Si un conservador es víctima de adulterio, reta a su rival a duelo. El liberal lo lleva a los tribunales. ¿Y el comunista? Va a tirar piedras contra la Embajada Americana.Este viejo chiste, hijo de la Guerra Fría, desapareció junto al comunismo, pero mantiene su eco en América Latina: cuando un Gobierno serio, democrático y respetuoso de las instituciones afronta problemas, opta por el diálogo y el pragmatismo, para buscarles solución. Pero si su signo es el populismo autoritario, inventa conspiraciones… y culpa a Estados Unidos.
Realidad ficticia. El primitivo instinto de desviar la atención de los desafíos reales, para fijarla en las mitologías heredadas de la difunta teoría de la dependencia, o de un antiyanquismo visceral y vacío, forma parte de lo peor que exhibe la política latinoamericana.
Su mayor contribución a los males hemisféricos no ha sido tanto generar tensiones regionales innecesarias, sino frenar la acción nacional allí donde es más relevante: en la construcción del Estado de derecho, la buena conducción económica, el fomento de la educación, el combate de la corrupción, la búsqueda de la equidad o el desarrollo de programas sociales eficaces.
Una cosa es tener posiciones adversas a Washington, Wall Street o el Fondo Monetario Internacional, y otra usarlos como chivos expiatorios o narcóticos para adormecer a la población o perseguir a los opositores, mientras los verdaderos males se mantienen o crecen.
Golpe de sinrazón. Frente a las complejas rupturas regionales, étnicas, sociales, económicas y políticas que han puesto a Bolivia al borde de la implosión, el presidente Evo Morales renunció a la mesura, el diálogo y el posible acuerdo con sus duros adversarios.
En su lugar, denunció un “golpe de Estado cívico-prefectual”, acusó al embajador estadounidense de orquestarlo y, el 9 de septiembre, lo expulsó del país. ¿Pruebas? Ninguna. Apenas la excusa de que se había reunido con algunos prefectos (gobernadores) de oposición, algo que haría cualquier diplomático.
Al día siguiente, desde el escenario presidencial de Caracas, el hiperbólico Hugo Chávez se sumó al guion. Denunció un intento de “magnicidio” y golpe de Estado en su contra, planeado ¡telefónicamente! por exmilitares, con el apoyo del “imperio norteamericano”. Como castigo a George W. Bush y solidaridad con Morales, ordenó la salida del embajador estadounidense al son de la poco bolivariana frase “¡Váyanse al carajo cien veces, yanquis de mierda!”.
A principios del mes, el presidente de Paraguay, Fernando Lugo, también había denunciado una “conspiración”, pero solo involucró a su predecesor, Nicanor Duarte, al general Lino Oviedo y a otras turbias personalidades paraguayas. No contento con tan limitado elenco de villanos, Chávez añadió como culpable al “imperio de los Estados Unidos, en su afán de dominar al mundo… al continente”.
Su intervención no solicitada tiene que haber producido gran molestia en Lugo, quien parece encaminarse por una senda política más sensata, al punto de que, en octubre, tiene previsto viajar a Washington, camino a la Asamblea General de las Naciones Unidas, para reunirse con Bush.
Síntomas de rechazo. La incomodidad con los desbordes chavistas se reflejó en la cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), convocada por Chile para tratar la crisis boliviana, tras la cual Morales aceptó el diálogo interno.
El canciller chileno, Alejandro Foxley, dijo públicamente que no compartía el planteamiento de Chávez, porque “los problemas de la región hay que solucionarlos en la región. A mí no me gusta andar responsabilizando a otros”.
También en Bolivia, el Alto Mando militar pidió al Presidente que expresara a Caracas su malestar por las “constantes declaraciones y emplazamientos” de Chávez. Y tanto el jefe de las Fuerzas Armadas como el ministro de Defensa criticaron las “intromisiones extranjeras”, en referencia a Venezuela, no a Estados Unidos.
Tales muestras de rechazo indican que la irresponsabilidad sí pasa la factura, aunque no sea muy alta, a quienes incurren en ella, llámense Hugo Chávez o Evo Morales.
La gran tragedia es que, mientras esos y otros miembros del elenco populista-autoritario latinoamericano siguen el ejemplo del comunista cornudo que rechazaba la realidad y tiraba piedras a la Embajada Americana, los males de sus países siguen creciendo, afectando a sus pueblos y convulsionando el hemisferio.
Eduardi Ulibarri

