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lunes, 5 de mayo de 2008

Tema polémico: la crisis alimentaria


Mucho se ha hablado últimamente sobre una inminente crisis alimentaria, producida por un desabastecimiento de granos, que amenaza a gran cantidad de seres humanos. Entre sus aparentes causas, los neuróticos enemigos de la razón y la libertad, incluyen al mercado. Dicen que la crisis alimentaria es la prueba fehaciente de que si se deja al mecanismo del mercado actuar por sí solo y sin ninguna intervención del Estado, caerán sobre la Tierra las 10 plagas de Egipto. Aparecen entonces conceptos como el de mercados "imperfectos" o "fallas del mercado" cuyo objetivo es devolver al Estado una justificación para meter sus manos.

Pues bien, una vez más los paladines de la intervención estatal están equivocados. Culpan al mercado de las desgracias humanas pero ni entienden claramente qué es el mercado ni su funcionamiento. Empecemos por la cuestión conceptual: Williams define el mercado como:

"miles de millones de personas independientes en todo el mundo, que toman decisiones independientes y expresando sus preferencias." (Williams, Walter. ¿Qué o quién es el mercado? Disponible en la web).

Como bien dice Mises

"la inmensa mayoría de los hombres aspira ante todo a mejorar las propias condiciones materiales de vida. La gente quiere comida más abundante y sabrosa, mejor vestido y habitación y otras mil comodidades. El hombre aspira a la riqueza y la abundancia (...) La acción humana consiste en pretender sustituir un estado de cosas poco satisfactorio por otro más satisfactorio. Denominamos cambio precisamente a esa mutuación voluntariamente provocada". (Mises, Ludwig. La acción humana: tratado de economía. 6ª Edición. Madrid: Unión Editorial, 2001. P. 116-117)

De las citas anteriores, se concluye que, al desear el hombre mejorar el estado de las cosas, recurrirá a la acción como fórmula para el cambio. Dicha acción implica una decisión sobre los cursos de acción y al conjunto de hombres decidiendo y actuando en consecuencia, se le llama mercado. Esas decisiones, sólo pueden ser tomadas por cada uno de los hombres, pues sólo cada quien conoce sus fines, preferencias y circunstancias. Hayek señaló acertadamente que

"el conocimiento de las circunstancias que debemos utilizar no se encuentra nunca integrado ni concentrado, sino que únicamente como elementos dispersos de conocimiento incompleto y frecuentemente contradictorio en poder de cada uno de los individuos". (Hayek, Friedrich. El uso del conocimiento en la sociedad. Disponible en la web).

Ahora, es cierto que esos hombres pueden tomar decisiones equivocadas y, consecuentemente, no alcanzar sus fines, pero eso no es justificación para pedir que alguien más tome decisiones por ellos. Nuevamente citando a Williams, queda claro que

"cuando escuchas a alguien decir que él o ella no confía en el mercado y que quiere reemplazarlo por la intervención del Estado, realmente está pidiendo el cambio de un proceso democrático por uno totalitario". (Williams, Walter. Op. cit.).

También Mises advierte que

"quien pretenda criar y alimentar hombres con arreglo a un patrón preestablecido, en vedad desea arrogarse poderes despóticos y servirse, como medios, de sus conciudadanos para alcanzar sus propios fines, que indudablemente, diferirán de los preferidos por aquellos". (Mises, Ludwig. Op. cit. P. 296)

Entonces, las personas que atacan al mercado, es decir, a las decisiones de miles de millones de personas libres, están apoyando a un procedimiento donde una o varias personas le indiquen a los demás cómo y qué han de decidir, sea cual sea la justificación teleológica. Porque pueden decir que uno o varios deben decidir por el individuo para alcanzar el "bien común", la "gloria de Dios", el "interés nacional", etc. Pero en todo caso, se estará pretendiendo que hay algo que es superior cualitativa y éticamente al individuo. Rand señala de manera exquisita que:

"Si el bien común de una sociedad es considerado como algo aparte y superior al bien individual de sus miembros, eso significa que el bien de algunos hombres adquiere prioridad sobre el bien de algunos otros", quedando estos últimos relegados a la condición de animales para sacrificio". (Rand, Ayn. ¿Qué es el capitalismo? Disponible en la web.)

En otras palabras, lo que Rand advierte es que permitir que unos decidan por otros implicaría que los segundos son medios para los fines de los primeros. Y el único parangón histórico donde el ser humano es un medio para que otro consiga sus fines ha sido la esclavitud.

Puede decirse, entonces, que el mercado presupone libertad y que, lógicamente, la regulación del mercado es regulación de la libertad. Vale la pena citar una vez más a Rand:

"En el mercado libre, el valor económico del trabajo de un hombre se determina por un sólo principio: por el consentimiento voluntario de quieres están dispuestos a comprarle su trabajo o su producto. Este es el significado moral de la ley de la oferta y la demanda y (...). Representa el reconocimiento de que el hombre no es propiedad ni sirviente de su 'tribu', que el hombre trabaja para mantener su propia vida, que debe dejarse guiar por su propio interés racional y que, si desea comerciar con otros, no debe esperar víctimas de sacrificio, es decir, no puede esperar recibir valores si a cambio no ofrece valores conmensurables". (Ibíd.)

Como puede verse, una regulación del mercado significa precisamente menos libertad, pues el control necesita y genera más control. Entonces, cuando los neuróticos enemigos de la razón y la libertad, piden que se regule el mercado porque está causando una crisis alimentaria, están pidiendo que alguien o algo decida por las demás personas sobre la producción y el consumo de alimentos. Pero esta petición no es nueva: una revisión por la historia de los siglos XIX y XX, los llamados siglos de la economía de mercado, demostrará que en realidad no se dejó operar libremente al mercado, es decir, no se le permitió a las personas tomar las decisiones que más convenían a sus intereses, sino que el Estado decidió por ellos. Así las cosas, la implementación de políticas de intervención ha generado una distorsión del mercado, en tanto trata de modificar las preferencias de las personas para alcanzar un tal "bien común" o un "interés colectivo". Mises explica que:

"El interés colectivo parte del supuesto de que existe un irreconciliable conflicto de intereses entre él y el egoísmo del particular que siempre busca la ganancia personal. No duda que debe prevalecer el interés colectivo sobre el de los individuos. La persona honrada debe anteponer siempre los intereses nacionales a los suyos egoístas (....) El interés nacional debe provar sobre el egoísmo particular fue la norma fundamental de la gestión económica nazi. Como quiera que la torpeza y la maldad de la gente le impide atenerse a tal ideario, compete al gobierno intervenir coactivamente para que sea respetado". (Mises, Ludwig. Op.Cit. P. 390)

Precisamente, los defensores del interés colectivo son a la vez, los mismos defensores del interés nacional. Como bien indica Mises, al referirse a la Volkswirtschaft (complejo de actividades económicas de una nación soberana):

"Los intereses de cada Volkswirtschaft están en implacable conflicto no sólo con los de los particulares, sino con los de toda otra Volkswirtschaft extranjera. La máxima perfección en una Volkswirtschaft es la plena autarquía económica. La nación que, por sus importaciones, depende del extranjero jamás gozará de independencia económica; su soberanía será pura ficción. Cuando un país no puede producir por razones físicas, todas las mercancías que precisa, forzosamente ha de lanzarse a la conquista de los territorios necesarios. Para ser realmente soberana e independiente, una nación ha de disponer del Lebensraum, es decir, de un territorio lo suficientemente extenso y rico en recursos naturales para poder subsistir autárquicamente con un nivel de vida no inferior al de cualquier otro país.

El concepto de Volkswirtschaft significa desconocer enteramente los principios en que se basa la economía de mercado. Semejante doctrina, sin embargo, ha informado la política del mundo durante los últimos decenios. Su realización práctica desencadenó las tremendas guerras de nuestro siglo y, con toda probabilidad, encenderá en el futuro nuevas conflagraciones aún más pavorosas". (Mises, Ludwig. Op. Cit. P. 391)

En mayor o menor grado, se ha intervenido el mercado porque, aparentemente, dejarlo libre resulta más perjudicial. Basta mencionar que ningún país de Occidente ha disfrutado en su historia de autarquía económica. No obstante, los Estados no han entendido la imposibilidad económica, política, laboral, ambiental, geográfica, etc., de producir todo lo que las personas necesitan y se han aventurado, una y otra vez, con desastrosos resultados. En el caso del mercado alimenticio, los Estados determinan, vía ley o decreto, qué habrá de producirse, dónde y por quién, y para operacionalizar la normativa, subsidian aquellos "productos estratégicos". Esos subsidios definen perdedores y ganadores en función del destino de fondos públicos, pues se le quita a ciertas actividades productivas, vía impuesto, para trasladárselos a otros que se benefician, tan sólo de la decisión arbitraria del Estado. Es en estos casos de asignación de recursos que se dan los mejores ejemplos de corrupción, muchas veces porque el Estado premia con subsidios a sus agentes o a sus amigos.

Como el interés colectivo determina hacia dónde habrán de asignarse los recursos, no es de extrañar que los bondadosos interventores del mercado, de repente, crean haber encontrado una mejor oportunidad para cumplir con el bien común: el etanol. Gran parte de las economías latinoamericanas, desde los años 50 y 60 se han dedicado a la producción agropecuaria, pero en los últimos años, como estrategia para paliar los altos precios del petróleo, los Estados han cambiado sus políticas agrarias, impulsando la producción de etanol. Precisamente, la producción de etanol ha sido una de las causas del desabastecimiento alimenticio, pues la producción se dedica para la industria alternativa del combustible, reduciendo su oferta para el mercado de consumo.

El etanol ha surgido como una iniciativa de los Estados para reducir las emisiones de dióxido de carbono y, consecuentemente, para disminuir el calentamiento global. En este tema han tenido gran ingerencia los distintos grupos ambientalistas, que han anunciado la hecatombe de la humanidad en poco tiempo. Han montado una verdadera estrategia del miedo, donde prácticamente a la humanidad no le quedan más que unos pocos años de vida. Todo esto ha generado, primero, que enarbolen la bandera de la crítica al sistema de producción capitalista, hablando de un "consumismo desenfrenado" que acabará con los recursos naturales. Pero lo que esta gente no entiende es que no se puede criticar el consumismo porque los patrones de consumo son decisiones estrictamente individuales y son decisiones y acciones de las personas, quienes atribuyen valor a bienes y servicios que, consideran, mejorarán su vida. Criticarlo es arrogarse el conocimiento de lo que debe o no valorar una persona y de cuáles deben ser sus fines y sus medios. Y es olvidar que sólo cada individuo puede y debe decidir sobre sus gustos y preferencias. Al respecto, Rand explica de manera muy adecuada:

"(...) ¿por qué debería Elvis Presley ganar más dinero que Albert Einstein? La respuesta es: porque los hombres trabajan con el fin de mantener y disfrutar sus propias vidas, y si muchos hombres encuentran un valor en Elvis Presley, tienen derecho a gastar su dinero en aquello que les place. La fortuna de Presley no proviene de aquellos que no se interesan en su trabajo (yo soy una de ellos) ni de Estein -así como tampoco se interpone en el camino de Einstein-, de la misma forma que Einstein no carece de reconocimiento y apoyo adecuados en una sociedad libre, dentro de un nivel intelectual apropiado". (Rand, Ayn. Op. Cit.)

Los grupos ambientalistas han confundido el fin con los medios: el fin del ser humano es buscar su propio interés, sea cual sea este, siempre y cuando no obstaculice a otros en la libre persecución de los suyos. En este sentido, es cierto que para la sobrevivencia del ser humano es necesario un medio ambiente limpio. Pero el ambiente no es el fin, sino el medio. No obstante, mucha de esta gente que defiende a ultranza la conservación del ambiente estaría encantada con que no se toque del todo y que se sacrifique el progreso. Hay que entender que para producir es necesario contaminar aunque sea un poco, pues es necesario para el progreso de las generaciones actuales. El problema está en que estas personas hablan mucho sobre las generaciones futuras, pero a tal amplitud temporal que, muchas veces, se trata de gente que ni siquiera existe físicamente, sino que su argumento se basa en un ser humano potencial que puede o no nacer. Mises afirma que:

"A muchos alarma la actual explotación inmoderada de recursos naturales y de hidrocarburos que por fuerza han de ir agotándose. Estamos dilapidando riquezas rígidamente limitadas, sin pensar en las necesidades de futuras generaciones; estamos consumiendo nuestra base vital, así como la de nuestros descendientes. Sin embargo, tales quejas tienen poco sentido. Ignoramos totalmente si la vida de los hombres del futuro dependerá de esas mismas materias primas que hoy explotamos". (Mises, Ludwig. Op. cit. P. 390-391)

El asunto es determinar cuál es ese grado de contaminación que los individuos van a tolerar para vivir mejor. Friedman es muy claro al respecto:

"El verdadero problema no consiste en eliminar la contaminación, sino en tratar de sentar las bases de acuerdo, que definan el nivel de contaminación “adecuado”: un nivel en que el beneficio resultante de reducir un poco más la contaminación apenas supere el sacrificio de otras cosas nuevas (vivienda, calzado, prendas de vestir, etc.), que se deberían suprimir al objeto de reducir la contaminación. Más allá de dicho nivel, sacrificamos más de lo que ganamos". (Friedman, Milton. Libertad de elegir. 2ª Edición. Barcelona: Grijalbo S.A., 1980. P. 299)

Ese acuerdo del que habla Friedman lo tomará el conjunto de individuos según la valoración que hagan entre las opciones de que disponen. El caso de Chile, con los bonos verdes, resulta un interesante ejemplo de cómo la gente puede llegar a una especie de concertación para definir los parámetros socialmente válidos de contaminación y, emitir bonos que las empresas e individuos pueden comprar. Dichos bonos tienen una cuota de contaminación y el dueño sólo puede contaminar en la medida que los bonos se lo permiten. Lo mejor de todo es que existe un mercado libre para la compra y venta de bonos, por lo cual las empresas que más contaminen pueden adquirir más bonos comprándoselos directamente a sus dueños, al igual como sucede con el mercado bursátil. El dinero que el Estado consigue al vender los bonos, los destina a programas de reforestación, limpieza de ríos y sitios públicos, etc.

En fin, es una propuesta interesante para paliar el tema de la contaminación pero sin tener que reducir los niveles de producción actuales. Puesto que la única forma de sacar a más y más gente de la pobreza es produciendo y consumiendo más, un impedimento para usar recursos naturales sería un impedimento para progresar.