desde el punto de vista de un crecimiento fuerte de la economía internacional. 

Claro, si al empresario se le subsidia el salario que debe pagar al nuevo trabajador que contrataría -como es el sentido del programa Mi Primer Empleo- encontrará en él un incentivo para contratar a ese personal adicional a un costo hipotéticamente menor. Pero, aquí empiezan muchas dudas.

¿Si se disminuyeran los impuestos sobre el salario hoy existentes en la economía y que claramente encarecen relativamente a la mano de obra en comparación con la maquinaria (o capital), no se lograría el mismo objetivo de aumentar el empleo? O sea, rebajar los impuestos cargados al factor trabajo, en vez de darse el subsidio estatal propuesto.  Precisamente este es un país en donde el alto costo de la mano de obra en mucho se debe a los impuestos que la gravan y que ahora se pretendería “compensar” por medio de un subsidio, lo cual lógicamente nos inclinaría a pensar que puede ser mejor bajar tales impuestos, para estimular un aumento en la ocupación, en vez de dedicar fondos públicos como subsidio al empleo. 
 
Por una parte, esos son recursos para el subsidio que de algún lado habrán de salir. Dicen que son fondos provenientes de superávits de ciertas instituciones estatales, pero equivalen a un aumento en el gasto que reemplaza a aquél que ejerce el sector privado en la economía: de algún lado salen esos recursos y es de la economía privada. Esos recursos, que dan la apariencia de estar ociosos en esas instituciones gubernamentales, al gastarse aumentarán el gasto gubernamental, que dados los ingresos fiscales del momento, provocaría un aumento en el déficit del gobierno central. Y eso de cierta manera es un empeoramiento de una situación que este gobierno ha propuesto resolver mediante aumentos en los impuestos, que posiblemente tendrán un efecto negativo sobre el crecimiento de la economía y, por ende, de la demanda de mano de obra.

Aquel alto costo de la mano de obra que hoy tenemos de hecho no se está reduciendo para la economía como un todo, sino que ahora sólo se pretende lograr un beneficio para un grupo concreto de empleadores, proveniente de parte del resto de la ciudadanía, que de algún lado tendrá que ver cómo provee los recursos.  Por ello mi propuesta de que, si se desea que aumente el nivel de empleo en la economía, eso se podría lograr si se redujeran los impuestos que hoy cargan a la mano de obra como un todo; esto es, que haya una variación de los precios relativos del trabajo ante el capital, de manera que se abarata comparativamente el primero, con lo cual aumenta su demanda.

También sería aún mejor si, en vez de la propuesta de subsidios artificiales, con los cuales se pretendería ocultar costos reales de la mano de obra en la economía, se tomaran medidas que alentaran un mayor crecimiento de ella. Por ejemplo, mediante la eliminación de una serie de incentivos que han hecho que mucho de nuestra fuerza de trabajo abandone la formalidad y por el contrario se dedique a producir en la economía subterránea. Hay muy diversas leyes que incentivan para que empresas pequeñas, muchas de las cuales apenas intentan empezar, lo hagan fuera de la formalidad institucional de las leyes.  Por ejemplo, esas empresas, si trataran de ser formales, incurrirían en elevados costos de incorporación al mercado (hacer una empresa formal suele tener un alto costo jurídico), pagos de patentes, permisos municipales (y no digamos si tuvieran que construir instalaciones), por la creación de una estructura de gastos de la empresa que sea debidamente documentada por contadores y en libros formales, todo lo cual encarece la vida a la empresa, al igual que otra serie de gastos e impuestos que no me voy a poner a detallar.  

Por ello no me sorprende, en lo más mínimo, el crecimiento importante que se ha detectado recientemente del empleo informal en nuestra economía: esto es, la creación de mini-empresas subterráneas en donde el estado no aparece; al ser costosa la acción del estado, se trata de evitar todos esos costos regulatorios de todo tipo que afectan a dichas empresas. También un segundo factor que creo afecta la tasa de crecimiento de nuestra economía en la actualidad y que, por tanto, incide en una menor creación de empleo, se debe a la existencia de mucha incertidumbre, principalmente ocasionada por la falta de lineamientos claros y definitivos de esta administración, en los espacios que requiere la empresa privada para poder actuar con mayor tranquilidad.  

Ya sé: me dirán que, para disminuir esa incertidumbre en mucho creada por el estado, con el subsidio que aquí propone dicho estado se pretende lograr cierta “cooperación” o “colaboración” o “acercamiento” hacia el sector productivo privado: una mejora sustancial en la relación gobierno-sector privado. No lo dudo que esa pueda ser una intención adicional para la puesta en marcha de ese programa, pero obviamente no es de esperar que ese subsidio vaya a ser un factor fundamental que haría que una empresa privada genere un aumento en el empleo neto en la economía. 

En esencia, de acuerdo con el programa propuesto, se contratará más empleo si le cuesta menos que el valor que agrega ese trabajador adicional contratado. Se me señalará que ahora le cuesta menos al empleador contratar al trabajador, gracias a ese subsidio, pero habría que ver si es el tipo de trabajador que desearía contratar para sus efectos productivos. O sea, si el estímulo artificial del subsidio no va a alterar su decisión de a quién contratar tan sólo por esa razón, aunque signifique que dejaría de contratar a otro trabajador que no reúne las características del programa (jóvenes y mujeres de ciertas edades además de discapacitados). Es decir, la empresa contrata a alguien del programa, pero así deja de contratar a alguien que, de no existir el plan de subsidios, la contrataría, con lo cual no habría mucha creación neta de empleo en la economía, si acaso alguna. ¿Está claro?  La medida propuesta en lo agregado posiblemente no genere empleos nuevos, sino una sustitución de unos por otros.

Además, un efecto adicional que se debe considerar es la dependencia que se empieza a crear de las empresas hacia un estado que subsidia la contratación de su personal.  Aquí entrarían cosas que no están relacionadas propiamente con la eficiencia productiva de las empresas, como es la contratación de un personal presuntamente menos productivo, sino de una dependencia a causa del subsidio. No hay nada que impida a una empresa que tenía proyectado, por ejemplo, contratar a un joven promisorio, que requeriría de un esfuerzo de entrenamiento a lo interno de la firma a fin de que aprenda los hábitos propios de la empresa, para que ya no lo haga como una decisión de su conveniencia productiva, sino porque ahora recibirá ese subsidio del estado.  Es decir, que lo que tal vez ya iba a hacer (muchas empresas contratan mujeres y jóvenes y personas discapacitadas) ahora lo hará también, sólo que con una parte importante pagada por la sociedad como un todo. En el neto, habría una baja y hasta nula creación de nuevo empleo en la economía; sin duda que menos de la ambicionada por el gobierno.

La impresión que uno tiene a menudo del mercado de trabajo de ciertos grupos -por ejemplo de jóvenes que apenas ingresan al mercado laboral- es que sus características personales, de educación o formación, no son necesariamente aquellas que las empresas están demandando. Ese divorcio lo observa uno cuando las empresas -lo suelen expresar empresas extranjeras que tratan de invertir y producir en el país- no encuentran todo el personal que requieren en su momento. Es por ello que no entiendo cómo no ha sido posible hacer en el país algo similar a lo que se hace en naciones ejemplares en la formación de su mano de obra, como es el caso de Alemania. Hay un acuerdo formal entre el estado y el sector productivo para que jóvenes asistan como trabajadores a las empresas en donde aprenden las mejores prácticas, al tiempo que cumplen con los requisitos básicos de una enseñanza formal extra-empresarial. Se logra así formar una mano de obra sumamente calificada y adaptada a las necesidades de la demanda de las empresas, en mi opinión tal vez con mejores resultados que los programas que hoy día se llevan a cabo en el INA. Las empresas se quedarán con esa mano de obra mejor preparada.

Esta práctica de un enorme aprendizaje laboral en las empresas es lo que recientemente permitió a un connotado directivo de asociaciones empresariales, dar su opinión positiva ante preguntas relacionadas con la inmigración de personas de Oriente Medio en busca de empleo en Alemania. (Al menos inicialmente, pues no sé si se mantiene el criterio de apertura de las fronteras alemanas ante una entrada que parece estar sobrepasando la estabilidad interna de ese país). Ese líder empresarial dijo que esa mano de obra foránea era bienvenida al país y que, laborando en las fábricas, aprenderían las habilidades requeridas por una economía industrial como la alemana: dijo que a Alemania lo que le servía era disponer de una más amplia mano de obra calificada y que ellos estaban dispuestos a darles el entrenamiento necesario para que adquirieran esas calificaciones.

Realizar ese esfuerzo por mejorar la calidad de la mano de obra -que así sería más demandada al aumentar su productividad- no se ha podido hacer aquí ante el dogma de ciertos políticos de que eso sería explotar a los trabajadores.  Estoy seguro que esa apertura que mejora las posibilidades de progresar los trabajadores -tal como lo han logrado a través de los tiempos y crecientemente desde la era industrial moderna- sería más que bienvenida por los propios trabajadores, tanto como por los empleadores, pues todos ganaríamos si nuestro país dispusiera de una mano de obra más calificada, más productiva y en donde se generen empleos mejor pagados.

Hay otro tema que debe de considerarse en esta conversación, cual es si es deseable que un empresario dependa de alguna manera de algún subsidio gubernamental para contratar el personal que requiere. ¿Podrá el empresario oponerse a mayores impuestos que claramente le ocasionarían descensos en su rentabilidad, a cambio de un subsidio del tipo señalado? ¿Podría ser que se use el programa de subsidio gubernamental Mi Primer Empleo, para endulzar la píldora amarga de mayores tributos? Nada más deseo que el lector considere esta posibilidad política. Pero, con el tipo de medidas propuestas se va alterando el uso eficiente de los recursos en sistemas competitivos, cuando las relaciones de producción no están determinadas por la autonomía del empresario, en un marco competitivo, en su busca de satisfacer los deseos de los consumidores para obtener utilidades, en vez de que sean para complacer directrices o incentivos que el estado brinda: podría ser una grada más en un camino de servidumbre.  Sólo pido a mis apreciados lectores que consideren este argumento.

Finalmente, como un segundo objetivo importante del programa presentado por el gobierno, está el tema de la sensibilidad humana ante quienes tienen problemas de verdad en la vida, como suele ser el caso de los discapacitados.  Ya muchas empresas privadas tienen entre sus trabajadores a personas en tal circunstancia y lo notable es que suelen ser trabajadores sumamente productivos y las firmas los estimulan en su esfuerzo personal que también va en beneficio de la firma.  Si hay algo de apoyo de parte de la empresa (y de los accionistas) para tal práctica, pues que sea bienvenida y ojalá apoyada por el estado, como, por ejemplo, permitiendo que esta capacitación laboral de personas discapacitadas pueda ser adquirida dentro de las empresas que les dan la oportunidad de aprender sus prácticas. Esto formaría parte, sin duda, de la idea de que el trabajador estudia en tanto labora y aprende prácticas en la empresa privada.

La solución a estos temas la encuentra el político en la creencia de que echarle más plata resuelve los problemas, pero sabemos que eso no va a servir de nada, pues no es claro que genere nuevos empleos, ni que ayude a la formación de nuestra fuerza de trabajo, ni que realmente ayuda a aquellos grupos realmente marginados. Sólo provocará un déficit mayor, más impuestos para después “cerrar” ese mayor déficit, una más elevada dependencia de la empresa privada ante el estado y una alteración en el uso eficiente de recursos en una economía tambaleante.

Jorge Corrales Quesada

miércoles, 12 de febrero de 2014

Desde la tribuna: ¿cuál es el área más importante?

En torno al impostergable y necesario impulso que requiere la libertad, resulta ineludible determinar su importancia y grado, a fin de orientar adecuadamente los esfuerzos y tareas.

En tal tesitura, concurren muchos temas de vital interés, que van desde el trabajo de desintoxicación de la tramitopatía que azota al país hasta una estrategia para superar la postración en la que la mezcla de ambientalismo oportunista, ambientalismo patológico, eliminación del silencio positivo y burocratización tienen a la actividad privada y la gestión de infraestructura en general.  

Se filtran por allí algunos temas específicos, sobre todo en torno a retraso de la organización pública en permisos y los temas atinentes a los planes reguladores.

Igualmente, no se puede dejar de lado el rezago en algunas áreas específicas, tales como cumplimiento efectivo de algunas leyes paralelas al famoso TLC (apertura en telecomunicaciones, por ejemplo; igual registros en salud) y el desempeño de algunas instituciones públicas en relación con ello.

Por supuesto que hay que impulsar cambios estructurales y culturales en torno a la gestión municipal, que van desde poner en práctica el 10 del presupuesto nacional como aporte al régimen hasta la transferencia efectiva de competencias del Poder Ejecutivo equivalentes a dicho porcentaje.

Tampoco se puede evadir lo que pasa con la educación, pues la ausencia de ella o la falencia que muestra la pública (la general) muestra un exceso de gasto, desprecio de propósitos institucionales (como los 200 días efectivos) y serias transformaciones negativas (2 años para aprender a leer y escribir) y un exceso de trámites y regulaciones en el ámbito privado.  Ni que decir de la falta de libertad y exceso de regulación y tramitología en el área de la educación privada universitaria. 

Por supuesto que emergen  también múltiples temas en el espacio económico y energético, que igualmente no pueden hacerse un lado:  el monopolio de Recope y sus metástasis y demás riesgos, el costo de la energía eléctrica y las posibilidades de solución, el mercado financiero, la tendencia regulatoria en torno al comercio, las barreras no arancelarias y el impacto de la gestión del Banco Central en la economía general.

¿Qué es lo más importante?  ¿Cómo acometer la tarea?  

Es esencial promover foros para idear agendas, prioridades, determinar la importancia relativa de cada tema y continuar la faena en pro de la libertad.


Federico Malavassi Calvo 

martes, 1 de octubre de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: pronto lo escucharán de nuevo

Cuando en Costa Rica se plantea la posibilidad de un aumento de los impuestos, se suelen escuchar opiniones en que se busca que la gente de mayor riqueza pague más impuestos, que los que tienen menor riqueza.  Este argumento se suele sintetizar en la expresión de que “Pague más quien tiene más y que pague menos, quien tiene menos” Se podría hablar mucho acerca del contenido lógico de tal propuesta, pero tal vez no sea éste el momento, en especial cuando podría llevarnos por asuntos relativamente complejos de teoría económica y de mediciones que difícilmente se pueden llevar a cabo, sin que se introduzcan serias dudas acerca de su validez práctica.

En esta oportunidad, dadas las enormes dificultades que encara nuestra economía para lograr tasas de crecimiento que permitan generar abundantes fuentes de trabajo, más bien deseo enfatizar el posible impacto negativo que pueden tener los aumentos de impuestos, en el logro de un crecimiento económico que se desea.

La clave para lograr dicho crecimiento en mucho radica en lograr aumentar la inversión. Ante propuestas de tributos como los observados en estos momentos, se suele argüir que se debe gravar más a los poseedores de riqueza, pero son estos quienes suelen ser los inversionistas necesarios para que la pueda economía crecer a las tasas deseables. 

Me da la impresión de que esa creencia se basa en un desconocimiento de cómo es que se lleva a cabo el proceso de inversión en una economía.  Usualmente el empresario concibe alguna idea, que le dirige hacia colocar sus recursos en alguna actividad que le rendirá utilidades. Se supone que este simple hecho de pensar en realizar alguna inversión es porque el empresario valora que, lo que va a producir, tiene aceptación en el mercado. Esto es, que haya demanda por lo que su inversión va a generar.  Nadie invertiría si no es que, de alguna manera u otra, obtiene ganancias por utilizar sus recursos en la creación de un bien o servicio. Perfectamente se podría hacer una inversión para producir un nuevo bien o servicio que satisfaga los deseos de los consumidores o producirlos de manera más barata que como lo hacen otros productores ya existentes en el mercado. Claro que, al invertir, corre el riesgo de tener pérdidas, aunque lo que lo motiva en su decisión es la posibilidad de obtener ganancias con esa nueva actividad.

Una vez tomada la decisión de invertir, posiblemente el inversionista tendrá que contratar profesionales que definan el marco legal y administrativo bajo el cual operará el negocio. También buscará quien le asesore (y le cobrará) en sus decisiones acerca de la planta que va a instalar.  Esto puede incluir desde edificaciones, maquinaria, equipo, materias primas, personal administrativo inicial, etcétera. Es decir, el inversionista incurre en numerosos gastos, tan sólo para iniciar operaciones. A fin de sufragar estos gastos, el inversionista podrá utilizar su riqueza propia; es decir, su propia plata, o bien puede acudir que alguien se la preste, por ejemplo, un banco o una financiera o alguien que le de sus recursos personales a cambio, lo más posible, de un pago de intereses. En todo caso, el inversionista debe primero gastar su plata o la que le hayan prestado, antes de poder hacer algún dinero con la actividad de la nueva empresa.
 
Cuando la inversión es llevada a cabo quien la realiza tiene que pagar primero a quienes vayan a trabajar a la empresa –en cualquier cosa, desde un pequeño comercio hasta la industria más grande; desde abrir un restaurante a edificar un nuevo puerto; desde una fabriquita de estampado de camisas a un nuevo centro comercial.  Deberá cubrir todos los gastos que uno pueda imaginarse, antes de que pueda obtener una ganancia.  Deberá pagar no sólo –y en primer lugar- al personal y los trabajadores, sino también a quienes hacen su edificación o a quienes se la alquilaron.  Asimismo, ya en sí la producción no es algo que se hace en un instante: tiene que comprar materia prima, máquinas y equipo para procesar, contratar y pagar a los encargados de vender y distribuir el producto, etcétera, etcétera, todo eso antes de poder ver un cinco de retorno por todo lo que ha invertido, con su propia riqueza o pidiéndola prestada a otros que la poseen. Todo eso tuvo que ser pagado antes de poder ver si la decisión de invertir generó ganancias y con ellas pagar a quienes invirtieron o le prestaron inicialmente.

Claro, el inversionista ha corrido un riesgo al decidir actuar de esa manera.  El sistema de mercado es uno de pérdidas o ganancias. La una o la otra.  No sólo se trata de tener ganancias; también surgen pérdidas. Si gana con su actividad, recupera mucho tiempo después todo o parte de aquello que decidió invertir.  Tener ganancias es posible tan sólo porque, en un mercado libre, los consumidores escogieron adquirir su producto o los servicios que brindó. Se dieron porque los consumidores así lo prefirieron hacer y con ello se pudieron cubrir los costos. 

Resulta que a veces; más bien, muchas veces, las empresas no obtienen ganancias sino pérdidas. Muchos negocios fracasan. En estos casos, el inversionista no recupera lo que metió personalmente o no repone lo suficiente para repagar lo que le prestaron. Nunca hay seguridad de que tener pérdidas no va a suceder. Todos los gastos en que incurrió para sacar ese producto al mercado fueron totalmente efectivos, reales, ante la esperanza de que lo que produciría sería aceptado por el consumidor.  Todo lo que tuvo que pagar de contado, al final de la jornada, ya se fue, ya se gastó. Los salarios que tuvo que pagar, la materia prima que tuvo que pagar, los servicios profesionales que debió cubrir. Todo eso significó salidas de plata. O bien queda endeudado con quienes le dieron crédito o le prestaron plata. Parece que los gastos son seguros, pero las utilidades no lo son. Las utilidades son un sobrante de ingresos, que queda después de cubrir todos los gastos y obligaciones por pagar en el período. Ese “sobrante” es el que al fin le queda al inversionista-empresario. 

Usando un símil, el inversionista es el que está al final de  la línea de ingresos, en tanto que todos los demás participantes ya han recibido todas las remuneraciones y pagos que les corresponde. Incluso es posible que, al final de esa línea, el inversionista no encuentre más que pérdidas o deudas, aunque siempre haya tenido la esperanza de que sus esfuerzos sean remunerados con ganancias.

Entendido cómo es que opera el proceso de invertir en un mercado y de cómo los resultados -tiempo después; a veces mucho tiempo después- pueden ser de ganancias o pérdidas, si se aumentan los impuestos, como ya lo están planeando imponer ciertos políticos, evidentemente que disminuye la voluntad para invertir en una economía. Esto porque el rendimiento, después de impuestos, resultará ser menor a causa de los gravámenes o tal vez porque preferirá no realizar la inversión por el poco rendimiento neto que obtendría. Al disminuir la inversión, significa que crecerá menos la producción y, por tanto, el empleo nacional.  En resumen, se eleva el nivel de pobreza de los ciudadanos del país, al reducirse las posibilidades de obtener un empleo que les permita a los trabajadores generar riqueza para sí o al disminuir el incentivo para que la gente esté dispuesta a correr riesgos, mediante la inversión que se propone llevar a cabo.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 22 de agosto de 2013

Jumanji empresarial: es absurdo desincentivar el ingreso de capitales

No encuentro en la literatura económica un solo argumento que hable de la necesidad de evitar el ingreso de capitales. ¡Todo lo contrario! El ingreso de capital, sea de corto o largo plazo, viene a sumar al ahorro nacional. Sin ahorro, no puede haber inversión, ni crecimiento, ni generación de empleo. Por tanto, ningún ahorro podrá ser jamás fuente de inestabilidad económica.

Cuando un capital extranjero compra un título valor en colones, se está prestando recursos al emprendedor costarricense y la única manera de que este último honre dicha deuda es que su actividad sea productiva. Por tanto, es absurdo por definición, un proyecto de ley que pretenda desincentivar el ingreso de capitales no productivos de los productivos. Si el capital extranjero fuera utilizado en actividades no productivas, éste no podría jamás recuperar su inversión.

En teoría económica, el especulador cumple una función estabilizadora -sí, estabilizadora- porque es quien logra anticipar cambios en variables fundamentales en la producción y con ello hace que los cambios en cantidades y precios sean más estables y menos volátiles que en ausencia de especuladores. El incremento en las reservas monetarias internacionales (RMI) del 2012 fue tan solo una pequeña fracción del incremento en las RMI que Costa Rica ha experimentado desde el 2004. El ingreso de capitales no es un fenómeno de corto plazo sino de largo plazo que se viene manifestando de manera constante desde hace 10 años. La apreciación del colón es inevitable. Dicha apreciación significaría que caería el precio de todos los bienes importados, incluyendo la gasolina, lo cual implica un incremento en el salario real de todas las personas que ganan en colones. ¡Excelente noticia!

Los problemas no surgen de los especuladores sino de los gobiernos que tratan, con políticas de corto plazo, evitar los cambios fundamentales que se van manifestando en la economía. El problema actual es que el Banco Central de Costa Rica se empeña en mantener un tipo de cambio de manera artificialmente alto. La historia económica nos enseña que toda burbuja financiera, o crisis económica, surge con políticas del gobierno de corto plazo negando los ajustes de largo plazo. ¡Así sucedió en la Administración Carazo Odio! Por tanto, por el bien de Costa Rica, archivemos ya el proyecto de “Ley para Desincentivar el Ingreso de Capitales Externos”.

José Joaquín Fernández

lunes, 9 de enero de 2012

Tema polémico: lo que Costa Rica necesita




El día de ayer aparece publicada la noticia de que una cadena de comida rápida se sumará más a la competencia en el mercado nacional. En estos difíciles momentos económicos que nos agobian no puede más que alegrarnos esta nueva inversión.

Precisamente este es el camino que deberían buscar nuestras autoridades en el 2012: facilitar la inversión nacional y extranjera y dejar de una vez por todas la idea de que este país se va a desarrollar a punta de más impuestos. La inversión crea nuevas fuentes de empleo, mayor consumo y con todo ello más tributos. Por eso el reto permanente de este país seguirá siendo crear una agenda de competitividad que permita al sector productivo desarrollarse y crecer.

Llama la atención cómo este mercado de las comidas rápidas ha ido creciendo a lo largo de estos años. Cada vez son más las empresas que ingresan al mercado así como los locales que abren empresas consolidadas desde hace años. Esperamos que no aparezca algún ingeniero social que se le ocurra crear la SUCOR (Superintendencia de Comidas Rápidas), en donde una serie de expertos definan cuántas empresas pueden operar en el mercado, bajo qué requisitos y bajo queé formas (tal y como ha pasado lamentablemente con el mercado de las telecomunicaciones), o que aparezcan absurdos debates que quieran restringir el acceso a este tipo de comidas como ha ocurrido en los últimos años en Estados Unidos.

Lo que requerimos los costarricenses, son más opciones, más empresas, más libertad, más fuentes de empleo y más inversión, no un estado que asfixie los planes individuales con más regulaciones e impuestos y que pretenda cuidar a los gobernados de ellos mismos. Esperamos que el 2012 este lleno de noticias como estas y no como el 2011, en donde los medios de comunicación nacional se vieron bombardeados por las pésimas ideas de políticas públicas de este gobierno.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Jumanji empresarial: el acertijo del capitalista


El capital empresarial es el ticket de entrada a las riquezas. Verdad. Después de todo, el capital empresarial conlleva cambio de valor inferior a superior para acabar satisfaciendo la demanda del consumidor. Cuanto más capital tengas, más demanda satisfarás y más dinero llegará a tu bolsillo. Sencillo.

¿Pero qué capital empresarial deberías tener? Es asombroso cómo se arrincona esta sencilla pregunta por parte de profesores universitarios y economista que hacen proselitismo sobre la necesidad de rebajar los tipos de interés para estimular la demanda empresarial. Como si invertir fuera algo insignificante, si no un sinsentido. Para el papanatas, cualquier inversión es una buena inversión.

Para el inverso real, la pregunta esencial es dónde y en qué invertir: el capital empresarial en manos erróneas es más un pasivo que un activo. Una reducción al absurdo mostrará lo que quiero decir: Pido prestados $400.000 para comprar una cosechadora John Deere 9870 STS. Desde fuera, parece que tuviera un activo de $400.000 en mi contabilidad, compensado con un aumento de $400.000 en deuda a largo plazo. Desde el interior, no hay compensación. Tengo una deuda de $400.000. No soy un granjero. No tengo ni idea de cómo emplear rentablemente la cosechadora.

Este “insignificante” asunto de la adecuación del capital que tanto molesta a los keynesianos es la misma base del éxito o fracaso en el mercado. Un granjero con suficiente terreno y suficiente densidad de trigo podría convertir la John Deere 9870 STS en una máquina de hacer dinero. En mis manos, una John Deere 9870 STS es en el mejor de los casos una violación del acuerdo de la HOA y mas probablemente un hito en el camino hacia la bancarrota.

El capital empresarial por sí solo es insuficiente para garantizar la prosperidad: el capital empresarial debe combinarse con la sagacidad emprendedora. ¿Pero qué es la sagacidad emprendedora? Puedo decir lo que no es.

Un habitante de la ciudad que compre una cosechadora y un banco que dé dinero para la compra es una tontería, hasta que se bajen las cortinas y se entiendan los motivos. ¿Qué pasaría si se generara una escasez mundial de alimentos por el grano desviado hacia el etanol subvencionado por el gobierno? ¿Qué pasaría si la Reserva Federal inundara la economía con dinero barato? ¿Qué pasaría si el lobby de la maquinaria agrícola hubiera persuadido al gobierno de que había poca inversión en maquinaria agrícola, por lo que se necesitaban rebajas de $50.000 y avales para préstamos en cosechadoras? ¿Qué pasaría si las cosechadoras se estuvieran revaluando un 14% anualmente?

Vemos el efecto dominó de malas decisiones empresarios convertidas en racionales pero bajo pretensiones falsas como las mencionadas antes: se produce demasiada inversión en cosechadoras; se contratan demasiados trabajadores para fabricar cosechadoras; demasiados especuladores principiantes compran cosechadoras; se producen demasiadas quiebras. (Sustituyamos ahora cosechadoras por casas).

Sin embargo, para los conectados políticamente, misión cumplida. Se ha producido más inversión: una cosechadora en manos de un urbanita, una clasificadora de papel en manos de un granjero, un lavadero de coches en manos de un dentista. No importa en realidad: todo es capital, capital que generó un brote de ingresos fiscales adicionales y aumentó permanentemente la marea de gasto público mientras creaba una horda de miseria para los engañados por falsas señales del mercado.

Los austriacos saben que la asignación importa y que la asignación con éxito difícilmente está asegurada, incluso cuando predomina la prudencia y la lógica.

Pensemos en el mercado bursátil: la versión original de value investing de Benjamin Graham y David Dodd, Security Analysis, escrita en 1934 revelaba que una estructura financiera conservadora junto con el aumento en dividendos y ganancias y una baja relación entre precios y ganancia es más probable que produzca resultados remunerativos. Graham y Dodd llegaban a esa conclusión después de examinar miles de informes empresariales y realizar laboriosamente la aritmética para ver dónde se encontraban las empresas.

Security Analysis ofrece una sólida base investigadora, pero es incapaz de construir la estructura real, que es más a menudo inclinada que vertical. Si Security Analysis pudiera ofrecer más que una base, la riqueza de muchos inversores se aproximaría a la del pupilo más prolífico de Ben Graham, Warren Buffett. Se han dedicado a Buffett millones de palabras (tanto hagiografías como exégesis) y nadie aún ha reproducido su éxito.

Tampoco nadie reproducirá el éxito de Buffett, porque el éxito de Buffet no es más reproducible que el éxito de Graham, que Buffett ni siquiera intentó reproducir. Los detalles exactos de la vida de Bueffett son exclusivos, sus pensamientos exactos son exclusivos. No hay dos zeitgeist similares. Si Warren Buffett hubiera nacido en 1830 o en 2030 es poco probable que reprodujera él éxito del Warren Buffett nacido en 1930.

El pasado es imposible de repetir y aún así el gobierno y la hegemonía empresarial se centran principalmente en el pasado: nadie es capaz de descifrar el futuro o lo invisible, así que a ambos les preocupa afianzar más lo que se sabe que garantiza la sobreinversión en lo que se conoce: fabricación de automóviles, banca, agricultura, energías alternativas.

Por suerte, la supervivencia a través de la búsqueda de rentas y el corporativismo acaba fracasando. Por desgracia, prolonga la agonía y aleja al capital de la asignación empresarial dirigida por el mercado y anclada a la vida real (mucha de la cual también fracasará, pero de una forma mucho menos destructiva).

En resumen, el problema es confundir probabilidad de caso y probabilidad de clase. El emprendimiento es lo primero, pero la asignación de capital a menudo se promueve como lo segundo. Los profesores universitarios obligan habitualmente a los estudiantes a realizar análisis de escenarios, lo que implica crear falsas probabilidades de éxito. Los antiguos CEO de muchas grandes empresas han llevado a muchos mandos intermedios a creer que tienen una presciencia divina sencillamente porque tuvieron una racha de buena suerte. Sus autobiografías de encargo no son solo contenedores para su autoengrandecimiento, sino de ruinosas prácticas gestoras.

En Blink: The Power of Thinking Without Thinking (Madrid: Taurus, 2005)], Malcolm Gladwell cuenta una historia del hijo de George Soros que decía: “Mi padre se sentará y te dará teorías de por qué hace esto o aquello. Pero me acuerdo viéndolo de niño y pensando: al menos la mitad de esto es una chorrada. Quiero decir, sabes que cambia su postura en el mercado o en lo que sea porque le empieza a doler la espalda”.

La cita es perspicaz (el éxito empresarial no puede atribuirse al cálculo de probabilidad de clase) pero también equívoca. Gladwell no diferencia el análisis reglamentado de los neófitos de la intuición de los profesionales expertos. Muchas decisiones intuitivas de éxito están respaldadas por años de experiencia y conocimiento, que no están documentados.

La imposibilidad de documentar y reproducir el éxito se pierde demasiado a menudo en incipientes directores, burócratas y empresarios. De hecho, cuanto más intentes copiar las acciones de un empresario de éxito, más probable es que fracases. Tiempo, circunstancias, coincidencias, tecnología, épocas que permitieron a un emprendedor acumular una fortuna no existirán para el próximo emprendedor.

No hay nada seguro, pero el emprendimiento es menos incierto cuando los empresarios siguen al mercado, no a sus manipuladores en busca de retrasos.

Mises reconocía que poseer capital no es bastante: el capital deben dirigirlo los empresarios y a los empresarios deben dirigirlos las fuerzas del mercado. Igual de importante es que no debería engañarse a los empresarios para que crean (como hacen tantos economistas, analistas, académicos, burócratas y directivos) que el éxito en los negocios está asegurado a través del análisis de la probabilidad de clase. Cada aventura empresarial es única y cada posibilidad de éxito en incuantificable.

Esto me devuelve a la pregunta de qué es la sagacidad empresarial. El éxito empresarial, más a menudo que no, es sencillamente cosa de hacer lo que no están haciendo otros y hacerlo mejor de lo que lo hacen otros: repito que hacerlo mejor que el status quo es una tautología, porque hacerlo mejor es también hacer lo que otros no hacen.

Stephen Mauzy
Mises Daily

miércoles, 4 de agosto de 2010

El tico está decidido a ser pobre


Casi el 50% votaron contra el TLC mientras el 77% de los panameños votaron a favor de endeudarse en $5.300 millones (más que la deuda pública total de Costa Rica) para mejorar el Canal y hacerse más ricos. La propuesta de Don Pepe de crear un “Distrito Financiero” y adelantarse a Panamá se bloqueó porque “era para hacer más rico a Vesco”. Los bananales del sur eran para explotar a los trabajadores y hacer más ricos a “los gringos”. Los ticos lograron sacarlos de ahí y miles de familias quedaron sin sustento. El Canal Seco también lograron obstruirlo porque iban a morir no sé cuantos chinches y alipatos.

Pero lo de Alcoa no tiene nombre. Malos ticos bloquearon esa fuente de riqueza y empleo para los costarricenses. El empleo que iba a generar esa inversión era el equivalente al de las 10 empresas industriales del país JUNTAS. Y se tuvieron que ir los muchachos de San Isidro como mojados porque no podían encontrar trabajo en la tierra que los vio nacer.

Tuve la dicha de contribuir a repatriar el cuerpo de uno de esos muchachos porque la familia se quedó sin dinero después de perder la hipoteca que no pudieron pagar porque dependía de que el muchacho, trabajando en EUA enviara los pagos. Aparecieron sus restos en un desierto de Arizona. Su dentadura confirmó que eran los de Mainor. Su padre me explicó: “No se sabe de qué murió. Seguro de hambre o de sed o tal vez de soledad”. La maldad existe y es malo quien le niega sustento al menesteroso.

Y ahora “Las Crucitas”. En el fondo, argumentan que salvar la lapa verde tiene prioridad a darle de comer a 250 familias. Y muchos ticos les creen. Ignoran la verdad de que el hombre no es el siervo de la tierra. Ni de la bauxita de P.Z., ni del oro de Las Crucitas. Ni de unos arbolitos, ni de las lapas verdes. La gente tiene que comer. “¡Ah, es que es ‘a cielo abierto’! Da furia que esa idiotez se repita como plegaria y como el TLC, cerca de la mitad de los ticos la estén creyendo. Sigue la marcha macabra hacia la pobreza.

Que vuelen. En ese proyecto se derriban unos bosques (en Costa Rica se siembran más árboles de los que se cortan) y se mueren unos pajarracos. Pues tienen alas, ¡que emigren! En P.Z. no fueron pajarracos los que tuvieron que emigrar, sino la juventud. Pero el argumento es: “¡ah, es que se extinguen y hay que preservar esas especies!”. Hace 65 millones de años cayó un asteroide en México. Después de haber dominado el planeta Tierra por 160 millones de años, el dinosaurio se extinguió. Y nada pasó. Es más, muchos biólogos opinan que eso fue lo que permitió el dominio del ser humano sobre la Tierra.

“Ah, que es a ‘cielo abierto’”. La piña también. Hay que botar arbolitos también. Es más, el suelo se mantiene completamente abierto. Además, se emplea mucho agroquímico (“lo que hace su impacto ambiental muy serio”), hay contaminación de suelos, de agua y “de ecosistemas terrestres vecinos con graves consecuencias en su flora y su fauna”. Etcétera. Pero en Colonia Naranjera en Naranjo, Alajuela, quienes eran peones cafetaleros, ahora tienen pequeñas parcelas y estos campesinos negociaron con el gigante Dole que asegurara el mercado y dieron financiamiento. Compraron más terreno, introdujeron tecnología, maquinaria, montaron una empacadora y cumplieron con las estrictas condiciones de producción y calidad de Dole. Ayer fueron peones. Hoy son productores y exportadores de piña. En Guatuso generan empleo para 400 familias y esta actividad es la principal actividad económica de la zona. La naranja también es, en parte, “a cielo abierto”. Pero, ¡que carajo!, hay virtud en la pobreza. Si no somos tan pobres, hagámonos más pobres.

Más y más Mainors abandonarán su patria. Más y más familias sufrirán la pérdida de un ser querido o la falta del pan nuestro de cada día. Pero estos cavernícolas de izquierda seguirán, ufanos, en su marcha macabra en las calles, sin encontrar oposición. Imponiendo su voluntad contra cualquier medio de enriquecimiento. ¡Qué carajo! A favor de los pajaritos, en contra de cortar unos arbolitos, de la agricultura abierta. Contra cualquier cosa siempre y cuando sea contra el progreso y a favor de que sigamos empobreciéndonos.

Jaime Gutiérrez G.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Más inversión


La endemoniada inversión extranjera ha vuelto a hacer de las suyas. El día de ayer la firma ORACLE inauguró un nuevo edificio por la suma de 600 millones de colones, en el cual se da trabajo a 150 personas.

A pesar de lo que muchos "intelectuales" nos quieren vender, este es el único camino para salir adelante. La inversión, la creación de empleo, la reducción de aranceles, la apertura de mercados, la competitividad, son la mejor ruta para alcanzar el progreso. La retórica demagógica en la que muchos nos quieren sumergir simplemente terminará ahogándonos.

jueves, 30 de julio de 2009

Lincoln Plaza


Al parecer el proyecto de desarrollar un nuevo Mall en donde se encontraba la Lincoln anteriormente sigue avanzando. En ASOJOD esperamos que este tipo de proyectos que invierten y crean nuevos empleos, sigan desarrollándose.

jueves, 10 de abril de 2008

Más y más impuestos


Los aumentos de impuestos son noticias en todas partes. Dos candidatos presidenciales en Estados Unidos expresan sus intenciones de aumentar los impuestos a quienes ganan mucho y en especial a las petroleras. En Venezuela, Hugo Chávez amenaza con altos impuestos a empresas de alimentos con “exageradas utilidades”, mientras que en ese paraíso del socialismo del siglo XXI escasean los alimentos.

Al otro lado del Atlántico, en Alemania proponen impuestos “especiales” a las transferencias de dinero a Suiza, Liechtenstein y Mónaco. En Gran Bretaña anuncian impuestos más altos a los no residentes, pero dieron marcha atrás ante protestas generalizadas. Hasta la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico) ha estado reclamando a Mónaco, Liechtenstein y a Andorra que sus tasas impositivas son “anticompetitivas”. Con eso quieren decir que son más bajas que las de los demás miembros.

Otra sorpresa es que algunos sacerdotes y políticos en Estados Unidos están citando la Biblia para justificar impuestos más altos, como si se tratara de algún precepto o mandamiento de la Iglesia.

Claro que no hay nada inmoral ni injusto en fijar impuestos bajos a personas o las empresas, pero muchos políticos y grupos interesados que quieren vivir de los demás ven las propuestas de rebajar impuestos como algo criminal. Por su parte, los europeos occidentales se han acostumbrado a que sus gobiernos les arrebaten más del 40 por ciento de los ingresos.

En Estados Unidos el impuesto federal más alto en 1913 era de 7% sobre ingresos de medio millón de dólares al año. Hoy es 35% sobre ingresos de 357.700 dólares. No sólo la tasa es mucho más alta, sino que con un dólar se compra hoy una mínima fracción de lo que entonces se podía comprar.

En su libro “La riqueza de las naciones”, Adam Smith mantenía que los impuestos son necesarios para que el gobierno cumpla con sus funciones esenciales: la defensa nacional, la seguridad personal, la administración de justicia y la infraestructura necesaria. Smith pensaba que mucho de eso podía subcontratarse a empresas privadas.

Hoy se utiliza dinero proveniente de los impuestos para todo lo que se les ocurre a los políticos, incluyendo la redistribución y la “ingeniería social”. Justifican los aumentos de impuestos para proveer servicios sociales, pero altos impuestos destruyen incentivos, por lo que la gente invierte menos y se esfuerza menos. Por otra parte, la caridad privada suele ser mucho más efectiva que la caridad gubernamental.

Además están las consecuencias negativas de altas tasas de impuestos, como el debilitamiento de los derechos de propiedad. Si el gobierno nos quita 40% de lo que es nuestro, no debe sorprendernos que otras personas quieran también despojarnos de algo. A su vez, los políticos buscan votos ofreciendo beneficios especiales a determinados grupos, fomentando la corrupción.

Esos impuestos exageradamente altos son una invitación a la evasión. Y, cuando los impuestos son altos la gente deja de invertir de la manera más efectiva y prefiere hacerlo minimizando más bien sus impuestos.

El remedio es bastante simple: tasas impositivas bajas. Ellas significan mayor respaldo al imperio de la ley, el cual es un ingrediente indispensable para el crecimiento económico. Muchas de las naciones que pertenecían a la Unión Soviética han reducido los impuestos, fijando una tasa impositiva única y baja para todos, logrando así incrementar considerablemente la recaudación total. La gente de países con bajos impuestos gasta menos en abogados y en los contadores que elaboran las declaraciones de impuestos.

Así se libera dinero para reinvertir y para hacer caridad. Cuando la gente logra retener una mayor parte de lo que gana, suele ser más generosa.


Samuel Gregg