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martes, 19 de diciembre de 2017

La columna de Carlos Federico Smith: INA ¿un buen uso de los recursos?

Si una empresa privada no satisface la demanda de sus clientes, simplemente fracasa, termina quebrando, y los recursos que en ella se encuentran son así liberados para que puedan ser usados en cosas que los consumidores sí aprecian. Obviamente, el interés de una empresa debe centrarse en satisfacer qué es lo que sus clientes quieren, para suplirlo según sean sus voluntades. Eso exige que los recursos escasos de una empresa se dediquen a producir lo que se demanda en el mercado. Eso no sucede con instituciones del estado, como es el caso del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA): nunca cierra y los recursos allí (mal) utilizados por no tener demanda, siguen sin dedicarse a mejores usos.
 
El caso del INA parece mostrar que ese criterio elemental de eficiencia –producir aquello que el mercado demanda- no tiene un lugar en sus objetivos. Más bien parece ser producir cosas que la gente no quiere.

Es por eso entendible lo que sucede en esa entidad, cuando se brindan (se producen) carreras que en realidad no son demandadas por los ciudadanos interesados. Esto lo expone La Nación en un comentario del 11 de noviembre, titulado “INA mantiene 12 carreras con menos de 10 alumnos: Programas anuales para retratista, guía turístico en historia o impresión flexográfica.” La fuente esencial del medio parece serlo el informe “Modernización de la formación profesional en Costa Rica,” producto interno de la misma institución que lo divulgara recientemente. 

Veamos algunos datos interesantes: Mientras que en el 2016, se impartieron 281 carreras en el INA, con 52.911 matrículas (un alumno puede matricularse en más de una), “sólo 15 programas de estudios acumularon el 60% de la matrícula (32.066 alumnos),” siendo la carrera con mayor matrícula -17.661 o sea el 33% del total- “la carrera de Operador de Aplicaciones Ofimáticas” (que en lenguaje no tan eufemístico, es un paquete de paquetes para trabajos en oficinas, tales como Word, Excel o Power Point), sobre lo cual es conocida una oferta amplia del sector privado de la economía. Para todas las carreras del INA se tiene un promedio de 188 alumnos por carrera, mientras que quince carreras, que incluyen la llamada ofimática, inglés, embarco, asistente administrativo, inspector de inocuidad y auxiliar en empresa agropecuaria, tienen un promedio de 2.138 alumnos por carrera (esto es, poco más del 60% del total de alumnos) y en las 266 restantes carreras que brinda el INA, el promedio es de sólo 78 alumnos por carrera (un poco menos del 40 por ciento del total de alumnos).

Por otra parte, es interesante la información que se presenta de las 7 carreras más apetecidas (ofimática, con 17 611 alumnos; inglés para servicio, 4.646; embarco, 1.570 estudiantes; inglés conversacional, 1.375; asistente administrativo, con 860 alumnos; inspector de inocuidad, 815; y auxiliar administrativo agropecuario, con 716 estudiantes). El promedio de estudiantes en estas 7 carreras es de 3.941. 

Todo lo contrario sucede con la información brindada de las 7 carreras menos apetecidas (retratista, con 8 alumnos; artesano para el tratamiento textil, 7; diseñador páginas web, 7 estudiantes; guía de turistas en historia y cultura, 7; instalador de refrigeración y climatización, 7 alumnos; dirección de producción gráfica, 6; e impresión flexográfica, con 5 estudiantes).  El promedio de estudiantes en esas siete carreras es de 7.

Mientras que “el INA invierte ₡7.8 millones al año en pago de docentes, instalaciones, equipo, etcétera” para 17. 611 estudiantes (un promedio anual de ₡443 por alumno), para los 5 alumnos de arte para impresión, el monto equivalente es de ₡8.7 millones (un promedio anual de ₡1.740.000 por alumno).

La tristeza adicional viene en palabras del secretario general de los trabajadores del INA, señor Jara, quien dice “Usted llega a algunos centros y da miedo porque no hay estudiantes.” El medio cita al mismo señor Jara, al señalar que “uno de los problemas es que debido a los pocos alumnos que se anotan en las carreras, los docentes contratados terminan haciendo tareas diferentes.” 

No hay duda de que en el INA hay un divorcio pleno entre la demanda de personas preparadas que ejerce el aparato productivo nacional, y lo que ofrece esa entidad. No es por falta de recursos y obviamente no se trata, como alguien sugiere por ahí, que si se cierra con un superávit en las finanzas, “eso significa desperdiciar recursos que se pudieron haber aprovechado en la formación.”

Se trata no de echar más plata al problema, sino adecuar las ofertas de profesionales con la demanda el mercado. Si sobran recursos se pueden emplear en cosas mejores. Lo contrario es desperdiciarlo en cosas que la sociedad no desea, como son evidentemente los gastos que hoy hace el INA en cuanto a la formación de los trabajadores que de verdad se necesitan.


Jorge Corrales Quesada

martes, 23 de febrero de 2016

La columna de Carlos Federico Smith: botando la plata escasa

Debo señalar que he apreciado la labor del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) en un grado relativamente alto.  No sé si ello es producto de una evaluación racional o el resultado de un amor oculto por la enseñanza liberadora del hombre, pues gran parte de mi vida la he pasado cerca del aula.

Por ello, de cierta manera me dolió lo que informa el periódico La Nación, en su edición del 12 de octubre pasado, en un comentario titulado “INA invirtió ₡400 millones en fallido plan aeroespacial: Según Auditoría, idea para capacitar en alta tecnología nunca tuvo sustento técnico.” Y me duele, tal vez no tanto por el monto, que en la danza de millones que uno observa a nuestro alrededor, 400 millones no son nada, como diría cualquier tango actual. Me duele por lo que expresa el subtítulo: “idea para capacitar en alta tecnología nunca tuvo sustento técnico.”

Leía, no hace mucho, el Informe Acerca de la Competitividad Global del 2015-2016 publicado por el Foro Económico Mundial, que en dos calificaciones en los llamados pilares “Alerta Tecnológica” e “Innovación”, el país obtenía un relativamente buen puntaje: lugar 49 entre 140 naciones en lo primero y de 39 entre 140 países en lo segundo. (Recuerde que en esa clasificación entre más bajo el lugar, es mejor).  Por ello, uno podría estar satisfecho con el adelanto competitivo que nuestro país tiene en esas áreas o pilares.

De aquí que a uno le duela que el INA haya fallado en desarrollar un plan educativo aeroespacial, del cual, tal vez, podría esperarse que derivara un impulso tecnológico y de innovación en el país. Sin embargo, la clave está en el “tal vez” de la frase inmediata anterior: el problema no era tanto el de ver si había posibilidades de elevar la calidad tecnológica del país, sino en evaluar si la nación requería -si había demanda actual insatisfecha o potencial- de trabajadores especializados en dichas áreas.  Esto es, antes de invertir tiempo, recursos, esfuerzos, para dar capacitación en tecnología aeroespacial, se debería de haber estudiado no sólo si era viable un programa en tal sentido, incluso en cuanto a la ubicación correcta, sino también acerca de si habría demanda por sus egresados, tales que entonces se ameritara llevar a cabo ese proyecto específico, a la luz de otras opciones de inversiones en educación en otras áreas de alta tecnología.

Señala el diario que el INA “pagó terreno, planos y diseños de edificio sin tener estudios.” El proyecto denominado Centro de Alta Tecnología Aeronáutica y Aeroespacial (CATEAA) no dio resultado, tal como lo señala un informe de su Auditoría entregado a la Junta Directiva del INA el 28 de mayo del 2013. En él se indica que “en el caso CATEAA desde 2009 se dijo contar con amplia fundamentación técnica y jurídica… sin tener tales fundamentos, podría considerarse que eventualmente se está en presencia de despilfarro de recursos públicos.” A mediados del 2013, el INA suspendió el proyecto CATEAA, pero está pendiente una explicación de las autoridades de entonces y de ahora acerca de las responsabilidades. Hay que señalar que dicho proyecto se estimó que requeriría unos ₡22.500 millones en inversión, sobre todo de gastos de planilla de profesores, pero sólo se llegaron a gastar ₡280 millones en la adquisición de un lote en el campus La Flor de la Universidad Earth en Liberia; ₡130 millones en estudios, planos y diseños del edificio especializado en alta tecnología y ₡6 millones de una misión del INA en el 2011 a México y Estados Unidos para observar centros parecidos.

Lo que uno pregunta es ¿y ahora qué?  ¿Nos darán las explicaciones del caso las autoridades del INA de aquel entonces y de la actualidad?  Esto es relevante en estos momentos, cuando en la Asamblea Legislativa avanza -afortunadamente- el proyecto para que el país cuente con el programa llamado de Educación Dual, y en el cual en una subcomisión legislativa “se acordó que la modalidad dual sea impartida por el Instituto Nacional de Aprendizaje o instituciones para-universitarias…” y con fondos provenientes de lo que el Estado destina a la educación. Así ya no serán los colegios técnicos los que brinden esa modalidad de educación. Ojalá que no estemos creando otro pequeño monstruo estatal, con esa exigencia de que sea sólo en el INA o instituciones para-universitarias en donde se brinde el programa, porque a veces las cosas dan la impresión de que en el país no es posible hacer algo si el estado no está de por medio e incluso con prominencia. También determinaros los diputados de que ese proyecto sea parte de “la responsabilidad social de las empresas”, para que puedan participar en el programa.  O sea, ya se mete la palabra “social’ en el camino, tan sólo como para decorar el hecho de que va en el interés de las empresas, que así lo quieran, de invertir en mano de obra que muy posiblemente llegarán a utilizar. La responsabilidad de la empresa es producir competitivamente para satisfacer de la mejor manera a los consumidores y, para ello, requiere de mano de obra bien calificada y que le sea rentable y por ello está dispuesta a invertir en la formación y preparación interna de la fuerza de trabajo que requiere.

 Jorge Corrales Quesada