Mostrando las entradas con la etiqueta ambientalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ambientalismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de septiembre de 2011

Jumanji empresarial: el agua y los inmorales ambientalistas


Que yo sepa, la Constitución no es tan omnisciente como para tratar el tema del agua, ni decirnos cosa alguna sobre su transporte. Además, siendo un texto en sí, no tiene la necesidad material de agua para vivir. Sin embargo, estamos dispuestos a crear más trabas, basándonos en simbolismos constitucionales, para hacer más difícil el aprovechamiento de los recursos por aquellos seres humanos que sí dependemos de estos. Es una mala maña tica la de complicar todo echando mano a legalismos inútiles. Al menos, parece que así lo quieren la mayoría de los Diputados que conforman la actual legislatura, ignorando la verdadera realidad científica y tecnológica en torno a la problemática del agua.

El agua nunca se va a acabar en la tierra, a no ser que de alguna manera milagrosa el H2O se escape de la atmósfera. Pero el agua "limpia", como cualquier bien escaso, solo podrá ser abundante para el ser humano si dejamos que el ciclo de generación de bienestar haga su trabajo: especialización, propiedad, producción (innovación), intercambio y capitalización.

"El hombre—el hombre racional—no solo es capaz de crear un sistema económico que puede ocasionar un nivel de vida siempre creciente, sino que, precisamente por ser racional—porque esta es la calificación adecuada—, también merece ese sistema económico y todos los bienes maravillosos que puede obtener" decía George Reisman.

Es un hecho probado que, aunque algunos ríos, lagos y arroyos en los países industrializados pueden estar más sucios hoy día que en el pasado, el suministro de agua potable nunca ha sido mejor, gracias al conocimiento acumulado y las tecnologías modernas para tratarla; y sin duda, muchas o casi todas las masas de agua sucia actuales también estarían limpias y serían fiables si estuvieran sujetas a derechos privados de propiedad. En tal caso, los individuos tendrían incentivos para mantenerlos limpios, al poder cobrar por el agua y por los beneficios (derechos de pesca y otros).

Si el ser humano ha probado ser tan productivo e innovador a través de la historia, entonces ¿por qué dejamos que el miedo irracional, desatado por los irresponsables ambientalistas continuamente, detenga nuestro progreso y búsqueda de bienestar a partir de la ciencia y la tecnología aplicada? La respuesta tiene que ver más con la naturaleza del saqueo, a través de medios políticos, que con la lógica económica: la mayoría de estos ambientalistas, en resumidas cuentas, dependen de la generación de miedo y de leyes negativas para subsistir, sin importarles cuánta pobreza y escasez crean con sus intenciones mercantilistas.

Y esto es simplemente inmoral.

Andrés Pozuelo Arce

lunes, 6 de junio de 2011

Tema polémico: el ambiente, nueva bandera del colectivismo


Ayer se celebró el Día Mundial del Ambiente, espacio que muchos utilizaron para replantear ideas a cerca del modelo de desarrollo que sigue la humanidad y que, por supuesto, nos motiva en ASOJOD para hacer algunas reflexiones importantes.

Para nadie es un secreto que el tema ambiental se ha convertido en la preocupación de grupos considerables de personas desde hace décadas, pero que ha tomado fuerza en los últimos años, especialmente por agrupaciones antiglobalización y anticapitalismo. Se ha convertido en su bandera para criticar a un sistema que, según ellos, fomenta el consumo egoísta y es indiferente ante la problemática futura que las presiones productivas generarán sobre los recursos naturales.

Por supuesto que hay individuos y grupos con preocupaciones legítimas, cuyo interés en proteger el ambiente es loable y actúan en consecuencia, dejando de consumir cosas que puedan generar contaminación u obligando a los empresarios, mediante el poder que les da el mercado de votar con su dinero, a utilizar métodos más amigables con el ambiente. Pero estos son "defensores buenos del ambiente" los menos y, lamentablemente, cada vez son más atraídos por los grupos que pretenden utilizar la bandera ecológica para un proyecto político diferente: el colectivismo.

Gracias a esa bandera -tan políticamente correcta- estos grupos han adquirido fuerza y aprovechado para impulsar importantes limitaciones a la propiedad privada, restricciones de gran magnitud a los derechos individuales y aumentar la intervención estatal, asumiendo que sólo mediante una socialización de los bienes se podrá evitar la "tenebrosa" estrategia de los empresarios para hacerse con toda la riqueza en perjuicio de los recursos naturales que necesitarán las futuras generaciones.

Por ello, no ha sido extraño encontrar peticiones para frenar la construcción de plantas generadoras de energía, de minas para extraer material, de papeleras y de cuanta actividad productiva de gran escala se pueda imaginar. Pero el asunto no ha acabado allí: también han aparecido quienes pretenden paralizar cualquier actividad que genere impacto ambiental -como si alguna actividad humana no generar ese impacto- en pos de proteger el ambiente.

En el caso costarricense, la protesta contra ALCOA en los 70 y el reciente parangón con Crucitas, así como la gran cantidad de proyectos que circulan en la corriente legislativa, muestran que la cosa va en serio, máxime con el apoyo decidido que le han dado diferentes gobiernos a lo largo de los años, pasando de vender a Costa Rica como un país ecológico a llevarlo al despeñadero que llaman "carbono neutral".

No nos malinterpreten: apoyaríamos alcanzar metas de carbono neutralidad y de conservación si estas fueran resultado de un proceso de mercado, es decir, si los consumidores valoran tanto el ambiente como para, con sus decisiones, transmitirle a los empresarios que están dispuestos a pagar por ello. Sin embargo, el camino por el que han transitado los gobiernos ha sido diferente: haciendo uso de su intervencionismo, a fuerza de tambor prohibiendo actividades como la minería u obligando a las empresas a descontinuar materiales sin pensar en los costos que esto acarreará. También lo han hecho imponiendo restricciones a la propiedad privada, con el famoso "uso de suelo" y con el cuento de la jurisprudencia constitucional que el ambiente y los derechos difusos tienen más validez, en la práctica, que la protección de la propiedad, razón por la cual es legal imponer las limitaciones que se han aplicado.

Lo peor de todo es que el número de personas que ve con buenos ojos este tipo de políticas, cada vez es mayor. Los gobiernos nos llevan por el camino de servidumbre, como lo había explicado hace años Friedrich Hayek, y las personas lo vitorean. Medios de comunicación, académicos, políticos y ciudadanos comunes y corrientes se han sumado a estas pretensiones, pasando de preocupaciones y esfuerzos válidos para defender lo que ellos valoran como un bien, a medidas coercitivas con las que los colectivistas pueden imponer sus valores sobre los de los demás.

Por eso, en ASOJOD hemos asumido una posición tan clara contra el ambientalismo del siglo XXI -usando un término afín al movimiento político del mismo nombre-, pues se ha convertido en la ruta perfecta para que los colectivistas logren, mediante la coerción, sus objetivos.

Nosotros hemos defendido, y lo seguiremos haciendo, que el único medio posible para lograr la conservación del ambiente -si ese es el fin de estos grupos y no un medio para su proyecto político como realmente pensamos- es estableciendo derechos de propiedad sobre él. Sólo cuando la gente pueda decidir, en función del valor subjetivo que le asigne al ambiente, si destina sus recursos para protegerlo porque lo valora más que lo que está perdiendo, entonces podrá conseguirse la meta tan ansiada por algunos. Sólo dejando al mercado funcionar, buscando y encontrando soluciones completamente privadas y cooperativas, el medio ambiente podrá gozar de una protección duradera.

No se vale vender espejismos como la carbono neutralidad en un país que se rehúsa a dejar que los individuos tomen esa decisión. No se vale cuando el Gobierno nos apreta el cuello con restricciones vehículares, cánones de vertidos, usos de suelos, etc. y el transporte público es el más contaminante o los proyectos del ICE son los que mayor impacto causan sobre el ambiente, al tiempo que se le niega al sector privado la posibilidad de incursionar en áreas donde puede encontrar mejores soluciones que las públicas.

Politizar la conservación del ambiente es tan peligrosa como emitir gases contaminantes o utilizar materiales que no se degradan, pues ello equivale a abrirle las puertas al colectivismo, donde el individuo -y sus derechos- no existen como tales, sino como medios para que un fin difuso y impersonal sea alcanzado.

En este Día Mundial del Ambiente debemos reflexionar acerca de la ruta por la que nuestro país está transitando: una ruta que coincide con la agenda colectivista donde sacrificaremos todos nuestros derechos actuales y de las futuras generaciones por un proyecto político en donde sólo se necesitan esclavos trabajando para la meta que un planificador central decidió como "meta nacional".

lunes, 8 de noviembre de 2010

Tema polémico: berridos ambientales


En reiteradas ocasiones, en ASOJOD nos hemos pronunciado sobre los ambientalistas, sus métodos, sus paranoias, sus utopías y sus berrinches. Sin embargo, la discusión actual de la minería, especialmente en torno al proyecto Crucitas, merece que volvamos a aportar nuestro comentario.

No vamos a referirnos a la discusión legal sobre ese proyecto en particular, pues para eso existen las instancias correspondientes. Lo que queremos abordar es la cultura verdaderamente ingenua de los "defensores del ambiente".

No se confundan. No estamos atacando a todo aquel que tiene preocupaciones válidas y legítimas por el medio ambiente, desarrollando actividades privadas y voluntarias para protegerlo, siendo consecuente en sus ideas y sus acciones: aquellos que no tiran basura a la calle, aquellos que buscan cada vez más tecnologías limpias, aquellos que donan sus recursos a organizaciones que protegen el ambiente, aquellos que usan su tiempo libre para voluntariado. Los que merecen toda nuestra crítica, son aquellos que basan sus "argumentos" en ocurrencias poco reflexionadas, que no resisten ni siquiera el análisis comparado en función de las acciones que ellos llevan a cabo. Es decir, los que andan pregonando la protección ambiental, sin reparar en las inconsistencias que sus propios actos implican.

En la red circula un sinnúmero de videos, artículos, comentarios, etc. donde ese tipo de gente pide acabar con la minería y, al mismo tiempo, elevan un ruego para proteger la vida, los animales, la salud, las plantas y cuanta otra cosa se les ocurra. Sus argumentos, por demás cuestionables, se centran en los efectos nocivos que tiene esta actividad sobre el medio ambiente y, por lo tanto, encuentran que la solución más "adecuada" es prohibirla. Para ello, presionan a los políticos para que diversas iniciativas sean aprobadas, por el Poder Legislativo o por el Poder Ejecutivo.

Ahora bien, si la prohibición de la minería es la pomada canaria para proteger el medio ambiente y, como muchos de ellos alegan, es una forma de detener al malvado sistema capitalista-consumista-egoista, entonces podemos entender que la forma en que se ha venido desarrollando la humanidad en los últimos 3 siglos les parece, cuando menos, nefasta. En ese caso, a su criterio, debemos cambiar el modelo para que el medio ambiente tenga prevalencia sobre la "voracidad economicista".

Pero ¿cuál es ese modelo nuevo, donde hombre, árbol y pajarito podrán coexistir pacífica y armoniosamente? Hasta la fecha, no hemos visto que alguien haya realizado el ejercicio mental para diseñarlo. Pero usamos la palabra "diseñar" porque lo que sí hemos visto es que las sugerencias que estos ambientalistas transformadores proponen, apuntan a la ingeniería social: alguien tendrá que definir lo permitido y lo prohibido; alguien tendrá que fiscalizar el adecuado comportamiento, alguien tendrá que establecer las reglas de distribución de los recursos, alguien deberá diseñar el sistema de producción y las cantidades de consumo razonables y no enajenizantes. En otras palabras, alguien tendrá que diseñar nuestro plan de vida.

¿Por qué las propuestas que hacen tienen cierto tufo colectivista? ¿Por qué no hablan de posibles esquemas donde los individuos, libre y voluntariamente, persigan sus fines propios sin más obstáculo que el respeto a los derechos de los demás y sin más castigo que la obligatoriedad de reparar los daños causados a las víctimas concretas? ¿Por qué todo se dirige hacia el centralismo, hacia el prohibicionismo, hacia el intervencionismo, hacia el paraíso colectivista?

Lamentamos no tener la respuesta que esos ambientalistas le deben a los demás sobre cómo quieren que sea el mundo. Lo que sí podemos ofrecer, es una serie de preguntas que motiven a la reflexión, especialmente para el creciente grupo de jóvenes que, sin tener muy claras las razones, día a día pasan a engrosar la fila de los paladines verdes.

Nos dicen que hay que prohibir la minería. Pero ¿se han dado cuenta que sus casas tienen varillas, clavos, cemento, metales y otros materiales extraídos gracias a esa actividad? ¿han caído en cuenta que las computadoras que utilizan diariamente, hasta para subir a la red sus videos y artículos, tienen componentes minerales? ¿habrán pensado que las carreteras por las que transitan en sus vehículos privados o públicos, también tienen elementos minerales? ¿ya tomaron en cuenta que los equipos médicos, utilizados para salvar gran cantidad de vidas, son construidos con piezas que requieren algún tipo de mineral? ¿saben que la electricidad viaja a través de subproductos de la industria mineral?

Nos dicen que hay que prohibir la tala de árboles y plantas. No obstante ¿ya se dieron cuenta que las hojas donde hacen sus volantes y peticiones para repartir en parques, universidades y ferias se hacen con papel extraído de los árboles? ¿saben que el papel higiénico que hay en sus casas se consigue a partir de los árboles? ¿saben que sus coloridas camisetas y sus extraños pantalones tienen, en muchos casos, fibras obtenidas de plantas? Incluso los veganos o vegetarianos, quienes proclaman que no se debe comer carne, ¿han reparado que su voracidad podría poner en peligro a cientos de especies de plantas?

Abogan también por el agua. Sin embargo, ¿ya notaron que cada vez que orinan se deshacen de ella? ¿que el café, cerveza o refresco que consumen requiere agua para su elaboración? ¿notaron que este planeta está conformado, nada más y nada menos, que por 3/4 partes de agua? O poniéndolo en términos más claros, quienes piden que el Estado protega el agua hasta el punto que la considere un bien de dominio público ¿es el más incapaz para resguardar el recurso hídrico?

Berrean porque el plástico contamina y hasta piden que se prohiba el uso de bolsas. Mas ¿pensaron que la otra opción para cargar cosas es el papel o la tela, que implican, de una u otra forma, el uso de plantas? ¿cómo quieren que se construya equipo médico, utensilios para la higiene y cuido personal, ropa, calzado, empaques, equipo para limpieza, asientos, etc.? ¿se dieron cuenta que los condones que utiliza el ser humano para evitar contagios de enfermedades o la procreación son también producidos con látex y plásticos? ¿que las pinturas que usan para sus grafitis en paredes de concreto (conseguido gracias a la extracción de piedra), se fabrican con base en plásticos?

Si prohibimos todas esas actividades, ¿qué hará la gente que vive de ellas: trabajadores, empresarios, familias completas? ¿cómo se reducirá la pobreza si no permiten que se desarrollen actividades productivas? ¿cómo se resolverá la situación que ellos mismos califican de injusta, en términos de redistribución y acceso a oportunidades, de mala nutrición y pésimo estado de salud, de incomunicación, de brecha tecnológica?

En fin ¿cómo quieren que vivamos? ¿desean que abandonemos todas las comodidades y avances de la época moderna, de las cuales ellos hipócritamente disfrutan, para devolvernos a la época de las cavernas? ¿qué comeremos? ¿qué vestiremos? ¿en qué nos transportaremos? ¿cómo nos desarrollaremos? Esas son las preguntas que no han contestado y que, muy probablemente, tampoco se han hecho ellos mismos para notar sus enormes contradicciones.

Si por lo menos fueran sinceros y coherentes, esos ambientalistas nos propondrían vivir como los amish, esa pintoresca agrupación religiosa que habita en ciertos pueblos de los Estados Unidos y que, voluntariamente, ha renunciado a utilizar los avances de la tecnología, condenándose a si mismos a vivir como en el siglo XVII. Pero no. Para ellos, la situación perfecta sería que todos los costarricenses nos subamos a un barco y abandonemos el país para dejar a la madre tierra recuperar su verdor. Pues les tenemos noticias: el barco que piden también tendrá que construirse con metal o madera y, sin importar su composición, contaminará las aguas.

domingo, 3 de octubre de 2010

Capitalismo y medio ambiente


El interés por preservar y cuidar los recursos naturales, el paisaje y el ambiente limpio aparece, crece y se desarrolla con rapidez a la par del mejoramiento del ingreso y el nivel de vida de la gente. Cuando ésta es pobre y se encuentra a niveles de subsistencia, con hambrunas y variadas insatisfacciones, no aprecia la calidad del medio ambiente. Éste es una especie de bien superior, que se desea mucho más en la medida en que mejora el nivel de ingreso. Los pobres están más preocupados de sobrevivir, recolectar y aun depredar para alimentar a los hijos, antes que pasar frío contemplando el bosque nativo.

Por lo tanto, si usted está verdaderamente interesado en el cuidado del medio ambiente, lo primero es velar por un rápido desarrollo productivo, que aumente el ingreso de los pobres y los haga incorporar en su demanda este bien superior medioambiental. Así que no les crea más a los medioambientalistas fanáticos y "progresistas" que aparecen a cada rato saboteando procesos productivos, la inversión y la incorporación de nuevos recursos naturales, bosques, islas y demás que aumentan el empleo e ingreso de los pobres. Es, precisamente, ese mejor nivel de vida el que llevará a las personas a valorar el medio ambiente, la limpieza y la mejor calidad de vida, algo que no se puede exigir a quienes viven en niveles de subsistencia, con hijos hambrientos.

Ahora bien, ¿bajo qué modalidad de organización económica, social y política los pueblos han logrado aumentar su ingreso y nivel de vida, de manera indefinida y, como resultado de ello, la calidad del medio ambiente? Obviamente, con el capitalismo liberal, abierto y competitivo, basado en el respeto de los derechos personales, comenzando por el de propiedad.

¿No se han dado cuenta de que los ambientes más limpios y de mayor belleza compatibles con amplias poblaciones se dan en Norteamérica, Europa Occidental, Oceanía y algo en América Latina y el Asia que comenzó a crecer?

¿No ha leído respecto de la mugre masiva de las ciudades, ríos, lagos, casas, hoteles, campo y calles en los países y ciudades que fueron o son comunistas? En esto del cuidado y limpieza del medio ambiente —así como antes con las tasas de inversión y el nivel de desarrollo—, los socialistas siempre critican con desparpajo las fallas del capitalismo, pero nunca han reconocido nada de su reiterado fracaso, que insisten en vendernos.

Las fórmulas de planificación central no sirven, así como tampoco las clásicas recetas de legislarlo todo y colocar reglamentos e inspectores caros e inútiles, que sólo dificultan el desarrollo, en especial entre los grupos medios y populares.

¿Cuánto más creceríamos si se hiciera una ley ambiental más liberal, con sistemas de seguros y arbitrajes expeditos? ¿Y cuánto mejoraría el medio ambiente con el aumento del ingreso de los más pobres, lo que automáticamente los sacaría de la depredación? ¿Y cuánto más si extendiéramos la propiedad privada? ¿Cuánto ingreso, empleos e inversión hemos perdido con una legislación ambiental inadecuada?

Álvaro Bardón

miércoles, 4 de agosto de 2010

El tico está decidido a ser pobre


Casi el 50% votaron contra el TLC mientras el 77% de los panameños votaron a favor de endeudarse en $5.300 millones (más que la deuda pública total de Costa Rica) para mejorar el Canal y hacerse más ricos. La propuesta de Don Pepe de crear un “Distrito Financiero” y adelantarse a Panamá se bloqueó porque “era para hacer más rico a Vesco”. Los bananales del sur eran para explotar a los trabajadores y hacer más ricos a “los gringos”. Los ticos lograron sacarlos de ahí y miles de familias quedaron sin sustento. El Canal Seco también lograron obstruirlo porque iban a morir no sé cuantos chinches y alipatos.

Pero lo de Alcoa no tiene nombre. Malos ticos bloquearon esa fuente de riqueza y empleo para los costarricenses. El empleo que iba a generar esa inversión era el equivalente al de las 10 empresas industriales del país JUNTAS. Y se tuvieron que ir los muchachos de San Isidro como mojados porque no podían encontrar trabajo en la tierra que los vio nacer.

Tuve la dicha de contribuir a repatriar el cuerpo de uno de esos muchachos porque la familia se quedó sin dinero después de perder la hipoteca que no pudieron pagar porque dependía de que el muchacho, trabajando en EUA enviara los pagos. Aparecieron sus restos en un desierto de Arizona. Su dentadura confirmó que eran los de Mainor. Su padre me explicó: “No se sabe de qué murió. Seguro de hambre o de sed o tal vez de soledad”. La maldad existe y es malo quien le niega sustento al menesteroso.

Y ahora “Las Crucitas”. En el fondo, argumentan que salvar la lapa verde tiene prioridad a darle de comer a 250 familias. Y muchos ticos les creen. Ignoran la verdad de que el hombre no es el siervo de la tierra. Ni de la bauxita de P.Z., ni del oro de Las Crucitas. Ni de unos arbolitos, ni de las lapas verdes. La gente tiene que comer. “¡Ah, es que es ‘a cielo abierto’! Da furia que esa idiotez se repita como plegaria y como el TLC, cerca de la mitad de los ticos la estén creyendo. Sigue la marcha macabra hacia la pobreza.

Que vuelen. En ese proyecto se derriban unos bosques (en Costa Rica se siembran más árboles de los que se cortan) y se mueren unos pajarracos. Pues tienen alas, ¡que emigren! En P.Z. no fueron pajarracos los que tuvieron que emigrar, sino la juventud. Pero el argumento es: “¡ah, es que se extinguen y hay que preservar esas especies!”. Hace 65 millones de años cayó un asteroide en México. Después de haber dominado el planeta Tierra por 160 millones de años, el dinosaurio se extinguió. Y nada pasó. Es más, muchos biólogos opinan que eso fue lo que permitió el dominio del ser humano sobre la Tierra.

“Ah, que es a ‘cielo abierto’”. La piña también. Hay que botar arbolitos también. Es más, el suelo se mantiene completamente abierto. Además, se emplea mucho agroquímico (“lo que hace su impacto ambiental muy serio”), hay contaminación de suelos, de agua y “de ecosistemas terrestres vecinos con graves consecuencias en su flora y su fauna”. Etcétera. Pero en Colonia Naranjera en Naranjo, Alajuela, quienes eran peones cafetaleros, ahora tienen pequeñas parcelas y estos campesinos negociaron con el gigante Dole que asegurara el mercado y dieron financiamiento. Compraron más terreno, introdujeron tecnología, maquinaria, montaron una empacadora y cumplieron con las estrictas condiciones de producción y calidad de Dole. Ayer fueron peones. Hoy son productores y exportadores de piña. En Guatuso generan empleo para 400 familias y esta actividad es la principal actividad económica de la zona. La naranja también es, en parte, “a cielo abierto”. Pero, ¡que carajo!, hay virtud en la pobreza. Si no somos tan pobres, hagámonos más pobres.

Más y más Mainors abandonarán su patria. Más y más familias sufrirán la pérdida de un ser querido o la falta del pan nuestro de cada día. Pero estos cavernícolas de izquierda seguirán, ufanos, en su marcha macabra en las calles, sin encontrar oposición. Imponiendo su voluntad contra cualquier medio de enriquecimiento. ¡Qué carajo! A favor de los pajaritos, en contra de cortar unos arbolitos, de la agricultura abierta. Contra cualquier cosa siempre y cuando sea contra el progreso y a favor de que sigamos empobreciéndonos.

Jaime Gutiérrez G.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Tema polémico: alimentos transgénicos


Para este Tema polémico queremos abordar el tópico de los alimentos transgénicos, controversia bastante extendida en Europa y Estados Unidos y que, últimamente, se ha trasladado a América Latina como parte del discurso de "seguridad alimentaria".

Antes de fijar una posición, es importante resaltar que, en el 2001, la Unión Europea publicó un resumen de 81 estudios científicos en el cual se establecía que todos concluían que los procesos tecnológicos detrás de los transgénicos “probablemente los hacen más seguros que los cultivos tradicionales de plantas”. En el 2005 la Organización Mundial de Salud concluyó que “es improbable que los organismos genéticamente modificados presenten más riesgos para la salud humana que sus contrapartes convencionales”. En 2007, Indur Goklany en su libro The Improving State of The World argumenta que los beneficios de los transgénicos exceden sus potenciales perjuicios y señala que hoy en día la agricultura constituye el 38% del uso de la tierra y 85% del consumo de agua fresca.

Esta información nos lleva a sacar varias conclusiones. En primer lugar, no se ha encontrado evidencia alguna que determine, categóricamente, que los alimentos genéticamente modificados sean nocivos para la salud, por lo que las protestas realizadas por nuestros compatriotas -en la UCR o en la ANEP- o por otras personas en distintas latitudes, son infundadas.

En segundo lugar, es obvio que si uno está genuinamente preocupado por el medio ambiente y el hambre en el planeta, lo ideal sería producir más alimentos en menos tierra. ¿Cómo se hace eso sin la ayuda de los transgénicos? Expandiendo la cantidad de tierras bajo cultivo y utilizando aún más agua. Gabriela Calderón ndica que "si no se utilizan transgénicos, el área bajo cultivo a nivel mundial aumentará por lo menos en 182 millones de hectáreas (Mha). No obstante, si se permite la biotecnología, la cantidad de tierras bajo cultivo podría más bien ser apenas de 193 Mha para 2050". En otras palabras, al reducir la presión sobre la tierra cultivable se arrasarían menos bosques, se eliminarían más latifundios (si es que eso en realidad fuera un problema) y, por la propia naturaleza de los alimentos transgénicos, se necesitarían menos pesticidas y fertilizantes, lo cual redundaría en menor impacto ambiental.

Una tercera conclusión se obtiene a partir de los resultados de los alimentos genéticamente modificados. Un caso interesante es el Algodón Bt en la India: este país es el tercer productor más importante de algodón en el mundo y este es uno de los cultivos que más pesticidas requiere. En 1998, algunos agricultores se enteraron de que el rendimiento podría aumentar entre 14 y 38% sin necesidad de rociar los cultivos y desesperados por una tecnología más confiable y por su supervivencia, plantaron algodón Bt ilegalmente en alrededor de 10.000 hectáreas. El gobierno amenazó con confiscar y quemar la cosecha pero finalmente no lo hizo y para marzo de 2002 legalizó el cultivo de ese transgénico. Una encuesta realizada en 2003 había demostrado que el rendimiento por hectárea había aumentado en un 29%, reducido el uso de pesticidas en un 60% y aumentado las ganancias netas de los agricultores en un 78% en comparación a los agricultores que no utilizaron el algodón transgénico. El algodón Bt resultó ser bueno para el agricultor, el medio ambiente y el consumidor.

En realidad, la evolución genética es una constante de la naturaleza. Ya Darwin, Mendel y gran cantidad de científicos lo han demostrado con sus investigaciones. Reiteramos: no se ha demostrado que sean nocivos para la salud, permiten producir más y en menor espacio y con menos químicos, agua y trabajo y, finalmente, ofrecen mejores resultados. Así, si la evolución genética siempre se ha dado ¿por qué tanto escándalo con los transgénicos? En ASOJOD creemos que ocurre lo mismo que con el calentamiento global y demás tragedias similares: con base en la ignorancia, el miedo, los prejuicios y la aversión al progreso y, en especial, a la tecnología, algunos trasnochados buscan impulsar su carrera política, apelando al romántico regreso a siglos pasados, donde todo era en pequeña escala.

En algún momento, Montaner había utilizado el ejemplo de los amish, recordando aquellos pintorescos personajes que "reproducen el mundo dulcemente rural del siglo XVIII. Por las razones que sean (casi todas religiosas) los amish odian el progreso y el consumo". Pareciera que no son los únicos.

lunes, 27 de abril de 2009

Tema polémico: ¿las normas ambientales desincentivan la inversión?


El pasado 22 de abril se celebró el día de la tierra. Vivimos en una época de histeria ambiental, constantemente se nos advierte que el hombre destruirá la Tierra y con ello su existencia. Hace 35 años la revista Time especulaba respecto a la posibilidad de otra era de hielo, hoy en día mas bien se nos dice que estamos condenados por causa del calentamiento global. No podemos obviar que el movimiento verde, ha sido tomado por grupos de izquierda radical, que se aprovechan de los problemas ambientales para propagar sus ideas anti-capitalistas y anti-globalización. Por ello, en este día en ASOJOD queríamos abordar una temática sumamente compleja: la relación que puede o no existir entre la protección del ambiente y el crecimiento económico.

La pregunta que planteada por el título pretende ser el origen de una hipótesis sobre el efecto que poseen las normas ambientales sobre la inversión. Desde un primer momento es esencial aclarar que dicha interrogante requiere de lo que se conoce como un funtor, siendo por ello inevitable preguntarnos a cuál legislación ambiental se refiere, ya que, como todos sabemos, la legislación ambiental no es un cuerpo determinado de normas a priori, razón por la cual se debe comprender que existen tipos de legislación ambiental que se aproximan a la cuestión de la protección del ambiente de formas muy distintas. Por ello podemos establecer, de primera entrada, que efectivamente existen normas ambientales que, eventualmente, afectarían de manera negativa a la inversión, pero que también, siendo un poco creativos, es posible legislar de forma que la protección al ambiente y el desarrollo económico coexistan sin mayores problemas. Siendo así, el gran reto en este campo es determinar el modo en que ambos intereses lleguen a conciliarse y, demostrar así, que aquellos grupos que los han caracterizado como mutuamente excluyentes, están equivocados.

¿Dicotomías? Desgraciadamente, hoy en día muchos de los sectores del movimiento verde parecen estar más preocupados por combatir a las grandes empresas y a la globalización que por proteger el medio ambiente. En efecto, llevaba razón Hayek cuando, en su libro Los Fundamentos de la Libertad, al afirma que:

“Pocos argumentos han sido utilizados con tanta amplitud y eficacia para persuadir a las gentes del ‘despilfarro consustancial al sistema de libre competencia’ y de la conveniencia de someter a una discreción centralizada algunas actividades económicas importantes, como en el caso, reiteradamente alegado, de la dilapidación de los recursos naturales por la empresa privada”.

En estos tiempos, muchos pretenden tener como verdad revelada la dicotomía entre un ambiente sano y el crecimiento económico; otros más extremistas, hablan de una carrera al despeñadero ambiental, producido por la flexibilización en las normas ambientales para atraer más inversión. Sin embargo, si se echa un vistazo más de cerca, es posible notar que el crecimiento económico producido por las inversiones es un requisito fundamental para el desarrollo de un medio ambiente sano, toda vez que no puede esperarse que aquellos que apenas tienen lo mínimo para subsistir vayan a preocuparse por las emisiones de carbono o el largo tiempo que tarda el plástico para desintegrarse. Pero si, dentro de una sociedad se comienza a generar más riqueza a partir del sistema de especialización e intercambio, las personas podrán superar los apuros más básicos y dedicar sus recursos temporales, económicos y humanos a la satisfacción de “nuevas necesidades” de orden más “elevado”. En tal escenario, las personas comenzarían a pensar seriamente en utilizar métodos y procedimientos menos contaminantes, formas alternativas de energía y transporte, etc. Y todo ello es posible porque el crecimiento económico les ha permitido superar las necesidades más directas, apremiantes e inmediatas para dedicarse ahora a satisfacer otro tipo de necesidades.

Por eso, cuando los extremistas del movimiento verde hablan de paralizar el crecimiento económico, realmente están pidiendo que menos gente salga de la pobreza y permanezca en condiciones de depredación de recursos. No recuerdan que el que nada tiene, nada pierde al actuar. Por eso hay que apelar a la sensatez: hay que aceptar cierto grado de contaminación para la subsistencia y desarrollo de la humanidad. Un claro ejemplo resulta el de los automotores: si bien es cierto que contaminan, le permiten al ser humano ahorrar mucho tiempo, mismo que utiliza en la creación de más riqueza. Esta idea ya había sido tratada por Milton Friedman, en su libro Libertad para elegir, donde manifiesta que:

“El verdadero problema no consiste en eliminar la contaminación, sino en tratar de sentar las bases de acuerdo, que definan el nivel de contaminación “adecuado”: un nivel en que el beneficio resultante de reducir un poco más la contaminación apenas supere el sacrificio de otras cosas nuevas (vivienda, calzado, prendas de vestir, etc.), que se deberían suprimir al objeto de reducir la contaminación. Más alla de dicho nivel , sacrificamos más de lo que ganamos.”

Por desgracia, al vivir con información imperfecta, nunca nos será posible encontrar ese grado exacto de contaminación, aunque podemos acércanos a él por medio de la ciencia.

Medio ambiente e interés privado:
Es cierto que ese nivel de contaminación genera lo que en economía se conoce como externalidades, es decir, aquellos impactos, positivos o negativos, que recaen en un tercero que no es parte de la transacción. Dichas externalidades, generalmente, han sido resueltas por un impuesto pigouviano, en donde la empresa o actividad económica que causare una externalidad negativa debía compensar dichos daños a través de impuestos. No obstante, el Premio Nobel de economía Ronald Coase, señaló brillantemente que dichas externalidades no se dan en forma unilateral, sino que se presentan en forma recíproca. Para ilustrar esto, Coase presentó el caso judicial de Sturgess vs. Bridgeman, en donde se explica:

“En éste, un pastelero usaba dos máquinas moledoras y trituradoras para el funcionamiento de su negocio (una de las cuales llevaba más de 60 años en el mismo lugar, mientras que la otra más de 26 años). Un médico ocupó en el intertanto un establecimiento vecino. La maquinaria no le había causado ningún daño hasta que éste, 8 años después de haberse instalado en el lugar, construyó una consulta al final de su jardín, inmediatamente contiguo a la cocina del pastelero. En ese momento encontró que el ruido que le causaba esta maquinaria no le permitía utilizar su consulta, específicamente le impedía auscultar a sus pacientes y realizar cualquiera actividad que requiriera de concentración. Frente a esta situación, el doctor interpuso acciones legales para forzar la detención de las maquinarias que producían el ruido.”

La Corte falló en favor del médico, ordenando detener el funcionamiento de las maquinarias.

Coase se pregunta entonces, si la decisión de la Corte afectará el destino de ambos establecimientos y su respuesta es negativa en la medida que ambos puedan negociar. Concretamente, Coase señala que:

“El doctor habría estado dispuesto a renunciar a sus derechos (...) si el pastelero le hubiese pagado una suma de dinero mayor que la pérdida de ingresos que le hubiese significado mudarse a un lugar más caro o menos conveniente, finalizar con sus actividades en ese lugar (...) o tener que construir una pared que eliminara el ruido y la vibración. El pastelero habría estado dispuesto a incurrir en este costo si el monto que hubiese tenido que pagar al médico hubiese sido menor que la caída en ingreso que hubiese tenido que sufrir por modificar su modo de operación, abandonar su operación o trasladarse a otro lugar. La solución al problema —continúa Coase— depende esencialmente de si el uso de la maquinaria le significa mayores ingresos al pastelero de los que pierde el doctor”.
Siendo que:

“En resumen, lo que nos dice Coase es que el uso que se les dé a estos establecimientos (recursos) no dependerá de lo que establezca la ley o falle el juez, sino de los beneficios y costos asociados a cada una de las alternativas en discusión. Esto no quiere decir que la ley o el fallo judicial carecen de importancia. La verdad es que son indispensables para establecer los derechos, de modo de posibilitar las negociaciones, las que no se podrían llevar a cabo en ausencia de estos derechos.”

Este ejemplo se ilustra claramente un problema de medio ambiente (contaminación sónica), en donde la externalidad no es monopolio exclusivo de una de las partes, sino que ambos, tanto el médico como el empresario, se afectan mutuamente. Es aquí donde precisamente la legislación puede jugar un papel preponderante para la solución armoniosa de dichos conflictos, a través del establecimiento de derechos de propiedad claramente definidos que les permitan a las personas entrar en intercambios voluntarios donde ambas partes resulten beneficiadas.

Ahora, siendo el punto inicial de esta presentación la forma en que protección ambiental y desarrollo pueden ser compatibles, cabe enfatizar en varios aspectos para conseguir dicha tarea. En primer lugar, la legislación ambiental debe establecer claros y definidos derechos de propiedad, que conviertan al ambiente en un tema de interés privado para los individuos, haciendo que estos sean los primeros beneficiados o perjudicados por el tratamiento que ellos hagan del ecosistema. En la medida en que se eliminen los bienes públicos, se eliminarán también los free riders. A continuación se exponen ciertos ejemplos que ilustran dicho planteamiento.

a) Los impuestos a la importación: pocos imaginaran cómo temas de política tributaria-comercial pueden encontrarse sumamente vinculados al ámbito ambiental. La reducción de impuestos para la importación de mejores tecnologías puede ser una de las formas menos costosas pero más beneficiosas de colaborar con el ambiente. Dentro de esta condición se pueden encontrar claramente los automóviles, pues al reducir los impuestos a la importación de automóviles nuevos, las personas no sólo verán mejorada su esfera material sino que dicha medida incentivará a que las personas obtengan vehículos que son mucho más eficientes en cuanto al consumo de energía y menos contaminantes.

b) La propiedad sobre la tierra: en tanto exista propiedad privada sobre la tierra, esta se convierte en un factor de producción y de riqueza para su dueño. En este sentido, este será el primero y más interesado en dar un uso racional y eficiente a la tierra misma. También es interesante notar los nuevos nichos que el mismo mercado ha creado a partir de lo que Hayek denominara orden espontáneo, sobre productos cultivados orgánicamente. Siendo este un ejemplo más de como el cuido al medio ambiente es lucrativo.

c) Flora y fauna en conservación: definitivamente si se quiere poner en peligro de extinción a alguna especie animal o vegetal, lo primero que se debe hacer es prohibir su comercialización. Todos los lectores pueden estar seguros que los árboles que se encuentran en peligro no son los de las papelerías canadienses; también pueden estar seguros de que no existe un ejemplo en el mundo de algún animal cuya comercialización fuera legal y libre que haya desaparecido, esto debido a que de nuevo tanto flora y fauna se vuelven en factores de riqueza los cuales han de ser conservados para poder seguir creando riqueza.

Como se puede ver, el reto de las legislaciones ambientales es precisamente establecer responsabilidades directas e inmediatas sobre los individuos en cuanto al desarrollo del ambiente. Esto no sólo asegurará un cuido efectivo del mismo, sino que también incentivará la inversión privada y con ello el crecimiento económico, lo que consecuentemente mejorará las condiciones de vida de todos los habitantes. En cambio la prohibición y la estrechez mental son los caminos más rápidos a la pobreza y desastre ambiental. No hay que olvidar que el ambiente es un medio necesario para el desarrollo pleno e integral de todos los individuos, pero no un fin en si mismo, como algunos desean hacerlo parecer.

martes, 24 de febrero de 2009

De sencillo a ingobernable


Hace más de cincuenta años, el Dr. Frederic Wertham descubrió una curiosa enfermedad mental: el complejo de Superman. Esta alteración provoca a quien la padece, un sentimiento de superioridad sobre el resto de los mortales y en ocasiones la imperiosa necesidad de salvar al mundo. Wertham la definió originalmente como "el placer de sentir fantasías sádicas al ver cómo alguien es castigado una y otra vez mientras quien provoca el castigo, permanece inmune".

Entre las personas de la calle, este sentimiento sádico es anecdótico, pero entre los políticos es una auténtica epidemia. Si bien, todo hay que decirlo, no es su única enfermedad mental. Los expertos declaran que entre el 1% y 2% de la población mundial es un psicópata en potencia, pero cuando el estudio se concentra en los políticos, este índice se eleva al 5% y 10%. ¿Acaso alguien lo dudaba?

Los políticos de Cataluña han vuelto a dar testimonio de hasta qué punto les encanta destrozar la vida de las personas a las que someten con sus leyes absurdas. En medio de una crisis económica de magnitudes históricas (el paro y las quiebras empresariales crecen a ritmos jamás vistos, pulverizando el poder adquisitivo de los ciudadanos) el Tripartito ha encontrado dos problemas de solución inaplazable. Uno, que los padres adoptivos tengan la obligación de decírselo a sus hijos y dos, que las bolsas de plástico del super son peor que Hitler y, por tanto, hay que poner coto a su proliferación.

En este segundo caso, el complejo de Superman de nuestros mandatarios se ha superado a sí mismo. De momento no las prohibirán, eso ya vendrá más tarde. El Tripartito ha decidido limitar su distribución gratuita en comercios —se está hablando de un impuesto de 20 céntimos— y crear una "comisión de trabajo sobre bolsas". Prohibirlas resultaba demasiado fácil y no proporcionaba ningún rendimiento económico. Así que la solución pasa finalmente por gastar más dinero del pagador de impuestos y de paso colocar a algún que otro amigote en la susodicha comisión. Probablemente también sufraguen con miles de euros algunos informes sobre bolsas de plástico que nadie va a leer. Podemos recordar, por ejemplo, los 12.000 euros que desembolsó la Generalitat por un informe bajado de internet, los dos portales web que costaron más de 295.000 euros y no funcionaron o el dinero gastado en el estudio sobre brujos y brujas (12.000 euros), sobre la almeja brillante (casi 28.000 euros) o sobre la colocación de libros en las bibliotecas públicas de Girona (24.000 euros), entre muchos más.

Estos casos no son aislados. A diario podemos encontrar en la prensa algún tipo de abuso del Tripartito sobre sus ciudadanos. Esto nos ha de hacer reflexionar sobre algunas cosas. Por duro que les resulte a los políticos, si las cosas funcionan, no se han de complicar con leyes ni impuestos. Los gobiernos no tienen ninguna autoridad moral sobre la vida del ciudadano. Nadie va a morir por que unos padres no le digan a su hijo si es adoptado; y que grupos de presión ecologistas hayan concienciado —léase, lavado el cerebro— a algunos true believers sobre que las bolsas de plástico son peor que el uranio radiactivo, no implica que los poderosos tengan que eliminar a productores, distribuidores, empresarios y trabajadores del plástico para calmar sus conciencias y llenar sus bolsillos. Este sádico complejo de superioridad política sólo crea Estados tiránicos y perdedores netos: los ciudadanos y la economía privada. Es la gente quien ha de elegir libremente si quiere usar un cesto o una bolsa de plástico para trasladar la comida del super a su casa.

Esta solidaridad a punta de pistola es una violación a los derechos individuales del hombre. La solidaridad por ley es un absurdo que sólo da lugar a una sociedad atemorizada y a la pobreza intelectual y material. Lo único que saben hacer los políticos es convertir las cosas sencillas en auténticos problemas. Si ya en los asuntos más simples, los burócratas se comportan como verdaderos sociópatas, ¿cómo podemos esperar que nos arreglen la vida?


Jorge Valín

martes, 18 de noviembre de 2008

El problema del ambiente son los ambientalistas


En Extra del 28 de octubre de este año, uno de sus colaboradores opina que “Arias quiere extinguir la lapa verde” al autorizar la explotación del oro en Las Crucitas. La razón que esto tiene que ver conmigo es que, por mi reciente artículo “Algo sigue podrido en Costa Rica” (La Nación , Página Quince , 1/11/08), varios ambientalistas me enviaron correos electrónicos castigándome porque defendí esa explotación.

Uno de ellos me increpó diciendo que don Pepe (Figueres), “jamás” podía haber defendido el contrato de ALCOA y la explotación del bauxito a “cielo abierto” como en Las Crucitas. Pues esto fue lo que declaró: “Es lamentable que los estudiantes se dejen caer en una mala causa... felicito a los diputados que votaron a favor por su patriotismo... que no se dejen intimidar por los demagogos... no podemos temer por muchedumbres”.

Medias verdades. En 1962 se publicó el libro Silent Spring de Rachel Carson, el cual desató una cruzada del movimiento ambientalista en Estados Unidos al documentar que rociar DDT en forma masiva amenazaba terminar con el águila calva. Los ambientalistas estaban en lo cierto cuando advirtieron que el uso irrestricto del DDT representaba una amenaza de extinción para esas aves, y, bajo el liderazgo de Greenpeace , lograron que se restringiera su uso, especialmente en el mundo subdesarrollado. Sin embargo, el resultado de esta cruzada fue que la malaria mató más de un millón de personas al año, 800.000 de ellos niños y jóvenes en África.

Ni Greenpeace ni los otros grupos ambientalistas han admitido su culpabilidad en este genocidio y siguen adelante fomentando otras medias verdades con igual pasión y con similares resultados.

Otra bandera ambientalista, “la bomba de la población” tampoco probó ser cierta. La población mundial está creciendo, es cierto, pero la producción agrícola per cápita ha aumentado, y el número de personas que se enfrentan a una hambruna en el mundo, en lugar de aumentar, ha disminuido. En los años 70, el ambientalismo trató de convencer al mundo de que el oleoducto de Alaska devastaría el hato de caribú en el Ártico central, otro de los animales sagrados del grupo. No obstante, como en tantas otras ocasiones, la realidad demostró que el hato de caribú y el de aves migratorias creció y sigue creciendo.

Respetados científicos señalaban en 1975 que venía una “pequeña Edad de Hielo” incluyendo la famosa National Academy of Science . Pero, apenas veinte años más tarde, ya no era el frío sino el calor lo que amenazaba al planeta Tierra.

Credibilidad debilitada. Las contradicciones o la falsedad de muchas de estas denuncias, con el tiempo, ha debilitado la credibilidad no solo de estos grupos ambientalistas, que no tendría mucha importancia, sino de la comunidad científica.

Aquí en Costa Rica, ambientalistas tropicales argumentan que salvar la lapa verde tiene prioridad a darle de comer a 250 familias. Hacen a un lado la verdad de que el hombre no es el siervo de la tierra. No es el siervo ni de la bauxita de Pérez Zeledón ni del oro de Las Crucitas. Ni de los pájaros ni de las lapas verdes.

El científico Bjorn Lomborg piensa que “lamentablemente, tendemos a centrarnos apenas en algunos de los problemas más importantes del planeta, y como resultado, nos formamos una visión distorsionada del mundo”. El ambientalismo es una extravagancia de las sociedades ricas. Para los pobres, para quienes la supervivencia cotidiana es una lucha a muerte, las actividades de los ambientalistas deben parecerles una banal y superflua quijotada.

Es necesario establecer prioridades libre de prejuicios y la primera es ver al planeta Tierra completo, en su conjunto. Esto se logrará el día en que las sociedades occidentales, finalmente, descubran el daño que los ambientalistas le han hecho al establecimiento de estas prioridades y obliguen a sus líderes políticos a darle otro enfoque a la tarea de proteger el planeta Tierra. Hasta la fecha, el mayor problema ambiental han sido los ambientalistas.

Jaime Gutiérrez Góngora

domingo, 20 de julio de 2008

La noche del gallo


Es bien sabido que Jesús vaticinó que su apóstol Pedro lo negaría tres veces antes de que cante el gallo. En nuestra época hay tres negaciones horrendas al orden natural que constituyen un serio peligro para la subsistencia de la sociedad abierta. Estas tres huidas del sentido común son el socialismo, el ecologismo y el terrorismo. Nos encontramos así insertos también en la noche del gallo.

De tanto machacar en las tres vertientes de una misma concepción totalitaria, el mundo libre, poco a poco, ha ido absorbiendo parte del veneno que amenaza con incrementar la dosis mientras que los anticuerpos no parecen revitalizarse con la energía suficiente para detener el aluvión de reverencias y panegíricos a megalómanos atrincherados en el aparato estatal que se toman como dioses laicos, hasta que el fracaso estrepitoso reemplaza la veneración por nuevos milagreros y así sucesivamente.

El primer caso es el más antiguo: se trata del debilitamiento y finalmente la extinción de la propiedad privada en nombre de los pobres. Todas las vertientes de esta tradición de pensamiento sucumben en la realidad, aunque se siguen alimentando en la fantasía del discurso. Todas revelan una alarmante pobreza conceptual ya que no solo significan una falta de respeto al derecho sino que barren con las únicas señales con que se cuenta para operar y saber donde se está parado. Así, al enervar la institución de la propiedad no hay precios y, por ende, resulta imposible la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico. No se sabe cuando y en qué se consume capital. El conocimiento disperso se transforma en ignorancia concentrada en ampulosas comisiones de planificadores estatales que inexorablemente operan a ciegas, con lo que naturalmente se perjudica a todos pero de modo muy especial a los más necesitados.

En el segundo caso, a través de las trasnochadas figuras de la “subjetividad plural” y los “derechos difusos” se pretende que en nombre de la preservación de las especies y del medio ambiente cualquiera pueda dictaminar acerca del uso que terceros le asignan a sus respectivas propiedades. Paradójicamente, para preservar la propiedad del planeta Tierra se propicia la liquidación de la propiedad vía lo que con acierto se ha denominado “la tragedia de los comunes” puesto que lo que es de todos no es de nadie y los incentivos para cuidar los bienes desaparecen.

Hoy en día las vacas no se extinguen mientras que las ballenas tienden a desaparecer. Esto es así precisamente porque las vacas tiene dueño mientras que las ballenas “son de todos”. Esto no siempre fue así: en la época colonial cuando no existía la revolución tecnológica del alambrado y la marca cualquiera mataba ganado vacuno para cuerear o para comer un trozo de carne con lo que esos animales estaban en riesgo de extinción. Hoy, en cambio, de lo que se trata es de multiplicar el ganado y no de hacerlo desaparecer debido a los incentivos de la propiedad privada. Idéntico fenómeno ocurre cuando una manada de elefantes pertenece a alguien, a diferencia de la masacre que tiene lugar si “es de todos” donde se ametralla para obtener marfil en lugar de estimular la reproducción.

Del mismo modo, nadie reforesta si sabe que los beneficios completos serán para otros. Las talas indiscriminadas se deben a la insistencia en las así llamadas tierras fiscales. A su vez, tal como se ha expuesto reiteradamente en infinidad de trabajos, los problemas que genera el monóxido de carbono, la lluvia ácida o el efecto invernadero también se dirimen en el contexto de la asignación de derechos de propiedad.

Por último, el flagelo del terrorismo debe rechazarse haciendo uso de todos los caminos de que dispone la sociedad abierta pero nunca con procedimientos inherentes a la canallada terrorista como la detención sin juicio previo, las escuchas telefónicas, la intromisión en el secreto bancario, la tortura y, en general, la restricción a las libertades civiles tan caras y esenciales al mundo libre.

La moderna noche del gallo no tendría lugar si no fuera por el paulatino debilitamiento y abandono de las sólidas bases sobre las que se sustenta la sociedad abierta. En este sentido, resulta sumamente decepcionante y descorazonador observar buena parte de las campañas electorales —incluso en los lugares más insospechados— en las que reiteradamente y en forma creciente los candidatos prometen echar mano al fruto del trabajo ajeno para los más diversos propósitos, todos reñidos con elementales principios del respeto recíproco.

Se torna imperioso abrir un debate de ideas al efecto de fortalecer el resguardo a la dignidad de las personas y volver a las fuentes en cuanto a la consiguiente filosofía que preserve las autonomías individuales para que cada uno pueda seguir pacíficamente su camino y reservar el uso de la fuerza exclusivamente allí donde hay lesiones al derecho. Desde luego que el estudio de los fundamentos de la sociedad abierta deben estar siempre a prueba: como enseña Popper, todo está sometido al carácter de la provisionalidad y abierto a posibles refutaciones (del mismo modo que Borges escribe que “el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”). Pero con el mismo entusiasmo de los bibliófilos, siempre nómadas al acecho de nuevas aventuras intelectuales, es urgente explorar seriamente los múltiples andariveles de la libertad al efecto de salir del atolladero en que nos encontramos.

En este contexto, es menester la debida comprensión del orden jurídico y dejar de lado las concepciones positivistas que consideran que toda legislación debe ser obedecida independientemente de su contenido, con lo que se acumulan pseudoderechos de la misma naturaleza inaudita del que acaba de proponerse en la Asamblea Constituyente de Ecuador para ser incorporado en una enmienda constitucional: “el derecho de la mujer al orgasmo” (puede facilitar si se le da permanencia al consejo de Woody Allen, aquello de “amaos los unos sobre los otros”...con lo que la noche del gallo adquiriría un matiz de ribetes bien diferentes).


Alberto Benegas Lynch

lunes, 9 de junio de 2008

Tema polémico: el movimiento ambientalista.


El pasado 5 de junio fue el Día Mundial del Medio Ambiente y, a propósito de esa celebración, en ASOJOD hemos querido dedicar nuestro tema polémico de hoy al movimiento ambientalista, conformado por una serie de individuos con mucha "conciencia social" más aplicable para las futuras generaciones que para las actuales.


Consideramos a estas personas como los hippies modernos, cuyas proclamas de desarrollo y protección ambiental resultan una contradicción en términos, toda vez que quieren continuar viviendo con todas las comodidades del siglo XXI pero con métodos de consumo y producción típicos del siglo XVII. Para lograrlo, se amarran a árboles, hacen huelgas de hambre u organizan escandalosas manifestaciones para acusar al capitalismo de la destrucción del medio ambiente y de la vida. Curiosamente, creen estar criticando a una entidad viva, capaz de actuar y decidir. No se dan cuenta que el capitalismo no es un monstruo, sino tan sólo un sistema económico organizado bajo la lógica del mercado, es decir, del conjunto de individuos -incluídos ellos mismos- que toman decisiones. Como bien decía Mises:


"A muchos alarma la actual explotación inmoderada de recursos naturales y de hidrocarburos que por fuerza han de ir agotándose. Estamos dilapidando riquezas rígidamente limitadas, sin pensar en las necesidades de futuras generaciones; estamos consumiendo nuestra base vital, así como la de nuestros descendientes. Sin embargo, tales quejas tienen poco sentido. Ignoramos totalmente si la vida de los hombres del futuro dependerá de esas mismas materias primas que hoy explotamos". (Mises, Ludwig. La Acción Humana: Tratado de Economía. 6ª Edición. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 390-391)

Lo que no les gusta a los ambientalistas es que los individuos libres decidan hacer uso de los recursos naturales para satisfacer necesidades concretas y presentes y no piensen en los seres humanos supuestos que conforman la famosa y trillada frase de "generaciones futuras". En otras palabras, les molesta que los individuos no quieran creer en el cuento de los que vienen, de los que "siguen después de nosotros" tan sólo porque no saben si en verdad existirán esos "futuros seres humanos".

Mientras hay algunos que no se dan cuenta del fallo conceptual antes destacado, hay otros dentro del movimiento ambientalista que abiertamente abogan por detener el progreso. Se trata del Decrecimiento, que es una corriente política, social y económica que propone disminuir el consumo y la producción. El Decrecimiento nació de las tesis del economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, quien profetizó la finalización de los recursos naturales si se continuaba el ritmo de crecimiento económico. Evidentemente, los adeptos a esta doctrina piden a gritos volver a vivir como los amish, ese curioso grupo de gente que se autocondenó a vivir sin nada de lo que se inventó después del siglo XVII.

Es claro que detrás de este movimiento se esconde una corriente filosófica bastante conocida: el socialismo. Basta con observar la coincidencia de argumentos para poder sostener esta afirmación: repudio al modelo capitalista, ataque al concepto de propiedad privada, apelación a una entidad metafísica llamada Madre Tierra, uso de nociones como justicia social, equidad y distribución de la riqueza, así como críticas a la creación y acumulación de la riqueza a partir de la búsqueda del beneficio individual.

Otro de los grandes problemas es que estas personas creen que el ambiente es un fin en si mismo y no se dan cuenta que, en realidad, es un medio para alcanzar otras cosas como salud, recreación, etc. Cuando no se hace lo que ellos dicen, vaticinan el apocalipsis: ¡moriremos aplastados por un meteorito! ¡el calentamiento global causará la destrucción de todo! ¡se acabará la comida! ¡nos ahogaremos con los icebergs derretidos! y gran cantidad de frases que se oyen día a día. Toda esta serie de advertencias ha generado que muchas unidades últimas de decisión se dejen llevar por la mentira y adopten medidas "paliativas". Un buen ejemplo es el del Consejo Universitario de la UCR, que cada 5 de junio ha tenido la maravillosa (¿?) idea de prohibir el acceso de automoteres a sus instalaciones para lograr "un día sin humo". La iniciativa parecerá estupenda a los ojos de muchos ingenuos, pues se contamina menos. No obstante, lo que esta gente no ve es que, fuera de las instalaciones de la UCR los carros se parquean a doble fila o abarrotan los parqueos públicos.

Mentira que la gente decide dejar su carro en casa y trasladarse a la universidad en pogo saltarín, en caballo, en patineta o en zapatos con ruedas. Posiblemente algún iluso lo haga, pero la gran mayoría simplemente busca otro lugar donde estacionar su auto. Si no lo lleva y decide ir en bus, el incremento de pasajeros provoca que las líneas de transporte público tengan que disponer de más buses -irónicamente los vehículos más contaminantes de Costa Rica-. Como es obvio, más autobuses en las calles no ayudan al medio ambiente.

Estas contradicciones son apenas la punta del iceberg respecto a las bases del movimiento ambientalista. Pero no es lo único pues las mentiras también hacen su aparición. Desde hace años estamos escuchando que el mundo acabará y, al igual que con la venida del Mesías, cuando el día indicado llega nada pasa, excepto que sus adeptos alegan que es necesario postergar la fecha. Desde el Ensayo sobre el principio de la población (1978) de Malthus se le está diciendo a la humanidad que los recursos naturales se acabarán y no quedará ser vivo sobre la Tierra. Y más de 200 años después, todavía nada ha pasado.

Es cierto que hay que tener cierta consideración con el medio ambiente, pues es un medio para que podamos progresar y vivir con salud. Pero las cosas tampoco pueden alcanzar los niveles de fanatismo y adicción al mejor estilo de Greenpeace.