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martes, 7 de febrero de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el pueblo y los impuestos


El 30 de enero La Nación publicó su encuesta de UNIMER, la cual expone la enorme reacción negativa de los costarricenses, a la pretensión de aumentar los gravámenes por parte de la administración Chinchilla, apoyada en ello por el opositor PAC. Casi un 75% de los entrevistados señaló, atinadamente en mi opinión, que el plan de impuestos no ayudaría a paliar la crisis fiscal. Este porcentaje es notable. Y destaco que La Nación, que contrató esa encuesta, ha sido un fuerte y declarado promotor del aumento de impuestos en el país. Lo ha hecho tanto desde sus páginas editoriales, como por artículos de muchos de sus más reconocidos comentaristas de planta. Este resultado ha de haber sorprendido a los estatistas de ese medio, quienes más se han preocupado por atiborrar de impuestos a la ciudadanía, en vez de exigir una real y significativa disciplina en el gasto público.

Un resultado importante de la encuesta es la expresión ciudadana acerca de las opciones existentes para resolver el problema fiscal. La más significativa es la disminución del gasto público (un 50%). Si a ésta se le unen la reducción de trámites y burocracia (un 33%), la disminución en servicios (un 18%) y la privatización de instituciones (otro 16%), que van en la misma línea que la primera de las respuestas, resulta evidente el deseo social de disminuir el déficit estatal, no mediante un aumento de los impuestos, sino reduciendo de diversas formas el excesivo gasto público. El ciudadano no es tonto: se ha dado cuenta clara de que tener un déficit en el sector público sólo significa que es un gasto gubernamental en exceso. Por ello, lógicamente, lo que hace es clamar por su reducción.

Pronto surgirá algún arrogante quien exclamará que “¿qué sabe el pueblo acerca de cómo se logra un impostergable equilibrio fiscal?”. Lo cierto es que la ciudadanía se ha dado cuenta de que, entre más plata se le da al fisco, ello no ayuda a resolver la crisis económica del sector público. Es por eso que en la encuesta tan sólo un 15% arguye que “la reforma paliará el bache fiscal.” La historia le da la razón a los primeros: en los últimos 25 años, durante los cuales hemos tenido muchos episodios de ampliación de impuestos existentes y la creación de nuevos gravámenes -todo siempre llevado a cabo baje el prurito declarado de disminuir el déficit- únicamente durante cuatro años se ha tenido superávit y dos de esos años, 2007 y 2008, se caracterizaron por un fuerte crecimiento económico nacional y externo. La plata, que por impuestos le entró al gobierno, sólo le sirvió para para que luego la gastara. De inmediato, de seguido, se vuelve al ciclo de pedir otro aumento de impuestos para financiar ahora al nuevo déficit.

En estos momentos los ciudadanos claman porque se haga algo distinto a simplemente darle más recursos al fisco. Por ello, un primer buen paso es que un 46% pide que se recolecten mejor los impuestos vigentes. Me atrevo a pensar, si es que no se le preguntó o no se presentó la información correspondiente, que si a la ciudadanía se le hubiera cuestionado acerca de si considera apropiado que, en tanto unos cada vez tienen que pagar más y más impuestos, a otros se les exime de su pago, las respuestas se orientarían hacia el principio esencial de que haya un trato igual ante la ley de todos los ciudadanos. Es claro que hoy hay algunos que no pagan, mientras que son otros a quienes casi siempre les cae encima el peso tributario.

No me interesa, en este momento, comentar los efectos político-electorales de la reacción ciudadana frente al paquete impositivo. Deseo recalcar en esta oportunidad el enorme divorcio que hay entre algunos políticos social-demócratas y un pueblo encabritado con los impuestos. En una reunión de la social-democracia internacional recientemente celebrada en nuestro país, el invitado de honor, el ex primer ministro de Grecia, Andreas Papandreau, pretendiendo ser “un buen experto internacional”, con sólo un par de días de estar en Costa Rica alabó y urgió la aprobación del paquete de impuestos Chinchilla-Solís, causando enorme satisfacción entre los políticos de siempre allí presentes. El mayor responsable del déficit gubernamental griego, que hoy tiene en jaque a todo el continente europeo y casi que a la economía mundial, fue alabado por nuestra Presidenta por su buena conducción económica de la pobrecita Grecia. No pudo este gobierno social-demócrata dejar de mostrar lo “soplas” que puede llegar a ser.

Lo descrito es un ejemplo de la falsedad de ciertas alabanzas en el campo político, así como una demostración de una grave falta de sentido de común, cuando se elogia tan reprochable actuación en cuanto a una buena conducción de las finanzas de una nación. Pero, más que todo, esa zalamería de nuestros políticos se hace para encubrir un vano fingimiento: no es cierto que el país vive en una abundancia que tan sólo está para ser gravada con más y mayores impuestos. Un excesivo gasto estatal y el desperdicio en el uso gubernamental de los recursos escasos que un pueblo pobre paga en impuestos, ciertamente constituyen la mayor muestra de la falta de solidaridad con la ciudadanía de los políticos gobernantes. Tal vez esta conducta tan sólo sea explicable, si entendemos que lo que pasa es que este gobierno cree tener la capacidad de dirigir bien nuestra nación, pero que ese pretendido atributo no pasa de ser una ilusión politiquera más que se nos ha querido imponer.

Jorge Corrales Quesada

Puede encontrar este artículo también en el foro “Políticamente incorrecto” del sitio http://latforum.org

domingo, 10 de junio de 2007

Coherencia


La “voluntad popular”… concepto siempre manoseado, utilizado a conveniencia y, sobre todo, secuestrado. Secuestrado por todos aquellos grupos o individuos que pretenden encarnarlo. “La voluntad popular”: diosa toqueteada por cualquier transeúnte. Arrogarse la potestad de representar “la voz del pueblo”, ¿no es ya usurpar un discurso múltiple y, por lo tanto, informulable como “unanimidad”? Autoproclamarse socorrista del “pueblo” y convertirse en su “voz”, ¿no es acaso una manera implícita de insultarlo y debilitarlo? Solo hay voces, señores, no “Voz”. Singulares, divergentes, soberanas.

¿Quién o qué es “el pueblo”, ese por el que siempre hay que pensar? (debe ser medio lelo, el pobrecito). ¿Seré acaso yo, el pulpero de la esquina, el yerno de la tía del primo de la mamá del cuñado de la vecina? Definiciones académicas sobran. Cuestión de revolver a Platón, Rousseau, Marx, Durkheim… siempre saldrá algo de la batidora.

Yo, en lo que llevo de vida, he oído las siguientes definiciones, ¿Listos? Aquí voy. Pueblo es: el “labriego sencillo”, la “Ultra” de Saprissa, los vendedores de chances, Dios, la chusma abyecta, los “descamisados”, los manifestantes de la Plaza Mayo, la multitud que aplaudió la decapitación de Luis XVI, el proletariado, el “músculo” de la sociedad, el “alma” de la sociedad, las “fuerzas vivas” de la sociedad, la fuente de toda poesía, la gente que asiste a los festejos de Zapote, las modernas “canallocracias”, aquellos que heredarán el Reino de los Cielos, todo lo que se opone a la élite (¿quién es la élite, por cierto?).
Foto Flotante: 1550989
/LA NACIÓN

Aritmética caracista. Si ni siquiera tenemos claro qué es “el pueblo”, ¿cómo representarlo políticamente? ¿Los 1.196 diputados convocados por los Estados Generales en 1789? ¿El sistema bicameral inglés? ¿Los gremios y sindicatos? Y en el plano icónico: ¿La Libertad conduciendo al Pueblo, de Delacroix? ¿Las monumentales alegorías de Diego Rivera? ¿El obrero forzudo y calisténico, emblema del Realismo Socialista?

En nota reciente, el expresidente Carazo alerta a la ciudadanía: la “aritmética” diputadil debe, por principio, ceder ante la evidencia de un “sentimiento mayoritario” opuesto a sus designios. ¿Cuánto es “mayoritario”? ¿Treinta mil manifestantes? (apretaditos, caben todos en el Estadio Saprissa). ¿Cincuenta millones? Tal vez, tal vez. Machado cuenta cómo de niño creía siempre que sus juguetes eran más grandes que los del vecinito… hasta que su propia mamá lo sacó del engaño: ¡la más cruel desilusión de su vida!

Estoy seguro de que don Rodrigo debe llevarsus cuentas con precisión satelital. Pero resulta que estotambién es aritmética. Sumar, restar… con la diferencia de que contar cabezas es mucho más inexacto que contar votos o diputados. Aquí lo que tenemos no es un conflicto entre la mezquina aritmética parlamentaria (“me gano tres diputados por aquí, pierdo dos por allá”) y “el sentimiento mayoritario” de los costarricenses (¡por decreto suyo, supongo!) ¿Para el Congreso un ábaco, para “El Pueblo” una calculadora? ¡Pero si en ambos casos estamos haciendo aritmética!

Lo más divertido es que fue merced a esta “aritmética” que don Rodrigo fue elegido presidente. Gracias a esas papeletas perfectamente cuantificables que constituyen la materialidad del sufragio. Ir sumando votito tras votito. Y por eso mismo lo respeto. No hacerlo sería irrespetar los 419.000 ciudadanos que en 1978 le regalaron el dedo pulgar. A él y a sus diputados, quienes por cierto eran también notables aritméticos.

La elección del 2006. Pero seamos coherentes: si “el sentimiento mayoritario” –ese que según don Rodrigo recusa en este momento las decisiones parlamentarias– debe en efecto merecernos más atención que la “aritmética” constitucional, entonces él debería haber renunciado a los días de asumir la presidencia. Fueron cuatro años de manifestaciones, renuncias, clamores masivos… “Voz popular” escarapelada de tanto gritar. Por poco nos quedamos todos afónicos. ¿Recuerdan ustedes la ceremonia del traspaso de poderes de 1982? Todavía andan por ahí los silbidos rebotando entre las montañas del Valle Central…

Imperfecto como es, el sufragio representa aún la mejor manera que tenemos de expresar la “voluntad popular”. En el 2006 esta voluntad se expresó y fue mayoritaria. ¿Por un voto, por un billón? No importa. ¿Que no lo fue en términos absolutos? Tampoco. El abstencionismo no es una voz, es renuncia a ella. El ciudadano que elige no votar elige también no existir políticamente.

Quienes sí decidieron manifestarse sabían perfectamente que el TLC era el primer paso del programa de desarrollo propuesto por el PLN. Las cartas estaban todas cara arriba. Como nunca antes lo habían estado. ¿Crónica de una muerte anunciada, u horizonte de progreso y bienestar? No lo sé. Pero “el pueblo” sabía lo que hacía. Resulta ridículo que haya quienes se crean en el deber de proteger a los costarricenses de sí mismos, de su propia, inalienable elección.

Jacques Sagot, tomado de la Nación