Mostrando las entradas con la etiqueta valor. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta valor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de julio de 2009

A favor y en contra del mercado


Para entrar en este tema, primero es menester explicar que significa el mercado. En primer lugar digamos que es una expresión que simplifica o resume el hecho de millones de arreglos contractuales. El mercado en este sentido no es un lugar sino un proceso que trasmite información por su naturaleza fraccionada y diseminada a través del sistema de precios y basado en la institución de la propiedad privada. Esto último implica el uso y la disposición de lo propio, lo cual, en las transacciones, da lugar a los precios. Sin propiedad no hay precios y, por ende, no resulta posible la contabilidad, la evaluación de proyectos ni el cálculo económico en general. No habría respuesta posible si en un lugar donde no hay propiedad privada si preguntara de que conviene construir los caminos con oro o con cemento. Una de las razones centrales de la caída del muro de la vergüenza en Berlín fue precisamente el caos que necesariamente provoca un sistema sin precios. A su turno, la propiedad privada resulta indispensable para signar los siempre escasos factores productivos: quien acierta en los gustos de su prójimo obtiene ganancias y quien se equivoca incurre en quebrantos. El cuadro de resultados va mostrando donde es más eficiente la administración de aquellos factores escasos. Si los bienes crecieran en los árboles y hubiera para todos todo lo que requiere, no habría necesidad de aquella institución.

Ahora bien, este proceso de mercado coordina los referidos millones de arreglos contractuales. Como bien lo ha ilustrado John Stossel, para que pueda existir un trozo de carne en la góndola del supermercado son necesarias muchísimas operaciones que son guiadas a través del antes mencionado sistema de precios. Mirando para atrás, imaginemos los agrimensores en el campo, las empresas inmobiliarias, los alambrados y las empresas de alambrado con sus transportes, cartas de crédito, empleados, edificios, etc., los peones que recorren el campo a caballo, la crianza de caballos, la producción de monturas y riendas, los fertilizantes y plaguicidas, los tractores, las cosechadoras y todo lo que significa su producción tanto horizontal como verticalmente, los vacunos, los frigoríficos y tantos mecanismos de producción donde en cada segmento cada hombre en el sitio está usando sus particularísimos conocimientos sin prestar atención al trozo de carne ni al supermercado que también requiere administración y asignación de recursos. Estos ejemplos implican un haz de innumerables contratos y sapiencia que no está en ninguna mente en particular sino dispersa y fraccionada. Por ello es que cuando los megalómanos del poder pretenden “planificar” todo se desmorona: se trata de un problema de ignorancia que no es posible vencer ni con el almacenamiento más extraordinario en ordenadores puesto que sencillamente la información no se encuentra disponible ex ante.

Entonces, el mercado es un mecanismo neutro moralmente que trasmite lo que la gente demanda. Esto no quiere decir en modo alguno que se deba estar de acuerdo con lo que se reclama, por ejemplo, sadismo sexual, drogas alucinógenas para usos no medicinales o ideas socialistas. El funcionamiento del mercado no requiere que todos acepten la estructura axiológica de las mayorías. Si se considera que se venden novelas o música de mala calidad no quiere decir que no se escriban otras novelas o se produzca otra música considerada mejor. Lo mismo va para el mercado de ideas: que la mayoría muestre sus preferencias por el totalitarismo socialista no significa que otros no puedan contrarrestar esa tendencia, entre otras cosas, para preservar el funcionamiento del mercado ya que, por definición, el totalitarismo en el poder acabará con el puesto que desconoce los derechos de las personas entre las que se cuenta de disponer del fruto del trabajo, es decir, de propiedad.

En esos casos, podrá aparecer a simple vista la paradoja de que debe navegarse contra el mercado al efecto de preservar el mercado. Sin embargo, no es así. No es contra el mercado sino dentro del mercado que se intenta neutralizar las ideas (o en otro caso los bienes) para que pueda seguir funcionando ese mecanismo. Este es el sentido de todas las instituciones educativas y centros de divulgación que hoy se esfuerzan por explicar las ventajas y las virtudes de la sociedad abierta.

Se podrá preguntar para que se quiere el mercado como expresión de los deseos y reclamos de otros si cuando se expide se lo intenta neutralizar. Pero es que en esta neutralización parcial o total estriba la competencia que es parte fundamental del mercado. Reiteramos, lo que muchos demandan no quiere decir que deba ser compartido por todos y si no lo es a éstos les asiste el pleno derecho de ofrecer otras cosas e ideas que compiten con las primeras.
La inmensa mayoría de las cosas que hacemos diariamente implican contratos, de lo cual no se desprende para nada que las personas ajenas al convenio coincidan con las preferencias de las partes. Cada uno hace sus contratos, lo cual permite diversidad de bienes y de ideas. Cuando nos levantamos a la mañana y tomamos el desayuno están presentes los contratos de compra-venta (del microondas, la heladera, la tostadora, la mermelada, los cereales, etc.), cuando salimos a trabajar y tomamos un taxi y dejamos los hijos en el colegio están presentes los contratos de transporte y de enseñanza, cuando vamos al trabajo hay un contrato laboral, enviamos a la secretaria a hacer trámites hay mandato o gestión de negocios y si es para un depósito en el banco (contrato de depósito), se establece un nuevo emprendimiento con socios (contrato de sociedad), invitamos a colegas a almorzar (contrato de donación), alquilamos una oficina (contrato de locación) etc., etc.

Todos los contratos a su vez significan la existencia de la institución de la propiedad y los precios correspondientes. Cuando los gobiernos interfieren en el mercado los precios resultantes no expresan las valoraciones de las partes y, consecuentemente, transmiten señales falseadas que provocan operaciones equivocadas y malguiadas que no aprovechan la estructura de capital, lo cual redunda en menores salarios e ingresos para la gente puesto que las tasas de capitalización son la única fuente de aquellas entradas. No es que necesariamente haya maldad en el gobernante, es que inexorablemente hay ignorancia de cualquiera que se arrogue la facultad de coordinar las mencionadas millones de operaciones que se suceden en base a información y conocimiento disperso y que incluso no pocas veces el propio operador en el sitio no la puede articular porque es conocimiento tácito tal como ha explicado Michael Polanyi.

En todo caso, queremos resaltar en estas líneas que lo que aparentemente es la contradicción de ir contra el mercado para fortalecerlo no es más que ofrecer dentro del mercado otros productos o ideas en competencia y si se trata de contrarrestar los principios socialistas se trata de permitir que subsista ese mecanismo trasmisor de información que denominamos mercado.

Siempre, en la medida en que se lo ha dejado funcionar, el mercado es el proceso de asignación de los siempre escasos factores productivos que permite consolidar la buena marcha de la economía o, en su caso, rectificar rumbos en la buena dirección. Un ejemplo de esto último ha sido la crisis del treinta, iniciada por el estatismo de Hoover y acentuada en grado superlativo por el Leviatán fabricado por Roosevelt, cuyos efectos devastadores se disimularon (principalmente la desocupación mayúscula debida a los decretos de salarios mínimos en momentos en que la crisis consumía las tasas de capitalización), esta cosmética fue debida a las doce millones de personas empleadas en las Fuerzas Armadas para combatir en la Segunda Guerra Mundial. Pero el fenómeno comenzó a revertirse cuando, muerto Roosevelt, Truman —a regañadientes— despidió a socialistas extremos en el gabinete (tales como los muy influyentes Harold LeClaire Ickes y Henry Agard Wallace) reemplazándolos por funcionarios más razonables, eliminó los controles de precios, decretó el final de la “economía de guerra” y, por ende, liberó recursos para emplearse en actividades rentables, se atenuó sensiblemente la política irresponsable de la Reserva Federal (marcas en alguna medida mejoradas por Eisenhower), al tiempo que los lamentables destrozos en las economías de Europa y Japón tornaron súbitamente a Estados Unidos en altamente competitivo en muy diversos rubros, a lo que debe agregarse la relativa apertura de las fronteras en la posguerra lo cual facilitó grandemente el comercio.

En resumen, como queda expresado, el mercado es una institución que permite conocer las valoraciones de la gente y asignar eficientemente los recursos disponibles a través de la coordinación del conocimiento, necesariamente disperso y fraccionado. Cuando se desarrollan actividades y se producen bienes distintos y hasta opuestos a los que se ponen de manifiesto en el presente, no se está operando en contra del mercado sino dentro de ese proceso, en competencia con aquellas exteriorizaciones.

Alberto Benegas Lynch

martes, 16 de junio de 2009

Discusiones sobre "justicia social"


En los últimos días, la prensa deportiva se ha deleitado con los sonados fichajes de Kaká y Cristiano Ronaldo por el Real Madrid, por los cuales el club español ha pagado la friolera de US$227 millones aproximadamente. Las críticas no han tardado en llegar contra estas operaciones: ya han salido diciendo que es injusto que se gaste tanto dinero en futbolistas y que con esos dólares podrían construirse miles de casas, alimentar y educar a millones de niños, emplear a miles de personas que han perdido su trabajo por la crisis financiera, etc. El eco de la "justicia social" ya resuena alrededor del mundo considerando injusto que se use el dinero en cosas que no son "políticamente correctas".

En ASOJOD hemos criticado en reiteradas ocasiones ese tipo de comentarios con tufo redistribucionista, que pretenden hacer creer que hay una estructura de valor universal, de forma tal que todos tengan que valorar las mismas situaciones de igual manera: ¿qué le importa a los demás cómo se gaste un dinero que no les pertenece? ¿Por qué se desea que las personas inviertan sus recursos en arreglo a fines y objetivos que no le son propios?

Estamos cansados de oir, una y otra vez, el argumento de las casas, niños e indigentes, porque él esconde la pretensión de que alguien sabe cómo los demás tienen que usar su dinero para la satisfacción de la entelequia del interés general. Este tipo de afirmaciones lo único que pretenden es que unos sean medios de otros para cumplir sus metas.

Defendemos que cada quién use su dinero para lo que mejor le parezca. En este caso concreto, los únicos que tienen derecho a reclamar por el uso de esos recursos son quienes los han otorgado: socios, patrocinadores, etc. De lo contrario, el resto de la gente no tiene "vela en el entierro" y por tanto, debería dedicarse a ver qué hace con sus propios recursos si tanto le preocupa la situación de pobreza de otras personas.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

¿Por qué lo hacemos?


Si preguntáramos a una persona de la calle de qué se ocupan los economistas obtendríamos, seguramente, una respuesta muy diferente de la que nos daría un economista profesional. Para la mayoría de la gente, la economía trata con exclusividad de cuestiones como la inflación, el crecimiento de la renta nacional, los beneficios de las empresas o la tasa de paro. Estas son, sin duda, cuestiones que afectan directamente a la economía. Pero el objeto de nuestra ciencia es mucho más amplio.

Imagine el lector que tienen que acudir a una entrevista de trabajo y está muy justo de tiempo. Va conduciendo su coche y ve un hueco en el que puede aparcar. Lo malo es que junto al hueco hay una señal que expresamente se lo prohíbe ¿Qué haría usted? No existe, desde luego, una respuesta evidente, porque su decisión final dependería de muchas circunstancias: la importancia de la cita, la probabilidad de que algunos metros más adelante haya una plaza libre, la multa que le puede poner un guardia si descubre su infracción o la probabilidad de que ese policía pase junto a su coche mientras usted está en la entrevista. Si se está usted jugando su futuro profesional, o si sabe que en esa calle rara vez ponen multas, seguramente dejará el coche en el lugar prohibido. En cambio, si cree que llegar tarde no tiene mucha importancia o que es casi seguro que, si aparca mal, acabe con una multa elevada en su parabrisas, dedicará más tiempo a buscar otro sitio.

¿Es ésta una decisión económica? Poca duda cabe de que loes, ya que la lógica de su razonamiento no es muy diferente de la que existe, por ejemplo, en una decisión sobre la conveniencia de invertir o no una parte de nuestros ahorros en acciones de alta rentabilidad y riesgo elevado. Y sería fácil mencionar otros muchos ejemplos de actividades en las que actuamos con criterios económicos, es decir, calculando los costes y beneficios de la decisión que adoptemos. Si contrato a un dependiente para mi tienda estoy realizando, sin duda, una actividad económica. Pero, ¿no hago un razonamiento similar cuando decido casarme con Pepita o irme de vacaciones a la playa? ¿O a la hora de planificar cualquier actividad?

Hay ocasiones en las que parece que nuestra decisión es poco racional, desde el punto de vista económico. Pero en realidad no es así, ya que nuestras preferencias son muy diversas y complejas. Un ejemplo sencillo: ¿por qué dedico mi tiempo a escribir artículos en Libertad Digital, en vez de al asesoramiento de empresas, ocupación, sin duda, mucho mejor remunerada? La respuesta es sencilla. Escribir artículos en esta publicación me ofrece unos beneficios no monetarios muy superiores a los que obtengo trabajando como técnico en una empresa. Y no sólo de dinero vive el hombre. Es un error, en efecto, identificar beneficios y riqueza material. Afortunadamente casi todos buscamos muchas más cosas que el dinero. Pero, eso sí, cuando adoptamos una decisión, sea del tipo que sea, estimamos si nos resultará o no beneficiosa. Así vemos la vida los economistas.

Francisco Cabrillo, tomado de http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_39398.html