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jueves, 5 de agosto de 2010

ECONOMÍA: De la esperanza a la preocupación en Panamá


La elección de Ricardo Martinelli como presidente de Panamá en mayo del 2009 generó cierto entusiasmo acerca de las perspectivas de desarrollo de ese país. Durante su campaña Martinelli prometió implementar importantes reformas de mercado, como por ejemplo un impuesto de tasa única —el cual habría sido el primero en el continente, mayor apertura comercial, la eliminación de algunos subsidios gubernamentales y la reducción y simplificación de trámites burocráticos. Un año después, estas promesas no solo han quedado en el olvido, sino que su presidencia ha estado marcada por medidas económicas populistas, tráfico de influencias y compadrazgos políticos, la erosión de los pesos y contrapesos propios de una democracia e incluso el acoso a la prensa independiente.

En el campo económico, Martinelli apunta ahora hacia un mayor intervencionismo estatal. El presidente panameño aumentó algunos niveles del salario mínimo hasta en un 30%, una medida irresponsable en un país con una tasa de desempleo del 6,5% y un sector informal que constituye aproximadamente el 40% de la fuerza laboral. Ha declarado la nacionalización de dos carreteras administradas por empresas privadas a un costo de más de $1.000 millones. Ha creado más burocracia así como también nuevos programas sociales. Martinelli también ha anunciado obras públicas ostentosas, como por ejemplo la construcción —con dinero público— de un rascacielos en la Ciudad de Panamá que sería el edificio más alto de América Latina. Recientemente el gobierno anunció un presupuesto para el 2011 de $13.900 millones, lo cual representa más del 50% del PIB nacional y haría de Panamá uno de los países con mayor gasto público en la región.

Para financiar esta vorágine del gasto, Martinelli ha recurrido a más deuda, más impuestos —con un aumento al Impuesto al Valor Agregado del 40% y la creación de un nuevo tributo mensual sobre el ingreso bruto— e incluso ha dicho que utilizaría los fondos de la seguridad social para proyectos tales como la nacionalización de las carreteras. Peor aún, su gobierno ha debilitado el sistema de dolarización de más de un siglo de antigüedad al ordenar que se acuñen $130 millones en monedas durante los próximos 5 años, casi el doble de la cantidad que ha sido acuñada desde 1904. Bajo el sistema monetario de Panamá, el gobierno acuña “balboas” —la moneda nominal del país— en la misma denominación y valor que las monedas de EE.UU.

Sin embargo, lo más preocupante de su presidencia ha sido la manera en que Martinelli ha socavado los pesos y contrapesos de la democracia panameña. Al llegar al poder, Martinelli prometió que dos próximas designaciones a la Corte Suprema de Justicia se beneficiarían de un proceso abierto de nominación en el que participarían grupos de la sociedad civil. No obstante, cuando los candidatos recomendados no fueron de su agrado, escogió a dos personas cercanas para los cargos. Uno de los seleccionados, José Abel Almengor, era su secretario de Seguridad. El otro, Alejandro Moncada, fue removido en el 2000 de la ahora desaparecida Policía Técnica Judicial debido a serias faltas éticas. Su esposa, sin embargo, trabaja con la Primera Dama.

El compadrazgo parece ser la regla en el Panamá de Martinelli. Por ejemplo, una asesora tributaria de la empresa de supermercados de Martinelli ha sido nombrada como Controladora General de la República. Los procesos de licitaciones públicas han sido ignorados y contratos estatales han sido asignados arbitrariamente a parientes y socios políticos. Una crisis institucional tuvo lugar enero pasado cuando la Corte Suprema, a pedido del Ejecutivo, suspendió a la Fiscal General a raíz de cargos cuestionables de “abuso de poder”. La persona que la reemplazó trabajó en la campaña presidencial de Martinelli.

La prensa panameña ha sido muy crítica de Martinelli, algo que ha generado amenazas veladas por parte del gobierno. Por ejemplo, el presidente le pidió a los canales de televisión que “auto-regulen” su cobertura de las noticias para reducir el “contenido violento” en sus noticieros. Poco después, una diputada del partido de Martinelli introdujo una ley para crear una junta estatal que “reglamentaría la auto-regulación” y la extendería a periódicos y radios. Un órgano similar existió en Panamá durante la dictadura de Manuel Antonio Noriega. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) ha expresado “preocupación” acerca del proyecto de ley, el cual, de acuerdo a Robert Rivard, director Comisión de Libertad de Prensa e Información de la SIP, constituiría un “retroceso en materia de libertad de prensa” en Panamá. También ha habido reportes de periodistas que han sido acosados por las autoridades.

Martinelli, cuya coalición disfruta de una cómoda mayoría en la Asamblea Nacional, todavía tiene por delante cuatro años más en la presidencia. La dirección en que está llevando a su país debería preocupar no solo a aquellos que celebraron su triunfo como una oportunidad de progreso, sino también a los que se asombraron con la rápida transición de Panamá hacia una democracia republicana integral. La esperanza de Panamá rápidamente ha dado paso a la preocupación.

Juan Carlos Hidalgo
Coordinador de Proyectos para América Latina del Cato Institute
http://www.jchidalgo.blogspot.com/

miércoles, 25 de julio de 2007

Envidia de la buena


La Asamblea Legislativa de Panamá ratificó el tratado de libre comercio con Estados Unidos, dos semanas después de haber sido firmado por los representantes de ambos gobiernos. Esa noticia debería conmocionarnos.

El contraste entre los logros que esta obteniendo Panamá y el atraso mental que estamos viviendo en Costa Rica es impresionante. Hace pocos años ambos países teníamos problemas parecidos, pese a tener el ingreso por habitante más alto de la región e indicadores sociales más elevados que el resto de los países centroamericanos. Ahora, Panamá nos empieza a sacar ventaja.

Mientras Panamá aprobó una reforma tributaria profunda que condujo a una modernización del sistema tributario, acá tenemos más de 5 años de estar discutiendo en el Congreso la propuesta que presentó el Poder Ejecutivo.

El Congreso panameño aprobó una ley que moderniza a las instituciones de la seguridad social, y los resultados son obvios. Nosotros todavía seguimos pensando en la seguridad social de hace 30 años.

El mejor y el peor. Panamá cuenta con el aeropuerto más moderno y más eficiente de Centroamérica. Nosotros tenemos el aeropuerto más atrasado de la región, pese a que el Juan Santamaría tiene mayor número de vuelos y de pasajeros que Tocumen.

Las carreteras panameñas, construidas a base de concesiones, son de las más modernas de la región. Nosotros seguimos con la misma red vial desde hace 30 años.

El pueblo panameño fue en octubre del 2006 a un referéndum para aprobar el programa de modernización y ampliación del Canal y abrumadoramente votó apoyando al Gobierno, por un proyecto que significará una inversión de $7.000 millones.

No es de extrañar que, a partir de este año, Panamá tenga el ingreso por habitante más alto de Centroamérica, superando por primera vez a Costa Rica. La producción interna panameña crecerá en el 2007, fácilmente, a una tasa de 10% y se estima un crecimiento por lo menos del 11% en el 2008.

Aprovechamiento pleno. Panamá tiene visión de futuro. Han sido capaces en pocos años de modernizar su economía y aprovechar plenamente las oportunidades que el mundo de la globalización les está brindando. Además del TLC con EE. UU., en los últimos años han acordado convenios comerciales con otros países, incluida Costa Rica.

Es triste darse cuenta que mientras los vecinos del sur van a paso acelerado en el proceso de modernización de su país, en Costa Rica hay grupos que solo tienen una visión hacia atrás, sin darse cuenta de las grandes oportunidades que el país está desaprovechando y que no regresarán en el futuro.

No cabe la menor duda de que en pocos años Panamá no solo tendrá mejores indicadores económicos que Costa Rica, sino que tendrá mucho mejores indicadores sociales.

¿Qué nos pasa? Salgamos de la modorra en que hemos caído y veamos el futuro con positivismo y optimismo. Unámonos en un esfuerzo nacional que nos lleve a modernizar nuestro país y a aprovechar las grandes oportunidades que el mundo globalizado de hoy nos brinda para beneficio de nuestra población, en particular de los más jóvenes, los agricultores, los trabajadores y los pequeños empresarios.

La decisión del 7 de octubre es nuestra. Debemos participar con entusiasmo en la convocatoria para ratificar el TLC con Centroamérica, República Dominicana y Estados Unidos No desaprovechemos esta oportunidad para que no tengamos que arrepentirnos después.

Por Fernando Naranjo
Tomado de la Nación