viernes, 31 de agosto de 2012
Viernes de Recomendación
lunes, 12 de marzo de 2012
Tema Polémico: Falsedades del Modelo Keynesiano
jueves, 1 de septiembre de 2011
Jumanji empresarial: Krugman y la antieconomía
Dejó escrito el economista británico Lionel Robbins que la economía es la ciencia que estudia la distribución de medios escasos hacia fines competitivos. Dado que nuestras necesidades superan los recursos que disponemos para satisfacerlas, se vuelve imprescindible economizar esos recursos; es decir, dedicarlos siempre a aquellos objetivos que resulten prioritarios.
El pensamiento keynesiano supuso un radical giro copernicano hacia la antieconomía: según esta teoría, el problema fundamental no consiste en ser muy cuidadoso en el uso que les damos a unos recursos siempre escasos para evitar despilfarrarlos, sino más bien lograr, a como dé lugar, la plena ocupación de esos recursos.
La economía dejó de ser una ciencia que estudia cómo los medios derivan su valor al ser empleados para la consecución de fines más valiosos (usos productivos) para pasar a convertirse en una pseudociencia que otorga valor en sí mismo a la utilización de los recursos con independencia de sus objetivos (usos improductivos).
Disparate. La última ocurrencia keynesiana, protagonizada, cómo no, por Paul Krugman, podrá sorprender a aquellos que todavía pensaban que eso del keynesianismo era algo serio, pero desde luego no asombrará a quienes conocemos las entrañas del monstruo. Ni corto ni perezoso, el columnista del New York Times afirmó en una entrevista en CNN que lo que necesita la economía estadounidense para salir de la depresión es un incremento masivo del gasto, como el que nos proporcionó el rearme militar de la Segunda Guerra Mundial o como el que podría proporcionarnos otro rearme militar estimulado por la amenaza de una invasión extraterrestre.
Con solo eso, en apenas 18 meses según Krugman, todas nuestras dificultades estarían solventadas.
No es la primera vez que Krugman alaba la guerra como un importante catalizador de la actividad económica.
Aunque a muchos izquierdistas les agrade atribuir buena parte de la crisis actual a todo el gasto y endeudamiento públicos en el que incurrió Bush por la guerra en Irak (y en este caso... ¡tendrían razón!), Krugman ya les explicó en el 2008 que esa narrativa no es coherente con el resto de su credo: “El hecho es que, en general, las guerras son expansivas para la economía, al menos en el corto plazo.
Recuerden que la Segunda Guerra Mundial puso fin a la Gran Depresión. Los $10.000 millones que gastamos cada mes en Irak van dirigidos, sobre todo, a adquirir bienes y servicios producidos en EE. UU., lo que significa que la guerra ha sustentado la demanda”.
Comercio, no guerra. Los liberales siempre hemos tenido bien claro que lo que hace florecer una sociedad no es la guerra, sino el comercio. La guerra tiende a ser mutuamente destructiva, a destruir la división internacional del trabajo, a acabar con las vidas de miles de seres humanos, a dilapidar el capital y a instaurar un control económico sobre el país derrotado que durante un período más o menos prolongado suele asemejarse mucho a la planificación central del socialismo.
Aún así, sería absurdo negar que en ciertas ocasiones las guerras son necesarias e incluso económicamente convenientes, pero no porque generen riqueza, sino porque minimizan su destrucción. Es el caso de las guerras defensivas: si un invasor está decidido a arrasar una comunidad, esclavizar a su población y a pasar a cuchillo a los más débiles, sería absurdo recibirlos con los brazos abiertos esperando convencerles de que comerciando y abrazando a Adam Smith todos seremos felices y comeremos perdices. Pero insisto: en todo caso, la guerra no sería un bien, sino un mal menor.
En cambio, para Krugman y los demás keynesianos, la guerra sí es económicamente un bien, pero no porque les encanten las matanzas o porque piensen que el botín de guerra será suficiente para sufragar sus gastos, sino porque la guerra constituye uno de los pocos casos en los que el Gobierno está aparentemente legitimado para tomar un control absoluto de la economía y, por tanto, para darles algún tipo de empleo a todos los factores productivos.
No importa que esos empleos nada tengan que ver con la satisfacción de las necesidades de las personas, pues lo único importante es que todos estén ocupados en algo, aunque no se dediquen a producir nada de valor.
El ejemplo histórico no es sólo la Segunda Guerra Mundial, sino también la Alemania nacional-socialista; ya lo dijo el célebre economista keynesiano estadounidense John Kenneth Galbraith en su obra La era de la incertidumbre: “Hitler fue el auténtico precursor de las ideas keynesianas”.
El pésimo razonamiento de Krugman a cuenta de las bondades de una invasión extraterrestre tiene su cúspide al final: según el Premio Nobel, si después de readaptar toda la economía a la guerra intergaláctica descubriéramos que todo había sido un fraude a lo Orson Welles, que nunca había existido riesgo de invasión alguna, todos nos enriqueceríamos notablemente, pues habríamos disfrutado de todo el gasto militar asociado a las guerras sin ninguna de sus funestas consecuencias.
En otras palabras, una vez que descubrimos que todas las inversiones que hemos efectuado para defendernos de los extraterrestres no tienen ninguna utilidad y que han supuesto una dilapidación de capital que haría parecer la burbuja inmobiliaria como una granito menor, entonces resultará que todos somos más ricos. El razonamiento es brillante: riqueza es pobreza, economizar es despilfarrar, acertar es equivocarse, lo esencial es lo inútil. Orwell redivivo.
Juan Ramón Rallo
martes, 16 de agosto de 2011
La columna de Carlos Federico Smith: prosigue el desorden fiscal
Esta es una política fiscal eminentemente sana, pues hace posible que aquellos gastos de inversión que realiza el Estado, como, por ejemplo, caminos, carreteras, escuelas, hospitales, entre muchos otros, puedan ser financiados mediante el endeudamiento interno o externo. Esto es lógico desde varios punto de vista: exige valorar las inversiones propuestas que, para que puedan ser llevadas a cabo, deberán de dar un rendimiento mayor que el costo de ese financiamiento y, por otra parte, permite que, mediante un endeudamiento que deberá ser repagado, se disponga de los recursos necesario que muy posiblemente no pueden ser financiados en su totalidad en un año dado con los ingresos corrientes. Se supone que el rendimiento de esas inversiones y su efecto positivo sobre el crecimiento de la economía, será mayor que su costo de intereses que se deberán ir pagando con el paso del tiempo y, al final, al vencimiento, del propio préstamo recibido. Es decir, con dicha práctica fiscal hay la posibilidad de endeudarse y pagar dicho préstamos a largo plazo, sin que sean gastados en los llamados gastos corrientes, que por definición se espera que no den los resultados que tiene una inversión.
Si algo se puede haber aprendido de las crisis de naciones de Europa como Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia, y más cerca, la reciente de los Estados Unidos, es la falta de disciplina fiscal que ha caracterizado a sus gobiernos. La norma ha sido un exceso de gasto público por encima de los ingresos tributarios corrientes, lo cual ha significado que surjan cuantiosos déficit en las cuentas del Gobierno, el cual, por el momento, ha acudido principalmente al endeudamiento interno y externo, en magnitudes cada vez mayores, a fin de poder paliar ese exceso de gasto sobre los impuestos. Enfatizo “por el momento”, porque aún dispone del mecanismo de rebajar el valor de sus monedas mediante una emisión monetaria que cubra esos déficit, pero que ya sabemos que ello a lo único que conduce es a la inflación.
En Costa Rica nos hemos ido acercando peligrosamente a la situación conocida de las naciones europeas y de los Estados Unidos. El exceso de gasto gubernamental genera déficit cada vez mayores, que deben financiarse mediante la colocación de deuda interna o externa, hasta que la cosa termina por explotar cuando los mercados descuentan el elevado costo de estas prácticas, como lo ha reflejado la reciente reducción de la calificación de la deuda federal del gobierno de los Estados Unidos, así como también de las naciones europeas mencionadas.
La pregunta es, entonces, ¿qué hacen las autoridades para evitar estos problemas? A todas todas luces promueven la única y más fácil solución que los estatistas tienen entre manos: aumentar los impuestos.
De paso, dado que parece que don Ottón Solís no conoce del tema, aunque dedicó una página entera en La Nación para defender las llamadas políticas Keynesianas, me referiré a este asunto de la oportunidad de aplicar esas políticas para salir de la recesión. Lo cierto es que Keynes propuso que, ante una recesión en una economía industrial, existía conceptualmente tanto el remedio de introducir política monetaria como la fiscal, a fin de poder aumentar la demanda agregada, a cuya insuficiencia atribuía la causa de la recesión.
En cuanto a la política monetaria, Keynes enfatizó que no era muy viable en medio de una recesión, debido a la inelasticidad de la inversión frente a una reducción en la tasa de interés –esto es, que la inversión casi no aumentaba ante una baja en la tasa de interés ̶ por lo cual una política monetaria expansiva tenía serias limitaciones para lograr estimular la insuficiente demanda agregada. Además, como parte de las limitaciones de la política monetaria, Keynes señaló la posibilidad de que se estuviera en presencia de la llamada trampa de liquidez, por la cual el Banco Central no estaba en capacidad de reducir las tasas de interés, debido a que la demanda de dinero era infinita a cierta tasa –la trampa de liquidez; esto es, que la gente demandaba la totalidad del dinero que el Banco Central emitiera como instrumento para salir de la recesión, en vez de dirigirlo a aumentar la demanda de bonos, cuyos precios aumentarían, con la consiguiente baja en las tasas de interés, que a su vez se reflejaría en aumentos necesarios en la inversión y de la demanda agregada.
Esto dejaba como única posibilidad de política Keynesiana a la parte fiscal, ya fuera mediante la política tributaria o la de gasto público. En cuanto a la primera opción, Keynes indicó que la tasa marginal máxima del impuesto federal sobre la renta en esa época era de tan sólo un 25%, por lo cual existía una seria limitación para poder reducir la tasa y así bajar los impuestos, y con ello impulsar la demanda agregada en lo que fuera necesario. El Gobierno de los Estados Unidos no hizo caso al consejo de Keynes de reducir los impuestos, sino que, por el contrario, aumentó la tasa marginal del impuesto sobre la renta a un 60% -hizo lo mismo que hoy pretende la administración Obama y que don Ottón no ha notado-. Ante esto, la única posibilidad de política fiscal expansiva que quedaba, como la que proponía Keynes, era mediante una expansión del gasto gubernamental, y eso se hizo fuertemente en el episodio de la recesión de los años treinta. Sabemos que esta propuesta no tuvo éxito en aquella época, como tampoco actualmente parecen haberla tenido con las reducciones de impuestos que se hicieron y no reactivaron la demanda agregada ni la salida de la recesión que los Keynesianos anhelaban lograr con tales políticas tributarias.
Volviendo a Costa Rica, el Gobierno, en lugar de proponer una reducción del gasto, más bien este año, en su presupuesto del 2012, propone un aumento del gasto de un 8%, que, si bien aprovecha para alegar que es una bienvenida reducción del crecimiento del 13.7% del año pasado, lo cierto es que lo aumenta en términos reales en, al menos, un 2%, en vez de reducirlo ante los serios problemas deficitarios. En efecto, no se vislumbra por ningún lado un plan concreto de limitación al gasto público, sino que toda la acción del Gobierno tiende hacia lograr un aumento de los impuestos y, entre tanto, saturar los mercados mediante un endeudamiento que casi equivale al 45% del total de su presupuesto para este año y que, por mucho, excede a su obligación de usarlo para cubrir los gasto de inversión y no los gastos corrientes.
Espero que la Contraloría, a quien la Asamblea le ha prestado oídos sordos, mantenga su posición en contra de esta forma de financiamiento, pues es conveniente, a todas luces, que el Congreso vuelva a poner orden en este desorden, pues está a punto de reventar una crisis sin paralelo en nuestra economía. De la opinión que al respecto puede tener la Sala Cuarta, casi prefiero no hablar, pero sí me atrevo a preguntar si no ¿será porque la obligación de cubrir los gastos corrientes mediante ingresos ordinarios le obliga a que tenga que buscar financiamiento corriente para sus propios gastos ordinarios? Puedo estar equivocado, pero es hora de que apoye los esfuerzos para poner algún grado de orden en lo fiscal, dado que el Poder Judicial y la Sala, en particular, son parte sustancial del gasto gubernamental que hoy está desfinanciado en tan alto grado.
Enfatizo que, antes de acudir a la emisión monetaria como una salida del apuro de gasto, lo que el gobierno propone es aumentar los impuestos, pero ello va en contra de todo lo que uno conoce como medidas fiscales en caso de una recesión, como la que actualmente viven la economía nacional y mundial, además de que el endeudamiento a que hoy tan fácilmente acude el gobierno, será descontado como impuestos futuros sobre todos los ciudadanos, además de que se puede esperar un alza en las tasas de interés y una menor disponibilidad de crédito para el sector privado. Esto mientras este mismo gobierno no se decida a soltar las amarras monetarias.
Jorge Corrales Quesada
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Crecimiento, gasto público y libre mercado

domingo, 22 de marzo de 2009
El Kobayashi Maru de Obama

Con todo, no es que la perspectiva keynesiana esté completamente desligada de la realidad; más bien sucede que observa algunos síntomas, los relaciona de la manera que puede y se inventa enfermedades que no existen.
Básicamente, lo que ha sucedido en esta crisis es que los bancos privados, espoleados por los bancos centrales, han expandido desorbitadamente el crédito: se endeudaban a muy corto plazo (por ejemplo con depósitos a la vista u operaciones repo a un día) e invertían esos mismos fondos a largo plazo (por ejemplo, hipotecas). Todo esto arrojó unos tipos de interés artificialmente bajos (ya que no reflejaban el ahorro real de la sociedad, sino la inmovilización de todos los fondos de los agentes económicos, incluidas las puntas de tesorería de familias y empresas) que permitieron a mucha gente demandar una gran cantidad de bienes, especialmente duraderos (vivienda o automóviles) y de inversión (activos financieros, bienes de capital…).
Como ya vimos, la consecuencia de este proceso fue el desarrollo de numerosos mercados cuya sostenibilidad dependía de que se siguiera expandiendo el crédito a unos ritmos insostenibles (ya que no existía ahorro real que respaldara la inversión que se estaba llevando a cabo). Y cuando los agentes económicos empezaron a construir sus posiciones de liquidez (no renovando préstamos, disminuyendo su cartera de pedidos a proveedores, suspendiendo ciertas inversiones…) los tipos de interés comenzaron a dispararse y la expansión crediticia terminó. Obviamente, todos los sectores cuya supervivencia dependía de ese crédito artificial se vieron de súbito sin demanda y tuvieron que empezar a reajustarse con pérdidas (recortar la producción, despedir trabajadores, liquidar parte de su activo para amortizar deuda…) dejando todo un conjunto de factores productivos desocupados. La solución, así, parece consistir en permitir que todas las inversiones que dependían del crédito artificial se reajusten: vendiendo a precios rebajados sus bienes de capital a otras industrias e incrementando el ahorro de la sociedad para financiar esa reconversión y poder destinar a usos productivos esos factores desocupados.
El análisis keynesiano ve alguno de estos hechos y ofrece una versión dispar: “por algún motivo desconocido o irracional” los individuos incrementaron su preferencia por la liquidez, esto hizo aumentar los tipos de interés, la rentabilidad de numerosas inversiones pasó a ser inferior a ese nuevo tipo de interés, esas inversiones se cancelaron, el desempleo aumentó, las expectativas de consumo futuro se derrumbaron, la inversión cayó más y así entramos en un círculo vicioso del que sólo se puede salir aumentando el gasto y estabilizando las expectativas.
Las soluciones con uno y otro diagnóstico son totalmente opuestas. Los keynesianos creen que es necesario reestablecer el crédito para que la gente vuelva a endeudarse y que para ello hay que salvar o nacionalizar a los bancos, reactivar el consumo (mediante déficits del sector público), dar cualquier tipo de empleo a los “recursos ociosos” e impedir que caigan los precios de los bienes para no entrar en la trampa de la liquidez.
El problema es que la receta keynesiana es inherentemente contradictoria con sus objetivos. El rescate de los bancos, como ya advertimos desde aquí en su momento, sólo ha servido para dilapidar el ahorro disponible que podría haber afluido a otros sectores de la economía; la sequedad del crédito ha agravado una crisis en la economía real que el Estado ha pretendido arreglar expandiendo el gasto público, especialmente para favorecer a las industrias en riesgo de quiebra y recolocar a los recursos ociosos, pero esto sólo ha dilapidado aun más el ahorro y ha retrasado el ajuste de precios.
En esta coyuntura, en la que los bancos tienen que mejorar su liquidez y solvencia a costa de reducir el crédito que prestan y donde además la demanda de crédito solvente se ha desplomado (de ahí los bajos tipos de interés), los bancos ni quieren ni pueden prestar. Por eso, el siguiente paso que planifica Obama es nacionalizarlos y forzarles a prestar dinero a los sectores económicos que todavía no se han reestructurado, lo que sólo minará aun más el ahorro disponible.
Así, cualquier herramienta keynesiana que utilice Obama empeora la situación anterior: más malas inversiones, menos ahorro y más duración y gravedad de la crisis. Con su estrecho marco analítico, el presidente de EE.UU. (y los de los restantes países occidentales) se enfrenta a una situación donde no puede ganar de ninguna manera, un Kobayashi Maru; su única esperanza es que el ajuste en el sector privado sea más rápido que su ritmo de dispendio. En caso contrario, Occidente correrá igual o peor suerte que Japón.
sábado, 21 de febrero de 2009
El error keynesiano de Barack Obama

Políticos y burócratas están avanzando con un gigantesco plan de estímulo de $800.000 millones para supuestamente devolverle el crecimiento a la economía estadounidense. ¿Funcionará? Décadas de investigaciones macroeconómicas sugieren que no. De hecho, el renacimiento del keynesianismo para combatir la recesión parece derivarse más de la conveniencia política que de la teoría económica moderna o de la experiencia histórica.
La idea de utilizar la política fiscal para estimular la economía durante una recesión era promovida por John Maynard Keynes durante los años treinta. Keynes argumentaba que las economías de mercado pueden verse estancadas en un hueco muy profundo y que solamente grandes infusiones de estímulos gubernamentales pueden reanudar el crecimiento. Él propuso la tesis de que el alto desempleo en la Gran Depresión se debía a los “salarios estáticos” y a otros problemas de mercado que prevenían el retorno al equilibrio de pleno empleo. Es interesante que Keynes no ofreció evidencia alguna para demostrar que los salarios estáticos eran un serio problema, e investigaciones posteriores indicaron que los salarios de hecho cayeron substancialmente durante la década de los treinta. De hecho, uno necesita analizar a una serie de intervenciones gubernamentales para explicar por qué la recesión duró tanto.
A pesar de los defectos en el análisis de Keynes, su prescripción de un estímulo fiscal para aumentar la demanda agregada durante una recesión fue ampliamente aceptada. Los gobiernos llegaron a creer que al manipular el gasto o los recortes de impuestos temporales ellos podían administrar científicamente la economía y suavizar los ciclos económicos. Muchos economistas pensaron que había una relación inversa entre la inflación y el desempleo que podía ser explotada por políticos hábiles. Si el desempleo estaba subiendo, el Estado podía estimular la demanda agregada para reducirlo, pero con el efecto secundario de una inflación algo más alta.
Los Keynesianos pensaron que el estímulo fiscal funcionaría al contrarrestar el problema de los salarios estáticos. Los trabajadores serían engañados al aceptar los salarios reales más bajos mientras que los niveles de precios subían. Los salarios nominales al alza fomentarían más esfuerzos laborales y más contratación por parte de las empresas. Sin embargo, análisis posteriores revelaron que el Estado no puede engañar continuamente a los mercados privados, porque las personas prevén y son generalmente racionales. El error de Keynes fue ignorar el comportamiento microeconómico real de los individuos y las empresas.
El dominio del keynesianismo se acabó en los setenta. El gasto público y los déficit se dispararon, pero el resultado fue una inflación más alta y el desempleo no se redujo. Estos eventos, y el auge del monetarismo liderado por Milton Friedman, acabaron con la creencia de que había una relación inversa entre el desempleo y la inflación. El keynesianismo estaba errado y su prescripción de una intervención fiscal activa estaba mal concebida. De hecho, las investigaciones de Friedman demostraron que la Gran Depresión fue causada por un fracaso de la política monetaria del Estado, no por un fracaso de los mercados privados como Keynes lo había dicho.
Aún si un estímulo del Estado fuese una buena idea, los políticos probablemente no lo implementarían de la manera que la teoría keynesiana lo sugería. Para componer una recesión, los políticos necesitarían reconocer el problema temprano y luego implementar una estrategia contra-cíclica rápida y eficiente. Pero la historia estadounidense revela que las acciones de estímulo del pasado han sido demasiado inoportunas o inadecuadas para en realidad haber ayudado. Además, muchos políticos son conducidos por motivos que están en conflicto con la presunción keynesiana de que ellos buscarán diligentemente servir el interés público.
El fin del keynesianismo en los setentas creó un vació en la macroeconomía que fue llenado por la teoría de “expectativas racionales” desarrollada por John Muth, Robert Lucas, Thomas Sargent, Robert Barro y otros. Para la década de los ochentas el keynesianismo a la antigua estaba muerto, al menos entre los nuevos líderes de la macroeconomía.
Los teóricos de las expectativas racionales sostenían que las personas toman decisiones económicas razonadas basándose en sus expectativas del futuro. No pueden ser engañados sistemáticamente por el Estado e inducidos a tomar acciones que los dejarán en una peor situación. Por ejemplo, las personas saben que un estímulo al estilo keynesiano podría derivar en una inflación más alta, entonces ajustarán su comportamiento, lo cual tiene el efecto de nulificar el plan de estímulo. Un gasto de estímulo endeudará más al Estado, pero no aumentará la producción real o el ingreso sostenido en el tiempo.
Es difícil encontrar un libro de texto de macroeconomía estos días que considere a un estímulo keynesiano como una herramienta de política pública sin serios errores, razón por la cual la actual propuesta de $800.000 millones ha tomado por sorpresa a muchos macroeconomistas. John Cochrane de la Universidad de Chicago recientemente indicó que la idea de un estímulo fiscal es “enseñada solamente para mostrar sus falacias” en los cursos universitarios. Thomas Sargent de New York University indicó que “las calculaciones que yo he visto respaldando al paquete de estímulo son hechas a la ligera e ignoran lo que hemos aprendido en los últimos 60 años de investigaciones macroeconómicas”.
Es cierto que la teoría keynesiana ha sido actualizada en recientes décadas, y que ahora incorpora ideas de nuevas escuelas de pensamiento. Pero la aseveración de la administración de Obama de que su paquete de estímulo creará hasta cuatro millones de trabajos es asombrosa. Muchos macroeconomistas de primera línea son críticos del plan, incluyendo a Greg Mankiw de Harvard y John Taylor de Stanford, quienes han sido los líderes en actualizar el modelo keynesiano. Taylor señaló que “la teoría de que un estímulo de gasto gubernamental a corto plazo reactivará la economía está basada en teorías keynesianas anticuadas y estatistas”.
Un resultado de la revolución de las expectativas racionales ha sido que muchos economistas han cambiado su enfoque de estudiar cómo manipular los ciclos económicos de corto plazo a investigar las causa del crecimiento a largo plazo. Es en el largo plazo que los economistas pueden proveer el consejo más útil sobre cuestiones tales como reforma tributaria, regulación y comercio.
Mientras que muchos economistas han volcado su atención al crecimiento a largo plazo, los políticos desafortunadamente tienen horizontes de tiempo de más corto plazo. Suelen combinar poco conocimiento de economía con un gran apetito de proveer arreglos rápidos a las crisis y recesiones. Su demanda de soluciones muchas veces es igualada por la oferta de propuestas dudosas por parte de economistas demasiado ansiosos. Muchos economistas respetados presionaron por la aprobación del paquete de estímulo de $170.000 millones a principios de 2008, pero éste resultó ser un fracaso. La lección es que los políticos deberían ser más escépticos de economistas que dicen saber cómo resolver recesiones con esquemas grandiosos. Los economistas saben mucho más acerca de los factores que generan el crecimiento a largo plazo, y eso debería ser el enfoque primordial de los esfuerzos para reformar del gobierno.
El actual plan de estímulo impondría una pesada deuda a los estadounidenses jóvenes, pero haría poco, si no es que nada, para ayudar a que la economía crezca. De hecho, podría tener efectos similares a aquellos de los programas del Nuevo Trato (New Deal), de los cuales Milton Friedman concluyó “obstaculizaron la recuperación de la contracción, prolongaron y añadieron al desempleo y fijaron las bases para un Estado cada vez más entrometido y costoso”. Un precedente será creado con este plan, y los políticos necesitan decidir si quieren continuar hipotecando el futuro o permitir que la economía se ajuste y retorne al crecimiento por sí sola, como siempre lo ha hecho en el pasado.
Desafortunadamente, el Presidente Obama no ha propuesto reforma fiscal de largo plazo alguna, y como su predecesor parece tener una visión keynesiana de corto plazo. Los recortes de impuestos de 2001 y 2003 fueron generalmente vendidos como medidas de estímulo temporales y el presidente Bush aprobó de los créditos tributarios de 2008 calificándolos de una “inyección de estímulo” para la economía. No queda claro si las creencias keynesianas o los factores políticos conducen al plan de estímulo de $800.000 millones. Pero como Robert Barro de Harvard indicó en su desapruebo del plan de estímulo, solo porque la economía está en crisis, no “invalida todo lo que hemos aprendido acerca de la macroeconomía desde 1936”.
Ike Brannon y Chris Edwards
viernes, 20 de febrero de 2009
Viernes de Recomendación

miércoles, 18 de febrero de 2009
Latinoamerizanización de Washington

A lo primero, William Niskanen del Cato Institute lo ha denominado como “abuso fiscal de niños” puesto que lo que se está haciendo es dejarles como herencia un trillón más de deuda a los hijos y nietos de los actuales contribuyentes estadounidenses. Personas que ni siquiera han nacido tendrán que aguantar la resaca de la fiesta de gasto que se está dando hoy en Washington.
Lo segundo es verdaderamente preocupante. La Tesorería de los EE.UU. recibió el año pasado un poder sin precedentes en ese país: gastar, a libre discreción, un fondo de aproximadamente $700.000 millones para librar de activos en problemas a instituciones privadas “en problemas” por haber comprado esos activos (Esto es algo similar, aunque no tan brutal, como lo que se hizo en nuestro país cuando se le endosaron todas las pérdidas de la banca privada a todos los contribuyentes ecuatorianos). Como ese paquete no resolvió nada, ahora está prácticamente aprobado un nuevo paquete “de estímulo” de $800.000 millones. Decía Albert Einstein que esperar resultados distintos mientras que uno hace lo mismo era un síntoma de locura…
Pero dice el Presidente Obama que hay un consenso de que hay que incrementar considerablemente el gasto público para salir de la crisis. Tal consenso es una ficción puesto que hace un par de semanas más de 200 economistas, incluyendo varios Premios Nóbel, firmaron un anuncio que apareció en el New York Times y el Washington Post, entre otros periódicos, declarando que “El aumento en el gasto público por parte de los gobiernos de Hoover y Roosevelt no sacó a la economía estadounidense de la Gran Depresión en la década de 1930. Más gasto público no resolvió la 'década perdida' de Japón en los noventas”.
Detrás del apoyo político a un rol más activo por parte del gobierno yace la ansiedad de “¡hacer algo!” o ser vistos haciendo algo. Esta ansiedad une a políticos tan variopintas como Chávez, Correa, Bush y Obama. Los keynesianos sostenían que había una relación negativa entre la inflación y el desempleo: a mayor inflación, menor desempleo y viceversa. Se pensaba que los políticos y funcionarios hábiles podían inyectar dinero, generando inflación y de esa manera reducir periódicamente los salarios reales de los trabajadores sin que estos se den cuenta.
Era (y es) la teoría ideal para aquellos políticos ansiosos de ser vistos haciendo algo (y de conseguir más poder para hacerlo). Pero el dominio de esta teoría se acabó en los setentas cuando un creciente gasto público derivó en altos déficits y una política monetaria expansionista derivó en una alta tasa de inflación. Ese intervencionismo estatal resultó en una alta tasa de desempleo. Pensar que la misma política de aumentar el gasto público ahora tendrá resultados distintos, es un ejercicio de fe. Muy parecido a los repetidos ejercicios de fe en nuestra empobrecida región.
Gabriela Calderón
viernes, 2 de enero de 2009
Viernes de Recomendación: The Road to Serfdom

Milton Friedman solía preguntar a los liberales más conspicuos qué obra los había llevado a sensibilizarse a la causa de la libertad. Según él, las dos respuestás más comunes eran Atlas Shrugged y The Road to Serfdom.
Al comenzar un año previsto como de crisis y en medio de los clamores por intervención estatal para paliarla, recordamos la imperecedera e inquietante advertencia de Hayek en un formato entretenido y directo: la versión en cartoons de The Road to Serfom.
martes, 16 de diciembre de 2008
La falacia de que el gobierno crea empleos
El Presidente-Electo Obama ha anunciado que quiere un gran paquete de “estímulo” para crear 2,5 millones de trabajos para el 2011. Muchos de los detalles no quedan claros, incluyendo cuánto más gasto público propone y cómo está midiendo la creación de trabajos. Los reportes de la prensa sugieren que la próxima administración está considerando un paquete de alrededor de $400.000-$500.000 millones a lo largo de los próximos dos años, pero el Washington Post reporta que los demócratas están hablando de hasta $700.000 millones durante ese mismo periodo.No debería sorprender, por lo tanto, que el prospecto de todo este nuevo gasto (muy por encima de aumentos récord en el gasto público de los últimos ocho años) haya provocado una sensación de ansiedad entre los grupos de intereses especiales. Los constructores de viviendas, las empresas de automóviles, los constructores de carreteras, los gobiernos estatales y locales, el establishment educativo, el lobby por las estampillas para comida, el lobby verde, y las empresas de energía alternativa están entre los grupos que se están peleando por un lugar en el comedero público.
Sería fácil ignorar esta orgía de nuevo gasto como las ganancias de la guerra. Los demócratas ganaron las elecciones después de todo y ahora pretenden recompensar a los varios grupos de intereses especiales que los respaldaron. Pero eso no es una explicación completa. Algunos partidarios de este nuevo gasto parecen estar genuinamente convencidos de que el gobierno federal puede crear trabajos.
En parte, este es un debate acerca de la economía Keynesiana, la teoría de que la economía puede ser estimulada si el gobierno pide dinero prestado y luego se lo da a la gente para que lo gaste. Esto supuestamente “aplasta el acelerador” para que el dinero circula a través de la economía. La teoría Keynesiana suena bien y sería buena si tuviera sentido, pero tiene una falla lógica un tanto obvia. Ignora el hecho de que, en el mundo real, el gobierno no puede inyectar dinero a la economía sin antes retirarlo de ella. Más específicamente, la teoría solo observa la mitad de la ecuación –la parte en la cual el gobierno pone el dinero en el bolsillo derecho. Pero, ¿de dónde obtiene el gobierno ese dinero? Lo presta, lo cual significa que lo retira del bolsillo izquierdo. No hay un aumento en lo que los Keynesianos denominan como la demanda agregada. El Keynesianismo no aumenta el ingreso nacional. Simplemente lo redistribuye. El pastel es dividido de distinta manera, pero no ha crecido.
La evidencia del mundo real también demuestra que el Keynesianismo no funciona. Tanto Hoover como Roosevelt aumentaron dramáticamente el gasto y ninguno demostró aversión alguna a acumular grandes déficits, no obstante la economía estaba en terribles condiciones a lo largo la década de los treintas. Los esquemas de estímulos Keynesianos también fueron practicados por Geral Ford y George W. Bush y no tuvieron impacto alguno sobre la economía. El Keynesianismo también fracasó en Japón durante los noventas.
Para ser justos, la incapacidad del Keynesianismo de aumentar el crecimiento puede que no necesariamente signifique que el gasto público no crea trabajos. Además, el argumento de que el gobierno puede crear trabajos no depende de la economía Keynesiana. Los políticos de ambos partidos, por ejemplo, argumentaron a favor de leyes de transportación llenas de privilegios especiales a principios de esta década cuando la economía estaba disfrutando de un crecimiento sólido—y la creación de trabajos generalmente era su principal argumento.
Desafortunadamente, no importa cuán analizado sea el asunto, prácticamente no hay respaldo para la noción de que el gasto público crea trabajos, de hecho, el asunto más relevante es qué tanto un gobierno más grande destruye trabajos. Tanto la evidencia teórica como empírica argumentan en contra de la noción de que el gobierno aumenta la creación de trabajos. La teoría y la evidencia nos llevan a tres conclusiones inevitables:
La teoría de que la creación de trabajos estimulada por el gobierno ignora la pérdida de recursos disponibles al sector productivo de la economía. Frederic Bastiat, el gran economista francés (si, habían economistas franceses admirables, aunque todos vivieron en los 1800s), es muy conocido por muchas razones, incluyendo su explicación de lo “visible” y lo “invisible”. Si el gobierno decide construir un “Puente a ningún lado”, es muy fácil ver a los trabajadores que son empleados en ese proyecto. Esto es lo “visible”. Pero lo que es menos obvio es que los recursos para construir ese puente están siendo tomados del sector privado y por lo tanto ya no están disponibles para otros usos. Esto es lo “invisible”.
Los denominados paquetes de estímulo rinden poco. Aún si uno asume que el dinero fluye del cielo y no tenemos que preocuparnos de lo “invisible”, el gobierno nunca es una manera eficiente de lograr un objetivo. Basándonos en la cantidad de dinero que está siendo discutida y los supuestos de cuántos trabajos serán creados, el profesor de Harvard Greg Mankiw llenó los espacios en blanco y calculó que cada nuevo trabajo (asumiendo que de hecho se materializan) costará $280.000. Pero como el dinero no viene del cielo, este cálculo es solamente un costo parcial. En realidad, el costo de cada trabajo público debería reflejar cómo esos $280.000 hubieran sido gastados de manera más productiva en el sector privado.
Los trabajadores públicos son tremendamente compensados en exceso. Hay varias razones por las cuales cuesta tanto que el gobierno “cree” trabajos, incluyendo la inherente ineficiencia del sector público. Pero el factor dominante es la probabilidad de paquetes que remuneran excesivamente a los burócratas. De acuerdo a los datos del Bureau of Economic Analysis, el empleado promedio del gobierno federal ahora gana casi el doble que los trabajadores en el sector productivo de la economía.
A pesar de estos argumentos, es muy probable que los políticos en Washington pasen una ley llena de “estímulos”. Aunque puede que haya algunas personas ingenuas que creen que un gran aumento en el peso del gobierno de alguna manera es una receta para crear empleos, los políticos tienen un interés personal de moverse en esa dirección porque aumenta su poder y su influencia.
Ellos ganan y los contribuyentes pierden.
Daniel Mitchell
martes, 25 de noviembre de 2008
Frase del Día
