Jorge Corrales Quesada
martes, 4 de diciembre de 2018
La columna de Carlos Federico Smith: ¿y quién va a pagar por esto?
Jorge Corrales Quesada
martes, 29 de enero de 2013
La columna de Carlos Federico Smith: el poder al pueblo
Gracias a las reflexiones de mi amigo Luis di Mare y a las conversaciones que ellas han motivado, creo haber llegado a comprender la verdadera significancia del llamado referendo. Para darnos cuenta de ello, me permito transcribir lo que considero es el artículo fundamental de nuestra Constitución, el cual (el segundo) reza así: “La soberanía reside exclusivamente en la Nación”. Igualmente esclarecedor y aclaratorio de este artículo es el criterio expresado por la Sala Constitucional en el voto 4601 de 1994, el cual, en lo que me interesa, señala que, de acuerdo con los artículos 2, 3 y 4 de la Constitución, “la soberanía reside en el pueblo” y que “el ejercicio de las diferentes manifestaciones por las que la voluntad popular pueda expresarse, está restringido a los integrantes de ese conjunto de personas, el pueblo”. En nuestro país, en esencia, el poder soberano reside en el pueblo y no en nada ni en nadie más.En cuanto al primer punto de arriba, eso parece ser cierto con las experiencias en nuestro medio, pero no en otras naciones, en donde con frecuencia se realizan votaciones tanto locales como nacionales. Allí los más diversos temas normalmente se sujetan al referendo (aprobación) de los ciudadanos. En Suiza y en Estados Unidos, en los estados de esta nación, así como en sus condados, es amplio el uso del referendo para obtener la aprobación directa de los ciudadanos, sin que implique un costo muy elevado. Simplemente el de las papeletas y su procesamiento. La discusión la efectúan libremente los ciudadanos o los grupos interesados. Generalmente esas votaciones se suelen efectuar en el marco de un conjunto de temas o en ocasión de elecciones dirigidas a escoger a ciudadanos a posiciones de gobierno. No he escuchado una oposición a referendos con base en que son costosos.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Jumanji empresarial: Gobierno, gobernados y gobernables

Gobernar quiere decir que alguien tiene la autoridad y la responsabilidad de disponer el funcionamiento del Estado y de las gestiones colectivas evolutivas. La autoridad se la confiere el voto de los ciudadanos y se enmarca en el sistema legal; la responsabilidad se la tiene que exigir la población entera en el marco de esa misma ley. Gobernable quiere decir, entonces, que ese Estado o colectividad se pueden gobernar, y la gobernabilidad es la calidad de gobernable que adquiere esa situación.
Pero estos términos y las acciones que representan deben primeramente ser entendidos de modo explicito y tácito en una democracia. Se refieren a las obligaciones y a los derechos de las partes del pacto abierto que se establece entre gobernantes y gobernados. Este pacto no confiere a unos ni a otros márgenes ilimitados de acción. Para los primeros se fijan prerrogativas y responsabilidades de las cuales, desafortunadamente, todavía no rinden cuentas de modo satisfactorio a quienes muchas veces las padecen más que disfrutarlas, lo cual se convierte en una serie creciente de agravios y es una de las principales fuentes del descontento y la incredulidad con respecto de quienes gobiernan. Para los otros representa la necesidad de aceptar una cierta coerción en aras de poder vivir colectivamente. Esto ni modo, expresa una restricción de las libertades. Por eso la única manera práctica de definir las libertades es en el marco de la aceptación de esas mismas restricciones.
Sin embargo, en el difícil campo de las libertades una cosa es que aceptemos las reglas y exijamos cada vez más abiertamente un esquema de legalidad y de responsabilidades en la vida pública, y otra, por cierto muy distinta, es entenderse como personas y como grupo gobernable.
El gobierno en un entorno democrático y libre no se ejerce sobre seres gobernables, sobre un rebaño. El gobierno no aplica el mismo rasero a su visión sobre la sociedad y sobre sus propias funciones. En la economía debería de pretender reducir las restricciones, desreglamentar las transacciones y reducir las interferencias y, todo ello, para generar mercados libres y una adecuada protección a los derechos de propiedad. Sabemos que en ello hay una gran parcialidad y que se acaba beneficiando a unos por encima de otros. Pero en política el gobierno no acepta la misma medida y quiere todas las ventajas de la gobernabilidad, la que parece entender como la concesión de un cheque en blanco para controlar.
La única manera de entender hoy la gobernabilidad, si nos tomamos en serio el asunto de la democracia, es en cuanto a la posibilidad de tener un buen gobierno. Gobernable es una cualidad que deberíamos asociar solamente con una sociedad en la que se reducen las fricciones políticas, las desigualdades en oportunidades, las violaciones a la ley y las ventajas de grupos privilegiados.
No tiene, entonces, nada que ver con la aceptación explícita o tácita de la población de ser gobernable. No queremos ser gobernables, sino que aceptamos el compromiso y hasta la restricción que puede significar ser gobernados. A partir de ello se puede establecer el único pacto posible entre la sociedad y quienes dirigen el gobierno y representan el Estado.
No son convenientes los pactos de gobernabilidad y de civilidad porque éstos tienden a entenderse como un modo de mantener un poder que muestra hoy grandes signos de debilidad y de fractura. Ese es un poder cuyo desgaste se puede compensar cada vez menos con esquemas de recompensas que, habiendo estado, eso sí, muy bien articuladas, son cada vez menos eficientes. Lo que se quiere es acceder a un verdadero estado de derecho, en el que las leyes sean claras y con pocas regulaciones, que no se interpreten al gusto del cliente y que sirvan para que el país sea gobernable en virtud de los resultados positivos que se alcancen en la vida diaria de sus habitantes.
Así mismo, las instituciones que se crean para asegurar el adecuado funcionamiento del Estado, deben de ser siempre tan evolutivas como el mismo mercado. De lo contrario, estas terminaran por convertirse en agentes depredadores de las instituciones generadoras de riqueza.
Lo importante; claro está, no es quien gobierna en un país, sino cual es la actitud de los ingobernables de libre pensamiento, que con su continuo escrutinio de las acciones del Estado, obligan a los gobernantes a comportarse según las reglas establecidas.
Andrés Pozuelo Arce
miércoles, 14 de enero de 2009
¿Por quién votar?

¿Por quién votar? Esta es una pregunta constante entre los ciudadanos cada vez que se acerca un proceso electoral, e inmediatamente surge la respuesta: “No hay por quién” o “Todos los políticos son iguales”. Tan vacía la pregunta como las respuestas, la primera está cargada de la desidia de los ciudadanos por informarse y de la mala oferta que algunos partidos les hacen. Por su parte, ambas respuestas son una generalización provocada por la pérdida de compromiso de los ciudadanos con la patria, así como por la poca atención de los partidos a los problemas reales que aquejan a la nación. Tan irresponsables son unos por lo que ofrecen como los otros por conformarse con tan poco.
Iniciamos un año de lucha electoral, en el cual la competencia por gobernar a partir del 2010 obligará a los partidos políticos a exponer con claridad sus cartas sobre propuestas y candidatos a los diversos puestos de elección popular. Ejercicio que también debería obligar a todos los ciudadanos a informarse y tomar conciencia sobre la situación nacional, para definir los requisitos y calidades que deberán exigir a quienes pretendan ejercer el poder del Estado desde los poderes Ejecutivo y Legislativo.
Actividad viva. Los problemas de la nación no son producto de la política, sino de la sociedad. Aquella es –afirmaba Aristóteles– la “ciencia de las ciencias”, pues es ella la que permite a las personas exponer sus preocupaciones e intercambiar con los otros la diversidad de criterios de una sociedad. La política es una actividad viva que se adapta, que se caracteriza por ser flexible y conciliadora. Esa que tanto critican unos y denigran con sus acciones otros, sin darse cuenta de que es la forma de gobierno de las sociedades libres. La política es democracia y esta es su producto, por ser diversidad de pensamiento.
Puede ser que en algunos momentos la política sea confusa, a veces vulgar o carente de resultados definitivos, y a veces enmarañada, lo que algunos definen como ingobernabilidad, sin darse cuenta de que ella, aun en las peores circunstancias, les permite a las personas decidir sobre el rol que desean ocupar en la sociedad. La política da al individuo la libertad de vivir las experiencias que le acentúan el sentirse un alma propia, sin necesidad de esconder lo que piensa y lo que desea. ¡Si no es ella la que produce la democracia, que alguien me diga, por favor, de dónde proviene!
La política es la que permite que se gobierne a las sociedades pluralistas, y concatena las múltiples ideas sin necesidad de utilizar la violencia. Sin embargo, lo que sucede es que algunos piensan que el verdadero problema de la sociedad está en la pluralidad. Por eso, doctrinas como el marxismo fracasaron, al renegar de la diversidad de criterios, pues buscó la unificación de pensamiento, por ser manifiesta y explícitamente antipolítica. Desde ahí surgió su caída, pues no era la tolerancia una de sus virtudes.
Consciencia del ciudadano. Es una obligación de todo buen ciudadano preocuparse por la calidad de sus gobernantes, y, más aún de los partidos políticos, el brindar la mejor oferta. No es posible que quienes quieren gobernar no dediquen tiempo a decir para qué y por qué pretenden ostentar el poder que el pueblo que gobierna les cede. Es requisito que los políticos muestren y divulguen sus ideas y proyectos con transparencia, y que el ciudadano se obligue a comparar y a comprometerse con la patria para escoger la mejor opción. Que no sean ni la farándula ni otros los que determinen la oferta política, pero mucho menos la inconsciencia del ciudadano la que castigue a una patria maravillosa, como es la nuestra, con un destino que no se merece.
Hoy en día tenemos un buen presidente, con sobrados atestados para serlo y con una muy buena labor, por lo que quien le releve no puede ofrecernos menos que él.
Bien escribía Ortega y Gasset que, “por muy cumplida que sea la vida de un pueblo, tiene harto que mejorar. Esa mejora de la patria esperan nuestros hijos de nosotros para que su existencia sea menos dolorosa y más llena de posibilidades”, a lo que agrego: “La patria es una tarea a cumplir, un problema a resolver, un deber”, y yo sumaría que en nuestras decisiones está nuestro destino.
Claudio Alpízar
