En reiteradas ocasiones, en ASOJOD nos hemos
pronunciado sobre los ambientalistas, sus métodos, sus paranoias, sus utopías y sus berrinches. Sin embargo, la discusión actual de la minería, especialmente en torno al proyecto Crucitas, merece que volvamos a aportar nuestro comentario.
No vamos a referirnos a la discusión legal sobre ese proyecto en particular, pues para eso existen las instancias correspondientes. Lo que queremos abordar es la cultura verdaderamente ingenua de los "defensores del ambiente".
No se confundan. No estamos atacando a todo aquel que tiene preocupaciones válidas y legítimas por el medio ambiente, desarrollando actividades privadas y voluntarias para protegerlo, siendo consecuente en sus ideas y sus acciones: aquellos que no tiran basura a la calle, aquellos que buscan cada vez más tecnologías limpias, aquellos que donan sus recursos a organizaciones que protegen el ambiente, aquellos que usan su tiempo libre para voluntariado. Los que merecen toda nuestra crítica, son aquellos que basan sus "argumentos" en ocurrencias poco reflexionadas, que no resisten ni siquiera el análisis comparado en función de las acciones que ellos llevan a cabo. Es decir, los que andan pregonando la protección ambiental, sin reparar en las inconsistencias que sus propios actos implican.
En la red circula un sinnúmero de videos, artículos, comentarios, etc. donde ese tipo de gente pide acabar con la minería y, al mismo tiempo, elevan un ruego para proteger la vida, los animales, la salud, las plantas y cuanta otra cosa se les ocurra. Sus argumentos, por demás cuestionables, se centran en los efectos nocivos que tiene esta actividad sobre el medio ambiente y, por lo tanto, encuentran que la solución más "adecuada" es prohibirla. Para ello, presionan a los políticos para que diversas iniciativas sean aprobadas, por el Poder Legislativo o por el Poder Ejecutivo.
Ahora bien, si la prohibición de la minería es la pomada canaria para proteger el medio ambiente y, como muchos de ellos alegan, es una forma de detener al malvado sistema capitalista-consumista-egoista, entonces podemos entender que la forma en que se ha venido desarrollando la humanidad en los últimos 3 siglos les parece, cuando menos, nefasta. En ese caso, a su criterio, debemos cambiar el modelo para que el medio ambiente tenga prevalencia sobre la "voracidad economicista".
Pero ¿cuál es ese modelo nuevo, donde hombre, árbol y pajarito podrán coexistir pacífica y armoniosamente? Hasta la fecha, no hemos visto que alguien haya realizado el ejercicio mental para diseñarlo. Pero usamos la palabra "diseñar" porque lo que sí hemos visto es que las sugerencias que estos ambientalistas transformadores proponen, apuntan a la ingeniería social: alguien tendrá que definir lo permitido y lo prohibido; alguien tendrá que fiscalizar el adecuado comportamiento, alguien tendrá que establecer las reglas de distribución de los recursos, alguien deberá diseñar el sistema de producción y las cantidades de consumo razonables y no enajenizantes. En otras palabras, alguien tendrá que diseñar nuestro plan de vida.
¿Por qué las propuestas que hacen tienen cierto tufo colectivista? ¿Por qué no hablan de posibles esquemas donde los individuos, libre y voluntariamente, persigan sus fines propios sin más obstáculo que el respeto a los derechos de los demás y sin más castigo que la obligatoriedad de reparar los daños causados a las víctimas concretas? ¿Por qué todo se dirige hacia el centralismo, hacia el prohibicionismo, hacia el intervencionismo, hacia el paraíso colectivista?
Lamentamos no tener la respuesta que esos ambientalistas le deben a los demás sobre cómo quieren que sea el mundo. Lo que sí podemos ofrecer, es una serie de preguntas que motiven a la reflexión, especialmente para el creciente grupo de jóvenes que, sin tener muy claras las razones, día a día pasan a engrosar la fila de los paladines verdes.
Nos dicen que hay que prohibir la minería. Pero ¿se han dado cuenta que sus casas tienen varillas, clavos, cemento, metales y otros materiales extraídos gracias a esa actividad? ¿han caído en cuenta que las computadoras que utilizan diariamente, hasta para subir a la red sus videos y artículos, tienen componentes minerales? ¿habrán pensado que las carreteras por las que transitan en sus vehículos privados o públicos, también tienen elementos minerales? ¿ya tomaron en cuenta que los equipos médicos, utilizados para salvar gran cantidad de vidas, son construidos con piezas que requieren algún tipo de mineral? ¿saben que la electricidad viaja a través de subproductos de la industria mineral?
Nos dicen que hay que prohibir la tala de árboles y plantas. No obstante ¿ya se dieron cuenta que las hojas donde hacen sus volantes y peticiones para repartir en parques, universidades y ferias se hacen con papel extraído de los árboles? ¿saben que el papel higiénico que hay en sus casas se consigue a partir de los árboles? ¿saben que sus coloridas camisetas y sus extraños pantalones tienen, en muchos casos, fibras obtenidas de plantas? Incluso los veganos o vegetarianos, quienes proclaman que no se debe comer carne, ¿han reparado que su voracidad podría poner en peligro a cientos de especies de plantas?
Abogan también por el agua. Sin embargo, ¿ya notaron que cada vez que orinan se deshacen de ella? ¿que el café, cerveza o refresco que consumen requiere agua para su elaboración? ¿notaron que este planeta está conformado, nada más y nada menos, que por 3/4 partes de agua? O poniéndolo en términos más claros, quienes piden que el Estado protega el agua hasta el punto que la considere un bien de dominio público ¿es el más incapaz para resguardar el recurso hídrico?
Berrean porque el plástico contamina y hasta piden que se prohiba el uso de bolsas. Mas ¿pensaron que la otra opción para cargar cosas es el papel o la tela, que implican, de una u otra forma, el uso de plantas? ¿cómo quieren que se construya equipo médico, utensilios para la higiene y cuido personal, ropa, calzado, empaques, equipo para limpieza, asientos, etc.? ¿se dieron cuenta que los condones que utiliza el ser humano para evitar contagios de enfermedades o la procreación son también producidos con látex y plásticos? ¿que las pinturas que usan para sus grafitis en paredes de concreto (conseguido gracias a la extracción de piedra), se fabrican con base en plásticos?
Si prohibimos todas esas actividades, ¿qué hará la gente que vive de ellas: trabajadores, empresarios, familias completas? ¿cómo se reducirá la pobreza si no permiten que se desarrollen actividades productivas? ¿cómo se resolverá la situación que ellos mismos califican de injusta, en términos de redistribución y acceso a oportunidades, de mala nutrición y pésimo estado de salud, de incomunicación, de brecha tecnológica?
En fin ¿cómo quieren que vivamos? ¿desean que abandonemos todas las comodidades y avances de la época moderna, de las cuales ellos hipócritamente disfrutan, para devolvernos a la época de las cavernas? ¿qué comeremos? ¿qué vestiremos? ¿en qué nos transportaremos? ¿cómo nos desarrollaremos? Esas son las preguntas que no han contestado y que, muy probablemente, tampoco se han hecho ellos mismos para notar sus enormes contradicciones.
Si por lo menos fueran sinceros y coherentes, esos ambientalistas nos propondrían vivir como los amish, esa pintoresca agrupación religiosa que habita en ciertos pueblos de los Estados Unidos y que, voluntariamente, ha renunciado a utilizar los avances de la tecnología, condenándose a si mismos a vivir como en el siglo XVII. Pero no. Para ellos, la situación perfecta sería que todos los costarricenses nos subamos a un barco y abandonemos el país para dejar a la madre tierra recuperar su verdor. Pues les tenemos noticias: el barco que piden también tendrá que construirse con metal o madera y, sin importar su composición, contaminará las aguas.