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lunes, 12 de octubre de 2009

Tema polémico: algunos efectos nocivos de las religiones


Para este Tema polémico, en ASOJOD quisiéramos referirnos a un documental realizado por Bill Maher titulado “Religulous”, donde se plantean problemas importantes que rodean a la religión. Para quien haya visto el documental, es claro que, a pesar de ser entretenido gracias a que Maher es un comediante, él retrata ciertos comportamientos de las personas religiosas que resultan preocupantes para quienes desean una sociedad más crítica y tolerante.

En primera instancia hay que señalar que la religión es un mecanismo que ha sido tan eficiente en auto-sustentarse que ha transformado cualquier intento de crítica por parte de las personas no religiosas en una lucha perdida. Esto se observa en el documental -y en la vida real- en el momento en que las personas religiosas, al confrontarse contra argumentos que podrían poner en peligro la consistencia lógica de sus creencias (e.g, paradojas semánticas como ¿si dios es omnipotente, podría crear una piedra que no pueda levantar? o ¿cómo la creencia en la trinidad cristiana no hace que el creyente cristiano entre en el politeísmo?), alegan que los temas concernientes a dios trascienden los límites de la razón humana y que nuestras mentes no pueden accesar a ese conocimiento religioso por la vía de la razón sino que por la fe, por lo que no aplica un análisis lógico.

En este momento, cualquier posibilidad de argumentación se acaba, ya que la persona con quien uno discute (en nuestro caso, el creyente) reconoce que sus posiciones no se pueden resolver racionalmente y que no desea hacerlo (lo cual es lo verdaderamente grave del asunto), ya que quieren que sus creencias no puedan se cuestionadas al afirmar que es imposible demostrar que dios no existe o al decir que la razón es incapaz de comprender los misterios más profundos del universo. Ahora bien, hay que reconocer que es difícil responder a las demandas demostrativas que pueda pedir el creyente, sin embargo, también hay que decir que se dificulta mucho cualquier discusión racional sobre el tema de dios si el mismo creyente nunca se toma la molestia de dar alguna definición de dios o, al menos, de decir cuales facultades le otorga, ya que cualquier intento de hacerlo violaría la premisa de que dios está por encima de las facultades racionales del hombre.

Así, una vez que la religión ha terminado de transformar la carencia de una visión racional del mundo en una virtud, no es sorprendente esperar que algunos creyentes de los distintos cultos religiosos se emocionen de más con sus propias creencias y lleguen a absolutizar sus posiciones (nuevamente en contra de los lineamientos socráticos del reconocer nuestra ignorancia) hasta el grado de considerar hereje a cualquier otra persona que todavía no haya aceptado la palabra sagrada que ha sido comunicada por dios.

Ahora bien, se podría argumentar que el fundamentalismo religioso no representa al 100% de las personas creyentes y que este más bien es una minoría. Es claro que dentro de las religiones hay diversidad de criterios y, por ende, es de esperar que existan grados de tolerancia distintos dentro de los creyentes. En ese sentido, es posible que también los grados de tolerancia varíen según el período histórico (por ejemplo, el islam ha tenido épocas de mayor tolerancia que el cristianismo y viceversa). Empero, lo importante por recalcar no es si en estos momentos las religiones atraviesan por un mayor período de tolerancia o no; lo importante es que las religiones (dada la estructura según la cual operan) facilitan la oportunidad a personas inescrupulosas de aprovecharse de la ingenuidad y la ignorancia de la mayoría de los creyentes para satisfacer sus propias ambiciones personales (que pueden ir desde el convertirse en millonario como en el caso de muchos pastores cristianos hasta el control político en regiones tan inestables como en medio oriente).

En conclusión, el documental “Religulous” presenta una temática muy importante: las religiones son estructuras que favorecen más fácilmente la división entre las personas que otros fenómenos sociales, y es responsabilidad de los individuos laicos el mantener bajo presión a los grupos religiosos ya que de lo contrario estas seguirán un fenómeno de intolerancia cada vez mayor.

martes, 4 de agosto de 2009

Liberalismo Aplicado: La razón y el mercado


The Economist dedica su último número a la hipotética ruptura de paradigma provocado por la crisis en el pensamiento económico contemporáneo. En la práctica, todos los ataques al consenso dominante en la moderna teoría macro y microeconómica se limitan a poner en cuestión un elemento central: la racionalidad de los individuos y, como resultado de ella, la inevitable tendencia de los mercados a realizar una eficiente asignación de los recursos y, por tanto, la crónica propensión del capitalismo a la inestabilidad. Este enfoque no es nuevo. Es tan viejo como la economía y tiene una base poco sólida. En cualquier caso no constituye un aval para el activismo gubernamental, salvo que se otorgue a los burócratas y a los políticos una racionalidad media superior a la del resto de los mortales lo que sería cuanto menos un exceso de optimismo o una considerable arrogancia intelectual.

La idea de que la gente es racional e intenta utilizar sus conocimientos y la información disponible para alcanzar sus objetivos no es un fenómeno extraordinario sino una característica innata del homo sapiens. Esa tesis no es incompatible con el hecho de que a veces, las personas pueden y de hecho actúan de manera irracional y en contra de sus intereses pero eso es la excepción y no la regla en el comportamiento de los seres humanos. Si se acepta la irracionalidad como el factor dominante de las acciones individuales, se desploma no sólo todo el edificio de la ciencia económica, sino también las bases mismas, incluida la democracia, de eso que denominamos civilización occidental y de cualquier orden social viable. La visión según la cual el mundo se mueve por fuerzas telúricas y ocultas es un rasgo característico de las sociedades tribales, del animismo y de un sinfín más de tradiciones propias del pensamiento mágico.

Curiosamente son los límites del conocimiento y de la razón los que sirven para justificar el mercado y la competencia como dos procesos interconectados de descubrimiento que, a través del juego de los precios relativos, permiten acumular y procesar un volumen de información superior al de cualquier otra alternativa. Por eso es crítico que los poderes públicos permitan que las señales transmitidas por los precios se formen sin interferencias ya que, en este caso, se producirán malas asignaciones de recursos y se generará una tendencia al desequilibrio del sistema productivo. Esto es lo que pasa con malas políticas económicas y regulacions.

Eso no significa que los mercados y el capitalismo sean perfectos pero sí que son las instituciones que, a través de un largo proceso evolutivo, han mostrado mayor eficacia para asegurar la supervivencia y la elevación del nivel de vida de la gente. También es cierto que gran parte de las deficiencias achacadas a su funcionamiento no obedecen a la lógica propia de una economía de libre mercado, sino a las trabas introducidas por los poderes públicos y por políticas económicas que distorsionan su funcionamiento. El equilibrio no es un estado sino una tendencia. La reciente crisis es un claro ejemplo de ello. Una errónea estrategia monetaria, definida por una expansión exuberante del crédito, una mala regulación de los mercados financieros y la incompetencia de los organismos encargados de supervisarlos han sido los determinantes básicos del tsunami que sacude las finanzas y la economía global. Sin esa combinación de “fallos de Estado” hubiese sido posible el presente Armagedón económico-financiero.

Una economía de libre mercado exige instituciones. Desde Adam Smith hasta nuestros días, ningún economista ni científico social de inspiración liberal en el sentido clásico ha impugnado ese principio elemental. Si el marco institucional es adecuado, el capitalismo desplegará todas sus benéficas potencialidades; si no lo es, producirá efectos distintos a los buscados y esperados. Este último resultado se produce cuando los políticos intentan sustituir en vez facilitar el funcionamiento de los mercados, cargándolos de excesivas regulaciones, y cuando aspiran a dirigir desde arriba los procesos sociales y económicos. Esos dos errores, muestras de una falta descomunal de humildad intelectual constituyen el fundamento de quienes desde muy diversas tribunas y posiciones buscan en el Estado la solución al actual malestar que azota la economía mundial.

El deseo de utilizar la crisis para extender las funciones del Estado no logrará resolver los problemas y sí creará otros nuevos. Quienes piensan que el aumento del binomio gasto-déficit público, la brutal inyección monetaria practicada por los bancos centrales y el aumento de las regulaciones sacarán al mundo de la recesión yerran. Esos movimientos se han superpuesto y se confunden con la propia dinámica de ajuste del capitalismo que tiene una lógica propia e independiente de ellos. Lo que el activismo macro y micro está produciendo es un entorpecimiento en la depuración de los excesos cometidos durante la fase alcista del ciclo y la generación de unos desequilibrios cuya corrección pasará una elevada factura que en el mejor de los casos retrasará el retorno a un crecimiento sano y sostenido. Por eso, la identificación del activismo gubernamental con la superación de la crisis se convertirá en un doloroso espejismo.

De momento, los fundamentalistas del intervencionismo macro y microeconómico disfrutan de una efímera gloria. En poco tiempo veremos cómo las fuerzas desestabilizadoras desatadas por la aplicación de sus propuestas hacen imprescindible volver a la disciplina monetaria y fiscal así como a políticas de oferta consistentes para recuperar la senda de la prosperidad. Entre tanto hay que dejarles sacar pecho, certificar el fin del liberalismo económico, el crepúsculo del capitalismo salvaje y demás zarandajas y tópicos de su viejo y gastado repertorio. Da igual. La realidad es terca y antes o después termina por imponerse. La paradoja de esta crisis, ya lo verán, es que va a suponer el fracaso y el descrédito final del keynesianismo cañí, de esa singular y tóxica mezcla de intervencionismo macro y microeconómico, mala práctica derivada de una mala teoría.

La racionalidad de los agentes económicos no opera en abstracto sino en un entorno institucional dado y éste puede incentivar y/o producir resultados ineficientes si está mal diseñado. Si las reglas del juego están mal diseñadas, el juego de suma positiva y la armonización de intereses que tiende a producir la búsqueda del interés propio en un mercado competitivo se debilita o incluso puede tender a desaparecer. Eso no refleja irracionalidad sino todo lo contrario: el ajuste de la razón a las circunstancias.

Lorenzo Bernaldo de Quirós

domingo, 27 de enero de 2008

Alegato de Howard Roark

A continuación presentamos un fragmento de El Manantial, novela de Ayn Rand. Se trata de un extraordinario alegato de Howard Roark, personaje principal de la novela, la cual recomendamos leer.

"Miles de años atrás, un gran hombre descubrió cómo hacer fuego. Probablemente fue quemado en la misma estaca que había enseñado a encender a sus hermanos. Seguramente se le considero un maldito que había pactado con el demonio. Pero, desde entonces, los hombres tuvieron fuego para calentarse, para cocinar, para iluminar sus cuevas. Les dejó un legado inconcebible para ellos y alejó la oscuridad de la Tierra. Siglos más tarde un gran hombre inventó la rueda. Probablemente fue atormentado en el mismo aparato que había enseñado a construir a sus hermanos. Seguramente se le consideró un trasgresor que se había aventurado por territorios prohibidos. Pero desde entonces los hombres pudieron viajar más allá de cualquier horizonte. Les dejó un legado inconcebible para ellos y abrió los caminos del mundo.

Ese gran hombre, el rebelde, está en el primer capítulo de cada leyenda que la humanidad ha registrado desde sus comienzos. Prometeo fue encadenado a una roca y allí devorado por los buitres, porqué robó el fuego a los dioses. Adán fue condenado al sufrimiento porque comió del fruto del árbol del conocimiento. Cualquiera sea la leyenda, en alguna parte en las sombras de su memoria, la humanidad sabe que su gloria comenzó con un gran hombre y que ese héroe pagó por su valentía.

A lo largo de los siglos ha habido hombres que han dado pasos en caminos nuevos sin más armas que su propia visión. Sus fines diferían, pero todos ellos tenían esto en común: su paso fue el primero, su camino fue nuevo, su visión fue trascendente y la respuesta recibida fue el odio. Los grandes creadores, pensadores, artistas, científicos, inventores, enfrentaron solos a los hombres de su época. Todo nuevo pensamiento fue rechazado. Toda nueva invención fue rechazada. Toda gran invención fue condenada. El primer motor fue considerado absurdo. El avión imposible. El telar mecánico, un mal. A la anestesia se la juzgó pecaminosa. Sin embargo, los visionarios siguieron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron por su grandeza. Pero vencieron.


Ningún creador estuvo impulsado por el deseo de servir a sus hermanos, porque sus hermanos rechazaron siempre el regalo que les ofrecía, ya que ese regalo destruía la rutina perezosa de sus vidas. Su único móvil fue su verdad. Su propia verdad y su propio trabajo para concretarla a su manera: una sinfonía, un libro, una máquina, una filosofía, un aeroplano o un edificio; eso era su meta y su vida. No aquellos que escuchaban, leían, trabajaban, creían, volaban o habitaban lo que él realizaba. La creación, no sus usuarios. La creación, no los beneficios que otros recibían de ella. La creación que daba forma a su verdad. Él sostuvo su verdad por encima de todo y contra todos.


Su visión, su fuerza, su valor, provenían de su espíritu. El espíritu de un hombre es, sin embargo, su ego, esa entidad que constituye su conciencia. Pensar, sentir, juzgar, obrar son funciones del ego.


Los creadores no son altruistas. Ese es todo el secreto de su poder. Son autosuficientes, auto inspirados, auto generados. Una causa primigenia, una fuente de energía, una fuerza vital, un primer motor original. El creador no atiende a nada ni a nadie. Vive para sí mismo.


Y solamente viviendo para sí mismo, el creador ha sido capaz de realizar esas cosas que son la gloria de la humanidad. Tal es la naturaleza de la creación.


El hombre no puede sobrevivir, salvo mediante su propia mente. Llega desarmado a la Tierra. Su cerebro es su única arma. Los animales obtienen el alimento por la fuerza. El hombre no tiene garras, ni colmillos, ni cuernos, ni gran fuerza muscular. Debe cultivar su alimento o cazarlo. Para cultivar, necesita un proceso de su pensamiento. Para cazar, necesita armas y para hacer armas necesita de un proceso de pensamiento. Desde la necesidad más simple hasta la más alta abstracción religiosa, desde la rueda hasta el rascacielos, todo lo que somos y todo lo que tenemos procede de un solo atributo del hombre: la función de su mente razonadora.


Pero la mente es una propiedad individual. No existe tal cosa como un cerebro colectivo. No hay tal cosa como un pensamiento colectivo. Un acuerdo realizado por un grupo de hombres es sólo una negociación de principios o un promedio de muchos pensamientos individuales. Es una consecuencia secundaria. El acto primordial, el proceso de la razón, debe ser realizado por cada persona. Podemos dividir una comida entre muchos, pero no podemos digerirla con un estómago colectivo. Nadie puede usar sus pulmones para respirar por otro. Nadie puede usar su cerebro para pensar por otro. Todas las funciones del cuerpo y del espíritu son personales. No pueden ser compartidas ni transferidas.
Heredamos los productos del pensamiento de otros. Heredamos la rueda. Hicimos un carro. El carro se transformó en automóvil. El automóvil ha llegado a ser un avión.

Pero a lo largo del proceso, aquello que recibimos de los demás es el producto final de su pensamiento. La fuerza que lo impulsa es la facultad creativa que toma ese producto como un material, lo usa y origina el siguiente paso. Esta facultad creativa no puede ser dada ni recibida, compartida, ni concedida en préstamo. Pertenece a un ser único y singular. Aquello que se crea es propiedad de su creador. Las personas aprenden una de otra, pero todo aprendizaje es solamente un intercambio de material. Nadie puede darle a otro la capacidad de pensar. Sin embargo, esa capacidad es nuestro único medio de supervivencia.


Nada nos es dado en la Tierra. Todo lo que necesitamos debe ser producido. Y aquí el ser humano afronta su alternativa básica, la de que puede sobrevivir en sólo una de dos formas: por el trabajo autónomo de su propia mente, o como un parásito alimentado por las mentes de los demás. El creador es original. El parásito es dependiente. El creador enfrenta la naturaleza a solas. El parásito enfrenta la naturaleza a través de un intermediario.


El interés del creador es conquistar la naturaleza. El interés del parásito es conquistar a los hombres.


El creador vive para su trabajo. No necesita de otros hombres. Su fin esencial está en sí mismo. El parásito vive de otros. Necesita de los demás. Los demás se convierten en su motivo principal


La necesidad básica del creador es la independencia. La mente que razona no puede trabajar bajo ninguna forma de coerción. No puede ser sometida, sacrificada o subordinada a ninguna consideración, cualquiera sea esta. Exige una independencia total en su función y en su móvil. Para un creador todas las relaciones con los hombres son secundarias.


La necesidad básica del parásito es asegurar sus vínculos con los hombres para que lo alimenten. Coloca las relaciones en primer lugar. Declara que el hombre existe para servir a los demás. Predica el altruismo.


El altruismo es la doctrina que exige que el hombre viva para los demás y coloque a los otros sobre sí mismo.


Pero nadie puede vivir para otro. No puede compartir su espíritu, como no puede compartir su cuerpo. El parásito se vale del altruismo como arma de explotación e invierte los principios morales del género humano. Les enseña a los hombres preceptos para destruir al creativo. Les enseña que la dependencia es una virtud.


Quien intenta vivir para los demás es un dependiente. Es un parásito en su motivación y hace parásitos a quienes sirve. La relación no produce más que una mutua corrupción. Es imposible conceptualmente. Lo que más se aproxima a ello en la realidad –el hombre que vive para servir a otros- es el esclavo. Si la esclavitud física es repulsiva, ¿cuánto más repulsivo es el servilismo del espíritu? El esclavo conquistado tiene un vestigio de honor, tiene el mérito de haber resistido y de considerar que su condición es mala. Pero aquel que se esclaviza voluntariamente, en nombre del amor, es la más baja de las criaturas. Degrada la dignidad humana y degrada el concepto de amor. Esta es la esencia del altruismo.

A los hombres se les ha enseñado que la virtud más alta no es crear, sino dar. Sin embargo, no se puede dar lo que no ha sido creado. La creación es anterior a la distribución, pues, de lo contrario, no habría nada que distribuir. La necesidad de un creador es previa a la de un beneficiario. No obstante, se nos ha enseñado a admirar al parásito que distribuye como regalos lo que no ha producido. Elogiamos un acto de caridad. Nos encogemos de hombros ante un acto de realización.

Se nos ha enseñado que la primera preocupación debe consistir en aliviar el sufrimiento de los demás. Pero el sufrimiento es una enfermedad. Si uno se la encuentra, intenta dar consuelo y asistencia. Hacer de eso el más alto testimonio de virtud es considerar al sufrimiento como lo más importante de la vida. Entonces el hombre debe desear ver sufrir a los demás para poder ser virtuoso. Tal es la naturaleza del altruismo. El creador no tiene interés en la enfermedad, sino en la vida. Sin embargo, la obra de los creadores ha eliminado una enfermedad tras otra, en el cuerpo y en el espíritu humanos, y ha producido más alivio para el sufrimiento que lo que cualquier altruista pueda jamás concebir.


Se nos ha enseñado que es una virtud estar de acuerdo con los otros. Mas el creador es alguien que disiente. Se nos ha enseñado que es una virtud nadar con la corriente. Pero el creador nada contra la corriente. Se nos ha enseñado que estar juntos constituye una virtud. Pero el creador está solo.


Se nos ha enseñado que el ego es sinónimo de mal y el altruismo el ideal de la virtud. Pero mientras el creador es egoísta e inteligente, el altruista es un imbécil que no piensa, no siente, no juzga, no actúa. Esas son funciones del ego.


En esto la reversión de los valores básicos es más mortífera. Toda virtud ha sido pervertida y al hombre no se le ha dejado libertad alguna. Como polos del bien y del mal, se le ofrecieron dos concepciones: altruismo y egoísmo. El altruismo se define como el sacrificio del yo por los otros. El egoísmo, como el sacrificio de los otros por el yo..... Esto ató al hombre irrevocablemente a otros hombres y no le dejó más que una elección de dolor: su propio dolor en aras del bien de los demás, o el dolor de los demás en aras de su propio bien. Cuando se agregó la monstruosa idea de que el hombre debe encontrar felicidad en el sacrificio, la trampa quedó sellada. El hombre se vio forzado a aceptar el masoquismo como su ideal, con el sadismo como alternativa. Este es el fraude más terrible que se ha perpetrado en contra de la humanidad.


Este es el sacrificio por el cual la dependencia y el sufrimiento se perpetuaron como los fundamentos de la vida.


No se trata de elegir entre el auto sacrificio y dominación, sino entre independencia y dependencia. El código del creador o el código del parásito. Esta es la cuestión básica, cuestión que descansa sobre la opción de la vida o la muerte. El código del creador está construido sobre las necesidades de la mente que razona y que permite al hombre sobrevivir. El código del parásito está construido sobre las necesidades de una mente incapaz de sobrevivir. Todo lo que procede del ego independiente es bueno. Todo lo que procede del parásito dependiente es malo.


El verdadero egoísta no es quien sacrifica a los demás. Es el que no tiene necesidad de usar a los demás de ninguna forma. No obra por medio de ellos. No está interesado en ellos en ningún aspecto fundamental. Ni en su objeto, ni es su móvil, ni en su pensamiento, ni en su deseo, ni en la fuente de su energía. El verdadero egoísta no vive para ninguna otra persona y no le pide a nadie que viva para él. Esta es la única forma de fraternidad y de respeto mutuo posible entre los seres humanos.


Los grados de capacidad varían, pero el principio básico es siempre el mismo: la medida de la independencia de alguien, su iniciativa y su amor por su trabajo determinan su talento y su valor. La independencia es la regla para evaluar la virtud y el valor humano. Lo que vale es lo que el hombre es y hace de sí mismo, no lo que haya o no haya hecho por los demás. No hay sustitutos para la dignidad personal. No hay más parámetro de la dignidad personal que la independencia.


En las relaciones adecuadas no hay sacrificio de nadie hacia nadie. Un arquitecto necesita clientes, pero no subordina su obra a los deseos de ellos. Ellos lo necesitan, pero no le encargan una casa sólo para darle trabajo. Las personas comercian por libre y mutuo consentimiento, y en beneficio mutuo, cuando sus intereses coinciden y ambos desean el intercambio. Si alguno no lo desea, no está obligado a tratar con el otro, entonces ambos siguen buscando. Esta es la única forma posible de relación entre iguales. Cualquier otra es una relación de esclavo y amo, de víctima y verdugo.


Ningún trabajo se hace colectivamente por la decisión de una mayoría. Todo trabajo creativo se realiza bajo la guía de un único pensamiento individual. Un arquitecto necesita muchos hombres para levantar un edificio, pero no les pide que sometan a votación su diseño. Trabajan juntos por libre acuerdo y cada uno es libre en su función respectiva. Un arquitecto emplea acero, cristal y cemento que otros han producido. Pero esos materiales siguen siendo sólo acero, cristal y cemento hasta que él los utiliza. Lo que él hace con ellos es su producto y su propiedad como individuo. Esta es la única forma de cooperación entre los hombres.


El primer derecho en la Tierra es el derecho al ego. El primer deber del hombre es para consigo mismo. Su ley moral consiste en nunca hacer de los demás su objetivo principal. Su obligación moral es hacer lo que él desee, siempre que su deseo no dependa primordialmente de los demás. Esto incluye las acciones del creador, el pensador y el verdadero trabajador. Pero no incluye las del gángster, el altruista y el dictador.


Una persona piensa y trabaja sola. Pero no puede robar, explotar ni gobernar sola. El robo, la explotación y el gobierno presuponen la existencia de víctimas. Implican dependencia. Corresponden a la jurisdicción del parásito.


Los que gobiernan no son egoístas. No crean nada. Existen, enteramente, a través de los demás. Su fin está en sus súbditos, en la actividad de esclavizar. Son tan dependientes como el mendigo, el trabajador social o el bandido. La forma de dependencia carece de importancia.


Pero se nos ha enseñado a considerar a los parásitos, tiranos, emperadores y dictadores, como los exponentes del egoísmo. Mediante este fraude fuimos obligados a destruir al ego, a nosotros mismos y a los demás. El propósito del fraude fue destruir a los creadores, o someterlos, que es lo mismo.


Desde el principio de la historia, los dos antagonistas han estado frente a frente: el creador y el parásito. Cuando el antiguo creador inventó la rueda, el antiguo parásito respondió inventando el altruismo.


El creador, negado, combatido, perseguido, explotado, continuó, siguió adelante y guió a toda la humanidad con su energía. El parásito no contribuyó en nada, más allá de los obstáculos. La contienda tiene otro nombre: lo individual contra lo colectivo.


El bien común de una colectividad, una raza, una clase, un Estado, ha sido la pretensión y la justificación de toda tiranía que se haya establecido sobre los hombres. Los mayores horrores de la historia han sido cometidos en nombre de móviles altruistas. ¿Acaso alguna vez algún acto de generosidad altruista ha igualado a todas las carnicerías perpetradas por los discípulos del altruismo? ¿El defecto reside en la hipocresía humana, o en la naturaleza del principio? Los carniceros más temibles han sido los más sinceros. Creían en la sociedad perfecta alcanzada mediante la guillotina y el pelotón de fusilamiento. Nadie cuestionó su derecho a asesinar, porque asesinaban con un propósito altruista. Se aceptó que el hombre debe ser sacrificado por otros hombres. Cambian los actores, pero el curso de la tragedia se mantiene idéntico: un humanitario que empieza con declaraciones de amor hacia la humanidad y termina con un mar de sangre. Continúa y continuará mientras los hombres crean que una acción es buena si no es egoísta. Eso permite que el altruista actúe y obliga a su víctima a soportarlo. Los líderes de los movimientos colectivistas no piden nada para sí mismos pero miren los resultados.


El único bien que los hombres pueden darse recíprocamente y la única declaración de su correcta relación es: ¡Déjenme en paz!"

viernes, 25 de enero de 2008

La idea de dios es antiliberal


En muchas ocasiones hemos tenido debates con personas respecto a la existencia o no de dios. Más aún, hemos departido con liberales que justifican la existencia de dios. La intención de este artículo no es ofender a nadie; somos defensores de la libertad, incluida la religiosa, por lo que consideramos que cada quien tiene derecho a entregar su vida a una entidad divina si así lo desea. Pero también creemos en la libertad de expresión, lo que significa que podemos esgrimir nuestros argumentos contra dios y contra la religión (en ambos casos, en cualquiera de sus formas y denominaciones). No creemos en la existencia de dios pero si existiera, dios sería lo más antiliberal del mundo.

¿Por qué la idea de dios es antiliberal? Existe una gran y principal razón de índole epistemetodológica. El liberalismo tiene como uno de sus ejes fundamentales el individualismo metodológico que, grosso modo (para una explicación más amplia del individualismo metodológico recomendamos leer nuestro artículo "La fatal arrogancia"), significa que la única manera de estudiar al ser humano y sus actividades, en cualesquiera de los campos en que se desempeña, es reduciendo los fenómenos a los individuos. En otras palabras, sólo puede estudiarse al ser humano partiendo de su condición de individuo y entendiendo que su actuación siempre será en función de sus propios intereses. Cuando los intereses de varios individuos coincidan, se puede hablar de cooperación social, cuya vida útil durará lo que dure la coincidencia antes mencionada. Nótese que en este caso el individuo no se subordina definitivamente a nada ni nadie, sino a sí mismo y a sus intereses, por lo que es posible decir que sólo en el individualismo, el ser humano es un fin en sí mismo.

El colectivismo, corriente contraria al individualismo, pregona que existe una entidad superior a la que el individuo responde y en función de la cual actúa. Así pues, algunos le llaman sociedad, otros pueblo, otros patria, otros historia y otros dios. A ese ente místico le asignan características humanas y lo ven como un organismo monolítico que provoca que los individuos no sean más que medios para el cumplimiento de un determinado fin. Probablemente hemos escuchado, visto o leido frases como estas: "Moriré por Francia", "La historia progresa, indefectiblemente, hacia un estadio superior de la humanidad: el comunismo" o "Dios, hágase tu voluntad y no la mía". Todas ellas representan la subordinación del individuo respecto a un colectivo. El ente metafísico, llámese como se llame, define una meta a la cual hay que llegar y constriñe a los individuos para que olviden sus metas particulares. Esa meta, o destino, se convierte en la razón de ser de las personas y desobedecer los designios del ente místico acarrea serias consecuencias: si el ente se llama patria, acarrea la deshonra; si se llama raza, acarrea el rechazo, si se llama sociedad, acarrea la crítica al egoísmo y si se llama dios acarrea el fuego eterno de los infiernos.

Como se puede observar, la idea de dios presupone la subordinación del individuo a la voluntad de un ente supremo. La persona no es libre de pensar como desee porque si sus ideas son incompatibles con las de dios, entonces estará condenado al castigo. Mucho menos puede discrepar con dios o cuestionar sus mandatos. El individuo, en ese esquema, no puede usar la herramienta fundamental que posee para su supervivencia: la razón. Debe asumir que su base epistemológica es, sencillamente, la revelación. Está absolutamente sometido a los designios que de él provengan y su rango de decisión es totalmente dicotómico: o hace lo que manda dios y es premiado, o lo desobedece y es castigado. Si el estado es el aparato social de compulsión y coerción, dios no es muy diferente a él. También cobra impuestos (votos de castidad, pobreza, hambre), diezmos, rosarios, golpes en el pecho, etc.; también tiene burocracias parásitas e inoperantes conformadas por curas, pastores, apóstoles, consejeros, etc. Y también interviene en todas las esferas de la vida humana: determina con quién se puede ir a la cama, lo que hay que enseñar a los hijos, lo que hay que comer, como hay que vestir, cuales actividades productivas son buenas, etc.

Una segunda razón por la que dios es antiliberal es una razón política: sistema de gobierno. La idea de dios es, por antonomasia, totalitarista. Castiga a todo aquel que le desobezca (las llamas del infierno son el mecanismo preventivo y punitivo del sistema judicial de dios), no permite que se le cuestione, ordena la actuación de las personas y su jerarquía es absolutamente vertical. Si bien es cierto que esa jerarquía tiene estamentos intermedios (santos, arcángeles, vírgenes, etc.) entre dios y los humanos, esa "nobleza" está también supeditada al "creador". Incluso podría verse a cada santo, virgen u otro como un señor feudal con sus respectivos siervos de la gleba y que rinde cuentas sólo al rey. En el sistema político divino, el ser humano no tiene voz ni voto. Su opinión no vale para dios: el esclavo no puede hacerle recomendaciones al amo.

Una tercera razón es económica. La idea de dios es la antítesis del mercado y del concepto del orden espontáneo. De acuerdo con Hayek, el orden espontáneo es un estadio en el que las preferencias de los individuos tienden a alcanzar acuerdos sin necesidad de que una instancia superior haya tenido que intervenir para ello. Pero en el esquema de los creyentes, dios define las metas y como titiritero que es, maneja a los humanos para conseguir dichas metas. Dios ordena el sistema económico asignando puestos: bendice a algunos y maldice a otros; les da dones a unos y defectos a otros. Para los protestantes, especialmente calvinistas, los ricos eran ricos porque dios los había bendecido. Para los islámicos fundamentalistas, los occidentales han de ser eliminados porque dios los ha maldecido. Dios ordena el "caos" del mercado para hacerlo más "humano". La gente reza a dios para que le ayude en su negocio, para que su equipo de fútbol finiquite el fichaje estrella, para que encuentre zapatos baratos o para que sus hijos sean aceptados en la universidad. Entonces no es cada quién el que se procura su éxito en función de ser eficiente, inteligente, esforzado o visionario, sino que es dios el que define quién gana y quién pierde; ergo, define la asignación de recursos.

Hugo Chávez ha dicho una sóla cosa razonable y verdadera en su vida: "Jesús fue el primer socialista de la historia". Según los católicos y cristianos, Jesús es igual a Dios Padre en virtud de la Santísima Trinidad (concepto que, dicho sea de paso, viola las reglas lógicas del principio de identidida), por lo que si Jesús era socialista, por derivación dios lo sería también. Ahora, todas las religiones dicen que su dios es todopoderoso, lo cual implica que no puedan existir tantos dioses como los que se dice. Ello porque si son todopoderosos, podrían eliminar a su competencia. El dios cristiano debería poder deshacerce de Alá y viceversa, pues si no pueden no serían todopoderosos. Para salvar esa paradoja habría que pensar que todas las religiones adoran al mismo mono pero con diferente traje, perdón, al mismo dios pero con diferente nombre y que los antagonismos son producto de diferentes interpretaciones. Bajo ese supuesto, si habíamos acordado que, por derivación, dios es socialista, toda religión adoraría a un dios socialista. Y tiene sentido porque todo dios promete la dicha eterna en el paraíso, la eliminación del dolor, la eliminación de la incertidumbre y el riesgo. Todo dios promete un paraíso donde no habrá distinciones respecto a sus habitantes. Este sistema es constante: lo que pasó ayer pasa hoy y pasará mañana. Acá no hay novedades porque ya de nada sirve la razón. Todo está hecho, ya no hay qué inventar o descubrir. Por eso, si el cielo existiera y es así, preferimos no ir a él.

ASOJOD

jueves, 27 de diciembre de 2007

La apuesta de Smith


En el post "¿Dios existe?, uno de nuestros lectores dejó un comentario haciendo referencia a la Apuesta de Smith. Con ánimos informativos, en ASOJOD hemos querido explicarle a nuestros lectores, grosso modo, en qué consiste la Apuesta de Smith.
Ella surge en contraposición a la Apuesta de Pascal, según la cual era conveniente creer en Dios porque, si existía, el creyente ganaba el cielo y si no existía, nada pasaba. Smith refuta esa creencia con cuatro estadios probabilísticos:

1. Dios no existe. En este caso, los ateos estarían en lo correcto, por lo tanto serían los creyentes lo que habrían perdido gran parte de sus vidas y de sus esfuerzos en agradar a un ser inexistente.

2. Dios es un ser impersonal (Deísmo). Dios creó el Universo y luego lo dejó a su suerte, sin intervenir en él. En este caso, ni el ateo ni el creyente tienen razones para preocuparse, pues este Dios ni premia ni castiga. En dado caso, aún los perdedores continuarían siendo los creyentes, pues habrían perdido gran parte de su esfuerzo vital en adorar a un Dios que no les escucha ni les presta atención alguna.

3. Dios existe y es un ser moralmente elevado. En este caso, Dios no podría castigar a ningún ser humano que cometiera errores de conciencia honestos. Si la razón es la que hace llegar a la conclusión al hombre que Dios no existe, este no debería tomar represalias contra él. De hecho, quien más preocupado debería estar es el creyente, pues la lógica en términos básicos debería llevar al ateísmo (esta es la opinión personal de Smith), por lo cual la creencia ciega y deshonesta en Dios (recordemos que, según los detractores, los creyentes creen en Dios no por una convicción honesta y lógicamente estructurada, sino como simple “apuesta segura”) sería para Él un gran pecado.

4. El Dios de los cristianos es el correcto, con su actuación moral y éticamente reprobable, que castiga a todo aquel que se atreve a dudar de Él, aunque esta duda esté basada en la lógica y la razón. Así, la vida de cada persona no sería importante, sino la simple adhesión a la creencia de Dios sea esta por razones honestas (escasamente hay quienes creen en dios como consecuencia del razonamiento y la meditación profunda en ese aspecto) o deshonesta (la mayoría, según Smith, lo hacen por la apuesta segura, por temor al infierno o por simple herencia cultural). Sin embargo, este Dios reprobable desde el punto de vista moral, podría fácilmente también convertirse en un Dios traicionero respecto a los cristianos pues, suponiendo que este disfrutara de alguna forma con el sufrimiento humano y no importaran para él las virtudes humanas, no habría en tal caso ningún impedimento para suponer que también lanzara a los cristianos al infierno, ya que para una mente inmoral la traición puede convertirse en un elemento de diversión.

A partir de dicha apuesta, Smith argumenta que la conclusión más honesta a la que puede llegar un ser humano es el ateísmo, toda vez que la Apuesta de Pascal presupone una renuncia explícita a la razón.