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martes, 24 de noviembre de 2009

Escépticos y alarmistas piden responsabilidades por el Watergate climático


Un cracker logró sacar a la luz toda una serie de documentos y correos electrónicos privados pertenecientes a la Unidad de Investigación del Clima (CRU, por sus siglas en inglés), de la británica Universidad de East Anglia, uno de los grandes centros defensores de la teoría del calentamiento global antropogénico (causado por el hombre) y muy vinculado al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC).

La documentación privada de los calentólogos revela, entre otras cosas, acuerdos para manipular datos, destrucción de pruebas, así como conspiraciones para evitar que los escépticos publiquen en revistas especializadas.

Lord Monkton: "Son criminales"

Las reacciones no se han hecho esperar. Por el lado de los escépticos, Lord Christopher Monckton, uno de los principales asesores de la ex primera ministra británica Margaret Tatcher, no ha dudado en calificar de "criminales" a la cúpula climática vinculada al IPCC.

La documentación descubierta demuestra que estos científicos son los autores de un gran "fraude" a nivel mundial, ya que han manipulado los registros de temperaturas con el único objetivo de vender la tesis del alarmismo climático.

"Los datos fueron modificados a fin de ocultar el descenso reciente de la temperatura" en el planeta a lo largo de los últimos años. De hecho, Monckton recuerda que en los últimos 15 años no se ha producido un calentamiento global, sino más bien un descenso de la temperatura media.

Además, estos "estafadores arrogantes", según los califica, "se han negado durante años a revelar sus datos y programas informáticos. Ahora sabemos por qué", añade. "Las tendencias sobre la temperatura mundial simplemente se han construido" a medida, con el objetivo de "inflar artificialmente el calentamiento natural del siglo XX".

Todo ello demuestra, según Monckton, que "no son simplemente malos científicos", sino "delincuentes" que "han cometido sus crímenes a costa de los contribuyentes británicos y de EEUU". "Estoy enojado, y así debe ser", admite Monckton.

No es de extrañar si se tiene en cuenta que la Cumbre Climática de Copenhague, que se celebrará a principios de diciembre, prevé implantar nuevos impuestos sobre el CO2 a nivel mundial, cambiar el modelo productivo de las economías desarrolladas, crear un sistema redistributivo global y hasta una especie de Gobierno Mundial. Y todo ello, bajo la falacia de que la Tierra avanza hacia un desastre climático como resultado de un supuesto calentamiento manipulado por los científicos.

George Monbiot: "Phil Jones debe dimitir"

Pero Monckton no es el único que ha saltado a raíz del escándalo científico. El británico George Monbiot es uno de los portavoces más radicales del movimiento ecologista. Ha llegado a considerar igualmente inaceptable cruzar el Atlántico como violar a un niño y ha escrito que "cada vez que alguien muere como consecuencia de una inundación en Bangladesh habría que sacar a un ejecutivo de una compañía aérea de su despacho y ahogarlo". Todo por la contribución de los vuelos a las emisiones de CO2 y, por tanto, de acuerdo con la teoría, con el calentamiento global.

Pues bien, incluso este alarmista considera que "parece haber pruebas de intentos de impedir que datos científicos fueran publicados e incluso de destruir material que era objeto de una petición según la ley de transparencia". Además, "algunos de los correos sugieren esfuerzos para impedir la publicación del trabajo de los escépticos o mantenerlo fuera de los informes del IPCC", añade.

Pese a considerar que "no tiene sentido pretender que este no es un gran golpe", Monbiot no cree que esto signifique que la teoría es incorrecta, pero sí que "el director de la unidad, Phil Jones, debe dimitir", y que "parte de los datos sobre los que se discute en los correos deben revisarse".

Libertad Digital

jueves, 24 de julio de 2008

La inquisición verde


Cuando se trata del calentamiento global, abundan las historias de terror extremas. Por ejemplo, Al Gore, se ha hecho muy conocido por decir que un enorme aumento del nivel del mar (20 pies) inundaría las principales ciudades del mundo.

Jim Hansen, asesor científico de Gore y perteneciente a la NASA, incluso superó a su asesorado. Sugiere que habrá aumentos del nivel del mar de 24 metros (80 pies), y que un aumento de seis metros ocurrirá en este siglo. Poco sorprende que su colega ambientalista Bill McKibben declare que "estamos en una carrera desbocada para ahogar a gran parte del planeta y gran parte del resto de la creación".

Considerando todas las advertencias, hay una verdad ligeramente inconveniente: a lo largo de los últimos dos años, el nivel global del mar no ha aumentado. De hecho, ha disminuido ligeramente. Desde 1992, los satélites que orbitan el planeta han medido el nivel global del mar cada 10 días con un increíble nivel de precisión: 3,4 milímetros (0.2 pulgadas). A lo largo de 2 años, los niveles del mar han bajado, y todos estos datos están disponibles en sealevel.colorado.edu.

Esto no significa que el calentamiento global no sea cierto. A medida que emitimos más CO2, con el tiempo la temperatura aumentará moderadamente, haciendo que el mar se caliente y expanda un poco. Eso es lo que nos dice el panel de las Naciones Unidas sobre el cambio climático; los mejores modelos indican un aumento del nivel del mar en este siglo de 18 a 59 centímetros (7 a 24 pulgadas), y la estimación más común es de 30 centímetros (un pie). No se trata de algo aterrorizante ni particularmente amenazante: 30 centímetros es lo que el mar aumentó en los últimos 150 años.

En pocas palabras, se nos está haciendo creer historias muy exageradas. Proclamar que el mar aumentará seis pies este siglo está en contradicción con miles de científicos de la ONU, y exige que el nivel del mar acelere su aumento en cerca de 40 veces de lo que es hoy en día. Imagínense cómo hablarían los alarmistas del cambio climático si realmente viéramos un aumento en el nivel del mar.

Cada vez más los alarmistas plantean que no se nos debería permitir escuchar esos hechos. En junio, Hansen proclamó que las personas que propagan "desinformación" acerca del calentamiento global -directores ejecutivos de corporaciones, políticos, de hecho cualquiera que no siga la estrecha definición de Hansen sobre lo que es la verdad- deberían literalmente ser juzgados por crímenes contra la humanidad.

Es deprimente ver a un científico -incluso a uno politizado- llamar a que se haga una inquisición moderna. Parece inexcusable un intento así de descarado por tratar de limitar la libertad científica y coartar la libre expresión.

Sin embargo, es tal vez el síntoma de un problema mayor. Es difícil mantener el pánico sobre el cambio climático si la realidad diverge de las predicciones alarmistas más que nunca antes: la temperatura global no ha aumentado en los últimos diez años, ha disminuido notablemente en el último año y medio, y los estudios indican que es posible que no vuelva a aumentar sino hasta a mediados de la próxima década. Con una recesión global en ciernes y los altos precios del petróleo y los alimentos socavando los estándares de vida de la clase media occidental, se está haciendo cada vez más difícil vender la solución de recortes de emisiones de carbono de alto coste que propone el ineficiente estilo del tratado de Kyoto.

Un enfoque mucho más sólido que el de Kyoto y su sucesor sería invertir más en investigación y en el desarrollo de tecnologías que no generen emisiones de carbono, lo cual es una manera más barata y eficaz de verdaderamente solucionar el problema climático.

Hansen no es único que intenta culpar a otros de las dificultades de vender su mensaje. El principal ambientalista de Canadá, David Suzuki, declaró este año que los "políticos que sean cómplices del cambio climático deberían ir a la cárcel". El activista Mark Lynas piensa en "tribunales penales internacionales" al estilo de Nuremberg contra quienes se atrevan a cuestionar el dogma climático. Claramente, este artículo me pone en riesgo de ser víctima de Hansen y compañía.

Sin embargo, el problema real del planeta no es una serie de hechos inconvenientes, sino el hecho de que hemos evitado emprender soluciones de sentido común y, en lugar de ello, hemos adoptado políticas erradas y alarmistas.

Piénsese en uno de los pasos más importantes que se ha emprendido para responder al cambio climático. Adoptados por pánico, los biocombustibles se suponía que iban a reducir las emisiones de CO2. Hansen los describió como parte de "un futuro más brillante para el planeta". Sin embargo, usar los biocombustibles para combatir el cambio climático debe haber sido una de las peores "soluciones" a un reto global de los últimos tiempos.

En esencia, los biocombustibles sacan alimentos de las bocas de las personas y los ponen en los automóviles. Los cereales que se necesitan para llenar de etanol una SUV son suficientes para alimentar a un africano un año entero. El 30 por ciento de la producción de maíz de ese año de E.U. se destinará a los vehículos estadounidenses, lo cual sólo es posible gracias a subsidios que llegarán en el mundo a 15 mil millones de dólares sólo este año.

Puesto que la mayor demanda de biocombustibles hace que disminuyan los bosques ricos en carbono, un estudio realizado en 20008 por Science demostró que el efecto neto de usarlos no es reducir las emisiones de CO2, sino 'duplicarlas'. El apuro por usar biocombustibles también ha contribuido a aumentar los precios de los alimentos, lo que ha hecho que cerca de 30 millones de personas adicionales hayan caído en la hambruna.

Debido al pánico ante el cambio climático, nuestros intentos por mitigarlo han causado un desastre sin paliativos. Derrocharemos cientos de miles de millones de dólares, agravaremos el cambio climático y aumentaremos dramáticamente el hambre en el mundo.

Tenemos que poner punto final a que se nos aterrorice tan fácilmente, debemos dejar de aplicar políticas estúpidas y es hora de que comencemos a invertir en investigación y desarrollo (I y D) inteligentes. Deben terminar las acusaciones de "crímenes contra la humanidad". De hecho, el mayor crimen es el del alarmista que cierra las mentes a las mejores maneras de responder al cambio climático.

Bjorn Lomborg

miércoles, 23 de julio de 2008

La ley de la oferta y la demanda


Uno de los principios más importantes de la economía es el de la ley de la oferta y la demanda: cuando el precio de un producto sube, las empresas aumentan su producción (porque un precio superior hace provechosos procesos que de otra manera no son rentables) y los consumidores reducen las compras (porque pasan a comprar substitutos más baratos). En una economía de mercado como la nuestra, el equilibrio entre la oferta y la demanda determina el precio final: el precio sube cuando aumenta la demanda o cuando cae la oferta. Así de simple.

A pesar de que todo eso se enseña durante la primera semana en cualquier facultad de economía moderna, la reciente escalada del petróleo ha puesto de manifiesto que son muchos los políticos y analistas económicos que siguen sin entender las leyes fundamentales de la economía. Veamos tres ejemplos reveladores. Primero: cada día está más extendida la idea de que el petróleo está subiendo por culpa de unos supuestos especuladores malignos, especuladores que, dicho sea de paso, han sustituido a los empresarios capitalistas en el papel de causantes de todos los males de la humanidad en el ideario de socialistas, medioambientalistas y demás descendientes intelectuales del marxismo.

Normalmente, los especuladores ganan dinero a base de comprar un producto barato, guardarlo durante un tiempo mientras esperan (especulan) que su precio suba y, cuando lo hace, venderlo y quedarse con la diferencia. Cuando muchos especuladores compran al mismo tiempo, ellos mismos crean una demanda que hace subir los precios. Es por eso que se les acusa de encarecer el petróleo. El problema es que los presuntos especuladores del petróleo no compran barriles de crudo, no los guardan en sus casas y no los vuelven a vender al cabo de unos meses. Para hacer eso necesitarían tener unas casas muy grandes y pagar unos costes de almacenamiento descomunales. Lo que hacen en realidad es comprar contratos de “futuros”. Es decir, adquieren unos papelitos que les da derecho a comprar barriles de petróleo dentro de seis meses a un precio determinado. Si dentro de seis meses el precio de mercado es superior al determinado, comprarán los barriles al precio determinado y los venderán inmediatamente después al precio de mercado apropiándose de la diferencia. De alguna manera, es como si los especuladores “apostaran” a que el precio del petróleo subirá sin tocar nunca ni un solo barril de crudo. Y del mismo modo que los que apuestan a las quinielas de fútbol no tienen ningún impacto sobre el resultado de los partidos, la gente que compra “futuros” de petróleo sin comprar barriles no afecta ni la oferta ni la demanda de crudo y, por lo tanto, no afecta su precio. ¿Por qué sube, pues, el petróleo? Pues por varias razones, la principal de las cuales es el enorme aumento de demanda que proviene de los grandes países en vías de desarrollo como China e India, cuyos ciudadanos cada vez más ricos han decidido ir en coche, utilizar la calefacción y el aire acondicionado. Es la ley de la oferta y la demanda.

Segundo ejemplo: una amplia gama de políticos y huelguistas españoles, europeos y estadounidenses proponen eliminar temporalmente los impuestos sobre carburantes con el objetivo de reducir su precio. Eso es un craso error. Imaginemos que la oferta y la demanda dictan un precio de la gasolina de 100 y que el gobierno pone un impuesto de 30: los consumidores pagan 100, los productores de gasolina cobran 70 y el gobierno recauda 30. Hasta aquí todo normal. Pensemos qué pasará si el gobierno elimina el impuesto de 30. Si la oferta de gasolina es más o menos constante a corto plazo (y lo es, dado que cambiar la producción de crudo es extraordinariamente costoso), la oferta y la demanda seguirán siendo las mismas, por lo que el precio que deberá pagar el consumidor seguirá siendo 100. Pero el gobierno ya no cobrará los 30. ¿Pero si el consumidor sigue pagando 100, a dónde van a parar los 30 que hasta ahora recaudaba el gobierno? Pues directamente al bolsillo de los productores. Es decir, la eliminación del impuesto sobre la gasolina no sólo no contribuirá a reducir precios sino que representará un enorme regalo fiscal a los ya millonarios regentes de Arabia Saudita o Venezuela.

Tercer ejemplo: muchos gobiernos progresistas, después de darnos la lección diaria sobre el cambio climático, van y firman todos los tratados internacionales habidos y por haber, buscan reducir emisiones a través de la coerción estatal y dedican millones de euros a “campañas de concienciación” o a promover las tendenciosas y deliberadamente histéricas películas de Al Gore. A la hora de la verdad, sin embargo, esos gobiernos fracasan e incumplen sistemáticamente los objetivos a los que se han comprometido. Pues bien, esos mismos gobiernos se quejan de la subida de los precios del crudo e intentan tomar medidas para paliar los efectos sobre los ciudadanos, sin darse cuenta que es esa misma subida de precios la que va a lograr lo que ellos no han conseguido hasta ahora: reducir las emisiones de CO2. Porque lo que realmente va afectar el comportamiento de la gente no son las campañas institucionales a favor de una "nueva cultura de la energía” o las películas porno-climáticas sino el bolsillo: los consumidores ahorrarán de verdad cuando les sea demasiado costoso no hacerlo y las empresas ofrecerán alternativas cuando eso les reporte beneficios. Así de simple. Es la lección más antigua de la economía. Es la de la ley de la oferta y la demanda.

Xavier Sala-i-Martin

sábado, 1 de marzo de 2008

¿Lobo, lobo? Posturas encontradas ante el cambio climático


La protección del medio ambiente es hoy casi una religión y la comunidad de los verdes un remedo de iglesia, con su acompañamiento de evangelios, beatificaciones y excomuniones. En escuelas y colegios, la ecología es el nuevo dogma educativo. Políticos fracasados ven recompensadas sus prédicas con prestigiosos premios internacionales. Los partidos de izquierdas, huérfanos de doctrina desde que cayó el muro de Berlín, blanden la bandera del clima para renovar sus ataques contra la ciudadela del libre mercado. Muchedumbre de novelistas, cineastas, actores resucitan la historia de David y Goliat, en la que bellas periodistas consiguen derribar brutales corporaciones contaminadoras. Las empresas pulen su imagen con adhesiones al crecimiento sostenible. La opinión pública, siempre sensible a las buenas causas, acepta con creciente resignación la necesidad de cambiar de modo de vida para salvar el planeta Tierra. Tanto ruido parece poco acorde con la serenidad que exige el diagnóstico y solución de un problema que quizá no sea tan grave y urgente como se dice.

Desde el punto de vista científico y técnico, son tres las cuestiones que plantea el crecimiento de la población y su consumo cada vez más intenso de energías fósiles: si es cierto que la atmósfera terrestre viene recalentándose; si tal recalentamiento es catastrófico; y si hay remedio a nuestro alcance.

La medición del recalentamiento, si lo hay, no es sencilla, pues estamos hablando de fracciones de grado centígrado por término medio y a lo largo de muchos años. La predicción es aún más complicada, porque se base en extrapolaciones de modelos de la evolución histórica del clima terrestre. Los economistas sabemos lo poco fiable que es reducir miles y miles de datos pasados a ecuaciones que los sintetizan y luego suponer que las tendencias y relaciones causales se mantienen estables a lo largo del tiempo. Una agencia de la ONU, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático, que en noviembre mantuvo una sonada reunión en Valencia, ha tenido que cambiar recientemente su cálculo del recalentamiento global porque un experto informático recalculó la estadística de temperatura mundial durante el siglo XX con más decimales: el resultado fue que las temperaturas más altas del siglo habían ocurrido en la década de 1930 y que las del s. XXI hasta el momento son menores que las de los años noventa. Hay muchas y muy diversas opiniones sobre qué vaya a pasar durante el resto del presente este siglo, pues en la historia de la humanidad ha habido alternancia de glaciaciones y recalentamientos no atribuibles a la casi imperceptible huella energética de la humanidad.

Sin embargo, somos cada vez más los habitantes de la Tierra, a pesar de que el aumento del número de los humanos pierde velocidad. La reducción de la pobreza y el crecimiento económico en China e India, e incluso en América Latina y África, ha dado lugar a un creciente consumo de energía. Parece lógico que ello dé lugar a crecientes emisiones de gases causantes de recalentamiento atmosférico. La cuestión es cuánto y a qué velocidad.

El número de septiembre de 2007 del “Journal of Economic Literature” trae dos artículos que definen con mucha claridad el dilema científico que plantea el posible recalentamiento de la atmósfera terrestre. El primero es de William Nordhaus, catedrático de Silvicultura y Estudios ambientales de la Universidad de Yale, y co-editor del manual de economía de Samuelson, a partir de la duodécima edición. Consiste el trabajo en una reseña del Informe encargado por el Gobierno británico a un equipo dirigido por el profesor Stern. La crítica fundamental de Nordaus se dirige a la base financiera de la propuesta del Informe Stern, cuya tesis era que el tomar inmediatas medidas para corregir la deriva hacia el recalentamiento sería mucho menos costoso que el aplazarlas hasta que su necesidad se hiciera del todo evidente. El Informe Stern evalúa el monto del daño causado a las generaciones futuras como si tuviese lugar hoy. Dicho en términos más técnicos, la tasa de descuento utilizada por Stern es próxima a cero. Ello equivale a decir que un daño causado dentro diez, veinte o cincuenta años es como si ocurriese en el momento presente. Es como considerar que dinero futuro vale igual que dinero presente. Pero la tasa de interés, como bien saben los españoles que pagan su hipoteca, no es nula: todos preferimos aplazar nuestras deudas para que la carga sea menor y la soportemos cuando tengamos mejores ingresos. Señala Nordhaus que, si exageramos el coste presente del recalentamiento atmosférico futuro, nos inclinaremos a realizar ahora inversiones mucho más cuantiosas de lo necesario en energías alternativas y con ello corremos el peligro de reducir nuestro crecimiento económico. Al fin y a la postre, si crecemos menos o nada, nuestra capacidad de enfrentarnos con las consecuencias del recalentamiento dentro de algunos decenios serán menores o nulas.

El segundo artículo de la mencionada revista se plantea la posibilidad de que el recalentamiento no sea de lento deterioro, sino rápido y acumulativo. Lo escribe Martin Weitzman, catedrático de economía de la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. Weitzman defiende el punto de vista de que la toma de medidas onerosas en la actualidad para reducir el gasto de energías contaminantes debería verse como una prima de seguro contra la posibilidad, más que probabilidad de que el empeoramiento del clima adquiera caracteres catastróficos. ¿Sería posible una desertización repentina de la Tierra, como nos ha contado Jarred Diamond que pasó con la Isla de Pascua?

Mi conclusión es que el tamaño de la Tierra, los recursos naturales que nos quedan aún en abundancia, lo casi imperceptible del recalentamiento y la capacidad tecnológica de la Humanidad inclinan el argumento del lado de Nordhaus. Habrá que tomar medidas pero no tan drásticas como piden los que gritan ¡lobo, lobo! La exageración de los peligros puede llevar la opinión pública un escepticismo quizá más peligroso que una prudente corrección de rumbo.


Pedro Schwartz

jueves, 1 de noviembre de 2007

El estatista empresarial verde


Algunos se han preguntado adonde está el límite del poder político; adonde se debe establecer la línea de los privado y público; hasta donde llega el rol de un gobernante. Al respecto, Oscar Arias nos sirve de ejemplo en su visita a China.

"Como si tratara de negocios, el presidente Óscar Arias trajo en su portafolio a China lo que requiere su cliente."

Así empieza el reportaje de La Nación sobre la visita de Arias a China. Cualquiera que no conoce la figura de Oscar Arias se imaginará que se trata de un hombre adinerado de negocios que busca diversificar su cartera de inversiones en China invirtiendo su propio capital y asumiendo el riesgo de la "destrucción creativa" de sus acciones empresariales.

A su mejor estilo "Gorista", Arias se pone el sombrero de ambientalista contra el famoso cambio climático, y busca poner a disposición de China el 51% del territorio nacional para afrontar el famoso cambio climático, que la última vez que revisé no estaba a nombre de él.

No me digan mal pensado, pero me huele a que el gobierno -que no se quiere desvincular de aquél "estado empresarial" de los 70´s- buscará venderle algunos créditos ambientales al gobierno chino. De esta manera, quedando como el bueno de la película ante los ojos del mundo, lucrando enormemente en el proceso, y expropiando las tierras de "todos" los costarricenses.

Pero como la lucha del cambio climático es de vida o muerte, me imagino que podemos dejar "resbalar" que nuestro gobernante disponga de la mitad de nuestro territorio para el "interés público".

¿Qué les parece?

Alejandro Beeche Van der Laat