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jueves, 1 de septiembre de 2011

Jumanji empresarial: Krugman y la antieconomía


Dejó escrito el economista británico Lionel Robbins que la economía es la ciencia que estudia la distribución de medios escasos hacia fines competitivos. Dado que nuestras necesidades superan los recursos que disponemos para satisfacerlas, se vuelve imprescindible economizar esos recursos; es decir, dedicarlos siempre a aquellos objetivos que resulten prioritarios.

Dejó escrito el economista británico Lionel Robbins que la economía es la ciencia que estudia la distribución de medios escasos hacia fines competitivos. Dado que nuestras necesidades superan los recursos que disponemos para satisfacerlas, se vuelve imprescindible economizar esos recursos; es decir, dedicarlos siempre a aquellos objetivos que resulten prioritarios.

El pensamiento keynesiano supuso un radical giro copernicano hacia la antieconomía: según esta teoría, el problema fundamental no consiste en ser muy cuidadoso en el uso que les damos a unos recursos siempre escasos para evitar despilfarrarlos, sino más bien lograr, a como dé lugar, la plena ocupación de esos recursos.

La economía dejó de ser una ciencia que estudia cómo los medios derivan su valor al ser empleados para la consecución de fines más valiosos (usos productivos) para pasar a convertirse en una pseudociencia que otorga valor en sí mismo a la utilización de los recursos con independencia de sus objetivos (usos improductivos).

Disparate. La última ocurrencia keynesiana, protagonizada, cómo no, por Paul Krugman, podrá sorprender a aquellos que todavía pensaban que eso del keynesianismo era algo serio, pero desde luego no asombrará a quienes conocemos las entrañas del monstruo. Ni corto ni perezoso, el columnista del New York Times afirmó en una entrevista en CNN que lo que necesita la economía estadounidense para salir de la depresión es un incremento masivo del gasto, como el que nos proporcionó el rearme militar de la Segunda Guerra Mundial o como el que podría proporcionarnos otro rearme militar estimulado por la amenaza de una invasión extraterrestre.

Con solo eso, en apenas 18 meses según Krugman, todas nuestras dificultades estarían solventadas.

No es la primera vez que Krugman alaba la guerra como un importante catalizador de la actividad económica.

Aunque a muchos izquierdistas les agrade atribuir buena parte de la crisis actual a todo el gasto y endeudamiento públicos en el que incurrió Bush por la guerra en Irak (y en este caso... ¡tendrían razón!), Krugman ya les explicó en el 2008 que esa narrativa no es coherente con el resto de su credo: “El hecho es que, en general, las guerras son expansivas para la economía, al menos en el corto plazo.

Recuerden que la Segunda Guerra Mundial puso fin a la Gran Depresión. Los $10.000 millones que gastamos cada mes en Irak van dirigidos, sobre todo, a adquirir bienes y servicios producidos en EE. UU., lo que significa que la guerra ha sustentado la demanda”.

Comercio, no guerra. Los liberales siempre hemos tenido bien claro que lo que hace florecer una sociedad no es la guerra, sino el comercio. La guerra tiende a ser mutuamente destructiva, a destruir la división internacional del trabajo, a acabar con las vidas de miles de seres humanos, a dilapidar el capital y a instaurar un control económico sobre el país derrotado que durante un período más o menos prolongado suele asemejarse mucho a la planificación central del socialismo.

Aún así, sería absurdo negar que en ciertas ocasiones las guerras son necesarias e incluso económicamente convenientes, pero no porque generen riqueza, sino porque minimizan su destrucción. Es el caso de las guerras defensivas: si un invasor está decidido a arrasar una comunidad, esclavizar a su población y a pasar a cuchillo a los más débiles, sería absurdo recibirlos con los brazos abiertos esperando convencerles de que comerciando y abrazando a Adam Smith todos seremos felices y comeremos perdices. Pero insisto: en todo caso, la guerra no sería un bien, sino un mal menor.

En cambio, para Krugman y los demás keynesianos, la guerra sí es económicamente un bien, pero no porque les encanten las matanzas o porque piensen que el botín de guerra será suficiente para sufragar sus gastos, sino porque la guerra constituye uno de los pocos casos en los que el Gobierno está aparentemente legitimado para tomar un control absoluto de la economía y, por tanto, para darles algún tipo de empleo a todos los factores productivos.

No importa que esos empleos nada tengan que ver con la satisfacción de las necesidades de las personas, pues lo único importante es que todos estén ocupados en algo, aunque no se dediquen a producir nada de valor.

El ejemplo histórico no es sólo la Segunda Guerra Mundial, sino también la Alemania nacional-socialista; ya lo dijo el célebre economista keynesiano estadounidense John Kenneth Galbraith en su obra La era de la incertidumbre: “Hitler fue el auténtico precursor de las ideas keynesianas”.

El pésimo razonamiento de Krugman a cuenta de las bondades de una invasión extraterrestre tiene su cúspide al final: según el Premio Nobel, si después de readaptar toda la economía a la guerra intergaláctica descubriéramos que todo había sido un fraude a lo Orson Welles, que nunca había existido riesgo de invasión alguna, todos nos enriqueceríamos notablemente, pues habríamos disfrutado de todo el gasto militar asociado a las guerras sin ninguna de sus funestas consecuencias.

En otras palabras, una vez que descubrimos que todas las inversiones que hemos efectuado para defendernos de los extraterrestres no tienen ninguna utilidad y que han supuesto una dilapidación de capital que haría parecer la burbuja inmobiliaria como una granito menor, entonces resultará que todos somos más ricos. El razonamiento es brillante: riqueza es pobreza, economizar es despilfarrar, acertar es equivocarse, lo esencial es lo inútil. Orwell redivivo.

Juan Ramón Rallo

domingo, 16 de marzo de 2008

Mambrú se iba a la guerra


Si un psiquiatra decidiera aplicar su ciencia a los problemas políticos de América Latina, hablaría del “síndrome Galtieri” para explicar el último desvarío de Hugo Chávez. Galtieri, como es sabido, fue el presidente de la Junta Militar argentina que decidió la invasión de las islas Malvinas en abril de 1982. Con esta aventura bélica buscaba alborotar el nacionalismo de sus compatriotas y encontrar de este modo sesgado razones de apoyo popular para su agónico gobierno. Lo que produjo fue una catástrofe y su propia caída.

De igual manera, al amenazar a Colombia por un problema que no le concierne, al expulsar a sus diplomáticos y enviar a las zonas fronterizas diez batallones, el presidente Chávez buscaba ocultar tras los estrépitos y resplandores de un conflicto externo los agudos problemas que tiene dentro de casa, creados por su incompetencia y sus extravagancias histriónicas. Los venezolanos están hoy afectados por una inflación que supera el 22%, por el desabastecimiento de productos básicos, por la fuga de capitales, el mercado negro, el desempleo, la inseguridad y la corrupción. La popularidad de Chávez, que en su mejor momento llegó al 65%, hoy se ha derrumbado a un 21%. Está quedándose sólo con sus fieles seguidores de boinas y camisas rojas.

Coartada. La coartada de fabricar un conflicto internacional tuvo o debió tener como sustento en él la furia que le produjo la muerte de “Raúl Reyes”. Dentro de su elemental escenografía política, Chávez ubica de un lado a los amigos del imperio y del otro a los amigos de la revolución; es decir, los que buscan como él instaurar en el continente su espectral socialismo del siglo XXI. “Raúl Reyes” pertenecía a estos últimos. Era un amigo.

Lo eran las FARC y no de ahora. Su relación con ellas se estableció desde 1995, cuando Chávez adhirió al Foro de São Paulo, organización auspiciada por Fidel Castro y a la cual pertenecían, además de grupos o partidos de extrema izquierda continentales, las FARC y el ELN de Colombia.

Con esa previa relación, que suponía total identidad ideológica y comunidad de objetivos, no es de extrañar que las FARC acabaran por recibir un encubierto apoyo del gobierno presidido por un antiguo compañero de ruta, apoyo que se traduce en hospitalidad en su territorio para campamentos guerrilleros, recursos financieros y en armas, como lo han demostrado recientemente los documentos extraídos de los computadores de “Raúl Reyes”.

¿Guerra con Colombia? ¿Quería realmente Hugo Chávez una guerra con Colombia? Sí, dice su amigo de otros tiempos, el general Raúl Isaías Baudel, fundador con él del Movimiento Bolivariano Revolucionario y su ministro de Defensa hasta julio del año pasado. “Pero Chávez – dice Baudel – quiere ir a la guerra como Mambrú: solo. Porque a la guerra no sólo van generales y almirantes. Van mandos medios, oficiales y suboficiales que razonan y saben que no ha habido una agresión contra nuestro país. Las razones son ficticias. El pueblo venezolano, del que las fuerzas armadas forman parte, lo sabe”.

De su lado, el presidente del Ecuador Rafael Correa ha protestado en la OEA y en la cumbre de Santo Domingo por la incursión colombiana en su territorio, y su reclamo sería válido si no hubiese permitido que “Raúl Reyes” estableciera allí, tranquilamente, su campamento. Tranquilamente, también, lo visitaba el ministro Larrea. En realidad – decía el diario español ABC en una nota editorial– el gobierno ecuatoriano debe (por esta razón) más explicaciones que el de Bogotá.

La verdad es que Correa y Hugo Chávez, además del rústico Daniel Ortega, nunca han visto como terroristas a los autores en Colombia de atroces masacres, atentados, secuestros, tráfico de droga o siembra de minas que han dejado más de tres mil inválidos, entre ellos 600 niños. Considerándolos como camaradas que comparten su sueño revolucionario, los apoyan.

Es la verdad que ahora sale a luz. En vez de dar explicaciones por ello, se apresuraron a empujar tropas, tanques y amenazas a las fronteras de Colombia. Increíble: los ofensores que han protegido a las FARC jugaron el papel de ofendidos. Menos mal que todo terminó en una escena algo histriónica de abrazos, aunque la verdad quedó ahí, en los computadores de “Raúl Reyes”.


Plinio Apuleyo Mendoza