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viernes, 28 de mayo de 2010

Viernes de Recomendación


Para el día de hoy les queríamos ofrecer el ensayo: "Una refutación al materialismo filosófico y al determinismo físico" del profesor Alberto Benegas Lynch. En el que se pretende criticar dicha corriente filosófica, y defender la existencia del libre albedrío.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Viernes de recomendación


En este ensayo, titulado "El universo abierto de Karl Popper", Jorge Estrella explica dos puntos esenciales del filósofo austriaco: su posición antideterminista y la lógica evolutiva del conocimiento científico, elementos que sólo pueden estar presentes en una sociedad abierta, donde muy bien dice el autor, es el único lugar en que puede prosperar la aventura del conocimiento.

domingo, 31 de agosto de 2008

La incongruencia del materialismo


Casi simultáneamente, en la Universidad de París IX (Dauphine), en la de Cornell, en la London School of Economics y en la Hoover Institution se realizaron, últimamente, jornadas en distintos campos de la investigación que, con muy diverso tenor e interés académico, tuvieron en común manifestaciones inequívocas de materialismo filosófico.

No se trata, claro está, de las preocupaciones por los aspectos crematísticos de la vida. Se trata de una tendencia que aflora, cada vez con más fuerza, en distintas áreas, a veces de modo explícito y las más de modo implícito, e incluso de manera inconsciente; es decir, sin que necesariamente constituya un postulado expreso de quien expone.

Son premisas que se encuentran tácitas en el razonamiento, pero que no siempre se exteriorizan de modo deliberado. Sin embargo, se trata del más crudo materialismo filosófico, referido a las características del ser humano, lo cual acarrea consecuencias de gran relevancia para el significado de la sociedad abierta.

Desde lados opuestos de la biblioteca se han escrito muchísimos libros sobre este debate tan medular, pero, como he dicho antes, sigo la fórmula que enseña que un artículo periodístico, igual que la minifalda, debe ser tan corto como para atraer la atención, pero de una extensión tal que cubra el argumento.

Me apresuro a escribir que el aspecto cardinal de esta controversia estriba en la incongruencia de sostener que el hombre está compuesto exclusivamente por kilos de protoplasma y que no hay tal cosa como los estados de conciencia, la psique, la mente o el alma. Esta postura se conoce como determinismo físico, y, si fuera correcta, no tendrían lugar ideas autogeneradas, no sería posible revisar nuestros propios juicios y no habría tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas, puesto que haríamos lo que el loro. Estaríamos programados para decir lo que decimos y hacer lo que hacemos y, por tanto, no habría libre albedrío o libertad. Consecuentemente, no tendría sentido la moral ni la responsabilidad individual.

Una de las tantas refutaciones al determinismo físico se encuentra magníficamente expuesta en un libro que lleva el sugestivo título de El yo y su cerebro. Allí el filósofo de la ciencia Karl R. Popper y el premio Nobel en neurofisiología John C. Eccles muestran que no somos sólo de carne y hueso, que no estamos determinados por los nexos causales inherentes a la materia y que eso es lo que nos distingue del resto de las especies conocidas. Y lo dicho no tiene que ver con ser o no ser religioso: Popper es agnóstico y sostiene que los estados de conciencia emergen en el contexto de un proceso evolutivo.

Lo que consignamos no debe confundirse con la noción de Laplace, también refutada, en cuanto a que el universo es cerrado. Por el contrario: la propia evolución es consecuencia de fenómenos no previstos e imprevisibles, debido a la indeterminación del universo, lo cual es independiente del libre albedrío en el ser humano. Popper explica en su artículo Sobre nubes y relojes que si esto no fuera así, un físico experimentado, completamente ignorante en temas musicales que, por ejemplo, examinara detenidamente el cuerpo de Mozart, podría inferir y reproducir sus partituras. Incluso, si conjeturara modificaciones en su alimentación (como la sustitución de pollo por pescado), podría componer música que nunca compuso Mozart.

Si apareciera un determinista físico, si le preguntáramos si puede argumentar en un sentido distinto del que lo viene haciendo, si contestara por la afirmativa y procediera en consecuencia, estaría demostrado el libre albedrío. Pero si la respuesta fuera negativa, no tendría sentido seguir la conversación, puesto que no habría posibilidad de razonamiento, de pensamiento propiamente dicho ni de argumentación. El hombre sólo puede afirmar lo que está compelido y programado para afirmar, como una máquina. No hay debate con un determinista físico, puesto que la discusión supone libre albedrío.

Este tema no es una especulación filosófica menor, sino que, como hemos dicho, acarrea consecuencias de envergadura para la sociedad abierta. Si no hay libertad, no hay propósito deliberado, no hay preferencias, valorizaciones ni elección. En otros términos, no hay acción humana: sólo reacción, del mismo modo que ocurre en los reinos animal, vegetal y mineral. A cierto estímulo opera cierta reacción.

Eccles, en su ensayo The Human Brain and the Human Person, escribe: "Es un error pensar que el cerebro lo hace todo y que nuestras experiencias conscientes son simples reflejos de la actividad cerebral, lo que constituye una visión filosófica común. Si fuera así, nuestros estados conscientes no serían más que espectadores pasivos de las actividades que realiza el mecanismo neuronal del cerebro. Nuestra creencia de que realmente somos capaces de adoptar decisiones y tenemos control sobre nuestras acciones no sería más que ilusión. [...] Somos una combinación de dos cosas o entidades: nuestro cerebro, por una parte, y nuestra propia conciencia, por otra. [...] El cerebro nos provee, como personas conscientes, de las líneas de comunicación con el mundo material".

Es en verdad paradójico que, por ejemplo, algunas de las teorías que en economía pretenden explicar los fenómenos de la elección y las decisiones partan de premisas deterministas que, naturalmente, niegan la posibilidad de que existan preferencias. En un buen número de los estudios científicos se parte de análisis "behavioristas", principalmente sustentados en los trabajos originalmente expuestos por Burrhus F. Skinner (especialmente en su libro Beyond Freedom and Dignity ), que, entre otras cosas, han tenido gran influencia en ciertas vertientes del derecho penal. Según esta corriente de pensamiento, nadie puede ser castigado, debido a que cada persona está compelida a hacer lo que hace y, consiguientemente, no es responsable de su conducta.

John R.Lucas, en The Freedom of the Will, escribe: "El determinismo no puede ser verdadero, porque si lo fuera no consideraríamos los argumentos de los deterministas como reales, sino como reflejos condicionados. [...] Sólo un agente libre puede ser racional. El razonamiento (y, por tanto, la verdad) supone la libertad. Lo mismo acontece con la deliberación y con la opción moral".

Todo el andamiaje de la sociedad abierta se sustenta en la libertad del ser humano. En su capacidad de elegir y preferir entre distintas variantes, lo cual, desde luego, no tiene sentido en el mundo del determinismo físico. No son pocos los profesionales que se declaran partidarios del liberalismo y exponen con gran enjundia y elocuencia esa perspectiva, pero dan por sentadas las premisas sobre las que descansa esa filosofía, sin considerarlas y mucho menos escudriñarlas. Es así como se ofrecen enormes espacios al materialismo, que demuele aquellas premisas una a una y, desde arriba, como un efecto dominó, socava y corroe todo el referido andamiaje, hasta convertirlo en una mera etiqueta vacía de contenido.

En el ámbito de la psiquiatría, Thomas Szasz, en prácticamente todas sus obras, la emprende contra la noción de la llamada "enfermedad mental", al insistir en que la enfermedad es un proceso interno degenerativo que se desarrolla de modo tal que produce lesiones orgánicas que afectan tejidos y células, consecuencia de ese mal funcionamiento de la estructura corpórea. Sostiene que no hay tal cosa como la enfermedad de la psique, de las ideas, de los hábitos y las conductas, lo cual debe distinguirse de los problemas químicos en el cerebro. Szasz pone de manifiesto que enfermedades como la tuberculosis, el cáncer o la escarlatina no son asimilables a proyectos de vida que se estiman desviados de la media, y que no es pertinente corregir todo con medicaciones tales como las dirigidas a los neurotrasmisores, lo cual para nada niega los procesos de somatización.

En resumen: el materialismo no sólo demuele la dignidad del ser humano, sino que esteriliza la muy benéfica consecuencia bifronte del pluralismo y el debate de ideas, tan fértil e indispensable al efecto de reducir nuestra colosal ignorancia.

Alberto Benegas Lynch

jueves, 15 de mayo de 2008

Freud y la civilización


Resulta muy difícil juzgar in toto a un escritor y cuanto mayor es la cantidad de sus obras, naturalmente mayor es la dificultad. Para emitir una opinión sobre un autor generalmente se alude a lo que se estima es el eje central de su contribución. De todos modos, no siempre es fácil la tarea puesto que en algunos casos se entremezclan en los aportes aspectos considerados positivos y negativos.

En el caso de Sigmund Freud nos parece pertinente citar algunos de sus pensamientos para arribar a alguna conclusión. Por ejemplo, en Problemas de la civilización sostiene que, en el ser humano, debe “descartarse el principio de una facultad originaria y, por así decirlo, natural, apta para distinguir el bien del mal”, mas aún, en Tótem y tabú escribe que “las prohibiciones dictaminadas por las costumbres y la moral a las que nosotros obedecemos, tienen en sus rasgos esenciales cierta afinidad con el tabú primitivo” y, en el mismo libro, afirma que las relaciones incestuosas constituyen “la mutilación mas sangrienta, quizás, que se ha impuesto en todos los tiempos a la vida erótica del ser humano”.

Esto va para la moral y las costumbres pero también la emprende contra el sentido mismo de libertad, por ejemplo, en su Introducción al psicoanálisis donde se refiere a “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica [...] eso es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Al decir de C.S. Lewis, esta perspectiva, que convertiría al ser humano en meras máquinas, significaría “la abolición del hombre”.

Sin duda, igual que lo que sucede con prácticamente todos los autores de renombre, Freud ha realizado aportes que han sido útiles para variados fines, por ejemplo, su preocupación para que personas que reprimen en el subconsciente hechos e imágenes que estiman inconvenientes puedan asumir los problemas y ponerlos en el nivel del consciente. También fue quien inició el método de asociación de ideas recurriendo al per analogiam incluso para la interpretación de sueños apartándose de una estricta exégesis e internándose en una suerte de hermenéutica onírica y de los sucesos de la vida en general.

Pero estos dos ejemplos resultan controvertidos puesto que hay quienes sostienen que muchas veces la llamada “represión” constituye un mecanismo de defensa para evitar daños mayores y que solo es constructivo que afloren los problemas si efectivamente pueden resolverse y no simplemente por el mero hecho de sacarlos a luz. A su vez, hay quienes sostienen que la interpretación analógica de diversos sucesos conduce a conclusiones tortuosas y equivocadas cuando, en verdad, una interpretación directa (o, si se quiere, literal) conduce a un mejor entendimiento de lo que se analiza.

En el epílogo al tercer tomo de su Derecho, legislación y libertad el premio Nobel Friedrich Hayek escribe: “Creo que la humanidad mirará nuestra era como una de supersticiones básicamente conectadas con los nombres de Karl Marx y Sigmund Freud. Creo que la gente descubrirá que las ideas mas difundidas del siglo veinte —aquellas de la economía planificada basada en la redistribución, manejada por arreglos deliberados en lugar del mercado y el dejar de lado las represiones y la moral convencional y seguir una educación permisiva— estaban basadas en supersticiones en el mas estricto sentido de la palabra”.

Hans Eyseneck señala en Decadencia y caída del imperio freudiano que “lo que hay de cierto en Freud no es nuevo y lo que es nuevo no es cierto”. Thomas Szasz y Richard LaPierre llegan a la misma conclusión en La ética del psicoanálisis y La ética freudiana, respectivamente. Ronald Dabiez en su voluminoso tratado El método psicoanalítico y la doctrina freudiana señala que las ideas que Freud no comparte las considera “neurosis”, lo cual abre las puertas a peligrosas persecuciones bajo el manto del “tratamiento”. Por ejemplo, Dabiez explica que “la actitud de Freud frente a las creencias religiosas ha evolucionado en el sentido de una hostilidad cada vez mas acentuada, al menos por la frecuencia de sus manifestaciones, puesto que, para Freud, la equiparación fundamental de la religión a la neurosis obsesiva se encuentra desde 1907”.

También Henry Hazlitt concluye en Los fundamentos de la moralidad que, según Freud, “la sociedad” debe financiar obligatoriamente la irresponsabilidad de hogares y colegios permisivos y que “el criminal está 'enfermo' y, por ende, no debe ser castigado” y que “el cumplimiento de normas morales solo conduce a la neurosis”.

Entre las 673 páginas de una de las obras de Richard Webster titulada Why Freud Was Wrong, leemos que “Freud estaba convencido que la mente podía y debía describirse como si fuera parte de un aparato físico [...] Freud no realizó ningún descubrimiento intelectual de sustancia [...], sus hábitos de pensamiento y su actitud frente a la investigación científica están lejos de cualquier método responsable de estudio”. De este libro escribe James Liberman en el Journal of the History of Medicine que “hasta donde yo sé, es el mejor tratamiento del tema tanto en contenido como en estilo”.

Por otra parte, Lecomte du Noüy destaca en Human Destiny que “De arriba abajo en toda la escala, todos los animales, sin excepción, son esclavos de sus funciones fisiológicas y de sus hormonas y secreciones endoctrinales” pero, con el hombre, “aparece un nueva discontinuidad en la naturaleza, tan profunda como la que existe entre la materia inerte y la vida organizada. Significa el nacimiento de la conciencia y de la libertad [...] La libertad no solo es un privilegio, es una prueba. Ninguna institución humana tiene el derecho de privar al hombre de ella”. De cada uno de nosotros depende el resultado de esa prueba y no de pseudodeterminismos del profesor vienés de marras que estarían fuera del alcance humano.

Alberto Benegas Lynch