Mostrando las entradas con la etiqueta universidades. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta universidades. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de febrero de 2020

La columna de Carlos Federico Smith: cómo arrastrar los pies: el presupuesto de las Universidades Públicas del 2020

Pasito a pasito, gradualmente, algunos entes de control del gobierno han venido tomando decisiones, si bien aún insuficientes, que van por el buen camino de ordenar las finanzas del estado costarricense. Tal es el caso de la Secretaría Técnica de la Autoridad Presupuestaria (STAP) del ministerio de Hacienda, así como la Contraloría General de la República (CGR), en torno a la improbación de los presupuestos para este año de las Universidades de Costa Rica, Nacional, Estatal a Distancia, Técnica Nacional, Instituto Tecnológico, así como el Consejo Nacional de Rectores (CONARE).

Es parte de ese esfuerzo de las universidades estatales por impedir que se les aplique la regla fiscal; esto es, que, en esencia, el aumento del gasto corriente (salarios, cargas sociales, becas y servicios) sea de un 4.87% con respecto al año anterior, según se aprobó en el llamado paquete fiscal de diciembre del 2018. Esas universidades se han negado a acatar la disposición, negándose a remitir información de sus planes de gasto ante la STAP, ente que verifica y confirma el cumplimiento de la regla fiscal, para que la Contraloría apruebe, por ley, estos presupuestos ordinarios para el 2020. La información la presenta La Nación del 20 de diciembre en su artículo “Rebeldía de universidades causa rechazo de sus planes de gastos en la Contraloría.”

Ante la no presentación de dicha información, la CGR señaló que, “de conformidad con el artículo 184 inciso 2 de la Constitución Política y el artículo 18 de su Ley Orgánica, tiene el deber de analizar que los presupuestos sean formulados y presentados de conformidad con las disposiciones legales y técnicas, dentro de las cuales está la certificación que emita el STAP sobre el cumplimiento de la regla fiscal.”

El arrastre de los pies de las universidades se sustenta -¿acaso es una sorpresa?- en la idea de su independencia y autonomía y en que su caso legal está por resolverse en los tribunales de ley. Una vez más, las autoridades universitarias hacen gala de su creencia de que son sus únicos dueños y señores, como tales, de los recursos que todos los costarricenses aportamos obligadamente cada año. Conviene brindar algunos datos del monto presupuestado para el FEES del 2019, que fue de ₡511.154.72 millones (para la UCR, la UNA y el Tec), a lo que debe sumarse la transferencia del gobierno a la Universidad Técnica Nacional por ₡34.868 millones, con un aporte total del gobierno a las universidades estatales de ₡546.022.72 millones.

Para el 2020, el monto inicialmente presupuestado para el FEES y la UTN ascendía a ₡512.781.51 millones, más lo correspondiente a la UTN por ₡35.677.88 millones, lo que lleva a un total de ₡548.459.39. Posteriormente, el ministerio de Hacienda definió una reducción de ₡70.000 millones del FEES que deberían usarse en infraestructura, pero la Asamblea Legislativa restituyó ₡35.000 millones al FEES.

Ante la decisión citada de la CGR por la no presentación de los documentos requeridos, ahora aquellas universidades y el CONARE deben trabajar con el mismo presupuesto ordinario del 2019 y no con el presentado para el 2020, aunque tienen la posibilidad de aumentarlo con presupuestos extraordinarios, que me imagino no van a ser fácilmente aprobados por la Asamblea Legislativa, ante esa actitud exhibida de impedir la aplicación de la medida de restricción fiscal aprobada, puesta no sólo para restringir el gasto de ciertas entidades estatales, sino a todas ellas, sin olvidar que también los ciudadanos hemos sido objeto de violentos aumentos en los impuestos.
 
Como bien recuerda la CGR a las autoridades reticentes a obedecer la ley, “el artículo 19 de la Ley 9635 [la del Paquete Fiscal] se encuentra impugnado ante la Sala Constitucional, lo que no [subrayo: NO] significa que la norma no esté vigente y por tanto debe ser acatada.” ¿El desacato a una ley en el sector público es objeto de sanción? O seguiremos con ese jueguito de arrastrar los pies, como babosas, tratando de impedir el freno al gasto gubernamental, que, si no se lleva a cabo, conducirá a la inevitable quiebra de la ciudadanía, con más y más impuestos o endeudamiento gubernamental, a la vez que el gasto del gobierno, causal del problema, sigue invariable e intocable, como lo pretende la república independiente de las universidades estatales.
 
Ha hecho bien la Contraloría en no aprobar los presupuestos para el 2020 de las entidades gubernamentales citadas, pues simplemente, en su arrogancia, no cumplieron con el requisito esencial de suministrar a la Secretaría Técnica de la Autoridad Presupuestaria, la información requerida para todas las entidades que presentan sus presupuestos, para lograr la aprobación final por la Contraloría General de la República: Como suele decirse, nadie está por encima de la ley.





Jorge Corrales Quesada

martes, 29 de enero de 2019

La columna de Carlos Federico Smith: un serio problema de financiamiento de la educación pública

Un reciente informe de la Contraloría General de la República señala que, en el 2018, el país dedicó ¢2.6 millones de millones a financiar la educación estatal, monto que equivale al 7.7% del PIB. De esa suma, ¢700 mil millones -casi un 27%- se financió con las recaudaciones de impuestos del gobierno, mientras que, para financiar el 73% restante (¢1.9 millones de millones), se ha acudido al endeudamiento mediante bonos del estado. Esto se indica en un comentario de La Nación del 28 de diciembre (nada de analogías simbólicas con el Día de los Inocentes), bajo el encabezado “Gobierno financia con deuda 73% del gasto en educación.”

El endeudamiento es considerado por un funcionario de la Contraloría como que, en sí, no es un problema, pero, la realidad es que sí es un problema endeudarse a futuro, pues, al final de cuentas, deberá ser cubierto y con intereses, por los contribuyentes. Además, ese endeudamiento tan elevado del estado desplaza recursos que podrían dedicarse a actividades productivas privadas, las que deben generar un rendimiento superior a su costo a fin de cubrir tal endeudamiento. Está en lo correcto ese mismo funcionario en cuanto a que, desde su punto de vista, “el problema es cuando el endeudamiento está ligado a partidas que crecen inercialmente,” como es el conocido caso del financiamiento de la educación pública en un porcentaje del PIB, sin tomar en cuenta los objetivos y los resultados comparativos de los fondos que se dedican a esas actividades.

Además de que esa práctica, en criterio de la Contraloría, “nos puede poner en una situación de poca sostenibilidad financiera,” a lo cual hay que agregar que, ante la elevada demanda actual de recursos prestables que ejerce el estado, eso se refleja en tasas de interés mayores y en plazos menores, lo que impone limitaciones más duras a la consecución de recursos destinados al ministerio de Educación (MEP). Eso se ha visto recientemente con atrasos a desembolsos de Hacienda para los comedores escolares y los programas de becas.
 
En adición, atinadamente la Contraloría señala que se debe tomar en cuenta el hecho de que ha ido bajando la tasa de crecimiento de la población escolar, pues, por ejemplo, el número de niños en escuelas se redujo de 513.805 alumnos en el 2007 a 443.291 en el 2017. El reportaje no indica si es toda la población escolar o bien sólo de la pública, aunque parece ser esto último, pues podría ser que la reducción de la población total escolar no haya sido tanta, sino que aumentara la demanda de escuelas privadas. Pero, esto es muy posible que eso no sea así y que, en general, está declinando con esa fuerza el número de escolares de primaria.

Señala el medio que “en ese mismo período el presupuesto del MEP casi se cuadruplicó al pasar de ¢676.659 millones a ¢2.6 millones de millones (en el 2018), al tiempo que la cantidad de docentes aumentó en 25.000” y se estima que, de seguir igual el crecimiento del financiamiento esperado “alcanzaría los ¢5 millones de millones para el 2030.” Todo esto es una clara advertencia de que es indispensable revisar el gasto y el financiamiento del sistema educativo público.

Pero hay más. A pesar de que se tiene menos estudiantes y, contrariamente, más maestros y más plata gastada o “invertida” en educación pública, el rendimiento de esa “inversión” no ha mejorado. El medio señala tres fuentes de esto. Una es el llamado Informe del Estado de la Educación que señaló, según el artículo referido, que “los escolares ticos se ubican apenas en los niveles más bajos de desempeño en áreas como Español, Matemáticas, Estudios Sociales y Ciencias.”
 
Otra fuente es el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (llamadas pruebas PISA), pues, según el medio, “Costa Rica retrocedió [en el 2015] en el rendimiento en Matemáticas, Ciencias y Lectura, con respecto a las pruebas del 2012.”
 
Y, en tercer término, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), indicó, según La Nación, que “el país invierte más en educación que los 35 países miembros de la organización, la cual incluye naciones como Finlandia o Alemania” y que “esa inversión no se refleja en el desempeño de los estudiantes.”
 
O sea, no es tanto un asunto de cuánta plata se dedica a la educación pública, como que existe un serio problema estructural de la calidad de los resultados de esa inversión. Por tanto, creo que está muy desorientada en su apreciación doña Ivannia García, jefa de despacho de MIDEPLAN, quien indica que, con los aumentos de impuestos y mejora en la recaudación -todo derivado del paquete tributario recién aprobado- “van a hacer que la carga tributaria aumente y con el tiempo vamos a ir teniendo ingresos sanos y vamos a ir reduciendo el porcentaje del presupuesto que se destina vía endeudamiento,” pues no se trata de echar más plata “sana,” no proveniente de “deuda,” para asegurarse que mejore nuestro sistema educativo estatal. Más plata no parece resolver la baja calidad de la educación pública: cada año se destinan más y más recursos a ella y los resultados no mejoran.
 
Es hora de cuestionar el actual sistema educativo estatal, tal vez buscando imitar a los suecos -sistema que muchos admiran- país en donde a los padres de familia se les da dinero del gobierno (el equivalente del que hoy aportamos todos nosotros y que lo gasta el MEP) para que los usen en pagar el costo de la educación en escuelas privadas o públicas, según a aquellos les parezca. La introducción de competencia que esa propuesta genera, crearía un enorme incentivo para que las escuelas reduzcan gastos y mejoren las técnicas de enseñanza, pues deben demostrar buenos resultados; de no ser así, el consumidor (los ciudadanos padres de familia y sus hijos) cambiarían de centro educativo.


Jorge Corrales Quesada

viernes, 16 de enero de 2009

Viernes de recomendación


Para estos tiempos de crisis, donde las ideas progresistas resurgen con toda su fuerza como la solución mágica, en ASOJOD queremos ofrecerles un interesante artículo de Roger Scruton, titulado La hegemonía actual de la izquierda progresista, que revela claramente la forma en que la "academia", el clero y los medios de comunicación se han prestado para la charlatanería y el adoctrinamiento con las ideas "políticamente correctas".

Para quienes hemos tenido la oportunidad de estudiar en la Universidad de Costa Rica, este texto viene a confirmar lo que ya sabíamos: el sesgo progresista, irrespetuoso de la libertad y la individualidad con que muchos cursos se imparten. Ese mismo sesgo se refleja claramente en los distintos medios de comunicación (incluyendo a Repretel y a Teletica) y ni qué decir de los discursos de los "curitas con fusil", como bien les llama Carlos Alberto Montaner

jueves, 15 de enero de 2009

Funcionarios doctrinales


Cuando Marco Polo llegó a China en 1271, se encontró con una civilización milenaria que había sido capaz de inventar el papel, la porcelana, la imprenta de bloques de madera, la pólvora, el compás, las cometas, la carretilla, los fuegos artificiales o los canales con compuertas. Un mundo maravilloso que parecía estar a años luz de esa lóbrega Europa medieval pero que… a pesar de que Marco Polo no se daba cuenta, estaba cambiando de manera irreversible: con la llegada de los mongoles y la dinastía Yuan, esa China que tantos inventos había producido empezó a dejar de generar ideas y se vio superada por una Europa que, en pocos siglos, fue capaz de hacer las revoluciones científica, industrial y social que dieron lugar al mundo occidental que hoy conocemos.

Por qué la civilización china quedó tan atrasada en tan poco tiempo es uno de los rompecabezas más fascinantes de la historia. Entre las muchas teorías existentes, la más convincente es la de Geoffrey Lloyd y Nathan Sivin: los conocimientos en China estaban en manos de una burocracia feudal (el mandarinato) cuya misión era controlar y administrar ese gigantesco país. Los burócratas decidían a través de un complejo y durísimo sistema de exámenes, no sólo quien era apto para acceder a los conocimientos sino qué tipo de conocimientos eran aceptables. Es decir, el estado decidía qué se debía estudiar y cómo se debía estudiar. La monopolización de los conocimientos y la educación por parte del funcionariado hizo que desapareciera el pensamiento libre e independiente y el escepticismo sistemático que se requiere para que surjan las ideas y la innovación. Los “sabios” chinos eran poco dados a buscar nuevos conceptos por miedo a irritar al establishment doctrinal.

Digo que la teoría de Lloyd y Sivin es la más convincente porque se ve confirmada por otros episodios históricos. En el siglo IX, Bagdad estaba intelectualmente a la cabeza del mundo Mediterráneo. Fue en el seno del Islam donde se tradujeron los grandes clásicos griegos y romanos, se originaron los hospitales, se realizaron grandes progresos filosofía, astronomía o matemáticas (la palabra álgebra proviene del árabe al jabar). Sin embargo, ese liderazgo desapareció en apenas dos siglos debido a la inflexibilidad de las autoridades fundamentalistas. Los astrónomos islámicos ya habían observado que los planetas no describían círculos sino elipses alrededor del sol (algo que Kepler redescubrió en el siglo XVII), pero nunca tuvieron la libertad para pensar que esas órbitas elípticas respondían a una leyes de la gravedad y a un heliocentrismo contrario a la versión oficial del Islam.

Retrasando todavía más el reloj, otro fundamentalismo, el cristiano, contribuyó a poner fin al pensamiento clásico greco-romano. Durante su época dorada, la Grecia de Tales de Mileto, Ptolomeo, Pitágoras y Aristóteles era una pura olimpiada de sabiduría, donde la inteligencia, la agudeza, la creatividad y el pensamiento eran premiados como si de competiciones deportivas se tratara. De hecho, en la Grecia clásica no había mucha distinción entre educación deportiva e intelectual. Toda esa libertad de la que gozaron los pensadores clásicos dejó paso a la “verdad absoluta” dictada por el dios medieval cristiano, una “verdad” defendida con la espada desde el poder militar. Eso frenó el progreso científico durante siglos, hasta que Tomás de Aquino reintrodujo a un Aristóteles que se había conservado gracias al islam.

Les explico todo esto porque parece que estamos asistiendo, en directo, a una nueva pérdida de liderazgo intelectual: la de Europa. Las grandes universidades de Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza o Italia, que eran las mejores del planeta hace sólo 50 años, han dejado de liderar el mundo intelectual. ¿Por qué? Pues por la misma razón que chinos, islámicos o grecorromanos perdieron su hegemonía: el control monopolístico por parte del estado.

La gravedad de la situación universitaria europea está llevando a nuestros líderes a introducir reformas como la del Plan de Bolonia. El problema es que el tan criticado plan parece un intento burdo de crear un espacio de mayor movilidad para nuestros estudiantes y licenciados. Aunque esto de la movilidad está bien, no soluciona el problema principal. Es más, lo empeora porque al buscar más coordinación, se evita la competencia entre universidades por la obtención de fondos, estudiantes y profesores. Esa falta de competencia hace que las universidades no tengan incentivos a mejorar la oferta educativa o a generar más ideas que los demás. Y el progreso de las ideas es muy difícil sin un escepticismo generalizado que no se puede dar si los pensadores son funcionarios del estado con miedo a perder la financiación cuando se enfrentan al poder y no tienen alternativa a la que acudir.

No. El plan de Bolonia no ha causado el declive universitario europeo, pero sí representa una oportunidad perdida para enmendar la situación y sí demuestra que nuestros líderes políticos todavía no han identificado el problema real. Marco Polo no vio que su admirada China estaba ya en decadencia por culpa del monopolio público del conocimiento. Siete siglos después se está repitiendo la historia y Europa perderá definitivamente el liderazgo intelectual que ha ostentado desde el renacimiento si no introduce profundas reformas que conlleven más competencia entre universidades, un menor control estatal de la educación y la ciencia y, sobre todo, menos burócratas de la intelectualidad y funcionarios doctrinales.

por Xavier Sala-i-Martin

Xavier Sala-i-Martín es catedrático de Columbia University y Profesor Visitante de la Universidad Pompeu Fabra.

Este artículo fue publicado originalmente en Vanguardia (España) el 11 de enero de 2009.

sábado, 6 de diciembre de 2008

El gran engaño latinoamericano


Una nueva encuesta mundial revela que, sorprendentemente, los latinoamericanos están mucho más satisfechos con la educación pública de sus países que la gente de otras regiones que obtienen mucho mejores resultados en los exámenes estudiantiles y en los rankings universitarios.

Antes de explicar por qué esto debería ser motivo de preocupación en Latinoamérica, veamos los resultados de la encuesta Gallup de 40,000 personas en 24 países de la región, encargada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) como parte de un estudio más amplio sobre los niveles de satisfacción en diversos rubros.

Cuando se les preguntó a los encuestados si estaban satisfechos con el sistema de educación pública de sus países --incluyendo las escuelas primarias, las secundarias y las universidades-- la respuesta fue enormemente positiva.

El 85 por ciento de los costarricenses, el 84 por ciento de los venezolanos, el 82 por ciento de los cubanos, el 80 por ciento de los nicaragüenses, el 77 por ciento de los salvadoreños y más del 72 por ciento de colombianos, jamaiquinos, hondureños, bolivianos, panameños, uruguayos y paraguayos dijeron estar satisfechos con la educación pública de sus respectivos países.

Comparativamente, sólo el 66 por ciento de los encuestados en Alemania, el 67 por ciento de los estadounidenses y el 70 por ciento de los japoneses están satisfechos con la educación pública de sus respectivos países, según revela el estudio.

''Los latinoamericanos en general están más satisfechos con su educación pública de lo que justifican los resultados de los exámenes internacionales'', dice Eduardo Lora, el economista del BID que coordinó el estudio. ``Están satisfechos sin fundamento''.

Los exámenes estandarizados internacionales para estudiantes de 15 años revelan que Venezuela, Paraguay, Bolivia, Honduras y República Dominicana, cuyos encuestados se mostraron más satisfechos de su educación pública que Japón, obtuvieron resultados promedio de un 35 por ciento más bajo que los estudiantes japoneses, según el estudio del BID.

En lo que hace a la educación superior, Latinoamérica --que tiene algunas de las universidades estatales más grandes del mundo-- tampoco tiene un gran desempeño en comparación con otras regiones. Un ranking reciente de las 200 mejores universidades del mundo realizado por el suplemento de Educación Superior del Times de Londres, Gran Bretaña, no incluye ninguna universidad latinoamericana entre las 100 mejores del mundo, a pesar de que Brasil y México están entre las 15 economías más grandes del mundo.

Sólo tres universidades latinoamericanas figuraban en la lista de las mejores 200: La Universidad Nacional Autónoma de México (150), la Universidad de Sao Paulo, Brasil (196) y la Universidad de Buenos Aires, Argentina (197). En comparación, hay nueve universidades asiáticas entre las 50 mejores del mundo.

Cuando le pregunté por qué tantos latinoamericanos tienen una visión optimista de sus sistemas educativos, Lora me respondió que la mayoría de la gente en la región tiende a juzgar su sistema educativo por la calidad de los edificios escolares, o por el trato que reciben sus hijos en la escuela, más que por lo que los estudiantes aprenden.

En otras palabras, ha habido un gran avance en cuanto a la expansión de la educación --los índices de alfabetismo se han duplicado desde la década de los años 30, para llegar al 86 por ciento de la población de la región-- pero no se ha producido un avance similar en la calidad de la educación.

''El peligro es que, si la gente está satisfecha, no existe la exigencia social de mejorar los estándares educativos'', me dijo Lora. ``Paradójicamente, esa demanda sólo existe donde ya se han alcanzado los estándares relativamente más altos de la región, como Chile''.

Mi opinión: Por suerte, la gente de algunos países de la región es cada vez más consciente de la baja calidad de su sistema educativo, y de que eso impide que sus países se desarrollen más rápidamente en una economía global en la que las exportaciones basadas en el conocimiento son mucho más redituables que las materias primas.

El estudio del BID revela que sólo el 54 por ciento de los argentinos y el 45 por ciento de los peruanos están satisfechos con la educación pública de sus países. ¡Bien por ellos! Los mexicanos y los brasileños son algo menos conscientes de sus deficiencias educativas, aunque tampoco están entre los más ilusos: el 68 por ciento de los mexicanos y el 64 por ciento de los brasileños están satisfechos con sus respectivos sistemas de educación pública.

Sin embargo, la mayoría de los países de la región debería dejar de vivir en la negación. Al igual que los adictos a la droga o al alcohol, el primer paso para resolver su problema educativo debería ser reconocer que tienen un problema, para luego tomar medidas para solucionarlo.

Andrés Oppenheimer

domingo, 4 de noviembre de 2007

La universidad en latinoamericana


En América Latina existen universidades con casi 500 años de antigüedad; sin embargo, no figuran entre las mejores del mundo, con excepción de la Universidad Autónoma de México. Por otro lado, en muy contadas ocasiones en ellas se han hecho descubrimientos trascendentales y ocupamos uno de los últimos lugares en cuanto a patentar innovaciones tecnológicas.

Eso sí, estas universidades han sido plataformas de subversión marxista y continúan con tan extravagante obsesión en este siglo XXI, en violento contraste con lo que sucedió en el mundo desarrollado, donde durante los años 60 y 70 se presentaron rebeliones contra el orden establecido que muy pronto pasaron de moda porque se comprendió que era necesario llevar a cabo reformas pero conservando el espíritu académico que se caracteriza por ser riguroso, creativo y libre por encima de cualquier otra consideración.

En nuestros países, desde entonces, profesores y alumnos quedaron atrapados en la viscosa telaraña de la izquierda primitiva y sustituyeron la búsqueda de la verdad por los dogmas y mitos que magistralmente describió Volpi en “El fin de la locura”; cuando la Unión Soviética colapsó, crearon nuevos fantasmas para espantar a los ingenuos, se acantonaron en sitios estratégicos como los colegios de enseñanza secundaria e instituciones públicas neurálgicas, y se aliaron con el grupúsculo de sacerdotes católicos que se convirtieron a la trasnochada “teología de la liberación” con el propósito de confundir la mente de los jóvenes y boicotear el avance del país.

Como las naciones industrializadas no tomaron en serio estos movimientos y sus locuras se consideraron equivalentes a un sarampión, continuaron formando profesionales competentes para liderar un progreso sostenido de sus poblaciones; en cambio, en las menos desarrolladas, sus universidades se dedicaron, en gran medida, a preparar líderes para oponerse a la prosperidad de los ciudadanos con lo cual solo consiguieron que la brecha entre unos países y otros se hiciera aún más grande.

El camino equivocado. A pesar de tener costosas universidades durante tantos años y cerca de 500 millones de habitantes, América Latina contribuye con menos del 1% a la masa crítica del conocimiento universal. ¿ Por qué?

Porque sus centros de estudios superiores y los sindicatos del sector público, generaron en todos estos años una gran cantidad de ideas, pero ideas equivocadas. Por ejemplo, creyeron que nuestros socios comerciales eran unos filibusteros, que el sector privado productivo era su enemigo y creyendo con fe de carbonero en tales errores, dividieron a las familias y sembraron tempestades en las instituciones que habían asaltado, haciendo muy difícil nuestro progreso y en ciertos casos, imposible. Sus héroes no son aquellos que ganan un Premio Nobel en Física, Medicina o Economía, sino el Che Guevara o Fidel Castro.

No puede entonces extrañarnos que todos los países que compartieron esta visión apocalíptica continúen siendo subdesarrollados y aquellos que se dieron cuenta de que se trataba de un camino equivocado y rectificaron, se transformaron en comunidades prósperas, redujeron drásticamente la pobreza y forjaron las bases de una sociedad de bienestar generalizado como soñaba John Rawls en su “Teoría de la Justicia”. Quienes están creando la era del conocimiento, hace décadas comenzaron a establecer alianzas entre universidades y empresas tecnológicas porque es evidente que ambas se benefician y actualmente el concepto de empresa universitaria ha fusionado la formación, con la producción y la innovación científico-tecnológica. Desafortunadamente, la universidad latinoamericana, con las honrosas excepciones del caso, utiliza bases conceptuales desactualizadas a pesar de que cuenta con internet avanzada, porque las convicciones políticas son las peores enemigas de la verdad, como decía Popper.

Por Edgar Mohs

martes, 31 de julio de 2007

Respeto a libertad de pensamiento


Desde muy temprano en mi vida, me enseñaron que todo ser humano tiene derecho a pensar independientemente. Cada quien tiene derecho a expresar su pensar, siempre y cuando lo haga con respeto a los demás.

He crecido en una nación que siempre ha sido ejemplo para otros países por la forma pacífica y democrática en que ha resuelto sus conflictos. Se ha invertido más en educación y en infraestructura social que en armas, y esto nos ha generado condiciones que han hecho que en el país no suceda lo que en otros de Latinoamérica. Estas condiciones también nos han generado gran cantidad de inversión extranjera que nos hace partícipes de la tendencia mundial que se llama globalización.

Irrespeto. Hoy siento que no se ofrece la misma oportunidad a los jóvenes costarricenses. Es preocupante ver cómo dirigentes del sector académico han adoptado la bandera del “no” al TLC haciendo que se convierta en la insignia de la institución a la que representan. Este actuar, me parece, constituye un irrespeto total a la libertad de pensamiento.

A mucha honra, tengo una maestría del Instituto Tecnológico de Costa Rica. Por este motivo he decidido escribir estas líneas, pues siento que la libertad de pensamiento de muchos está siendo obstaculizada y sesgada por la posición que ha adoptado el rector de esa institución. Me parece que el Rector está en todo su derecho de expresar su posición y de dirigir un movimiento de oposición al TLC, pero no con la bandera de la institución que representa. Las universidades son centros de debate. Es corriente que la gente que asiste a la universidad tenga ideas utópicas y que sus posiciones muchas veces sean de oposición; sin embargo, para eso existen esos centros, para dar pie a los foros, al debate y al consenso, no para tomar posiciones extremas.

Neutralidad. Las universidades son centros de enseñanza donde se forjan las mentes de los futuros líderes del país, por eso es responsabilidad de sus dirigentes encauzar de forma neutral los debates, no con criterios impositivos dirigir movimientos políticos. Qué distinto sería si la energía que se encauza en estos momentos a la oposición de una tendencia mundial, como la globalización, se encauzara a instruir a todos los costarricenses de por qué el tan debatido tratado es bueno o es malo para el país, y así nos permitieran tomar decisiones con mejor base de información neutral e informativa, para que cada quien ejerza su libertad de pensamiento y emita criterio propio.

La globalización es una tendencia mundial. Así como ahora se debate el Tratado de Libre Comercio con EE. UU., vendrán nuevos tratados comerciales con otras potencias mundiales. Por eso es importante tomar conciencia de la importancia de los pasos a dar para incorporarnos a la globalización y enfocarnos a la excelencia y a la productividad, y no al proteccionismo pues, tarde o temprano, hay que llegar a adaptarse a un estándar mundial con protección o sin ella, entonces, ¿para qué nadar contra corriente? Mejor enfocarnos en hacer bien las cosas y tratar de salir adelante con esfuerzo y aprovechando las oportunidades que tenemos.


Lyda Feoli Luconi, tomado del periódico La Nación