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lunes, 3 de agosto de 2009

Tema polémico: Chávez y la libertad


En ASOJOD hemos escrito, en reiteradas ocasiones, fuertes críticas contra Hugo Chávez, puesto que repudiamos su absurdo proyecto del "Socialismo del Siglo XXI", en tanto, como toda forma de colectivismo, representa un atropello a los valores de la libertad, la propiedad privada y el individualismo.

Una vez más, mediante este Tema polémico, nos vemos en la necesidad de denunciar lo que muchos "demócratas" costarricenses y latinoamericanos son incapaces de ver: que el teniente-coronel está formando un gobierno totalitario que a punta de petrodólares y populismo, terminará por eliminar a todo aquel que se le ponga en el camino. Pruebas de la dictadura chavista abundan: los reiterados intentos por diseñar una Constitución a la medida, la permanencia casi de por vida que pretende en el poder, los constantes atropellos a la propiedad privada mediante nacionalizaciones y las nada positivas restricciones a la libertad de expresión, como lo demuestra la no renovación de la concesión a Radio Caracacas TV en 2007.

Por si fuera poco, recientemente se anunció que el gobierno bolivariano de Venezuela implementó una serie de medidas para sacar del aire a 34 emisoras de radio y televisión, al tiempo que anunció que 200 más están en peligro, pues se estudia la posibilidad de emitir una nueva ley que castiga como "delito mediático" el "abuso de la libertad de expresión".

Para ASOJOD, esta actitud no sólo merece todo el repudio posible, sino que además, es una manifestación clara del despotismo y la intolerancia, del totalitarismo y la irracionalidad que estos verdaderos payasos bolivarianos están pretendiendo implementar a lo largo del continente. Hoy es Hugo Chávez, pero mañana pueden ser los Correa, los Ortega, los Humala, los Morales y, aunque en Costa Rica aún no ha despuntado una figura de tal calibre, nada impide que aparezca uno de ellos. Ya hay varios candidatos a ocupar tan nefasto pueblo: podemos mencionar a José Merino, Eugenio Trejos, Mariano Figueres, Rolando Araya, Fabio Chávez y algunos otros.

Hay que tener mucho cuidado con este tipo de gente que pretende planificar la vida de los individuos mediante el uso de unos para cumplir los fines de otros. Hemos de recordar que, en la historia de la humanidad, el único parangón de esta situación es el esclavo, es decir, alguien que trabaja para que otros disfruten de los réditos, pero que no recibe nada a cambio de sus servicios. Lo más preocupante de todo es que los diferentes pueblos latinoamericanos van en esa dirección, aunque los "intelectuales" criollos se nieguen a verlo y más bien defiendan que bajo ese tipo de gobiernos se alcanzará el paraíso de la prosperidad y la libertad.

Ya Orwell nos avisó, en su novela 1984, lo que podría pasar en un régimen tiránico cuando el "caudillo" llega a acabar, incluso, con la libertad de expresión y pensamiento. Así las cosas, el cierre de emisoras y canales que se atreven a criticar a Chávez, muestra su verdadera cara: la de un dictador que no está dispuesto a escuchar ni a pensar, que ocupa la fuerza como su herramienta de gobierno, que procura, a toda costa, acabar con aquel que ose a interponerse en su camino. Y esta es una advertencia que aplica no sólo a los venezolanos (que quizá ya poco puedan hacer), sino a todos los latinoamericanos y, en especial, a los costarricenses, principalmente a aquellos que creen que nuestro país está inmune a este tipo de enfermedades políticas y que, todavía, se pasan vanagloriando de aquel desafortunado epíteto de "Suiza centroamericana".

La libertad entra por rendijas, pero también se escapa por ellas. Conforme los políticos de turno sigan implementando programas de solidaridad forzada, limitaciones a la libertad, imposiciones del "bienestar general" sobre el individual, se abren espacios para que, un día (quizá no tan lejano) los colectivistas triunfen definitivamente.

martes, 21 de julio de 2009

Liberalismo aplicado: las ideas estúpidas que no se ven


Algunas compañías norteamericanas han sido acusadas de explotar a los trabajadores del Tercer Mundo: les pagarían poco y les ofrecerían unas pésimas condiciones laborales. Una de ellas, dicen, paga a quienes trabajan en su fábrica de Camboya tres dólares diarios.

¿Acaso esta gente se piensa que los camboyanos que optaron por escoger ese trabajo tenían una alternativa mejor, salarialmente hablando, pero que, como son idiotas, se decantaron por el peor remunerado? Me juego lo que sea a que esos tres dólares diarios eran, de lejos, la mejor alternativa que se les presentaba.

¿Piensa usted que ofrecer a un trabajador el mejor salario de entre los que están a su alcance es positivo para él? Si es que sí, ¿le parece apropiado denominar "explotación" a una situación que representa, de hecho, una mejora para esa persona? Si las campañas de los denunciadores consiguen que la firma de la que hablamos abandone Camboya, ¿se verá perjudicado nuestro trabajador?

A menudo se dice que Estados Unidos comercia con Japón, pero ¿es eso cierto? ¿Quiénes con los agentes comerciales: el Congreso de EEUU, el Presidente, el Parlamento japonés, el premier? ¿No serán, más bien, los individuos y compañías de uno y otro país los que se dan al intercambio comercial?

Cuando compré mi Lexus, ¿con quién traté, con el Congreso norteamericano, la Dieta japonesa o con Toyota y sus intermediarios? Si cometemos el error de concebir el comercio internacional como algo que se ventila entre los distintos Gobiernos del mundo, entonces concluiremos que la última palabra en este punto la tienen los votantes. Pero ¿quién tiene la última palabra cuando un norteamericano establece un intercambio pacífico y voluntario con un japonés, un coreano, un británico, un chino u otro norteamericano?

¿Cuántas veces hemos escuchado eso de "con tal de que salve una sola vida, merece la pena"? De ahí que merezca la pena imponer leyes que obliguen a los ciclistas a llevar casco, y el cinturón a todos los ocupantes de un vehículo, o a colocar cierres a prueba de niños en los frascos de medicinas.

A los buenos economistas se les revuelve el estómago cuando se topan con semejante declaración, porque sólo tiene en cuenta las ventajas de una medida e ignora sus costes y desventajas. Si sólo tenemos en cuenta las ventajas, casi todo "merece la pena", porque casi todo reporta algún beneficio.

Según la National Highway Traffic Safety Administration, en 2005 murieron en nuestras carreteras 43.443 personas. Si el Congreso fijase el límite de velocidad en 20 km/h, cada año salvaríamos miles de vidas. En este punto, puede que usted tenga ganas de espetarme: "¡Williams, eso sería estúpido, y nada práctico!". En ese caso, yo le respondería: "Sí, pero mire la de vidas que se salvarían".

El caso es que, ciertamente, resultaría ridículo y poco práctico obligar al personal a circular a 20 km/h para evitar que los accidentes de tráfico sigan cobrando miles de vidas. Por supuesto, calificar de "estúpida" y "poco práctica" una hipotética "Ley de los Veinte por Hora" es una manera socialmente más aceptable de decir que el número de vidas que se salvarían no compensaría los costes e inconvenientes que conllevaría su aplicación.

¿Y qué me dicen de los profesores e investigadores que hablan del "círculo vicioso de pobreza" que padece el Tercer Mundo? Esta gente piensa que los pobres son demasiado pobres como para dejar de serlo. Así pues, no pueden acometer inversiones de capital. Y como no pueden invertir, no pueden emprender el camino al desarrollo. Lo dicho: están condenados a ser pobres.

De acuerdo con los postulados de esta gente, sólo la ayuda externa puede romper el "círculo vicioso de la pobreza". El problema que tiene semejante teoría es que... no hay por dónde cogerla. Porque, para ser cierta, necesita que todos los países sean y hayan sido pobres. Todo el mundo, incluido EEUU, ha sido pobre en algún momento. Si no hay manera de escapar de la pobreza, ¿cómo se las han apañado los que, mira por dónde, han logrado escapar de la pobreza?

Definitivamente, hay ideas estúpidas que producen resultados absurdos. Y estas ideas estúpidas tienen un común denominador: tratan de limitar la libertad. Esto es lo que los "intelectuales" de nuestros tiempos nunca ven.