sábado, 28 de febrero de 2009

Charla sobre el Postmodernismo


En este link pueden encontrar una interesante charla del doctor Benegas Lynch sobre el desarrollo del posmodernismo así como sus corrientes y críticas que se le hacen.

viernes, 27 de febrero de 2009

Viernes de recomendación


Para este día, en ASOJOD queremos ofrecerles un artículo de Modesto Collados titulado "La contribución de Popper al liberalismo", donde se reseñan los grandes aportes del brillante pensador austriaco, generalmente ligado al tema de la filosofía de la ciencia, pero con importantes contribuciones a las ideas de la libertad, fundamentalmente a partir de tres extraordinarios trabajos: La lógica de la investigación científica, La miseria del historicismo y La sociedad abierta y sus enemigos.

jueves, 26 de febrero de 2009

Atlas felt a sense of déjà vu


BOOKS do not sell themselves: that is what films are for. “The Reader”, the book that inspired the Oscar-winning film, has shot up the bestseller lists. Another recent publishing success, however, has had more help from Washington, DC, than Hollywood. That book is Ayn Rand’s “Atlas Shrugged”.

Reviled in some circles and mocked in others, Rand’s 1957 novel of embattled capitalism is a favourite of libertarians and college students. Lately, though, its appeal has been growing. According to data from TitleZ, a firm that tracks bestseller rankings on Amazon, an online retailer, the book’s 30-day average Amazon rank was 127 on February 21st, well above its average over the past two years of 542. On January 13th the book’s ranking was 33, briefly besting President Barack Obama’s popular tome, “The Audacity of Hope”.



Tellingly, the spikes in the novel’s sales coincide with the news (see chart). The first jump, in September 2007, followed dramatic interest-rate cuts by central banks, and the Bank of England’s bail-out of Northern Rock, a troubled mortgage lender. The October 2007 rise happened two days after the Bush Administration announced an initiative to coax banks to assist subprime borrowers. A year later, sales of the book rose after America’s Treasury said that it would use a big chunk of the $700 billion Troubled Asset Relief Programme to buy stakes in nine large banks. Debate over Mr Obama’s stimulus plan in January gave the book another lift. And sales leapt once again when the stimulus plan passed and Mr Obama announced a new mortgage-modification plan.

Whenever governments intervene in the market, in short, readers rush to buy Rand’s book. Why? The reason is explained by the name of a recently formed group on Facebook, the world’s biggest social-networking site: “Read the news today? It’s like ‘Atlas Shrugged’ is happening in real life”. The group, and an expanding chorus of fretful bloggers, reckon that life is imitating art.

Some were reminded of Rand’s gifted physicist, Robert Stadler, cravenly disavowing his faith in reason for political favour, when Alan Greenspan, an acolyte of Rand’s, testified before a congressional committee last October that he had found a “flaw in the model” of securitisation. And with pirates hijacking cargo ships, politicians castigating corporate chieftains, riots in Europe and slowing international trade—all of which are depicted in the book—this melancholy meme has plenty of fodder.

Even if Washington does not keep the book’s sales booming, Hollywood might. A film version is rumoured to be in the works for release in 2011. But by then, a film may feel superfluous to Rand’s most loyal fans; events unfolding around them will have been dramatisation enough.

The Economist

En Vela


La junta directiva o, mejor, comando político, como se le llama, de los profesores de segunda enseñanza (APSE) anunció ayer lo único que saben hacer: declarar una huelga, revestida, por supuesto, de “un pliego de peticiones” o documento chantaje, cuyo secreto es la imposibilidad de cumplir. Por años han demostrado una singular pericia en esta materia, cuyo único requisito es la decisión de causar daño, esencia de su oxidada ideología.

La huelga se proclama, en esta oportunidad, 9 días después de iniciado el curso lectivo. La razón es de alcance universal: la recesión y, por ella y con ella, el despido de empleados en la empresa privada. Para quienes no tienen idea del papel de la empresa privada en la economía, aunque viven en gran parte del pago de los impuestos de empresarios y trabajadores, cualquier pretexto es posible para no dar clases. Para estos acuerdos no hace falta estudiar ni conocer los valores éticos o cívicos. Es suficiente un odio entrañable contra la democracia, contra la empresa, contra la educación pública. Estos dirigentes son los educadores y los modelos de los jóvenes de Costa Rica.

Estemos, pues, preparados para una serie de declaratorias de huelga a lo largo del año. La impunidad los ampara. El ladrón de carros se expone a sufrir la dureza de la cárcel. Al ladrón del tiempo lectivo de estudiantes y padres de familia, esto es, de lo más entrañable de nuestra cultura, nada le pasa. Se echará a dormir y a ver tele el día de la huelga para retirar el salario, sin rubor, a fin de mes. Los educadores responsables darán clases sin temor a la persecución de sus dirigentes.

Razones para huelgas futuras: la insuficiencia de psiquiatras en Costa Rica, la muerte en Bolivia del Che Guevara, el mal estado de salud de Fidel Castro, las inundaciones de octubre y la probabilidad de algún terremoto en nuestro país, los privilegios discriminatorios de Hugo Chávez para otras agrupaciones de profesores en América Latina, los exámenes de evaluación, la exigencia del bachillerato, la obligación de saber leer y escribir para cursar la segunda enseñanza, la campaña imperialista a favor del estudio del inglés, el uso de Internet y la tecnología capitalista, toda forma de raciocinio contraria a los cánones de la revolución bolivariana, la prohibición de heredar el cargo de directores de APSE a los hijos de los actuales líderes, la lectura de libros conforme a las normas de la Real Academia Española –eurocéntrica y antiindigenista–, cualquier tradición o norma que signifique esfuerzo o elevación personal, y, en fin, todo motivo inspirado en el respeto a los demás.

La escuela de la violencia juvenil en todo su esplendor…

Julio Rodríguez

miércoles, 25 de febrero de 2009

Discurso de Obama


Anoche el presidente Obama se dirigió ante el Congreso. Más allá de lo que algunos comienzan a calificar como una especie de show mediático (personalmente no me pareció así), creo q el Primer Servidor estadounidense expresó algunas ideas rescatables:
  • La responsabilidad última por la educación de un ser humano es de sus padres.
  • El gobierno no debe incurrir en déficits ni siquiera en tiempos de crisis.
  • La eficiencia del gasto gubernamental debe ser el norte de la Administración Pública.
Algunos verán en en afirmaciones como las anteriores no más q algo de demagogia para calmar a los republicanos, pero nada de sinceridad o intención de actuar en consecuencia.

Yo prefiero pensar q, independientemente de si son sinceras o no, ello dará material a quienes creen en tales ideas para medir al presidente Obama contra una vara establecida por él mismo como correcta.

Conferencia: ¿Crisis del capitalismo global?


En este video el profesor José Raúl González explica qué causó la crisis, así como sus posibles soluciones.

martes, 24 de febrero de 2009

¿En dónde se equivocan los monetaristas?


En los últimos veinte años se ha desarrollado en los EE.UU., principalmente bajo el liderazgo de Milton Friedman, una escuela que se denomina a si misma “los monetaristas”. Sus líderes resumen su doctrina con la frase “El dinero importa” e incluso a veces con la frase “El dinero importa mucho”.

Los monetaristas creen, hablando en términos generales, que el “nivel” de precios de los bienes y servicios tiende a variar directa y proporcionalmente con la cantidad existente de dinero y crédito –que si la cantidad de dinero (definida de forma extensa) es aumentada en un 10% los precios de los bienes subirán un 10%; que si la cantidad de dinero se multiplica por dos, los precios subirán al doble, etc. (Esto por supuesto suponiendo que la cantidad de bienes permanece constante. Si esta también aumenta, la subida de precios será menor debido a la mayor oferta de bienes).

Ésta es la llamada teoría cuantitativa del dinero. No es nueva sino bastante vieja. Algunos historiadores económicos retrotraen su origen al economista francés Jean Bodin (1566) y otros al italiano Davanzati (1588). En su forma moderna fue presentada de forma más elaborada por el economista americano Irving Fisher en “El poder adquisitivo del dinero” (1911) y en otros libros posteriores.

Los monetaristas han añadido algunos refinamientos a esta teoría, pero fundamentalmente se han dedicado a apoyarla con detalladas estadísticas, y han sacado conclusiones muy diferentes a las de Fisher por lo que se refiere a la política monetaria adecuada.

Cuando Fisher empezó a escribir, el patrón oro aún dominaba en la práctica. Fisher propuso mantenerlo, pero con una modificación radical consistente en variar el contenido de oro del dólar de acuerdo con las variaciones de un índice oficial de precios, de tal forma que el dólar representaría en vez de una cantidad fija de oro, una cantidad constante de poder adquisitivo. Milton Friedman rechaza en general el patrón oro. Propone sustituir éste por una ley que prescriba un aumento fijo y constante de la cantidad a emitir de papel moneda inconvertible.
Mi opción en este momento sería un decreto legislativo que ordenase a la autoridad monetaria alcanzar un determinado incremento porcentual en la cantidad de dinero. Para este propósito, definiría la cantidad de dinero incluyendo el efectivo en manos del público más los depósitos en los bancos comerciales. Yo especificaría que el Sistema de la Reserva Federal debería cuidar que la cantidad total de dinero así definida creciese mes a mes, e incluso en cuanto fuera posible día a día, a un porcentaje anual x, siendo x un número entre tres y cinco. La definición de dinero adoptada, o el incremento porcentual elegido, importan menos que el que la elección sea definitiva e irrevocable.

Es con considerable pesar que critico a los monetaristas, ya que aunque considero sus propuestas de política monetaria indefendibles, están de todos modos mucho más acertados en sus suposiciones y prescripciones que la mayoría de los economistas actuales. La simplista forma de teoría cuantitativa que sostienen es indefendible; pero están en lo cierto al insistir en lo mucho que importa el dinero, y están en lo cierto al insistir que en muchas circunstancias, y a largo plazo, es la cantidad de dinero el factor más importante e influyente en la determinación del poder adquisitivo de la unidad monetaria. Siendo constante el resto de factores, cuantos más dólares son emitidos menor es el valor de cada uno de ellos. De forma que en estos momentos los monetaristas son unos opositores de la inflación más efectivos que la gran cantidad de políticos y economistas putativos que siguen sin reconocer esta verdad básica.

También debo añadir que siento entrar en discusión con Milton Friedman, con el que estoy muy de acuerdo especialmente en la defensa del libre mercado. Espero que ningún lector de este artículo se lleve la impresión de que no aprecio debidamente la lucidez, persuasión y profundidad del Profesor Friedman.

Empecemos examinando que tiene de errónea la teoría cuantitativa del dinero –que mejor debería llamarse la estricta o mecánica teoría cuantitativa del dinero-. Esta teoría se basa en unos presupuestos supersimplificados. Como la formuló Davanzati en 1558, el volumen total de dinero existente tiene siempre que comprar todo el stock de bienes existente – ni más ni menos. De tal forma que si se duplica la cantidad de dinero, y la oferta de bienes permanece igual, se dobla necesariamente el nivel de precios. Cada unidad monetaria compra entonces sólo la mitad de bienes que antes. Formulada en términos modernos, los supuestos implícitos en la estricta teoría cuantitativa del dinero no son mucho más avanzados que esto. Puesto que “el dinero sólo se demanda para comprar bienes y servicios” dicen, esta relación proporcional debe mantenerse.

Pero esto no es lo que ocurre. Lo cierto de la teoría cuantitativa es que los cambios en la cantidad de dinero son un factor muy importante a la hora de determinar el valor de cambio de la unidad monetaria. Esto simplemente es decir que lo que es cierto para otros bienes, también lo es para el dinero. El valor de mercado del dinero, como el valor de mercado de los bienes en general, se determina por la oferta y la demanda. Pero se determina siempre por valoraciones subjetivas, y no por relaciones puramente objetivas, cuantitativas o mecánicas.

Las tres etapas de la inflación

En una inflación típica podemos distinguir a grandes rasgos, tres etapas. En la primera etapa, los precios no suben a un ritmo tan rápido como el incremento de la cantidad de dinero. Puesto que, si existía baja actividad en la economía, las compras hechas con el nuevo dinero estimularán fundamentalmente el incremento de la producción. (Este es el punto subrayado hasta la extenuación por Keynes. Sin embargo, esto sólo ocurre en las primeras etapas de la inflación y únicamente en circunstancias determinadas).

Aparte de este efecto estimulante inicial, la mayoría de la gente no advierte que una inflación del circulante ha tenido lugar. Algunos precios han subido, pero mucha gente al compararlos con los antiguos precios a los que estaba acostumbrada supone que estos nuevos precios son demasiado altos, y pronto volverán a bajar hasta niveles “normales”. Deja de comprar o incrementa sus saldos de tesorería. Como resultado de ello, los precios al principio no suben en la misma proporción que el incremento de la cantidad de dinero. Si la inflación es lenta, con paradas ocasionales, los precios tienden a equipararse con el aumento de la cantidad de dinero, y durante un tiempo se produce el resultado que predice la teoría cuantitativa del dinero.

Pero si la inflación (esto es, el incremento en la cantidad de dinero) continúa, y en especial si se acelera, la gente empieza a temer que esta sea una política gubernamental deliberada que seguirá indefinidamente, y que los precios seguirán subiendo. Por tanto, se apresuran a gastar su dinero mientras todavía conserve algún valor –esto es antes que suban aún más. El resultado es que los precios empiezan a subir mucho más aprisa de lo que la cantidad de dinero ha sido aumentada, y al final mucho más rápido de lo que pueda llegar a ser aumentada nunca.

De tal forma se da el resultado paradójico en una hiperinflación que mientras el gobierno está emitiendo nuevo circulante a un ritmo astronómico, los precios suben tan rápido que la cantidad de dinero existente es insuficiente para llevar a efecto las transacciones, y se producen múltiples quejas en torno a la “escasez” de dinero. Por ejemplo en las últimas fases de la inflación alemana de 1923, el volumen total de papel moneda, a pesar de tener un valor facial billones de veces mayor, tenía un valor de mercado en términos de oro de tan solo una sesentava parte del que tenía antes de iniciarse ésta. Por supuesto que al final el marco de papel llegó a no tener valor alguno, igual que ocurrió con los asignats franceses en 1796 y con el continental americano en 1781.

Es por esta razón por la que finalmente todas las inflaciones tienen que llegar a detenerse. Pero el punto que aquí se subraya es que la estricta teoría cuantitativa del dinero no es cierta. (Pese a parecer cierta en determinadas circunstancias y durante ciertos periodos).

Por lo que se refiere a la cantidad de dinero, es más la cantidad futura esperada de dinero que la existente en el presente, la que determina el valor de cambio de la unidad monetaria.

La calidad afecta al valor

Sin embargo, el valor del dinero no viene determinado solamente por su cantidad –ni siquiera por la cantidad esperada en el futuro– sino que también importa su calidad. Por ejemplo, el circulante emitido por un gobierno que se tambalea, no tendrá tanto valor, siendo el resto de circunstancias las mismas, como el emitido por un gobierno fuerte y legítimo.

En los últimos años hemos sido testigos de múltiples ejemplos del efecto del deterioro de la calidad en la unidad monetaria. Decenas de países han “devaluado” sus monedas. Los precios empezaron a subir en esos países al día siguiente, mucho antes de que hubiera sido posible incrementar más la cantidad de dinero en circulación.

Más chocante es lo que ocurrió en los países de patrón oro cuando anunciaron el abandono del mismo. Los EE.UU. abandonaron el patrón oro en mayo de 1933. En 1934, el índice de precios al por mayor había subido un 14% desde 1933, y en 1937 un 31%. Los EE.UU. abandonaron formalmente la convertibilidad de nuevo en agosto de 1971. Los precios mayoristas habían bajado en realidad un 2% desde agosto del año anterior; pero en agosto del año siguiente subieron un 4,35%. Sin la disciplina impuesta por el oro, los precios mayoristas subieron más de un 13% entre 1972 y 1973 y más de un 34% entre 1972 y 1974.

Una de las ilustraciones más notables de la importancia de la calidad del circulante ocurrió en Las Filipinas hacía finales de la II Guerra Mundial. Las fuerzas del general MacArthur desembarcaron en Leyte en la última semana de octubre de 1944. A partir de entonces obtuvieron una serie ininterrumpida de victorias. Una “inflación” salvaje se desató en la capital, Manila. Entre noviembre y diciembre los precios subieron en Manila hasta alturas increíbles. ¿Por qué? No hubo incremento en el volumen de dinero. Pero los habitantes de Manila sabían que tan pronto como llegase la completa victoria de las fuerzas americanas sus pesos emitidos por los japoneses perderían todo su valor. Así que se apresuraron a deshacerse de ellos a cambio de cualquier cosa que pudieran obtener.

La teoría cuantitativa del dinero

Lo que ha ayudado a mantener viva la teoría cuantitativa del dinero, a pesar de experiencias como las citadas, es la famosa ecuación de Irving Fisher: MV=PT, siendo M la cantidad de dinero, V la velocidad de circulación, P el nivel promedio de los precios de bienes y servicios y T el volumen de transacciones, o la cantidad de bienes y servicios adquiridos por el dinero.

Así que por ejemplo, cuando la cantidad de dinero no varía y los precios empiezan a subir (o una discrepancia de este tipo se produce) los teóricos cuantitativistas no se quedan desconcertados en absoluto. Disponen por adelantado de una fácil excusa: “la velocidad de circulación” del dinero ha debido variar lo suficiente para justificar la aparente discrepancia. Bien es verdad, que esto requiere ciertas presuposiciones notables. Ya señalé antes que en las últimas fases de la inflación alemana de 1919-1923 el volumen total de papel moneda tenía un valor en oro de una sesentava parte del volumen nominalmente mucho menor de dinero anterior a que la inflación comenzase. Esto requiere que supongamos que la “velocidad de circulación” media se había multiplicado entre tanto por sesenta. Esto no es posible. El concepto “velocidad de circulación de dinero” sostenido `por los teóricos cuantitativistas y representado en la ecuación de Fisher MV=PT es una falacia. Hablando con precisión, el dinero no “circula” sino que se intercambia por bienes. Cuando aumenta la circulación del dinero, aumenta correspondientemente la velocidad de circulación de los bines. Esto es un ejemplo de cómo el uso de símbolos matemáticos puede confundir al economista incluso en una aplicación elemental. Si MV=PT, y se dobla V entonces parece deducirse que 2MV=2PT, y que esto puede leerse como que al doblarse la velocidad de circulación V se puede doblar P (nivel de precios). Pero si ponemos la ecuación como MV=PT puede verse que M2V no es necesariamente igual a 2PT, sino más probablemente P2T. De hecho la ecuación MV=PT no significa lo que Fisher y sus discípulos creen que significa. Consideran MV la parte monetaria de la transacción y PT la “parte de los bienes”. Pero como señaló Benjamin M. Anderson las dos partes de la ecuación son monetarias… la ecuación simplemente dice “lo que se paga es igual que lo que se cobra”.

La velocidad de circulación. Variaciones geográficas

No existen estadísticas fiables de la velocidad de circulación del dinero de mano en mano. Pero tenemos datos de la rotación anual de los depósitos bancarios a la vista. Puesto que los depósitos representan alrededor de ocho novenas partes de los medios de pago, estos números son un indicador importante.

Lo que más choca en primer lugar, cuando examinamos estas estadísticas, es la amplia discrepancia entre el número de rotaciones de los depósitos a la vista en las grandes ciudades, especialmente en Nueva York, y el que encontramos en los otros 226 sitios analizados. En diciembre de 1975, el número medio de rotaciones anuales de los depósitos a la vista en estos 226 lugares fue 71,8. En seis grandes ciudades fuera de Nueva York era 118,7. Cuando llegamos al mismo Nueva York el número de rotaciones fue de 351,8. Esto no quiere decir que la gente de Nueva York estaba gastando su dinero de forma furiosa a un ritmo cinco veces más rápido que la gente de las poblaciones pequeñas. (Debemos recordar siempre que cada individuo puede gastar su renta en dólares una sola vez). La diferencia se debe fundamentalmente a dos factores. Las grandes empresas tienen su administración principal o mantienen sus cuentas bancarias en las grandes ciudades, y estas cuentas tiene mucha más actividad que las cuentas personales. Y especialmente Nueva York, con sus mercados de valores y de mercancías, es el gran centro de la especulación de los EE.UU.

Por tanto la velocidad de circulación del dinero (fundamentalmente la de los depósitos bancarios) aumenta con la especulación, la especulación en si misma no aumenta indefinidamente. Para que aumente la especulación, el deseo de deshacerse de las mercancías tiene que aumentar tan rápido como el deseo de adquirirlas. Son pues las ideas rápidamente cambiantes sobre el valor de los bienes –no sólo las diferencias de opinión entre el comprador y el vendedor, sino opiniones cambiantes por parte de los especuladores individualmente considerados- las que se necesitan para que aumente el volumen de especulación.

El valor de una mercancía, una acción, o una casa no varía en ningún sentido predecible en relación con el número de veces que cambia de manos. Ni tampoco lo hace el valor del dólar. Cuando se venden 100 acciones no baja necesariamente su valor, puesto que las acciones son compradas también. Cada venta implica una compra y cada compra implica una venta. Cuando una persona compra un bien “vende” su dinero; pero el vendedor del bien “compra” dinero. No existe conexión necesaria alguna entre los cambios en la “velocidad de circulación del dinero” y los cambios en el nivel de precios de las mercancías. La “velocidad de circulación” es meramente el resultado de un complejo número de otros factores y no una causa en sí misma de ningún cambio importante en absoluto.

Henry Hazlitt

Entrevista: Dan Mitchell, crisis financiera.


–¿Piensa usted que las medidas de rescate del Gobierno contribuirán a restaurar la economía?

–Las medidas de rescate empeoran la economía, porque impiden que los mercados privados operen. Ya lo vimos en Japón, en la década de 1990.

Cuando tienes una burbuja, lo mejor que se puede hacer es dejarla explotar tan rápidamente como sea posible. Cuando uno se quita una curita poco a poco, resulta muy molesto. Si se la quita de una vez, se acabó. Y entonces la economía puede volver a crecer.

Pero cuando el Gobierno interfiere y aplica medidas de rescate, no solo está recompensando a las instituciones por haber tomado decisiones equivocadas, sino además está agrandando y haciendo más profundos los problemas económicos.


¿Habría dejado usted llegar a la bancarrota a los grandes fabricantes de autos, como General Motors, Chrysler o Ford?

–Las empresas que están en bancarrota es porque tenían que ir a la bancarrota. Lo mejor para General Motors habría sido caer en bancarrota, para reorganizarse, negociar contratos razonables con los sindicatos, y emerger de la bancarrota en una posición más fuerte. En cambio, el rescate solo retrasa las reformas necesarias que tienen que aplicarse, si se quiere ser competitivos en una economía global.

¿Qué habría pasado con los ahorros de las personas, si el Gobierno hubiera dejado a los bancos caer en bancarrota?

–Hace veinte años, muchos de los bancos llamados cooperativas de ahorro y crédito (Savings and loans) fueron a la bancarrota por tomar malas decisiones, pero entonces el Gobierno no los rescató.

Los accionistas perdieron su dinero y los ejecutivos su trabajo; los clientes, en cambio, tomaron sus ahorros y los trasladaron a otras instituciones que no estaban en quiebra. Eso hizo que el sistema completo funcionara muy bien, en comparación con el enredo que los políticos están haciendo hoy.

–¿Qué va a pasar en los próximos años, teniendo en cuenta las decisiones que el Gobierno acaba de tomar?

–Desafortunadamente, parece que Obama piensa hacer exactamente lo mismo que Bush. Será un presidente con un Gobierno grande e intervencionista. Lo que no funcionó con Bush no funcionará con Obama. Así es que no estoy muy contento.

¿Defiende un sistema con menos intervención estatal y menos impuestos?

–Sí: un Gobierno más pequeño, que interfiera menos, y tasas (de impuestos) fijas y más bajas. Medidas como esas hicieron que Hong Kong creciera tan rápido y se haya hecho tan rico. Así es que yo seguiría las políticas de Hong Kong. Sin embargo, Bush y Obama están intentando hacer un país más parecido a Francia: un Estado de bienestar, con crecimiento lento y un alto nivel de desempleo.

De sencillo a ingobernable


Hace más de cincuenta años, el Dr. Frederic Wertham descubrió una curiosa enfermedad mental: el complejo de Superman. Esta alteración provoca a quien la padece, un sentimiento de superioridad sobre el resto de los mortales y en ocasiones la imperiosa necesidad de salvar al mundo. Wertham la definió originalmente como "el placer de sentir fantasías sádicas al ver cómo alguien es castigado una y otra vez mientras quien provoca el castigo, permanece inmune".

Entre las personas de la calle, este sentimiento sádico es anecdótico, pero entre los políticos es una auténtica epidemia. Si bien, todo hay que decirlo, no es su única enfermedad mental. Los expertos declaran que entre el 1% y 2% de la población mundial es un psicópata en potencia, pero cuando el estudio se concentra en los políticos, este índice se eleva al 5% y 10%. ¿Acaso alguien lo dudaba?

Los políticos de Cataluña han vuelto a dar testimonio de hasta qué punto les encanta destrozar la vida de las personas a las que someten con sus leyes absurdas. En medio de una crisis económica de magnitudes históricas (el paro y las quiebras empresariales crecen a ritmos jamás vistos, pulverizando el poder adquisitivo de los ciudadanos) el Tripartito ha encontrado dos problemas de solución inaplazable. Uno, que los padres adoptivos tengan la obligación de decírselo a sus hijos y dos, que las bolsas de plástico del super son peor que Hitler y, por tanto, hay que poner coto a su proliferación.

En este segundo caso, el complejo de Superman de nuestros mandatarios se ha superado a sí mismo. De momento no las prohibirán, eso ya vendrá más tarde. El Tripartito ha decidido limitar su distribución gratuita en comercios —se está hablando de un impuesto de 20 céntimos— y crear una "comisión de trabajo sobre bolsas". Prohibirlas resultaba demasiado fácil y no proporcionaba ningún rendimiento económico. Así que la solución pasa finalmente por gastar más dinero del pagador de impuestos y de paso colocar a algún que otro amigote en la susodicha comisión. Probablemente también sufraguen con miles de euros algunos informes sobre bolsas de plástico que nadie va a leer. Podemos recordar, por ejemplo, los 12.000 euros que desembolsó la Generalitat por un informe bajado de internet, los dos portales web que costaron más de 295.000 euros y no funcionaron o el dinero gastado en el estudio sobre brujos y brujas (12.000 euros), sobre la almeja brillante (casi 28.000 euros) o sobre la colocación de libros en las bibliotecas públicas de Girona (24.000 euros), entre muchos más.

Estos casos no son aislados. A diario podemos encontrar en la prensa algún tipo de abuso del Tripartito sobre sus ciudadanos. Esto nos ha de hacer reflexionar sobre algunas cosas. Por duro que les resulte a los políticos, si las cosas funcionan, no se han de complicar con leyes ni impuestos. Los gobiernos no tienen ninguna autoridad moral sobre la vida del ciudadano. Nadie va a morir por que unos padres no le digan a su hijo si es adoptado; y que grupos de presión ecologistas hayan concienciado —léase, lavado el cerebro— a algunos true believers sobre que las bolsas de plástico son peor que el uranio radiactivo, no implica que los poderosos tengan que eliminar a productores, distribuidores, empresarios y trabajadores del plástico para calmar sus conciencias y llenar sus bolsillos. Este sádico complejo de superioridad política sólo crea Estados tiránicos y perdedores netos: los ciudadanos y la economía privada. Es la gente quien ha de elegir libremente si quiere usar un cesto o una bolsa de plástico para trasladar la comida del super a su casa.

Esta solidaridad a punta de pistola es una violación a los derechos individuales del hombre. La solidaridad por ley es un absurdo que sólo da lugar a una sociedad atemorizada y a la pobreza intelectual y material. Lo único que saben hacer los políticos es convertir las cosas sencillas en auténticos problemas. Si ya en los asuntos más simples, los burócratas se comportan como verdaderos sociópatas, ¿cómo podemos esperar que nos arreglen la vida?


Jorge Valín

lunes, 23 de febrero de 2009

Tema polémico: política romántica vrs política real


Se avecina la próxima campaña política, para muchos, máxima expresión de la democracia donde se renueva el compromiso de cada uno de nosotros con la libertad, la tolerancia y el respeto político, en fin, donde cada ciudadano participa en pro de la convivencia pacífica en sociedad. El argumento es claro, sin embargo pocas veces observamos que detrás de esta forma de ver a la política (que podríamos llamar visión romántica de la política) subyace una lógica de juego diferente, menos idealista, es decir, una visión realista de la política donde el fundamento cambia y la meta del juego no es la renovación de las convicciones políticas, sino la búsqueda del provecho individual. Para muchos esto se podría considerar como una situación aberrante, un desvío o vicio de los verdaderos objetivos políticos, no obstante la política es, ha sido y será la búsqueda del poder por parte de los individuos, nos guste o no.

Dentro de esta visión realista, las campañas políticas se configuran como el proceso en donde cada individuo, llámese ciudadano o candidato, actúa con el objetivo de alcanzar sus fines individuales, (aún cuando lo que se busque sea el beneficio de otros individuos). En el proceso, los candidatos son quienes deberán convencer a los ciudadanos para que voten por él y en la misma lógica el ciudadano elegirá la mejor propuesta, o sea, votará por aquel que le ofrezca más. Y es que las personas buscan soluciones a sus problemas, no sólo en el campo individual a través de sus propios medios, sino también en el plano colectivo. Nuestra forma de organización nos ha enseñado que un camino para solucionar nuestros problemas por la vía colectiva es pidiendo a los políticos que los arreglen. No por casualidad cada vez que ocurre un desastre natural como una inundación o terremoto o una desgracia familiar, se le demanda solución a los políticos, (sobre todo al presidente de la República).

Esto nos lleva a pensar que, para la mayoría de los ciudadanos, las justas electorales se configuran como una elección de los medios más adecuados para la solución de sus problemas, esto es: quién va a construir más casas, quién va a generar más empleo, quién va a dar más fondos a programas de asistencia…, etc. Una vez planteada la oferta, la solución es elegir el medio (candidato) que más ofrezca. Se podría cuestionar este argumento diciendo que los ciudadanos difícilmente se enteran de las ofertas de los candidatos y que su elección se guía más por cuestiones como la afinidad con el candidato o por razonamientos como el arraigo familiar entre otros. Empero, si miramos la historia, entenderemos que las campañas políticas se han desarrollado bajo la lógica de la oferta ("yo prometo más casas y más empleo que mi rival") por lo que es valido pensar que lo que impera es la elección del medio más adecuado para mis demandas.

Para los políticos, el juego también es claro: identificar las principales demandas de los ciudadanos y generar productos (programas de campaña) que satisfagan tales exigencias de manera tal que al final del juego (proceso electoral) sea el medio elegido (es decir, el candidato vencedor). Sin embargo la cuestión se complica para el candidato si tomamos en cuenta el factor competencia en sistemas multipartidistas. Las ofertas de un candidato pueden ser superadas por las del candidato rival lo cual implica, si aceptamos la hipótesis de que el ciudadano busca sacar el mayor provecho y vota de acuerdo a esta lógica, que si se desea triunfar se deberá superar la oferta rival con una contraoferta más atractiva para el elector, lo cual implica a su vez que el rival replique la oferta ya superada con una contra. Sin duda las ofertas llegan hasta donde la ambición. Y como sabemos, en el mundo y en la política especialmente, existen personas con mucha ambición.

El problema de tal lógica subyace en la imposibilidad que tendrá el candidato de concretar todas sus ofertas. Dicha imposibilidad se debe entre otras razones, a que muchas de las promesas son simplemente imposibles de cumplir, (piénsese en la promesa de erradicar la pobreza), o que para cumplirlas se debe llegar a un acuerdo con varios jugadores con poder de veto (incluyendo jugadores rivales) que pueden no estar interesados en asentir. Una vez que la oferta ha sido planteada los ciudadanos (aquellos que aún disfrutan de las campañas políticas) se disponen a elegir, pero las razones de su elección no se encuentran en las convicciones políticas de la visión romántica, sino en la búsqueda de satisfacción personal de la visión realista.

Si esto no es así, si el argumento del egoísmo no es verdad, entonces debemos preguntarnos por qué en las campañas políticas, los partidos políticos se esmeran en ofrecer más que los demás o por qué los candidatos prometen hasta lo imposible. Y a su vez, habría que cuestionarse por qué los ciudadanos votan por quien creen les dará más y por qué demandan tanto a los políticos. Si lo que nos motiva es el amor a la democracia, simple y llanamente, las campañas políticas se enfocarían en eso y no en convencer con promesas imposibles,. Asimismo los ciudadanos no demandarían casas, carreteras, seguridad, etc. y tampoco existirá tanto abstencionismo.

Las reglas del juego nos hacen partícipes nuevamente de una campaña política. Sin embargo, debemos preguntarnos si realmente todo se trata de una fiesta por y para la democracia en la que reiteramos nuestro credo por los valores relacionados a este régimen o si más bien es un juego por la ambición individual y la satisfacción personal. Como decía un gran pensador: el autoengaño es placentero.

sábado, 21 de febrero de 2009

El error keynesiano de Barack Obama


Políticos y burócratas están avanzando con un gigantesco plan de estímulo de $800.000 millones para supuestamente devolverle el crecimiento a la economía estadounidense. ¿Funcionará? Décadas de investigaciones macroeconómicas sugieren que no. De hecho, el renacimiento del keynesianismo para combatir la recesión parece derivarse más de la conveniencia política que de la teoría económica moderna o de la experiencia histórica.

La idea de utilizar la política fiscal para estimular la economía durante una recesión era promovida por John Maynard Keynes durante los años treinta. Keynes argumentaba que las economías de mercado pueden verse estancadas en un hueco muy profundo y que solamente grandes infusiones de estímulos gubernamentales pueden reanudar el crecimiento. Él propuso la tesis de que el alto desempleo en la Gran Depresión se debía a los “salarios estáticos” y a otros problemas de mercado que prevenían el retorno al equilibrio de pleno empleo. Es interesante que Keynes no ofreció evidencia alguna para demostrar que los salarios estáticos eran un serio problema, e investigaciones posteriores indicaron que los salarios de hecho cayeron substancialmente durante la década de los treinta. De hecho, uno necesita analizar a una serie de intervenciones gubernamentales para explicar por qué la recesión duró tanto.

A pesar de los defectos en el análisis de Keynes, su prescripción de un estímulo fiscal para aumentar la demanda agregada durante una recesión fue ampliamente aceptada. Los gobiernos llegaron a creer que al manipular el gasto o los recortes de impuestos temporales ellos podían administrar científicamente la economía y suavizar los ciclos económicos. Muchos economistas pensaron que había una relación inversa entre la inflación y el desempleo que podía ser explotada por políticos hábiles. Si el desempleo estaba subiendo, el Estado podía estimular la demanda agregada para reducirlo, pero con el efecto secundario de una inflación algo más alta.

Los Keynesianos pensaron que el estímulo fiscal funcionaría al contrarrestar el problema de los salarios estáticos. Los trabajadores serían engañados al aceptar los salarios reales más bajos mientras que los niveles de precios subían. Los salarios nominales al alza fomentarían más esfuerzos laborales y más contratación por parte de las empresas. Sin embargo, análisis posteriores revelaron que el Estado no puede engañar continuamente a los mercados privados, porque las personas prevén y son generalmente racionales. El error de Keynes fue ignorar el comportamiento microeconómico real de los individuos y las empresas.

El dominio del keynesianismo se acabó en los setenta. El gasto público y los déficit se dispararon, pero el resultado fue una inflación más alta y el desempleo no se redujo. Estos eventos, y el auge del monetarismo liderado por Milton Friedman, acabaron con la creencia de que había una relación inversa entre el desempleo y la inflación. El keynesianismo estaba errado y su prescripción de una intervención fiscal activa estaba mal concebida. De hecho, las investigaciones de Friedman demostraron que la Gran Depresión fue causada por un fracaso de la política monetaria del Estado, no por un fracaso de los mercados privados como Keynes lo había dicho.

Aún si un estímulo del Estado fuese una buena idea, los políticos probablemente no lo implementarían de la manera que la teoría keynesiana lo sugería. Para componer una recesión, los políticos necesitarían reconocer el problema temprano y luego implementar una estrategia contra-cíclica rápida y eficiente. Pero la historia estadounidense revela que las acciones de estímulo del pasado han sido demasiado inoportunas o inadecuadas para en realidad haber ayudado. Además, muchos políticos son conducidos por motivos que están en conflicto con la presunción keynesiana de que ellos buscarán diligentemente servir el interés público.

El fin del keynesianismo en los setentas creó un vació en la macroeconomía que fue llenado por la teoría de “expectativas racionales” desarrollada por John Muth, Robert Lucas, Thomas Sargent, Robert Barro y otros. Para la década de los ochentas el keynesianismo a la antigua estaba muerto, al menos entre los nuevos líderes de la macroeconomía.

Los teóricos de las expectativas racionales sostenían que las personas toman decisiones económicas razonadas basándose en sus expectativas del futuro. No pueden ser engañados sistemáticamente por el Estado e inducidos a tomar acciones que los dejarán en una peor situación. Por ejemplo, las personas saben que un estímulo al estilo keynesiano podría derivar en una inflación más alta, entonces ajustarán su comportamiento, lo cual tiene el efecto de nulificar el plan de estímulo. Un gasto de estímulo endeudará más al Estado, pero no aumentará la producción real o el ingreso sostenido en el tiempo.

Es difícil encontrar un libro de texto de macroeconomía estos días que considere a un estímulo keynesiano como una herramienta de política pública sin serios errores, razón por la cual la actual propuesta de $800.000 millones ha tomado por sorpresa a muchos macroeconomistas. John Cochrane de la Universidad de Chicago recientemente indicó que la idea de un estímulo fiscal es “enseñada solamente para mostrar sus falacias” en los cursos universitarios. Thomas Sargent de New York University indicó que “las calculaciones que yo he visto respaldando al paquete de estímulo son hechas a la ligera e ignoran lo que hemos aprendido en los últimos 60 años de investigaciones macroeconómicas”.

Es cierto que la teoría keynesiana ha sido actualizada en recientes décadas, y que ahora incorpora ideas de nuevas escuelas de pensamiento. Pero la aseveración de la administración de Obama de que su paquete de estímulo creará hasta cuatro millones de trabajos es asombrosa. Muchos macroeconomistas de primera línea son críticos del plan, incluyendo a Greg Mankiw de Harvard y John Taylor de Stanford, quienes han sido los líderes en actualizar el modelo keynesiano. Taylor señaló que “la teoría de que un estímulo de gasto gubernamental a corto plazo reactivará la economía está basada en teorías keynesianas anticuadas y estatistas”.

Un resultado de la revolución de las expectativas racionales ha sido que muchos economistas han cambiado su enfoque de estudiar cómo manipular los ciclos económicos de corto plazo a investigar las causa del crecimiento a largo plazo. Es en el largo plazo que los economistas pueden proveer el consejo más útil sobre cuestiones tales como reforma tributaria, regulación y comercio.

Mientras que muchos economistas han volcado su atención al crecimiento a largo plazo, los políticos desafortunadamente tienen horizontes de tiempo de más corto plazo. Suelen combinar poco conocimiento de economía con un gran apetito de proveer arreglos rápidos a las crisis y recesiones. Su demanda de soluciones muchas veces es igualada por la oferta de propuestas dudosas por parte de economistas demasiado ansiosos. Muchos economistas respetados presionaron por la aprobación del paquete de estímulo de $170.000 millones a principios de 2008, pero éste resultó ser un fracaso. La lección es que los políticos deberían ser más escépticos de economistas que dicen saber cómo resolver recesiones con esquemas grandiosos. Los economistas saben mucho más acerca de los factores que generan el crecimiento a largo plazo, y eso debería ser el enfoque primordial de los esfuerzos para reformar del gobierno.

El actual plan de estímulo impondría una pesada deuda a los estadounidenses jóvenes, pero haría poco, si no es que nada, para ayudar a que la economía crezca. De hecho, podría tener efectos similares a aquellos de los programas del Nuevo Trato (New Deal), de los cuales Milton Friedman concluyó “obstaculizaron la recuperación de la contracción, prolongaron y añadieron al desempleo y fijaron las bases para un Estado cada vez más entrometido y costoso”. Un precedente será creado con este plan, y los políticos necesitan decidir si quieren continuar hipotecando el futuro o permitir que la economía se ajuste y retorne al crecimiento por sí sola, como siempre lo ha hecho en el pasado.

Desafortunadamente, el Presidente Obama no ha propuesto reforma fiscal de largo plazo alguna, y como su predecesor parece tener una visión keynesiana de corto plazo. Los recortes de impuestos de 2001 y 2003 fueron generalmente vendidos como medidas de estímulo temporales y el presidente Bush aprobó de los créditos tributarios de 2008 calificándolos de una “inyección de estímulo” para la economía. No queda claro si las creencias keynesianas o los factores políticos conducen al plan de estímulo de $800.000 millones. Pero como Robert Barro de Harvard indicó en su desapruebo del plan de estímulo, solo porque la economía está en crisis, no “invalida todo lo que hemos aprendido acerca de la macroeconomía desde 1936”.

Ike Brannon y Chris Edwards

viernes, 20 de febrero de 2009

Viernes de Recomendación


En este interesante artículo de Ludwig van den Hauwe se analizan los pensamientos de los hermanos von Mises (Ludwig quien era economista y Richard quien era matemático) y Keynes (quien era economista) sobre los problemas epistemológicos que involucra el concepto de probabilidad. El artículo se titula John Maynard Keynes and Ludwig von Mises on Probability.

jueves, 19 de febrero de 2009

Conferencia Armando de la Torre


En ASOJOD les queríamos presentar esta conferencia que el Dr. Armando de la Torre impartió durante la Universidad CATO-UFM. La misma trata sobre la ética del lucro, así como de la responsabilidad individual.

Entre el martirio y el oportunismo

Vivimos en un mundo donde el Estado es omnipresente e interviene en casi todas las facetas de nuestra existencia. Si queremos evitar cualquier contacto con el Estado o participación en sus políticas debemos prepararnos para el martirio o la vida de ermitaño.

Para aquellos de nosotros que tenemos principios liberales y queremos llevar una vida moral, acorde con esos principios, la cuestión de cómo actuar en un mundo dominado por el Estado es importante. ¿Es moral aceptar subvenciones o pagar impuestos religiosamente si estos financian un sistema injusto? ¿Es moral hacer uso de la sanidad pública o trabajar para el Estado? ¿Es moral formar parte del Gobierno o hacer campaña para conseguir favores públicos?

Todas estas preguntas están interconectadas y nos sitúan ante un continuum de actuaciones difícil de abordar. Murray Rothbard hizo un intento de aproximación en su artículo Living in a State-Run World, donde esboza algunos de los puntos clave en esta discusión.

Rothbard distingue dos actitudes radicales que habría que rechazar: el sectarismo ultra-puritano, según el cuál no podemos siquiera caminar por las calles públicas; y el oportunismo de los vendidos, según el cuál podemos ser guardias en un campo de concentración y poder seguir llamándonos "liberales" sin pudor alguno. El ultra-puritanismo lleva a aislarse del mundo y a evitar la realidad en aras de una fantasía. Implicaría tildar a todos los cubanos de "criminales", porque como en Cuba no hay apenas sector privado todos son funcionarios. El oportunismo más aprovechado, por otro lado, desvincula totalmente los principios morales de la vida cotidiana, como si la ética no tuviera ninguna relación con la realidad. Liberalismo de boquilla, o haz lo que digo pero no lo que hago.

Un punto intermedio parece más razonable. En primer lugar, porque una ética que obliga al martirio no puede ser buena. El liberalismo es una ética para mejorar la vida de las personas, no para exigirles su sacrificio en el altar de las ideas. Sería absurdo que la respuesta moral a un sistema injusto, que nos hace menos libres y más pobres, fuera soportar aún más malestar y restricciones. En segundo lugar, porque se puede participar en el sistema por diferentes razones y en varios grados, y cada caso merece un juicio ético distinto. De hecho, dependiendo de la corriente liberal a la que uno se adhiera (anarcocapitalismo, minarquismo etc.) incluso la figura del funcionario o político per se no es incompatible con el liberalismo.

Rothbard introduce otra distinción fundamental: una cosa es convivir con una injusticia que te han impuesto y tú no has creado, y otra cosa es promover activamente esa injusticia, agravarla o colaborar en su ejecución. Aceptar una subvención una vez la ley está aprobada y el dinero está sustraído no es lo mismo que aprobar o hacer campaña a favor de esa subvención o contribuir a recaudarla. La confiscación ya se ha producido con independencia de que haga uso o no de la calle pública o de la sanidad pública.

Juzgar la conducta de la gente en base a lo que reciben del Estado supone, además, considerar solo la mitad del cuadro. Los beneficiarios de servicios y subsidios públicos también pagan impuestos, y si pagan más de lo que reciben entonces no están más que cobrándose una parte de lo que le han quitado previamente. En el caso de los funcionarios, su salario entero es como una subvención y a menos que tengan fuentes de ingresos alternativas podemos decir que su riqueza proviene del expolio al ciudadano. Pero con respecto a los funcionarios también hay que hacer distinciones. De nuevo Rothbard sugiere un buen enfoque: hay empleos en el sector público que serían perfectamente legítimos si se llevaran a cabo en el mercado y hay empleos que son ilegítimos per se y no son compatibles con una sociedad libre. Uno podría ser profesor, médico o cartero en una sociedad libre, pero no podría ser guardia en un campo de concentración de prisioneros políticos, inspector de Hacienda, policía anti-droga o ministro de Cultura y Deportes.

Las personas que tienen vocación de maestro, médico o de taxista no tienen la culpa de que el Estado monopolice o regule esas profesiones, impidiendo o dificultando su ejercicio en el mercado libre. El salario del maestro lo pagan los contribuyentes vía impuestos y no es un salario de mercado, pero en una sociedad libre esa profesión probablemente existiría y esos mismos contribuyentes también pagarían un salario al maestro, esta vez vía precios. Al menos la mayoría de profesores y médicos funcionarios dispensan un servicio que tiene cierto valor para el contribuyente, y podemos convenir en que su renta no es tan inmerecida como la de aquél que realiza una actividad que nunca estaría remunerada en el mercado.

Ya que nos "obligan a jugar", opinan algunos liberales, hay que jugar a ganar: sacarse oposiciones para tener un trabajo seguro, poco estresante y sufragado por los contribuyentes (como además la mayoría son socialistas, no hay motivo para tener mala conciencia), pedir subvenciones sin escrúpulos y hacer uso y abuso de las prestaciones públicas. "Soy liberal, pero no soy tonto". Pero lo mismo podría decir un comunista rico "obligado a jugar al juego capitalista", y el liberal protestaría porque le metemos en el mismo saco.

La alternativa a ser un pringado liberal no es necesariamente ser un liberal aprovechado, orgulloso de parasitar. También puede ser un liberal que intenta actuar moralmente sin dar la espalda a la realidad ni martirizarse por culpa de un mundo estatista que le ha sido impuesto.

Albert Esplugas

miércoles, 18 de febrero de 2009

Latinoamerizanización de Washington


En 2008-2009 el mundo parece haber dado un cambio de 180 grados. Hoy Washington encaja perfectamente en el estereotipo del país latinoamericano: (1) gasta más de lo que tiene y (2) aquellos en el poder pueden redistribuir riquezas a sus amigotes—en una fiel imitación de la tradición mercantilista latinoamericana.

A lo primero, William Niskanen del Cato Institute lo ha denominado como “abuso fiscal de niños” puesto que lo que se está haciendo es dejarles como herencia un trillón más de deuda a los hijos y nietos de los actuales contribuyentes estadounidenses. Personas que ni siquiera han nacido tendrán que aguantar la resaca de la fiesta de gasto que se está dando hoy en Washington.

Lo segundo es verdaderamente preocupante. La Tesorería de los EE.UU. recibió el año pasado un poder sin precedentes en ese país: gastar, a libre discreción, un fondo de aproximadamente $700.000 millones para librar de activos en problemas a instituciones privadas “en problemas” por haber comprado esos activos (Esto es algo similar, aunque no tan brutal, como lo que se hizo en nuestro país cuando se le endosaron todas las pérdidas de la banca privada a todos los contribuyentes ecuatorianos). Como ese paquete no resolvió nada, ahora está prácticamente aprobado un nuevo paquete “de estímulo” de $800.000 millones. Decía Albert Einstein que esperar resultados distintos mientras que uno hace lo mismo era un síntoma de locura…

Pero dice el Presidente Obama que hay un consenso de que hay que incrementar considerablemente el gasto público para salir de la crisis. Tal consenso es una ficción puesto que hace un par de semanas más de 200 economistas, incluyendo varios Premios Nóbel, firmaron un anuncio que apareció en el New York Times y el Washington Post, entre otros periódicos, declarando que “El aumento en el gasto público por parte de los gobiernos de Hoover y Roosevelt no sacó a la economía estadounidense de la Gran Depresión en la década de 1930. Más gasto público no resolvió la 'década perdida' de Japón en los noventas”.

Detrás del apoyo político a un rol más activo por parte del gobierno yace la ansiedad de “¡hacer algo!” o ser vistos haciendo algo. Esta ansiedad une a políticos tan variopintas como Chávez, Correa, Bush y Obama. Los keynesianos sostenían que había una relación negativa entre la inflación y el desempleo: a mayor inflación, menor desempleo y viceversa. Se pensaba que los políticos y funcionarios hábiles podían inyectar dinero, generando inflación y de esa manera reducir periódicamente los salarios reales de los trabajadores sin que estos se den cuenta.

Era (y es) la teoría ideal para aquellos políticos ansiosos de ser vistos haciendo algo (y de conseguir más poder para hacerlo). Pero el dominio de esta teoría se acabó en los setentas cuando un creciente gasto público derivó en altos déficits y una política monetaria expansionista derivó en una alta tasa de inflación. Ese intervencionismo estatal resultó en una alta tasa de desempleo. Pensar que la misma política de aumentar el gasto público ahora tendrá resultados distintos, es un ejercicio de fe. Muy parecido a los repetidos ejercicios de fe en nuestra empobrecida región.

Gabriela Calderón

lunes, 16 de febrero de 2009

Domingo negro para la libertad


Este domingo 15 de febrero será recordado como un día negro para la libertad en Venezuela y en América Latina, pues lamentablemente Hugo Chávez ganó, con el 54,4% de los votos, el referendo que le permitirá postularse indefinidamente para la Presidencia de ese país. Con ello, el teniente coronel podrá continuar con su terco experimento de hacer de Venezuela una nueva Cuba, sin notar que el mismo recorrido le está llevando al mismo resultado: desastre, hambre, pobreza, muerte, y destrucción.

En ASOJOD nos unimos a los individuos venezolanos que dieron una fuerte lucha contra la instauración de esta nueva forma de totalitarismo y nos comprometemos a no ceder en nuestro empeño de denunciar a estos populistas, estatistas y absolutistas que quieren concentrar todo el poder posible para hacer cumplir sus más vulgares fantasías y así limitar los derechos y la libertad de las personas.

Tema polémico: restricción vehicular reloaded


El día de hoy hemos escogido un tema que ha sido objeto de discusión tanto en la prensa como en los estrados judiciales de nuestro país: la restricción vehicular. Esta fue instaurada por el Decreto N° 34.577, emitido por el Presidente de la República y la Ministra de Obras Públicas y Transportes. En junio de 2008, el precio internacional del petróleo había superado los US $100 y seguía al alza, por lo que a nuestro Gobierno se le ocurrió la mágica idea de que tal situación ameritaba restringir el consumo de combustibles para "reducir la factura petrolera que pagaba el país". Si el Estado puede restringirnos el consumo,

El punto que el Poder Ejecutivo convenientemente pareció olvidar en ese momento es que cada ciudadano es quien decide qué hacer con su dinero, lo que significa que es libre para decidir si comprar o no cierta cantidad de combustible para reducir la "factura petrolera", ¿qué impedirá que restrinja nuestro consumo de computadoras, porque a juicio de un burócrata "la factura tecnológica" es muy alta? ¿Por qué es válido restringir el consumo de combustibles y no de cualquier otro bien?

Pero no fue el único problema: cuando el precio del petróleo cayo de manera importante, el decreto en cuestión se volvió insostenible. Ante tal situación, el Presidente y la Ministra de Obras Públicas y Transportes, junto con el Ministerio de Ambiente y Energía, produjeron una nueva entelequia: el decreto 34.620, el cual reformaba las disposiciones de restricción vehicular para incluir dentro del motivo el tema de preservación del ambiente. Si bien en la práctica se usa el asunto del congestionamiento vial como justificante, el decreto no menciona en ningún momento esta razón como fin, sino que se limita a mencionar la factura petrolera y la conservación del ambiente.

El día de hoy, fuera de las consideraciones de naturaleza jurídica que podamos tener sobre el tema, deseamos discutir al aspecto práctico y ético de este decreto. Primeramente, nos parece que aún aceptando los supuestos que llevaron al gobierno a restringir el flujo vehicular de esta manera, se ha hecho de una manera poco seria. Si la justificación es la preservación del ambiente, ¿por qué no se restringió el flujo vehicular en todo el país? ¿No contamina igual un carro en Guanacaste que uno en San José? Además, ¿no se podría ahorrar más combustible si la restricción se hubiera hecho en áreas en donde estudios técnicos prueben que hay embotellamientos constantes? Varios estudios han demostrado que el año pasado, con todo y restricción vehicular, no se ha reducido el consumo de combustible. Asimismo, tampoco ha disminuido en 20%, como se tenía previsto, la cantidad de vehículos en el área de restricción, sino que apenas se ha llegado a la meta del 10%. Estos hechos son una muestra más de la falta de seriedad y racionalidad que caracteriza a nuestros políticos, que cada día buscan excusas para evitar que la cosas anden "por la libre", irrespetando los derechos y libertades de los ciudadanos, así como manejando irresponsable e imprudentemente los dineros de estos.

En segundo lugar, la restricción vehicular es una muestra de un problema ético de fondo que ya hemos denunciado en este blog en el pasado: la percepción de que el Estado es el ente llamado a decidir por nosotros, el llamado a restringir nuestras libertades, no para proteger las de los demás, sino para protegernos a nosotros mismos. Alexis De Toqueville explicó de manera brillante en su obra "La Democracia en América", que la libertad puede ser coartada de manera más efectiva poco a poco pero a ritmo constante que de manera violenta y repentina.

Pensamos que en nuestro país esto es más cierto que nunca, ya que no sólo el gobierno puede realizar este tipo de acciones con éxito, sino que éstas gozan de una popularidad relativamente alta. De lo contrario, las protestas y reclamos estarían a la orden del día. Ante tal situación, en ASOJOD queremos invitar a los ciudadanos a cuestionar de forma muy crítica cuando alguien dice que "hace algo por su bien". Los hechos demuestran que esta no surte efecto y que la solución a esos problemas no está en la restricción de la libertad, sino en mecanismos alternativos que incentiven pero no obliguen a los individuos a utilizar sistemas de transporte más eficientes: puede ser mejorando el transporte público, permitiendo a la gente organizarse de forma privada para viajar en grupo (sin perseguirlos por considerarse una forma de transporte "pirata"), etc. Y si aún así la gente no está dispuesta a dejar de usar su carro, el mismo mercado se encargará de regular las decisiones. Sólo una sociedad en donde los individuos entiendan que son ellos y no otro quienes deben decidir sobre sus propias vidas será una sociedad en donde prime la responsabilidad y la libertad.

domingo, 15 de febrero de 2009

¡Buenas Noticias!


Otra posibilidad de comercio parece surgir. Nos referimos al TLC con Singapur. Según COMEX las primeras rondas de negociación se realizarían en el mes de abril. En la actualidad Singapur ocupa el puesto número 2 dentro del ranking de libertad económica. Este pequeño país cuenta con apenas más de cuatro millones y medio de habitantes y con un PIB per capita de $52,900.

En ASOJOD esperamos que este TLC traiga nuevas oportunidades tanto a productores y consumidores.

sábado, 14 de febrero de 2009

¿Más de lo mismo?


Probablemente G. W. Bush haya sido el peor presidente de los Estados Unidos. En nombre de la seguridad, reprimió las libertades individuales a través de escuchas telefónicas sin orden de juez competente, intromisiones en el secreto bancario, irrupciones a domicilios y detenciones sin el debido proceso. Durante su administración, la relación entre el gasto público y el producto bruto interno alcanzó la tasa de crecimiento más alta de los últimos 80 años, el endeudamiento federal representa 75 por ciento del PBI y el déficit fiscal ronda los 600 mil millones de dólares, a pesar de que el gobierno anterior había dejado las arcas con un sustancioso superávit. Introdujo la figura cavernaria de la “invasión preventiva” con motivo de la patraña mayúscula de Irak. A todo ello debe agregarse las asfixiantes regulaciones en los mercados inmobiliario, financiero y bancario que ocupan 75.000 páginas anuales y la absurda manipulación de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal que hace que inversiones antieconómicas aparezcan como rentables.

Ahora Obama desmantela la truculenta e inaceptable cárcel de Guantánamo, elimina la posibilidad de torturar y ofrece la posibilidad de que el público se entere de informaciones ocultas tras los “secretos de estado”. Pero insiste con los llamados “rescates” a quienes reúnen más poder de cabildeo, en perjuicio del ciudadano común, que se ve compelido a financiar los platos rotos de quienes recurrieron al uso imprudente de instrumentos financieros, erraron el camino o fueron batidos por intervenciones gubernamentales como las llevadas a cabo a través de las tristemente célebres Freddie Mac y Fannie Mae que produjeron un verdadero zafarrancho en el mercado inmobiliario.

Sería lamentable insistir por este camino porque en economía no hay alquimias posibles: lo que gasta el gobierno lo recauda compulsivamente de otros o deteriora el signo monetario a través de a inflación, lo cual también es financiado por toda la comunidad. La situación no da para adoptar políticas que son más de lo mismo. No hay espacio para más gasto estatal, endeudamiento público y déficit fiscal. Al mundo le va la vida con esto, ya que si se profundiza la crisis que tiene por epicentro a Estados Unidos, el resto del mundo libre sufrirá consecuencias aún más graves de las que hoy soporta.

Carlos Alberto Montaner con su pluma potente y siempre esclarecedora ha difundido en el mundo hispanoparlante el contenido de las páginas coordinadas por Cato Institute y aparecidas en The New York Times, The Wall Street Journal y Washington Post en la que 200 economistas estadounidenses se expresan a raíz de que Obama declaró el 9 de enero que “no está en discusión que necesitamos acción por parte del gobierno” para resolver la crisis. Ellos aclaran: “con todo respeto Señor Presidente, eso no es cierto”. Entre los firmantes hay tres premios Nobel en Economía también críticos de los “rescates”, gastos estatales desmesurados, endeudamiento irresponsable y déficit alarmante. En su lugar sugieren cortar las erogaciones gubernamentales y reducir las cargas tributarias que padece la población. Para bien del mundo es de esperar que se escuchen estas voces autorizadas.

El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar mi libro “Estados Unidos contra Estados Unidos”, donde señalo los marcados desvíos en ese país con respecto a los sabios valores y principios sustentados por los Padres Fundadores. Es imperioso modificar el rumbo... no se soporta más de lo mismo.

Alberto Benegas Lynch

viernes, 13 de febrero de 2009

Viernes de Recomendación


La semana que viene se cumplen 132 años de una de las más famosas disertaciones de todos los tiempos. Por esta razón, en ASOJOD aprovechamos para recomendarla. Se trata de Historia de la libertad en la antigüedad, presentada a los miembros del Bridgnorth Institute el 26 de febrero de 1877 por John emerich Edward Dalberg-Acton, Primer Barón de Acton, y mejor conocido simplemente por Lord Acton.

En esta obra maestra del liberalismo clásico, el historiador británico hace un análisis de la naturaleza de la libertad en el contexto de su desarrollo en la antigüedad europea.

En ella se incluyen frases hoy tan clásicas como "The most certain test by which we judge whether a country is really free is the amount of security enjoyed by minorities" o "Liberty is not a means to a higher political end. It is itself the highest political end."

jueves, 12 de febrero de 2009

¿Cuándo aprenderemos?


El día de hoy La Nación publica una interesante noticia. Según la última encuesta del INEC seis de cada 100 becas que fueron otorgadas en el 2008 por Fonabe y el IMAS beneficiaron a alumnos de hogares de altos ingresos. Lo que significa que el 6% (7.400 beneficiarios) eran hijos de familias con un ingreso mensual que oscila entre los ¢546.000 y ¢1.272.000. ¡Que ironía las instituciones "progresivas" del Estado contribuyen a la desigualdad! ¿Quién se hubiera imaginado que algo así de perverso pudiera venir del siempre bien intencionado Ogro Filantrópico -Estado-?

En ASOJOD hemos insistido hasta el cansancio de los problemas éticos, de fiscalización y eficiencia de este tipo de programas, parece que algunos no quieren aprender nada de la realidad y prefieren seguir viviendo bajo la comodidad de los dogmas. Definitivamente no hay peor ciego que él que no quiere ver.

Empresas gastan más que el Estado en Seguridad


El miércoles salió en el periódico La República una noticia lamentable titulada "Empresas gastan más que el Estado en seguridad". En este noticia se comenta que durante el año pasado el sector privado gastó casi 7000 millones de colones más en seguridad que el Estado, lo cual demuestra que este último es incapaz de invertir adecuadamente los recursos que obtiene de todos los tax-payers puesto que no puede cumplir su función primordial: la de proveer seguridad. Esto provoca una baja en el crecimiento económico al obligar a las empresas a invertir sus recursos en rubros en los cuales no debiera gastar y así perjudica a todos los costarricenses. En ASOJOD esperamos que esta noticia haga reflexionar el gobierno para recortar gastos innecesarios y cerrar programas estatales con el fin de proveer un servicio de seguridad decente. 

miércoles, 11 de febrero de 2009

¿Cambio?


Ya la administración Obama lleva un tiempo en el poder, así que sería un ejercicio muy sano preguntarnos si el tan anunciado cambio es tal.

Nadie puede olvidar los ataques de Obama durante la campaña contra los TLCs, incluso llegó a manifestar que NAFTA debía de ser renegociado. A pesar de tanta verborrea, Obama decidió nombrar como Secretario de Comercio al Republicano Judd Gregg el cual es calificado por el Center for Trade Policy Studies como un senador que apoya al libre comercio. ¿Será posible que el magnánimo Obama fuera capaz de mentirle descaradamente a la opinión pública sólo con el fin de ganar unos votos de más? Eso que cada quien lo juzgue.

El segundo ejemplo son las respuestas de Obama a la crisis. Obama ha seguido la misma política de Bush, ayer se aprobó el plan de estímulo de Obama por la módica suma de $838.000 millones. Vale la pena preguntarse de donde saldrá dicho dinero, en una economía que ya es deficitaria. Efectivamente sólo pueden existir dos vías: a) nuevos impuestos, b) inflación. Ninguna de las dos soluciones puede estimular la economía, sino que únicamente provocarán una serie de problemas macro para el futuro. Lo cual nos lleva a una pregunta ética que es más importante que cualquier debate económico respecto a la viabilidad del plan: ¿es legítimo que las generaciones futuras paguen la irresponsabilidad de las presentes, es ético traspasar las consecuencias de nuestros actos a personas que no los cometieron? En ASOJOD esta es la pregunta del millón de dólares, como seres responsables la única respuesta aceptable es, NO.

Mill y Rodríguez Braun


Creo que fue Emerson el primero en destacar que en el interminable proceso del conocimiento nos trepamos en los hombros de gigantes lo cual nos permite cubrir horizontes mas vastos. Mis exploraciones de John Stuart Mill se resumían a su obra sobre lógica, su interesante escrito sobre el gobierno representativo, el texto de economía política, su muy difundido libro de la libertad y su autobiografía (su ensayo sobre el utilitarismo nunca me atrajo demasiado y el referido a la mujer lo miré más bien en diagonal), todos mientras cursaba en la universidad (ninguno recomendado por profesores, puesto que en mis dos carreras universitarias emparentadas todo lo que tuviera alguna reminiscencia liberal era ignorado y las pocas referencias eran siempre peyorativas para esa tradición de pensamiento).

Pero henos aquí que ocurrieron dos episodios —ahora tres— que me hicieron ver las contribuciones de Mill desde otra perspectiva. Sabía de la influencia socialista que ejerció su amada Harriet Taylor sobre el pero no le había tomado el peso al asunto hasta que F. A. Hayek, en una de sus visitas a la Argentina, en la biblioteca de mi casa, pidió que le alcanzara el antes mencionado texto de Mill sobre economía y, aunque la edición estaba en castellano, ubicó de inmediato el ahora para mi célebre capítulo donde separa la producción y la distribución como si se trataran de fenómenos independientes en lugar de estudiarlos como dos caras del mismo proceso, lo cual reforzó el precedente y dio pié a las tan populares y conceptualmente erradas “redistribuciones del ingreso”. Mucho después vi esta crítica desarrollada en el libro de Bethell (The Noblest Triumph, título tomado de una conocida frase de Jeremy Bentham) en un capítulo titulado “Mill, Marx and Marshall”. Después de esa visita de Hayek me zambullí con más interés aún en aquel libro de Mill que antaño había servido de texto durante largos períodos en distintas universidades del mundo y descubrí que consideraba de “valor limitado” y “transitorio” a la institución de la propiedad privada y la herencia que según el provenían de “la vieja política económica” y que socialismos como los de Furier y Saint-Simon “no pueden decirse que en verdad sean impracticables”.

El segundo episodio que me quedó grabado coincidentemente también ocurrió en mi casa a raíz de la presencia del muy afable Max Hartwell de Oxford quien nos habló detalladamente y de manera bastante emotiva de la parte de la autobiografía de Mill en la que pone de manifiesto su profunda crisis a los veinte años como consecuencia de no haber disfrutado a su debido tiempo de aspectos propios de la edad (como es sabido, leía griego a los tres, conocía buena parte de lo escrito sobre historia clásica a los ocho y estaba bien equipado en economía, filosofía y matemática a los doce). Aunque, como el mismo relata, la crisis se atenuó algo cuando supo que no estaba “hecho de piedra” al llorar desconsoladamente como consecuencia de párrafos desgarradores en un libro de memorias, Hartwell elaboró sobre la importancia de una educación equilibrada en cada etapa de la vida en el contexto de los principios liberales. Hasta ese momento tenía la idea de que James Mill había logrado un prodigio con su hijo sin percibir que evidentemente había forzado la mano con la enseñanza precoz. Más adelante comprobé que en su autobiografía Mill consideraba que la antedicha separación del proceso producción-distribución en su texto de los principios constituyó una gran contribución y la marca distintiva respecto de “todas las exposiciones previas de política económica que tuvieran la pretensión de ser científicas”.

A los dos puntos mencionados (y otros estrechamente vinculados con aquellos) no les había otorgado ni remotamente la importancia que revisten si no fuera por la calibrada percepción de los maestros de marras. Ahora incorporo otra visión del trabajo de Mill sobre la libertad debido a la magnífica edición de Carlos Rodríguez Braun.

Hasta el momento ese libro me había atraído por la elaboración de su “principio muy simple”: cada persona puede hacer con su vida lo que le plazca siempre y cuando no dañe a terceros. Incluso me atraía su mención a los derechos que me parecieron un tanto alejado de las nociones utilitarias. Me llamaba la atención su insistencia en la “tiranía de las costumbres” y como incide en las personas y las derivaciones en cuanto a la masificación y la pérdida de identidad. Me parecía razonable aquello de respetar los espacios públicos con normas elementales de decencia y, por último, la prioridad que le otorgaba el mantener abiertos todos los canales para el debate y no dar nada por sentado ni observar aquellos acuerdos tácitos de no discutir sobre ciertos temas. Además, confieso que me encandilaba la forma tan elegante y ágil de su escritura, especialmente en este libro.

La excelente edición de Rodríguez Braun (Madrid, Tecnos, 2008) lleva una muy sustanciosa y medulosa introducción y numerosas notas de gran valor aclaratorio e informativo del referido editor que dan un potente mazazo que tal vez pueda considerarse definitivo a la obra de Mill desde la perspectiva liberal. Para mí es como el último bastión que me quedaba después de tanto desengaño sobre un personaje que alguna vez tuve en una especie de pedestal intelectual.

Rodríguez Braun me ha hecho ver que en el ensayo de marras en verdad está presente su utilitarismo y, también, su pariente cercano, el positivismo. Está presente la concesión al príncipe de evaluar “balances sociales” y dictaminar acerca de las consecuencias queridas y no queridas, presentes y futuras. Hay una suerte de salvoconducto para la arrogancia y la soberbia del planificador de vidas y haciendas ajenas. Como apuntó Robert Nozick, el utilitarismo no toma los derechos seriamente y convierte al hombre en un medio para los fines de otros. La defensa de la libertad que se propone Mill en ese ensayo resulta que termina aplastando las autonomías individuales al abrir las compuertas para que el aparato estatal diseñe y construya el derecho en lugar de reconocerle prelación respecto a la existencia de la legislación y al monopolio de la fuerza que conocemos como gobierno. No hay en su esquema conceptual parámetros, mojones o puntos de referencia extramuros de la norma positiva.

Las eruditas y muy jugosas notas fruto del trabajo artesanal de Rodríguez Braun, ilustran con infinidad de ejemplos la ambigüedad y, a veces, las contradicciones del texto comentado. El ojo detectivesco y, por momentos, arqueológico del editor arrojan luz potente sobre delicados e intrincados asuntos que, además, puestas en contexto con las otras obras de Mill (“la popular falacia de que hay que socializar el capitalismo para salvarlo del socialismo”, editor dixit) deja al filósofo y economista londinense mal parado como referente del liberalismo, lo cual no disminuye la calidad de su pluma y las partes en las que apunta a la parición de una libertad desconocida durante largas épocas.

En resumen, he incorporado este volumen a mi biblioteca junto a dos ediciones anteriores (una con prólogo de Gertrude Himelfarb), ahora compruebo que ésta nueva edición es, hasta el momento, la más completa para consulta e investigación a pesar de que no está en el idioma en el que originalmente fue escrito.

A mis desilusiones sobre Mill agrego lo que me ocurrió hace unos años con su obra A System of Logic que durante largo tiempo consideraba el trabajo más estupendo en la materia (todavía observo mis glosas y subrayados con cierta melancolía en la edición de 1949 por Longmans, Green and Co. de Londres que me regaló mi padre). Mucho más adelante me percaté de su notoria ambigüedad en el tratamiento del libre albedrío en el contexto de su noción de necesidad: en el capítulo segundo del libro sexto aclara un mal entendido terminológico pero cuando en el cuarto capítulo del mismo libro va al fondo del asunto resulta que navega entre lo que hoy se denomina determinismo físico y la noción de mente como entidad distinta del cerebro. Y tengo un vago recuerdo —no estoy muy seguro que sea exacto (tendría que volver a leer las partes pertinentes)— en cuanto a que si en sus largas disquisiciones sobre la inducción en algún momento se desliza por la trampa de que hay allí necesidad lógica como para extrapolar del caso particular al general, tan bien aclarado primero por Popper y recientemente por Hawking.

En todo caso, resulta llamativa la impresión que quedan en nosotros los autores que en primera instancia nos envolvieron en sus elucubraciones aun cuando luego nos hayan desencantado debido, sin duda, a lecturas incompletas y a una atención deficiente. Tal vez esa permanencia se deba a que, en mi caso, al ser una de las lecturas primerizas en la carrera de economía terminaron siendo parte medular de mi historia. Ahora me sucede lo que Mill le escribe sobre su libro a Alexander Bain en carta que aparece como parte de un documentado anexo en esta publicación de Tecnos: “La gente está empezando a descubrir que las doctrinas del libro son más opuestas a sus antiguas opiniones e impresiones que lo que a primera vista les pareció y se están en consecuencia alarmando”.

Los sonidos, aromas y lugares de nuestra niñez también se imprimen de por vida en nuestros memoria y que volvemos a resucitar de tanto en tanto, claro que son grabaciones moralmente neutras lo cual no ocurre con libros que con el paso del tiempo consideramos errados en sus conclusiones, pero de todos modos quedan en los recuerdos como parte nuestra y tal vez por eso nos empecinamos en guardarles un espacio privilegiado. Esto me ocurre con Mill...a pesar de todo.

Alberto Benegas Lynch