Desde hace unas semanas, en ASOJOD planteamos cambios importantes para mejorar el sistema político costarricense: primero fue la idea de someter a referéndum muchas políticas públicas, especialmente impuestos y endenudamiento; luego la democratización en la elección de los magistrados y ahora queremos abordar la necesaria revocatoria de mandato.
Los recientes hechos acontecidos en Paraguay con la destitución de Fernando Lugo y la polémica local surgida por la inacción de la "firme y honesta" Presidente de la República, Laura Chinchilla, frente a los serios cuestionamientos hacia el Vicepresidente Liberman y el Ministro de Educación, Leonardo Garnier, nos hacen reflexionar sobre la necesidad de esa institución en el ordenamiento jurídico de Costa Rica.
Hoy en día, en casi todo el mundo occidental se da por supuesto que la democracia es la mejor forma de organización política de una sociedad, como resultado del proceso histórico que ha llevado a consolidar el derecho de los ciudadanos a elegir a sus gobernantes. Pero la democracia es evolutiva y necesita reinventarse para mantener su legitimidad -es decir, su adecuación a los valores, preferencias, expectativas e intereses de los ciudadanos-, por lo que no puede suponerse que acaba con la extensión de ese derecho a prácticamente todos los miembros de una comunidad política.
Precisamente, para mantener esa legitimidad se requiere pasar de un modelo donde el ciudadano tiene el derecho a elegir a sus gobernantes a otro donde se contemple la contrapartida lógica: removerlo cuando ya no se adecúe a esos valores, preferencias, expectativas e intereses. Ahí es donde entra el instituto de la revocatoria de mandato. La ecuación es muy sencilla: si yo tengo derecho a darle poder, debo tener derecho a quitárselo.
Algunos podrían argumentar que tal mecanismo genera inestabilidad política y se presta para el populismo, aunado a que con la cultura política propia de nuestro país haría que, por revanchismo político, se intente destituir a cada gobernante que no se comporte como ciertas élites lo desean. Incluso, no faltará quien compare esta situación con un retorno a la inestabilidad propia de la época de la oligarquía cafetalera costarrincense del siglo XIX. Otros, más ignorantes, alegarán que hablar de esto es como apoyar un golpe de Estado que atenta contra la propia democracia.
Pues bien, nada más falso que eso. La democracia, como ya dijimos, necesita reiventarse, evolucionar para mantener su legitimidad. En la política, las lealtades y apoyos no son para siempre: los regímenes democráticos per se tienen una legitimidad de origen finita y débil: el valor democrático no se cultiva sin la legitimidad en ejercicio, es decir, la forma en que el sistema va adecuándose a los valores y expectativas de los individuos. Conforme ellos sientan que la democracia es el medio apropiado, el medio que más valoran, para convivir pacíficamente, la defenderán. Cuando sientan que ella no responde a lo que esperan o lo que desean, el caldo de cultivo para una reforma se gesta.
Por ello, el punto de discusión es ¿qué tipo de reforma? La experiencia histórica nos muestra que cuando la democracia no es capaz de evolucionar, muere. La Alemania previa al ascenso de los nazi o la Venezuela anterior a Chávez, así lo demuestran. Las dictaduras no surgen porque sí; surgen porque se van acumulando los factores y los problemas que hacen a la gente dejar de valorar el régimen democrático y comenzar a valorar otras opciones: muchas veces, por macabro y retorcido que suene, la gente elige a un "hombre fuerte" que tome decisiones en su nombre. Y cuando eso sucede, casi siempre tiene que pasar mucho tiempo o correr mucha sangre, para sacarlo del poder.
De ahí que, para evitar esas situaciones, una válvula de escape que proponemos es la revocatoria de mandato. El ciudadano no tiene por qué aguantar a un gobernante ni siquiera por todo su mandato. Este no tiene por qué ser una condena para aquellos. Si, como nuestra Constitución Polítia explica, los ciudadanos son los que tienen el poder y eligen a representantes por un periodo, la mala gestión de estos no tiene por qué tolerarse hasta qe termine el mandato; por el contrario, debe existir la posibilidad de que, mediante el plebiscito -y así se disipa el miedo de que sea un revanchismo partidario- los individuos puedan sacar a los gobernantes del poder.
Solo con mecanismos así la democracia puede sobrevivir. Solo con mecanismos así puede evitarse que surja el totalitarismo.