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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Las culpas son de otros

Si un conservador es víctima de adulterio, reta a su rival a duelo. El liberal lo lleva a los tribunales. ¿Y el comunista? Va a tirar piedras contra la Embajada Americana.

Este viejo chiste, hijo de la Guerra Fría, desapareció junto al comunismo, pero mantiene su eco en América Latina: cuando un Gobierno serio, democrático y respetuoso de las instituciones afronta problemas, opta por el diálogo y el pragmatismo, para buscarles solución. Pero si su signo es el populismo autoritario, inventa conspiraciones… y culpa a Estados Unidos.

Realidad ficticia. El primitivo instinto de desviar la atención de los desafíos reales, para fijarla en las mitologías heredadas de la difunta teoría de la dependencia, o de un antiyanquismo visceral y vacío, forma parte de lo peor que exhibe la política latinoamericana.

Su mayor contribución a los males hemisféricos no ha sido tanto generar tensiones regionales innecesarias, sino frenar la acción nacional allí donde es más relevante: en la construcción del Estado de derecho, la buena conducción económica, el fomento de la educación, el combate de la corrupción, la búsqueda de la equidad o el desarrollo de programas sociales eficaces.

Una cosa es tener posiciones adversas a Washington, Wall Street o el Fondo Monetario Internacional, y otra usarlos como chivos expiatorios o narcóticos para adormecer a la población o perseguir a los opositores, mientras los verdaderos males se mantienen o crecen.

Golpe de sinrazón. Frente a las complejas rupturas regionales, étnicas, sociales, económicas y políticas que han puesto a Bolivia al borde de la implosión, el presidente Evo Morales renunció a la mesura, el diálogo y el posible acuerdo con sus duros adversarios.

En su lugar, denunció un “golpe de Estado cívico-prefectual”, acusó al embajador estadounidense de orquestarlo y, el 9 de septiembre, lo expulsó del país. ¿Pruebas? Ninguna. Apenas la excusa de que se había reunido con algunos prefectos (gobernadores) de oposición, algo que haría cualquier diplomático.

Al día siguiente, desde el escenario presidencial de Caracas, el hiperbólico Hugo Chávez se sumó al guion. Denunció un intento de “magnicidio” y golpe de Estado en su contra, planeado ¡telefónicamente! por exmilitares, con el apoyo del “imperio norteamericano”. Como castigo a George W. Bush y solidaridad con Morales, ordenó la salida del embajador estadounidense al son de la poco bolivariana frase “¡Váyanse al carajo cien veces, yanquis de mierda!”.

A principios del mes, el presidente de Paraguay, Fernando Lugo, también había denunciado una “conspiración”, pero solo involucró a su predecesor, Nicanor Duarte, al general Lino Oviedo y a otras turbias personalidades paraguayas. No contento con tan limitado elenco de villanos, Chávez añadió como culpable al “imperio de los Estados Unidos, en su afán de dominar al mundo… al continente”.

Su intervención no solicitada tiene que haber producido gran molestia en Lugo, quien parece encaminarse por una senda política más sensata, al punto de que, en octubre, tiene previsto viajar a Washington, camino a la Asamblea General de las Naciones Unidas, para reunirse con Bush.

Síntomas de rechazo. La incomodidad con los desbordes chavistas se reflejó en la cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), convocada por Chile para tratar la crisis boliviana, tras la cual Morales aceptó el diálogo interno.

El canciller chileno, Alejandro Foxley, dijo públicamente que no compartía el planteamiento de Chávez, porque “los problemas de la región hay que solucionarlos en la región. A mí no me gusta andar responsabilizando a otros”.

También en Bolivia, el Alto Mando militar pidió al Presidente que expresara a Caracas su malestar por las “constantes declaraciones y emplazamientos” de Chávez. Y tanto el jefe de las Fuerzas Armadas como el ministro de Defensa criticaron las “intromisiones extranjeras”, en referencia a Venezuela, no a Estados Unidos.

Tales muestras de rechazo indican que la irresponsabilidad sí pasa la factura, aunque no sea muy alta, a quienes incurren en ella, llámense Hugo Chávez o Evo Morales.

La gran tragedia es que, mientras esos y otros miembros del elenco populista-autoritario latinoamericano siguen el ejemplo del comunista cornudo que rechazaba la realidad y tiraba piedras a la Embajada Americana, los males de sus países siguen creciendo, afectando a sus pueblos y convulsionando el hemisferio.

Eduardi Ulibarri

lunes, 31 de diciembre de 2007

Absurdo antiamericanismo


Hoy, los políticos populistas latinoamericanos muestran un rabioso antiamericanismo. Más que rencor, les mueve su afán de denigrar del capitalismo, al que culpan de todas las miserias. Los populistas denuncian que Estados Unidos se aprovecha de los pueblos pobres. Por eso, “los países pobres son cada día más pobres y los países ricos cada día más ricos”. Para estigmatizar al capitalismo desentierran el viejo y errado dogma marxista de la explotación, aunque éste se aplicaba originalmente a individuos y no a las naciones. Así ignoran 100 años de gigantescos adelantos logrados por el capitalismo y la inmensa mejoría del nivel de vida de los trabajadores donde hay libertad económica y libre competencia.

Los marxistas entonces cambiaron su virulenta fórmula, aceptando que si bien los trabajadores de países ricos mejoraron su nivel de vida, esta mejoría se logra a expensas de los países pobres. La explotación se trasladó de los trabajadores a las naciones. Los países pobres eran cada vez más pobres debido a que los países ricos eran cada vez más ricos. Al principio, el anticapitalismo y el odio a los “países ricos” incluían a las naciones europeas, pero desde los años setenta, tanto la izquierda radical como la extrema derecha, concentraron su rencor en los Estados Unidos, su capitalismo y política “imperialista”.

El paradigma contrario, el americanismo, nació en el siglo XVII, cuando desembarcaron los peregrinos en Plymouth. Esa nueva colonia era comunista, toda su producción se almacenaba en un depósito común para que la autoridad política la distribuyera a cada uno de acuerdo a sus necesidades, según el principio marxista “de cada uno de acuerdo a su habilidad, para cada uno de acuerdo a su necesidad”. Así, pronto los colonos sufrieron hambre y comenzaron a morir. Por fortuna, pocos años después abandonaron el sistema comunista y cada colono tendría derecho sobre los frutos de su propio trabajo.

Desde que se instaló la propiedad privada, los colonos de Plymouth Rock prosperaron y nunca más padecieron hambre y miseria. La nueva nación adoptó muy pronto los derechos de propiedad, la economía creció y se robustecieron los deseos de libertad que más tarde confluyeron en la Revolución Americana. La esencia del americanismo se definió en la Declaración de Independencia de 1776 que afirmó el principio revolucionario de que todos los hombres nacen con iguales derechos a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” y que los gobiernos son creados solamente para defender estos derechos fundamentales del ciudadano.

Desechando prejuicios delirantes, lo que realmente importa es revivir el americanismo, la defensa de los valores universales de la libertad, la vida y la propiedad que traen prosperidad y esperanzas a los pueblos y atacan en su misma raíz la miseria y la opresión.

Por Porfirio Cristaldo Ayala

viernes, 30 de noviembre de 2007

El antiamericanismo de los estadounidenses


Es muy fácil odiar al pueblo y al gobierno estadounidenses. Todo lo que hay que hacer es tomar en serio la opinión sobre su conducta criminal descrita por algunos de sus catedráticos universitarios. Es la mejor fuente de antiamericanismo que se conoce. Transcribo un párrafo del libro Ecuador and the United States escrito por el historiador Ronn Pineo, profesor de Towson University, publicado recientemente por The University of Georgia Press:

En el período de postguerra [...] Estados Unidos alcanzó sus objetivos en Ecuador: la prohibición de los partidos políticos progresistas; la persecución de los sindicatos izquierdistas; el despido, encarcelamiento, apaleamiento, exilio y asesinato de intelectuales librepensadores (independent-minded), profesores y reporteros de periódicos; y el debilitamiento de los gobiernos que no le gustaban. Debido a estas acciones, Estados Unidos contribuyó significativamente a la inestabilidad política y debilitó el objetivo de construir la democracia en Ecuador.

Menudos objetivos. O sea, durante medio siglo, inmersos en la guerra fría, el pueblo americano, por medio de los presidentes elegidos, demócratas y republicanos, utilizando a la CIA, controlada por los congresistas y senadores, se comportaba como una mafia siniestra dedicada a atropellar cruelmente a los ecuatorianos. Supongo que cuando el señor Pineo hace estas afirmaciones no ignora que en una república que funciona de acuerdo con las normas de una democracia representativa, el responsable final de estas acciones criminales es la sociedad de asesinos y matones a la que él pertenece y describe.

¿Qué fuente utiliza el profesor Pineo para llegar a esas conclusiones tan negativas sobre su país y sus compatriotas? Fundamentalmente, el testimonio de Philip Agee, un ex agente de la CIA que se pasó al enemigo en la década de los sesenta, convirtiéndose en colaborador de la inteligencia cubana y soviética, dedicado a la identificación de sus antiguos compañeros, lo que le costó la vida a alguno de ellos. Agee, ya muy envejecido, continúa en Cuba al frente de una empresa consagrada a promover el turismo, pero periódicamente la dictadura de Castro lo utiliza para desacreditar a Estados Unidos.

Naturalmente, el profesor Pineo tiene otros enemigos, además del comportamiento de sus conciudadanos. Como muchos de los latinoamericanistas asentados en las universidades de Estados Unidos, el anticomunismo le parece una actitud injustificable. (No sé, porque no lo aclara, si ser antinazi o antifascista le suscita el mismo rechazo.) Su libro transpira esa insensibilidad ante el sufrimiento de las víctimas del comunismo. No importan el horror de esas dictaduras, sus cien millones de muertos, sus gulags implacables, la miseria y la desesperación de las personas que han tenido que sufrir la barbarie de las tiranías marxistas leninistas. Estados Unidos, en definitiva, no debió enfrentarse a la URSS y a sus satélites. Los norteamericanos exageraban los peligros de la expansión soviética y confundían los verdaderos objetivos de Moscú, comprensiblemente defensivos.

Las otras bestias pardas del historiador son el llamado neoliberalismo y el libre comercio internacional. Las privatizaciones de las empresas estatales —una tremenda fuente de corrupción, clientelismo y derroche—, la reducción del gasto público, unida a un aumento en la inversión en salud y educación, la lucha contra la inflación, el equilibrio presupuestario, los tratados de libre comercio, el fin de los controles de precios y la liberalización de los mercados, como recomiendan el Consenso de Washington, el FMI y el BM, le parecen responsables de un incremento de la miseria general. Es decir, las medidas que han convertido a Chile en la economía más pujante de América Latina, y que le han permitido reducir los índices de pobreza del 42 al 13% durante la etapa democrática (las mismas que receta la Unión Europea a los ex satélites de la URSS para entrar en el organismo), son responsables del desbarajuste ecuatoriano.

En definitiva, los norteamericanos son culpables de casi todo lo malo que sucede en América Latina. Cuando ignoran lo que ocurre al sur del Río Grande, es debido a esa negligente indiferencia que estos pobres pueblos no consiguen desarrollarse ni democratizarse. Cuando tratan de influir en su destino, con planes como la ''Alianza para el Progreso'' (más de veinte mil millones de dólares inútilmente perdidos), lo hacen torpe y arrogantemente en función de su paranoia anticomunista, y entonces se dedican al asesinato de librepensadores, impidiendo el arraigo de las ideas de la libertad.

No me extraña, pues, que en la bibliografía que cita al final de la obra no aparezca la menor referencia a Las costumbres de los ecuatorianos, un extraordinario estudio de Osvaldo Hurtado, ex presidente y director de CORDES, uno de los think tanks más prestigiosos del país. Si lo leyera, tal vez entendería mejor las raíces culturales e históricas de los problemas ecuatorianos, y acaso se atenuaría su profunda animadversión a la sociedad norteamericana. No creo que lo haga.

Por Carlos Alberto Montaner