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martes, 24 de noviembre de 2009

Escépticos y alarmistas piden responsabilidades por el Watergate climático


Un cracker logró sacar a la luz toda una serie de documentos y correos electrónicos privados pertenecientes a la Unidad de Investigación del Clima (CRU, por sus siglas en inglés), de la británica Universidad de East Anglia, uno de los grandes centros defensores de la teoría del calentamiento global antropogénico (causado por el hombre) y muy vinculado al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC).

La documentación privada de los calentólogos revela, entre otras cosas, acuerdos para manipular datos, destrucción de pruebas, así como conspiraciones para evitar que los escépticos publiquen en revistas especializadas.

Lord Monkton: "Son criminales"

Las reacciones no se han hecho esperar. Por el lado de los escépticos, Lord Christopher Monckton, uno de los principales asesores de la ex primera ministra británica Margaret Tatcher, no ha dudado en calificar de "criminales" a la cúpula climática vinculada al IPCC.

La documentación descubierta demuestra que estos científicos son los autores de un gran "fraude" a nivel mundial, ya que han manipulado los registros de temperaturas con el único objetivo de vender la tesis del alarmismo climático.

"Los datos fueron modificados a fin de ocultar el descenso reciente de la temperatura" en el planeta a lo largo de los últimos años. De hecho, Monckton recuerda que en los últimos 15 años no se ha producido un calentamiento global, sino más bien un descenso de la temperatura media.

Además, estos "estafadores arrogantes", según los califica, "se han negado durante años a revelar sus datos y programas informáticos. Ahora sabemos por qué", añade. "Las tendencias sobre la temperatura mundial simplemente se han construido" a medida, con el objetivo de "inflar artificialmente el calentamiento natural del siglo XX".

Todo ello demuestra, según Monckton, que "no son simplemente malos científicos", sino "delincuentes" que "han cometido sus crímenes a costa de los contribuyentes británicos y de EEUU". "Estoy enojado, y así debe ser", admite Monckton.

No es de extrañar si se tiene en cuenta que la Cumbre Climática de Copenhague, que se celebrará a principios de diciembre, prevé implantar nuevos impuestos sobre el CO2 a nivel mundial, cambiar el modelo productivo de las economías desarrolladas, crear un sistema redistributivo global y hasta una especie de Gobierno Mundial. Y todo ello, bajo la falacia de que la Tierra avanza hacia un desastre climático como resultado de un supuesto calentamiento manipulado por los científicos.

George Monbiot: "Phil Jones debe dimitir"

Pero Monckton no es el único que ha saltado a raíz del escándalo científico. El británico George Monbiot es uno de los portavoces más radicales del movimiento ecologista. Ha llegado a considerar igualmente inaceptable cruzar el Atlántico como violar a un niño y ha escrito que "cada vez que alguien muere como consecuencia de una inundación en Bangladesh habría que sacar a un ejecutivo de una compañía aérea de su despacho y ahogarlo". Todo por la contribución de los vuelos a las emisiones de CO2 y, por tanto, de acuerdo con la teoría, con el calentamiento global.

Pues bien, incluso este alarmista considera que "parece haber pruebas de intentos de impedir que datos científicos fueran publicados e incluso de destruir material que era objeto de una petición según la ley de transparencia". Además, "algunos de los correos sugieren esfuerzos para impedir la publicación del trabajo de los escépticos o mantenerlo fuera de los informes del IPCC", añade.

Pese a considerar que "no tiene sentido pretender que este no es un gran golpe", Monbiot no cree que esto signifique que la teoría es incorrecta, pero sí que "el director de la unidad, Phil Jones, debe dimitir", y que "parte de los datos sobre los que se discute en los correos deben revisarse".

Libertad Digital

martes, 13 de mayo de 2008

Biocombustibles: Un asalto a los más pobres del mundo


Disturbios por la crisis alimenticia en Indonesia, México, Egipto, las Filipinas y Vietnam. Controles de precios y racionamientos en Pakistán y China. ¿Estaremos regresando a la trampa maltusiana, donde los precios de los bienes agrícolas y comestibles como la harina y el maíz, e incluso de los productos lácteos y las carnes han incrementado en los últimos años hasta un nivel sin precedente histórico? ¿O será este otro mal producto de la reciente obsesión de Occidente con las emisiones de CO2 que supuestamente están destruyendo nuestro planeta con el calentamiento global?

Digamos que existe un caso maltusiano. La demanda por cereales ha incrementado en un 8% entre el 2000 y el 2006 debido a un incremento poblacional y de ingresos en el Tercer Mundo, con la normal inelasticidad en la oferta agrícola (la oferta se incrementa en un 1-2% mientras los precios suben en un 10%), empeorándose por la larga sequía en Australia que ya casi cumple una década. Ésta es achacada al calentamiento global producto de las emisiones de dióxido de carbono, que por su parte justifica la cruzada de los “guerreros del CO2”. Estos factores de oferta y demanda han llevado a que los precios de los cereales se dupliquen entre el año 2000 y 2008. Como los alimentos de primera necesidad forman una parte importante del consumo de los más pobres del planeta, los compradores netos en el Tercer Mundo han recibido un fuerte golpe. La tesis maltusiana que fue declarada difunta con la Revolución Verde ha resucitado.

¿Pero lo ha hecho realmente? Examinando los componentes del crecimiento en el consumo de los cereales en años recientes, el Insitito Internacional de Investigación de Políticas Alimentarias (IFPRI por sus siglas en ingles) encuentra que: “mientras el cereal utilizado como comida y para alimento de animales ha incrementado en un 4 y 7%, respectivamente, desde el año 2000, el uso de cereales con propósitos industriales (como la producción de biocombustibles), ha aumentado mas del 25%. Solamente tomando en cuenta a Estados Unidos, el uso de maíz para producir etanol ha incrementado 2.5 veces entre el año 2000 y 2006”. Así que el incremento poblacional y del salario promedio en el Tercer Mundo nada tiene que ver con este aumento en los precios alimenticios, sino que más bien es producto de la obsesión de los países ricos con reducir los gases CO2 utilizando menos combustibles fósiles.

La UE ha ordenado que los biocombustibles representen el 10% del combustible de transporte para el año 2020 y los EEUU están buscando duplicar la producción de etanol a base de maíz para el 2008 y quintuplicarla para el 2022. Esta situación ha producido ahora una pugna mundial por el uso apropiado de la tierra entre los alimentos y los biocombustibles. Occidente superó la pobreza a base del crecimiento intensivo que generó la Revolución Industrial, al permitir que una fuente enorme de productos energéticos en la forma de combustibles fósiles reemplazara las fuentes anteriores de energía basadas en la tierra—siendo ésta indudablemente un recurso limitado. Así que habiendo aumentado las emisiones de dióxido de carbono en el mundo durante su propia industrialización, Occidente está ahora pidiéndole al Tercer Mundo “tiempo fuera” cuando pretende hacer lo mismo, todo en nombre de salvar el planeta.

Mientras tanto, los habitantes en los países ricos conservan sus carros SUV en las carreteras, y además quieren una mayor proporción de la limitada cantidad de tierra en el planeta para producir etanol en vez de producir comida para las masas hambrientas en el mundo.

Durante los años ochenta, un estudiante brasileño en minería realizó un detallado estudio de costo-beneficio del programa pionero de etanol en Brasil, y encontró que no era rentable socialmente, incluso tomando en cuenta los altos precios del petróleo de esa época. No es de sorprender que los intentos actuales de EEUU y la UE por introducir el etanol como combustible de transporte requieran de inmensos subsidios públicos. Se estima que los subsidios estadounidenses para los biocombustibles serán de entre 42 y 55% del costo total de producir etanol.

Estos subsidios masivos son justificados con argumentos ambientales y geopolíticos. Como la producción de etanol en sí misma requiere de más combustibles fósiles, existe un interminable debate sobre el efecto neto del uso de biocombustibles en las emisiones del efecto invernadero. Pero éstos constituyen un mecanismo muy oneroso de reducir las emisiones de carbono. La Agencia Internacional de Energía estima que costaría al menos $250 eliminar una tonelada de carbón en la atmosfera. Más aún, si la teoría alternativa del cambio climático basada en el sol llega a desmentir a la actual teoría del carbono, el compromiso de las economías occidentales a estos costos desaparecerá por completo. Ciertamente, India y China no tendrán nada que ver en este tren del etanol.

El argumento geopolítico—que dice que el etanol es necesario para que EEUU y la UE obtengan independencia energética regímenes políticos detestables, que son en la actualidad los mayores oferentes de energía), también es cuestionable. Primero, la única manera en que estos regímenes podrían afectar la seguridad energética de Occidente es aumentando el precio del petróleo restringiendo la oferta. Ya que el petróleo es ahora un bien globalmente comercializado como la harina, una amenaza de Hugo Chávez de parar la oferta del petróleo venezolano a los EEUU, no tiene sentido alguno. Así como en el caso de la harina, son los consumidores, no los vendedores del petróleo en el NYMEX, los que determinan su destino final. Segundo, como lo ha estimado el Departamento de Energía de EEUU, la cantidad máxima de etanol que los EEUU podría producir para el año 2030 solo alcanzaría para cubrir el 6% de la demanda para combustible de transportes, a lo mucho un efecto tan solo marginal en la demanda mundial y en el precio del petróleo. Tercero, el miedo de que el petróleo esté proveyendo dinero para los terroristas islámicos es cuestionable. Como correctamente lo enfatizan Jerry Taylor y Peter van Doren del Cato Institute, “El terrorismo es una inversión de bajo costo relativo, mientras que las ganancias por petróleo parecen innecesarias para pagar por el mismo”. Si mucho, es la mal concebida “guerra contra las drogas”, no contra el petróleo, la que ha proveído los medios para fundar la secta Talibán y los narcoterroristas en los Andes.

La IFPRI ha estimado que, ceteris paribus (manteniendo el status quo), la expansión planificada de biocombustibles en los países ricos va a conllevar a un largo incremento en los precios mundiales de los granos comestibles y a un consumo decreciente de calorías en el Tercer Mundo. África sub-Sahariana será golpeada con mayor fuerza, con una caída pronosticada en un 8% de consumo calórico para el 2020. Dado este asalto a los más pobres del mundo, India ha escogido el camino correcto: primero, al reducir los aranceles a las importaciones de los granos alimenticios y por lo tanto el precio neto para los consumidores en comida; segundo, expandiendo el área destinada a sembrar granos modificados genéticamente, lo cual incrementará la producción doméstica. Pero para las mentes iluminadas de Occidente, sus acólitos académicos, y las estrellas de pop tratando de salvar África y acabar con la pobreza, este último asalto de Occidente a los más pobres del mundo solo puede merecer desprecio.

Deepak Lal

jueves, 17 de abril de 2008

Disturbios alimentarios


Haití siempre ha sido un país caótico. Sin embargo, este mes experimentó un nuevo tipo de violencia: un disturbio alimentario provocado por la intención de los países ricos de combatir el calentamiento global. Los haitianos se tiraron a las calles demandando que su gobierno haga algo acerca del alto precio de los alimentos básicos. Disturbios similares ya se han registrado en el sudeste asiático y África. Es de esperarse que lo mismo ocurra pronto en América Latina, donde los altos precios de ciertos granos han llevado a las autoridades a elevar su grito de protesta ante organismos internacionales.

Los precios de los alimentos están subiendo. Durante gran parte de los 90 y hasta el 2005, el precio de la soya en la Junta Comercial de Chicago había permanecido relativamente estable, al ubicarse en 60 dólares, aproximadamente, la fanega. Desde entonces se ha disparado en un 150 por ciento hasta llegar a 156. El maíz se ha duplicado hasta llegar a 60 dólares. Los precios del trigo se han triplicado.

Todo comenzó en Estados Unidos con la Ley de Política Energética del 2005, la cual establece un aumento de la cantidad de etanol que debe mezclarse con la gasolina. Esta ley fue promovida como una manera de reducir la cantidad de dióxido de carbono que emitimos para disminuir así el temido calentamiento global. Hoy, el 15 por ciento de la cosecha de maíz está siendo destilado para la producción de etanol.

La ley requería la producción de 4.000 millones de galones de etanol para el 2006 y luego un aumento anual de aproximadamente 700 millones de galones. Peor aún, el presidente Bush, citando al calentamiento global en su informe a la nación del 2007, hizo un llamado a producir 35.000 millones de galones de etanol para el 2017 con el fin de reemplazar un 20 por ciento del consumo actual de gasolina con dicho elíxir. Esto es cinco veces la cantidad dictada por la Ley Energética.

¿Tendrá algún impacto la fiebre por el etanol en reducir el calentamiento global? Veamos los números.

Estipulemos que, de hecho, un 20 por ciento del consumo actual de gasolina en Estados Unidos es reemplazado de alguna manera. El transporte constituye aproximadamente un tercio de las emisiones estadounidenses de dióxido de carbono, por lo que la medida reduciría las emisiones totales en un 6,7 por ciento si el etanol no contribuyese con gases de invernadero adicionales a la atmósfera. Todo el mundo sabe que este no es el caso y muchos estudios indican que reemplazar la gasolina con el etanol de hecho libera más dióxido de carbono en la atmósfera que simplemente quemar la gasolina.

No obstante, asumamos que se dé un ahorro de 6,7 por ciento en las emisiones. Basándonos en información reciente, el número de carros en las calles aumentará en este mismo porcentaje en aproximadamente cuatro años. ¿Qué significa eso? Que se evitaría 0,01C° de calentamiento global durante el próximo siglo. Uno experimenta este cambio de temperatura en el ambiente durante cada segundo de su vida. Ahora extienda esta política a todas las naciones del mundo en los cuales hay un número considerable de carros (llamados países 'Anexo 1' por las Naciones Unidas), y la cantidad de calentamiento que no ocurriría sería de 0,03C°. Nadie nunca podrá lograr detectar estos cambios de temperatura en los registros mundiales, los cuales varían naturalmente por aproximadamente 0,08C° de año a año.

No obstante, sustituir dicho 20 por ciento es imposible. Estados Unidos produce cerca de la mitad del maíz del mundo y si convirtiéramos cada grano en etanol todavía nos faltaría un 40 por ciento para alcanzar el objetivo determinado por el presidente Bush. Para cumplirlo, necesitaríamos encontrar una manera económica de hacer etanol de materiales de plantas más crudas -el denominado etanol "celulósico"-. No importa cuánto dinero gasten los gobiernos, a pesar de décadas de investigación, nadie ha podido descifrar cómo hacerlo de manera económica.
Por supuesto que no quemaremos por completo nuestra cosecha de maíz. Sin embargo, la tendencia continuará hasta que la inflación de los precios de los alimentos sea insostenible. En los países en desarrollo habrá más protestas, algunas muy violentas, mientras que en el resto del mundo no se podrá detectar ni un ápice de cambio en el clima gracias al etanol.

Como Ashock Gulatoi, director del Food Policy Research Institute de Washington, le dijo al Financial Times hace poco: "En última instancia hay un costo de oportunidad entre llenar los estómagos y llenar los tanques de diésel (o etanol) en los carros y camiones".

El triste hecho es que el caos en Haití es solamente el comienzo de un terremoto civil masivo, que se desencadenará conforme se establezcan más y más políticas absurdas en nombre del calentamiento global. Esperen que la próxima explosión sea en América Latina.

Patrick J. Michaels

lunes, 14 de enero de 2008

Bjorn Lømborg


Dejen de pelearse por el calentamiento global—aquí está la manera inteligente de atacarlo.

Todas las miradas están puestas sobre los glaciares que se derriten en Groenlandia. Este año, delegaciones de políticos estadounidenses y europeos han peregrinado a una de estas masas de hielo en Ilulissat, donde declaran estar viendo ocurrir el cambio climático delante de sus ojos.

Curiosamente, algo que rara vez es mencionado es que las temperaturas en Groenlandia eran más altas en 1941 que lo que son hoy. O que las tasas de derretimiento alrededor de Ilulissat eran más altas durante la primera parte del último siglo, de acuerdo a un nuevo estudio. Y mientras las delegaciones aterrizan primero en Kangerlussuaq, alrededor de 100 millas al sur, todos cambian de avión para ir directamente a Ilulissat—tal vez porque el glaciar de Kangerlussuaq está creciendo inconvenientemente rápido.

Indico esto no para cuestionar la realidad del calentamiento global o el hecho de que en gran parte es causado por los seres humanos, sino debido a que la discusión acerca del cambio climático se ha vuelto una pelea desagradable, con un bando argumentando que estamos dirigiéndonos hacia una catástrofe y el otro sosteniendo que todo es una gran mentira. Yo sostengo que ninguno de los dos bandos está en lo correcto. Está mal negar lo obvio: La Tierra se está calentando y nosotros lo estamos causando. Pero esa no es toda la historia y las predicciones de un desastre que se aproxima simplemente no cuadran con la evidencia.

Tenemos que redescubrir el punto medio en el que podamos tener una conversación sensible. No deberíamos ignorar el cambio climático o las medidas que lo podrían combatir. Pero deberíamos ser honestos acerca de los defectos y costos de esas medidas, como también acerca de los beneficios.

Los grupos ambientalistas dicen que la única manera de lidiar con los efectos del calentamiento global es reducir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono—un proyecto que le costará al mundo billones (solamente el Protocolo de Kyoto costaría $180 mil millones al año). Las investigaciones que he realizado a lo largo de la última década, comenzando con mi primer libro El Ambientalista Escéptico, me han convencido de que esta actitud no tiene sentido; implica gastar una cantidad exorbitante de dinero para lograr muy poco. En cambio, deberíamos estar pensando creativamente y pragmáticamente sobre cómo podríamos combatir los numerosos y más importantes retos que enfrentan a nuestro planeta.

Nadie sabe con certeza cómo ocurrirá el calentamiento global. Pero deberíamos hablar acerca de los cálculos más ampliamente aceptados. De acuerdo al Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, pos sus siglas en inglés), los niveles de los océanos aumentarán en este siglo entre 15 y 60 centímetros, con la mejor expectativa siendo alrededor de 30 centímetros, principalmente debido a que el agua se expande mientras más se calienta. Esto es similar a lo que el mundo experimentó en los últimos 150 años.

Algunos individuos y organizaciones ambientalistas se quejan de que el IPCC ha subestimado severamente el derretimiento de los glaciares, especialmente en Groenlandia. En realidad, el IPCC ha calculado el derretimiento probable de Groenlandia (contribuyendo un poco más de dos centímetros y medio al nivel del mar en este siglo) y en Antártica (la cual, porque el calentamiento global generalmente produce más precipitación, de hecho acumulará hielo en lugar de perderlo, haciendo que el nivel del mar sea de cinco centímetros menos para el 2100). En estos momentos, las personas están preocupadas por un aumento dramático en la tasa de derretimiento de Groenlandia. Esa tasa parece ser transitoria, pero si es sostenida podría añadir ocho centímetros, en lugar de dos y medio, al aumento en el nivel del mar para fines de este siglo.

Un aumento de dos centímetros y medio en el nivel del mar no es una catástrofe, aunque si representaría un problema, particularmente para las naciones que son islas pequeñas. Pero acordémonos que muy poca tierra se perdió cuando los niveles del mar aumentaron durante el siglo anterior. Cuesta relativamente poco proteger a la tierra de la marea que sube: Podríamos dragar los pantanos, construir diques y redirigir los cuerpos de agua. Mientras que las naciones se enriquecen y la tierra se vuelve un bien cada vez más escaso, este proceso cada vez tiene más sentido: Como nuestros padres y abuelos, nuestra generación se asegurará de que el agua no se lleve tierra que vale mucho.

El IPCC nos dice dos cosas: Si nos concentramos en el desarrollo económico e ignoramos el calentamiento global, es probable que experimentemos un aumento de 33 centímetros en el nivel del mar para el 2100. En cambio, si nos enfocamos en las preocupaciones ambientales y, por ejemplo, adoptamos las severas reducciones en emisiones de carbono que muchos grupos ambientalistas promueven, esto podría reducir el aumento en aproximadamente de trece centímetros. Pero reducir las emisiones tiene un costo: Todo el mundo sería más pobre en el 2100. Con menos dinero circulando para proteger a la tierra del mar, reducir las emisiones de carbón significaría que más tierra seca se perdería, especialmente en regiones vulnerables como Micronesia, Tuvalu, Vietnam, Bangladesh y las Maldivas.

Mientras que el nivel del mar aumenta, también lo harán las temperaturas. Parecería lógico esperar más olas de calor y por lo tanto más muertes. Pero aunque este dato recibe mucha menos atención, las temperaturas en aumento también reducirán el número de olas de frío. Esto es importante porque las investigaciones demuestran que el frío es mucho más mortal que el calor. De acuerdo a la primera encuesta revisada por expertos sobre los efectos del cambio climático en la salud, el calentamiento global de hecho salvará vidas. Se estima que para el 2050, el calentamiento global causará alrededor de 400.000 muertes más relacionadas al calor. Pero al mismo tiempo, 1,8 millones de personas menos morirán del frío.

El Protocolo de Kyoto, con sus reducciones drásticas de emisiones, no es una manera sensible de evitar que las personas mueran de olas de calor. A un costo mucho más bajo, los diseñadores urbanos y los políticos podrían reducir las temperaturas más efectivamente plantando árboles, añadiendo facilidades de agua y reduciendo la cantidad de asfalto en las ciudades que están en riesgo. Los cálculos muestran que esto podría reducir las temperaturas pico en las ciudades en más de 7 grados Celsius.

El calentamiento global cobrará vidas de otra manera: aumentando el número de personas en riesgo de contraer malaria en un 3 por ciento a lo largo de este siglo. De acuerdo a los modelos científicos, implementar el Protocolo de Kyoto durante el resto de este siglo reduciría el riesgo de contraer malaria en solo un 0,2 por ciento.

Por otro lado, podríamos gastar $3.000 millones anualmente—2 por ciento del costo del Protocolo—en redes para proteger de mosquitos y medicamentos para reducir la incidencia de malaria en casi la mitad dentro de una década. La tasa de muertes causadas por malaria está aumentando en África Sub-Sahariana, pero esto nada tiene que ver con el cambio climático y mucho que ver con la pobreza: a los gobiernos pobres y corruptos se les hace difícil implementar y financiar el rociamiento y la provisión de redes para mosquitos que ayudarían a erradicar la enfermedad. Aún así, por cada dólar que gastamos salvando una persona a través de medidas como el Protocolo de Kyoto, podríamos haber salvado 36.000 mediante una intervención directa.

Por supuesto, no solo nos importan los seres humanos. Los ambientalistas indican que criaturas magníficas como los osos polares se extinguirán por el calentamiento global conforme su helado hábitat se derrite. Kyoto salvaría solo un oso al año. Aún así, cada año los cazadores matan entre 300 y 500 osos polares, de acuerdo a la Unión de Conservación Mundial. Prohibir esta carnicería sería barato y fácil—y mucho más efectivo que un pacto global acerca de la reducción de emisiones de carbono.

Por donde sea que se lo mire, la inevitable conclusión es la misma: Reducir las emisiones de carbono no es la mejor manera de ayudar al mundo. No digo esto solamente por llevar la contraria. Debemos hacer algo acerca del calentamiento global a largo plazo. Pero me frustra nuestra obsesión con medidas que no lo lograrán.

En 1992, las naciones ricas prometieron reducir las emisiones a los niveles de 1990 para el año 2000. Las emisiones crecieron en un 12 por ciento. En 1997 prometieron reducirlas en un 5 por ciento por debajo de los niveles de 1990 para el año 2010. Aún así es probable que los niveles sean 25 por ciento más altos de lo que se deseaba.

El Protocolo de Kyoto expirará en el 2012. Los miembros de la ONU estarán negociando su reemplazo en Copenhagen a finales del 2009. Los políticos insisten que el “próximo Kyoto” debería ser aún más duro. Pero luego de dos fracasos espectaculares, debemos preguntar si la actitud de “intentémoslo de nuevo, y esta vez apuntemos a unas reducciones aún mayores” es la correcta.

Aún si las promesas anteriores de los funcionarios se hubiesen cumplido, no habrían servido prácticamente de nada, y nos hubieran costado una fortuna. Los modelos climáticos muestran que Kyoto hubiera pospuesto los efectos del calentamiento global por siete días al final del siglo. Aún si EE.UU. y Australia hubiesen firmado el protocolo y todos los firmantes hubiesen obedecido los lineamientos de Kyoto por el resto del siglo, pospondríamos los efectos del calentamiento global por solamente cinco años.

Los que proponen pactos como Kyoto quieren que gastemos cantidades enormes de dinero que logran muy poco para el bien del planeta de aquí a cien años. Debemos encontrar una manera más inteligente de actuar. El primer paso es focalizar nuestros recursos en hacer que las reducciones de emisiones de carbono sean mucho más fáciles.

El costo típico de reducir una tonelada de dióxido de carbono es actualmente $20/tonelada. No obstante, de acuerdo a una abundante literatura científica, el daño de una tonelada de carbón en la atmósfera es de alrededor de $2. Gastar $20 para hacer $2 de bien no es un curso de acción inteligente. Podría hacer que usted se sienta bien, pero no detendrá al calentamiento global.

Necesitamos reducir el costo de reducir emisiones de $20/tonelada a, por ejemplo, $2. Esto implica que ayudar al medio ambiente no solamente sería algo que los ricos puedan hacer sino algo que todos podríamos hacer—incluyendo China e India, países que se espera que sean los principales emisores durante el siglo XXI pero que tienen problemas más importantes con las cuales lidiar antes que el cambio climático.

La manera de lograr esto es aumentando dramáticamente el gasto en investigaciones y desarrollo de energía de baja intensidad de carbono. Idealmente, cada nación podría comprometerse a gastar 0,5% de su producto interno bruto explorando tecnologías energéticas que no emitan carbono, ya sean el viento, las olas, o la energía solar, o capturando emisiones de dióxido de carbono de plantas de energía. Este gasto podría añadir alrededor de $25.000 millones al año pero todavía sería siete veces más barato que el Protocolo de Kyoto y aumentaría por un factor de 10 el gasto global en investigación y desarrollo. Todas las naciones estarían involucradas, aunque las más ricas pagarían las porción más grande.

Debemos aceptar que el cambio climático es real y que hemos ayudado a causarlo. Esto no es un chiste. Pero tampoco es un Apocalipsis cercano.

Para algunas personas, reducir las emisiones de carbono se ha vuelto la respuesta, sin importar la pregunta. Se dice que reducir las emisiones de carbono es nuestra “misión generacional”. Pero, ¿no queremos implementar medidas más eficientes antes de recurrir a eso?

Combatir los verdaderos retos climáticos que enfrentan el planeta—malaria, más muertes por el calor, poblaciones de osos polares en declive—muchas veces requiere de medidas más simples y menos glamorosas que reducciones en las emisiones de carbono. También necesitamos recordar que en el siglo XXI habrán muchos otros retos, para los cuales necesitamos soluciones de bajo costo y durables.

Yo conformé el Consenso de Copenhagen en el 2004 para que algunos de los principales economistas del mundo pudieran reunirse y preguntar no solo en dónde podemos hacer bien, sino a qué costo, y para priorizar las mejores cosas que el mundo debería hacer al respecto. Las principales prioridades que ellos han determinado son lidiar con las enfermedades contagiosas, la malnutrición, la investigación agrícola y el acceso del primer mundo a la agricultura del tercer mundo. Por menos de un quinto del precio de Kyoto, podríamos lograr todas esas cosas.

Obviamente también deberíamos trabajar en encontrar una solución a largo plazo para el calentamiento global. Resolverlo requerirá de casi un siglo y de voluntad política a través de distintos partidos políticos, continentes y generaciones. Si invertimos en investigaciones y desarrollo, estaremos haciendo un gran bien a largo plazo, en lugar de simplemente hacernos sentir mejor a nosotros mismos hoy.

Pero aceptar la mejor respuesta al calentamiento global es difícil entre tanta pelea amarga que deja afuera el diálogo sensible. Así que primero, en verdad necesitamos calmar el debate.

Bjorn Lømborg

jueves, 10 de enero de 2008

El planeta no está tan caliente


Los registros de temperatura pueden estar contaminados por el “calentamiento urbano”.

Si un estudio científico publicado en una importante revista académica dijese que el planeta se ha calentado el doble de lo que se estimaba, sería una noticia estelar en los principales periódicos del mundo. Pero ¿qué sucedería si se publica una investigación que demuestra que el planeta probablemente se ha calentado solo la mitad de lo que originalmente se había estimado? Nada.

Hace un mes, Ross McKitrick de la Universidad de Guelph en Canadá y yo publicamos un manuscrito en el Journal of Geophysical Research-Atmospheres diciendo precisamente eso. Los científicos han sabido desde hace muchos años que los registros de temperaturas pueden estar contaminados por el denominado “calentamiento urbano”, el cual resulta del hecho que los historiales de temperaturas a largo plazo suelen haberse originado en puntos de comercio. Los ladrillos, los edificios, y el pavimento de las ciudades retienen el calor del día e impiden el flujo de vientos refrescantes.

Por ejemplo, el centro de Washington, D.C., es más caliente que el cercano (y más rural) aeropuerto de Dulles. Conforme los edificios del gobierno y de las empresas se expanden a lo largo de la carretera de acceso, esa zona también comienza a calentarse comparado con las áreas más rurales hacia el oeste.

El Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) señala con certeza que menos del 10% del calentamiento observado en los historiales del clima a largo plazo se debe a la urbanización.

Esta es una hipótesis maravillosa y Ross y yo decidimos ponerla a prueba. Sugerimos que otros tipos de sesgos todavía están afectando los registros históricos del clima. ¿Qué hay de la calidad de la red nacional climatológica y de la aptitud de los observadores? Otros factores incluyen el movimiento o cierre de estaciones climáticas y la modificación de las superficies locales, como lo es reemplazar un bosque con una plantación de maíz.

Muchos de estos son indicadores socioeconómicos, así que construimos un modelo computarizado que incluía tanto los factores climáticos regionales, como la latitud, además de indicadores socioeconómicos como el PIB, y lo aplicamos a la historia de temperaturas del IPCC.

El equipo para la medición del clima es bastante sensible. El típico receptor de temperatura es de color blanco. Si la pintura se consume o destiñe, el receptor absorbe más del calor del sol y el termómetro que tiene adentro leerá temperaturas artificialmente más altas.

El IPCC divide al mundo en cajas a lo largo de las líneas de latitud, y para cada una de estas nosotros presentamos información acerca del PIB, la tasa de alfabetización, la cantidad de información faltante (una medida de la calidad), el cambio en la población, el crecimiento económico y el cambio en el consumo de carbón (mientras más consumo haya, más fría es el área).

¿Adivinen qué? Casi todas las variables socioeconómicas eran importantes. Descubrimos que la información era de la más alta calidad en Norteamérica y que estaba contaminada en África y Sudamérica. En general, encontramos que los sesgos socioeconómicos “probablemente añaden un calentamiento neto a nivel global que podría explicar hasta la mitad de la tendencia de calentamiento observada a nivel de la tierra”.

Luego modificamos la información sobre temperaturas del IPCC para que reflejara estos sesgos y comparamos la distribución estadística del calentamiento con la información original del IPCC y con las mediciones satelitales de las temperaturas atmosféricas más bajas que hay desde 1979. Como estas provienen de una sola fuente (el gobierno estadounidense) y no tienen contaminación urbana alguna, probablemente están muy poco afectadas por los factores económicos. Y así fue: la información ajustada del IPCC se parece mucho a la información satelital.

¿Dónde estuvo la prensa? Una búsqueda de Google revela que con la excepción de algunas citas en blogs, el único reportaje importante se publicó en el Financial Post de Canadá.

Hay varias razones por las cuales la prensa brinda muy poca cobertura a la ciencia que indica que el calentamiento global no es el fin del mundo. Una de ellas es el sesgo en la literatura científica. En teoría, asumiendo una investigación climática libre de sesgos, cada nuevo descubrimiento debería tener una probabilidad igual de indicar que las cosas seguirán siendo más o menos calientes, o peor de lo que pensábamos, o no tan mal. Pero, cuando alguien descubre que solo hay la mitad del calentamiento que pensábamos que había, y la historia es completamente ignorada, ¿qué dice esto acerca de la naturaleza de la cobertura en sí?

Patrick J. Michaels

martes, 11 de diciembre de 2007

Posiciones ante el posible calentamiento


Las más recientes propuestas de las Naciones Unidas sobre el calentamiento global realmente asustan. Recordemos que uno de los valores fundamentales de la sociedad liberal es el debido proceso legal. Por eso, nadie debe ser arrestado sin que haya cargos claros en su contra y que siempre gozará de la defensa de un abogado. Inclusive si alguien es condenado por cometer algún delito, se respetarán sus derechos.

La preocupación de algunos por el tratamiento recibido por los presos en Guantánamo tiene que ver con esa preocupación fundamental por el debido proceso. Los liberales insisten, más que los conservadores, en que nada justifica la violación de los derechos de personas acusadas, ni siquiera el hecho que las autoridades teman acciones terroristas.

En las relaciones internacionales, los liberales modernos también insisten que no se deben ejecutar ataques preventivos contra una nación extranjera. Eso se justificaría solamente en aquellos casos en los que no haya ninguna duda de que tal acción militar es realmente defensiva.

Una de las quejas sobre la guerra en Irak es que el gobierno de George W. Bush no respetó los principios de una guerra justa. Hoy, la mayoría de los norteamericanos piensa así, por lo que es probable que el candidato del Partido Demócrata llegue a la Casa Blanca, después de las próximas elecciones.

Pero no todos los miembros del Partido Demócrata se preocupan por el debido proceso. El ex vicepresidente Al Gore lo rechaza de plano al poner de lado los derechos individuales e insistir en imponer restricciones tanto a ciudadanos de Estados Unidos como a extranjeros en el resto del mundo cuando sus acciones puedan tener algún impacto en el recalentamiento global. Digo “puedan tener” porque todas las discusiones sobre calentamiento se basan en suposiciones, estimados y probabilidades.

Inclusive aquellos que están convencidos de la influencia negativa del hombre en el medio ambiente y en los cambios climáticos indican grados de probabilidades. ¿Subirá el nivel del mar? ¿Cuánto y cuándo? Todas las respuestas son estimaciones más o menos basadas en los actuales conocimientos científicos.

Pero lo mismo que ocurre con las ciencias sociales que estudian las tendencias delictivas y criminales de la gente; tales estimados y probabilidades no son bases suficientes para violar los derechos civiles de un ciudadano en una sociedad libre. Se requiere causa probable para actuar contra algún sospechoso y no es suficiente declarar simplemente que “puede” resultar peligroso.

No nos sorprende entonces que tanta gente en este país pone en duda las verdaderas motivaciones de Al Gore, pensando que su objetivo real es ejercer el poder sobre los demás, en lugar de resolver problemas.

Por Tibor Machan

sábado, 8 de diciembre de 2007

Ojo con los cantos de sirena


Aplaudo la preocupación del editorial de La Nación del 22 de noviembre , acerca del cambio climático, pero no comparto que estemos “al borde de la catástrofe” y estimo que “la acción global para revertir los riesgos detectados” traerá costos a la humanidad sin obtener beneficios a cambio.

Existe consenso de que estamos en una etapa de calentamiento global, pero no existe consenso de que, si la acción humana se limitase, el cambio climático se revertiría. Calificados científicos como Richard Lindzen, de MIT, Fred Singer, de Virginia, John Christy, de Alabama y miembro del PICC, y William Gray, de la Universidad Estatal de Colorado, comparten la expresión del profesor Singer: “el calentamiento global existe … cada 1.500 años.” Los costos de aplicar medidas correctivas afectan más que todo a los más pobres. Hoy somos testigos de cómo los mandatos para usar etanol han causado que el precio del maíz se duplique, aumentando los precios de gran cantidad de alimentos, como las tortillas, la leche y el pollo. Estos son costos reales impuestos a la humanidad, no especulaciones teóricas como sí son las proyecciones de catástrofes.

Sin mediación humana. La evidencia histórica, tan reciente como en la época de Cristo y, de nuevo hace 1.000 años, es que ha habido periodos de calentamiento global claramente en ausencia de la acción humana, intercalados con épocas de heladas. Hace 10.000, años gran parte de la Florida estaba bajo agua. Se estima que el 95% del calentamiento global actual es por causas naturales y un 5%, por acción humana. Pareciera que la actividad solar tiene influencia en los cambios climáticos actuales, por lo que el fenómeno debería llamarse calentamiento planetario, pues Marte también se está calentando. La acción solar provoca un calentamiento que causa que las aguas suelten más dióxido de carbono a la atmósfera. La causa es el aumento de la temperatura y el efecto es el aumento de CO2, contrario de lo comúnmente entendido. Por otra parte los ambientalistas señalan la “evidencia” de la desaparición de los glaciares. Disminuciones y aumentos en las capas de hielo son fenómenos debido a ciclos naturales. Por ejemplo. en Groelandia se cultivó hace 1.000 años. El glaciar del Monte Kilimanjaro no se reduce por calentamiento global, sino por efecto de radiación. La temperatura ambiental alrededor del glaciar es inferior a cero grados, así que el hielo no se descongela por conducción de calor del ambiente a su alrededor, sino por radiación al espacio.

Soluciones efectivas. La tendencia de algunas personas es hacer el bien a como ellos lo ven, imponiendo costos o mandatos a otros. Así ejercen control. Los burócratas de Naciones Unidas son un ejemplo de esa manifestación. Mientras más regulaciones planetarias, mayor poder para ellos. Meten miedo para luego ofrecer una solución. Si quieren hacer el bien, existen otras actividades más productivas que pueden emprender, por ejemplo el control del paludismo. Se estima que 1 millón de niños mueren anualmente en África, todo porque no se permite el uso del DDT que tanto bien hizo en erradicar el paludismo en sociedades más avanzadas como EE. UU. El Consenso de Copenhague de Bjorn Lomborg hizo un análisis costo beneficio de proyectos para solucionar “catástrofes potenciales,” y concluyó que gastar en micronutrientes para niños, prevención de sida, y purificación de agua trae beneficios del orden de 50 a 200 veces más que tratar de marginalmente detener el calentamiento global.

Las proyecciones de catástrofe que se hacen hoy con modelos climáticos que no pueden predecir el clima ni en las próximas 24 horas son similares a las que yo hacía cuando tenía 12 años: ¡iba a crecer a 3 metros y a pesar 250 kilos! Lo único cierto del clima son los cambios: existen ciclos de calor y ciclos de heladas. No hagamos sufrir a la humanidad cayendo ingenuamente y complaciendo a los ávidos de poder.

Por Hermógenes Moreno

jueves, 6 de diciembre de 2007

La falacia ecologista amenaza la sostenibilidad económica


La economía se verá afectada negativamente por los efectos del cambio climático, según el Gobierno español. Sin embargo, oculta o, lo que es peor, ignora, que la amenaza que se cierne sobre la estabilidad del modelo productivo español no radica en la hipótesis de que las temperaturas del planeta suban dos grados centígrados, o incluso cuatro, de aquí a 2100, sino en la realidad política del plan estratégico que está a punto de aprobar el Ejecutivo para combatir el temido calentamiento global.

La Estrategia Española de Desarrollo Sostenible constituye un conjunto de medidas fiscales y regulatorias que afectarán a todo el tejido productivo de la sociedad. Desde la energía hasta el transporte, el turismo, la agricultura y, por supuesto, a los propios consumidores. Un proyecto integral, cuyo objetivo radica en modificar a gusto de la clase dirigente el modelo de crecimiento en base a las tesis catastrofistas inspiradas y fomentadas por el ecologismo. El sistema económico capitalista pretende ser sustituido por el sistema ecológico progresista.

Greenpeace está de enhorabuena. Ha encontrado en Zapatero un aliado fiel para combatir el capitalismo. El plan obligará a incorporar tecnologías limpias en todos los procesos productivos; potenciará el uso de los biocombustibles (factor esencial para comprender la subida que está experimentando hoy el precio de los alimentos); penalizará el uso del automóvil y el consumo excesivo de recursos, como el agua o la luz en los hogares; impondrá la agricultura ecológica, mucho más cara y costosa; impulsará la producción de energías renovables y extenderá a múltiples sectores el fracasado modelo de racionamiento de emisiones que establece Kyoto.

Pero, más grave aún es la "revolución verde" que acaba de anunciar el Ejecutivo francés. Hasta el punto de proponer a la Unión Europea la aplicación de un impuesto con el que gravar todas las importaciones procedentes de los países que no respeten el famoso Protocolo. Es decir, la inmensa mayoría de las economías del planeta. El costo que supondrá a nivel nacional el citado plan del PSOE en términos de eficiencia y productividad será astronómico, pero el perjuicio para las libertades individuales y la propiedad privada será aún mayor. Las banderas rojas que, años atrás, ondeaban en las plazas de las repúblicas ex soviéticas, bajo el manto de la coacción y la opresión comunistas, han sido sustituidas por las insignias verdes de un movimiento igual de utópico y peligroso: el ecologismo.

La clase política europea y, en especial, la española, no ha dudado en abrazar con fuerza una ideología que, tras la excusa de la protección medioambiental, oculta un nuevo intento por destruir el sistema capitalista. Y todo ello, basándose en un supuesto consenso científico cuyas profecías apocalípticas se ha encargado de deslegitimar el paso del tiempo. Todo un éxito de los ecolojetas: el Gobierno acaba de dar un paso más en su intención de llevarnos de vuelta al mundo de las cavernas.

Por Manuel Llamas

jueves, 22 de noviembre de 2007

Degradación del premio Nobel de la Paz


En 1964, Martin Luther King ganó el premio Nobel de la Paz por su valiente cruzada contra el racismo. En 1971, Willi Brandt lo ganó por dirigir exitosamente la reintegración pacífica de Alemania. En 1970 lo ganó mi amigo Norman Borlaug por desarrollar nuevas variedades de cultivos que salvaron del hambre a mil millones de personas, como también evitaron la destrucción de selvas al aumentar la productividad de los cultivos.
Pero acerquémonos al presente. En 1994, el premio Nobel de la Paz fue a manos de Yasser Arafat, un extremista musulmán empeñado en perpetuar el conflicto con Israel y promotor del terrorismo en el Medio Oriente. En 2001, se le concedió a Kofi Annan de las Naciones Unidas, quien nada hizo por acabar con el genocidio en Darfur o la corrupción y robo de mil millones de dólares en el programa “petróleo por alimentos” de la ONU, en el que su hijo era uno de los participantes.

Este año el premio Nobel de la Paz fue a parar a manos de Al Gore por inflar histéricamente los peligros de un calentamiento global moderado y natural que ha sido exagerado por los activistas verdes, sus colaboradores en los medios y el multimillonario financiamiento gubernamental de “modelos” climáticos computarizados muy poco creíbles. Un tribunal inglés acaba de alertar sobre 11 alarmantes mentiras y hechos no comprobados de su reciente película, ganadora del Oscar.

Gore dice que “evidencia en los glaciales muestran que los aumentos de dióxido de carbono (CO2) incrementan la temperatura terrestre”. La realidad es que los glaciales muestran aumentos de temperatura 800 años antes del incremento del CO2.

Gore dice que el deshielo del pico Kilimanjaro es prueba del calentamiento causado por el hombre. La realidad es que se debe a la deforestación de los alrededores.

Gore dice que el Antártico se está deshelando. La mayoría de las investigaciones indican que el hielo es estable o más bien aumenta.

Gore dice que el huracán Katrina fue causado por el calentamiento global. Los registros y expedientes muestran que los peores huracanes del Caribe ocurrieron entre 1700 y 1850, período conocido como la Pequeña Edad de Hielo.

Gore dice que el calentamiento está causando la extinción de especies y el blanqueo de los arrecifes de corales. La realidad es que ninguna especie ha desaparecido por calentamiento y los corales se ajustan a los cambios de temperatura blanqueándose.

Gore dice que los osos polares se están ahogando al derretirse el hielo. La realidad es que cuatro osos polares se ahogaron durante una tormenta.

Gore dice que el hielo de Groenlandia se puede derretir violentamente, causando una peligrosa subida del nivel del mar. La realidad es que tomará miles de años derretir la capa de hielo de Groenlandia.

Gore dice que el calentamiento está secando el lago africano de Chad. El gobierno del Reino Unido lo desmiente.

Gore dice que las ciudades costeras se anegarán cuando el nivel del mar aumente 7 metros, creando millones de refugiados. El nivel del mar subió 6 pulgadas en el siglo XX y no se nota ninguna aceleración.

Termino con una pregunta para el Premio Nobel de la Paz: ¿por qué el mayor calentamiento de la edad moderna, bastante moderado por cierto, ocurrió antes de 1940 (el año 1938 fue el más caluroso) y por qué no ha habido calentamiento en los últimos 9 años. ¿No será que se trata de los mismos ciclos naturales de cada 1.500 años, comprobados en los polos y en el sedimento de los mares?

Por Dennis T. Avery

miércoles, 31 de octubre de 2007

Cambio climático: No es nuestra prioridad


Al Gore afirma que evitar el cambio climático (CC) no es una cuestión de política sino de moral. Es nuestra obligación ética, dice, dejar a nuestros hijos un planeta mejor.

La utilización de conceptos de moral y ética en el debate sobre el CC indica que algunos analizan el problema del calentamiento global no tanto desde la ciencia como desde la religión. En un discurso pronunciado en la universidad en California, Michael Chrichton equiparó al movimiento ecologista con una nueva religión ya que hablaba de la irrupción del hombre en el paraíso terrenal con un pecado original contaminador llamado revolución industrial y que prometía la salvación eterna si se cumplían los mandamientos revelados en Kyoto. A mi también me da la impresión que algunos radicales del CC apuntan tics sacerdotales. Pero, a diferencia de Chrichton, no lo digo por el contenido de sus ideas sino por la forma cómo las defienden que a menudo recuerda a los tribunales de la Santa Inquisición. Por ejemplo, antes de siquiera entrar en debate, acusan a los que discrepan de estar al servicio, no del demonio, sino de Exxon (que me parece que es mucho peor) o de ser neocones pagados por el satánico Bush. Llaman negacionistas a los que no comulgan con sus ideas equiparándolos con los nazis que niegan el holocausto. Exigen censura a los medios de comunicación para acallar a los que se desvían del catecismo oficial. Piden que se silencie a los ignorantes que no tengan un título de física, aunque el debate sea más un tema de estadística y economía que de climatología. Culpan a los sacrílegos de querer destruir el planeta e incluso los denuncian por no amar a sus hijos. Y claro, todo esto lo hacen sin aportar pruebas, porque los poseedores de la verdad absoluta nunca han necesitado pruebas para condenar al hereje a la pira purificadora. Les basta con hablar, como Torquemada, desde una supuesta superioridad moral.

A mí, la verdad, todo esto me parece bastante cómico. Una sociedad sana debe debatir los temas importantes de manera abierta y civilizada, sin actitudes inquisidoras. Les diré incluso que estoy de acuerdo con Al Gore cuando dice que tenemos la obligación ética de dejar un planeta mejor a nuestros hijos. Pero un planeta mejor no quiere decir un planeta más frío. Un planeta mejor es (también) un planeta sin pobreza. O un planeta sin SIDA o Malaria, un planeta sin malnutrición, un planeta donde todo el mundo tiene acceso a la educación y al agua potable, un planeta sin guerras, corrupciones políticas o gangsterismo.

Y dado que hay muchas maneras de mejorar nuestro mundo, el debate debería centrarse en cómo priorizar a la hora de hacerlo y no en quien ostenta la superioridad moral.

Sí, ya sé que algunos dirán que no hace falta priorizar porque luchar contra el cambio climático no impide luchar también contra la pobreza. Pero eso es falso. Las restricciones presupuestarias existen y cuando un gobierno dedica dinero o capital político a luchar contra el calentamiento, no puede dedicar esos medios a la cooperación internacional. Del mismo modo, cuando una empresa dedica recursos de responsabilidad social a mejorar el medio ambiento, no los dedica a promocionar infraestructuras de agua en África.

Y no. No vale decir que luchar contra el CC va a generar mayor crecimiento porque la verdad es que reducir el CO2 va a costar mucho dinero. Tampoco vale decir que luchamos contra el calentamiento para evitar que los africanos se queden sin agua dentro de 100 años, porque los africanos no tienen agua hoy: en la actualidad ya hay dos millones de niños que mueren de diarrea cada año por falta agua potable. Si todo esto lo hacemos para ayudar a los pobres, solucionemos primero los problemas de los pobres de hoy y después ya ayudaremos los de dentro de un siglo.

La pregunta clave del debate del CC es, pues: si priorizáramos de manera racional, con información experta y sin las histerias generadas por películas de Hollywood, ¿qué problema de los muchos que tiene el mundo, deberíamos atacar primero? Existe un grupo en Dinamarca llamado Consenso de Copenhague que ha intentado responder a esa pregunta. Primero reunió a un grupo de sabios que incluían a varios premios Nobel con los más expertos defensores de dar prioridad a la lucha contra el CC y pidió a éstos que expusieran sus ideas, sus razonamientos y sus evaluaciones de costes y beneficios de solucionar el problema. Luego hizo lo mismo con los que querían priorizar la lucha contra el hambre, la erradicación de la malaria, el acceso al agua potable y así hasta 17 problemas de primer orden mundial. Una vez escuchados todos los expertos, se pidió a los sabios que establecieran un orden de prioridades. El resultado: la lucha contra el SIDA y la malaria encabezaban la lista y les seguían la pobreza y la malnutrición, las barreras arancelarias que impiden a los países pobres comerciar y crear riqueza, el acceso al agua potable y la educación. Lo interesante es que el cambio climático ocupaba la última posición.

El Consenso de Copenhague repitió el experimento con 24 embajadores de las Naciones Unidas y con un grupo de jóvenes, representantes de las generaciones futuras. En ambos casos los resultados fueron idénticos: puede que el calentamiento global sea un problema importante. Pero no es el único problema importante a los que se enfrenta la humanidad. Una vez se comparan las urgencias y las necesidades, los costes y los beneficios, los pros y los contras, la lucha contra el cambio climático no es nuestra prioridad.

Por Xavier Sala-i-Martín

jueves, 18 de octubre de 2007

El dogma Gore-Clinton


El dogma de que el mundo marcha hacia un recalentamiento que pone en peligro la continuidad de nuestra civilización se ha convertido en el argumento capital de todos aquellos intervencionistas que no pueden soportar la idea de que el sistema de libre economía funciona bien y contribuye a mejorar la situación de todos, incluso los más pobres. Por fin han encontrado un argumento para defender la idea de que el mercado, si se le deja solo, acaba destruyendo la sociedad e incluso el mundo. El vehículo más poderoso en esta campaña de alarma es la película producida por Al Gore, “Una verdad inconveniente”, galardonada con un Oscar. También Leonardo di Caprio está paseando por todo el globo una película con el mismo mensaje producida por él. Ahora se une al clamor a favor de la regulación del control de las emisiones de CO2 el ex-presidente Clinton, quien ha centrado la reunión de su asociación de filántropos, la “Iniciativa global Clinton”, en la lucha contra el recalentamiento de la atmósfera terrestre.

Clinton, en una reciente entrevista, tras dar por sentado que el clima terrestre está cambiando a peor debido al descontrol de nuestro uso de combustibles, ha afirmado que las medidas para combatir el recalentamiento global no tienen por qué reducir el crecimiento económico de los países que las apliquen ni afectar la cuenta de resultados de las empresas que ahorrarán energía. El argumento tiene interés porque es posible que una contaminación atmosférica al estilo de la que soportan algunas ciudades chinas resulte a la postre un freno para el progreso económico del país. También puede ser conveniente que las empresas examinen con atención si el ahorro energético no puede a la postre aumentar los beneficios que obtienen de su actividad. Sin embargo, en el caso del tipo de medidas más amplias, la pregunta crucial es si estamos seguros de que hay recalentamiento y, caso de haberlo, si se debe a la acción del hombre.

Las estadísticas de temperatura publicadas por el Instituto Goddard para Estudios Espaciales, de la NASA, son uno de los principales apoyos científicos de las tesis de Gore. Pues bien, el mes de agosto pasado el ingeniero Stephen MacIntyre recalculó la serie histórica de temperaturas de ese Instituto y descubrió que la cifra de temperatura más alta del siglo XX en Norteamérica fue 1934 y no 1998. También hizo ver que de los diez años más calientes desde 1880, cuatro se situaron en el decenio de 1930 y sólo tres en la década pasada. También es interesante saber que, tras ese nuevo cálculo, los años de 2000 a 2004 fueron todos algo menos cálidos que el de 1900. Las cifras recalculadas por MacIntyre indican una subida de 0,44 grados centígrados en los últimos diez años, si bien centrada al final del siglo pasado y no en los primeros años del siglo XXI. No hay que deducir de la reordenación de años máximos realizada por MacIntyre que las temperaturas de la década de los años treinta fueran de infierno, comparadas con las de final de siglo, pues el cambio se basa en un recálculo de las temperaturas hasta el centésimo lugar decimal significativo. La conclusión correcta es que las de los diversos años del siglo pasado marcharon parejas. Por lo tanto, quizá no haya tanto recalentamiento global como vienen diciendo Gore, di Caprio, Clinton y Zapatero.

Las medidas propuestas por los intervencionistas para reducir la emisión de anhídrido carbónico podrían además resultar contraproducentes. Me gustaría estar seguro que la producción de combustibles biológicos para sustituir los fósiles no acabará emitiendo más cantidades de CO2 a la atmósfera, lo que al menos en los primeros diez o veinte años iniciales es probable que ocurra. La extensión de la superficie de cultivo en el mundo, impulsada por medidas políticas y los consiguientes altos precios de los cereales y otras plantas capaces de ser transformadas en energía, podría suponer un aumento de la velocidad de deforestación contraria a las buenas intenciones de los defensores de la Naturaleza.

Por si estas llamadas de atención mías puedan resultar poco convincentes, quiero recoger de la columna de Christopher Booker en el “Daily Telegraph” del 19 de agosto pasado, un cálculo por el profesor William Nordhouse de la Universidad de Yale, del coste de los recortes de emisión de gases del tipo de los propuestos por Al Gore. El valor presente del beneficio obtenido por esas medidas lo calcula Nordhouse como cercano a 12 billones (españoles) de dólares. Por contra, el coste de tales medidas, traído también a valores presentes, podría llegar a ser de casi tres veces esa suma.

Mi conclusión de todas estas reflexiones es que sigo dudando. ¿Estamos tan seguros de que el recalentamiento global no es sino una repetición de momentos de un ciclo climático de miles de siglos? Las predicciones de elevación de temperaturas y sus efectos se basan en modelos meteorológicos basados en audaces supuestos. ¿Estamos seguros de que la catástrofe global se cierne sobre nosotros como dicen los jeremías de la intervención? Como ha dicho el presidente de la República Checa, Vaclav Klaus, quizá la víctima de la acción del hombre al utilizar más y más energía para seguir prosperando acabe siendo, no el clima, sino nuestras libertades.

Por Pedro Schwartz
Tomado de AIPE

lunes, 11 de junio de 2007

Enfriando la globalización


La lucha contra el cambio climático se ha convertido en una de las principales prioridades del mundo desarrollado. En países como Canadá, el Reino Unido, Australia, e incluso Estados Unidos, las propuestas sobre cómo detener el calentamiento global ocupan un lugar de privilegio en el debate político. Sin embargo, es cada vez más evidente que cualquier esfuerzo internacional por estabilizar los niveles de carbono en la atmósfera será inútil si no se involucra también a los países en desarrollo, y es aquí donde la agenda climática podría descarrilar el proceso de integración económica que vivimos.

Por eso es importante tener en cuenta el impacto que podrían tener en el sistema económico mundial las medidas que están siendo consideradas para contrarrestar el calentamiento global. Ya es reconocido que, a pesar de los elevados costos, las políticas adoptadas hasta el momento no tendrán efecto alguno sobre la temperatura global en las próximas décadas. Según el climatólogo Tom Wigley, de haber sido implementado en su totalidad, el protocolo de Kyoto habría reducido la temperatura global para el año 2050 en únicamente 0,07 ?C. Además del agravante de las deserciones de grandes emisores como Estados Unidos y Australia, ni siquiera la mayoría de los países que lo ratificaron han logrado reducir sus emisiones de CO2 de acuerdo a lo estipulado en el protocolo, el cual expira en el 2012.

Es así como desde ya se están discutiendo los alcances de un nuevo acuerdo internacional que venga a reducir de una manera más efectiva las emisiones de dióxido de carbono a partir de dicho año. Y existe un consenso —al menos en los países desarrollados— que cualquier esfuerzo en este sentido debe necesariamente involucrar a los países en desarrollo, especialmente a gigantes como China, India y Brasil. La razón es sencilla: El 75% del aumento en la demanda de energía en los próximos 20 años provendrá de los países en desarrollo, y el 80% de esta energía será generada por combustibles fósiles.

Sin embargo, lograr que los países en desarrollo limiten voluntariamente su consumo energético no será fácil ni debería serlo. Al final de cuentas sus emisiones per cápita son un quinto la de los países ricos. Como indica el economista Robert Samuelson, “el uso de energía sostiene el crecimiento económico, el cual —en todas las sociedades modernas— apuntala la estabilidad social y política”. Los gobiernos de estas naciones están conscientes de que reducir el uso de fuentes de energía baratas tendrá un impacto sumamente negativo en su desarrollo económico.

Ya Europa está enfrentando los crecientes costos económicos de limitar las emisiones de C02. Un reportaje reciente del Washington Post da fe sobre los efectos no deseados del sistema de comercio de carbono: electricidad más cara, desempleo y pérdida de competitividad. Algunas empresas europeas están considerando mover sus operaciones a países en desarrollo que no cuentan con estas regulaciones. Esto da paso a un escenario aún más peligroso: que las naciones desarrolladas amenacen con imponer altos aranceles a los productos industriales de los países que no participen en un acuerdo post-Kyoto. Ya la idea fue sugerida por Francia en la última Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, y es probable que tome fuerza conforme la pérdida de competitividad europea se acelere y el tema del calentamiento global aumente en relevancia.

Es probable que una medida de este tipo sea ilegal bajo el marco de los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que prohíben el trato discriminatorio entre los productos similares de diferentes países. Sin embargo, la OMC también deja la puerta abierta a la adopción de medidas comerciales tendientes a proteger los recursos naturales y la salud humana, siempre y cuando éstas “no sean implementadas en una manera que constituya un medio de discriminación arbitrario o injustificable… o una restricción solapada al comercio internacional”. Algunos expertos sostienen que un tratado internacional podría satisfacer este requisito.

Las consecuencias de dicho escenario son muy graves. Los países en desarrollo podrían tomar represalias ante las medidas arancelarias de las naciones ricas, lo cual daría paso a una guerra comercial generalizada. Peor aún, la OMC perdería su autoridad ante los ojos del mundo, especialmente los países pobres. Esto es aún más factible si la prometida liberalización comercial agrícola bajo la Ronda de Doha nunca fructifica —debido principalmente a la resistencia de Estados Unidos y Europa a reducir sus subsidios agrícolas y abrir sus mercados, respectivamente.

Más que enfriar el planeta —o al menos detener su calentamiento— los esfuerzos por controlar las emisiones de CO2 tienen el potencial de enfriar el proceso de globalización que ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en las últimas décadas. Es importante que no perdamos de vista esta posibilidad cuando analicemos las propuestas de control climático que están sobre la mesa.

Por Juan Carlos Hidalgo