Para esta ocasión, queremos compartir con ustedes un breve pero excelente artículo de Walter Williams, titulado "¿Qué o quién es el mercado?", en el cual se explica con meridiana claridad el concepto de mercado como conjunto de actores que intercambian libremente y se tumban los mitos que los colectivistas han pretendido desarrollar para hacer ver al mercado como una entidad sobrenatural.
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viernes, 2 de mayo de 2014
jueves, 20 de marzo de 2014
Jumanji empresarial: ¿es suyo, mío o de nadie?
Una vez tuve un debate con un congresista que me insistía que cada ciudadano es dueño de los activos del estado. Me insistía que yo era dueño de una parte del obelisco de Washington y yo le decía que eso no era verdad. En eso estuvimos un largo rato, hasta que me preguntó por qué mantenía tal posición. Le contesté con otra pregunta: "¿Puedo vender mi parte?" Esa es la verdadera prueba de que uno es dueño de algo. De hecho, la definición práctica de la propiedad privada es el derecho de su dueño de quedarse con ella o de venderla.
La propiedad privada tiene una función social vital que a menudo no se comprende. Usted no tiene que ser muy observador para haberse dado cuenta que las propiedades privadas están mucho mejor mantenidas que las que pertenecen a la comunidad.
Yo soy dueño de una buena casa, muy bien mantenida. Hemos plantado árboles y le hemos añadido habitaciones. Todas esas mejoras estarán allí mucho después que yo me haya ido de este mundo. Parte de la razón por la cual yo he hecho sacrificios financieros para mejorar mi casa es que obtendría más dinero por ella si llego a venderla.
¿Trataría yo a mi casa con el mismo cariño si le perteneciera al gobierno o si tuviera que pagar un impuesto de traspaso de 75% cuando la vaya a vender? Obviamente que cualquier cosa que reduzca mis derechos de propiedad sobre la casa también reduce mis incentivos para actuar de una manera socialmente responsable: pintarla y conservarla como un recurso escaso. Si la casa está bien cuidada el mercado me premia con un precio mayor. El derecho de propiedad y el libre mercado me obligan a comportarme como si a mi me importara quien va a vivir en esa casa en el año 2050.
¿Trataría yo a mi casa con el mismo cariño si le perteneciera al gobierno o si tuviera que pagar un impuesto de traspaso de 75% cuando la vaya a vender? Obviamente que cualquier cosa que reduzca mis derechos de propiedad sobre la casa también reduce mis incentivos para actuar de una manera socialmente responsable: pintarla y conservarla como un recurso escaso. Si la casa está bien cuidada el mercado me premia con un precio mayor. El derecho de propiedad y el libre mercado me obligan a comportarme como si a mi me importara quien va a vivir en esa casa en el año 2050.
Esa es una de las bendiciones del libre mercado. La gente le sirve a los demás sin coerción ni porque son bondadosos. Por ejemplo, a mi me parece magnífico que los ganaderos de Texas y los sembradores de papas en Idaho se aseguran que la gente de Nueva York tenga su bistec con papas en la mesa. ¿Usted cree que lo hacen por amor a los neoyorquinos? Puede que los odien, pero se aseguran de que haya carne y papas en los supermercados de esa ciudad.
La razón es sencilla: quieren más para sí. En un mercado libre la mejor manera de tener más para uno es servir bien a los demás. ¿Cuánta carne y papas cree usted que habría disponible en Nueva York si ello dependiera del buen corazón de otros? Me temo que estarían pasando hambre en Nueva York.
Piense en los millones de productos y servicios que otros elaboran para nosotros, sean automóviles, ropa, alimentos, entrenimiento o vivienda. La conclusión es que casi todas las cosas buenas provienen del deseo de obtener ganancias por parte de alguien. Y piense también sobre las cosas con las que no estamos satisfechos: las escuelas públicas, el servicio de correo, la policía y las colas en las oficinas gubernamentales. En ninguno de esos sitios hay "afán de lucro" ni derechos de propiedad.
El libre mercado y los derechos de propiedad no conducen a una utopía; para ello tenemos que esperar ir al cielo. Pero aquí en la tierra el libre mercado y los derechos de propiedad le ganan por mucho trecho a cualquier otro sistema en servir las necesidades de la humanidad.
La razón es sencilla: quieren más para sí. En un mercado libre la mejor manera de tener más para uno es servir bien a los demás. ¿Cuánta carne y papas cree usted que habría disponible en Nueva York si ello dependiera del buen corazón de otros? Me temo que estarían pasando hambre en Nueva York.
Piense en los millones de productos y servicios que otros elaboran para nosotros, sean automóviles, ropa, alimentos, entrenimiento o vivienda. La conclusión es que casi todas las cosas buenas provienen del deseo de obtener ganancias por parte de alguien. Y piense también sobre las cosas con las que no estamos satisfechos: las escuelas públicas, el servicio de correo, la policía y las colas en las oficinas gubernamentales. En ninguno de esos sitios hay "afán de lucro" ni derechos de propiedad.
El libre mercado y los derechos de propiedad no conducen a una utopía; para ello tenemos que esperar ir al cielo. Pero aquí en la tierra el libre mercado y los derechos de propiedad le ganan por mucho trecho a cualquier otro sistema en servir las necesidades de la humanidad.
Walter Williams
martes, 21 de julio de 2009
Liberalismo aplicado: las ideas estúpidas que no se ven

Algunas compañías norteamericanas han sido acusadas de explotar a los trabajadores del Tercer Mundo: les pagarían poco y les ofrecerían unas pésimas condiciones laborales. Una de ellas, dicen, paga a quienes trabajan en su fábrica de Camboya tres dólares diarios.
¿Acaso esta gente se piensa que los camboyanos que optaron por escoger ese trabajo tenían una alternativa mejor, salarialmente hablando, pero que, como son idiotas, se decantaron por el peor remunerado? Me juego lo que sea a que esos tres dólares diarios eran, de lejos, la mejor alternativa que se les presentaba.
¿Piensa usted que ofrecer a un trabajador el mejor salario de entre los que están a su alcance es positivo para él? Si es que sí, ¿le parece apropiado denominar "explotación" a una situación que representa, de hecho, una mejora para esa persona? Si las campañas de los denunciadores consiguen que la firma de la que hablamos abandone Camboya, ¿se verá perjudicado nuestro trabajador?
A menudo se dice que Estados Unidos comercia con Japón, pero ¿es eso cierto? ¿Quiénes con los agentes comerciales: el Congreso de EEUU, el Presidente, el Parlamento japonés, el premier? ¿No serán, más bien, los individuos y compañías de uno y otro país los que se dan al intercambio comercial?
Cuando compré mi Lexus, ¿con quién traté, con el Congreso norteamericano, la Dieta japonesa o con Toyota y sus intermediarios? Si cometemos el error de concebir el comercio internacional como algo que se ventila entre los distintos Gobiernos del mundo, entonces concluiremos que la última palabra en este punto la tienen los votantes. Pero ¿quién tiene la última palabra cuando un norteamericano establece un intercambio pacífico y voluntario con un japonés, un coreano, un británico, un chino u otro norteamericano?
¿Cuántas veces hemos escuchado eso de "con tal de que salve una sola vida, merece la pena"? De ahí que merezca la pena imponer leyes que obliguen a los ciclistas a llevar casco, y el cinturón a todos los ocupantes de un vehículo, o a colocar cierres a prueba de niños en los frascos de medicinas.
A los buenos economistas se les revuelve el estómago cuando se topan con semejante declaración, porque sólo tiene en cuenta las ventajas de una medida e ignora sus costes y desventajas. Si sólo tenemos en cuenta las ventajas, casi todo "merece la pena", porque casi todo reporta algún beneficio.
Según la National Highway Traffic Safety Administration, en 2005 murieron en nuestras carreteras 43.443 personas. Si el Congreso fijase el límite de velocidad en 20 km/h, cada año salvaríamos miles de vidas. En este punto, puede que usted tenga ganas de espetarme: "¡Williams, eso sería estúpido, y nada práctico!". En ese caso, yo le respondería: "Sí, pero mire la de vidas que se salvarían".
El caso es que, ciertamente, resultaría ridículo y poco práctico obligar al personal a circular a 20 km/h para evitar que los accidentes de tráfico sigan cobrando miles de vidas. Por supuesto, calificar de "estúpida" y "poco práctica" una hipotética "Ley de los Veinte por Hora" es una manera socialmente más aceptable de decir que el número de vidas que se salvarían no compensaría los costes e inconvenientes que conllevaría su aplicación.
¿Y qué me dicen de los profesores e investigadores que hablan del "círculo vicioso de pobreza" que padece el Tercer Mundo? Esta gente piensa que los pobres son demasiado pobres como para dejar de serlo. Así pues, no pueden acometer inversiones de capital. Y como no pueden invertir, no pueden emprender el camino al desarrollo. Lo dicho: están condenados a ser pobres.
De acuerdo con los postulados de esta gente, sólo la ayuda externa puede romper el "círculo vicioso de la pobreza". El problema que tiene semejante teoría es que... no hay por dónde cogerla. Porque, para ser cierta, necesita que todos los países sean y hayan sido pobres. Todo el mundo, incluido EEUU, ha sido pobre en algún momento. Si no hay manera de escapar de la pobreza, ¿cómo se las han apañado los que, mira por dónde, han logrado escapar de la pobreza?
Definitivamente, hay ideas estúpidas que producen resultados absurdos. Y estas ideas estúpidas tienen un común denominador: tratan de limitar la libertad. Esto es lo que los "intelectuales" de nuestros tiempos nunca ven.
¿Acaso esta gente se piensa que los camboyanos que optaron por escoger ese trabajo tenían una alternativa mejor, salarialmente hablando, pero que, como son idiotas, se decantaron por el peor remunerado? Me juego lo que sea a que esos tres dólares diarios eran, de lejos, la mejor alternativa que se les presentaba.
¿Piensa usted que ofrecer a un trabajador el mejor salario de entre los que están a su alcance es positivo para él? Si es que sí, ¿le parece apropiado denominar "explotación" a una situación que representa, de hecho, una mejora para esa persona? Si las campañas de los denunciadores consiguen que la firma de la que hablamos abandone Camboya, ¿se verá perjudicado nuestro trabajador?
A menudo se dice que Estados Unidos comercia con Japón, pero ¿es eso cierto? ¿Quiénes con los agentes comerciales: el Congreso de EEUU, el Presidente, el Parlamento japonés, el premier? ¿No serán, más bien, los individuos y compañías de uno y otro país los que se dan al intercambio comercial?
Cuando compré mi Lexus, ¿con quién traté, con el Congreso norteamericano, la Dieta japonesa o con Toyota y sus intermediarios? Si cometemos el error de concebir el comercio internacional como algo que se ventila entre los distintos Gobiernos del mundo, entonces concluiremos que la última palabra en este punto la tienen los votantes. Pero ¿quién tiene la última palabra cuando un norteamericano establece un intercambio pacífico y voluntario con un japonés, un coreano, un británico, un chino u otro norteamericano?
¿Cuántas veces hemos escuchado eso de "con tal de que salve una sola vida, merece la pena"? De ahí que merezca la pena imponer leyes que obliguen a los ciclistas a llevar casco, y el cinturón a todos los ocupantes de un vehículo, o a colocar cierres a prueba de niños en los frascos de medicinas.
A los buenos economistas se les revuelve el estómago cuando se topan con semejante declaración, porque sólo tiene en cuenta las ventajas de una medida e ignora sus costes y desventajas. Si sólo tenemos en cuenta las ventajas, casi todo "merece la pena", porque casi todo reporta algún beneficio.
Según la National Highway Traffic Safety Administration, en 2005 murieron en nuestras carreteras 43.443 personas. Si el Congreso fijase el límite de velocidad en 20 km/h, cada año salvaríamos miles de vidas. En este punto, puede que usted tenga ganas de espetarme: "¡Williams, eso sería estúpido, y nada práctico!". En ese caso, yo le respondería: "Sí, pero mire la de vidas que se salvarían".
El caso es que, ciertamente, resultaría ridículo y poco práctico obligar al personal a circular a 20 km/h para evitar que los accidentes de tráfico sigan cobrando miles de vidas. Por supuesto, calificar de "estúpida" y "poco práctica" una hipotética "Ley de los Veinte por Hora" es una manera socialmente más aceptable de decir que el número de vidas que se salvarían no compensaría los costes e inconvenientes que conllevaría su aplicación.
¿Y qué me dicen de los profesores e investigadores que hablan del "círculo vicioso de pobreza" que padece el Tercer Mundo? Esta gente piensa que los pobres son demasiado pobres como para dejar de serlo. Así pues, no pueden acometer inversiones de capital. Y como no pueden invertir, no pueden emprender el camino al desarrollo. Lo dicho: están condenados a ser pobres.
De acuerdo con los postulados de esta gente, sólo la ayuda externa puede romper el "círculo vicioso de la pobreza". El problema que tiene semejante teoría es que... no hay por dónde cogerla. Porque, para ser cierta, necesita que todos los países sean y hayan sido pobres. Todo el mundo, incluido EEUU, ha sido pobre en algún momento. Si no hay manera de escapar de la pobreza, ¿cómo se las han apañado los que, mira por dónde, han logrado escapar de la pobreza?
Definitivamente, hay ideas estúpidas que producen resultados absurdos. Y estas ideas estúpidas tienen un común denominador: tratan de limitar la libertad. Esto es lo que los "intelectuales" de nuestros tiempos nunca ven.
Etiquetas:
ideas absurdas,
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