
Recientemente, varios diputados del PAC le solicitaron a la Presidente de la República la convocatoria del expediente N° 17.371, Control del Tabaco y sus Efectos o mejor conocida como "Ley Antitabaco". El día de hoy no vamos a discutir sobre los efectos dañinos del tabaco en el cuerpo humano, pues en este tema no hay espacio para debate: el consumo de tabaco, al igual que otras drogas, genera daños irreparables en la salud de las personas. El tema que queremos discutir es sobre la libertad que tenemos los individuos de decir la forma en que vamos a tratar nuestro cuerpo y cuál debería ser el papel del Estado en esto.
Esta discusión, al igual que muchas otras que hemos presentado los lunes, se basa en el principio fundamental de que todos somos responsables de nuestra propia vida y nadie debería obligarnos a hacer o dejar de hacer algo. La decisión de fumar cigarros le corresponde a cada individuo y este se debe hacer responsable por cualquier consecuencia que esto conlleva.
Sin embargo, pareciera ser que en este tema, hasta los liberales tienen diferencias. Para algunas personas -liberales o colectivistas- el fumado no es un problema individual sino colectivo, porque el humo afecta los derechos de otras personas. En términos de una externalidad negativa que afecta los derechos de otros individuos, esas personas consideran que el fumado debería prohibirse, pues en cualquier caso, los no fumadores se ven perjudicados por el humo y, en el caso de países con seguridad social colectiva como Costa Rica, el pago del tratamiento médico del fumador se le endilga a todos los ciudadanos por igual.
Si bien el primer punto -problema colectivo- podría ser cierto, no lo es la conclusión: el Estado NO debe intervenir. El argumento del pago del tratamiento es rebatible fácilmente y nos lleva a la propuesta que en ASOJOD siempre hemos defendido: es necesario que cada quién pague por su propia atención médica, independientemente de si fuma, es obeso, tiene predisposición a alguna enfermedad, etc. Para nosotros, nunca será justificable que unos paguen por otros. Si bien nos tildarán de ilusos y nos dirán que, ante la imposibilidad de cerrar la CCSS, nuestro punto se cae, la discusión, tarde o temprano, nos llevará allí. La situación del régimen de pensiones, insostenible por el cambio demográfico, y la caída del modelo de bienestar en países europeos, así como el rotundo fracaso al que se dirige la propuesta de crear una seguridad social universal en Estados Unidos, parecen darnos la razón. El único sistema financiera y moralmente sostenible es el de un seguro individual del que, quizá, no estemos tan lejos, a causa de los impuestos por el cigarrillo.
Si bien en ASOJOD estamos completamente en desacuerdo con los impuestos, nos parece que la existencia de tributos sobre los cigarros podría ser útil para avanzar hacia un seguro individual. El problema actual en Costa Rica es que los tributos existentes generan recursos que van a parar al IMAS, al IAFA y a un sin fin de instituciones que pocas veces tienen funciones relacionadas con la atención de las enfermedades provocadas por el tabaco.
Lamentablemente, el cigarro, el licor, el juego y otras actividades, se han convertido en el "pato de la fiesta" para los políticos de doble moral en nuestro país. Mientras lo condenan por los daños y le ponen cuanto impuesto pueden, ven como el Estado y la ciudadanía en general se benefician enormente de una industria que genera millones de colones al fisco y miles de empleos directos e indirectos. Por supuesto, ninguno de esos políticos tiene empacho en proponer que el dinero recaudado por los impuestos a esos productos sea usado para dar vivienda o para subsidiar a los pobres.
Sin embargo, si los impuestos sobre el cigarrillo fueran usados única y exclusivamente para la atención de las enfermedades producidas por el cigarro, podríamos tener un esquema donde el fumador esté, efectivamente, asumiendo la responsabilidad por su acto. De esta forma, cada vez que compra cigarrillos, estaría generando recursos para que, posteriormente, él o los no fumadores reciban atención. Sería, entonces, como una especie de prima de aseguramiento por riesgo, donde el que más riesgo tiene, paga más y el no fumador, simplemente no pagaría esos impuestos.
El otro aspecto -afectación de los derechos de los no fumadores- también tiene una solución que no requiere del Estado. Quienes argumentan que los derechos individuales de los no fumadores se ven afectados por los fumadores tienen razón, pero pocas veces aciertan en la forma en que se puede resolver el problema. Frente a una externalidad como esta, que en la teoría clásica sería considerada una "falla de mercado", el Public Choice y la Escuela Austriaca nos han enseñado que la intervención estatal siempre termina creando más problemas de los que pretendía resolver. En otras palabras, siempre que el mecanismo de compulsión y coerción se entromete, estamos ante una "falla del Estado".
¿Por qué decimos eso? Simplemente porque si el Estado prohibe el fumado, no sólo generaría un mercado negro, muy lucrativo, que fomentaría la corrupción, el contrabando y la actuación del ciudadano al margen de la ley, elementos todos muy nocivos para la institucionalidad y el Estado de Derecho. También estaría limitando la libertad y cuando eso sucede, aunque sea de forma solapada y poco perceptible, se abre la puerta para que el monstruo entre y se apodere de todo. Como hemos dicho en reiteradas ocasiones, la libertad entra por rendijas, pero también se escapa por ellas.
Las limitaciones a la libertad, por pequeñas que sean, si se toleran y legitiman, terminan influyendo en los valores y cultura de los individuos, de forma tal que, poco a poco, van aceptando que el Estado sea el que defina lo permitido y lo no permitido, lo aceptable y lo inaceptable y, cuando se percatan, el totalitarismo está al frente. Todas las sociedades que han caído en tiranías y colectivismos han sido endebles en la defensa de su libertad: permitieron algunas restricciones y el valor de la libertad fue perdiendo importancia, hasta el punto que se convirtió en accesorio, cediendo paso a elucubraciones colectivistas como la igualdad, la solidaridad, etc.
Siendo así, posiblemente los lectores se preguntarán entonces qué proponemos para resolver esa externalidad. Pues bien, nosotros consideramos que la solución está en más mercado. ¿Qué significa esto? El mercado es, simplemente, un conjunto de individuos decidiendo libre y voluntariamente sus interacciones materiales, intelectuales y sentimentales. Es la gente actuando sin coerción. Esto quiere decir, para el caso que nos atañe, que es la misma gente la que puede encontrar una solución al problema del perjuicio causado por los fumadores a los no fumadores.
Ejemplos simples de esta idea sobran. Cuando las personas van a un local comercial donde hay fumadores y, por las molestias causadas se retiran, le están dando una señal al propietario: o separa a las personas o no vuelven. De ahí que, desde hace años, muchos negocios han optado por tener zonas para fumadores y no fumadores. Pero esa no es la única opción: muchos propietarios pueden decidir si prohiben el fumado en su negocio. La diferencia es que esta es una decisión privada en un espacio privado, donde el Estado no tiene que intervenir. Así, podría darse el caso que el dueño decida que su local va a ser exclusivo para no fumadores o, por el contrario, únicamente para fumadores. Con base en la señales que le envía el mercado -las personas decidiendo y actuando en libertad-, el propietario puede tomar medidas que le permitan seguir ganando dinero y, a la vez, no afecten la libertad de los individuos.
Otra opción es la simple tolerancia. Cuando un no fumador desea reunirse con sus amigos en un bar, por ejemplo, sabe de antemano que podría encontrarse con fumadores, sea en su propia mesa o en la de al lado. Como la gente actúa con base en la información que tiene, el sujeto de nuestro ejemplo decide si va o no a ese sitio: está en completa libertad para decirle a sus amigos que se vean en ese bar o que busquen un lugar donde no estén expuestos al humo. Si decide ir y hay fumadores, nuestro amigo sabía lo que se iba a encontrar: hizo una elección y asume las consecuencias.
Otra posible respuesta, ante los daños provocados por el humo del cigarro, la dan los métodos alternativos de resolución de conflictos. Mediante el diálogo, la negociación y la conciliación o el arbitraje, entre otros, las personas pueden dar fin a un problema. Puede darse el caso que uno le pida al otro dejar de fumar en su presencia o, a la postre, busque una compensación económica por el daño causado. Si estos mecanismos no dieran frutos, siempre están los Tribunales, donde el no fumador puede demandar al fumador por los daños causados.
Como puede verse, las soluciones existen: requieren creatividad y, sobre todo, tener presente que se debe defender la libertad y evitar la intervención del Estado.
Esta discusión, al igual que muchas otras que hemos presentado los lunes, se basa en el principio fundamental de que todos somos responsables de nuestra propia vida y nadie debería obligarnos a hacer o dejar de hacer algo. La decisión de fumar cigarros le corresponde a cada individuo y este se debe hacer responsable por cualquier consecuencia que esto conlleva.
Sin embargo, pareciera ser que en este tema, hasta los liberales tienen diferencias. Para algunas personas -liberales o colectivistas- el fumado no es un problema individual sino colectivo, porque el humo afecta los derechos de otras personas. En términos de una externalidad negativa que afecta los derechos de otros individuos, esas personas consideran que el fumado debería prohibirse, pues en cualquier caso, los no fumadores se ven perjudicados por el humo y, en el caso de países con seguridad social colectiva como Costa Rica, el pago del tratamiento médico del fumador se le endilga a todos los ciudadanos por igual.
Si bien el primer punto -problema colectivo- podría ser cierto, no lo es la conclusión: el Estado NO debe intervenir. El argumento del pago del tratamiento es rebatible fácilmente y nos lleva a la propuesta que en ASOJOD siempre hemos defendido: es necesario que cada quién pague por su propia atención médica, independientemente de si fuma, es obeso, tiene predisposición a alguna enfermedad, etc. Para nosotros, nunca será justificable que unos paguen por otros. Si bien nos tildarán de ilusos y nos dirán que, ante la imposibilidad de cerrar la CCSS, nuestro punto se cae, la discusión, tarde o temprano, nos llevará allí. La situación del régimen de pensiones, insostenible por el cambio demográfico, y la caída del modelo de bienestar en países europeos, así como el rotundo fracaso al que se dirige la propuesta de crear una seguridad social universal en Estados Unidos, parecen darnos la razón. El único sistema financiera y moralmente sostenible es el de un seguro individual del que, quizá, no estemos tan lejos, a causa de los impuestos por el cigarrillo.
Si bien en ASOJOD estamos completamente en desacuerdo con los impuestos, nos parece que la existencia de tributos sobre los cigarros podría ser útil para avanzar hacia un seguro individual. El problema actual en Costa Rica es que los tributos existentes generan recursos que van a parar al IMAS, al IAFA y a un sin fin de instituciones que pocas veces tienen funciones relacionadas con la atención de las enfermedades provocadas por el tabaco.
Lamentablemente, el cigarro, el licor, el juego y otras actividades, se han convertido en el "pato de la fiesta" para los políticos de doble moral en nuestro país. Mientras lo condenan por los daños y le ponen cuanto impuesto pueden, ven como el Estado y la ciudadanía en general se benefician enormente de una industria que genera millones de colones al fisco y miles de empleos directos e indirectos. Por supuesto, ninguno de esos políticos tiene empacho en proponer que el dinero recaudado por los impuestos a esos productos sea usado para dar vivienda o para subsidiar a los pobres.
Sin embargo, si los impuestos sobre el cigarrillo fueran usados única y exclusivamente para la atención de las enfermedades producidas por el cigarro, podríamos tener un esquema donde el fumador esté, efectivamente, asumiendo la responsabilidad por su acto. De esta forma, cada vez que compra cigarrillos, estaría generando recursos para que, posteriormente, él o los no fumadores reciban atención. Sería, entonces, como una especie de prima de aseguramiento por riesgo, donde el que más riesgo tiene, paga más y el no fumador, simplemente no pagaría esos impuestos.
El otro aspecto -afectación de los derechos de los no fumadores- también tiene una solución que no requiere del Estado. Quienes argumentan que los derechos individuales de los no fumadores se ven afectados por los fumadores tienen razón, pero pocas veces aciertan en la forma en que se puede resolver el problema. Frente a una externalidad como esta, que en la teoría clásica sería considerada una "falla de mercado", el Public Choice y la Escuela Austriaca nos han enseñado que la intervención estatal siempre termina creando más problemas de los que pretendía resolver. En otras palabras, siempre que el mecanismo de compulsión y coerción se entromete, estamos ante una "falla del Estado".
¿Por qué decimos eso? Simplemente porque si el Estado prohibe el fumado, no sólo generaría un mercado negro, muy lucrativo, que fomentaría la corrupción, el contrabando y la actuación del ciudadano al margen de la ley, elementos todos muy nocivos para la institucionalidad y el Estado de Derecho. También estaría limitando la libertad y cuando eso sucede, aunque sea de forma solapada y poco perceptible, se abre la puerta para que el monstruo entre y se apodere de todo. Como hemos dicho en reiteradas ocasiones, la libertad entra por rendijas, pero también se escapa por ellas.
Las limitaciones a la libertad, por pequeñas que sean, si se toleran y legitiman, terminan influyendo en los valores y cultura de los individuos, de forma tal que, poco a poco, van aceptando que el Estado sea el que defina lo permitido y lo no permitido, lo aceptable y lo inaceptable y, cuando se percatan, el totalitarismo está al frente. Todas las sociedades que han caído en tiranías y colectivismos han sido endebles en la defensa de su libertad: permitieron algunas restricciones y el valor de la libertad fue perdiendo importancia, hasta el punto que se convirtió en accesorio, cediendo paso a elucubraciones colectivistas como la igualdad, la solidaridad, etc.
Siendo así, posiblemente los lectores se preguntarán entonces qué proponemos para resolver esa externalidad. Pues bien, nosotros consideramos que la solución está en más mercado. ¿Qué significa esto? El mercado es, simplemente, un conjunto de individuos decidiendo libre y voluntariamente sus interacciones materiales, intelectuales y sentimentales. Es la gente actuando sin coerción. Esto quiere decir, para el caso que nos atañe, que es la misma gente la que puede encontrar una solución al problema del perjuicio causado por los fumadores a los no fumadores.
Ejemplos simples de esta idea sobran. Cuando las personas van a un local comercial donde hay fumadores y, por las molestias causadas se retiran, le están dando una señal al propietario: o separa a las personas o no vuelven. De ahí que, desde hace años, muchos negocios han optado por tener zonas para fumadores y no fumadores. Pero esa no es la única opción: muchos propietarios pueden decidir si prohiben el fumado en su negocio. La diferencia es que esta es una decisión privada en un espacio privado, donde el Estado no tiene que intervenir. Así, podría darse el caso que el dueño decida que su local va a ser exclusivo para no fumadores o, por el contrario, únicamente para fumadores. Con base en la señales que le envía el mercado -las personas decidiendo y actuando en libertad-, el propietario puede tomar medidas que le permitan seguir ganando dinero y, a la vez, no afecten la libertad de los individuos.
Otra opción es la simple tolerancia. Cuando un no fumador desea reunirse con sus amigos en un bar, por ejemplo, sabe de antemano que podría encontrarse con fumadores, sea en su propia mesa o en la de al lado. Como la gente actúa con base en la información que tiene, el sujeto de nuestro ejemplo decide si va o no a ese sitio: está en completa libertad para decirle a sus amigos que se vean en ese bar o que busquen un lugar donde no estén expuestos al humo. Si decide ir y hay fumadores, nuestro amigo sabía lo que se iba a encontrar: hizo una elección y asume las consecuencias.
Otra posible respuesta, ante los daños provocados por el humo del cigarro, la dan los métodos alternativos de resolución de conflictos. Mediante el diálogo, la negociación y la conciliación o el arbitraje, entre otros, las personas pueden dar fin a un problema. Puede darse el caso que uno le pida al otro dejar de fumar en su presencia o, a la postre, busque una compensación económica por el daño causado. Si estos mecanismos no dieran frutos, siempre están los Tribunales, donde el no fumador puede demandar al fumador por los daños causados.
Como puede verse, las soluciones existen: requieren creatividad y, sobre todo, tener presente que se debe defender la libertad y evitar la intervención del Estado.
