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jueves, 15 de septiembre de 2011

Jumanji empresarial: independencia, mas no libertad


En el día de la independencia se supone que celebramos la libertad. ¡Que maravilloso como exaltamos esta palabra, libertad! Que triste el olvido de su significado…

La tiranía no tiene nacionalidad ni lazos de sangre. Por haber nacido en casa no se vuelven aceptables los abusos del poder político ante la ciudadanía. Celebramos el momento en que nos libramos de la servidumbre a la que nos sometían los españoles durante la colonia. ¿Pero por qué se vuelve acetable la servidumbre ante políticos nacionales?

Exaltamos la democracia. Pero democracia sin libertad no es más que tiranía. Las elecciones no son suficientes para asegurar la libertad y los derechos de los ciudadanos. Con los recursos del poder a la mano, no es difícil para una clase política manipular a una mayoría a través del populismo y clientelismo para perpetuar su sistema de privilegios políticos. Esto no se trata de derechas o izquierdas. Se trata del poder. Podrán cambiar las banderas y los colores, pero el hecho de que se enriquezcan con las arcas públicas y abusen del poder para provecho propio, no tiene ideología.

Como decía Bastiat, el Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a costa de todos los demás. Es esa avaricia y ciega ambición que causa que el poder, aún cuando concebido de las mejores intenciones, rápidamente caiga en el abuso y la corrupción. Es un hecho inescapable de la naturaleza del poder. Decía Lord Acton que el poder corrompe. Quién ignore esto, ignora una evidente realidad.

Pero aún así somos cómplices sumisos del siempre expansivo poder y privilegio de nuestros políticos. Vemos cómo, vulgarmente, se reparten los dulces de la piñata y aún así les seguimos dando más de nuestro dinero, sudor y sacrificio. Decidimos vivir en una fantasía ideológica, llena de falsos héroes y villanos demasiados reales. Nos dejamos drogar por sus dulces cantos de esperanza y rehusamos despertar a nuestra realidad cada vez más podrida de violencia y pobreza.

Está bien este 15 de septiembre honrar a nuestra patria, nuestras comunidades y nuestras familias, pero no caigamos en el error de celebrar la libertad cuando esta no es verdaderamente nuestra.

Rodrigo Molina

lunes, 20 de septiembre de 2010

Tema polémico: ¿celebrar la independencia?


El pasado 15 de septiembre los costarricenses celebraron el Día de la Independencia. La antorcha de la independencia cruzó calles y avenidas mientras se alumbraba la noche con los tradicionales faroles. Miles cantaron el Himno Nacional y otros tantos desfilaron. Múltiples formas de celebrar la historia pero, en la mayoría de los casos, conmemoraciones carentes de sentido crítico que invite a pensar sobre el significado de ser independientes en la actualidad.

Es, también, época en que retumban los discursos ligeros, aludiendo al “sentido profundo de la patria”, a los “valores comunes” que le son propios y le da identidad. “Hacer patria es subordinar el interés individual al interés supremo de la nación” dijo la señora Presidenta de la República, demostrando hasta dónde el colectivismo ha calado hondo en la mentalidad de nuestros gobernantes, en perjuicio de los derechos y valores individuales.

En ASOJOD no podemos tomar con ligereza tales conceptos y declaraciones. Hemos señalado en diversas ocasiones el peligro existente en conceptos aparentemente bien intencionados y loables: el bien común, la patria, el pueblo y otros tantos de tinte tan difuso como colectivista, pero cuya amenaza yace, precisamente, en su carente objetividad de contenido y, por ende, en la facilidad con que cada quien (generalmente quienes detentan el poder) los dota del significado más ventajoso. ¿Cuántas políticas públicas diseñadas para favorecer el “bien común” han terminado por afectar a cada uno de los costarricenses?

Pero, más allá de la forma en que la independencia se llena de contenido, debemos preguntarnos por la vigencia del concepto mismo ¿Qué significa ser independientes bajo el paradigma de la interdependencia global?

La era de las redes nos convierte en ciudadanos del mundo donde las fronteras tradicionales territoriales carecen completamente de sentido. Ser independiente es antítesis del sometimiento, sin embargo, dependemos más que nunca de las decisiones, aparentemente insignificantes, tomadas en cualquier parte del mundo. Particularmente los gobiernos lucen inútiles para atender, y mucho menos, regular los problemas nacionales o globales, cediendo, en muchos casos, el protagonismo ante instancias supranacionales o transnacionales.

En definitiva, entendemos la independencia bajo la lógica de la aldea cuando vivimos en la era de las redes. Celebramos contemplando al pasado, pero enfrentando los desafíos que nos impone la actualidad.

Conviene entonces preguntarnos ¿de qué somos realmente independientes? Tal vez nos demos cuenta que la independencia carece de toda validez empírica y que su significado nos remite, cada vez más, a un pasado romántico de nuestra historia, cuya celebración no es otra cosa que la excusa perfecta para invocar un colectivismo contrario a la libertad individual.