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martes, 8 de enero de 2019

La columna de Carlos Federico Smith: ¿Qué será de JAPDEVA?

Casi que me imagino a JAPDEVA con un futuro similar a lo sucedido con el Consejo Nacional de Producción (CNP): dejó de tener funciones y, lo que es lógico, que se hubiera cerrado no se hizo, sino que se le buscó “algo” por hacer. Se inventó que, obligatoriamente, los entes estatales que compraran alimentos lo hicieran mediante un intermediario, el CNP, con lo cual la burocracia innecesaria siguió diz que laborando.

JAPDEVA va por el mismo camino. Resulta que, como parte de la concesión que se le otorgó a la empresa portuaria APM Terminals, esa firma le debe girar a JAPDEVA un 7.5% de los ingresos brutos de su operación y se estima que, tan sólo en primer año, asciendería a $20 millones y que, durante la concesión que dura 30 años, JAPDEVA recibiría casi $1.000 millones. Se supone que esos montos se reinvertirían (palabra mágica, pues bajo ella se suele meter todo tipo de gastos gubernamentales, no sólo de inversión sino los corrientes) en “el desarrollo de la provincia de Limón.”

La información proviene del artículo titulado “Gobierno manejará fondo para Limón por inacción de JAPDEVA,” que aparece en La Nación del 6 de diciembre. Al firmarse la concesión hace seis años, se decidió que JAPDEVA establecería un fideicomiso para su manejo y la formulación del plan de inversión en proyectos con esos recursos. Hasta la fecha, ni uno ni el otro.

Pero, hay más. Al entrar a operar el nuevo puerto de Moín, el gobierno desde hace unos tres meses buscó trasladar a 600 trabajadores de JAPDEVA, pues su labor ya no sería necesaria, hacia otras instituciones públicas (por qué no a actividades privadas, mediando el debido pago por cesación de trabajo), con lo que, conceptualmente, se mantendría invariable la planilla gubernamental total. Los empleados actuales de JAPDEVA son 1.230 y, al momento, sólo 90; o sea, un 15% de los que se pretendía movilizar (un 7% de la planilla total de JAPDEVA), acepté el traslado. Lo crucial es que no haya un exceso de empleo en JAPDEVA, más allá del necesario para seguir haciendo lo que hará ante la entrada del nuevo puerto. Los gastos de una burocracia en exceso recaen sobre las espaldas de los ciudadanos contribuyentes. La empleomanía no es gratuita, tiene un costo para la sociedad.

Todavía hay más. Supuestamente, para modernizar al antiguo muelle de JAPDEVA se invirtieron $16 millones en dos grúas pórticas traídas de China (ojalá no nos vaya a ir igual con el tren eléctrico del Valle Central), que se instalaron en agosto del 2017, pero sufrieron daños eléctricos que las paralizaron hasta febrero del 2018 y, poco después, en junio de ese año, una de las nuevas grúas se varó por seis meses, por lo que hasta hace poco volvió a operar. Lo interesante es que “para adquirir el equipo portuario, JAPDEVA consumió los fondos que dejó presupuestado el gobierno de Laura Chinchilla, para liquidar a 900 trabajadores del muelle estatal, a raíz de la pérdida de carga.” O sea, JAPDEVA se gastó los fondos reservados para pagar las prestaciones a los trabajadores, cuyo trabajo ya no más se necesitaría.

De paso, estas dos nuevas grúas operan a menos del 50% del rendimiento esperado al ser compradas. Obviamente, de una u otra forma, seremos los ciudadanos quienes pagaremos todo eso. Y, como dato, ahora que están de modas las pérdidas, en el 2017 JAPDEVA tuvo pérdidas por ¢4.134 millones, lo que no es nada de extrañar, pues ya por cinco años consecutivos no había obtenido ganancias (supongo que, al tener pérdidas, tampoco ha pagado impuestos sobre la renta). Pero, en apariencias, JAPDEVA seguirá operando con todo el personal de antes. No duden de que habrá mayores pérdidas para la sociedad.




Jorge Corrales Quesada

martes, 13 de agosto de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: buscando el apoyo de la burocracia

Los burócratas también votan, al igual que como lo hace cualquier otro elector. Sin embargo, a diferencia de estos últimos, los primeros enfrentan un conflicto de intereses: El de ser patronos, como son los ciudadanos de cara a los administradores de la cosa pública, y, a la vez, el de ser empleados, pues dependen de la voluntad de su patrono, la ciudadanía.  Este es un conflicto fundamental que encara la burocracia, el cual tendrá más relevancia entre mayor sea la burocratización de una nación.

Una sociedad que opte por las virtudes de la libertad individual encara la decisión de escoger políticamente límites al crecimiento de la burocracia como bases para organizar su orden económico, en contraste con una administración burocrática, sujeta en su accionar a la obediencia de la ley, reglamentos y regulaciones que debe observar a ciegas. Esto porque si las burocracias crecen relativamente, hace que decline la capacidad de desarrollo de una economía, que efectivamente pueda satisfacer los deseos y necesidades de los consumidores.

Si el orden económico es regido por una burocracia, ésta no hace más que obedecer lo que cualquier ley le permita hacer, sin importar si la solución a un problema es efectiva o no. Interesa tan sólo que la actuación esté dentro del marco de la ley y nada más.  En contraste, tal limitación no existe cuando en sociedad el individuo es libre de organizarse productivamente. Las habilidades del empresario para innovar, así como su iniciativa para resolver problemas, que esencialmente toman en cuenta los intereses de los consumidores, se logran traducir en el progreso, bienestar y crecimiento de las sociedades, en un orden basado en el mercado y la búsqueda de utilidades. Por su parte, un orden burocrático no tiene posibilidades de tales logros, pues la actuación del administrador está restringida al cumplimiento de las leyes, reglas y regulaciones, que limitan la discrecionalidad de esos actores. 

Como escribió Ludwig von Mises, 

“Decir al director de una empresa sometida a un régimen de beneficio posible pero limitado: ʹCompórtese como un concienzudo burócrataʹ, equivale a ordenarle que evite toda reforma. Nadie puede ser a la vez un buen burócrata y un innovador. El progreso es precisamente lo que los estatutos y los reglamentos no han previsto; queda necesariamente fuera del dominio de la actividad burocrática”. (Burocracia, Madrid, España: Unión Editorial S. A., 1974, p. 95). 

Un argumento en favor de un estado relativamente pequeño, limitado, es que minimiza la necesidad de una burocracia, cuyos incentivos no se dirigen al logro de la mayor satisfacción del consumidor ni a obtener el mayor crecimiento posible, sino tan sólo a la satisfacción de las regulaciones y reglamentaciones predeterminadas. Ello lo que hace es impulsar el mantenimiento de un indeseable status quo. 

Para restringir un estado con un proceso de crecimiento de su burocracia, se hace necesario convertir dicha voluntad en una realidad política, por la vía de elecciones libres. Es aquí en donde las cosas suelen ponerse difíciles, porque los partidos políticos naturalmente lucharán por ver cuál es el que ofrece más, en términos de apoyo, aliento y estímulo a la burocracia, a fin de obtener como compensación su voto en las elecciones. 

Si trasladamos estas apreciaciones al caso actual de la política costarricense, es fácil observar cómo todos los candidatos presidenciales para las próximas elecciones ofrecen, en mayor o menor grado, mejorar los campos de acción de la burocracia (aunque paradójicamente en ocasiones digan estar en contra de “la burocracia innecesaria y dañina”). Esto lo cumplirían simplemente ampliando sus funciones u ofreciéndoles mantener actividades que hoy se presume debían desempeñar bien, pero que el pueblo ha visto que son innecesarias que las lleve a cabo  (como es el caso del Consejo Nacional de Producción). También los políticos les prometen a la burocracia que le devolverán funciones que en el pasado se habían eliminado por haber mostrado una obvia ineficiencia, como es el caso de la construcción directa de carreteras por el Ministerio de Obras Públicas. Los candidatos también proponen darle más recursos a la burocracia, ante una presunta escasez de fondos que supuestamente impide un desempeño eficiente de esas burocracias. Hacen eso aún cuando se derive en serios problemas presupuestarios, que sumergirán más al país en un déficit voraginoso. En resumen, los partidos políticos, de cara a un proceso electoral, ofrecen a una burocracia establecida, darle un ámbito mayor de acción que el que actualmente tiene, aunque ello termine afectando la capacidad de progreso de la sociedad.

¿Por qué entonces los electores, bajo el supuesto de que mayoritariamente no forman parte de las huestes burocráticas, no votan en contra de esa ampliación del marco en que estas actúan? Posiblemente porque lo usual es que esos individuos dispersos no están tan cohesionados como los burócratas (burocracia casi suele ser sinónimo de sindicalismo al interior del estado) y consideran que su voto individual no es relevante como para poder superponerse a una burocracia organizada (posiblemente se abstendrán de votar). Pero también porque individuos privados podrían pretender que, en una elección en donde salgan victoriosos, habrá una apertura dentro de las estructuras burocráticas, tal que les permita obtener buenos beneficios personales o de familiares. Este caso podría ser sólo un fenómeno de corto plazo, pues luego sobrevendrán los daños al crecimiento de la economía, cuyo correctivo bien podría requerir deshacerse de una onerosa burocracia ampliada y entronizada. Lo sucedido recientemente en naciones como Grecia, Chipre, España, entre otros países europeos, es muestra de tal posibilidad.

Asimismo, no se debe descontar que los electores no burócratas desconozcan la naturaleza del problema de sociedades que se van burocratizando.  Tal vez los movimientos liberalizadores de Europa del Este a finales del siglo pasado, hayan servido para entender este problema, al ser aquellos una reacción emancipadora frente a regímenes políticos altamente burocratizados, como lo fueron la antigua Unión Soviética y sus satélites.  El ciudadano de Europa del Este vivió en carne propia y con dureza, el peso ineficiente de las burocracias. En esencia, su lucha de emancipación fue en contra de un socialismo burocrático que frenaba todas sus libertades y posibilidades de progreso.

Creo que la ignorancia acerca de estos temas juega un papel importante en la decisión que toman muchos electores, de no votar en contra de propuestas que aumentan el poder de la burocracia.  No sólo se ven atraídos a votar por grupos políticos que prohíjan la administración burocrática porque generaría ingresos para ellos o sus familiares, sino porque creen que el estado, en vez del sector privado, es quien les puede brindar mejor los bienes y servicios que ansían tener. 

Pero esa es una ilusión que debe ser expuesta, al menos como un proceso didáctico de parte de intelectuales amantes de la libertad. En una burocracia no hay incentivos que permitan satisfacer cualesquier ansias que pueda tener el consumidor, sino que el incentivo es tan sólo el de cumplir con las reglamentación impuesta a esa burocracia. No hay estímulos para lograr mejores formas de producir bienes – de innovar- porque los réditos debidos a esa innovación no llegan a los burócratas, como si lo hacen a los empresarios en un sistema de mercado competitivo. El burócrata tan sólo puede cumplir con lo establecido por las leyes y reglamentaciones. El incentivo que perciben es tan sólo obedecer lo que le permite la ley. Es más, en la jerarquía burocrática, en las cumbres del mando (commanding heights), los superiores no consideran deseable que el ejercicio del poder se lleve a cabo por los burócratas inferiores o por unidades políticas relativamente menores con independencia de las decisiones determinadas por los administradores superiores (“que no hagan olas”). Esa fue la conducta típica en las burocracias nazis, fascistas y socialistas-marxistas: una dependencia total de las burocracias a las decisiones tomadas por el planificador central, usualmente un grupo pequeño de individuos con poderos omnímodos.

Por estas razones, es crucial que se informe al elector de los graves daños que provoca a sus expectativas el desarrollo de órdenes burocráticos. Esto en contraste con lo que se podría obtener en el caso de órdenes económicos basados en el mercado, con sus características de lucha, competencia, la obligación de satisfacer el consumidor y la evitación de pérdidas y el logro de ganancias.

La opción política entre más burocracia y más empresa privada claramente la delineó Ludwig von Mises, quien escribió que 

“Es indudable que, como dicen quienes se oponen a las tendencias que llevan al totalitarismo, los burócratas tienen libertad para decidir, según su propia discreción, cuestiones de importancia capital para la vida de los individuos. Es cierto que lo funcionarios no son ya servidores de los ciudadanos, sino amos y tiranos irresponsables y arbitrarios. Pero esto no constituye un defecto de la burocracia, sino que es el resultado del nuevo sistema de gobierno que restringe la libertad del individuo en la gestión de sus propios asuntos al asignar cada vez más tareas al gobierno.  El culpable no es el burócrata, sino el sistema político. Pero el pueblo soberano tiene todavía libertad para deshacerse de ese sistema”. (Burocracia, Madrid, España: Unión Editorial S. A., 1974, p. p. 22-23).

Ojalá los ciudadanos todavía voten por el camino de la libertad y no el de la servidumbre ante las burocracias.

Jorge Corrales Quesada

miércoles, 10 de julio de 2013

Desde la tribuna: el Estado crece...

El Estado crece …
… y crece y sigue creciendo.  Ahora toma formas desordenadas.

El INS (Instituto Nacional de Seguros) ha constituido una sociedad anónima (diferente de su naturaleza de ente descentralizado, persona jurídica de derecho público, sujeta al principio de legalidad) y la planilla de esta sociedad se engorda.  El Estado crece por vía anormal.
 
La UCR (Universidad de Costa Rica) saca un anuncio para enrolar profesores.  Informa que la contratación será a través de Fundevi  (Fundación de la Universidad de Costa Rica para la Investigación).  ¡Qué lindo!  Tomo presupuestos públicos, impuestos del pueblo, y los gastó a través de una fundación.   Es asombrosa la actividad de esta entidad, tengo noticia de cómo hay contrataciones que terminan en esta vía y sin más anuncian que no tienen porqué aplicar
las normas de la contratación pública.  El Estado crece por vía “diferente”.
 
Se nos comunica que Recope SA (una sociedad a la que anormalmente se le cedió la administración del monopolio de hidrocarburos en Costa Rica, una sociedad anónima que ha habido que sujetar a Aresep y a la Contraloría, para fijar precios y revisar sus actuaciones) no solo constituyó o formó o se asoció a la sociedad Soresco (una caribeña) con los chinos con quienes pretende hacer una Refinería china sino que, aunque no refina, mantiene incólume su planilla de ¿trabajadores? De la refinería.  Supuestamente, desde 2011 no se refina, pero la planilla se paga y todos los obligados a consumir y comprar al monopolio pagamos tales  salarios.  El Estado crece por vía anormal, extraordinaria, se mantiene grande y todos pagamos.

La información dice que durante la administración anterior la CCSS aumentó como 11 mil personas en planilla no médica.  ¡Curioso!  Tenemos más mecanización de los trabajos pero contratamos más personal.  El pueblo paga el crecimiento del Estado.  Que crece y crece y nadie lo para …

Si vemos algunos proyectos de ley  (por  ejemplo el expediente 18050, de prohibición y mayor control de armas legales e inscritas) se pretende un crecimiento de la administración, de sus potestades, sus competencias, sus facultades, sus empleados, su coacción y sus discrecionalidades, sin que haya una mejora para el pueblo.  El Estado crece y pretende seguir creciendo, a costa de la libertad y derechos del pueblo.

Y así va todo.  Un Estado más grande, que ahora crece por vías anormales e irregulares, que ya no rinde cuentas ni a la Contraloría y menos a la Asamblea. ¿De quién son estos feudos?

Algunos indignados por la discutible administración de algunos cometidos públicos (CNC, en concesión de obra pública) se rasgan las vestiduras y pretenden que no haya concesión de obra pública.  ¿Acaso no recuerdan que el Estado ha fracasado y que se requiere aportes de capital y acción privada porque en lo público no hay de dónde? ¡Paradójico!  

Quieren más Estado y redundar y replicar la maquinaria ineficiente a la que califican incluso de corrupta.
 
¿Cómo paramos esta elefantiasis  que nos ahoga?

Federico Malavassi Calvo

martes, 2 de abril de 2013

La columna de Carlos Federico Smith: desafíos para el liberalismo en Costa Rica

Dada la limitación de tiempo para esta exposición, brevemente expondré lo que considero son 10 importantes retos de índole doméstica, que enfrentará el liberalismo en Costa Rica en los años venideros. El orden en que se presentan esos retos no es indicativo de su importancia relativa: eso se lo dejo a ustedes. Asimismo, haré un breve comentario o propuesta acerca de lo que ese  grupo de pensamiento podría ofrecer como solución alternativa a esos retos, en un marco de libertad. Soy consciente de que habrá muchas otras opciones a las que yo formule, las que también podríamos llamar de corte liberal.

RETO 1: Se está haciendo frecuente que en nuestro país, bajo el nombre de “derechos”, se otorguen los más diversos subsidios, a fin de promover políticas estatales que los políticos consideran deseables. Ejemplos son pagar para mandar los hijos a las escuelas y la provisión de servicios de guarderías públicas.

COMENTARIO: Costos en que tradicionalmente incurrían los padres, son ahora trasladados al erario público, sin que siquiera se determine una rentabilidad apropiada en el uso de esos recursos, además de desincentivar el esfuerzo familiar, responsable de generar los ahorros para enfrentar esas necesidades. Se rompe así un vínculo de responsabilidad familiar en la crianza de los hijos, pues ahora parte sustancial de ella es trasladada al estado. Además, estas políticas constituyen un elemento del gasto público, que aumenta un déficit que daña principalmente a las familias trabajadores, a través de la inflación. 

La moda es llamar “derecho” a lo que alguien puede considerar como bueno y se legisla para que las personas lo dispongan por decisión gubernamental. Algún día, se mencionará el “derecho” a respirar, caminar, tomar leche, ir al futbol, lo que sea considerado por algún legislador como deseable o bueno o simplemente para poder ejercitar una imaginaria “justicia social”. Se ha alterado el concepto fundamental de “derecho”, que es inherente a la naturaleza del individuo y no el producto de una decisión otorgada por el cuerpo político. Usualmente la provisión de algo que sea considerado como bueno, se le otorga a un grupo en particular y no a la generalidad de las personas. A esa provisión se le llama “derecho” y no un dotación monetaria, por el simple hecho de que se consideró que algunos merecen ese pago.

RETO 2: Continuará la búsqueda de rentas del empresariado, ya sea buscando aranceles, limitaciones a la competencia, exoneraciones impositivas y definición de políticas que le generen un beneficio particular, entre otras.

COMENTARIO: El liberalismo debe continuar su esfuerzo por mostrar que dicha búsqueda de privilegios, otorgados a algunos por el cuerpo político, es dañina para la sociedad como un todo, que probablemente tiene un efecto negativo sobre las finanzas del estado, que encarece los costos a los consumidores y, ante todo, que impide los beneficios que la competencia brinda a consumidores y usuarios.

RETO 3: Ante una muy extendida creencia de que las regulaciones son casi siempre deseables, veremos que habrá mayor presión política por introducir nuevas y mayores regulaciones en el ámbito económico, tanto para empresas como para individuos.

COMENTARIO: Será una tarea muy ardua el confrontar esta idea, la cual asume que el Estado sabe de todo y mejor que las personas que están directamente involucradas. Lo más importante será mostrar que dichas regulaciones, introducidas pretendidamente para favorecer al consumidor, más bien le perjudican. Además, de que, una vez puesta en práctica, la regulación suele ser seguida de mayores regulaciones, que lo que hacen es profundizar los daños. Nunca para eliminarlas por ineficientes, onerosas o por ser incapaces de lograr los propósitos para los cuales fueron introducidas inicialmente.

RETO 4: Un serio problema que seguirá enfrentando el movimiento liberal del país es el llamado “free rider” (oportunistas, aprovechados, que no trabajan por lo que tienen). A pesar de que la nación, parafraseando al gran pensador liberal Adam Smith, se enrique, se beneficia, enormemente con la vigencia de la libertad en la economía, algunas personas dejan que sean otras, en vez de ellos, quienes financieramente encaren el costo que implica la vigencia de la libertad. Que sea algún otro, en vez de ellos, quien sufrague el costo que tiene la libertad, que, como sabemos, no es un bien gratuito.

COMENTARIO: Es necesario reiterar que, en caso de que se propongan políticas que dañan la libertad, luchar contra ellas tiene un costo, el cual es necesario sufragarlo.  No ayudar a que se tenga éxito en la lucha por la libertad, terminará por afectar incluso a quienes creen que, en un corto plazo, no lo van a ser.  La historia es muy clara en ejemplos de ello.

RETO 5: En estos momentos, y creo que tal vez por algún buen rato, cualquier partido político de carácter liberal no pasará de ser una minoría eterna.  Lo que hoy el elector liberal encara es escoger entre la pureza política o la viabilidad política.
COMENTARIO: Puesto a escoger entre esas alternativas, me inclino por sugerir a los electores liberales que escojan por aportar su caudal intelectual, a aquel partido político que menos se aleje de sus postulados liberales.  La realidad de la política actual está a punto de extinguir nuestra posibilidad de influir, para que las decisiones estatales hagan el menor daño posible a la libertad. Sugiero, y bien podría estar equivocado, que seamos activos partícipes de la política electoral, según nuestras preferencias personales, pero en ambientes políticos en donde podamos ejercer alguna influencia en la definición de políticas. Tenemos las ideas, que serán las que en última instancia nos validen ante el electorado.

RETO 6: Estaremos a la defensiva en el embate redistribucionista que uno observa por todos lados. La idea de que es justo quitarles a unos para darles a otros, por las razones que sean, prevalecerá aún más que hoy en el campo político, en especial cuando, en nombre de una visión tergiversada de democracia, dicha redistribución se sustentará en votaciones de una simple mayoría de uno más. 

COMENTARIO: Debemos enfatizar que la solución a la pobreza radica en las posibilidades de crecimiento de una nación. Es necesario exponer claramente la falacia social-democrática de John Stuart Mill, de que era posible distanciar las decisiones de optimización de la producción, de aquellas de su distribución. Esto es, la creencia social demócrata de que el estado no debe intervenir en las decisiones de producción de una economía, pero sí en la distribución de los bienes que surgen del esfuerzo productivo.  Es imposible separar ambas funciones –producción y distribución- en una economía. Al afectarse la distribución del producto por decisión gubernamental, se afectan los incentivos necesarios para hacer máxima la producción. Ese es un sofisma del pensamiento social-democrático, que debemos exponer permanentemente.  

RETO 7: Aumentará la presión para para que se aprueben mayores impuestos, a fin de llenar un déficit provocado por un exceso de gasto público. También escucharemos adosado, que es necesaria una reforma tributaria (al menos en el caso del impuesto sobre la renta).

COMENTARIO: Es conocida nuestra posición en cuanto a cómo cerrar el déficit del sector público: reducir el gasto gubernamental excesivo que constituye la raíz del problema. Más complicada es la propuesta de reformar el impuesto sobre la renta. Soy partidario de un impuesto bajo y uniforme (flat tax), pero soy realista de que, en nuestro país, hoy vivimos dos regímenes tributarios totalmente diferentes. Uno actualmente aplicable a empresas y personas ubicadas en el territorio nacional y otro con una exoneración plena del impuesto sobre la renta a gran cantidad de empresas, principalmente extranjeras, que se haya en zonas francas y similares. Soy consciente del beneficio para el país de la inversión extranjera, pero hay una enorme distorsión, cuando sólo los primeros son el objeto de cualquier aumento tributario, en tanto que a los segundos no se les hace partícipes de financiar el gasto estatal, que incluso puede ir en su propio beneficio, directo o indirecto.

Propongo, en primer lugar, que la reforma tributaria no se traduzca en un aumento de la carga impositiva y, en segundo lugar, que haya un sistema tributario dual, con tasas bajas y uniformes dentro de cada uno de los grupos.  Las empresas atraídas a invertir en zonas francas del país, empezarían a pagar después de cinco años de haber iniciado sus operaciones de producción, de manera que ya pueden haber recuperado, al menos en gran parte, su inversión inicial. Una tasa uniforme entre 5 y 10% es la que propondría para aplicarle a estas empresas, en tanto que las nacionales pagarían una tasa uniforme del 20% y las personas físicas una única del 12%. Por supuesto, que se eliminarían todas las exoneraciones actuales, excepto la llamada exención básica. Hoy esas exoneraciones más favorecen a quienes tienen mayores ingresos que a los de menores ingresos: todos iguales ante la ley.

RETO 8: La posición democrática que parece persistir en nuestro medio, de que una mayoría hace razón, continuará su embate, poniendo en peligro las libertades individuales.

COMENTARIO: Quedemos muy en claro: como el político liberal Winston Churchill, creo que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos.  Esto significa que no estaré de acuerdo en que, por una mayoría democrática, se conculquen los derechos esenciales de las personas, derechos propios de la naturaleza humana, que no deben estar sujetos a la volubilidad política, sino ser garantizados permanentemente por el orden político. Hay gente que cree que, porque una mayoría opina en cierta manera, eso da razón para definir leyes en dicho sentido. Me imagino, por ejemplo, que si una mayoría democrática cree que los gordos y bigotones deben ser eliminados, es razón para así hacerlo. Así lo hizo Hitler con los judíos, Stalin con muchas etnias en Rusia o Mao en el caso de la Revolución Cultural. Como ser humano, como gordo y bigotón, me opongo hasta la muerte frente a tal pretensión –de todos modos me iban a acabar. Por eso es necesario cuando hablamos de una democracia, que esta sea limitada y no ilimitada. Que esté refrenada por el principio esencial de la libertad individual. Los derechos de las minorías deben siempre estar garantizados ante las pretensiones de una mayoría del momento.

RETO 9:   Ojalá que en los años venideros, veamos una disminución de las trabas burocráticas y en el número de entes burocráticos.

COMENTARIO: Es necesario fortalecer nuestros esfuerzos por mostrar el enorme costo que para nuestra sociedad tienen tales obstáculos y desperdicio de recursos escasos. No podemos quedarnos contentos y satisfechos con que, en un índice acerca de Cómo Hacer Negocios, el país haya avanzado 12 lugares entre el 2012 y el 2013, si continuamos en la ignominia e inutilidad de ser el número 110 entre 185 naciones. Seguimos estando sumamente atrasados en cuanto a la eficiencia con que el país –principalmente el estado- promueve la creación de empresas. Continuamos siendo una más del montón del Tercer Mundo.  Les doy un dato: Mientras que en Costa Rica se estima que se tarden 60 días (si es que se lo creen), en América Latina y el Caribe, el promedio es de 53 y en los países desarrollados, que conforman lo que se denomina la OCDE, se dura tan sólo 12 días.

RETO 10: En nombre de una lucha en contra de la pobreza, probablemente veremos cómo se tomarán medidas, que más bien frenan nuestras posibilidades de crecimiento.

COMENTARIO: El principio económico fundamental es la limitación de recursos que se pueden destinar a satisfacer la infinitud de necesidades y deseos de los seres humanos. Es el principio de la escasez. Ante esto, es trascendental el tema de cómo lograr el mayor incremento posible de la producción, destinada a satisfacer esas aspiraciones.  El sistema de mercado, basado en la propiedad privada, en la división del trabajo y el intercambio libre entre las personas, ha probado históricamente ser el factor que, con mayor posibilidad, permite que las economías crezcan.  El estado es necesario en dicho orden económico. De su necesidad para asegurar la vigencia de los contratos y la seguridad externa y externa de una nación, no debe dejarse que se convierta en un obstáculo para el crecimiento económico.  Al afectar las decisiones de las personas de intercambiar libremente, introduce distorsiones que hacen que los individuos no busquen la mayor producción posible. 

Habrá intervenciones gubernamentales que, en ciertas circunstancias, podrían ser deseables, como, por ejemplo, cuando la acción de una persona afecta a otra y no se le compensa debidamente por ello (externalidades negativas claramente definidas y en donde se tome en cuenta el costo de esa intervención estatal). Lo que está sucediendo es que, ante cualquier situación o circunstancia que se presenta en la economía, que no sea del pleno gusto de una persona o grupo de ellas, se busca usar el poder regulatorio del estado, para que el libre accionar de aquellas personas, sea forzado a conformarse con los intereses propios de quienes demandan regulaciones y no a los de los partícipes del libre intercambio.  

CONCLUSIÓN: 

Al final de la jornada, soy optimista en cuanto al futuro de la libertad en nuestro país. Es cierto que hay momentos en que el pesimismo se hace presente. Pero me acuerdo de cuando era un boy scout, siendo niño, en que, al anochecer, antes de dormirnos, nos reuníamos alrededor de unos leños que ardían.  Al rato empezaban a apagarse hasta que la luz se extinguía. Algo similar me parece que sucede con la libertad en nuestro país.  Pero nunca habré de olvidar que, en aquel entonces, teníamos, a la par nuestra, fósforos, yesca y tal vez algún leño semi-encendido, que al día siguiente nos devolverían el fuego perdido.

La libertad es inherente al alma humana. Debemos luchar porque haya siempre un fósforo en la mano de algún individuo, que permita que la flama de la libertad pueda seguir alumbrando el camino del progreso humano. Soy optimista en que eso lo podremos lograr.

*Palabras expresadas en ocasión del seminario de ANFE “Perspectivas para el Liberalismo en Costa Rica”, celebrado el 21 de marzo del 2013 en el Hotel Holiday Inn.

Jorge Corrales Quesada

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Desde la tribuna: mentalidad burocrática

Ciertamente, hay necesidad de administrar las cosas, ello es innegable.  La acción gubernamental requiere administración y esto también es innegable. El problema surge cuando la función se vuelve un fin en sí misma y no un medio para cumplir los fines de la organización social.

La sociedad existe porque hay organización (normas y gestores), eso no es el problema.  El punto radica en cuánta norma es necesaria y cuánta organización es justificable. Varios pensamientos insisten en el principio de acción subsidiaria del Estado como un evaluador o medidor permanente de la acción pública. La doctrina social de la Iglesia ha llegado a expresar, además, “tanto Estado como sea necesario, tanta sociedad como sea posible”.

El mecanismo de suspensión de garantías, existente prácticamente en todas las Constituciones políticas, existió incluso en las más liberales (pero, por supuesto, no en tan gran extensión como aparece en algunas de las actuales). Ello es una muestra de que, ante ciertas situaciones concretas, se admite que el Gobierno o la Administración Pública tenga incluso potestades excepcionales (situaciones de urgencia y emergencia). El problema es que dentro de la sociedad el Estado pesa cada día más y, además, dentro del Gobierno la burocracia también pesa cada día más. Por consiguiente, la sociedad tiene que soportar una burocracia cada día más pesada. Pero no se trata solo de su peso en kilogramos (que es mucho) sino en su ideología. Cuando John Stuart Mill abogaba por una limitación del poder público, explicaba que aparte de que la mayoría de las veces las personas hacen mejor lo que les es atinente (frente al poder) y de que incluso cuando no es así resulta apropiado que lo hagan para que aprendan, también sucede que el poder tiene una tendencia a justificarse, perpetuarse y fortalecerse.  

Aunque ahora se denomina “burocracia” a la organización y al conjunto de servidores públicos, las restantes dos acepciones del DRAE son absolutamente precisas y evidentemente peyorativas: “3. Influencia excesiva de los funcionarios en los asuntos públicos” y “4. Administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas”.

En una institución autónoma promedio, la mayor parte de los integrantes de la Junta Directiva (con excepción, obviamente, de la Presidencia Ejecutiva) devenga una dieta de unos ₡40,000.oo por sesión.  Ello resulta en unos ₡160,000.oo al mes, de los cuales se deducen los importes tributarios. Con esos recursos (pago por su tiempo) se enfrentan a la Presidencia Ejecutiva, a las Gerencias y demás dependencias que tienen altos salarios y todo el tiempo del mundo. Aparte de ello, algunos se ponen la “camiseta” de la institución a la van a dirigir.  Resultado: uniformidad burocrática.

Por ello no es de extrañar que terminen “volviendo el rótulo para adentro”, en alusión a una supuesta práctica inconveniente para el cantinero, pero imperdonable para el funcionario público. Ello explica la fruición burocrática con que se le espetan al pobre administrado frases como “falta un timbre”, “hoy no se puede”, “no hay sistema”, “tiene que venir mañana o la próxima semana”, “eso no se puede hacer”, “ya se le venció el tiempo”, “tome su ficha”, “haga fila en la otra ventanilla”, “no es tan fácil como usted cree” o “el encargado está de vacaciones”.

No es de extrañar que, en la mentalidad burocrática, sea más importante el régimen de retiro, la pensión privilegiada, que el espíritu de servicio. No es de extrañar que los burócratas hagan mentalidad de cuerpo en todas las dependencias públicas y tiendan a comportarse de manera similar. Y, por supuesto, es perfectamente explicable que esta mentalidad no admita el silencio positivo, los derechos de los ciudadanos, el valor de la libertad ni la importancia de la responsabilidad.

La mentalidad burocrática siempre tenderá a pedir más requisitos, a no valorar el tiempo de las personas, a obstaculizar la libertad ajena, a minimizar los derechos ciudadanos, a encontrar excepciones a las reglas de simplificación, a molestarse con los plazos cortos, a maximizar los defectos de una solicitud y minimizar los vicios de la actuación pública.  Con gusto convalidará las nulidades públicas pero, con más placer aún, denunciará las imperfecciones privadas.  

Desdichadamente, la inflación jurídica y el activismo legislativo se alían con la mentalidad burocrática, cargando a la sociedad de leyes y requisitos, de tramitomanía y exigencias, de sanciones y prohibiciones, junto con una relativización de las libertades públicas.  

¡Esa es la realidad!  Hay que hacer un esfuerzo por detener tal inercia y poner las cosas en su lugar.

Federico Malavassi Calvo

jueves, 30 de agosto de 2012

Jumanji empresarial: trilogía poética

Los caballeros de la política
 
Los caballeros de la política desde ya alistan sus armas, afinan su discurso, escogen a sus chivos.
Los caballeros de la política desde ya preparan sus mentiras, sacan a relucir sus máscaras, abren sus billeteras.
Los caballeros de la política desde ya adoctrinan a sus familias, seleccionan a sus amigos, identifican a sus enemigos.
¡Los caballeros de la política desde ya dejaron de ser humanos!

 

¡El príncipe ha llegado!

¡El príncipe ha llegado!
desde la Iberia, fue anunciada su llegada,
sin ser caudillo en propiedad, solo por relación, de padre e hijo y ambición,
su asamblea es convocada, sus soldados anunciados,
sea suya o de su padre, la autoridad se le es dada,
confianza pide, y confianza se le ha dado.

Olvidando su pasada vanidad,
olvidando su pasada insensatez,
olvidando que una vez,
el olvido a su tierra,
y esta a él,
y a su desfachatez.

Parásitos y Burócratas

La muerte y los impuestos no se pueden evitar, 
de las garras del burócrata, no podemos escapar.

De seguridad y sustento, el burócrata, no se tiene que ocupar,
mientras otros inseguros, velen por su bienestar,
chupa, chupa el parasito, a su huésped sangrara,
caso omiso a su ignorancia,
caso omiso a su violencia,
caso omiso a su suicidio,

Y es así, como el parasito y el burócrata, al huésped y al inseguro, algún día, mataran.

jueves, 8 de marzo de 2012

Jumanji empresarial: de la desconfianza a la confianza


La desconfianza, como mecanismo de supervivencia, tiene una base psicobiológica muy arraigada en la historia de la adaptación del hombre y de las demás especies del reino animal.

Mecanismo hasta cierto punto compulsivo, que se manifiesta desde las arcaicas estructuras del sistema límbico primordial, la desconfianza es un instinto básico de protección del individuo ante lo desconocido y ante su propia falta de control del entorno. Las pasiones y emociones básicas - el miedo, la ira…- que tienen sus raíces en el hipotálamo, son acentuadas por este demonio que llamamos desconfianza y que puede variar de individuo a individuo, según la arquitectura cerebral y las experiencias de vida de cada uno.

Podríamos decir entonces que la confianza, en sí misma, es la ausencia de desconfianza, dado que el estado de alerta natural del ser humano lo obliga a permanecer en una situación de sospecha en equilibrio que solo baja su escudo si se presentan señales del entorno que ayuden a desactivarla y, por ende, a aumentar el nivel de confianza.

Con esto en mente, ¿cómo hacemos para construir confianza en las comunidades humanas, por ejemplo en la sociedad costarricense, cuando por muchos años se ha vivido bajo un esquema sociocultural en que la desconfianza ha influido en la generación de leyes, educación, reglamentos y comportamientos civiles que alimentan el círculo vicioso de la suspicacia colectiva y una escasa empatía.

En Costa Rica, igual que en otros países de Latinoamérica, los líderes políticos y empresariales han cometido el error, durante muchos años, de acentuar los sentimientos de vulnerabilidad e incertidumbre de los ciudadanos por medio de sistemas educativos estatizados y estandarizados, un paternalismo excesivo con asistencias pedestres y, lo más grave, un sinnúmero de leyes, reglamentos y controles que hacen de los asuntos colectivos una verdadera pesadilla.

Si lo que realmente queremos es desactivar el exagerado nivel de prevención y desconfianza ciudadana, resulta evidente que estamos enviando las señales equivocadas, cuando contamos con entidades de control y comando remoto como el Setena, el ministerio de salud, el MEP, la Contraloría, la Procuraduría y otras que sacan a relucir continuamente los errores de procedimiento, de por sí tediosos, y las diferencias regionales naturales, a menudo sin tomar en cuenta el carácter local y particular de los problemas colectivos.

Es urgente que pasemos, en nuestro país, de un sistema de desconfianza redundante a uno de confianza y empatía básica, en el que nos atrevamos a formar individuos con confianza en sí mismos y a otorgar fe pública a ciudadanos con una moral y conocimiento superiores al mismo Estado, cada quien en su área, para que ayuden a velar por el cumplimiento de las leyes generales, evitando que estas se vuelvan una traba al desarrollo.

Además, hay que eliminar los obstáculos al comercio y la interacción personal, como los aranceles y controles proteccionistas, los impedimentos migratorios, y las regulaciones nacionales, que impiden el libre intercambio entre seres humanos, por el simple hecho de proteger a grupos económicos, instituciones y burócratas irresponsables e ineficientes. Esta comprobado que un alto grado de libertad económica e individual, aumenta los niveles de confianza entre los ciudadanos.

Se trata, en todo caso, de una gran asignatura pendiente que podría convocarnos y hermanarnos y que tiene algo de los mejores sueños de la humanidad.

Andrés Pozuelo Arce

jueves, 16 de febrero de 2012

Jumanji empresarial: ¿qué le ha hecho el Gobierno a nuestras familias?


En su pequeño libro Burocracia, Ludwig von Mises apunta que el socialismo moderno “lleva con mano firme al individuo de la cuna a la tumba”, al tiempo que “los niños y adolescentes se integran firmemente en el omnicomprensivo aparato de control del estado”. En otro contexto, contrasta “capitalismo” con “socialismo” y concluye: “No hay compromiso posible entres estos dos sistemas. Al contrario que la falacia popular, no hay una vía intermedia, ningún posible tercer sistema como patrón de un orden social permanente”. Mi comentario se centrará en la validez de la última afirmación, vista a través del destino de una familia e hijos en la quintaesencia del estado de “vía intermedia” que es la Suecia moderna.

Al mirar a Suecia, encontramos un caso clásico de manipulación burocrática para destruir al principal rival del estado como centro de lealtad: la familia. Al ver esta rivalidad entre estado y familia, es importante entender que en todas las sociedades es constante un nivel básico de “dependencia”. En toda comunidad humana hay niños, personas muy ancianas, individuos con minusvalías importantes y otros que están seriamente enfermos. Esta gente no puede cuidar de sí misma. Sin la ayuda de otros, morirían. Toda sociedad debe tener una forma de prestar atención a estos dependientes. Bajo el predominio de la libertad, la institución natural de la familia (complementada y apoyada por las comunidades locales y las organizaciones voluntarias) proporciona la protección y el cuidado que necesita esta gente “dependiente”. De hecho, es la familia autónoma (y solo en la familia) donde funciona realmente el principio socialista puro: de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades.

El auge del estado del bienestar puede describirse como la constante transferencia de la función de “dependencia” de la familia al estado, de las personas ligadas por lazos de sangre, matrimonio o adopción a las personas ligada a funcionarios públicos. El proceso empezó en Suecia a mediados del siglo XIX, a través de proyectos burocráticos que empezaron a desmantelar las relaciones entre padres e hijos. Como es habitual, la primera afirmación del control del estado sobre los niños se produjo en la década de 1840, con la aprobación de una ley de asistencia obligatoria a la escuela. Aunque justificada como una medida para mejorar el conocimiento y bienestar del pueblo, la dinámica profunda era la socialización del tiempo de los niños, a través de la suposición de que los funcionarios del estado (los burócratas del reino de Suecia) sabían mejor que los padres cómo debían emplear los niños su tiempo y de que no podía esperarse o confiarse en que los padres protegieran a los hijos ante la explotación.

El siguiente paso se produjo en 1912, con la legislación que prohibía el trabajo infantil en las fábricas y hasta cierto punto en las granjas. De nuevo, se suponía implícitamente que los funcionarios del estado del bienestar eran mejores jueces del uso del tiempo de los niños y más compasivos con ellos de lo que serían o podrían ser los padres.

El paso final se produjo casi al mismo tiempo, cuando el gobierno sueco implantó un programa de pensiones de ancianidad o jubilación que rápidamente se convirtió en universal. El hecho subyacente fue aquí la socialización de otra función de la dependencia, esta vez la dependencia de los “muy viejos” y los “débiles” respecto de los adultos maduros. Durante milenios, el cuidado de los ancianos había sido asunto de la familia. A partir de aquí, iba a ser cosa del estado. Juntando todas estas reformas, el efecto neto era socializar el valor económico de los niños. La economía natural de las familias y el valor que los niños habían producido a los padres (ya sea como trabajadores en la empresa familiar o como “póliza de seguro” para la vejez) se eliminaron. A los padres se les dejaba todavía los costes de criar a los niños, pero la “sociedad”, en el sentido del estado burocrático, se había apropiado de la ganancia económica que acababan representando

El resultado predecible de este cambio, como os diría un economista de la “Escuela de Gary Becker”, sería una menor demanda de niños y esto es exactamente lo que pasó en Suecia. Desde finales del siglo XIX, la fertilidad sueca estuvo en caída libre y en 1935 Suecia tenía la menor tasa de natalidad del mundo, por debajo del nivel de crecimiento cero en el que una generación se limita a reemplazarse a sí misma.

La teoría habitual de la transición demográfica ha sido desde hace mucho que esta caída en la tasa de natalidad era la consecuencia necesaria e inevitable de la industrialización moderna: que los incentivos de una economía capitalista destruyen las relaciones familiares tradicionales. Aunque es verdad que la estructura tradicional de la familia afronta nuevos tipos de problemas en la sociedad industrial, trabajos más recientes sugieren que, de hecho, el mayor desafío lo produce el crecimiento del estado.

Viendo la experiencia de muchas naciones, el demógrafo de la Universidad de Princeton, Norman Ryder, considera como la principal causa común de la baja en la fertilidad a la educación pública masiva. “La educación de las jóvenes generaciones es una influencia subversiva”, dice. “Las organizaciones políticas, como las económicas, reclaman lealtad y tratan de neutralizar el particularismo familiar. Hay una lucha entre la familia y el estado por la mentes de los jóvenes”, en la que la escuela estatal obligatoria sirve como “el instrumento principal para enseñar ciudadanía, apelando directamente a los niños por encima de los padres”. Confirmando la validez universal del ejemplo sueco, Ryder añade que mientras que la educación obligatoria aumenta los costes de los padres, las prohibiciones del trabajo infantil reducen aún más su valor económico. Además, un sistema público de seguridad social recorta los lazos naturales entre generaciones de una familia de otra manera, dejando al estado como centro de la lealtad primaria.

Aunque el sistema familiar de la nación puede reorganizarse, durante un tiempo, alrededor de la unidad nuclear de reproducción “marido-esposa”, incluso esa base de independencia acaba disolviéndose. El resultado final de la intervención del estado, dice Ryder, es una fertilidad que decrece progresivamente, con los individuos viviendo solos en una relación dependiente con el gobierno.

Las contradicciones propias de este método de organización social se aprecian en Suecia a principios de la década de 1930. Habiendo caído tasa de natalidad por debajo del nivel de crecimiento cero, los conservadores suecos se desesperaban por la “amenaza de despoblación” y la desaparición de los niños suecos. Estas voces argumentaban que el problema profundo era la dislocación espiritual o el declinar del cristianismo o el aumento del materialismo o el egoísmo personal. Nadie (ni un alma en la derecha política) reparaba en los problemas que se encontraban en la legislación educativa y social de los últimos 90 años. Así que cuando la “crisis de población” se hizo candente en Suecia, la situación estaba madura para la demagogia y la explotación.

En esta situación, dos jóvenes sociólogos suecos, Gunnar Myrdal y su esposa, Alva Myrdal, dieron un paso al frente. Antes de empezar con su uso y abuso del asunto de la población, dejadme que os diga unas pocas cosas acerca de sus antecedentes y las influencias que pusieron en práctica en su trabajo.

La paternalismo burocrático tenía una larga historia en Suecia, enraizado en el aparto estatal creado por los reyes Vasa a principios del siglo XVI y evolucionado a través de la aplastante autonomía regional a la estela de la fracasada revuelta de Nils Dacke en la década de 1540. Aún así, los Myrdal representaban algo nuevo, y “muy siglo XX”. Eran sociólogos (intelectuales académicos) dedicados a un nuevo tipo de activismo de estado. Como explicaba la propia Alva Myrdal: “La política [hoy] ha (…) caído bajo el control de la lógica y el conocimiento técnico y por tanto se ha visto obligada a convertirse en esencia en ingeniería social constructiva”.

Segundo, aunque a los estadounidenses se les haya acosado con repetidos comentarios sobre la sabiduría del “modelo sueco”, es importante apuntar cuánto del nuevo estado sueco de bienestar se basaba en la experimentación estadounidense. Ambos Myrdal dedicaron el año académico 1929-1930, los últimos meses de la “era progresista”, a viajar a Estados Unidos, con becas proporcionadas por la Fundación Laura Spelman Rockefeller. En este periodo, Alva Myrdal cayó bajo la influencia de la llamada “escuela de sociología de Chicago”. En particular, William Ogburn, imprimió en ella su opinión de que el estado y la escuela habían crecido inevitablemente a costa de la familia y que la familia afrontaba una progresiva “falta de funciones” al retirarse de la necesidad histórica a una preocupación exclusiva por la personalidad. Alva Myrdal también estuvo bastante tiempo en el Instituto de Desarrollo Infantil de la Universidad de Columbia y visitando guarderías experimentales y centros de atención de día operando bajo concesiones de la Fundación Rockefeller, ejemplos de cría social que la impresionaron profundamente.

Por su parte, el trabajo de Gunnar Myrdal en Columbia y la Universidad de Chicago le hicieron consciente del tremendo potencial político que podía encontrarse en el emergente debate de la “crisis de población” sueca.

En un importante artículo de 1932, “El dilema de la política social”, para el progresista periódico sueco, Spektrum, Gunnar Myrdal movía la palanca política necesaria. Empezaba remontando el compromiso en Europa antes de 1914 de un “socialismo de influencia liberal” con un “liberalismo con influencia socialista”. Bajo este acuerdo, decía, el liberalismo del siglo XIX había abandonado su pesimismo maltusiano y dogmatismo librecambista y había abrazado en su lugar la necesidad de reformas para proteger a los trabajadores, mientras que los socialistas habían abandonado los objetivos de la revolución y la redistribución masiva de propiedades, contentándose con pasos progresivos en la ayuda a la clase trabajadora.

Sin embargo, la Guerra Mundial había hecho trizas este compromiso. Myrdal declaraba que el liberalismo clásico estaba muerto y sus partidarios dispersados. También argumentaba que el movimiento de los trabajadores tenía que volver a radicalizarse y buscar un nuevo tipo de política social. Bajo el viejo compromiso, decía Myrdal, la política social se había orientado a los síntomas, dando ayuda a los pobres o los enfermos. La nueva política social, declaraba, debía ser de naturaleza preventiva. Los sociólogos, utilizando técnicas modernas de investigación, la tenían ahora en su poder de usar el estado para impedir que aparecieran patologías sociales. Cuando se basaban en premisas de valores orientados humanamente y una ciencia racional, decía, estas políticas sociales preventivas llevaban a un “matrimonio natural” de la solución técnica correcta con la solución radical política. Myrdal apuntaba concretamente a la crisis sueca de la población, como una oportunidad para un análisis sociológico racional para producir ideas eficaces y radicales para un cambio forzado por el estado.

Los Myrdal dieron cuerpo a este programa en su libro superventas de 1934, Crisis n la cuestión de la población, un volumen brillantemente argumentado que transformó sustancialmente a los suecos. Mientras que los conservadores suecos continuaron preocupándose por la inmoralidad sexual, los Myrdal apuntaban directamente a las contradicciones creadas por un incompleto estado del bienestar. Anteriores acciones del gobierno, como la asistencia obligatoria a clase, la prohibición del trabajo infantil y las pensiones públicas de vejez, admitían, habían eliminado el valor de los niños para los padres. Pero los costes de los niños seguían en casa. En consecuencia, los niños se habían convertido ahora en la principal causa de pobreza. Dados los incentivos establecidos por el estado, las mismas personas que más contribuyeron a la supervivencia de la nación al tener hijos se habían visto arrastradas a la pobreza, las malas viviendas, la malnutrición y las pocas oportunidades de ocio. Lo que ahora afrontaban los jóvenes era una elección voluntaria entre pobreza con hijos o un nivel superior de vida sin ellos. A los jóvenes adultos se les obligaba a apoyar a los jubilados y los necesitados a través del sistema del bienestar y también a los hijos que tuvieran. Bajo esta múltiple carga, habían elegido reducir el número de hijos como único factor que podían controlar. El resultado, para Suecia, era la despoblación y el fantasma de la extinción nacional.

Según los Myrdal, solo había dos alternativas. La primera (desmantelar la escolarización estatal, las leyes de trabajo infantil y las pensiones públicas para restaurar la autonomía familiar) “no merecía la pena siquiera explicarse”. La otra, la única alternativa práctica, era completar el estado de bienestar y eliminar los desincentivos existentes de los niños socializando prácticamente todos los costes indirectos que implicaban su nacimiento y cría. El argumento real era algo así: para resolver los problemas causados, en gran parte, por anteriores intervenciones del estado, el gobierno tiene ahora que intervenir completamente.

Esto significaba un nuevo tipo de bienestar: “Se refiere a una política social preventiva, guiada íntimamente por el objetivo de aumentar la calidad del material humano y al mismo tiempo poner el práctica políticas radicales de redistribución que hagan a que una parte significativa de la carga de sostener a los niños concierna a toda la sociedad”. La burocracia del Estado nunca había disfrutado antes de una capacidad como ésa. Por la misma naturaleza de la palabra, una política “preventiva” abría a todas las familias suecas a subvenciones, escrutinio y control. Uno nunca podía saber dónde podía producirse un problema: por tanto, debían implantarse medidas universales de intervención burocrática para hacer de la prevención una realidad.

Destacando este imperativo, los Myrdal concluían: “la cuestión de la población se transforma así en el argumento más eficaz para una remodelación socialista integral y radical de la sociedad”. La alternativa, decían simplemente, era la extinción nacional.

Su programa abarcaba asignaciones universales para ropa para niños, un plan universal de seguro sanitario, un derecho universal a guardería, campamentos públicos de verano para niños, desayuno y comida gratuitos en las escuelas, alojamiento familiares financiados por el estado, primas de maternidad para cubrir los costes indirectos de tener niños, préstamos por matrimonio, el expansión de los servicios públicos de maternidad y parto, planificación económica centralizada, etcétera. Su objetivo era en la práctica la socialización del consumo, proporcionando a todas las familias una serie de servicios estatales determinada racionalmente y bastante uniforme, gestionada por funcionarios públicos y financiada por impuestos a los ricos y los que no tenían hijos.

Las críticas de que su programa, en realidad, amenazaba a la familia, producían la respuesta característicamente tajante: “la pequeña familia moderna es casi (…) patológica”, decían los Myrdal. “Los viejos ideales deben morir con las generaciones que los apoyaban”.

Las apelaciones a la libertad y la autonomía familiar traían respuestas igualmente mordaces. Los Myrdal acusaban al “falso deseo individualista” de los padres de “libertad” para criar a sus propios hijos de tener un origen enfermizo: “mucho del cansino patetismo que defiende la ‘libertad individual’ y la ‘responsabilidad por su propia familia’, se basa en una disposición sádica a extender esta ‘libertad’ a un derecho ilimitado y descontrolado a dominar a otros”.

Para educar a los niños apropiadamente para un mundo socialmente cooperativo, “debemos liberar más a los niños de nosotros”, entregándolos a expertos certificados por el estado para su cuidado y formación. La guardería colectiva gestionada por expertos controlados por el estado, en lugar de la patológica familia pequeña, estaba más en línea con los objetivos apropiados de eliminar las clases sociales y construir una sociedad basada en la democracia económica.

Entre 1935 y 1975, el programa doméstico de los Myrdal guió, a trancas y barrancas, la evolución del estado sueco del bienestar. Periodos de activismo políticos y burocrático (de 1935 a 1938, de 1944 a 1948 y de 1965 a 1973) se vieron salpicados por una evidente terca resistencia entre el pueblo sueco o por restricciones presupuestarias que retrabaron su completa implantación. Aún así, al final del proceso se habían implantado la mayoría de los elementos del programa familiar de los Myrdal.

¿Cuáles fueron los resultados concretos? Con la familia privada, por cortesía del estado, de toda función productiva, de toda función de seguro y bienestar y de la mayoría de las funciones de consumo, debería sorprender poco que cada vez menos suecos decidan vivir en familia. La tasa de matrimonios cayó a un récord mínimo entre las naciones modernas, mientras que aumentó la proporción de adultos viviendo solos. Por ejemplo, en el centro de Estocolmo dos tercios de la población vivían en familias unipersonales a mediados de la década de 1980. Con los costes y beneficios de los niños completamente socializados y eliminadas por ley las ganancias económicas naturales del matrimonio, también se separó el cuidado de los niños del matrimonio: en 1990, muchos más de la mitad de los nacimientos suecos fueron extramatrimoniales.

También los niños disfrutaban como “derechos” de una gran parte de los beneficios ofrecidos por el estado: atención médica y odontológica gratuita, transporte público abundante y barato, comidas gratis, educación gratuita e incluso “abogados de niños” preparados para intervenir cuando los padres superaran sus límites. Tampoco los niños necesitaban ya una “familia”: el estado servía ahora como su padre real.

De hecho, el sociólogo de la Universidad de Rutgers, David Poponoe, sugiere que el término “estado de bienestar” ya no hace justicia a esta forma de dependencia personal total del gobierno. En su lugar utiliza la etiqueta “sociedad clientelar”, para describir una nación “en la que los ciudadanos son en su mayor parte clientes de un gran grupo de funcionarios públicos que se ocupan de ellos a lo largo de sus vidas”.

En Suecia, los viejos están “libres” de dependencia potencial respecto de sus hijos adultos; niños y adolescentes están “libres” de depender de sus padres para su protección y apoyo básico; los adultos están “libres” de obligaciones positivas respecto de sus padres o hijos biológicos y los hombres y mujeres están “libres” de cualquiera de las promesas mutuas que en un tiempo encarnaba el matrimonio. Esta “libertad” ha llegado a cambio de una dependencia universal común del estado y la casi completa burocratización de lo que en un tiempo fue la vida familiar. Von Mises tenía razón: aquí se prueba que no hay una “vía intermedia”; por ele contrario, Suecia representa una versión más completa y por tanto más opresiva del orden doméstico socialista, uno que supera en su integridad incluso al de la Unión Soviética. Pero el moderno estado de bienestar sueco contiene sus propias contradicciones, problemas que ahora van apareciendo.

Para empezar, la “contradicción demográfica” del estado de bienestar no se elimina tan fácilmente. En un orden democrático de búsqueda de rentas, los que controlen la mayor cantidad de votos disfrutarán de mayores ganancias. En incluso en Suecia sigue siendo cierto que los viejos votan, mientras que los niños no. Aunque la “política familiar” de Suecia haya sido suficientemente eficaz como para destruir a la familia como entidad independiente, no ha tenido éxito a la hora de acabar con el flujo de programas públicos y rentas de los relativamente jóvenes a los relativamente viejos.

Segundo, el estado clientelar nunca podrá proporcionar toda la atención que necesite una sociedad, sencillamente porque hacerlo sería demasiado caro. Al mismo tiempo a las familias en el estado del bienestar se las penaliza cuando se prestan atención a sí mismas, porque así renuncian a los beneficios de la atención pública y solo se les recompensa con atención pública cuando dejan de dar atención de carácter familiar. El funcionario danés del bienestar, Bent Andersen, ha explicado así el problema:

El estado del bienestar justificado racionalmente tiene una contradicción interna: si ha de cumplir sus funciones atribuidas, sus ciudadanos deben evitar explotar al máximo sus servicios y provisiones; es decir, deben comportarse irracionalmente, motivados por controles sociales informales, que, sin embargo, tienden a desaparecer a medida que crece el estado del bienestar.
Esta contradicción ha sido lo que ha impulsado la reciente rebelión contra el estado clientelar moderno, una rebelión que empezó (en los países escandinavos) en Dinamarca y Noruega mediante el éxito de los Partidos del Progreso antiestatistas y que ahora se ha extendido a Suecia. El mes pasado, los socialdemócratas suecos sufrieron una gran derrota electoral, perdiendo el poder en las elecciones nacionales ante una coalición de centro-derecha, unida bajo la promesa común de recortar el estado del bienestar. Muy sorprendente fue la aparición de dos nuevos partidos, que ahora tienen escaños en el Riksdag (o Parlamento) sueco por primera vez.

El primero de ellos (los cristianodemócratas) hizo del lamentable estado de la vida familiar sueca el tema principal de su programa. Reclamaban una reducción de la interferencia burocrática en las relaciones familiares y acabar con los incentivos del estado que animan a los nacimientos extramatrimoniales y desaniman el cuidado de los niños por los padres. El otro nuevo partido, llamado Nueva Democracia, combina temas libertarios de grandes reducciones de impuestos, grandes reducciones de prestaciones y acabaran con la ayuda exterior con medidas para acabar con la inmigración. Juntos, estos nuevos grupos resultan la bisagra del poder parlamentario. La eliminación de las prestaciones del bienestar raramente ha tenido éxito, pero por primera vez desde la década de 1930, los suecos tienen una oportunidad de recobrar algo de autonomía familiar y libertad personal.

Así que todo señala que parecería que el modelo sueco, la “vía intermedia”, la tercera opción, ha sido desacreditada, igual que se ha derrumbado el comunismo, la segunda vía. Sin embargo, por desgracia, el modelo sueco pervive (y puede prosperar pronto) aquí en Estados Unidos, donde la misma lógica y argumentos utilizados por los Myrdal en la década de 1930 están cerca del éxito político.

En un libro de 1991 titulado When the Bough Breaks, publicado por Basic Books (la principal editorial neo-conservadora), la economista Sylvia Ann Hewlett escribe: “En el mundo [moderno] no solo los niños resultan ‘improductivos’ para sus padres, sino que conllevan grandes gastos de dinero. Las estimaciones del coste de criar un niño van de los 171.000$ a 265.000$. A cambio de esos gastos, ‘se espera que un niño proporcione amor, sonrisas y satisfacción emocional’, pero no dinero ni trabajo”.

Continúa: “Lo que nos lleva a un dilema estadounidense crítico. Esperamos que los padres gasten cantidades extraordinarias de dinero y energía en criar a sus hijos, cuando es la sociedad en su conjunto la que recoge las recompensas materiales. Los costes son privados, los beneficios son cada vez más públicos. (…) En la era moderna, confiar en un cariño paternal irracional para aceptar la empresa de criar niños es un negocio arriesgado, insensato y cruel. Es hora de que aprendamos a compartir los costes y cargas de criar a nuestros hijos. Es hora de tomar alguna responsabilidad colectiva para la siguiente generación”.

Hewlett continúa exponiendo un nuevo programa político para Estados Unidos, incluyendo bajas de paternidad obligatorias, acceso gratuito garantizado a atención sanitaria maternal e infantil, provisión pública de atención infantil de calidad, más “inversión educativa”, grandes subvenciones familiares a familias con hijos, etcétera.

¿Suena familiar? Debería: son los mismos argumentos y el programa básico propuesto a los suecos por Alva y Gunnar Myrdal, ya en 1934, aunque desprovisto de su retórica más radical y abiertamente socialista. Sin embargo es un libro que llevó al presidente (jubilado) de Proctor and Gamble, Owen Butler, a declarar: “La conclusión es inevitable. Si no invertimos más inteligentemente hoy en nuestros hijos, el futuro económico y social de la nación está en peligro”. Son también los argumentos que dominan la llamada nueva política infantil, en Washington.

Al mismo tiempo, la “política social preventiva” se ha convertido en el grito de guerra de otros defensores estadounidenses del cambio. Los argumentos suenan familiares: la ayuda por parte de funcionarios del estado al principio de la vida es más económico y eficaz que ayudar después; cuanto más esperemos antes de descubrir los síntomas de estrés, más costoso será; “las intervenciones tempranas presentan el problema de todas las inversiones en crecimiento: los dividendos llegan más tarde”, etc., etc. Todo suena razonable, en cierto modo, pero el producto final sería una pesadilla de gobierno burocrático y la virtual destrucción de la familia en Estados Unidos.

En el informe de septiembre del Consejo Asesor de EEUU sobre Maltrato y Abandono de Niños, vemos el aroma de este amenazante nuevo orden estadounidense. Este consejo, nombrado exclusivamente por las administraciones de Reagan y Bush, calificaba al maltrato de niños como una “emergencia nacional”, añadiendo: “Ningún otro problema puede igualar su poder de causar o exacerbar una serie de males sociales”. El descubrimiento clave del informe es que los gobiernos federal y estatales han gastado demasiado tiempo investigando casos sospechosos de maltrato; por el contrario, el gobierno federal debería centrarse en prevenir el maltrato y el abandono antes de que se produzcan. El Consejo recomienda que el gobierno federal desarrolle inmediatamente un programa nacional de “visitas a casa” a todos los nuevos padres y sus bebés por parte de trabajadores sanitarios e investigadores sociales públicos, que identificarían potenciales maltratadores y les ayudarían.

Además de esta postura de “un burócrata del bienestar en cada casa”, el Consejo pide una “política nacional de protección infantil”, en la que el gobierno federal garantizaría el derecho de todos los niños a vivir en un entorno seguro, con medios apropiados de aplicación.

Por supuesto, Hewlett tiene razón acerca de los defectos en el actual sistema estadounidense de bienestar: hemos socializado aquí el valor económico de los niños, pero hemos dejado los costes a los padres. Estados Unidos en 1991, como Suecia en 1934, tiene una versión incompleta del modelo puro del estado del bienestar. También tiene razón en que esto tiene un precio: el número de niños estadounidenses nacidos anualmente dentro del matrimonio se ha estancado a lo largo de la década de 1980, a un nivel un 30% por debajo de la tasa de crecimiento cero. Sencillamente los estadounidenses no están invirtiendo su tiempo y dinero en más de uno o dos hijos, en buena medida porque no merece la pena. (Es verdad que la tasa general de natalidad ha crecido algo, pero esto se debe completamente al gran aumento en los nacimientos extramatrimoniales de 665.000 en 1980 a más de 1.000.000 en 1990; parece que estos nacimientos los subvenciona bien nuestro sistema de bienestar).

Pero hay una alternativa a la “solución sueca”. Es una que declina mencionar la Dra. Hewlett y es la que los Myrdal rechazaban como “fuera de cualquier debate razonable” hace sesenta años. Esta opción se llama una “sociedad libre”, en la que en lugar de completar el estado clientelar/del bienestar extendiendo los tentáculos burocráticos completamente alrededor de los niños, desmantelamos lo que ya hemos hecho. El programa es sencillo, radical y pragmáticamente antiburocrático:

acabar con la educación obligada y controlada por el estado, dejando la formación y cuidado de los hijos a sus padres y tutores legales;
abolir las leyes de trabajo infantil, razonando de nuevo que los padres y tutores son los mejores jueces de los intereses y el bienestar de sus hijos, mucho mejores que cualquier combinación de burócratas del estado y
desmantelar el sistema de Seguridad Social, dejando que la protección o la seguridad en la vejez la proporcionen, de nuevo, los individuos y sus familias.
Estas acciones devolverían los beneficios económicos de los niños a los padres y así se acabaría con la contradicción anti-niños que está en el centro del estado incompleto del bienestar.

La mayoría de los comentaristas responderían que éstas serían acciones imposibles e inconcebibles en una sociedad industrial moderna. Dadas las realidades o complejidades del mundo moderno, dirían que el caos sería el seguro resultado si realizamos esas obras reaccionarias.

Mi respuesta sería apuntar a los grupos dispersos en Estados Unidos que, por algún capricho histórico o milagro político, siguen habitando en unas de nuestras pocas restantes “zonas de libertad” y que sobreviven bajo un régimen “imposible”.

Un ejemplo inesperado pero interesante serían los amish, que rechazan las presiones del gobierno sobre sus limitadas prácticas educativas (a saber, escolarización solo con profesores amish y solo hasta el octavo grado), que hacen un uso intenso del trabajo infantil y evitan la Seguridad Social (así como las ayudas públicas a la agricultura) por principio. Los amish no solo han conseguido sobrevivir en un entorno industrial y de mercado: han prosperado. Sus familias tienen tres veces el tamaño medio estadounidense. Cuando afrontan una competencia justa, sus granjas obtienen beneficios en “buenos y malos tiempos”.

Su nivel de ahorro es extraordinariamente alto. Sus prácticas agrarias, desde un punto de vista medioambiental, son ejemplares, marcadas por una administración comprometida de la tierra y por evitar los productos químicos y fertilizantes ratifícales. Durante un tiempo en que el número de granjeros estadounidenses ha caído abruptamente, las colonias agrícolas amish se han extendido ampliamente, desde el sudeste de Pennsylvania a Ohio, Indiana, Iowa, Tennessee, Wisconsin y Minnesota.

Probablemente sea cierto que relativamente pocos estadounidenses contemporáneos elegirían vivir como los amish con una verdadera libertad de elección. Pero repito que nadie puede estar muy seguro de cómo sería Estados Unidos si se liberara de verdad a los ciudadanos del gobierno burocrático sobre las familias que empezó a imponerse aquí, empezando con el aumento de la escuela pública obligatoria.

Sin embargo, no tengo ninguna duda de que bajo un verdadero régimen de libertad, las familias serían más fuertes, los niños más abundantes y los hombres y mujeres más felices y satisfechos. Para mí, basta.
Enlace
Allan Carlson

martes, 19 de mayo de 2009

La rapidez del proceso emprendedor


Supongo que a todos nos ha pasado. Tras unos cuantos años, ocurre que retornamos a una ciudad o pueblo en el que pasamos un tiempo prolongado, quizá parte de la infancia, o simplemente unos meses de estudio, o de trabajo. Recorremos sus calles con un cierto punto de nostalgia, y siempre aflora el comentario: "anda, pues aquí había una cafetería, y fíjate, ahora hay una tienda de ropa", "aquí venía con los amigos a tomarme un helado; qué pena, ahora es una discoteca", "vaya, han cerrado el cine al que solíamos venir"...

Son los resultados del proceso de emprendimiento que caracteriza al ser humano y que se manifiesta con todo su esplendor en el libre mercado. Gracias a los emprendedores, enormes cantidades de recursos son movidas de unos usos a otros, buscando incesantemente su asignación a los mejores usos para los congéneres. Con la esperanza de que tal mejor uso revierta en mayores beneficios para el innovador.

Es por eso que la cafetería cede el paso a la tienda de ropa, y la heladería a la discoteca, o se cierra el cine. Pasa el tiempo, cambian los gustos de las personas o simplemente, los emprendedores son capaces de identificarlos mejor. Alguien se dio cuenta de que en el local que estaba la cafetería, por su situación o por otras razones, se podría obtener un mayor beneficio vendiendo ropa. Y procedió a arriesgar sus recursos, quizá el propio local, para ver si se cumplía su visión.

Otro emprendedor pensaba que la gente querría ver películas en gran formato, decidió montar un local de cine, y, con el tiempo, se dio cuenta de que se había equivocado en su planteamiento. No es que la gente no quisiera ver películas, pero no estaba dispuesta a pagar por ello una cantidad que compensara al empresario los desembolsos realizados. Dicho de otra forma, el empresario estaba usando mal los recursos escasos al dedicarlos a una actividad no valorada suficientemente por sus congéneres.

Y así avanza la sociedad.

Alguien puede pensar, tal y como se ha descrito, que estamos ante un proceso lento, pues lleva tiempo adecuarse a las necesidades de la sociedad. Recuérdese el punto de partida: "tras unos cuantos años..."

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El proceso emprendedor es rapidísimo, increíblemente rápido si tenemos en cuenta el volumen de recursos que se mueven. Si eliminamos de la descripción anterior el efecto nostalgia, y nos vamos de paseo por nuestra ciudad de residencia, podremos constatar que no han de pasar años para que los locales cambien de uso. Un buen día vemos que la tienda de abajo ha cerrado; a la semana, vemos unos cuantos albañiles dentro de ella, y en otra semana, se abre un bar de nuevo diseño. Hay veces que uno se lleva sorpresas dentro de su propia manzana.

Los emprendedores son rápidos y eficaces. Tan rápidos como pueden: están adelantando pagos para hacerse con los recursos que necesitan para llevar a cabo su idea, y quieren experimentarla cuanto antes. Va en su interés saber en el menor tiempo posible si tendrán éxito o no, si han acertado en sus previsiones respecto a las necesidades de sus conciudadanos.

De hecho, los mayores obstáculos a la velocidad de los emprendedores no tienen mucho que ver con el mercado, sino con su regulación y la intervención de las administraciones públicas. Probablemente, la mayor componente en el retraso del nuevo bar habrá sido la concesión del permiso de obras, o de la licencia para expedir bebidas alcohólicas, o darse de alta en el registro que corresponda. Pues ninguna de las personas de las que dependen estas concesiones están guiadas por el mismo principio; para estos funcionarios, los retrasos no significan ninguna pérdida.

Cuando uno observa la crisis económica en que estamos metidos, y lee los pronósticos sobre todos los años que nos quedan por sufrir antes de ver su final, uno no puede evitar fijarse en estos rápidos cambios de uso para los locales.

De la crisis económica, solo hay salida por una vía, y no es la "social": es la vía del emprendimiento, que será capaz de llevar los recursos, ahora utilizados mal, a sus usos correctos. Y encima lo hará en mucho menos tiempo del que imaginamos, pues es un proceso muy rápido.

Gobiernos, liberen de sus cadenas al proceso emprendedor (o sea, dejen de intervenir en el mercado); libérennos de esta crisis.

Fernando Herrera

domingo, 4 de mayo de 2008

La ONU y el hambre


De manera urgente, la ONU realizó un llamamiento a los países donantes para que financien $2.500 millones a las principales agencias relacionadas con la alimentación –el PAM y el FAO (que tiene más de 3,450 burócratas con altos salarios)–, a fin de evitar una "crisis sin precedentes" por los altos precios de los alimentos.

Recuerdo el relato de un amigo, que concurrió como delegado argentino a una reunión de la FAO en Roma. Entre opíparas cenas y cócteles, solventadas con los impuestos, los burócratas internacionales discutían cómo combatir el hambre (¡y bien que combatían sus propias ansias de comer!). Pero no menos interesante era verlos llegar al lugar. Los dictadores africanos eran los que venían en automóviles más lujosos, para quejarse por la pobreza de sus ciudadanos.

Ahora ¿de dónde sale ese dinero? De impuestos que, para pagarlos, los empresarios, por caso, suben precios o bajan salarios o dejan de invertir, con lo cual se demandan menos mano de obra.

Así se perjudican los pobres que son los que si tienen que pagar los tributos. Luego tienen hambre, y entonces el gobierno cobra más impuestos para proveer "el asistencialismo". Dinero quitado a los pobres que termina en corrupción o sueldos de burócratas y del cual solo una parte les vuelve.

William Easterly demostró el fracaso de la política de socorros oficiales. Estados Unidos y sus aliados destinaron más de un trillón de dólares para auxilio externo desde 1945, pero los países que más recibieron hoy tienen más problemas, porque esa "ayuda" estatal no solo fracasó, sino que sirvió para financiar gobiernos contrarios al mercado.

Caso de Chile. Chile es el único país en América Latina que redujo la pobreza a la mitad. No hubo ayuda estatal. Lo hizo creando riqueza a partir de la actividad privada de las personas. En Venezuela, en cambio, la pobreza creció del 43% al 56% entre 1999 y 2007. A pesar de que el crudo aumentó, desde US$ 8,00 por barril cuando Chávez llegó al poder, a más de cien.

La actual "crisis sin precedentes" se nota en que, desde 2003, el valor del futuro de maíz creció 115%, mientras que el de soja subió 160% y el del trigo 220%. Solo por nombrar un ejemplo, en España la leche aumentó un 25% durante el 2007 y el pan, un 15%.

Al contrario de lo que se cree, el hambre no es natural, sino el resultado de los errores humanos, de los errores de los Gobiernos. Un tercio de la población global vive bajo controles de precios de los alimentos o prohibiciones de exportar.

Además de los impuestos y los aranceles aduaneros –y los ya clásicos subsidios a los agricultores que tanto distorsionan al mercado–, los Estados intervienen con todo tipo de interferencias coactivas que impiden el natural desarrollo del mercado.

Por ejemplo, el subsidio estatal a la producción de biocarburantes. La diferencia entre la producción y el consumo mundial de cereales fue de 13,5 millones de toneladas en 2006 (0,8% de la producción mundial), cifra insignificante frente a los 109 millones de toneladas (el 6,5% de la producción) que Estados Unidos sacó del mercado alimentario para producir bioetanol, lo que obviamente provocó un exceso de demanda.

Otra interferencia indirecta, no menor, es la provocada por los Bancos Centrales. La Fed bajó las tasas al punto que inversores especulativos encontraron en las commodities agrícolas mejores rentabilidades, haciendo subir los precios astronómicamente.

Alejandro A. Tagliavini

domingo, 27 de enero de 2008

Ya se me ocurrirá algo


A menudo, cuando un reto inesperado se le presenta a una persona y un amigo le pregunta “¿qué piensas hacer?”, la contestación suele ser: “ya se me ocurrirá algo”.

Esa contestación y la actitud detrás de ella caracteriza la manera de analizar y resolver problemas en una sociedad libre. Contrario a la actitud prevaleciente en el estado nodriza, que requiere inmensas burocracias para planificar supuestas soluciones, en una sociedad libre la solución de problemas se deja en manos de los ciudadanos, quienes individualmente o en colaboración con otros encaran los problemas, grandes y pequeños, que confrontan. Esta manera de hacer las cosas suele lograr mucho mejores resultados, entre otras cosas porque el conocimiento en el sitio es mucho más útil que el de los burócratas en un ministerio o en la capital, con sus enredadas teorías sobre lo que le conviene a la sociedad entera.

Pero si uno cree que la respuesta a los retos requiere de una bien establecida fórmula y de la fuerza gubernamental en su aplicación, eso de “ya se me ocurrirá” es totalmente inaceptable. Claro que la historia y la experiencia personal respecto a la manera de actuar de los gobiernos nos deja claro que (a) los burócratas no saben cómo hacerlo o no se molestan en resolver los problemas y (b) esos funcionarios tienen sus propias prioridades, por lo cual suelen aportar soluciones –no a los problemas comunes de los ciudadanos- sino a lo que ellos consideran realmente importante.

Esta es la esencia de la teoría de la adopción de decisiones económicas y políticas por la que el profesor James Buchanan recibió el Premio Nobel de economía en 1986. Los llamados servidores públicos tienden a dedicarse a resolver los problemas particulares de grupos específicos, aquellos que interesan a los políticos y a los candidatos.

Hay muy pocos problemas que todos confrontan. Más bien, grupos e individuos diferentes confrontan problemas diferentes, en medidas diferentes y con diferentes niveles de urgencia, por lo que no existen soluciones aplicables a todos, que es lo que el gobierno suele proponer.

No es que los políticos y los burócratas son mezquinos, sino que tienen sus propios intereses, algunos con buenas pero a menudo equivocadas intenciones, por lo que no conviene encargarlos de resolver nuestros problemas.

Inclusive cuando se trata de funcionarios dedicados y trabajadores que logran algún bien, los resultados suelen lograrlos a un costo excesivo. Pienso en ello cuando una familia de ingresos limitados se ve obligada a utilizar sus ahorros en pagar impuestos, en lugar de comprar cauchos nuevos para su viejo auto, por lo que todos mueren en un accidente.

Claro que cuando la gente se acostumbra a ver al gobierno y a los políticos como sus salvadores, el “ya se me ocurrirá algo” desaparece y la gente prefiere acudir a solicitar favores a las autoridades municipales y a los congresistas. Pero, a fin de cuentas, no hay mejor solución que la iniciativa individual porque allí suele concentrarse el conocimiento necesario para encarar los problemas.

Tibor Machan

sábado, 5 de enero de 2008

Letras de cambio


Año nuevo, mañas viejas. Cuando empieza cada año, tendemos a hacer promesas de cómo cambiaremos algún aspecto de nuestra vida, con la esperanza de que eso la hará mejor. Sin embargo, usualmente caemos en las mismas mañas viejas y nada cambia en nuestra vida.

Mi esperanza para el 2008 es que haya un cambio en como el Estado costarricense funciona, de manera que cumpla más eficazmente las funciones que le corresponden, que deje de hacer lo que no debería hacer y que le deje al sector privado lo que este sabe hacer mejor. Pero, para eso, hay que mejorar muchas cosas todavía. El camino a recorrer es largo, y se hace aún más difícil cuando, en vez de avanzar, se dan pasos en la dirección contraria. Un ejemplo de ello es la noticia que salió en estos días en este periódico, informando que el INS planea construir un hospital para atender a las víctimas de accidentes.

Primero, hay que entender que el INS es una institución estatal dedicada a vender seguros en forma monopolística en el país. Eso significa que nadie más puede vender el servicio de cobertura de riesgos de salud o muerte, accidentes de vehículos, de trabajo o contra la propiedad. Pero hay que entender que esta es una actividad que no constituye un ser vicio público, en el sentido de que los beneficios que genera el seguro los obtiene el que paga directamente por él. En el resto del mundo, los seguros están prioritariamente en manos privadas. Incluso, en estos momentos, se discute en la Asamblea Legislativa una ley para romper este monopolio. Ese sería un paso adelante en el sentido de ir dejándole al sector privado lo que este sabe hacer mejor.

Segundo, me parece que la idea de que el INS piensa invertir 15.000 millones de colones en un hospital es un paso en la dirección contraria. Es, otra vez, el Estado involucrándose en un ámbito en que ya el sector privado participa, o que, incluso, otra institución estatal también lo hace de manera bastante buena (CCSS). Según funcionarios del INS, la justificación para hacerlo es que hoy en día los hospitales existentes le cobran muy caro al Instituto por las cirugías. En ese caso, pareciera que hay un faltante de infraestructura y equipo hospitalario para atender la demanda existente, justificándose así la construcción de un nuevo hospital. Pero eso no significa que quien tiene que hacerlo es el INS. Lo ideal aquí sería que los hospitales privados ampliaran su capacidad, y que el INS los ponga a competir entre ellos, para ver quién brinda el servicio al menor costo con la mejor calidad.

Obviamente la solución no es fácil pues se requiere un cambio de mentalidad. Espero que estas ‘letras de cambio’ ayuden a que se vaya dando esa transformación en el 2008.

Por Luis Mesalles