Los costarricenses somos reconocidos entre otras cosas, por nuestras “direcciones a la tica”, o el país en el que no hay direcciones, al punto que para orientarse aquí sin ser local, usted necesita un gran sentido de la ubicación o un buen samaritano que le sirva de guía.
Lo cierto es que en Costa Rica no se acostumbra a indicar las direcciones por el nombre de las calles y avenidas, y las casas difícilmente poseen número de identificación; sino que las direcciones se basan en la narrativa, utilizando el ingenio para orientarnos, tomando como punto de referencia lugares comunes como la soda o la cantina del barrio, el árbol antiguo o la iglesia…
Esto es visto por algunos como algo sin importancia, o como parte del colorido de nuestra idiosincrasia; eso que nos hace ser “ticos”. Después de todo, en cuál otro país a usted le van a decir: “Suba carretera a la montaña, como un kilómetro más o menos, luego tome a la derecha, donde está la señal del alto, luego siga hasta topar con cerca y ahí pregunta porque sino se confunde más..."
Si alguien piensa que este es un tema fundamental para el desarrollo económico de un país probablemente otra persona le diría que está hilando muy delgado, pero la verdad es que sí lo es.
Contar con un sistema de referencia preciso y una nomenclatura clara y concisa de direcciones es un factor elemental para cualquier país desarrollado. Piense en lo complejo que resulta para un cartero entregar la correspondencia, los problemas para ejecutar las notificaciones judiciales, lo frustrante para un turista extranjero, e incluso local, dar con el destino; piense en el costo asociado al envío de un paquete cuando no encuentran la dirección correcta, o lo inútil que se vuelve un sistema de posicionamiento local cuando es imposible rastrear una localización que no está referenciada; piense en la persona que llama al 911, y en la dificultad para el servicio de emergencia que necesita llegar con urgencia a la casa de un doliente, o la escena de un accidente. De pronto algo que nos parece tan intrascendente toma tintes de importancia.
Créalo o no, desde 1965 en Costa Rica existe una Comisión Nacional de Nomenclatura, creada mediante la ley 3535. Según dicha ley, la comisión será “encargada de velar porque los edificios y parajes públicos tengan nombres que constituyan homenaje a personas o sucesos de trascendencia histórica, social o cultural, y de preservar los nombres tradicionales y autóctonos de la geografía costarricense; a ese efecto procurará que no se produzca duplicidad en la nomenclatura, y tratará de que desaparezcan, dentro de lo posible, las repeticiones que existan.”
Igualmente existe un reglamento (decreto ejecutivo No 21608-C del 18 de setiembre de 1984), que establece las atribuciones, organizaciones y funcionamiento de la Comisión, para otorgar el nombre que se solicite para los bienes públicos, y el decreto No 26852-C de 1998, que reforma dicho reglamento, “con el fin de que la labor que realiza la Comisión Nacional de Nomenclatura, sea más ágil”.
Bueno, no se necesita ser un genio para entender que desde 1965 esta comisión no ha venido trabajando correctamente, resultando ser de todo menos “ágil”. Sólo hace falte salir a cualquier calle para notar que, con excepción de algunos municipios que se han dado a la tarea de señalizar calles y avenidas, la gran mayoría de las nuestras rutas nacionales o cantorales no se encuentran claramente referenciadas.
Correos de Costa Rica se ha dado a la tarea desde el año 2003, a través del Sistema Nacional de Direcciones, de dar orden y otorgar nombre a muchos de nuestros espacios y edificaciones, a través del Reglamento para la identificación de Direcciones creada por Correos de Costa Rica S.A, oficializado mediante decreto ejecutivo 32793-MP-MOPT del 2005; sin embargo, pareciera que el esfuerzo aún no es suficiente.
Como muchos otros, pareciera que este uno de esos temas que duermen el sueño de los justos; un problema cultural, de desprecio por el orden urbano. Una de esas cosas a las que nadie, o casi nadie le presta atención, pero que significaría un gran paso si se lograra concretar.
Lo cierto es que en Costa Rica no se acostumbra a indicar las direcciones por el nombre de las calles y avenidas, y las casas difícilmente poseen número de identificación; sino que las direcciones se basan en la narrativa, utilizando el ingenio para orientarnos, tomando como punto de referencia lugares comunes como la soda o la cantina del barrio, el árbol antiguo o la iglesia…
Esto es visto por algunos como algo sin importancia, o como parte del colorido de nuestra idiosincrasia; eso que nos hace ser “ticos”. Después de todo, en cuál otro país a usted le van a decir: “Suba carretera a la montaña, como un kilómetro más o menos, luego tome a la derecha, donde está la señal del alto, luego siga hasta topar con cerca y ahí pregunta porque sino se confunde más..."
Si alguien piensa que este es un tema fundamental para el desarrollo económico de un país probablemente otra persona le diría que está hilando muy delgado, pero la verdad es que sí lo es.
Contar con un sistema de referencia preciso y una nomenclatura clara y concisa de direcciones es un factor elemental para cualquier país desarrollado. Piense en lo complejo que resulta para un cartero entregar la correspondencia, los problemas para ejecutar las notificaciones judiciales, lo frustrante para un turista extranjero, e incluso local, dar con el destino; piense en el costo asociado al envío de un paquete cuando no encuentran la dirección correcta, o lo inútil que se vuelve un sistema de posicionamiento local cuando es imposible rastrear una localización que no está referenciada; piense en la persona que llama al 911, y en la dificultad para el servicio de emergencia que necesita llegar con urgencia a la casa de un doliente, o la escena de un accidente. De pronto algo que nos parece tan intrascendente toma tintes de importancia.
Créalo o no, desde 1965 en Costa Rica existe una Comisión Nacional de Nomenclatura, creada mediante la ley 3535. Según dicha ley, la comisión será “encargada de velar porque los edificios y parajes públicos tengan nombres que constituyan homenaje a personas o sucesos de trascendencia histórica, social o cultural, y de preservar los nombres tradicionales y autóctonos de la geografía costarricense; a ese efecto procurará que no se produzca duplicidad en la nomenclatura, y tratará de que desaparezcan, dentro de lo posible, las repeticiones que existan.”
Igualmente existe un reglamento (decreto ejecutivo No 21608-C del 18 de setiembre de 1984), que establece las atribuciones, organizaciones y funcionamiento de la Comisión, para otorgar el nombre que se solicite para los bienes públicos, y el decreto No 26852-C de 1998, que reforma dicho reglamento, “con el fin de que la labor que realiza la Comisión Nacional de Nomenclatura, sea más ágil”.
Bueno, no se necesita ser un genio para entender que desde 1965 esta comisión no ha venido trabajando correctamente, resultando ser de todo menos “ágil”. Sólo hace falte salir a cualquier calle para notar que, con excepción de algunos municipios que se han dado a la tarea de señalizar calles y avenidas, la gran mayoría de las nuestras rutas nacionales o cantorales no se encuentran claramente referenciadas.
Correos de Costa Rica se ha dado a la tarea desde el año 2003, a través del Sistema Nacional de Direcciones, de dar orden y otorgar nombre a muchos de nuestros espacios y edificaciones, a través del Reglamento para la identificación de Direcciones creada por Correos de Costa Rica S.A, oficializado mediante decreto ejecutivo 32793-MP-MOPT del 2005; sin embargo, pareciera que el esfuerzo aún no es suficiente.
Como muchos otros, pareciera que este uno de esos temas que duermen el sueño de los justos; un problema cultural, de desprecio por el orden urbano. Una de esas cosas a las que nadie, o casi nadie le presta atención, pero que significaría un gran paso si se lograra concretar.