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martes, 28 de mayo de 2019

La columna de Carlos Federico Smith: la importancia de los horarios

Casualmente, dos noticias de estos días se refieren a “horarios.” Una de ellas se publicó en La Nación del 17 de mayo, bajo el encabezado “Director del IAFA destituido por la Junta Directiva tras desacuerdos con funcionarios que incumplían horarios” y, la otra, por el mismo medio en su edición del 21 de mayo, bajo el título “Muelleros de Japdeva sólo ‘cumplen horario’ a falta de barcos.”

Me referiré a estas dos variaciones sobre un mismo tema. Primero, las noticias de JAPDEVA. Resulta que, ante la falta de llegada de barcos a los antiguos muelles de Limón, “los empleados… solo atienden naves de carga mixta o graneleros, en los muelles de Moín y Limón; es decir, menos de la tercera parte del trabajo que antes realizaban.” Eso por la atención de barcos contendedores que ahora se da en el nuevo muelle de APM Terminals.

Tal cosa era esperable, pues las nuevas tecnologías y las reglas de eficiencia hacen que los muelles viejos se sustituyan por otros más eficientes. Al no llegar tantos barcos a los viejos muelles, uno esperaría que una empresa disminuyera el personal que allí trabaja (pagado, en última instancia, por los usuarios, que ahora han bajado). Se lerdearon en acomodar al personal sobrante en otras instituciones públicas, como se les ofreció, pero la movilización horizontal no tuvo éxito, posiblemente porque ciertos privilegios que se tenían en JAPDEVA, serán menores en las nuevas alternativas. 

Asimismo, se ha buscado generar nuevas fuentes de empleo, pero en esencia se trata de proyectos que, si bien “apenas se están desarrollando los estudios de factibilidad y mercado de esas iniciativas,” apenas han sido mencionados, como transformar uno de los muelles en una central de cruceros y una marina en dicha ciudad, crear una zona de transporte intermodal en Moín, un muelle pesquero en Cieneguita y otro centro de logística en Liverpool, también en la provincia. Igualmente, se ha propuesto ampliar el actual muelle de Moín. 

Pero, todas estas ideas, que bien podrían ser buenas y, tal vez, hasta rentables, en apariencia serían administradas y propiedad de JAPDEVA; esto es, en manos del estado. Por la experiencia, incluso vivida en la propia JAPDEVA, sabemos que, cuando las empresas las administra el estado, la eficiencia económica es, si acaso, un asunto secundario. Tal vez abrir ofertas para que empresas privadas se encarguen de llevar a cabo esos proyectos y operarlos bajo el sistema de concesión, sería una mejor guía hacia la eficiencia económica, lo que beneficiará no sólo a trabajadores y empresas, sino, en general, a toda la economía nacional. Una empresa privada no incursionaría en un negocio en donde se generan pérdidas, pues perdería su capital. Tal cosa no es importante en la propiedad estatal, pues allí simplemente los fines son políticos.

Uno esperaría que con en esas operaciones privadas no habría trabajadores que son contratados para no hacer nada, ante la falta de demanda del servicio producido, sino que dependerían de las demandas de los consumidores o usuarios. No tendría sentido tener trabajadores de más; los horarios de trabajo serán los efectivamente requeridos para trabajar en satisfacer a los usuarios del servicio. Se tiende al uso óptimo de los recursos escasos. A la fecha, JAPDEVA tiene 1.400 trabajadores con un costo estimado para este año de ¢41.650 millones y de él, “la mitad corresponde a pluses salariales.”

De hecho, me temo que pronto veremos trasladar a los contribuyentes las pérdidas de la vieja JAPDEVA, a menos que se revierta la situación actual, eso sí, sin mediar subsidios ni transferencia de índole alguna. (Al cierre del 2018, las pérdidas de JAPDEVA ascendían a ¢3.146 millones). Abrir espacios a empresas privadas, como indiqué arriba, podría generar los recursos para pagar esas obligaciones, unas heredadas y otras por presentarse en fechas próximas.

El segundo tema de los “horarios” en este artículo se relaciona con el despido, por parte de la Junta Directiva del Instituto sobre Alcoholismo y Farmacodependencia (IAFA), de su director, el señor Javier Vargas Vindas, psicólogo clínico de profesión.

En palabras del señor Vargas, “Las razones que (le) dio la Junta Directiva es que no tuv[o] las habilidades blandas que debe tener un director para poder ser intermediario entre los acuerdos de junta,” y que “desde el inicio había algunos empleados que se aprovechaban en alguna medida de los horarios convenidos, de no marcar entrada, agarraban más tiempo de la hora para comer o llegaban más tarde a laborar… Un grupo de gente solía llegar tarde. Mi función administrativa era poner orden”, además de hacer otras funciones propias de su cargo.

No sé si efectivamente el funcionario despedido se lo merecía, pero, si el despido se debe a que puso o intentó poner orden en el cumplimiento de los horarios, más bien lo apropiado sería darle un reconocimiento por esa buena labor, pues quienes no cumplen debidamente con los horarios son empleados que todos los contribuyentes pagan. De ser cierta y atribuida como causal del despido, por el contrario, esa gestión del funcionario debería divulgarse, para que ojalá sea imitada en muchos otros entes públicos. 

Repito, no sé si esa fue la razón del despido, pero, ante esas denuncias del funcionario Vargas, el Servicio Civil o la Contraloría General de la República, si es del caso, deberían intervenir y, ni que se diga del ministerio de Trabajo.



Jorge Corrales Quesada

martes, 6 de septiembre de 2016

La columna de Carlos Federico Smith: explosión gubernamental

Recientemente la Academia de Centro América publicó un informe muy interesante, que demuestra la metástasis gubernamental que cada vez abarca más y más del espacio político propio de las personas.  Dicho informe lo llevaron a cabo dos economistas, los señores Miguel Loría y Josué Martínez, y lleva por título “El Sector Público en Costa Rica: Desafíos Institucionales y Oportunidades de Mejora.”

En él aparecen conclusiones y propuestas muy interesantes, algunas de las cuales fueron reseñadas en un artículo del 13 de junio de La Nación, titulado “Proliferación de instituciones traba control del gasto público: Estudio de Academia de Centroamérica revela que, en 115 años, país creó 293 entidades,” y debo señalar que, en el candelero político de la Asamblea Legislativa, hay propuestas para crear nuevas “instituciones”.

Se pasó de 39 entidades gubernamentales en el año 1900, a 332 en la actualidad, lo que incluye 18 ministerios y 84 órganos adscritos a entidades del estado. Se creó un promedio de más de 2.5 instituciones en cada año. Obviamente, es una enorme proliferación de organismos estatales, que trae aparejada una serie de contrariedades.

El medio resume así los principales problemas derivados de tal explosión burocrática: “Con la proliferación de instituciones, el Poder Ejecutivo quedó con un control limitado del gasto público, se generaron ineficiencias en la utilización de recursos y no se ha logrado avanzar en la solución de problemas tales como la pobreza o la infraestructura, principalmente vial.” Agregaría que también ha significado una gran pérdida en la libertad de las personas, en cuanto a la forma en que se usan los recursos que generan en la economía y que pasan a ser utilizados por el estado, en detrimento del uso privado mejor que las personas podrían hacer con ellos. Pero, dejémoslo así; tranquilo.

La razón de la expansión, para aquellos analistas, la suscribe La Nación, pues “en un principio, las instituciones públicas fueron creadas para atender necesidades específicas en diversas áreas (por ejemplo, asistencia social, educación, vivienda e infraestructura), pero, con el tiempo, se convirtieron en vías de escape para enfrentar las rigideces operativas, legales y financieras del Gobierno Central.” El monstruo que se entorpece a sí mismo.

Dado que en el párrafo previo se indica “Gobierno Central”, es necesario dar una idea de la multiplicidad de organismos públicos que los costarricenses solemos identificar con entidades estatales. Daré ejemplos de cada grupo que formalmente las integran, para que el lector vislumbre la amplia naturaleza de la estructura del estado costarricense.
  1. Gobierno Central: Ejemplos, la Asamblea Legislativa, el Ministerio de Obras Públicas, el Poder Judicial.
  2. Órganos Descentralizados: Ejemplos, Comisión Nacional de Emergencias, Museo de Arte Costarricense, Consejo Nacional de Vialidad (CONAVI).
  3.  Instituciones Descentralizadas no Empresariales: Ejemplos, Autoridad Reguladora de Servicios Públicos (ARESEP), Instituto Costarricense del Deporte (ICODER), Universidad de Costa Rica.
  4. Gobiernos Locales: Ejemplos, Municipalidad de San José, Junta de Protección Social de Cartago, Unión Nacional de Gobiernos Locales.
  5. Empresas Públicas no Financieras: Ejemplos, Fuerza y Luz, JAPDEVA, JASEC
  6. Empresas Públicas Financieras: Ejemplos, Banco Nacional, Superintendencia General de Entidades Financieras (SUGEF), Operadora de Pensiones de la Caja Costarricense de Seguro Social.

Para cada una de los elementos que hace el Clasificador Institucional del Estado Costarricense, he puesto tan sólo una mínima cantidad de tres ejemplos, pero el hecho es que hay muchas, pero muchas, instituciones de las que cada uno de nosotros apenas conoce su existencia. La abundancia de ellas es lo que ciertamente sobra.
En la actualidad, alrededor de una tercera parte de esos presupuestos los aprueba la Asamblea Legislativa, mientras que a la Contraloría le corresponde por ley aprobar los presupuestos de las restantes entidades del estado.
Por tal razón, el estudio señala que “en ausencia de uniformidad en cuanto a las reglas de aprobación presupuestaria, el control del gasto público y la rendición de cuentas se vuelven muy complicados.” Además, el informe de la Academia de Centroamérica expone otras dificultades derivadas de ese crecimiento de entes estatales, como “ineficiencia en el uso de recursos, permanencia de instituciones inviables, acumulación de recursos en la Caja Única del Estado y rectorías difusas y débiles. Además, superposición de competencias y duplicación de funciones, fragmentación en el empleo público y política salarial y nuevas válvulas de escape para hacer frente a la situación.”
Se cuenta la anécdota de que, siendo Reagan presidente de los Estados Unidos, tenía en su mesa de noche el libro de Hayek, El Camino de la Servidumbre, el cual le servía de inspiración para definir sus políticas.  Se me ocurre pensar que, tal vez, cada uno de los miembros de la Comisión de Ingreso y Gasto Público de la Asamblea Legislativa, así como de los dos contralores de la República, deberían tener un ejemplar de este trabajo de la Academia de Centro América en sus respectivas mesas de noche. No para que sirva de base a una lamparita, sino para que lo lean y lo relean cada vez que llegan a acostarse (pero, tal vez eso podría hacerlos perder el sueño; optimista que soy). Así tendrían una idea cabal del grado de agrandamiento de nuestro estado, cuya manutención pagamos todos los ciudadanos. Esa explosión gubernamental, como la otra simple y sencilla, nos daña.
Jorge Corrales Quesada