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lunes, 23 de marzo de 2009

Tema Polémico: el logos latinoamericano


Una elección más, una victoria más para la izquierda en Latinoamérica. El fin de semana anterior el FMLN alcanzó el poder en el Salvador después de 20 años de gobierno por parte de ARENA. Podemos identificar dos tipos de izquierda dentro de Latinoamérica, una moderada y sensata preocupada por la estabilidad macroeconómica del país –como lo es Lula en Brasil y Bachelet en Chile- y otra demagógica y populista, encabezada por el megalómano Hugo Chávez. A cuál de estas dos tendencias se adherirá el gobierno de Funes sólo el tiempo lo dirá, no es nuestra intención especular al respecto en cuanto a este punto.

Después de tantas victorias electorales de la izquierda es necesario preguntarse ¿por qué tanto éxito?. En ASOJOD pensamos que este romance del electorado latinoamericano con la izquierda se debe a una profunda confusión conceptual. Muchos asocian las reformas de los 90 y lo que sucede en nuestros países con reformas de mercado, lo cual no podría estar más alejado de la verdad. Esta corrupción conceptual la encontramos en nuestro propio país, y para darse cuenta basta con leer las expresiones de Luis Paulino Vargas respecto a la “dictadura de los Arias”:


“Es neoliberal, pues, porque recoge a su interior, con notable fidelidad, las peores lacras de la globalización neoliberal que la humanidad padece hoy día. Como ésta, es un proyecto que subordina al mercado, al negocio y la ganancia, toda otra consideración. La vida incluida. Por ello es, esencialmente, un proyecto orientado a la destrucción de la vida. O sea, un proyecto de muerte.”


Analizemos un momento estas divagaciones. Según el catedrático de la UNA, Costa Rica se encuentra subordinada al mercado, ¿es acaso esto cierto? Por supuesto que no. Basta con hacer un breve repaso de las instituciones del Estado costarricenses para desmentir esta falsedad. Lo cierto es que en Costa Rica tenemos un sistema de economía mixta que de lo poco de capitalismo que tiene es el reconocimiento de la propiedad privada, la cual incluso puede ser limitada en función del “bien común” (art. 45 de la Constitución Política) ¡menudo capitalismo salvaje! Lo que sobra en nuestro país es intervencionismo estatal en la economía. En ASOJOD los invitamos a hacer un breve recorrido que demuestra nuestra afirmación: tenemos un Estado que subsidia la educación (incluso la superior), subsidia la salud (incluso el "derecho fundamental" a tener erecciones), tiene medios de comunicación (SINART), interviene en la construcción de infraestructura, ofrece servicios bancarios, de telecomunicaciones, de seguros, subsidia la vivienda, impone impuestos progresivos a la renta, impide la libre importación de arroz a los particulares, subsidia los deportes (incluso le da un salario a Nery Brenes), tiene el monopolio de la emisión de moneda, opera puertos, tiene el monopolio de los combustibles, ofrece servicios de energía y agua y así la lista podría extenderse casi hasta el infinito. Después de todo esto, en ASOJOD no podemos entender cómo alguien puede tener el descaro para decir que Costa Rica está “subordinada al mercado”.
Esta misma incomprensión de la realidad ha podido ser apreciada a lo largo de la discusión respecto a la crisis. Por supuesto no han faltado voces que han culpado al mercado de lo sucedido y celebran la muerte del capitalismo, como un profesor de la UCR, quien ha dicho:


“Tal como predijo Marx, lo que nos muestra esta crisis es el fracaso absoluto de las políticas de libre mercado para enfrentar y resolver los problemas que el mismo mercado produce. Y, como en los años 30, el capitalismo intenta salvarse recurriendo a la intervención del Estado”


¿Es esto lo que sucedió con la crisis? ¿Acaso el gobierno no promovió el acceso de vivienda, acaso el gobierno no respaldaba a instituciones como Freddie y Fannie, acaso no fue la FED la que bajo los intereses hasta niveles históricos? Y para "resolver" la crisis en Costa Rica no es nuestro Estado el que está promoviendo subsidios para desempleados, protección para trabajadores, consumo de la producción alimentaria nacional aunque sea relativamente más cara en comparación con otros países? No está pidiendo nuestro Estado que los Bancos bajen tasas de interés y que reactiven el crédito?

Este es el problema más grave que sufre Latinoamérica hoy en día. No hemos identificado las causas verdaderas de nuestros problemas, sino que se ha privilegiado el facilismo intelectual: trasladar la culpa a fantasmas inexistentes. Si queremos tener soluciones efectivas para nuestros países, lo primero que debemos hacer es rescatar el logos que nuestra región se ha encargado sistemáticamente de pervertir.

domingo, 27 de abril de 2008

Paraguay: entre la Teología de la Liberación


Se llama Fernando Lugo y transmite la imagen de una buena persona genuinamente preocupada por las calamidades que padecen sus compatriotas paraguayos. Es la primera vez que un sacerdote llega a la presidencia de un país latinoamericano. Se trata, además, de un ex obispo. ¿Cuáles son esas calamidades? Fundamentalmente, la pobreza de una buena parte de la sociedad. Paraguay es, tras Bolivia, el país más pobre de Sudamérica. Su per cápita, medido en poder adquisitivo --que es la manera más justa de calibrarlo-- apenas alcanza los cuatro mil dólares anuales. La mitad del que tiene el vecino brasilero. La tercera parte del argentino.

El señor Lugo también ha denunciado algunas de las causas de los males paraguayos. Piensa que las peores son la corrupción y el clientelismo. Probablemente acierta. De acuerdo con las mediciones de Transparencia Internacional divulgadas en 2007, Paraguay es uno de los países más corruptos del mundo. En la escala de 1 a 10, donde 10 es el más honrado y 1 el más corrupto, los pobres paraguayos sufren un índice de corrupción de 2.4. En América Latina sólo están más podridos Ecuador (2.1) y la Venezuela (2.0) de Hugo Chávez, que es la cueva de Alí Babá, pero con cuarenta mil ladrones que han cambiado los camellos por los Hummer.

En realidad, todos los análisis coinciden en el mismo melancólico diagnóstico. En Paraguay no hay rendición de cuentas, no funciona la justicia, y la calidad de la gerencia oficial y de las políticas públicas es lamentable. ¿Resultado? Un divorcio total entre la sociedad y el Estado. Ruptura que explica otro dato pavoroso: de acuerdo con el último Latinobarómetro sólo el 33% de los paraguayos cree que la democracia es la mejor forma de gobierno, mientras el 36% apoyaría sin ninguna vergüenza una aventura autoritaria.

Ese estado de frustración es la consecuencia natural de los 61 años de mal gobierno del Partido Colorado, pero sin olvidar que durante ese larguísimo periodo --que incluye los 35 años de palo y tentetieso del general Stroessner-- esta formación política recibió el apoyo de una parte sustancial del pueblo paraguayo. Incluso, en estas últimas elecciones el señor Lugo pudo ganar con el 40% de los votos porque sus rivales colorados acudieron amargamente escindidos en dos vertientes, que recibieron el 30 y el 21 respectivamente.

Los paraguayos, pues, no sólo han sido las víctimas de los malos gobernantes colorados: también han sido sus cómplices, dato que no debe escandalizarnos. Ocurre en todos los Estados donde prevalecen las relaciones clientelistas. En ellos el poder político se convierte en la gran fuente dispensadora de riquezas, privilegios, empleos públicos y prestigio social, o, por la otra punta, deviene en la mano dura que castiga, despoja o persigue cruelmente a sus adversarios. Por eso los gobiernos clientelistas (pregúntenles a los argentinos por el peronismo) tienen tantos partidarios.

Lamentablemente, el presidente Lugo, tan certero en la identificación de los males que aquejan al país, se propone corregirlos con las ideas equivocadas. Se ha declarado seguidor de la Teología de la Liberación, una disparatada receta económica y filosófica puesta en circulación en 1971 por el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez. ¿Quién era este autor? Un buen hombre, poco educado en cuestiones económicas, que le atribuía la pobreza de los latinoamericanos a la perfidia del capitalismo y a los designios malvados de las naciones prósperas del mundo desarrollado, centro sin entrañas que le había asignado a las sociedades de la periferia el triste papel de suministradoras de materias primas, un perverso atropello que justificaba el recurso a la insurrección y explicaba la admiración de Gutiérrez y sus seguidores por la dictadura cubana y por la violencia revolucionaria guevarista.

Es una lástima que D. Fernando Lugo haya optado por Gustavo Gutiérrez, tan absolutamente descaminado, en lugar de leer con cuidado al teólogo católico americano Michael Novak, consejero de Juan Pablo II y autor de El espíritu del capitalismo democrático. Es triste que haya perdido inútilmente su tiempo con la Teoría de la Dependencia (el absurdo conceptual detrás de la Teología de la liberación), en vez de acercarse a otro sacerdote realmente ilustrado, al padre Robert Sirico, quien desde su Acton Institute, en Michigan, dedica todas sus energías a educar a los sacerdotes y creyentes católicos en los elementos básicos de la economía moderna, para que no diseminen disparates que agraven los enormes problemas que padecen los pobres a los que, paradójicamente, pretenden ayudar.

Ahora que el ex obispo Lugo está a punto de convertirse en presidente es bueno que medite sobre la responsabilidad que ha contraído. Es verdad que los colorados gobernaron rematadamente mal durante muchas décadas, pero si él toma el camino equivocado inevitablemente va a empeorar la existencia de sus compatriotas. Un desenlace imperdonable para alguien que se ha pasado la vida predicando sinceramente la importancia de la compasión.

Carlos Alberto Montaner

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Argentina: Cuatro años y medio en un cono de sombra


El balance del “estilo K” de gestión resulta desalentador en todos los aspectos: social, económico, político e internacional.

Luego de cuatro años y medio, Néstor Kirchner deja la presidencia y todavía queda el interrogante sobre si lo que viene podrá definirse con la fórmula “Cristina al gobierno, Néstor al poder”. Por supuesto que el matrimonio niega tal posibilidad, pero todos perciben que algo parecido al viejo “Cámpora al gobierno, Perón al poder” pueda reeditarse. En todo caso, poca importancia tiene, dado que difícilmente Cristina Fernández de Kirchner se aparte demasiado del rumbo marcado por su marido durante su gestión.

¿Qué nos deja Kirchner luego de haber llegado al gobierno con solamente el 22% de los votos?

Estos cuatro años y medio se han caracterizado por una forma de ejercer el poder que los medios bautizaron como “estilo K”. ¿En qué consistió el “estilo K”? En mostrar permanentemente una actitud agresiva, intolerante y descortés hacia todo aquellos que no pensaban como el presidente. Así, la Argentina vivió un estado de irritación permanente.

De igual forma, el “estilo K” pretendió imponer respeto mediante una actitud prepotente. Kirchner no se ganó el respeto por medio de sus ideas, sus políticas públicas o su accionar, sino que utilizó la agresión verbal como medio de intimidación. Ni siquiera logró, como logran muchos políticos populistas, recibir el aprecio de la gente. Juan Domingo Perón no fue un modelo de estadista, sino un típico político populista, aunque tenía un carisma que, así como generaba odios, también producía simpatías en muchos sectores de la sociedad. No fue ése el caso de Kirchner. En ningún momento sus políticas populistas generaron una corriente de simpatía hacia su persona, ni siquiera de aquellos que se beneficiaron con las mismas.

Por otra parte, estos cuatro años y medio tuvieron varias características sobresalientes. Una de ellas consistió en reabrir las heridas de los 70 impulsando deliberadamente una visión distorsionada de aquellos años. Fue un tema sobre el que se volvió permanentemente.

Como un chico con un juguete nuevo, Kirchner utilizó el poder para perseguir a las Fuerzas Armadas y de Seguridad por lo ocurrido 30 años atrás. La falta de un verdadero espíritu de justicia se verifica en un simple hecho: en ningún momento de su mandato se le escuchó al presidente pronunciar un solo párrafo contra el terrorismo de Estado importado desde Cuba que imperó en los 70, nunca emitió un juicio condenatorio de los asesinatos y secuestros que perpetraron los terroristas financiados y entrenados en Cuba y Libia. Por el contrario, se abrazó y financió a Hebe de Bonafini, una mujer que festejó los ataques a las Torres Gemelas en los que murieron miles de inocentes, apoyó el terrorismo de ETA y dijo que en el Museo de la Memoria había que exhibir las armas que habían utilizado los terroristas.

Tal fue el grado de desprecio a la verdad histórica que Kirchner ni siquiera denunció a los terroristas que intentaron tomar el poder por la fuerza de los fusiles para establecer una dictadura al estilo cubano cuando Perón todavía era presidente y luego continuaron con los ataques cuando Isabel Perón estaba el frente del Ejecutivo. No sólo no los denunció por levantarse contra el orden constitucional, sino que, además, a principios de 2007 intentó enjuiciar a Isabelita por los crímenes de la Triple A, tentativa que quedó en la nada cuando algunos dirigentes sindicales rápidamente advirtieron: con Perón no se jode.

La mentira compulsiva constituyó otra de las características de estos cuatro años y medio. Basta recordar el famoso cassette que se iba a dar a conocer para descubrir a los responsables del atentado de la AMIA, que nunca apareció y del que después se desmintió que se hubiese dicho que existía. O los memorables 30.000 millones de dólares de inversiones chinas que nunca llegaron, los índices del INDEC truchados, la información fiscal distorsionada, la negación de la existencia de una crisis energética que está a la vista de todo el mundo y tantos otros hechos que, por momentos, parecieron mostrar a la mentira como el único discurso posible.

En lo económico, las características del kirchnersimo consistieron en resucitar la inflación, el estatismo, las regulaciones y los controles de precios, lo que retrotrajo a la Argentina a sus peores momentos y cuyas consecuencias ya comienzan a pagarse. Los aumentos de precios y tarifas que comenzaron a verse inmediatamente después de las elecciones del 28 de octubre son apenas una muestra de lo que está por venir como consecuencia de lo que se hizo durante cuatro años y medio.

Aislar económicamente a la Argentina del mundo cerrando las importaciones y limitando las exportaciones fue otra muestra de una política anclada en el pasado, que ningún país exitoso ha aplicado. Otros errores que ayudaron, asimismo, a alejarnos del escenario mundial fueron la alianza con el autocrático e intolerante Hugo Chávez, quien pretende volver a levantar el Muro de Berlín después de 16 años de su caída, y el innecesario conflicto con nuestros hermanos uruguayos.

Lejos de buscar la concordia y la paz entre los argentinos, Kirchner utilizó el atril para, mediante encendidos discursos, producir enfrentamientos en la sociedad. Algunas frases memorables fueron: “La oligarquía vacuna quiere lucrar con el hambre de los argentinos”, “los datos del INDEC sobre inflación son ciertos, pero hay algunos vivos que pretenden lucrar con los bonos ajustables por CER”, “las privatizadas ganaron mucho en los 90 y ahora tienen que ganar menos” y “no les tengo miedo” (esta última, pronunciada durante un acto en presencia de miembros de las Fuerzas Armadas que, en algunos casos, ni habían nacido en 1976).

El periodismo, la Iglesia Católica, economistas independientes y muchos otros sectores también fueron blancos de los dardos de un Kirchner permanentemente agresivo.

Ayudado por una circunstancia económica excepcional y aplicando impuestos altamente distorsivos, el presidente armó una caja que le permitió comportarse en forma intolerante a cambio de un televisor de plasma o algún fondo para una intendencia.

Nuestro país está inmerso en un cono de sombras del cual solo podrá salir cuando se ponga en funcionamiento en serio el sistema económico y, al mismo tiempo, el sillón de Rivadavia lo ocupe alguien que deje de lado los odios y resentimientos para, en base a la concordia y el respeto, poner todos sus sentidos y empeño en construir una Argentina para el futuro.

Por Ricardo Cachanosky

sábado, 24 de noviembre de 2007

Financiación de campañas políticas


Cada vez aparece más acalorado y generalizado el debate sobre la necesidad de imponer límites a las donaciones particulares a partidos políticos. Se argumenta que, de no procederse en consecuencia, se facilita un permanente intercambio incestuoso de favores que destruye los principios democráticos.

Consciente o inconscientemente, tras esta máscara argumental se oculta una amenaza a la libertad de prensa y a los derechos de propiedad. La facultad de expresar ideas requiere de financiación y si ésta se limita queda cercenada aquella posibilidad. Del mismo modo que se amputaría la libertad de prensa si se reglamentara la facultad a periódicos, televisión o la radio de expresar las ideas que consideran pertinentes en base a la financiación de sus anunciadores. La publicidad en su conjunto también suele criticarse porque influye sobre la opinión pública, haciendo que la gente compre lo que no necesita (solo los denunciadores tendrían la suficiente inteligencia para percibir el desacierto).

En esta misma línea de pensamiento se sostiene que sería más “neutro” que las campañas políticas se financien con aportes del aparato estatal, sin percibir la grave lesión al derecho de los contribuyentes al estar compelidos a hacerse cargo de la divulgación de ideas que no comparten.

En esta instancia del proceso de evolución cultural, el vínculo incestuoso entre algunos gobernantes y ciertos empresarios debe corregirse y evitarse a través de sólidos marcos institucionales que imposibiliten el otorgamiento de privilegios, pero nunca bloquear la fundamentalísima libertad de expresión en sus múltiples manifestaciones.

Aludimos a esta instancia del proceso de evolución cultural porque la sociedad abierta es un proceso en permanente ebullición. Nunca está todo dicho. No hay últimas palabras. Como bien ha dicho Ernst Cassirer, “Yo no dudo que las generaciones posteriores, mirando atrás hacia muchos de nuestros sistemas políticos, tendrán la misma impresión que un astrónomo moderno cuando estudia un libro de astrología o un químico moderno cuando estudia un tratado de alquimia”. Por su parte, Popper explica que los conocimientos son siempre corroboraciones provisorias sujetas a posibles refutaciones.

Como ya se insinúa, en el futuro habrán mecanismos e incentivos que imposibiliten con más firmeza la acción depredadora de politicastros y pseudoempresarios que explotan a sus congéneres a través de mercados cautivos que obtienen por los arreglos realizados en las sombras de los despachos oficiales. Pero en la actualidad, en nuestro contexto y tal como están las cosas, no puede enmendarse un problema creando otros más graves, en lugar de reforzar instituciones compatibles con una sociedad de hombres libres.

Por Alberto Benegas Lynch

sábado, 10 de noviembre de 2007

Guatemala: Una elección diferente


La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Guatemala ha servido para confirmar que el país no participa de la ola de populismos radicales que sumerge a varias naciones de la América Latina y que tampoco existe allí el clima de pugnacidad que es frecuente encontrar en la región. Con dos candidatos que en definitiva eran bastante moderados y con un proceso electoral limpio y muy poco objetado, Guatemala se sigue apartando en los hechos de la imagen de violencia e intolerancia a la que todavía algunos la asocian en el extranjero.

Alvaro Colom, el candidato triunfante, construyó en los últimos diez años una organización partidaria sólida y amplia, en un país donde los partidos políticos suelen ser bastante efímeros y poco definidos ideológicamente. Situado en la izquierda moderada, y con amplio apoyo en el interior rural del país, Colom logró vencer por un margen bastante reducido (53% contra 47%) a Otto Pérez Molina, un general retirado que enarboló como eje de su campaña la lucha por la seguridad y se identificó con el eslogan “Mano Dura”. Pérez tuvo un buen desempeño en las urnas, en todo caso, ampliando considerablemente la votación que obtuviera en la primera vuelta y ganando con 65% la elección en la capital, pero tres factores le impidieron triunfar: por una parte, su falta de propuestas concretas y de un mensaje más definido no lograron entusiasmar al electorado de centro derecha que en la primera vuelta había votado por la coalición de gobierno y por Eduardo Suger; por otra parte, no pudo disipar los temores que se asocian a su condición de militar retirado y que pesaron decisivamente en la actitud de muchos ciudadanos más inclinados hacia la centro izquierda; y, por último, la abstención lo perjudicó.

Sólo un 47,4% de los empadronados concurrió a las urnas, porcentaje bastante bajo que, sin embargo, resulta en realidad algo engañoso. Porque una gran proporción de los guatemaltecos que han emigrado a los Estados Unidos, y que son más de un millón, todavía aparecen en los registros electorales, y porque muchos electores —como siempre sucede— se abstuvieron de concurrir a las urnas ya sea por estar más interesados en las elecciones locales que se efectuaron hace casi dos meses o porque no encontraron una oferta convincente en los dos candidatos que concurrían a esta segunda vuelta.

La campaña fue áspera, plagada de insultos y denuncias, aunque sería exagerado calificarla de violenta. Pero luego todo cambió; Guatemala puede mostrar al mundo un proceso electoral que en muchos sentidos puede considerarse como ejemplar: tanto la votación en sí como el proceso de conteo de los votos fueron limpios y transparentes, los resultados estuvieron disponibles apenas a tres horas de cerradas las urnas y, muy poco después, el candidato derrotado aceptó con gallardía la victoria de su oponente. El presidente electo, por su parte, hizo de inmediato declaraciones muy moderadas, afirmando: “a partir de hoy soy presidente de una elección y no secretario de un partido político”, mientras llamaba a un gran acuerdo nacional que le permita gobernar con todos los sectores del país. Esperemos que estos buenos augurios se vayan concretando en los próximos meses y que Guatemala pueda enfrentar con mejores políticas la lucha contra la inseguridad y tomar las medidas que necesita para acelerar su crecimiento económico.

Por Carlos Sabino

martes, 30 de octubre de 2007

Los Kirchner y la maldición de entrar por la ventana


Ahora que se ha confirmado que no habrá segunda vuelta y que Cristina Fernández de Kirchner es la nueva presidenta electa de la Argentina, comienza el momento de tener que lidiar con la inflación, la crisis energética, las demandas salariales, la falta de inversiones, la inseguridad y demás problemas acumulados. Esperemos que sabiendo lo que falta, realmente sepa cómo hacerlo.

Comienzo a escribir esta nota a las 00:23 del lunes 29 y recién están contabilizadas el 38,54% de las mesas. Sin tener ni por casualidad estos escasos datos, Cristina Kirchner salió a declararse ganadora. Este solo dato muestra el grado de imprudencia con que se sigue manejando el oficialismo. Es más, en este momento la estratégica Provincia de Buenos Aires tiene cargados sólo el 11,17% de los datos y la Capital Federal muestra solamente el 26,31% de las mesas. Salvo que se tenga una certeza de los datos basada en actos no muy transparentes, a nadie se le hubiese ocurrido salir a decir que ya era el ganador. Pero bueno, si se truchan los datos de inflación, los números fiscales, de actividad económica y demás indicadores, ¿por qué no truchar una información que hace al manejo del poder? Dicho de otra manera, todavía se estaba votando y ya se habían declarado ganadores. Toda una curiosidad.

En lo formal, este fue el peor acto electoral desde 1983. Faltaban presidentes de mesas, se robaban las boletas de los partidos opositores, no se cargaban los datos en tiempo y hubo interminables colas para votar. En fin, algo propio de un país que se ríe de la democracia republicana y en el cual todo vale para mantener el poder.

¿Qué hicimos ayer los argentinos? Lejos de llevar a cabo un acto de democracia republicana, nos limitamos a emitir un voto, bajo un sistema trucho, para elegir a alguien que, dada la ausencia de límites al poder, va a manejarse de la misma forma que se manejaban las monarquías absolutistas.

Pero lo curioso de la Argentina es que la gente va y vota un día cada tanto para elegir autoridades, pero luego vota todos los días a través del mercado, ingresando o fugando capitales, huyendo de la moneda o reteniéndola dependiendo de las expectativas inflacionarias, invirtiendo o consumiendo su stock de capital. En definitiva, un día puede darle el voto a alguien y al día siguiente quitárselo en los hechos. En otros términos, ganar una elección no es el problema. El problema es mantenerse en el poder con políticas económicas inconsistentes. De esto pueden dar fe tanto Alfonsín como De la Rúa.

En lo que hace a los resultados, haber tenido un escaso 44% de los votos muestra una performance bastante pobre considerando que han aumentado el gasto público un 50% en el año sin ningún tipo de control, distorsionado los precios relativos hasta la locura y mantenido las tarifas de los servicios públicos en base a subsidios. En definitiva, han dispuesto de los fondos públicos a su antojo y no lograron superar el 50% de adhesiones de los votantes o si se prefiere, aún con todo este manejo económico, tuvieron en contra al 56 o 57 por ciento de la población.

Quiero suponer que más allá de la audacia para declararse ganadora antes de tener un mínimo de información, Cristina Kirchner debe haber tomado debida nota de la pobre elección que logró. Puede disfrazar el resultado marcando la diferencia con el segundo, pero en su fuero íntimo sabe que la mayoría de la población no la acompañó y que, en ese contexto de mayoría en contra, tendrá que lidiar con la herencia que le dejó su marido.

Mientras todo este simulacro de democracia ocurre, en muchas estaciones de servicio sube el precio de los combustibles y no se aceptan tarjetas de crédito para pagar la nafta. Las dos caras de la Argentina. Una la de la lucha por mantener el poder a toda costa. Otra, la realidad de todos los días que debe afrontar cada uno de nosotros.

El oficialismo utilizó todas las herramientas que tuvo a su disposición para obtener la primera minoría, zafar de la segunda vuelta y seguir en gobernando.

Viene ahora el momento de tener que lidiar con la inflación, la crisis energética, las demandas salariales, la falta de inversiones, la inseguridad y demás problemas.

A Isabel Perón la salvaron los militares en 1976. Esa posibilidad no existe para Cristina Kirchner. ¿Quién la salvará de la herencia que le dejó su marido?

Como dato a considerar, Cristina Kirchner ganó las elecciones con el menor porcentaje que obtuvieron todos sus antecesores desde 1983. Es decir, hasta ahora todos los presidentes electos, salvo su marido, sacaron porcentajes significativamente mayores que ella. Pareciera ser que para los Kirchner es imposible romper la maldición de tener que entrar por la ventana a la Casa Rosada, porque ni el 44% está confirmado. A medida que se van cargando más datos CFK sigue bajando hacia el 43% alejándose del 46% del boca de urna que le daban los medios a las 19:00 horas y sobre el cual todos los analistas hacían sus análisis para decir que con semejante porcentaje era imposible que hubiese habido fraude.

En síntesis: Se terminó el show, Cristina festejó y ahora llega el momento de tener que enfrentar la cruda realidad.

Por Roberto Cachanosky