lunes, 22 de octubre de 2012
Tema polémico: UCR: fábrica de desigualdad
lunes, 22 de noviembre de 2010
Tema polémico: menor desigualdad no significa mayor desarrollo

El instrumento por excelencia del que hacen uso los grupos “redistribucionistas”, es el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en los ingresos entre los miembros de una sociedad. El ideal para un “igualitarista”, sería que la medida del coeficiente de un país determinado sea 0, pues representaría una sociedad donde no existe desigualdad entre sus miembros; el peor de los escenarios sería aquel donde el coeficiente sea 1, esta sería, sin lugar a duda, la sociedad más desigual que se pueda imaginar. (Se suele medir igualmente de 0 a 100).
De nuevo, la hipótesis señala que si Costa Rica desea avanzar en el desarrollo de sus habitantes, es decir, alcanzar el nivel de los países con desarrollo humano alto, es imperativo borrar los altos niveles de inequidad.
Sin embargo, esta hipótesis tan difundida es falsa. El propio Índice de Desarrollo Humano se encarga de falsar la proposición. Basta con leer en Informe Mundial sobre Desarrollo Humano 2010, La verdadera riqueza de las naciones: Caminos al desarrollo humano, para darse cuenta de ello.
Veamos unos ejemplos que ofrece dicho documento: Chile, el país de Latinoamérica con mejores estándares de desarrollo humano posee un coeficiente de Gini de 52,0; no obstante, Zimbabwe, el país con peor nivel de desarrollo humano del mundo, posee un coeficiente de Gini de 50,1 y,la República Democrática del Congo, el segundo peor país del mundo en materia de desarrollo humano, posee un coeficiente de 44,4 que resulta superior al del tercer país con mejor nivel de desarrollo humano (Nueva Zelanda con un coeficiente de 47).
Por otra parte, Azerbaiyán, disfruta un coeficiente de 16,8 catalogándolo como el país con más igualdad del mundo, pero se ubica en el lugar 67 en IDH, por debajo de Costa Rica (62), a pesar que posee mejores niveles de igualdad que el país con mejor nivel de desarrollo humano (Noruega posee un coeficiente de Gini de 25,8)
Aún más, Etiopia, en el lugar 157 entre 169 en el IDH, y por tanto, uno de los países que cae en la categoría de desarrollo humano bajo, posee un coeficiente de Gini más positivo en términos distributivos que Estados Unidos, que se ubica en el lugar 4 en la lista del índice de desarrollo, con un coeficiente de 40,8.
Estos ejemplos nos permiten concluir algo muy interesante: desechan la hipótesis de los aficionados a las medidas distributivas y explican que el nivel de desarrollo de un país no depende de la igualdad o desigualdad existente entre los miembros que la conforman, sino de otras variables, a las cuales nos hemos referido en ASOJOD, pero que en nada se asimilan a las propuestas por los defensores de quitarle a unos para darle a otros.
Esperamos que estos sencillos datos sirvan para abrirle los ojos a muchos individuos que, para bien o para mal, hoy día creen que es mediante la acción afirmativa del Estado, al mejor estilo de Robin Hood, que los países se vuelven desarrollados.
lunes, 20 de julio de 2009
Invitación

"[L]o ideal sería que la situación de las familias más necesitadas mejore en mayor grado que la de quienes disfrutan de un poder adquisitivo más alto".
Víctor Hugo Céspedes, presidente del INEC. Citado en La República del 16 de julio.
En ASOJOD sacamos cuentas y estamos seguros de tener ingresos menores a los del presidente del INEC por lo que encantados de la vida exhortamos a don Víctor Hugo a aliviar la desigualdad en Costa Rica trasladándonos algo de sus recursos. De antemano, muchas gracias!
lunes, 8 de junio de 2009
Tema polémico: desigualdad y pobreza

Por eso, en ASOJOD hemos decidido discutir este “problema” desde varios ángulos: en primer lugar, veremos las razones que aparentemente motivan a los varios actores a considerar la desigualdad como un problema. En segundo lugar, intentaremos refutar estas argumentaciones. Finalmente, explicaremos las razones por las que nos parece que la desigualdad no es un problema, sino una mera consecuencia natural.
En relación con el primer punto, nos parece que la desigualdad es considerada un problema por dos razones, la primera de ella por ignorancia pura y simple. Por ejemplo, si uno discute con ciertas personas que afirman que la desigualdad es indeseable, veremos que en realidad de lo que hablan es de pobreza; confundir desigualdad con pobreza es algo sorprendentemente común, lo cual demuestra una falta de claridad conceptual de parte de quien lo dice. La desigualdad se refiere a la manera en que la riqueza está distribuida en términos relativos. Por lo tanto, afirmar que una sociedad es desigual implica reconocer que unas personas tienen relativamente más que otros. Nótese que para hablar de desigualdad, siempre es necesario contemplar al menos a dos sujetos para enfrentarlos y obtener la conclusión.
Mientras tanto, la pobreza es una categoría que se relaciona con el nivel de ingreso pero que no necesariamente necesita la metodología comparativa para determinarse sino que, en nuestra opinión, es una definición de necesidades y carencias que un individuo tiene en un momento específico. En este sentido, consideramos que es inoperante medir el nivel de pobreza en función de una comparación entre individuos pues, siendo esta un conjunto de carencias, sólo cada individuo puede conocer qué le hace falta.
La segunda razón por la que nos parece que la desigualdad es vista con desdén es la adhesión a una ideología particular o a un ideal de justicia tal que busque que todos tengan un nivel más o menos igual de riqueza. Uno de los problemas más graves de esta visión es que implica que haya alguien, un “distribuidor” que definirá cuándo se logra y cómo se debe lograr esta distribución igualitaria. Friedrich Hayek explica en su obra Derecho, Legislación y Libertad que se podría naturalmente partir de este punto si la distribución de la riqueza fuera hecha de manera deliberada por alguien. Lo cierto es que este tipo de planificación no es posible como bien explicó Ludwig von Mises en su artículo “El Cálculo Económico en la Comunidad Socialista”.
El mismo problema surge cuando se trata de pobreza: siendo que, a nivel académico, se le mide en función del ingreso, afirmar que una persona es pobre porque recibe menos de $1 o $2 diarios y esto le impide satisfacer ciertas necesidades, implica tanto que alguien conoce las necesidades de esa persona, el costo en que debe incurrir para satisfacerlas y la naturaleza y frecuencia con que deben ser satisfechas. En otras palabras, requiere a un burócrata que sepa, independientemente de las circunstancias individuales, qué y cuánto necesita una persona para poder vivir tranquilamente.
En ASOJOD somos del criterio que la desigualdad, más que ser un problema, es una consecuencia natural, la cual es simplemente reflejada por la economía de mercado. Un orden cataláctico, como el mercado, emite que los individuos tengan jerarquías de valor propias. Estas valoraciones, además de ser individuales, cambian de manera constante. Por esta razón, no tiene sentido ni es posible, intentar definir escalas de valores comunes. Al tener escalas de valores distintas, los distintos individuos toman decisiones que subjetivamente consideran mejores para mejorar su situación. Estas distintas escogencias necesariamente causan desigualdad de riqueza material.
De este modo, la desigualdad viene a ser una consecuencia de las transacciones libres y voluntarias de los distintos individuos. Quienes tiene más no lo consiguen costa de quienes tienen menos, como erróneamente pretenden hacernos creer los colectivistas, sino que lo logrado es producto de cientos de circunstancias diferentes como lo son mayor productividad, mayor eficiencia, mayor capacidad para satisfacer las necesidades de consumo de otros individuos, diferente estilo de vida, diferente experiencia de vida, etc.
Exigir la reducción de esa desigualdad, requiere interferir en las decisiones voluntarias de los individuos, implica que un tercero imponga una escala de valores específica a los demás, lo cual, a su vez, resulta en una necesaria violación a la libertad y a la propiedad. Porque para reducir la brecha de desigualdad, hay que quitarle a unos para darle a otros y en mayor o menor magnitud, cuando este hecho se ha presentado en los distintos experimentos políticos que se han realizado hasta el momento, el resultado siempre ha sido el mismo: fracaso, inmoralidad, mediocridad, corrupción, violencia, esclavitud.
A lo mismo llevan los intentos por reducir la pobreza. El político o el burócrata simplemente determinan que alguien es pobre y por tanto, desarrollan programas para "mejorar su situación". Pero para hacerlo, aplican la misma fórmula: deben robarle a unos (impuestos) para darle a otros (subsidios), consiguiendo los mismos resultados antes mencionados.
viernes, 28 de marzo de 2008
Viernes de Recomendación

martes, 26 de febrero de 2008
La trampa de la prosperidad compartida

Recientemente recordé esa experiencia al leer la columna de Hillary Clinton, “Mi plan para compartir la prosperidad”, en el Wall Street Journal. Ella no deja ninguna duda sobre su intención de realizar una masiva redistribución de la riqueza en este país, al decirnos: “en pocas palabras, éxito significa una economía que comparte su prosperidad con todos”.
Una economía verdaderamente libre permite que los de abajo trabajen duro para escalar posiciones y mejorar su nivel de vida, aunque no hay ninguna garantía de que lo lograrán. Eso es así porque el dinero que uno se gana depende de si los demás quieren pagar por nuestros productos y servicios. En un país libre, nadie obliga a otro a comprar lo que alguien quiere vender. Todo funciona voluntariamente y el resultado es una desigual distribución de la riqueza. También existe el problema de que algunos simplemente no quieren trabajar mucho.
Sin embargo, cuando comparamos la historia económica de sociedades libres con la de sociedades con economías planificadas por burócratas y políticos, constatamos que a mayor libertad mayor prosperidad y mejor calidad de vida. Además, la oportunidad de esforzarnos para mejorar nuestro nivel de vida no es destruida por el gobierno, razón por la que hay mucha más variedad y movilidad. La verdad es que tanto la libertad como el bienestar desaparecen cuando se nos obliga por la fuerza a compartir el producto de nuestro trabajo.
Está muy claro que la señora Clinton no comprende que no es la economía sino las personas las que prosperan o quienes son obligadas a compartir sus recursos con otros. Pero es que el concepto de una sociedad libre es difícil de vender, cuando tantos aspiran a vivir del trabajo de los demás. Quizás, Hillary Clinton debería leer la fábula de George Orwell, “Rebelión en la granja”, para que comprenda lo que sucede cuando un país antepone la igualdad a la libertad de los ciudadanos.
sábado, 22 de diciembre de 2007
Agro y desigualdad

La ansiedad que despiertan las crecientes desigualdades en el continente no se limita a los Altos empobrecidos de Bolivia, o a las tierras rotas de Catamarca, sino que se proyecta al debate de los candidatos republicanos en EE.UU. En el mundo, unos 3.000 millones de personas, entre las más pobres, sobreviven trabajando en el agro. La suba del precio de los alimentos pareciera haber beneficiado a todos reduciendo las desigualdades de ingresos. La realidad es muy diferente. En muchos casos, debido al intervencionismo, en lugar de una bendición, muchos países experimentaron una verdadera maldición.
El discurso predominante no se ha limitado a cuestiones prácticas que hacen a la oferta y demanda de alimentos en los mercados internacionales, hoy popularizada como “agflation” (inflación con aumento de la demanda y salarios), sino que se ha planteado en términos de la recuperación de la “cohesión social” iberoamericana para evitar que las desigualdades continúen “insultando la conciencia de la sociedad”. Olvidan que lo más ofensivo es el estancamiento, la corrupción y las malas políticas de los gobernantes.
La desigualdad de ingresos solo es un problema artificial inventado por intelectuales que lo elevaron a nivel de “crisis”. Ni en el socialismo bolivariano de Hugo Chávez, ni entre los cocaleros bolivianos existe riqueza alguna esperando a ser distribuida como si fuera una torta. La riqueza debe ser antes producida por el esfuerzo humano. Todo lo que se produce, desde petróleo hasta oleoductos, han creado personas que invierten y arriesgan su esfuerzo y ahorros. La riqueza le pertenece a los que la producen, en las condiciones pactadas, previas a la producción, y a nadie más. Apropiarse de lo producido por otro en estas condiciones es un robo, como ocurrió en Bolivia con el gas natural.
Que la producción no origine desigualdades, por otra parte, es casi imposible, dado que las personas por su naturaleza son desiguales, tienen desiguales talentos, ambición, energía, capacidad de trabajo, ahorro e innovación. Alex Epstein, del Ayn Rand Institute, explica que la desigualdad de ingresos es una parte natural y deseable de una sociedad libre y próspera. Toda la riqueza es creada por seres humanos productivos; en consecuencia, por derecho, lo producido les pertenece a los que lo han originado, o a sus beneficiarios. En cambio, es absurdo reclamar la producción realizada por otras personas con su esfuerzo y arriesgando sus patrimonios.
La suba de precio de los alimentos, por ejemplo, benefició a los países que liberalizaron sus mercados agrícolas, pero perjudicó a aquellos cuyos gobiernos restringieron el aumento de precios para proteger a sus consumidores, como Argentina y Rusia. La suba también benefició a países exportadores como EE.UU. Pero los grandes importadores como Japón, China, México y otros gastarán mucho más en comprar sus alimentos. A menudo se olvida que los pobres —trabajadores urbanos y sin tierras— son compradores de alimentos netos. El avance de Asia y los subsidios al etanol mantendrán un sostenido aumento de precio de los alimentos.
El precio de los alimentos dio un salto, como se había advertido ocurriría, debido al aumento en la demanda de etanol para su uso como biocombustibles, así como los exagerados subsidios y exigencias de mezclas en EE.UU. (30% del maíz se dedica al etanol). La época de los commodities y alimentos abundantes y baratos parece haber quedado definitivamente atrás. Los exportadores como Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay obtendrán sustanciales ganancias, y los importadores, pérdidas. No obstante, si negocios y salarios son liberados, el resultado podría ser diferente, no habría controles de precios y habrían surgido numerosas oportunidades de negocios.
En la antigua tradición del liberalismo, Locke define un “estado…de igualdad”, en el que todo el poder es recíproco y nadie tiene más que otro…”. La igualdad es la oposición al privilegio, sea como aranceles, monopolios, o subsidios, y solo huyendo del intervencionismo los países pobres podrán salir del atraso.
Por Porfirio Cristaldo Ayala
La iglesia, las desigualdades y el error

Desde hace siglos la Iglesia Católica le tiene declarada la guerra a las desigualdades. En América Latina esa batalla es especialmente intensa. En Costa Rica, los obispos y unos cuantos sacerdotes estuvieron a punto de hacer fracasar el referéndum que discutía el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. El argumento más utilizado era que esos acuerdos beneficiaban a los ricos en detrimento de los pobres. Si se firmaban, alegaban, aumentarían las diferencias entre los afortunados y los desposeídos. No era verdad, pero mucha gente lo creyó. Desposeído es una palabra que les encanta a ciertos religiosos. Tiene mucho gancho. Transmite la curiosa idea de que alguien les ha quitado a los pobres algo que tenían o que debían tener.
Quien más ha hecho para establecer una rigurosa medición de la desigualdad es un matemático y estadístico italiano llamado Corrado Gini, muerto en 1965. En 1921 Gini publicó un breve artículo de apenas tres páginas sobre la desigualdad de los ingresos en las naciones y estableció una metodología para ponderar las diferencias. Dividió al conjunto de la sociedad en cinco partes y calculó qué fragmento del ingreso le correspondía a cada quinto. Con esa información construyó un índice en el que 0 sería la absoluta igualdad (todas las personas tenían el mismo ingreso), y 1 la absoluta desigualdad (una sola persona acaparaba todos los ingresos).
Gini, como muchos de sus contemporáneos, entonces bajo la influencia de Mussolini, era un corporativista que tendía a percibir y a clasificar a la sociedad en estamentos. Pensaba que existía una base científica para el fascismo y escribió un libro para demostrarlo. Sin embargo, su Coeficiente Gini llegó a convertirse en la prueba objetiva de si una sociedad era justa o injusta. Y, en alguna medida, algo de eso era cierto: su índice demostraba que las sociedades escandinavas, absolutamente dominadas por los sectores sociales medios, estaban situadas entre 0,2 y 0,3 y eran las menos desiguales del planeta, mientras las latinoamericanas y africanas, caían, casi todas, entre 0,5 y 0,7. Eran las más injustas.
¿Por qué los latinoamericanos, después de cien revoluciones, mantienen esos niveles de desigualdad? La Iglesia piensa que el fenómeno es producto de la injusta distribución de la riqueza, pero no es verdad. La desigualdad de ingresos es la consecuencia de las diferencias en educación, procedencia (urbana, rural), la estructura familiar y la debilidad del tejido productivo en donde las personas devengan un salario. En sociedades que cultivan bananos, café o azúcar, sin agregarle valor a la producción, los trabajadores son terriblemente pobres.
Sencillamente, las sociedades menos desiguales son aquellas en las que los trabajadores reciben altos salarios porque producen bienes o servicios valiosos. Un obrero de Volvo puede percibir treinta dólares por hora trabajada porque construye unos autos que tienen un alto precio en el mercado. Gana mucho porque produce mucho, no porque los suecos sean más justos. En cambio, no hay manera de que un campesino haitiano reciba un salario decente por cortar caña con un machete.
¿Cómo se construye una sociedad menos desigual? Obviamente, por el mismo procedimiento que se construye una sociedad desarrollada. En el terreno interno, con educación, honradez administrativa, políticas públicas adecuadas, meritocracia, paz social, trabajo fuerte, acatamiento de la ley, un buen sistema judicial capaz de dirimir los conflictos, respeto a la propiedad y estímulo al ahorro nacional. En el plano internacional, sirviéndonos de las posibilidades de la globalización: atrayendo inversiones y transferencias tecnológicas extranjeras, manteniendo un intenso comercio internacional y multiplicando los contactos con el primer mundo.
Donde no existe la menor posibilidad de mitigar las desigualdades es con la receta que suele proponer la Iglesia: colocar el acento en el asistencialismo y redistribuir la riqueza creada entre los necesitados. No es por ahí por donde van los tiros. No hay ningún país que haya dado el salto a la modernidad y al desarrollo tomando ese camino. Es asombroso que tras dos mil años de existencia una institución tan sabia y tan bien intencionada no acabe de aprender la lección. Pero lo peor no es que incurra en un error intelectual, sino que con esa actitud suele hacerles un daño terrible a quienes desea proteger. En Costa Rica estuvieron a punto.
Por Carlos Alberto Montaner
martes, 18 de diciembre de 2007
Cohesión social en Latinoamérica

Rafael Pampillón es un ejemplo de claridad en todo lo que escribe y enseña. Eso permite a sus lectores y alumnos aprender cuando acierta tanto como cuando se equivoca: también los errores pueden ser útiles, pues nos enseñan lo que hay que evitar. Cuando habla de América, Pampillón a menudo pone el dedo en la llaga: denuncia corrupción, proteccionismo comercial, inestabilidad monetaria, indefinición de derechos de propiedad; así puede distinguir entre los países que se comportan en estas materias de buen gobierno y buenas instituciones y los que llevan un paso tambaleante, al amparo de la bonanza de los subidos precios de las materias primas. En un reciente artículo, sin embargo, titulado “Cohesión social y reformas en Latinoamérica”, dedicado a ese aquelarre que son las Cumbres iberoamericanas, se fija en dos falsos problemas: la desigualdad social y la revaluación de las monedas en aquellas regiones.
Todavía no ha calado en la opinión pública el hecho bienvenido de que tanto Iberoamérica como el África al sur del Sahara llevan cinco años de notable crecimiento económico. En parte ello se debe a que las materias primas que producen han alcanzado muy altos precios. Otra parte se debe a que en América son ya muchos los países que funcionan muy aceptablemente: Chile, México, Brasil, Perú, incluso Colombia pese a la guerrilla y el narcotráfico. Otros hay que despilfarran su bonanza temporal: son ejemplos de la “maldición del petróleo”, que lleva a los gobernantes a enriquecerse indebidamente y a jugar con el dinero del subsuelo para darse importancia en el mundo.
Pese a tan halagüeño desarrollo, mis amigos latinoamericanos se muestran pesimistas. Desanimados y desmoralizados porque cunde el populismo petrolero y la opresión “bolivariana”, creen que la respuesta frente al peligro del dinero revolucionario es aplicar políticas socialdemócratas que han fracasado en el Primer Mundo. Pampillón es uno de los que denuncia que “el gasto público es insuficiente, está mal diseñado y no es redistributivo”. Hace falta, añade, más presión fiscal, dado que, excepto en Brasil, las “recaudaciones son bajísimas”. Ello se debe a que abundan las “exenciones y deducciones fiscales” y a que “una gran parte de la economía trabaja en la informalidad”. Lo dicho: impuestos más altos y progresivos, más gasto público, y menos corrupción (si Dios quiere).
Estoy de acuerdo con la idea de combatir con toda energía la corrupción pero quizá nuestros remedios difieran. El intento de enviar los sátrapas a la cárcel o de recobrar lo que hayan escondido en paraísos fiscales no basta. La mayor transparencia informativa, con medios independientes del poder, es cosa poco práctica cuando gobierna un gorila. Más eficaz sería reducir el tamaño del sector público: la corrupción política disminuye cuando las explotaciones petroleras no son del Estado, cuando se privatizan las empresas públicas, se reducen los trámites para crear empresas y obtener permisos, se definen y respetaran los derechos de propiedad, especialmente la propiedad de los pobres.
Aumentar los impuestos para expandir el gasto público y redistribuir la riqueza puede dar algunos votos pero no resuelve, muy al contrario, el problema de la pobreza. Fíjense en que Chávez no sólo intenta expropiar el producto del subsuelo sino que, en su proyecto de Constitución, quiere suprimir la independencia del Banco Central. Poco pueden hacer los políticos decentes con impuestos redistributivos contra las larguezas de populistas que nadan en petróleo o manejan la máquina de imprimir billetes. Los populistas tienen las de ganar, hasta el momento en que ponen su país al borde de la catástrofe; y cuando llega el desencanto de los pobres que no salen de su miseria y las caceroladas de las amas de casa esquilmadas por la inflación, puede volver la democracia, o venir un golpe militar, o crearse una situación cubana.
Esencial para combatir el populismo es vencer la pobreza, no redistribuir la poca riqueza existente. No es lo mismo dar de comer que reducir las desigualdades. La experiencia del sudeste asiático durante el último cuarto de siglo indica que es posible elevar a millones de personas por encima de la mera subsistencia si la economía se liberaliza y se busca activamente vender en el extranjero. Gracias a los avance asiáticos, nos ha enseñado Sala i Martín, el número de pobres que viven con menos de dos dólares al día en el mundo se ha reducido en 400 millones en el último cuarto del siglo pasado, y eso que la población mundial ha aumentado enanos mil millones durante ese tiempo. Además, ¡milagro, milagro! También se ha reducido la desigualdad: el porcentaje de personas que viven con menos de dos dólares al día ha pasado del 44% al 8% desde 1970. Es la globalización, señala el economista catalán.
Tampoco es cierto que la revaluación de las monedas de América Latina, respecto del dólar sobre todo, suponga necesariamente para esos países una “pérdida de competitividad”. El tipo de cambio que importa para las exportaciones es el tipo de cambio real, es decir, el que toma en cuenta el verdadero poder adquisitivo de las monedas prestando atención también a la inflación interna. Cuando una moneda se revalúa, los precios en el interior tienden a contenerse, con lo que la temida falta de competitividad se corrige. Mucho más importante para el desarrollo económico es la mejora de la productividad real, gracias a impuestos más bajos, gasto público mínimo, desaparición de protecciones y favores públicos, inversión directa extranjera, imitación de tecnologías modernas.
Importan pues mucho los impuestos bajos. Ahora está de moda decir que es bueno bajar la tarifa porque se recauda más. Se trata de bajar la carga fiscal, reduciendo el nivel absoluto del gasto público. No olviden nunca que gasto total es el impuesto total. Un gasto público creciente, como quiere Pampillón, hay que financiarlo, sea con más impuestos, o más deuda, o más inflación. Dejaré para otro día el decirles cómo se hacen obras públicas o se financia la educación, o las pensiones con dinero privado. Hoy me contento con decir que hablar de “cohesión social” equivale dignificar la envidia. ¡Qué importa que haya muchos ricos, si han conseguido su fortuna en limpia competencia y de paso han sacado hambrientos de la pobreza!
Por Pedro Schwartz
lunes, 12 de noviembre de 2007
Globalización y desigualdad

Un reciente informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) indica que la mayor globalización de las últimas dos décadas contribuyó mucho al aumento de la desigualdad tanto en los países desarrollados como en los menos desarrollados. Los medios reportaron que ese informe daba armas a los enemigos de la globalización y que se trata de una admisión del FMI sobre las desventajas de la globalización. Por el contrario, una cuidadosa revisión del informe sobre ingresos y desigualdad nos aporta una evaluación optimista de los efectos de la globalización en los países en desarrollo.
El informe analiza lo sucedido con los ingresos y la desigualdad en más de 50 países, concluyendo que todos lograron aumentos considerables en su ingreso per cápita desde comienzos de los años 80. Aunque el aumento fue positivo en los diferentes niveles de ingresos, incluyendo los más bajos, el crecimiento no fue uniforme. Los ingresos aumentaron más entre la gente con más habilidades y aquellos que ganan más, lo cual implica que la desigualdad tendió a aumentar en los países en desarrollo.
Para explicar estos resultados, los autores dividen los efectos de mayor globalización en mayor intercambio comercial, más inversiones extranjeras y más transferencia de tecnologías modernas. Concluyen que estas tres dimensiones de la globalización tienden a aumentar el ingreso per cápita de los países desarrollados y también en los países en desarrollo. La teoría del comercio internacional implica que el comercio internacional de los países pobres aumenta las ganancias de los trabajadores menos especializados porque los países ricos quieren importar productos que utilizan grandes cantidades de ellos en la fabricación de cosas como textiles. El informe confirma algo fundamental de la teoría del comercio: mayor intercambio internacional reduce las desigualdades de ingresos en los países en desarrollo.
Sin embargo, el efecto más poderoso de la globalización en las desigualdades de ingresos son causadas por las transferencias de tecnologías modernas. La evidencia en las economías desarrolladas es que las tecnologías modernas, como las computadoras y la internet, favorecen a los trabajadores con más educación; en términos económicos, estas tecnologías favorecen a los mejor entrenados. Este resultado del progreso tecnológico se utiliza para explicar la creciente diferencia en ingresos entre los graduados de universidades y todos los demás, durante los últimos 30 años en Estados Unidos. Y no sorprende que la investigación del FMI encuentre la misma tendencia en el mundo en desarrollo. Es decir, las inversiones extranjeras han aumentado las diferencias de salarios en los países en desarrollo. Sin embargo, el informe indica que los efectos en desigualdad producidos por las inversiones extranjeras y la liberalización de los mercados son menores que los producidos por la transferencia de tecnología.
¿Es esa mayor diferencia en los ingresos un efecto positivo o negativo de la globalización? El informe deja claro que los más pobres y menos educados también se han beneficiado de la globalización, pudiendo gastar más en alimentos, vivienda, salud, automóviles y otros bienes que desean. Esa mejora del bienestar de los más pobres se debe incluir en los beneficios de la globalización.
La mayor diferencia en ingresos según el nivel de educación significa que aumentó el rendimiento de lo invertido en esa educación. Los opuestos a la globalización no criticarían que esta aumente el rendimiento del capital perteneciente a inversionistas nacionales. Entonces, ¿cómo pueden criticar un mayor rendimiento del capital humano debido a la globalización? Mayor rendimiento de inversiones en maquinarias y en capital humano significa que la economía es más productiva, lo cual beneficia a los países ricos y también a los países pobres.
Sin embargo, muchos intelectuales y políticos latinoamericanos y africanos critican la globalización y sus resultados. Yo pienso que los países en desarrollo donde hay más quejas sobre la globalización son también donde ha fallado la educación. Un mayor rendimiento de lo invertido en educación no mejora el bienestar en países donde los pobres no tienen acceso a estudios de bachillerato y mucho menos en universidades. El informe del FMI y otras investigaciones comprueban que la globalización no es la causa de estos problemas tan serios, sino que por el contrario, la lección es que los países en desarrollo tienen que hacer un mayor esfuerzo en que los hijos de familias pobres tengan más acceso a más y mejor educación. Solamente así los pobres podrán beneficiarse de la mayor rentabilidad de la educación que aporta el mayor intercambio comercial y la llegada de tecnologías modernas y capital extranjero a su país.
Por Gary Becker
¡Recomendación!

El Fondo Monetario Internacional acaba de publicar el estudio Perspectivas de la Economía Mundial: Globalización y desigualdad, en el mismo analiza las repercusiones que ha tenido la globalización en un muestreo de 50 países la gran mayoría de ellos en vías de desarrollo, estudio que se vuelve necesario de leer para cualquier crítico o defensor de este fenómeno que esta revolucionando al mundo.
Somos iguales

La iniciativa de enmendar el Código de Familia para prohibir que los homosexuales podamos adoptar hijos es lamentable y representa una colosal involución en el reconocimiento de derechos humanos en Costa Rica. Mientras el mundo “desarrollado” da pasos agigantados por reconocer los derechos de los homosexuales y trabaja por establecer una cultura de tolerancia, en Costa Rica sucede lo contrario. Supongo que pronto los señores diputados decidirán volver a penalizar los actos sexuales entre personas del mismo sexo, acercándonos más a Nicaragua que a la Suiza Centroamericana de nuestra imaginación.
¿Cómo se atreven los diputados a sugerir que las personas homosexuales somos inferiores o ciudadanos de segunda categoría? ¿Cómo se atreven a decir que somos moralmente corruptos o un mal para la sociedad? El limitar o retirar derechos a un segmento de la sociedad es el equivalente a decirle que no son iguales. Es decir desde las entrañas mismas de nuestra sociedad –nuestras leyes– que ese grupo no es igual al resto de la ciudadanía y que por ello no es merecedor de los derechos que goza el resto de los costarricenses.
Eliminación arbitraria. Si nos eliminan o prohíben ciertos derechos, lo lógico sería que reduzcan nuestras obligaciones y deberes. Al arbitrariamente eliminarse el derecho a la adopción, entonces deberían excluirnos de pagar la proporción de nuestros impuestos que mantienen la educación pública. A diferencia de otros cuya decisión es no tener o adoptar hijos –cualidad endógena–, a nosotros se nos prohíbe –cualidad exógena–. Deberíamos cotizar menos en seguridad social porque, al no reconocerse nuestras relaciones amorosas, entonces debemos cotizar individualmente. Claramente, deberíamos pagar mucho menos porque, a diferencia de los demás, no podemos cubrir a nuestras parejas ni declarar impuestos conjuntamente.
Esta enmienda revela la mojigatería y la ignorancia de nuestros “representantes” –definitivamente no nos representan a los costarricenses homosexuales–. Es una incultura justificar esta enmienda debido al mal ejemplo o perjuicio que los gais y lesbianas creamos en los infantes. En Costa Rica parecieran no haberse percatado de que la homosexualidad no es una enfermedad ni una inmoralidad (reconocido por psicólogos, psiquiatras y médicos universalmente). No se escoge ni es una opción. La orientación sexual de los padres no incide en la de sus hijos, sean biológicos o adoptivos. Los homosexuales tenemos y fuimos criados por padres heterosexuales. Supongo que pasarán otra ley que obligue al padre o madre homosexual a entregar a sus hijos biológicos en adopción. Supongo que los costarricenses homosexuales que adoptemos en otro país no podremos reclamar a nuestros hijos como costarricenses.
Defensa de derechos. Si bien dicen defender los derechos de los niños, ¿por qué no defienden su derecho a ser amados? Defiendan su derecho a vivir en un hogar donde, sean dos hombres o mujeres los jefes de hogar, tengan el apoyo pleno de dos adultos que estén dispuestos a dar todo por ellos. Defiendan el derecho de que a las personas que ellos quieren sean respetados como costarricenses, que gocen de los mismos derechos que los demás. ¿No es eso al final lo que necesitamos los seres humanos: amor, apoyo, educación, comprensión?
Los obstáculos que enfrentan los niños criados por una pareja del mismo sexo no yacen en el seno familiar, sino en una sociedad mojigata y anacrónica. El conflicto está en una sociedad que fortalece nuestra cultura de intolerancia. Esto es el equivalente a prohibir adopciones interraciales por miedo a que se sientan diferentes. ¿No creen que deberíamos combatir la raíz y no la causa? ¿El racismo y no la integración? ¿La homofobia e intolerancia y no el amor?
Por javier Rojo
domingo, 14 de octubre de 2007
Globalización e igualdad social

Luego de un proceso intenso de discusión (algunas veces objetivo, otras subjetivo; alimentado con datos y hasta con mentiras) los costarricenses votamos mayoritariamente a favor del TLC. En buena hora. Sin embargo, en el trasfondo quedó cierta sensación de que la globalización, como la que busca el TLC, podría ser mala para aliviar la pobreza y reducir la desigualdad social en el país. Que el gobierno de la República debería hacer algo al respecto y que la “agenda complementaria” podría servir para ello.
La primera pregunta a contestar es si la globalización necesariamente apareja mayor desigualdad que el aislacionismo económico. La respuesta es que no; que, por el contrario, ella contribuye a reducirla. Lo que, sin proponérselo, ha contribuido a incrementar la desigualdad de ingresos en los países ha sido elavance tecnológico, pues él ha puesto en posición de ventaja a los preparados para asimilarlo y ha tendido a dejar atrás a quienes no están capacitados para hacerlo. La introducción del tractor en la agricultura y de sistemas mecanizados de riego dejó a alguna gente sin empleo (al menos temporalmente) y sin ingreso. Pero permitió pagar más al tractorista, cuya productividad era alta, y a los expertos en sistemas de riego. La brecha de ingreso entre unos y otros aumentó.
Globalización y tecnología. La globalización contribuye a aumentar la brecha solo en el tanto en que alienta la transferencia de tecnología, que suele acompañar a la inversión extranjera directa, pero no por el aumento de oportunidades comerciales que abre en uno y otro sentido (importaciones y exportaciones). Identificado el mal, identificada la cura. La cura a la pobreza y a la desigualdad social está en fortalecer la educación de los pobres, para que puedan afrontar con éxito los retos de la globalización y para que el progreso que ésta apareja también les beneficie. Que si la marea sube, que suba para todos.
Varios estudios demuestran esto. Uno, muy reciente (octubre 2007) del Fondo Monetario Internacional (Globalization and Inequality ) señala que la globalización contribuye a reducir pobreza pero que la inversión extranjera, bienvenida como es, está asociada con un crecimiento en la desigualdad y que, por tanto, las políticas públicas están llamadas a aumentar la apertura y el acceso a la educación de la gente, pues sólo así tendremos lo mejor de dos mundos.
Universidades estatales . En Costa Rica, una investigación publicada por la Academia de Centroamérica en el 2004 (Andrea Collado, Análisis espacial y localización geográfica de la pobreza en el gran área metropolitana de Costa Rica) concluye que los conglomerados de pobreza “están asociados con problemas de deserción de los jóvenes del sistema educativo formal, desempleo y falta de acceso al mercado laboral formal”. Otra, también de la Academia de Centroamérica (V. H. Céspedes y R. Jiménez, Pobreza en Costa Rica, 2006) señala que “si generamos empleo, pero no capacidades..., simplemente aumenta la desigualdad al crecer más las remuneraciones de los trabajadores más capacitados, porque existe demanda por trabajadores calificados”.
Más claro no canta un gallo. Sí al TLC y sí a reformas en el sector educativo, para mejorar su contenido y relevancia, y que el subsidio social a la educación pública beneficie básicamente a los sectores más pobres del país, no a los más ricos, como ocurre con el financiamiento a las universidades estatales.
Por Thelmo Vargas
Tomado de la Nación
miércoles, 26 de septiembre de 2007
Desigualdades Odiosas

Adoptando el discurso populista predominante en la región, el secretario general iberoamericano y ex presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (1988-2005), Enrique Iglesias, declaró en un foro sobre “cohesión social” celebrado en Brasil, que las desigualdades en América Latina “insultan la conciencia ética de la sociedad”. El ex presidente del BID dijo que se impone recuperar los principios de “cohesión social”. Pero lo que insulta la inteligencia no es la desigualdad sino el estancamiento, la miseria, la corrupción y las malas políticas de los gobernantes latinoamericanos. La desigualdad de ingresos como supuesto problema no es más que un engaño de los intelectuales.
En el último cuarto de siglo, la globalización originó una explosión de prosperidad nunca antes experimentada en la historia de la humanidad. El avance fue tan evidente e incontrovertible que los socialistas decidieron cambiar de estrategia. La crítica al capitalismo tomó otro sendero: si bien la globalización trajo el crecimiento –decían– éste resultó desafortunado para los pueblos porque aumentó las desigualdades ampliando “la brecha entre ricos y pobres”. Falso. Estudios realizados por el Banco Mundial en 92 países demuestran que, en general, el progreso benefició a pobres y ricos en la misma proporción.
Para contrarrestar los supuestos males del crecimiento capitalista, los socialistas inventaron la política del “crecimiento con igualdad”, que a través de impuestos progresivos permitiría una mejor distribución de la riqueza. Pero, ni en América Latina ni en ninguna parte existe riqueza esperando a ser distribuida por los gobernantes, como si se repartiera una torta. La riqueza no crece en los árboles, debe ser producida por el esfuerzo y el ingenio humano. Toda la riqueza que existe desde un lápiz hasta un rascacielos ha sido creada por miles de personas que invierten y arriesgan sus ahorros y esfuerzo para producirlos. Cualquier “redistribución” posterior resulta en quitar un bien a quien le pertenece para darle a quien no le pertenece.
La riqueza le pertenece a quienes la producen, en la proporción previamente acordada, y a nadie más. Nadie, incluyendo al Estado, tiene derecho a apropiarse de lo producido por otro. La justicia, en la antigua definición de Ulpiano, jurista romano del año 170, es “dar a cada uno lo suyo”. Ninguna civilización que negara el derecho moral de una persona a disponer de su producción sobrevivió mucho tiempo.
Es natural que la producción origine desigualdades debido a que las personas son desiguales en aptitudes, dedicación y voluntad. Pero esas desigualdades se refieren solo a que algunos obtienen más ingresos que otros por ser más productivos, talentosos, arriesgados. Bajo una economía libre, la desigualdad de ingresos es justa y beneficiosa para la sociedad porque promueve los valores de la productividad y el ahorro. Esa desigualdad debe ser motivo de celebración, pues conduce a los más talentosos y ricos a incentivar a las demás personas a producir con mayor dedicación y esfuerzo. Los ricos se hacen más ricos cuanto más productivos hacen a sus trabajadores, adquiriendo tecnología y dando entrenamiento que benefician a sus trabajadores.
La producción de riqueza no tiene límites. Lo que gana uno beneficia al resto porque se suma a la riqueza general. Lo que debe insultar la conciencia de nuestras sociedades son, no las desigualdades que denuncia Enrique Iglesias, sino las que originan los privilegios, tales como los subsidios, el proteccionismo, mercados cautivos, licencias especiales, exenciones tributarias, monopolios estatales y el sinnúmero de políticas estatistas que han hundido al continente en la corrupción y el atraso. La economía prevaleciente en América Latina es precisamente la “economía de privilegio” o mercantilismo.
La igualdad que debemos conseguir es la igualdad ante la ley, en la que todas las personas tengan igual dignidad y no existan privilegios. Locke explicaba que si todos son iguales e independientes, nadie puede perjudicar a otro en su vida, libertad y propiedad.
Por Porfirio Cristaldo Ayala
Tomado de AIPE
martes, 18 de septiembre de 2007
Redistribución y pobreza

Según investigaciones del Banco de Desarrollo Asiático (ADB), la pobreza ha disminuido mucho más en aquellos países del Asia donde las desigualdades de riqueza han aumentado, más que en aquellos países donde las desigualdades de ingresos son menores. Y la pregunta al respecto de la revista The Economist es “¿acaso importan las desigualdades mientras la pobreza disminuye? Y, agrega, “medidas populistas para quitarle al rico no son la respuesta porque restringen el desarrollo”.
En mi columna he sostenido por años que la meta de disminuir las diferencias de riqueza y la meta de disminuir la pobreza son mutuamente excluyentes. También he abogado por la eliminación de los impuestos al rendimiento de las inversiones, como medio para disminuir la pobreza y, a la vez, aumentar los ingresos fiscales, recomendando como impuesto único el IVA, sin excepciones. La razón no es favorecer a los ricos sino a los pobres, cuyos ingresos dependen de la demanda por trabajadores de parte de inversiones productivas.
Las inversiones se van adonde mayor será la utilidad y eso es así hoy más que nunca porque se pueden realizar pequeñas inversiones en cualquier parte del mundo vía la Internet, a través de corredores y la banca de inversión. La rentabilidad del capital invertido es la medida de la productividad, sobre la que tanto se habla.
La izquierda ataca esto, aduciendo que así se protegen los intereses de los ricos. Como no son tontos, tales críticas son meramente ideológicas. Lástima, porque así perjudican a los pobres mucho más que a los ricos. La pregunta de siempre es: ¿acaso importan las diferencias mientras la pobreza disminuye? La postura de la izquierda parece ser que no importa la pobreza, con tal que los ricos no se hagan más ricos.
Decir que los ricos son ricos porque los pobres son pobres es una falacia, ya que la riqueza no es una cantidad fija. La falla es que los economistas no han sabido explicar el fenómeno de la ganancia para ambas partes en todo intercambio voluntario entre dos personas.
Es muy importante comprender cómo la división del trabajo (fenómeno espontáneo en una economía de mercado) y el subsiguiente intercambio resultan en el aumento real del pastel a dividirse, por lo que entonces a todos les toca más. Reconozco que se trata de algo contra intuitivo y hasta algunos economistas ganadores del Premio Nóbel no lo entienden.
Y si no se entiende el fenómeno de costos comparados tampoco se comprende el hecho que, en ausencia de privilegios legales, sólo se logrará hacer fortuna enriqueciendo a los demás. Los pobres no son pobres porque los ricos son ricos y todos nos beneficiamos cuando otros se hacen más ricos. Por ejemplo, la xenofobia en Estados Unidos contra China no existiría si comprendieran que mientras más rica es China más rico será Estados Unidos y el resto del mundo también. Y tampoco debiera existir la hostilidad contra ricos que tanto empobrece a los pobres.
Por Manuel F. Ayau
Tomadoi de AIPE
jueves, 13 de septiembre de 2007
La fuerza de las palabras: desigualdad vrs diferencias

Recién observé un video del Liberty Fund llamado, "A Conversation with Lord Peter Thomas Bauer", en el cuál Bauer hace un llamado a la importancia de las palabras y su significado. Cuando John Blundell -quién lo entrevista- le pregunta cómo responde a aquellos que aseguran que las ideas del mercado crean desigualdades, el interviene diciendo que prefiere referirse al término de diferencias.
Indica que la palabra -diferencias- es un término neutral que nos dirige hacia la aceptación de que todo ser humano, en ámbitos no solo económicos, inevitablemente es diferente uno del otro. Por ejemplo, algunos tienen mayores aptitudes y habilidades en deportes o música que otros. Comúnmente, estas diferencias son aceptadas entre seres humanos y no buscamos igualar nuestras aptitudes o habilidades en este sentido. Por otro lado, -desigualdad- es un término cargado de valoraciones, asociado inevitablemente con la condición humana de igualdad o la búsqueda de igualdad donde se asume que en la sociedad hay grupos o categorías fácilmente determinables donde unos llamados ricos son ricos porque le han quitado dinero a los pobres. Desigualdad se convierte entonces en un término simplista que separa a los seres humanos en términos socio-económicos.
Buscando ambos términos en Wikipedia, se puede demostrar el punto. -Desigualdad- nos dirige hacia una descripción de diferencias en derechos y obligaciones, ricos vrs. pobres, discriminación positiva y negativa, el rol de un Estado incapaz de brindar o garantizar condiciones de igualdad. En cambio, la búsqueda del término -diferencias- nos dirige a los factores que intrínsicamente separan a los hombres de las mujeres, en términos sexuales, hormonales, genéticos.
¿O es que queremos como sociedad igualar las diferencias entre hombres y mujeres?
Alejandro Beeche Van der Laat