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martes, 28 de febrero de 2012

La columna de Carlos Federico Smith: el caso griego, según el Ministro de Hacienda


Mucho se puede comentar acerca de la actual situación económica de Grecia. Así lo he hecho en el pasado. Ahora me motivan hacerlo unas declaraciones del Ministro de Hacienda, don Fernando Herrero. Él señaló que los costarricenses deberíamos de prestar atención a lo que sucede en Grecia, porque constituye un ejemplo de un país que entró en una crisis económica. Ello porque, según el señor Herrero, su ciudadanía no quiso aprobar un aumento en los impuestos, ante el enorme déficit que se estaba experimentando.

Tengo una visión distinta de la que el señor Herrero posee de la crisis griega. Creo que no hace un buen análisis de esos hechos. Me parece que tan sólo busca una justificación al rechazo manifiesto de los costarricenses, a su propuesta de aumento de los impuestos para cubrir el déficit del sector público. Casi que nos tilda de ciegos por no darnos cuenta de que, ante la situación fiscal del país, lo que nos conviene, para evitar algo similar a lo que sucede en Grecia, es que corramos a aprobarle su malquerido paquetazo tributario.

La historia económica reciente de esa nación es el resultado claro de cómo el social-estatismo o la social-democracia, en especial la de ciertos países de Europa, pretendió lograr un elevado estado de bienestar, acudiendo a un incremento del gasto público por encima de la recaudación tributaria, de que disponían en esos momentos. Se decidió gastar por encima de los impuestos que percibían y ello se llama déficit en Grecia, la China y en Costa Rica. El problema no surge por los bajos impuestos, sino por el elevado gasto. Darle vuelta al asunto, como pretende el señor Herrero, solo intenta trasladar la responsabilidad, no a los políticos, quienes tomaron la decisión de seguir el camino del gasto fácil, sino a quienes se rehusaron pagar los mayores impuestos, que se requerían para que aquello no generara un déficit.

Según la lógica del señor Herrero, si, por ejemplo, los griegos hubieran aprobado impuestos en exceso de su gasto gubernamental (creando, por tanto, un superávit), esa economía no tendría problemas fiscales. En rigor contable, ello es cierto, pero eso obliga a formular un pregunta muy sencilla: ¿en cuál situación estaría mejor el ciudadano griego: pagando más o pagando menos impuestos? ¿Teniendo un mayor ingreso disponible para cubrir sus deseos y necesidades o uno menor después del pago de impuestos?

Obviamente, si a la gente le diera lo mismo, pues no le importaría tener que pagar más impuestos que menos.

Lo cierto es que en Grecia –y tan parecido aquí, como lo escuché quejándose a don Fernando Naranjo por las pensiones juveniles a los 48 años- los empleados públicos se pensionaron con montos jugosos y con edades sumamente bajas, lo cual terminó por quebrar las finanzas públicas. También es cierto que allá -y me parece que en ese camino vamos por aquí- los altos sueldos de los empleados públicos no guardaban comparación con su baja productividad. Además, estaban muy por encima de los sueldos pagados en el sector privado, que casualmente es quien paga en última instancia aquellos salarios por la vía de los impuestos. Finalmente, dados estos privilegios y la naturaleza política de los gobiernos estatistas, la planilla gubernamental había crecido enormemente en los últimos años.

Por supuesto, de algún lado tenían que salir esos mayores recursos, para mantener una frondosa planilla de empleados estatales, muy bien pagados, y con una población pensionada relativamente joven, con costos que se cargaban a los presupuestos públicos. Esos recursos los obtenía el Estado endeudándose cada vez más o bien solicitando aumentos de impuestos, que lógicamente tenían que ser rechazados por la ciudadanía. Si no hubiera sido por ese gasto gubernamental tan elevado o un endeudamiento creciente, que en algún momento tenia que ser pagado a los acreedores, no hubiera habido necesidad de aumentar los impuestos.

Pero el tema es aún más interesante: en mucho aplica el lema de que “voy a estar en favor del gasto público, siempre y cuando no sea yo quien tenga que pagarlo y que, más bien, me genere réditos”. Es muy parecido a lo que en una ocasión me dijo un amigo empresario, quien me criticó porque yo me oponía a un crecimiento muy alto del gasto público. Me dijo que por qué me oponía a que la Caja gastara más plata, si ella era la que le compraba sus medicinas. Por supuesto que quienes se benefician del gasto público, no querrán ser ellos quienes tengan que pagar los mayores impuestos, necesarios para financiar ese gasto más alto. Si esto último fuere el caso, estoy casi seguro que se opondrían a la mayor erogación estatal. Pero el cálculo va más allá: por supuesto que estarán a favor de ese más elevado gasto público, si son otros quienes tienen que sufragarlo pagando los mayores impuestos. Por eso hay que ponerle mucho ojo a ese jueguito de quienes están a favor del gasto público, siempre y cuando sean otros los que deban cubrirlo mediante impuestos.

En síntesis, lo que en este caso guía la conducta humana es si en el neto, el beneficio del mayor gasto más que compensa el costo de tener que pagar más impuestos. Esta parece ser la tragedia de muchas de las denominadas democracias.

Pero hay algo muy importante que debe tenerse presente en este análisis: una política de déficit del sector público que se deba financiar con impuestos(o con deuda, que no son sino impuestos a futuro), no es siempre la más conveniente en cuanto a lograr el crecimiento de una economía. En ese caso todos perdemos. Tengo la impresión de que mucha de esta apreciación explica la reciente fuerte oposición al nuevo paquete tributario propuesto: el efecto negativo que tendría sobre el crecimiento nos afecta a todos nosotros.

Don Fernando Herrero agarra el rábano griego por la raíz y no por las hojas. La razón del desorden económico griego es porque ha llegado la hora en que deben de pagar por el exceso de gasto público tenido durante tanto tiempo. Es la hora del juicio final. Deben de pagar por la deuda gubernamental usada para pagar salarios y pensiones excesivas. Por supuesto, los vividores de siempre tratarán de no ser ellos, sino otros los que deban de pagar por esas obligaciones (como, por ejemplo, los laboriosos obreros y empresarios alemanes o bien los empresarios de su propio país, aunque en verdad muchos de estos han sido usufructuarios directos del excesivo gasto estatal). Por eso hoy los griegos se oponen a ser ellos los que paguen esas obligaciones con impuestos. Pero son ellos los que debieron de haber pagado en el momento en que se expandió excesivamente el gasto público.

Parece que los costarricenses, y así lo demostró una reciente encuesta sobre el tema, prefieren reducir el gasto gubernamental en muchas áreas, en vez de que se les cobren mayores gravámenes para financiar el gasto estatal excesivo. Se han dado cuenta de que, si le dan más plata al Estado, éste va a gastar y volverá luego a presentarse una vez más el déficit en el sector público. Para ese entonces, de nuevo les volverán pedir que paguen más y más impuestos. Es cosa de nunca acabar, a menos que se decida poner orden en la fuente del problema: el exceso de gasto gubernamental.

Jorge Corrales Quesada

También puede encontrar este artículo en el foro “Políticamente incorrecto” del sitio http://latforum.org

martes, 6 de diciembre de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: tácticas del miedo


Con motivo de la aprobación legislativa del nuevo paquete de impuestos, que sin duda ha generado bastante malestar entre los ciudadanos, el gobierno ha promovido el temor entre las personas, particularmente potenciales contribuyentes, de que si aquél no se aprueba, casi que nos lloverán lenguas de fuego desde los cielos.

Primeramente algunos funcionarios de gobierno aseveraron que, de no aprobarse, surgiría una grave crisis social por falta de gasto público, mostrando con ello sus buenos antecedentes intelectuales de índole Keynesiana, y que dicha ausencia originaría problemas para que nuestra economía pueda crecer, aún cuando el propio Ministro de Hacienda, al preguntársele acerca de ese efecto esperado de los nuevos tributos, dijo que el propósito del paquete era una propuesta para aumentar la recaudación de los gravámenes y no para que creciera la economía. Habló con la verdad de las cosas, el señor Ministro, porque lo que en esencia está detrás de la propuesta gubernamental es tan sólo recoger todo el dinero posible, para entonces proceder a gastarlo, a como hay lugar.

La mejor prueba de la actitud de este gobierno, en cuanto a que la reducción supuesta de su déficit, la logrará tan sólo por la vía de más y mayores impuestos y no mediante la reducción del gasto, fue demostrar con su decisión, y con la ayuda del encubrimiento legislativo del PAC, que aceptaba tan sólo una disminución de su presupuesto del 2012, ya de por sí ilegal, de un 0.004%; es decir, de algo menos de la mitad de un uno por ciento de dicho presupuesto. Tan misérrima reducción lo que hace es desnudar al gobierno en cuanto a sus intenciones encubiertas acerca de cómo “reducir el déficit”. Si hubiera optado por la firmeza y la honestidad, debió haber agregado, para nuestra ilustración cívica, que eso “de reducir el déficit era sólo si se aumentaban los impuestos, pero nunca rebajando el gasto público”.

El menor crecimiento económico esperado de este año que ya lo tenemos encima, al fin ya fue aceptado hace pocos días por el Banco Central. Es un menor crecimiento que en mucho será producto del aumento esperado de impuestos que disminuirá el rendimiento de cualquier inversión que pretendan realizar las personas del sector privado. Estas anticipan una reducción del consumo de las familias y, por ende, de sus ventas reales, lo cual les motivará para no crecer tanto, no aumentar más los inventarios y generar menos empleo. Todo esto se traducirá en ingresos y ahorros a la baja.

Ese aumento de impuestos sí va a afectar la economía, al generar mayor inseguridad e incertidumbre, las que afectan negativamente los prospectos de buenos rendimientos de sus riesgosas inversiones. ¿Quién va a querer invertir más, si, al final del camino, el Estado está esperándolo para atuzarlo con mayores gravámenes, a la vez que con sus acciones el gobierno lo que hace es aumentar el riesgo, cuando se incurre en nuevas inversiones?

Quien sí se verá afectado en el jolgorio que espera tener con los nuevos impuestos, es el Gobierno, pues en caso de que no se apruebe el paquete de tributos que nos pretende imponer, se verá casi obligado a reducir los gastos, pero esta vez en serio y no sólo de habladas, como ha sido siempre que ha jurado que con el paquete del momento al fin se acabará con el déficit. La ilusión es que sin esos mayores tributos se verá obligado a bajar la gastadera: si no se le da más plata, entonces, sí se vería obligado a rebajar el gasto. Pero ya sabemos que, aún así, tratará, de zafarse de la camisa de fuerza, que significa no tener esos mayores ingresos tributarios que anhela lograr con su paquetazo. Ya nos amenazó con que, si no le damos esos tributos de más, podría emplear otras medidas con tal de no rebajar el gasto gubernamental. Esta amenaza no es broma, y ya algunos funcionarios gubernamentales la han mencionado públicamente. De nuevo, no es una amenaza a nuestras vidas que surge por una maldad nuestra, al no querer aprobarle al fisco mayores impuestos o tan sólo porque queramos llevar salarios reales mayores a nuestros hogares, que nos hemos ganado honradamente.

Para amedrentarnos a que aprobemos las mayores alcabalas, nos han conminado hacerlo con la amenaza de que, si no logran aquello, entonces aumentarán los intereses, pues para financiar sus pretensiones de gasto público acudirán a los mercados de crédito para pedir prestado; esto es, con sus actos, el gobierno aumentará el endeudamiento de todos los ciudadanos. Como en Costa Rica el ahorro es muy bajo relativamente (un 17% del PIB) y con el paquetazo más bien este gobierno lo que va a lograr es que aún se ahorre menos, posiblemente sí tendrá lugar dicho aumento en las tasas.

Pero, si el mercado de fondos prestables no le da al gobierno lo que quiere (al precio que quiere), nos lanzó la otra más fuerte amenaza contra todos los ciudadanos, sobre todo a los reticentes a que le den carta blanca como pretende con el paquetazo: acudir a la emisión monetaria del Banco Central (me imagino que con sus Letras del Tesoro, para guardar las apariencias formales), a fin de obtener los fondos necesarios y con ellos financiar el gasto público. El proceso inflacionario que tendrá lugar y que afectará más a los más pobres, será posible si el Banco Central se despoja de su independencia y se rehúsa a emitir ese exceso de dinero. Tal vez la última esperanza de que eso no se dé radica en el credo antiinflacionario que hasta hoy ha esgrimido don Rodrigo Bolaños, pero sólo el tiempo podrá mostrarnos la realidad de las cosas. Y todo con tal de no reducir el gasto público...

La segunda gran táctica empleada por los políticos del gobierno es la tragicomedia griega: ahora resulta que, según este gobierno, si no le aprobamos los impuestos el país quedará indefenso ante el efecto de la caída de la economía europea, contagiada por la declinación griega tan conocida. Algunos funcionarios estatales nos han dicho que, así como el país pudo salir bien librado de la crisis anterior (llamémosla la de Estados Unidos) (¿bien librado nuestro país con un aumento del desempleo de menos de un 6% hasta un 7.7%; con una caída del crecimiento del PIB de casi un 6% anual a prácticamente 1% en el 2010?), se hace necesario blindar nuestra economía ante una posible caída de Europa.

Lo cierto es que tal debacle es tan sólo una posibilidad, pero en verdad parece tener poco que ver con el arreglo de nuestro desorden fiscal y más bien con que el Banco Central pueda tener acceso a líneas de crédito en caso de que haya un congelamiento de los préstamos internacionales entre bancos. Eso sucedió en la crisis reciente de los Estados Unidos y los mismos banqueros han alabado la eficiencia con que reaccionaron los principales órganos de crédito en el mundo (el FMI, la FED, el Fondo Latinoamericano de Reservas, el BID entre muchos otros), que permitieron que nuestro país no se viera envuelto en ese estrangulamiento del crédito, que en sus inicios caracterizó a la crisis estadounidenses.
Es decir, la no aprobación del paquete tributario no impide que el Banco Central, tal como lo hizo en ocasión de lo más duro de la crisis del 2009-1010, logre acuerdos de soporte de liquidez internacional, en caso de que una caída de la economía europea la provoque.

Lo que se podría aprender de la crisis griega es que los déficit gubernamentales pueden echar por la borda cualquier esfuerzo de crecimiento económico sostenido y que no es posible que todo mundo, al mismo tiempo y por medio del Estado, pueda seguir viviendo a costas de todos los demás. Los griegos lo primero que ahora tienen que hacer, y los países más serios de Europa se encargarán de que así sea, es reducir su gasto estatal en todo lo posible, generar recursos con la venta de una serie de empresas estatales que bien podría estar en manos privadas y, en lo posible, recoger mejor sus tributos por medio de un control de la evasión impositiva. Sólo así podrán fluir hacia Grecia los aportes de recursos que le permitan salir del casi abismo en que se encuentra.

Esa lección si la podrían aprender las autoridades gubernamentales, en vez de pretender asustarnos en cuanto a que, si no les aprobamos su paquetazo, la tragedia griega se convertiría en una tragedia criolla. Lo que hace falta aquí, así como en Grecia, es orden, certeza y seriedad en la conducción de la cosa pública.

Jorge Corrales Quesada

martes, 19 de julio de 2011

La columna de Carlos Federico Smith: rumbo a Costa Rica, desde Grecia e Italia


Empecemos con Grecia, la cual, para aspirar a salir de la crisis económica que espero es conocida por los amables lectores, se vio obligada a congelar las plazas en el sector público, además de reducir los salarios de sus actuales empleados en un 15% y que, de cada diez empleados del sector que se pensionen, sólo podrá reponerse a uno de ellos. Esto es parte de un esfuerzo por lograr que los griegos trabajen.

Asimismo, reflejando la seria crisis en su sistema de pensiones, se vio obligada a aumentar la edad durante la cual los contribuyentes deberán cotizar al sistema a fin de poder pensionarse. Pero también tienen que reducir los gastos de la seguridad social en enfermedad, así como en seguridad pública.

Ante la fragrante evasión tributaria, los griegos deberán pagar más impuestos no sólo por los llamados vicios y lujos, sino también sobre la propiedad y un alza de 4 puntos al impuesto sobre las ventas, el cual así llega a una tasa del 23%. De igual manera, debido a la abundante cantidad de propiedad estatal, se ha decidido poner en marcha un fuerte programa para venderla, a fin de que se le traslade a la actividad privada para evitar que continúen siendo una fuente importante de los déficit del sector público.

Igualmente se introducirá una serie de medidas para poner coto al más variado conjunto de subsidios que la imaginación pueda concebir y que, como en todo lado, son fuente del déficit gubernamental del país. Ello es parte de un programa que Grecia tuvo que aceptar negociarlo con sus socios de la Comunidad Económica Europea, a fin de que ellos le brinden recursos que permitan aliviar el dolor del ajuste, pero, al fin y al cabo, para que Grecia efectúe lo que es un ajuste impostergable. Grecia llegó a una situación extrema por muy diversas razones, siendo la principal el exceso de gasto gubernamental superior a la recaudación de impuestos, lo cual se reflejó, a su vez, en un déficit en la cuenta corriente del sector externo. Pero también a causa de una clara dependencia de todos los sectores para obtener todo tipo de privilegios, lo cual implicó un acceso casi ilimitado a los fondos estatales que no eran infinitos. Así se llegó al grado de que no fue posible que se les mantuvieran por más tiempo. Como dicen: No había más cuero de donde salieran las correas.

Viendo y olfateando lo que se les venía, los italianos se anticiparon a tomar medidas tomando como referencia a los acuerdos que tuvo que negociar Grecia con la Comunidad Económica Europea, pues los problemas que estaba teniendo en su economía eran similares a los de Grecia y sus orígenes también parecidos. El gobierno italiano se decidió a actuar para evitar los costos tan elevados que hoy día experimenta Grecia, por lo cual dispuso asumirlos en algún grado significativo, pero tal vez sin llegar a los extremos en que hoy se encuentra Grecia. Para ello, por ejemplo, Italia privatizará una serie de empresas estatales, tan conocidas como ENI, entre muchas otras. Asimismo, a fin de evitar la quiebra de su sistema de seguridad social en cuanto a la atención de enfermedades, introduce el sistema de copago, mediante el cual los usuarios de consultas médicas de su Caja pagan un porcentaje del costo de ellas. Así se termina con la idea de que el costo del tratamiento de las enfermedades es gratuito; esto es, que la demanda sea infinitamente elástica; que los recursos así empleados no tienen un costo de oportunidad.

La edad para pensionarse se elevará, con lo cual aumentan los años durante los cuales se debe pagar cuotas para el régimen de pensiones. También los salarios de los empleados públicos se van a reducir, al igual que una serie de transferencias que el gobierno central efectúa hacia los gobiernos locales. Asimismo se introduce un impuesto progresivo a la renta en el caso de ingresos provenientes de bonos gubernamentales, que probablemente estaban exentos.

Básicamente con estas medidas el gobierno italiano, para lo cual contó con la aprobación en su Senado de los diputados de la oposición de izquierda, considera que podrá enrumbarse hacia un presupuesto equilibrado en unos tres años. Así se han anticipado a lo que ya antes señalaban los mercados, cual era una desconfianza enorme en el futuro económico italiano.

El rumbo que nos señalan Italia y Grecia debe ser objeto de nuestra meditación. Es cierto que la magnitud del problema de nuestro país, tanto en términos absolutos como relativos, en comparación con los dos primeros, es mucho menor, pero las causas parecen ser las mismas. Un enorme déficit fiscal, producto de un gasto mucho mayor que los ingresos tributarios que se perciben, gastos que han crecido enormemente principalmente en el rubro de las remuneraciones, tanto en sus montos –salarios- como en el número de empleados públicos, así como también por una debilidad creciente y eventual quiebra del régimen de enfermedad y maternidad de la Caja, así como de la parte correspondiente a pensiones. Pero no sólo dicho régimen está desfinanciado; hay algunos otros regímenes especiales de pensiones en el sector público que están plagados de gollerías, como es el caso del sistema del régimen judicial, entre otros.

También son factores importantes en la explicación del déficit en el sector público la evasión tributaria actual y también la evitación tributaria, mediante la cual, legalmente, importantes sectores de nuestra economía, que demandan fuertes gastos estatales, no contribuyen con ingresos al fisco para su financiamiento.

En todo caso, las lecciones de los sucedido en Grecia e Italia deben ser aprendidas y aprehendidas muy pronto, a fin de evitar la enorme magnitud de los ajustes que después se van a requerir. La solución no pasa por captar más fondos de las personas y las familias, sino porque el estado, en toda su amplitud, tome las medidas reductoras del gasto que permitan anticipar quiebras como las sufridas por aquellas naciones.

Jorge Corrales Quesada