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martes, 11 de marzo de 2014

La columna de Carlos Federico Smith: pobre Luis Guillermo y pobres nosotros

El próximo gobierno de don Luis Guillermo Solís tendrá que enfrentar serios problemas en el campo económico.  Y eso tendrá consecuencias para cada uno de nosotros. Por tanto resulta crucial que tenga éxito en su gestión, para que ella nos favorezca. Pero hay temas que están por allí, “como un fantasma” recorriendo nuestro mundito local y que deben ser encarados con toda claridad.

Empiezo por lo fiscal, aunque necesariamente sé que en esto, como en los otros temas que analizaré, debo ser breve y espero que sustancioso. 

Es un hecho que la situación fiscal es sumamente grave. Un déficit público cercano al 6.5% del PIB es complicado, no sólo en la realidad del costarricense, sino ante los ojos de quienes eventualmente tendrían que tener que ver con la economía, directa o indirectamente, como serían, por ejemplo, el Fondo Monetario, el Banco Mundial, las agencias clasificadoras (Moody’s, Standar and Poor’s y Ficht, principalmente). De su actitud y percepción acerca del comportamiento de la economía costarricense, dependerá en mucho lo que hagan entidades financieras privadas del exterior, así como la inversión externa presente y potencial en el país –la cual parece ser la tablita de salvación para algún grado de crecimiento de nuestra economía- y el mismo sector privado nacional.

Para resolver esta situación fiscal básicamente se han hecho tres planteamientos. Uno, que es el del Partido Liberación Nacional y que favorece Ottón Solís del PAC, que es simplemente aumentar los impuestos, por supuesto que aderezado con promesas de refreno del gasto estatal. El segundo es, me parece, el de los libertarios –aunque varios economistas que hasta hace poco estaban en sus tiendas, han propugnado por mayores impuestos- los cuales consideran que no debe ponerse más gravámenes, sino que principalmente atacar el déficit por el lado de disminuciones del gasto público. El tercero es el planteamiento que don Luis Guillermo, quien, como candidato presidencial del PAC -si bien no de algunos sectores de esa agrupación- ha dicho una y otra vez que, antes de poner nuevos impuestos en los primeros dos años de gestión gubernamental, primero ordenar, reducir, eficientizar –algo así por el estilo- el gasto público y después valorar si es necesario introducir nuevos  gravámenes.

La posición de “espera y verás” del próximo presidente, señor Solís, me parece muy razonable y atinada, dado que expresa la posibilidad de poner algún grado de orden en el desorden fiscal imperante, antes de simplemente acudir a poner mayores y nuevos impuestos, como es la posición del PLN y, de paso, aunque dicen oponerse a nuevos gravámenes, también del Frente Amplio, el cual apoyaría nuevos impuestos “siempre que fuera a los ricos”. 

En el Frente Amplio (y en Liberación) ignoran algo que en economía conocemos muy bien, como es el fenómeno de la pro-traslación de impuestos; esto es, que si “a los ricos” se les suben los gravámenes, estos los trasladarán al consumidor, aumentándoles los precios de los bienes y servicios que les venden. Asimismo, en el Frente Amplio y en Liberación ignoran otro fenómeno que los economistas también conocemos muy bien, cual es la retro-traslación de los impuestos, que quiere decir que, si se les aumentan los gravámenes, los ricos y sus empresas (así como las empresas de los no ricos), no van a contratar tanta gente como pensaban e incluso podrían hasta despedir trabajadores, a fin de mantener rentables a sus operaciones.

Hay dos pecados capitales de los proponentes de más impuestos para reducir el déficit. Hemos visto que esa es la esencia de la propuesta de Liberación, que está implícita en la del Frente Amplio y que es compartida por algunos (economistas) dentro del Movimiento Libertario y por grupos dentro del PAC. Su primer pecado es que con lo que proponen no resuelven definitivamente el problema del déficit, cual es el exceso de gasto gubernamental por encima de lo que recauda en impuestos.  Si se aumentan o crean nuevos gravámenes, simplemente el estado dispondrá de mayores recursos para poder seguir gastando, incluso hasta más que ahora, si es que el déficit actual tan elevado sirve podría haber servido para asustar en algo a los proponentes de un mayor gasto público, por las consecuencias que eso tendrá en la economía.  Si se aumenta la recaudación tributaria con más y mayores impuestos, simplemente se liberará al estado de la amarra que significa una situación de grave déficit fiscal, que, se supone (y testigo de ello es el actual Ministro de Hacienda) debería de imponer algún grado de orden y moderación en el gasto. Pero no, darle más plata al gobierno por la vía de aumentar los impuestos, es como darle droga a un adicto a la heroína: simplemente tomará una corta pausa, para luego continuar con el vicio (eso si es que el gobierno logra algo más de plata, pues los cansados contribuyentes bien podrían reducir su actividad económica imponible).

Por ello, la solución al problema de exceso de gasto público por encima de los tributos recaudados, pasa por reducir ese desbandado gasto estatal. Por lo tanto, esperanzados los ciudadanos debemos apoyar la propuesta que nos ha hecho don Luis Guillermo, cual es la de probar que, en sus primeros dos años de gobierno, es posible que el estado se modere a sí mismo, principalmente debido a una firme, clara y contundente decisión de los líderes político-económicos del gobierno. Algún escéptico me podría decir que “qué está fumando Jorge Corrales”, que “cuando ha visto que los políticos se limiten a sí mismo en lo que es el gasto”. Eso puede ser muy cierto, pero estoy dispuesto a darle la oportunidad al nuevo gobierno de que, antes de proponer nuevos impuestos ya, primero se reduzca el gasto público ineficiente y dispendioso.

Para lograrlo deberá empezar por poner orden en los conocidos disparadores del gasto, como son el aumento de la planilla estatal, el alza desproporcionada de los salarios en el sector público, principalmente de los sueldos de jerarcas altos y medios (y tanto del gobierno central, como de todas las entidades autónomas, descentralizadas y de poderes distintos al Ejecutivo), el financiamiento por todos nosotros de regímenes de pensiones de privilegio en el sector público y notoriamente en el Poder Judicial, entre otros, así como en la aprobación de nuevos proyectos de gastos por la Asamblea Legislativa, sin que se brinde el financiamiento que esos proyectos van a requerir. Estos son ejemplos de la titánica tarea que encara el gobierno de don Luis Guillermo y también todos nosotros, pues, como lo han atestiguado recientes acontecimientos en Europa, por muchos bien conocidos, cuando quiebra el gobierno, sufren fuertemente las economías privadas –esto es, los hogares, los trabajadores y empresas del sector privado, así como los del sector público, que terminan siendo despedidos y, en general, todas las familias de los costarricenses. 

El otro problema serio que enfrentará este gobierno se relaciona con la política monetaria.  Don Luis Guillermo no debe buscar la solución a los problemas cambiarios, ni de crecimiento de la actividad privada en la economía, expandiendo la política monetaria.  Aunque habrá amigos que me reprochen esta afirmación, “Remember Carazo”, que fue cuando el país terminó con la mayor inflación de mucho tiempo atrás y con la tasa más elevada de desempleo, eso se presenta cuando a una política fiscal mal manejada se le sobrepone (como sucede con el “interés compuesto”) una política monetaria mal manejada.  Ese es un peligroso coctel y los ciudadanos de las naciones que, de alguna manera, se lo tomen, sufrirán más, pero mucho más, que una simple goma. Es muy parecido a la debacle económica que hoy encara el gobierno de Nicolás Maduro y que, en la historia, no es exclusivo de ese país que ahora lo padece.  América Latina tiene una larga historia de sufrimientos por el mal manejo fiscal en conjunto con el mal manejo monetario que han proseguido autoridades irresponsables.

No sólo don Luis Guillermo tendrá que escoger gente experimentada y bien ponderada, moderada, dispuesta a entender cuándo se equivoca, para dirigir el Banco Central.  No es un lugar para experimentos, ni para poner en práctica teorías que en cierto momento pueden haber sido útiles (Keynesianismo en la Gran Depresión), que ya no son viables en una realidad de tipos de cambio variables, no fijos y que no pueden ser manipulados por largo tiempo por esas autoridades bancarias.
Es poco lo que he escuchado hasta el momento acerca del rumbo que se esperaría del Banco Central bajo el gobierno de don Luis Guillermo.  Pero creo que debe meditar cuidadosamente sus posiciones en torno al Banco Central; si se daña la moneda, se daña a todos los costarricenses, De nuevo, lo sucedido a mediados de la década de los ochenta debe estar presente en las meditaciones de don Luis Guillermo.

Otro tema crucial que enfrentará el próximo gobierno creo que ha sido evidentemente señalado por los costarricenses, cual es la falta de empleo. Así nos lo indican en numerosas y diversas encuestas, como el principal problema que hoy encaran.  Incluso lo expresan con mayor frecuencia que temas como delincuencia, narcotráfico, seguridad, de  los cuales ya nos tenían casi habituados. 

El problema de la falta de empleo está directamente relacionado con el comportamiento del crecimiento de la economía y, particularmente, porque no creo que nadie en su sano juicio pueda hoy proponer aumentar el empleo público. La clave está en que la economía privada pueda crecer más de lo que lo hace en la actualidad. Cuando hablo de empresa privada me refiero a una amplísima gama de actividades productivas, que los costarricenses llevamos a cabo a fin de generar ingresos para nuestros hogares. Ese abanico se extiende desde la gran productora de componentes electrónicos hasta la pulpería del barrio; desde la empresa bananera a la recolectora de deshechos metálicos que clama con megáfonos en los barrios, que le vendan lo que sea.  Empresa privada es lo que involucra todo el quehacer productivo de un país, desde la más poderosa a la más chiquitica; desde la más arrogante a la más humilde.  Es toda aquella que, para tomar sus decisiones, no depende de un dueño que es el estado, sino de una persona privada.

El cuidado que tendrá que tener don Luis Guillermo es dual. Por una parte, el de no caer en la trampa de gremios, que lo que buscan de un gobierno es que les den un privilegio, como, por ejemplo, la protección ante la competencia, tanto externa (aranceles), como interna (subsidios), que les permita hacer rentables o más rentables sus actividades privadas, pero a costas de eliminar la posibilidad de que el consumidor pueda ser favorecido con una competencia que abarata precios y que nos brinda una mayor diversidad de productos.

Otra labor esencial que en este tema deberá poner en práctica el gobierno de don Luis Guillermo, es brindar certeza de las reglas de juego vigentes en la economía; esto es, no hacer que sus acciones generen una incertidumbre paralizante de la inversión. Ejemplos de factores precursores de un incremento de la incertidumbre, podrían ser una amenaza permanente de instaurar nuevos y más elevados impuestos, poner mayores regulaciones absurdas y onerosas, que suelen ser cargas relativamente más pesadas para las empresas pequeñas, así como no garantizar debidamente los derechos de propiedad.  Si no existe esa certeza básica, uniforme y generalizada de las reglas de juego en la economía y si, por el contrario, se acude en la relación estado- sector privado primordialmente a satisfacer la demanda de rentas y privilegios de parte de grupos específicos del sector privado, tan sólo veremos como resultado una economía de magro crecimiento, de una débil actividad económica, de un alicaído sector productivo y de una débil apertura de oportunidades para las personas, principalmente trabajadores (excepto en el caso de los influyentes favorecidos con el privilegio), todo lo cual nos expresa con claridad que la economía no brindará los frutos deseables de progreso que favorece a toda la ciudadanía. Simplemente si se truncan las oportunidades amplias de éxito que debe poseer y brindar una economía, no habrá más que decadencia y ausencia de innovación, excepto una mayor presión de grupos organizados para que el estado les otorgue onerosos privilegios, los cuales pagaremos con creces todos nosotros. Habrá un menor pastel económico y más grupos deseosos de que el estado les entregue una mayor parte de ese pastel. Obviamente, la alternativa deseable es que haya un mayor pastel del que todos podamos participar.

Sin duda que hay muchos otros temas relevantes que deberá enfrentar el próximo gobierno.  Por ejemplo, la situación externa es muchas veces crucial para nuestra economía, pero es poco lo que usualmente se puede hacer, en especial para naciones que no poseen grado alguno de influencia en los mercados, como es el caso de Costa Rica.  De nuevo, la precaución, el ahorro, la prudencia en el gasto, que creo ha sido parte del éxito de muchas naciones de América Latina en esta crisis aún vigente en nuestras economías, deberá ser la norma que cobije el comportamiento del Banco Central. Pero también creo que será relevante la ampliación de nuestro comercio internacional, no ya con trataditos casi innecesarios con Zumbambia y Juepuchistán, sino con el sector que en estos momentos ofrece las mayores posibilidades de acoger nuestros productos (y nosotros los de ellos), como es el Asia Pacífico y su pivote en América Latina. Debemos de asegurarnos de estar bien amarrados en ese, aparentemente único en estos momentos, carro que nos dé oportunidades de crecer en los próximos años.

Debo concluir este comentario, pues no deseo que pierda su ímpetu tratando de cubrir muchos temas económicos a la misma vez.  Por ello fue que decidí básicamente concentrarme en el tema fiscal, el monetario y algo del sector económico externo. Ojalá que estas reflexiones ayuden a que nuestro país recupere el crecimiento económico, tal alicaído de estos últimos años.  Si lo logramos, la ciudadanía apreciará la labor de un buen gobierno, pues eso se traducirá en mayor empleo y más elevado ingreso familiar, que me parece es lo que hoy se anhela en nuestros hogares. Si hay un fracaso, no sólo pobre Luis Guillermo, sino también todos nosotros.

Jorge Corrales Quesada

martes, 27 de agosto de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: comentarios sobre algunas políticas recientes del Banco Central

Deseo referirme a algunos aspectos de la política monetaria proseguida por el Banco Central en lo que va de este año. Ciertamente, voy a defender algunas de las acciones tomadas por el ente emisor, así como señalar mi desacuerdo con algunas otras.

A inicios de este año, el Banco Central enfrentaba una difícil coyuntura debido a dos hechos.  El primero es la fuerte entrada de fondos provenientes del exterior, muchos de ellos a corto plazo, lo cual se originó no sólo por la muy expansiva política monetaria seguida por el Banco de Reserva Federal de los Estados Unidos (FED), sino también por la existencia de tasas de interés domésticas muy elevadas. Acerca de las decisiones de la FED, el Banco Central de Costa Rica no puede hacer nada, pero las altas tasas de interés vigentes eran una creación del propio Banco Central. 

El segundo factor fue una clara subvaluación del colón, pues el Banco Central continuaba manteniendo el tipo de cambio en el límite inferior de la banda cambiaria, mientras los mercados claramente determinaban que, si el tipo de cambio se dejara fluctuar, el colón se apreciaría ante el dólar.  Esto se debía en mucho por las entradas de capital antes mencionadas, pero no exclusivamente por ellas. Además, debo agregar que había una fuerte presión política, principalmente del sector exportador, que se oponía a la posible revalorización del colón. Esa petición se extendió a otros grupos empresariales. También -muy importante- tuvo eco entre autoridades económicas del Poder Ejecutivo.

En resumen, a principios de año el Banco Central se encontraba en un zapato. Ello por la oposición política a una devaluación, en el marco de una fuerte entrada de capitales externos, tanto del llamado capital golondrina o de corto plazo, así como por un fuerte influjo de inversión extranjera directa hacia el país. El Banco Central se dio cuenta de que, para evitar la revaluación del colón, debía adquirir los dólares excedentes en el mercado doméstico. Pero eso se traducía en una fuerte emisión monetaria, lo cual amenazaba el cumplimiento de su función esencial, cual es el control de la inflación.

En estas circunstancias, el Banco Central tomó varias medidas a principios de año. Las más importantes fueron, primero, la de proponer un proyecto de ley que le permitiera restringir la entrada al país de los capitales de corto plazo. En segundo lugar, decidió restringir fuertemente la tasa de crecimiento del crédito interno y, en tercer lugar, provocar una reducción de las sobredimensionadas tasas internas de interés.

En mi opinión, la tercera de estas medidas es la que mejor resultado le ha dado a la política proseguida por el Banco Central, para enfrentar los problemas arriba expuestos.  Era correcta porque ante ella el inversionista externo de corto plazo no podía contar con rendimientos elevados y, a la vez, dada la política cambiaria del Banco, obtener las divisas para su repatriación a un tipo de cambio de hecho garantizado. Alguien podría agregar que a esa reducción en las tasas de interés puede haberse adicionado el efecto de la decisión de la FED, al haber anunciado que terminará, en cierto momento, con su expansiva política monetaria, lo cual significaría alzas futuras en las tasas de interés. De hecho esto ya ha empezado a observarse en la economía estadounidense, Pero el caso es que los influjos de capitales hacia Costa Rica han disminuido en fechas recientes.

Otra de las medidas que tomó el Banco Central fue promocionar un proyecto de ley en la Asamblea Legislativa, que le diera facultades para restringir, bajo ciertas circunstancias, la entrada al país de capitales de corto plazo. Este proyecto de ley, afortunadamente, no ha avanzado a la fecha en su aprobación legislativa. Digo “afortunadamente” porque el Banco Central ya dispone de suficientes instrumentos de política monetaria, sin que sea necesario darle la posibilidad de restringir el libre flujo de capitales.

El Banco Central ha aseverado que necesita ese proyecto de ley, pero sólo para utilizar sus medidas de control de capitales cuando el Banco así lo considere.  Pero una carte blanche como esa no puede ser tomada a la ligera.  Al estar vigente la posibilidad de que las autoridades bancarias lo pongan en práctica, más bien debe pensarse en si a un cuerpo administrativo se le debe dar atribuciones como esa.  Puede que, de pronto, el Banco Central decida ponerla en práctica por cualquier razón que se le ocurra. Eso es peligroso e inconveniente. 

Lo que parece estar sucediendo, es que se ha moderado el influjo de dólares proveniente de movimientos de capital de corto plazo. Es más, en medios internacionales ya hay amplias manifestaciones acerca de la posibilidad de que pronto, ante las próximas decisiones de la FED en cuanto a restringir su expansión monetaria, podría presentarse una salida de esos capitales de corto plazo hacia su principal nación de origen, como son los Estados Unidos. A la fecha, en los países conocidos como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica) el problema actual es más bien la repatriación de muchos de esos fondos de corto plazo, en vez de una indeseable excesiva entrada de capitales golondrina. Es de notar la decisión reciente del Banco Central de Brasil de lanzar a su economía una cantidad importante de sus elevadas reservas en dólares, como forma de aliviar la presión para una devaluación del real brasileño. Medida similar se está dando en el caso del Banco Central de la India.

La tercera medida que tomó el Banco Central a inicios de este año y vigente hasta mediados de éste, fue la de restringir el crédito bancario, tanto en colones como en dólares, para la economía nacional. El malestar que generó la medida, principalmente en sectores empresariales y, en particular, el financiero y que se reflejó en una velada crítica del Poder Ejecutivo a las decisiones tomadas a principios de año por el Banco Central, hizo que el ente emisor, en buena hora, decidiera echar para atrás en su decisión de restringir el crecimiento del crédito bancario. 

No se está abogando porque no haya un necesario control de la oferta monetaria, pero para eso hoy existen diversos instrumentos monetarios para lograrlo. Estas herramientas de que hoy dispone el Banco Central, son más eficientes que la medida de simplemente restringir el crédito, para reducir la cantidad de dinero circulando en la economía. Poner en práctica aquella restricción del crédito no sólo afecta el costo del financiamiento al sector productivo, el cual al momento pasa por un crecimiento tibio, sino que también la política monetaria deseable para un Banco Central se centra en el control de la base monetaria y no del crédito comercial que los bancos comerciales dan a sus clientes.

A mediados de año el Banco Central de Costa Rica decidió –afortunadamente, en mi opinión- eliminar sus restricciones al crédito antes referidas, pero, a la vez, hizo una advertencia muy importante y oportuna, que los bancos comerciales deben tener muy presente en su política crediticia.  Dada la evolución de la política de la FED, que en algún momento –tal vez muy pronto, antes de fin de año- va a pasar de una expansión elevadísima a una restricción monetaria, posiblemente tendrá un impacto significativo en la economía costarricense, al restringir los flujos de capital externo hacia el país (de corto y largo plazo). De darse se elevaría la posibilidad de que el colón se devalúe significativamente, en vez de su fortalecimiento actual e incluso del mantenimiento del tipo de cambio actual en el límite inferior de la banda cambiaria.

Tal devolución de los flujos de capitales podría poner en problemas a las carteras de los bancos comerciales denominadas en dólares, pues la revaluación de esta moneda tendría un impacto fuerte sobre aquellos deudores de préstamos en dólares y que, a la vez, no son generadores netos de divisas. La advertencia que ha hecho  el Banco Central de Costa Rica me parece que es sumamente apropiada, dado lo que ya está sucediendo en muchas naciones, que en los últimos tiempos han sido grandes receptoras de capitales de corto plazo, provenientes principalmente de las naciones industrializadas.

Ahora sólo cabe que el Banco Central reasuma su camino para cumplir con su objetivo esencial, cual es el control de la inflación. Pero sobre todo que tenga un comportamiento de la oferta monetaria moderado y estable, pues los vaivenes monetarios dan lugar a efectos negativos sobre la inversión privada y, por ende, sobre el empleo y el crecimiento económico en general. La incertidumbre siempre tiene consecuencias indeseables.

Jorge Corrales Quesada

martes, 30 de abril de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: efecto en Costa Rica de la política monetaria reciente en los Estados Unidos

Como parte de la política económica proseguida por la administración Obama, a fin de recuperar su economía de la recesión iniciada en el 2008, el gobierno siguió una política fiscal caracterizada por un excesivo gasto público, superior a las recaudaciones impositivas. Esto ha dado lugar a los reconocidos elevados déficits, que, en opinión de un economista keynesiano, es la política económica deseable en presencia de una recesión.  Sin embargo, los resultados obtenidos en la tasa de crecimiento de la economía de esa nación no parecen haber sido muy fructíferos y, más bien, notable es el incremento enorme de la deuda pública estadounidense, en mucho ocasionado por esos déficits mencionados.

La otra parte de la política económica de Obama en estos años, ha sido una muy importante expansión monetaria, que también forma parte del credo de algunos economistas, a fin de restaurar el crecimiento de la economía en recesión.  Esto ha llevado a que el Banco Central de los Estados Unidos (la FED) prosiga una reducción de las tasas de interés, para acomodar esa política monetaria expansiva, que incluso por mucho tiempo se han aproximado a tasas de cero. Es decir, que el costo del dinero de la FED es casi inexistente. Se considera que así las entidades que acuden a pedir prestado dinero a la FED, básicamente los bancos, podrían prestar a empresas a tasas de interés sumamente bajas, de forma que con ello se impulsa la inversión y, por ende, el crecimiento y el empleo.

El problema con esto último es que los bancos y las empresas en un alto grado han mantenido esos saldos monetarios sin prestarlos o bien los han colocado en bolsas de valores. Esto se ha reflejado en balances sumamente líquidos de esas entidades, pero con un menor grado de colocación de créditos al sector privado productivo que el posiblemente requerido y así lograr el crecimiento económico que se busca. Mucha del alza del indicador Dow Jones de la Bolsa de Valores de Nueva York se podría explicar por este fenómeno.

Ese exceso de liquidez en la economía estadounidense no era posible contenerlo en un recipiente llamado “economía estadounidense”, sino que se ha dirigido más allá de sus fronteras.  Esto posiblemente formaba parte del cálculo de las autoridades bancarias estadounidenses, pues una mayor oferta de dólares en el mercado internacional con respecto al crecimiento más moderado de otras monedas locales de naciones con las cuales Estados Unidos realiza su comercio internacional, provocaría que el dólar se devaluara vis a vis esas otras monedas. O, lo que es lo mismo, que esas otras monedas se revaluaran en comparación con el dólar estadounidense.

Estas redefiniciones de los valores internacionales de las monedas tendría como impacto importante un aumento en las exportaciones de los Estados Unidos y una disminución de sus importaciones, todo lo demás constante. Claro que era parte de lo que la administración Obama buscaba obtener, a fin de relanzar un crecimiento insípido de su economía doméstica.  Se supone que una mayor demanda de la producción estadounidense, incluida de la parte internacional, según se señaló, se traduciría en un incentivo para aumentar la inversión y recuperar su capacidad ociosa domésticas. Así se lograría salir de la recesión.

Mucho de esto está por verse, pues cinco años después de que la administración Obama se matriculó con ese expansionismo Keynesiano, la economía estadounidense crece relativamente muy poco.
En Costa Rica sí hemos tenido un impacto preocupante de esa expansión monetaria de los Estados Unidos, que, aunada a factores propios nuestros, ha impulsado una revaluación del colón de casi un 25%, en estos 5 años de la administración Obama.

Era de esperar que la abundancia de fondos baratos en Estados Unidos fluyera a diversas naciones, en las cuales los rendimientos pagados fueran superiores (tomando en cuenta los riesgos propios de cada país) a los que se lograrían en aquel país. Costa Rica, al igual que muchas otras naciones, reunía esos requisitos y los llamados “capitales golondrina” se dirigieron aquí a hacer su nido. Además, una creciente inversión extranjera directa en nuestro país se hizo beneficiaria de la disponibilidad de fondos de inversión baratos en su país de origen, los Estados Unidos. Todo esto contribuyó a que en estos cinco años el país haya tenido una entrada fuerte de dólares, a pesar de la situación recesiva del mundo como un todo.

Pero el problema no sólo le llegó a Costa Rica, sino que también se lo buscó. Y posiblemente al principio de la situación, cuando en el mundo cundía el pánico financiero, Costa Rica vio con muy buenos ojos la posibilidad de sortear mejor las aguas procelosas de la recesión, incluso mejor a como lo podían hacer los Estados Unidos. La caída inicial en la inversión extranjera directa fue compensada por su propia recuperación y por la inversión de fondos de corto plazo en nuestro sistema bancario. Esto llegó a un grado tal que el Banco Central se dio cuenta de que no podía seguir comprando cuanto dólar entraba al país, sin que se generaran problemas de conducción monetaria. Concretamente, a fin de mantener el tipo de cambio del colón con respecto al dólar, que ya se situaba en el límite inferior de su banda cambiaria, el Banco Central emitía colones en exceso, a fin de poder comprar los muchos dólares que estaban entrando al país. Esta expansión monetaria era una inflación a la segura.

Para retirar ese exceso de colones que así estaba echando el Banco Central a la calle, fue necesario ver cómo lograba disminuir esa presión. Para disminuir la oferta de colones, el Banco Central tuvo que vender documentos (sus bonos, por ejemplo), claro que pagando más y más por ello.  Esto es, teniendo que pagar mayores intereses.

Todo esto el Banco Central lo hizo para que el tipo de cambio del colón con respecto al dólar no se revaluara. Esa medida decidió no tomarla y para ello mantuvo el piso de su banda cambiaria. Sin embargo, los mayores intereses del mercado costarricense y la garantía de que el valor del dólar en colones no iba a variar, estimuló un los últimos años una fuerte entrada de dólares al país.

El Banco Central ha venido impulsando una reducción conveniente de las altas tasas reales de interés previas e incluso envió un proyecto a la Asamblea Legislativa para limitar los rendimientos de los capitales golondrina (que tal vez posiblemente no logre nada o muy poco, dada la eficiencia con que se mueven esos fondos). Pero siempre tendremos la presión de esa abundancia de dólares en los mercados internacionales, que de alguna manera acudirán a nuestro país, incluso como inversión extranjera directa. Este es el resultado de una abundancia de oferta del dólar en el mundo, que incluso ha perdido mucho de su prestigio para ser usado como moneda universal de cambio, debido a la pérdida eventual de su valor mediante la inflación, cuando estalle esta burbuja creada por el Banco Central estadounidense. Pero también existirá presión por la idea de que el tipo de cambio del colón con respecto al dólar es intocable, según sostiene hoy nuestro Banco Central.

En todo caso, demos una respetuosa bienvenida al país al Presidente Obama, como debemos hacerlo con cualquier otro invitado a nuestra nación.

Jorge Corrales Quesada

jueves, 25 de febrero de 2010

¿Soberanía de los gobernantes o de los individuos?


A raíz del debate sobre dolarización que acompañó a mis dos comentarios previos, salió a relucir una discusión muy interesante sobre el tema de la soberanía. Una de las objeciones válidas (hasta cierto punto) a dolarizar la economía es la pérdida de la llamada soberanía monetaria, es decir, la capacidad que tiene nuestro Banco Central de adecuar las políticas monetarias a la realidad económica nacional, en lugar de dejarlas a la mano de la Reserva Federal en Washington. Pero, en realidad, nuestra cacareada soberanía monetaria es en la práctica casi que una quimera dado el alto nivel de dolarización de la economía y el hecho de que tengamos una cuenta de capital abierta, lo cual limita severamente el margen de maniobra del Banco Central.

Sin embargo, quiero retomar la discusión filosófica sobre el concepto de soberanía inherente en éste y otros debates similares, como el que tuvimos con el TLC con Estados Unidos.

En el siglo XIX, un gran liberal francés, Benjamint Constant, brindó una conferencia titulada “Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos". En ella, Constant marcó la diferencia entre los dos conceptos de libertad que caracterizaban el debate político en la Grecia Antigua y en los tiempos modernos (en ese entonces siglo XIX). Constant indicó que en las polis griegas, la libertad implicaba la capacidad de los hombres libres (una minoría) de participar en los debates públicos y votaciones democráticas con las que se regían dichas entidades. Era la libertad de los hombres de gobernar sus propios estados sin estar sometidos a un monarca o pueblo extranjero. Sin embargo, la libertad de los antiguos, como Constant la describió, era muy diferente a la libertad de los modernos. Los griegos tenían esclavos después de todo, y la libertad de los pueblos podía desembocar en la aniquilación del individuo y en la instalación de tiranías como la de Esparta. “Hace del individuo un esclavo de tal forma que los pueblos sean libres”.

Constant la comparó con la libertad de los modernos, que es la capacidad de un individuo de vivir su propia vida de la mejor manera siempre y cuando respetara los mismos derechos de los demás. Dicho concepto versaba en el individuo, a diferencia del colectivo (llámese patria, polis, pueblo, nación, etc.).

Casi 200 años después de que Benjamin Constant hiciera dicha distinción, en nuestro país, y en muchos otros, sale a relucir una y otra vez la discusión sobre soberanía y libertad. Veámoslo en el tema del TLC con Estados Unidos. En la campaña sobre el referéndum del 2007, los opositores cargaban contra el acuerdo ya que éste pisoteaba nuestra soberanía. La interrogante es, ¿la soberanía de quién? ¿La de los gobernantes de decidir por los demás qué compañía de teléfonos podemos usar o a quién le podemos comprar pollo? Pues sí, esa soberanía se veía limitada por el TLC. ¿Pero qué hay de la soberanía del individuo de poder tomar esas decisiones por sí mismo? El TLC, con todos sus defectos, ampliaba dicha soberanía.

De igual forma, cuando hablamos de “soberanía monetaria” estamos hablando de la soberanía de un puñado de economistas (junta directiva del Banco Central) de decidir las condiciones y el valor de la moneda que usamos de manera obligatoria. Varias objecciones se vienen a la mente, desde las propias de la escuela austriaca (¿cuéntan estos economistas con toda la información económica necesaria para tomar decisiones acertadas?) hasta las de la escuela de Public Choice (¿defenderá esta junta directiva, nombrada por políticos, el supuesto interés común de los costarricenses o impulsará los intereses particulares de grupos de presión?). Pero el tema de la soberanía radica en que los individuos deberían tener la libertad de escoger la moneda que más les conviene. En este sentido, aún mejor que dolarizar, sería permitir que todas las divisas tengan poder liberatorio en Costa Rica, de tal forma que las personas escojan la moneda que prefieren a la hora de hacer sus transacciones económicas (en la medida que eso se permite en Costa Rica, ya la gente escogió el dólar).

De tal forma, podemos hablar de una sobería de los gobernantes y una soberanía de los individuos. Los matices varían. La tiranía de los Castro apela a la “soberanía del pueblo cubano” para mantener una prisión al aire libre en Cuba. Es la soberanía de los Castro, no de los cubanos. De igual forma (aunque guardando dramáticamente las distancias), la soberanía monetaria es la soberanía de la Junta Directiva del Banco Central (con nombres y apellidos) y no de los costarricenses.

Cuando se trata de cualquier debate político, prefiero la soberanía de los individuos sobre la soberanía de los gobernantes.

Juan Carlos Hidalgo

lunes, 2 de noviembre de 2009

Tema polémico: el alza en el desempleo


La nueva Encuesta de Hogares nos trae malas –pero esperadas– noticias:el desempleo ha aumentado en el último año. Mientras que en el 2008, el desempleo afectaba al 4.9% del total de la fuerza de trabajo, este año la cifra se disparó a un 7.8%. Por supuesto que la crisis internacional ha sido un factor relevante para dicho aumento, pero no el único. Aunque el Gobierno procure lavarse las manos, atribuyendo dicho crecimiento en el desempleo a causas exógenas, lo cierto es que en ASOJOD creemos que el statu quo en Costa Rica también es responsable de la situación, en particular, al obstaculizar el clima para hacer negocios y el emprendedurismo. Por ello, queremos aprovechar este Tema polémico para presentar presentar algunas propuestas que servirían a impulsar dichos rubros y, por tanto, generar mejores condiciones de vida en nuestro país.

En primer lugar, como lo hemos venido diciendo en anteriores ocasiones, la inseguridad ciudadana desincentiva la inversión en el país, tanto de empresas nacionales como extranjeras. Nadie va a querer arriesgar su capital si no hay garantías en el cumplimiento de la ley y en la protección de la propiedad privada.

En segundo lugar, hay que tener una política económica sensata. Las empresas tampoco van a invertir si existe una irresponsable emisión de moneda que cree inflación y aumente periódicamente sus costos y disminuya sus ganancias. Asimismo, se debe iniciar el camino a la dolarización, no sólo como mecanismo para impedir al Banco Central manejar la oferta monetaria, sino también, para compatibilizar las transacciones, pues gran parte de ellas ya se hacen en dólares (alquileres, precios de casas, carros, servicios, etc.) pero las personas ganan en colones.

Como bien se sabe, la inflación es el más cruel de los impuestos, ya que afecta más fuertemente a los trabajadores, que ven con cada día que pasa, reducido el poder adquisitivo de sus salarios. Además la inflación afecta la posibilidad de adquirir créditos a tasas bajas y por periodos de tiempo extendidos, dificultando la ampliación o creación de negocios existentes.

A la par de esto, es necesario consolidar la apertura en servicios como telecomunicaciones, electricidad, suministro de agua y seguros, pues los precios y calidad actuales no permiten la competitividad de las empresas instaladas en suelo costarricense. Al mismo tiempo, con la ruptura de monopolios y la eliminación de barreras a la libre competencia, tanto los usuarios empresariales como residenciales, se beneficiarán obteniendo mejor calidad y a un menor costo, con diferentes opciones a donde escoger, de acuerdo con sus necesidades y preferencias.

En el mismo orden de ideas, hay que convertir a Costa Rica en una gran zona franca, dando un trato igualitario a todas las empresas como una forma de respeto al principio de igualdad ante la ley y Estado de Derecho básico, con el fin de abolir privilegios mercantilistas y aumentar la competitividad del país, para poder atraer más empresas y potenciar a las fundadas acá. Junto con esto, se requiere una apertura más agresiva al mercado internacional, tanto mediante la eliminación unilateral de aranceles para facilitar la importación, como por medio de la negociación con otras naciones para conseguir una entrada más beneficiosa de las exportaciones. Pero, sin dejar de lado, que la apertura comercial no debe limitarse únicamente a bienes y servicios, sino que también debe incluir libertad de movilización de capitales y fuerza de trabajo.

De igual forma, el tema fiscal se erige como fundamental para facilitar la creación e instalación de empresas. No es lo mismo tener que pagar un alto porcentaje en impuestos que una tasa más competitiva, como lo han demostrado Irlanda, República Checa, Singapur, entre otros. De ahí que se torne necesario avanzar hacia una simplificación y reducción de las tasas impositivas mediante el establecimiento de un flat tax bajo, generando con ello un clima favorable para el empresario y evitando la evasión fiscal, pero en especial, salvaguardando la propiedad privada de los individuos que, día a día, producen riqueza.

En cuanto al tema de trámites, es fundamental eliminar gran cantidad de trámites, permisos, licencias, etc. que sólo desincentivan la inversión y el emprendedurismo y, al mismo tiempo, son terreno fértil para la corrupción. No puede tolerarse que, en nuestro país, se tarde más de 150 días para montar un negocio y que, con este tipo de prácticas, se limite la oportunidad a cientos de personas que quieren empezar su emprendimiento o desean invertir sus recursos en actividades productivas.

Respecto a la parte laboral, hay que reconocer que la rigidez anticuada del Código de Trabajo debe de ser reformada, toda vez que vivimos en un mundo dinámico y cambiante que requiere que, tanto patrones como trabajadores, tengan la posibilidad de establecer las condiciones laborales que mejor se adapten a sus situaciones particulares, especialmente garantizando la libre contratación y despido, así como la libre movilidad laboral, acuerdos en que sólo deben intervenir las partes y no el Estado.

Como puede observarse, es mucho lo que hay que hacer y todavía faltaría detallar más propuestas. Pero son quizá estas las más importantes y las que mayor impacto tendrían si se quiere atacar el problema del desempleo. No es contratando gente para que caven huecos y luego los tapen (típica política keynesiana) que se resuelve este asunto; es eliminando la intervención del Estado y las grandes trabas que hoy afectan a los empresarios y consumidores, que la situación puede mejorar.