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martes, 24 de noviembre de 2009

Con las manos en la masa



ACORN el cual es una asociación comunitaria que dice promover los intereses de familias de bajos ingresos y que apoyo al presidente Obama para las pasadas elecciones se encuentra en un tremendo escándalo.

Resulta que dos personas decidieron realizar una serie de videos investigativos bajo la modalidad de cámara escondida, donde se muestra como esta organización está dispuesta a colaborar con el establecimiento de un prostíbulo con menores de edad de El Salvador. Lo que resulta increíble es como esta noticia ha pasado absolutamente inadvertida en los medios de comunicación.

sábado, 10 de octubre de 2009

¿En qué estaban pensando?


Después del premio Nobel que se le concedió a Al Gore en el 2007 resultaba difícil pensar en que alguien tuviera la capacidad de hacer menos méritos para recibir una de estas distinciones. Pero parece que siempre se puede ir para peor. Ahora resulta que el presidente de Estados Unidos -Barack Obama- se le ha concedido el premio a la Nobel de la Paz del 2009. ¿Qué ha hecho para merecerlo? ¿En qué estaban pensando los encargados de tomar esa decisión? Nadie lo sabe, ese seguirá siendo un misterio como el de la santísima trinidad

¿Será que ahora sólo se necesita ser mediático para ganar el Premio Nobel de la Paz? ¿El próximo lo tocará a Cristiano Ronaldo o a Daddy Yankee? ¿O será un homenaje póstumo a Michael Jackson?

sábado, 26 de septiembre de 2009

...



Resulta absolutamente inaceptable que en una escuela se intente manipular de esta forma a sus alumnos sobre todo si estos son apenas unos niños, que evidentemente carecen de las herramientas necesarias para juzgar la actividad que se les obliga a realizar. De ninguna manera debe existir exaltaciones de la personalidad de ninguna figura pública sin importar quien sea esta. Esperamos que esta moda no llegue a nuestro país, sólo nos falta que en las escuelas públicas se canten odas a la paloma de la paz.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Crisis financiera: En defensa de hacer nada


No hace mucho la economía estadounidense era la envidia del mundo entero. Hasta septiembre de 2007 habíamos experimentado 24 trimestres consecutivos de crecimiento del PIB. La bolsa de valores estaba en niveles históricamente altos, y las tasas de inflación y desempleo se encontraban bajas y estables.

Las cosas son distintas ahora. La economía estadounidense está en recesión así como lo están las economías de la mayoría de los países en el mundo. Muchos analistas predicen una recesión económica comparable a aquella de 1981-1982; algunos incluso hablan de otra Gran Depresión.

Mientras tanto, hemos experimentado una amplia gama de intervenciones en la economía. Hemos visto el rescate de los bancos en Wall Street y la aprobación de una enorme ley de estímulo. Hemos visto cortes coordinados en las tasas de interés, expansiones en la garantía de los depósitos y la nacionalización parcial de la banca. El objetivo explícito de estas políticas cuando fueron debatidas era evitar una escasez de crédito y una recesión, pero terminamos con las dos cosas de todas maneras. Ahora la aseveración es que estas medidas prevendrán una escasez de crédito o una recesión todavía mayor. No estoy tan seguro.

Hoy voy a presentar el caso a favor de no hacer nada. Más específicamente, argumentaré que si el gobierno federal no hubiera llevado a cabo política alguna en respuesta a la recesión económica, estaríamos mejor de lo que estamos ahora. Además estableceré que si un estímulo fuera necesario, debería haber venido por el lado de recortes en impuestos y un recorte al gasto en programas estatales fracasados, no en nuevo gasto público.

¿Qué salió mal?

¿Qué causó la crisis económica? Aunque la securitización, las fallas de las agencias calificadoras y la ambición en Wall Street contribuyeron al problema, en última instancia las responsables de esta crisis fueron las políticas equivocadas del gobierno federal.

La primera de estas fue el intento de expandir la propiedad de viviendas. Déjenme empezar diciendo que el Estado no tiene por qué tomar una posición acerca de cuántas personas deberían o no ser dueñas de sus casas, así como tampoco tiene por qué tratar de influir cuántas tostadoras u hornos compramos. No hay posibilidad de una falla de mercado en la producción de viviendas o en las decisiones de las personas acerca de si compran o no una casa. Aún así el Estado ha venido interviniendo por décadas.

Una lista parcial de políticas diseñadas para aumentar la propiedad de viviendas incluye la Administración Federal para la Vivienda, los Bancos Federales para Préstamos de Vivienda, Fannie Mae, Freddie Mac, la Ley de Reinversión en la Comunidad, la deducción de intereses sobre hipotecas, la excepción de propiedad en el código de bancarrota personal, el tratamiento tributario favorable de las ganancias sobre capitales invertidos en vivienda, la Ley HOPE para Propietarios de Vivienda, y más recientemente, la Ley de Emergencia para la Estabilización Económica—también conocida como la ley del salvataje.

Las políticas pro-vivienda del gobierno estadounidense no tuvieron efectos perjudiciales importantes durante décadas. La razón, probablemente, es que dichas intervenciones sustituyeron parcialmente actividades que el sector privado hubiese realizado de todas maneras, tales como proveer un mercado secundario para hipotecas.

Con el tiempo, sin embargo, estas leves intervenciones empezaron a concentrarse en aumentar la propiedad de viviendas por parte de hogares de ingresos más bajos. En los noventa el Departamento para la Vivienda y el Desarrollo Urbano aumentó la presión sobre las entidades crediticias para que apoyaran el acceso a viviendas asequibles. En 2003, los escándalos de contabilidad en Fannie Mae y Freddie Mac les permitieron a miembros claves del Congreso presionar a estas instituciones para que llevaran a cabo cuantiosos y peligrosos préstamos hipotecarios. Para 2003-2004, por lo tanto, las políticas federales estaban generando fuertes incentivos para extender las hipotecas a acreedores con malos historiales de crédito. Las instituciones financieras respondieron y crearon gigantescas cantidades de activos basados en una riesgosa deuda hipotecaria.

Esta expansión de crédito riesgoso fue especialmente problemática debido a la segunda política federal equivocada: la vieja práctica de salir al rescate de entes privados que han incurrido en riesgos y luego se encuentran en aprietos. Los salvatajes han sido amplios y frecuentes, especialmente en el sector bancario. En el contexto de la reciente crisis financiera, un ejemplo crucial es el ahora infame “toque Greenspan”, la práctica de la Reserva Federal al mando de Greenspan de bajar las tasas de interés como respuesta a las disrupciones financieras con la esperanza de que una expansión de la liquidez evitaría o moderaría un colapso en el precio de los activos. A principios de 2000, en particular, la Fed parecía haber tomado una decisión deliberada de no reventar la burbuja de bienes raíces y en cambio “arreglar las cosas” si ocurría un colapso.

La experiencia del sector bancario en recibir salvatajes significaba que los mercados financieros podían razonablemente esperar que el Estado amortiguara cualquier pérdida a causa del colapso de una deuda hipotecaria riesgosa. Como el Estado también se encontraba presionando para que esta deuda se expandiera, y como era rentable hacerlo, el sector financiero tenía todas las razones para seguir el juego. Sin embargo, era inevitable que un colapso ocurriera en algún momento. La expansión del crédito hipotecario tenía sentido siempre y cuando los precios de la vivienda siguiesen aumentando, pero esto no podía durar para siempre. Una vez que estos empezaron a caer, el mercado no tuvo otra opción que sufrir el reacomodo de posiciones basadas en presunciones insostenibles acerca de los precios de las viviendas.

Por lo tanto, esta interpretación de la crisis financiera coloca el grueso de la culpa sobre la política federal en lugar de sobre la ambición de Wall Street, una regulación poco adecuada, los fracasos de las agencias calificadoras o la securitización. Estas otras fuerzas jugaron un papel importante, pero es improbable que cualquiera de ellas o todas juntas hubiesen podido producir cualquier cosa parecida a la reciente crisis financiera si no hubiese sido por estas dos políticas federales equivocadas.

Por ejemplo, la ambición en Wall Street seguramente contribuyó a la situación, si por “ambición” uno se refiere al comportamiento que busca obtener ganancias. Muchos en Wall Street sabían o sospechaban que su exposición a riesgos no era sostenible, pero sus posiciones eran rentables en ese momento. Además, los mercados funcionan bien cuando los agentes privados responden a las oportunidades de obtener ganancias, a menos que estas reflejen incentivos perversos creados por el Estado. La manera de evitar crisis en el futuro, por lo tanto, es que el Estado abandone las políticas que generan tales incentivos.

Rescatando a los bancos

El plan de salvataje del Departamento del Tesoro fue un intento por mejorar el balance general de los bancos y así estimular la concesión de préstamos por parte de la banca. La justificación ofrecida fue que, ya para septiembre de 2008, los principales bancos se enfrentaban a una quiebra inminente debido a que el valor de sus activos respaldados por hipotecas había caído rápidamente.

Nadie discute que varios bancos estaban en peligro de quiebra pero eso no justifica un rescate. La bancarrota es un aspecto esencial del capitalismo. Brinda información acerca de las buenas y las malas inversiones y libera recursos para que sean desplazados desde los malos proyectos hacia aquellos más productivos. Como indiqué anteriormente, los precios de las viviendas y la construcción de casas estaban demasiado altos para fines de 2005. Esta situación implicaba un deterioro en el balance general de los bancos y una reducción del sector bancario, así que cierto grado de bancarrota era tanto inevitable como apropiado. Por lo tanto, un argumento económico a favor del salvataje debía demostrar que la quiebra de algunos bancos perjudicaría a la economía más allá de lo inevitable debido a la caída en el precio de las viviendas. El argumento común es que la bancarrota de un banco obligaba a los demás bancos a quebrar, generando un congelamiento del crédito. Ese resultado es posible, pero eso no significa que el plan del Tesoro era la política indicada.

Para entender por qué, nótese que permitir que los bancos quiebren no significa que el Estado no juega papel alguno. La garantía federal de los depósitos hubiese evitado pérdidas por parte de los depositantes asegurados, por lo tanto limitando el incentivo para que se den corridas bancarias. Las cortes y agencias reguladoras federales (tales como la Comisión Federal para la Garantía de Depósitos, FDIC por su sigla en inglés) hubiesen supervisado los procesos de bancarrota de las instituciones en quiebra. Además, bajo el proceso de bancarrota no habrían necesariamente desaparecido las actividades de los bancos en quiebra. Algunos continúan operaciones durante la bancarrota, y otros las reanudan luego de que se vende la institución en quiebra o sus activos a un banco más saludable. En otros casos, la fusión antes de un colapso evita la bancarrota por completo. Los accionistas privados y los tenedores de deuda asumen las pérdidas requeridas para hacer que estas fusiones y ventas sean atractivas para los compradores. Los fondos de los contribuyentes irían únicamente a los depositantes asegurados.

El salvataje distrajo la atención del hecho de que el Estado fue la causa más importante detrás de la crisis. De manera más general, el salvataje continuará promoviendo acciones contraproducentes por parte de instituciones que califican para recibir el dinero, como por ejemplo la adquisición de activos tóxicos que luego podrían ser comprados por el Tesoro, o la toma de riesgos inmensos con las inyecciones de capital del Tesoro.

El salvataje del Tesoro de 2008 también marcó el inicio de la propiedad estatal en el sector financiero. Esto significa que, de ahora en adelante, es probable que las fuerzas políticas influencien la toma de decisiones en el otorgamiento del crédito y la asignación del capital. El Estado puede que (nuevamente) presione a los bancos para que ayuden a prestatarios con un mal historial de crédito, para que subsidien a industrias con conexiones políticas, o para que presten en los distritos de legisladores influyentes. La presión del Estado es difícil de resistir para los bancos, ya que éste puede amenazar con vender su participación en determinado banco o puede prometer mayores inyecciones de recursos cada vez que quiera modificar el comportamiento de un banco. Además, rescatar a los bancos fija un precedente para rescatar a otras industrias. Por lo tanto, las repercusiones a largo plazo del salvataje son indudablemente malas. Irónicamente, el salvataje en sí puede que haya exacerbado la escasez de crédito. El anuncio de que el Tesoro estaba considerando un rescate probablemente asustó a los mercados al sugerir que la economía estaba peor de lo que pensaban los mercados. De igual manera, el anuncio puede que haya alentado una escasez de crédito porque los banqueros no querían asumir pérdidas y vender sus instituciones a empresas compradoras si el Estado los iba a rescatar. El salvataje introdujo incertidumbre porque nadie sabía qué significaba dicho rescate: cuánto, de qué forma, para quién, con qué restricciones y por cuánto tiempo.

El paquete de estímulo

La Ley para la Recuperación y la Reinversión Estadounidense de 2009—mejor conocida como el “paquete de estímulo”—representa una transferencia masiva de recursos del sector privado hacia grupos de interés con conexiones políticas. Los fondos vendrán de nuestros impuestos y se dirigirán al sector de la educación, la salud, a la creación de “empleos verdes” y contratistas y sindicatos federales.

Algunos defensores del paquete de estímulo argumentan que el gasto era necesario para embarcarse en proyectos que no están siendo respaldados por el mercado pero que deberían serlo. Este es el argumento del “fracaso del mercado” a favor del gasto gubernamental. En realidad, el gasto federal ya es demasiado alto en la mayoría de las áreas. Desde los $15.000 millones que gastamos en el fracasado proyecto del Gran Túnel en mi ciudad de Boston a las decenas de miles de millones que gastamos todos los meses combatiendo en Irak, hay mucho gasto público innecesario que puede recortarse. El gasto que fue incluido en la ley de estímulo en muchos casos fue a parar a sectores que no estaban ni enfrentándose a un desempleo especialmente alto ni experimentando los declives más marcados en su actividad (por ejemplo, la salud, la educación y el desarrollo de energías alternativas).

El estímulo no consistía en mejorar la eficiencia económica sino en distribuir recursos hacia grupos de interés favorecidos. Si la administración Obama en realidad estuviera preocupada acerca de la educación, por ejemplo, debería haber promovido cambios en las políticas que mejoran los resultados al tiempo que ahorran dinero, tales como las reducir las restricciones sobre quién puede convertirse en un profesor. El gobierno en cambio decidió echarle dinero a los sindicatos de profesores. Parte de la ley de estímulo vino en la forma de recortes de impuestos, pero estos eran simplemente recortes de una sola oportunidad, más tendientes a redistribuir que a mejorar la eficiencia económica. Aunque el hecho de que el Estado le devuelva dinero a los ciudadanos es algo bueno, derogar el impuesto sobre las ganancias corporativas habría mejorado los incentivos a largo plazo y creado las bases para el crecimiento económico en el futuro. De igual forma, el estímulo podría haber consistido en la reducción de los impuestos al trabajo, lo cual habría alentado más contrataciones.

Mirando al futuro

El presupuesto del presidente Obama es por lo menos honesto; constituye un intento—sin titubeos—de reestructurar la economía estadounidense y expandir el rol del Estado.

Las proyecciones presupuestarias del gobierno parecen ser extremadamente optimistas. En particular, el ingreso extra que está siendo proyectado al derogar los recortes de impuestos de Bush no enfatiza lo suficiente en la respuesta dinámica de la economía a una tasa tributaria más alta. Enfrentados con impuestos más altos, la gente trabajará menos o se retirará de la fuerza laboral. Por el lado del gasto, las nuevas iniciativas seguramente costarán muchas veces más de lo proyectado: esa es la ley de hierro del gasto público. Estas dos situaciones combinadas significan que si Obama implementa la mitad de lo que ha propuesto, veremos déficits de billones de dólares en los próximos años.

Lo sorprendente del presupuesto es que nada de lo anunciado parece que mejorará la eficiencia de la economía. Nada parece ir en la dirección de la libertad. Nada parece tener fe alguna en los mercados. Todo es acerca de recompensar a los grupos de intereses: los sindicatos, los ambientalistas, los maestros y el sector de atención médica.

Para resumirlo, esta crisis fue—en su nivel más fundamental—el resultado de políticas estatales, no un fracaso del mercado. En el mejor de los casos las políticas públicas adoptadas. La lección para los tomadores de decisiones es por lo tanto clara: es mejor hacer nada que empeorar las cosas. En economía, como en la medicina, el mandato es “primero, no haga daño”.

Jeffrey A. Miron

sábado, 6 de junio de 2009

La OEA y Cuba: La batalla recién comienza


La histórica decisión de los 34 países que integran la Organización de los Estados Americanos (OEA) de levantar la suspensión de 1962 a Cuba fue la parte fácil. Ahora viene el verdadero reto: hacer que la OEA le exija a la dictadura de Cuba que respete las cláusulas de democracia de la organización para que la isla se pueda reintegrar a la institución.

Eso no se resolverá a corto plazo, y ustedes y yo lo sabemos.

A menos que el régimen militar de Cuba decida permitir que se celebren elecciones libres, o que el gobierno de Obama decida olvidarse de sus promesas de luchar por la democracia en las Américas, la decisión de la OEA el miércoles en su Asamblea General no hizo mas que posponer el debate sobre la readmisión de Cuba a la organización.

Según el acuerdo de consenso que fue aplaudido por todos los países miembros --entre ellos Estados Unidos-- como un logro ''histórico'', la OEA levantó la suspensión de cuatro décadas contra Cuba, y comenzó un proceso para invitar a Cuba a reintegrarse al grupo sobre la base de las ''prácticas, propósitos y principios'' de la entidad.

Aunque la decisión del miércoles fue una victoria propagandística para Venezuela, Ecuador, Nicaragua y otros países admiradores del régimen militar cubano, y aunque el gobierno del presidente Obama hizo bastantes concesiones en sus esfuerzos iniciales para establecer condiciones al levantamiento de la suspensión, el resultado final de la reunión de la OEA dependerá de cómo se interprete la resolución final adoptada.

Según un comunicado de prensa de la OEA, la resolución final --además de acordar el levantamiento de la suspensión a Cuba-- establece que ``la participación de Cuba en la OEA será el resultado de un proceso de diálogo iniciado a solicitud del gobierno de Cuba y de conformidad con las prácticas, propósitos y principios de la OEA''.

Según funcionarios de Estados Unidos, esto significa que para que Cuba pueda volver a ser un miembro pleno de la OEA, tendrá que acogerse a la Carta Democrática, que exige que los Estados miembros se guíen por los ``elementos esenciales de la democracia representativa''.

La Carta de la OEA es muy específica. El Artículo 3 expresa que estos ''elementos esenciales'' incluyen ''el respecto a los derechos humanos'', realizar ''elecciones periódicas, libres, justas y secretas'', así como tener un ``sistema pluralista de partidos políticos''.

El presidente de Cuba, el general Raúl Castro, y su hermano Fidel, que todavía tiene un gran poder en la isla, han dicho repetidamente que no permitirán partidos políticos, elecciones libres, ni libertad de expresión. Para protegerse de presiones democráticas, los generales cubanos han dicho que no quieren pertenecer a la OEA, alegando que la institución es un ``títere del imperialismo yanqui''.

Pero los países latinoamericanos pueden interpretar el acuerdo del miércoles de otra manera, y decir que Cuba ya está cumpliendo con los principios generales de la OEA, y que la ausencia de elecciones libres no es una infracción mayor que el embargo comercial estadounidense a la isla. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, dijo el miércoles que se siente optimista de que los miembros de la OEA encontrarán un mínimo común denominador para readmitir a Cuba ``en los próximos meses''.

Los países latinoamericanos y caribeños elogiaron la decisión de la OEA de levantar la suspensión, calificándola de histórica.

''Hoy es un día histórico y un día de regocijo para todos los americanos'', dijo el canciller argentino Jorge Taiana en la reunión de la OEA. ``Hemos terminado con un anacronismo''.

Pero los grupos de derechos humanos y partidarios de la democracia señalan que el verdadero anacronismo es la negativa de Cuba a permitir el libre acceso del pueblo cubano a internet, a permitir que los cubanos se expresen libremente, o que puedan afiliarse a sindicatos o partidos políticos independientes.

Mi opinión: Tal como lo señalé en mi columna del 24 de mayo, casi dos semanas antes de la votación, no me opongo al levantamiento de la suspensión contra Cuba. Sin embargo, me parece que el gobierno de Obama debe usar la medida para montar una gran ofensiva diplomática que presione a la dictadura militar cubana a permitir libertades fundamentales.

Si Obama no aprovecha su popularidad en América Latina y sus ramas de olivo hacia Cuba para conseguirlo, y Cuba se reintegra a la OEA sin realizar una apertura politica, sus críticos republicanos tendrán razón para acusarlo de haber abandonado la promesa de campaña que hizo el 23 de mayo del 2008, cuando afirmó que ''nunca, jamás, comprometería la causa de la libertad'' en Cuba. Ojalá que Obama demuestre que sus críticos están equivocados.

Andrés Oppenheimer

jueves, 30 de abril de 2009

Obama choca con los Castro


El presidente Obama eliminó algunas restricciones que impedían que los cubanos viajaran frecuentemente a la isla o que les remitieran dinero a sus familiares. Fue un gesto inteligente. Una oportuna rama de olivo que había prometido durante la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Lo hizo en vísperas de su viaje a la Cumbre Americana de Trinidad y Tobago. Casi simultáneamente declaró a CNN que esperaba que el gobierno cubano pusiera en libertad a los presos políticos y respetara los derechos humanos, mientras publicaba un texto, ampliamente divulgado, en el que mencionaba el marco político adecuado para recibir plenamente a Cuba en la familia americana: la Carta Democrática firmada en Lima por los 34 gobiernos miembros de la OEA, precisamente el 11 de septiembre de 2001, mientras ardían las torres gemelas.

Raúl Castro, desencantado y desencajado, reaccionó de una manera previsible: ''más de lo mismo''. En ese momento estaba en Venezuela convocado por Chávez para agitar en el circo del ALBA, una familia excéntrica de países amantes del colectivismo y enemigos de la democracia representativa y del sentido común que se reúnen de vez en cuando bajo la carpa del ''socialismo del siglo XXI'' para jugar al antiamericanismo y practicar otras formas curiosas de la bobería. No muy lejos de Venezuela, en Haití, Hillary Clinton, la secretaria de Estado, había dicho algo muy similar: ahora le tocaba a Cuba responder a la buena voluntad del gobierno de Obama con una señal de cambio. Para La Habana aparentemente era algo muy fácil: si Estados Unidos facilita la entrada de los cubanos a la isla, ¿por qué Cuba no hace lo mismo y propicia que sus ciudadanos puedan entrar y salir libremente del país, como sucede en casi todo el planeta?

Raúl Castro tenía razón. Lo que Obama está planteando con relación a la isla es muy parecido a lo que han dicho antes que él otros diez presidentes norteamericanos (y lo que sostiene la Unión Europea, al menos desde que en 1996 los países miembros concretaron una posición común a instancias de España): Estados Unidos está dispuesto a entablar relaciones enteramente normales con Cuba, pero sólo si su gobierno evoluciona en dirección de la apertura política y el respeto por los derechos humanos y las libertades civiles. Washington, en suma, propugna un cambio de régimen en el país vecino. No está dispuesto a aceptar como ''normal'' y permanente esa dictadura comunista calcada del viejo y desacreditado modelo soviético, prácticamente ya desaparecido en todo el mundo. Obama, como sus antecesores, no admite la coartada de la ''soberanía''. Cuba debe cambiar.

¿Por qué esa insistencia? ¿Por qué Estados Unidos no puede convivir armónicamente con una satrapía comunista de la misma manera que en el pasado lo hizo con las dictaduras de Trujillo o Somoza? Las razones fundamentales son tres:

  • Porque Estados Unidos, tras un siglo de fracasos, al fin comprendió que era un cínico error mantener buenas relaciones con las tiranías en un continente supuestamente comprometido con las libertades, como se acredita en la Carta Democrática de la OEA. ¿No criticaban a Estados Unidos por tener vínculos amistosos con las dictaduras latinoamericanas?

  • Porque el caso cubano tiene un claro componente de política interna norteamericana. El 25% de la población cubana, unos tres millones de personas (nacidos en Cuba o descendientes directos de cubanos), vive en Estados Unidos y se refleja vigorosamente en la estructura social y política del país. Hay dos senadores, cuatro congresistas federales, y numerosos funcionarios y cuadros intermedios dentro de la estructura de poder norteamericana. Los intereses mayoritarios de la etnia cubana, o su relativo peso electoral, como sucede con los judíos americanos con relación a Israel, o con los afroamericanos cuando se formula la política hacia Africa, hay que tomarlos en cuenta.

  • Porque a Estados Unidos, finalmente, lo que le conviene es que en Cuba se instale una democracia sosegada y estable, como la costarricense, para mantener buenas relaciones políticas con la isla, dotada de un sistema económico productivo, de manera que los cubanos no continúen emigrando en masa hacia los Estados Unidos. Y nada de eso se puede conseguir si en La Habana continúa enquistada la vieja e incompetente oligarquía comunista que tomó el poder hace medio siglo y ha sido incapaz de evolucionar bajo el peso de la experiencia, lo que hace que el régimen actual, aunque fuerte en apariencia, sea siempre precario y provisional. Sabíamos que en el comunismo dinástico, tras Fidel le tocaba el turno a Raúl, pero ¿qué o quiénes vienen tras Raúl?

Obama ha tomado la posición correcta. Hacer concesiones sin esperar algo a cambio hubiera sido un error. Habría sido como decirles a los demócratas de la oposición y al inmenso (aunque escondido) sector de los reformistas, que no era necesario que el país abandonara el fracasado sistema comunista porque a nadie le importa el destino de los cubanos. A Obama y a su administración sí les importan.

Carlos Alberto Montaner

domingo, 26 de abril de 2009

No más venas abiertas


En la reciente cumbre de las Américas, el presidente venezolano, Hugo Chávez, en un acto en el que quizás pretendió “pasarse de listo”, entregó al mandatario norteamericano, Barack Obama, un ejemplar del libro Las venas abiertas de América Latina , obra escrita por el uruguayo Eduardo Galeano en el siglo pasado.

Obama, como es su costumbre, lo recibió con una amplia sonrisa, que más bien habla de su educación, cordialidad y espíritu de recomponer las relaciones con el subcontinente, pero también de su desconocimiento por lo que estaba recibiendo. Porque de saberlo, más bien debiera ser tema para preocupar a sus agentes de seguridad, dada la toxicidad del contenido entregado al presidente de Estados Unidos. Un verdadero atentado a la seguridad nacional. Nos hizo recordar otro arranque literario de Chávez cuando descubrió a un “tal Noam Chomsky”, que parecía ser quien le abrió (cerró) su espectro cultural.

Efectivamente, el libro de Galeano es uno de los que más daño le ha hecho a nuestro continente. Su argumentación elemental sostiene que somos pobres porque ellos son ricos. El clásico discurso del imperio que succiona la sangre de las venas hasta acabar con su víctima. Un decálogo revolucionario anti imperialista que culpa nuestro atraso primero a los españoles, luego a los ingleses y en el siglo pasado a Estados Unidos. De haberse escrito en el siglo XXI seguro culparía a Coca Cola, Google, Amazon, Internet, Starbucks, McDonalds y alguna otra transnacional que “nos roba”, y claro que los argumentos tendrían la misma seriedad que culpar a las rosquillas.

Odio visceral. Un libro que resume los agravios sufridos por los latinoamericanos y que los victimiza exculpándolos de toda responsabilidad en su fracasada historia. Transmite un odio visceral a cualquier cosa que huela a democracia y mercado, en definitiva a la libertad, para retorcerse en el igualitarismo estrecho de mente que impide alcanzar el desarrollo.

En una próxima cita, Obama tendrá que cuidarse de recibir otros pasquines que invadan la Casa Blanca. Los hay muchos, desde La historia me absolverá , de Fidel Castro, La guerra de guerrillas , de Ernesto Che Guevara, ¿Revolución dentro de la revolución? , de Regis Debray, pasando por Dependencia y desarrollo en América Latina , de Fernando Cardoso y Enzo Faletto, hasta Hacia una teología de la liberación, de Gustavo Gutiérrez, para concluir en el que quizás por el título sorprenderá al mandatario norteamericano: Para leer al pato Donald , de Ariel Dorfman y Armand Mattelard, incubado en las propias universidades norteamericanas.

Por el bien de nuestro continente y del efectivo espíritu de relanzamiento de las relaciones entre nuestros países, es de esperar que el librito de Galeano se le haya quedado a Obama en el hotel. Ojalá que el presidente norteamericano en una próxima oportunidad le devuelva la mano regalándole a Chávez Camino de servidumbre , de Friedrich Hayek, o La acción humana , de Ludwig von Mises.

Mientras tanto, si alguien me dice cómo puedo enviarle un libro al presidente norteamericano, feliz le mando Del buen salvaje al buen revolucionario , de Carlos Rangel, que, como escribió el célebre Jean François Revel, es el primer ensayo sobre la civilización latinoamericana que disipa las interpretaciones falsas, las descripciones mentirosas y las excusas complacientes. Mientras tanto, digamos: ¡No más venas abiertas para América Latina!

Ángel Soto

jueves, 23 de abril de 2009

En Vela


La Quinta Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago, deparó algunos frutos deglutibles, a los que se refirió, ayer, el editorial de La Nación . En el orden formal, de las normas de urbanidad y de los modales, no pudo ser peor. En cuanto a Cuba, el silencio general fue cobarde y vergonzoso.

¿Qué podía esperarse de una cumbre de 34 gobernantes, entreverada de personajes como Chávez, escoltado por su bufón, Daniel Ortega, y otros de parecido pedigrí que, en su casa o en su escuela, no tuvieron noción alguna del respeto a las personas o a las instituciones, y que, ahora, con su primitivismo a cuestas y su escasísima cultura, tienen que manejar el instrumento terrible del poder político?

El problema se complica radicalmente cuando, además, están sometidos obsesivamente a una personalidad sociopática y narcicista, como la de Chaves, sumergido en un océano de dinero, que potencia todos sus trastornos, quien, a su vez, idolatra –y usa– a Castro, petrificado, por 40 años, en una estructura sociopática, quien ejerce una extraña influencia en no pocos gobernantes, políticos e intelectuales de América Latina. Y como estos actores son los que ocupan siempre el proscenio mediático, en mengua de los buenos o de los menos malos, no parece infundada la convicción de que en América Latina predominan los políticos charlatanes, semianalfabetos o mediocres.

Dejemos a un lado las escenas, en esta cumbre, patentadas por Chávez y sus cortesanos gobernantes, que nos hicieron ruborizar y que, de vez en cuando, le arracaban a Obama una sonrisa compasiva. Reparemos, más bien, en la sugerencia de Obama a los presentes (según lo comentó ayer Jorge Guardia) de dejar la cansina evasión de culpar a los gringos de todas las desventuras de nuestros países (como antes a España). ¡Qué pena! Esta ha sido la cantinela latinoamericana en medio de una vastedad de recursos de donde brotan, a la vez, a raudales, la violación de los derechos humanos, la corrupción, la evasión fiscal, el cinismo, el desgobierno, la injusticia y el epitafio-consigna de “la falta de seriedad”.

Ni Alemania ni Japón ni Vietnam ni otros se dedicaron sistemáticamente a maldecir al “invasor”. Sin abandonar el juicio crítico ni renunciar a la memoria, donde se talla la identidad, hicieron su duelo, su balance o su examen de conciencia, y pusieron manos febriles a la obra. Nosotros seguimos columpiándonos, al decir de Manuel Malaver, analista venezolano, entre “el perfecto idiota” y “las venas abiertas de América Latina”, el librito que el más rico y el más inculto de nuestros idiotas le regaló a Obama, para la foto, en la sesión inaugural en Trinidad y Tobago.

Julio Rodríguez

jueves, 5 de marzo de 2009

Minando nuestra confianza


Es curioso: los medios y los expertos están haciendo cuajar la idea de que la actual recesión ha sido causada por los excesos del sector privado y olvidan completamente los excesos del sector público. Está claro que el origen del problema es la burbuja inmobiliaria. Pero, ¿qué causó esa burbuja? Respuesta: el mantenimiento de tipos de interés artificialmente bajos por parte de las autoridades monetarias… públicas. Es decir, los tipos bajos llevan a demasiada gente a pedir hipotecas, cosa que provoca aumentos extravagantes de los precios de los inmuebles.

El sector financiero, se nos dice, construyó activos basados en hipotecas errando clamorosamente en la apreciación de lo que sería la tasa de morosidad. Pero, ¿por qué cometió ese error? Por muchas razones. Una de ellas es que, cuando los precios suben la proporción de morosos se reduce (porque las familias tienen más incentivos a no perder una casa que se aprecia). Eso lleva a las entidades financieras y empresas de rating a creer erróneamente que la probabilidad morosidad estructural se ha reducido. Es decir, si la burbuja inmobiliaria (creada, insisto, por las autoridades públicas) no hubiera existido, la alegría con la que se compraron los activos basados en hipotecas no se habría producido.

Se dice que demasiados bancos privados prestaron demasiado dinero a demasiadas familias con pocos recursos (familias “subprime”). ¿Por qué lo hicieron? Respuesta: entre otras cosas, porque dos instituciones semipúblicas (Freddie Mac y Fannie Mae) garantizaban esas hipotecas. ¿Por qué? Porque el gobierno las obligó a ello con el objetivo de esas familias también formaran parte del sueño americano de tener una vivienda de propiedad.

Se explica que el sector financiero se dedicó a crear activos complicados que no entendía y a pedir prestado para invertir (apalancarse). ¿Por qué? Pues en parte, por culpa de la política de tipos artificialmente bajos que indujo a todo el mundo (¡incluso los bancos!) a pedir prestado para invertir.

Los errores de política pública contribuyeron, pues, de manera significativa a originar la crisis actual. Pero la cosa no acaba aquí: también están contribuyendo a agravarla y a convertir lo que habría sido una pequeña recesión en un episodio potencialmente catastrófico. Durante los primeros meses de crisis en EE.UU. (entre Diciembre 2007 y Septiembre 2008), el consumo, la inversión inmobiliaria y las exportaciones netas se mantuvieron. Lo único que cayó en picado era la construcción. Concretamente, hasta septiembre de 2008, la reducción del PIB había sido de unos 313.000 millones de dólares, un poco menos que la caída de la construcción. Es decir, lo único que demostraba estar realmente en crisis era ese sector.

Las cosas cambiaron radicalmente en setiembre 2008. Después de salvar a Bear Sterns, Freddie Mac, Fannie Mae, y Goldman Sachs, el fin de semana del 13-14 de septiembre, el gobierno decidió no ayudar a Lehman Brothers y, después, se salvó a AIG. Nadie entendió por qué se salvaba a unos bancos y no a otros, pero esa política errática dejaba claro que el gobierno no tenía claro cómo afrontar la situación. La confianza cayó y las bolsas de todo el mundo se hundieron. El gobierno reaccionó aprobando, a toda prisa, un programa de 0,7 billones para comprar los activos tóxicos de los bancos: la semana que siguió a la aprobación del llamado TARP (“Troubled Assets Relief Program”), la bolsa sufrió la peor caída semanal de la historia. Ante el asombro de todos, la reacción del gobierno fue la de decir: “como a la bolsa no le ha gustado el TARP, no compraremos activos tóxicos sino que recapitalizaremos directamente a los bancos”. Y claro, al constatar que el gobierno utilizaba a la bolsa para ver si sus propias acciones tenían sentido, todo el mundo se dio cuenta de que andaba bastante perdido. Eso acabó de demostrar que estábamos en manos de una pandilla de incompetentes, justo en el momento que cuajaba la idea de que el ángel salvador único era… ¡el gobierno!

Es importante que si los estados deciden auto-erigirse en salvavidas de la economía, nos convenzan primero de que están capacitados para ello. Porque, en economía, cuando el líder no inspira confianza, las familias dejan de consumir, las empresas dejan de invertir y las crisis se agravan.

Lo peor de todo es que, la confianza ciega que muchos tenían en Barack Obama, se está disipando rápidamente: después de aprobar un plan de gasto plagado de esotéricos programas inútiles, Obama ha dedicado otro billón de dólares a una nueva versión de TARP, a pesar del ostentoso fracaso de la primera versión el plan. Es más, el día que su secretario del tesoro, Tim Geitner lo anunció, no explicó ni quien comprará esos activos, ni cómo se decidirá su precio, ni qué bancos serán ayudados, ni qué pasará con los activos comprados... Es decir: no explicó nada de nada. Su inseguridad y su miedo no contribuyeron a establecer la necesaria confianza en que el nuevo liderazgo sabe cómo reconducir la situación.

¡Ah! ¡Casi me olvidaba!: mientras tanto, el sector privado —¡ese maldito sector privado que tanto daño hace a la sociedad!— ha seguido haciendo sus deberes: según un estudio del profesor Casey Mulligan la productividad del sector no financiero estadounidense sigue subiendo (a diferencia de lo que pasó durante la gran depresión). Es decir: gracias al sector privado, la economía estadounidense saldrá disparada de la crisis el día que la incompetencia del gobierno deje de minar nuestra confianza.

Xavier Sala-i-Martin

miércoles, 25 de febrero de 2009

Discurso de Obama


Anoche el presidente Obama se dirigió ante el Congreso. Más allá de lo que algunos comienzan a calificar como una especie de show mediático (personalmente no me pareció así), creo q el Primer Servidor estadounidense expresó algunas ideas rescatables:
  • La responsabilidad última por la educación de un ser humano es de sus padres.
  • El gobierno no debe incurrir en déficits ni siquiera en tiempos de crisis.
  • La eficiencia del gasto gubernamental debe ser el norte de la Administración Pública.
Algunos verán en en afirmaciones como las anteriores no más q algo de demagogia para calmar a los republicanos, pero nada de sinceridad o intención de actuar en consecuencia.

Yo prefiero pensar q, independientemente de si son sinceras o no, ello dará material a quienes creen en tales ideas para medir al presidente Obama contra una vara establecida por él mismo como correcta.

Conferencia: ¿Crisis del capitalismo global?


En este video el profesor José Raúl González explica qué causó la crisis, así como sus posibles soluciones.

martes, 24 de febrero de 2009

Entrevista: Dan Mitchell, crisis financiera.


–¿Piensa usted que las medidas de rescate del Gobierno contribuirán a restaurar la economía?

–Las medidas de rescate empeoran la economía, porque impiden que los mercados privados operen. Ya lo vimos en Japón, en la década de 1990.

Cuando tienes una burbuja, lo mejor que se puede hacer es dejarla explotar tan rápidamente como sea posible. Cuando uno se quita una curita poco a poco, resulta muy molesto. Si se la quita de una vez, se acabó. Y entonces la economía puede volver a crecer.

Pero cuando el Gobierno interfiere y aplica medidas de rescate, no solo está recompensando a las instituciones por haber tomado decisiones equivocadas, sino además está agrandando y haciendo más profundos los problemas económicos.


¿Habría dejado usted llegar a la bancarrota a los grandes fabricantes de autos, como General Motors, Chrysler o Ford?

–Las empresas que están en bancarrota es porque tenían que ir a la bancarrota. Lo mejor para General Motors habría sido caer en bancarrota, para reorganizarse, negociar contratos razonables con los sindicatos, y emerger de la bancarrota en una posición más fuerte. En cambio, el rescate solo retrasa las reformas necesarias que tienen que aplicarse, si se quiere ser competitivos en una economía global.

¿Qué habría pasado con los ahorros de las personas, si el Gobierno hubiera dejado a los bancos caer en bancarrota?

–Hace veinte años, muchos de los bancos llamados cooperativas de ahorro y crédito (Savings and loans) fueron a la bancarrota por tomar malas decisiones, pero entonces el Gobierno no los rescató.

Los accionistas perdieron su dinero y los ejecutivos su trabajo; los clientes, en cambio, tomaron sus ahorros y los trasladaron a otras instituciones que no estaban en quiebra. Eso hizo que el sistema completo funcionara muy bien, en comparación con el enredo que los políticos están haciendo hoy.

–¿Qué va a pasar en los próximos años, teniendo en cuenta las decisiones que el Gobierno acaba de tomar?

–Desafortunadamente, parece que Obama piensa hacer exactamente lo mismo que Bush. Será un presidente con un Gobierno grande e intervencionista. Lo que no funcionó con Bush no funcionará con Obama. Así es que no estoy muy contento.

¿Defiende un sistema con menos intervención estatal y menos impuestos?

–Sí: un Gobierno más pequeño, que interfiera menos, y tasas (de impuestos) fijas y más bajas. Medidas como esas hicieron que Hong Kong creciera tan rápido y se haya hecho tan rico. Así es que yo seguiría las políticas de Hong Kong. Sin embargo, Bush y Obama están intentando hacer un país más parecido a Francia: un Estado de bienestar, con crecimiento lento y un alto nivel de desempleo.

sábado, 21 de febrero de 2009

El error keynesiano de Barack Obama


Políticos y burócratas están avanzando con un gigantesco plan de estímulo de $800.000 millones para supuestamente devolverle el crecimiento a la economía estadounidense. ¿Funcionará? Décadas de investigaciones macroeconómicas sugieren que no. De hecho, el renacimiento del keynesianismo para combatir la recesión parece derivarse más de la conveniencia política que de la teoría económica moderna o de la experiencia histórica.

La idea de utilizar la política fiscal para estimular la economía durante una recesión era promovida por John Maynard Keynes durante los años treinta. Keynes argumentaba que las economías de mercado pueden verse estancadas en un hueco muy profundo y que solamente grandes infusiones de estímulos gubernamentales pueden reanudar el crecimiento. Él propuso la tesis de que el alto desempleo en la Gran Depresión se debía a los “salarios estáticos” y a otros problemas de mercado que prevenían el retorno al equilibrio de pleno empleo. Es interesante que Keynes no ofreció evidencia alguna para demostrar que los salarios estáticos eran un serio problema, e investigaciones posteriores indicaron que los salarios de hecho cayeron substancialmente durante la década de los treinta. De hecho, uno necesita analizar a una serie de intervenciones gubernamentales para explicar por qué la recesión duró tanto.

A pesar de los defectos en el análisis de Keynes, su prescripción de un estímulo fiscal para aumentar la demanda agregada durante una recesión fue ampliamente aceptada. Los gobiernos llegaron a creer que al manipular el gasto o los recortes de impuestos temporales ellos podían administrar científicamente la economía y suavizar los ciclos económicos. Muchos economistas pensaron que había una relación inversa entre la inflación y el desempleo que podía ser explotada por políticos hábiles. Si el desempleo estaba subiendo, el Estado podía estimular la demanda agregada para reducirlo, pero con el efecto secundario de una inflación algo más alta.

Los Keynesianos pensaron que el estímulo fiscal funcionaría al contrarrestar el problema de los salarios estáticos. Los trabajadores serían engañados al aceptar los salarios reales más bajos mientras que los niveles de precios subían. Los salarios nominales al alza fomentarían más esfuerzos laborales y más contratación por parte de las empresas. Sin embargo, análisis posteriores revelaron que el Estado no puede engañar continuamente a los mercados privados, porque las personas prevén y son generalmente racionales. El error de Keynes fue ignorar el comportamiento microeconómico real de los individuos y las empresas.

El dominio del keynesianismo se acabó en los setenta. El gasto público y los déficit se dispararon, pero el resultado fue una inflación más alta y el desempleo no se redujo. Estos eventos, y el auge del monetarismo liderado por Milton Friedman, acabaron con la creencia de que había una relación inversa entre el desempleo y la inflación. El keynesianismo estaba errado y su prescripción de una intervención fiscal activa estaba mal concebida. De hecho, las investigaciones de Friedman demostraron que la Gran Depresión fue causada por un fracaso de la política monetaria del Estado, no por un fracaso de los mercados privados como Keynes lo había dicho.

Aún si un estímulo del Estado fuese una buena idea, los políticos probablemente no lo implementarían de la manera que la teoría keynesiana lo sugería. Para componer una recesión, los políticos necesitarían reconocer el problema temprano y luego implementar una estrategia contra-cíclica rápida y eficiente. Pero la historia estadounidense revela que las acciones de estímulo del pasado han sido demasiado inoportunas o inadecuadas para en realidad haber ayudado. Además, muchos políticos son conducidos por motivos que están en conflicto con la presunción keynesiana de que ellos buscarán diligentemente servir el interés público.

El fin del keynesianismo en los setentas creó un vació en la macroeconomía que fue llenado por la teoría de “expectativas racionales” desarrollada por John Muth, Robert Lucas, Thomas Sargent, Robert Barro y otros. Para la década de los ochentas el keynesianismo a la antigua estaba muerto, al menos entre los nuevos líderes de la macroeconomía.

Los teóricos de las expectativas racionales sostenían que las personas toman decisiones económicas razonadas basándose en sus expectativas del futuro. No pueden ser engañados sistemáticamente por el Estado e inducidos a tomar acciones que los dejarán en una peor situación. Por ejemplo, las personas saben que un estímulo al estilo keynesiano podría derivar en una inflación más alta, entonces ajustarán su comportamiento, lo cual tiene el efecto de nulificar el plan de estímulo. Un gasto de estímulo endeudará más al Estado, pero no aumentará la producción real o el ingreso sostenido en el tiempo.

Es difícil encontrar un libro de texto de macroeconomía estos días que considere a un estímulo keynesiano como una herramienta de política pública sin serios errores, razón por la cual la actual propuesta de $800.000 millones ha tomado por sorpresa a muchos macroeconomistas. John Cochrane de la Universidad de Chicago recientemente indicó que la idea de un estímulo fiscal es “enseñada solamente para mostrar sus falacias” en los cursos universitarios. Thomas Sargent de New York University indicó que “las calculaciones que yo he visto respaldando al paquete de estímulo son hechas a la ligera e ignoran lo que hemos aprendido en los últimos 60 años de investigaciones macroeconómicas”.

Es cierto que la teoría keynesiana ha sido actualizada en recientes décadas, y que ahora incorpora ideas de nuevas escuelas de pensamiento. Pero la aseveración de la administración de Obama de que su paquete de estímulo creará hasta cuatro millones de trabajos es asombrosa. Muchos macroeconomistas de primera línea son críticos del plan, incluyendo a Greg Mankiw de Harvard y John Taylor de Stanford, quienes han sido los líderes en actualizar el modelo keynesiano. Taylor señaló que “la teoría de que un estímulo de gasto gubernamental a corto plazo reactivará la economía está basada en teorías keynesianas anticuadas y estatistas”.

Un resultado de la revolución de las expectativas racionales ha sido que muchos economistas han cambiado su enfoque de estudiar cómo manipular los ciclos económicos de corto plazo a investigar las causa del crecimiento a largo plazo. Es en el largo plazo que los economistas pueden proveer el consejo más útil sobre cuestiones tales como reforma tributaria, regulación y comercio.

Mientras que muchos economistas han volcado su atención al crecimiento a largo plazo, los políticos desafortunadamente tienen horizontes de tiempo de más corto plazo. Suelen combinar poco conocimiento de economía con un gran apetito de proveer arreglos rápidos a las crisis y recesiones. Su demanda de soluciones muchas veces es igualada por la oferta de propuestas dudosas por parte de economistas demasiado ansiosos. Muchos economistas respetados presionaron por la aprobación del paquete de estímulo de $170.000 millones a principios de 2008, pero éste resultó ser un fracaso. La lección es que los políticos deberían ser más escépticos de economistas que dicen saber cómo resolver recesiones con esquemas grandiosos. Los economistas saben mucho más acerca de los factores que generan el crecimiento a largo plazo, y eso debería ser el enfoque primordial de los esfuerzos para reformar del gobierno.

El actual plan de estímulo impondría una pesada deuda a los estadounidenses jóvenes, pero haría poco, si no es que nada, para ayudar a que la economía crezca. De hecho, podría tener efectos similares a aquellos de los programas del Nuevo Trato (New Deal), de los cuales Milton Friedman concluyó “obstaculizaron la recuperación de la contracción, prolongaron y añadieron al desempleo y fijaron las bases para un Estado cada vez más entrometido y costoso”. Un precedente será creado con este plan, y los políticos necesitan decidir si quieren continuar hipotecando el futuro o permitir que la economía se ajuste y retorne al crecimiento por sí sola, como siempre lo ha hecho en el pasado.

Desafortunadamente, el Presidente Obama no ha propuesto reforma fiscal de largo plazo alguna, y como su predecesor parece tener una visión keynesiana de corto plazo. Los recortes de impuestos de 2001 y 2003 fueron generalmente vendidos como medidas de estímulo temporales y el presidente Bush aprobó de los créditos tributarios de 2008 calificándolos de una “inyección de estímulo” para la economía. No queda claro si las creencias keynesianas o los factores políticos conducen al plan de estímulo de $800.000 millones. Pero como Robert Barro de Harvard indicó en su desapruebo del plan de estímulo, solo porque la economía está en crisis, no “invalida todo lo que hemos aprendido acerca de la macroeconomía desde 1936”.

Ike Brannon y Chris Edwards

miércoles, 18 de febrero de 2009

Latinoamerizanización de Washington


En 2008-2009 el mundo parece haber dado un cambio de 180 grados. Hoy Washington encaja perfectamente en el estereotipo del país latinoamericano: (1) gasta más de lo que tiene y (2) aquellos en el poder pueden redistribuir riquezas a sus amigotes—en una fiel imitación de la tradición mercantilista latinoamericana.

A lo primero, William Niskanen del Cato Institute lo ha denominado como “abuso fiscal de niños” puesto que lo que se está haciendo es dejarles como herencia un trillón más de deuda a los hijos y nietos de los actuales contribuyentes estadounidenses. Personas que ni siquiera han nacido tendrán que aguantar la resaca de la fiesta de gasto que se está dando hoy en Washington.

Lo segundo es verdaderamente preocupante. La Tesorería de los EE.UU. recibió el año pasado un poder sin precedentes en ese país: gastar, a libre discreción, un fondo de aproximadamente $700.000 millones para librar de activos en problemas a instituciones privadas “en problemas” por haber comprado esos activos (Esto es algo similar, aunque no tan brutal, como lo que se hizo en nuestro país cuando se le endosaron todas las pérdidas de la banca privada a todos los contribuyentes ecuatorianos). Como ese paquete no resolvió nada, ahora está prácticamente aprobado un nuevo paquete “de estímulo” de $800.000 millones. Decía Albert Einstein que esperar resultados distintos mientras que uno hace lo mismo era un síntoma de locura…

Pero dice el Presidente Obama que hay un consenso de que hay que incrementar considerablemente el gasto público para salir de la crisis. Tal consenso es una ficción puesto que hace un par de semanas más de 200 economistas, incluyendo varios Premios Nóbel, firmaron un anuncio que apareció en el New York Times y el Washington Post, entre otros periódicos, declarando que “El aumento en el gasto público por parte de los gobiernos de Hoover y Roosevelt no sacó a la economía estadounidense de la Gran Depresión en la década de 1930. Más gasto público no resolvió la 'década perdida' de Japón en los noventas”.

Detrás del apoyo político a un rol más activo por parte del gobierno yace la ansiedad de “¡hacer algo!” o ser vistos haciendo algo. Esta ansiedad une a políticos tan variopintas como Chávez, Correa, Bush y Obama. Los keynesianos sostenían que había una relación negativa entre la inflación y el desempleo: a mayor inflación, menor desempleo y viceversa. Se pensaba que los políticos y funcionarios hábiles podían inyectar dinero, generando inflación y de esa manera reducir periódicamente los salarios reales de los trabajadores sin que estos se den cuenta.

Era (y es) la teoría ideal para aquellos políticos ansiosos de ser vistos haciendo algo (y de conseguir más poder para hacerlo). Pero el dominio de esta teoría se acabó en los setentas cuando un creciente gasto público derivó en altos déficits y una política monetaria expansionista derivó en una alta tasa de inflación. Ese intervencionismo estatal resultó en una alta tasa de desempleo. Pensar que la misma política de aumentar el gasto público ahora tendrá resultados distintos, es un ejercicio de fe. Muy parecido a los repetidos ejercicios de fe en nuestra empobrecida región.

Gabriela Calderón

martes, 16 de diciembre de 2008

La falacia de que el gobierno crea empleos

El Presidente-Electo Obama ha anunciado que quiere un gran paquete de “estímulo” para crear 2,5 millones de trabajos para el 2011. Muchos de los detalles no quedan claros, incluyendo cuánto más gasto público propone y cómo está midiendo la creación de trabajos. Los reportes de la prensa sugieren que la próxima administración está considerando un paquete de alrededor de $400.000-$500.000 millones a lo largo de los próximos dos años, pero el Washington Post reporta que los demócratas están hablando de hasta $700.000 millones durante ese mismo periodo.

No debería sorprender, por lo tanto, que el prospecto de todo este nuevo gasto (muy por encima de aumentos récord en el gasto público de los últimos ocho años) haya provocado una sensación de ansiedad entre los grupos de intereses especiales. Los constructores de viviendas, las empresas de automóviles, los constructores de carreteras, los gobiernos estatales y locales, el establishment educativo, el lobby por las estampillas para comida, el lobby verde, y las empresas de energía alternativa están entre los grupos que se están peleando por un lugar en el comedero público.

Sería fácil ignorar esta orgía de nuevo gasto como las ganancias de la guerra. Los demócratas ganaron las elecciones después de todo y ahora pretenden recompensar a los varios grupos de intereses especiales que los respaldaron. Pero eso no es una explicación completa. Algunos partidarios de este nuevo gasto parecen estar genuinamente convencidos de que el gobierno federal puede crear trabajos.

En parte, este es un debate acerca de la economía Keynesiana, la teoría de que la economía puede ser estimulada si el gobierno pide dinero prestado y luego se lo da a la gente para que lo gaste. Esto supuestamente “aplasta el acelerador” para que el dinero circula a través de la economía. La teoría Keynesiana suena bien y sería buena si tuviera sentido, pero tiene una falla lógica un tanto obvia. Ignora el hecho de que, en el mundo real, el gobierno no puede inyectar dinero a la economía sin antes retirarlo de ella. Más específicamente, la teoría solo observa la mitad de la ecuación –la parte en la cual el gobierno pone el dinero en el bolsillo derecho. Pero, ¿de dónde obtiene el gobierno ese dinero? Lo presta, lo cual significa que lo retira del bolsillo izquierdo. No hay un aumento en lo que los Keynesianos denominan como la demanda agregada. El Keynesianismo no aumenta el ingreso nacional. Simplemente lo redistribuye. El pastel es dividido de distinta manera, pero no ha crecido.

La evidencia del mundo real también demuestra que el Keynesianismo no funciona. Tanto Hoover como Roosevelt aumentaron dramáticamente el gasto y ninguno demostró aversión alguna a acumular grandes déficits, no obstante la economía estaba en terribles condiciones a lo largo la década de los treintas. Los esquemas de estímulos Keynesianos también fueron practicados por Geral Ford y George W. Bush y no tuvieron impacto alguno sobre la economía. El Keynesianismo también fracasó en Japón durante los noventas.

Para ser justos, la incapacidad del Keynesianismo de aumentar el crecimiento puede que no necesariamente signifique que el gasto público no crea trabajos. Además, el argumento de que el gobierno puede crear trabajos no depende de la economía Keynesiana. Los políticos de ambos partidos, por ejemplo, argumentaron a favor de leyes de transportación llenas de privilegios especiales a principios de esta década cuando la economía estaba disfrutando de un crecimiento sólido—y la creación de trabajos generalmente era su principal argumento.

Desafortunadamente, no importa cuán analizado sea el asunto, prácticamente no hay respaldo para la noción de que el gasto público crea trabajos, de hecho, el asunto más relevante es qué tanto un gobierno más grande destruye trabajos. Tanto la evidencia teórica como empírica argumentan en contra de la noción de que el gobierno aumenta la creación de trabajos. La teoría y la evidencia nos llevan a tres conclusiones inevitables:

La teoría de que la creación de trabajos estimulada por el gobierno ignora la pérdida de recursos disponibles al sector productivo de la economía. Frederic Bastiat, el gran economista francés (si, habían economistas franceses admirables, aunque todos vivieron en los 1800s), es muy conocido por muchas razones, incluyendo su explicación de lo “visible” y lo “invisible”. Si el gobierno decide construir un “Puente a ningún lado”, es muy fácil ver a los trabajadores que son empleados en ese proyecto. Esto es lo “visible”. Pero lo que es menos obvio es que los recursos para construir ese puente están siendo tomados del sector privado y por lo tanto ya no están disponibles para otros usos. Esto es lo “invisible”.

Los denominados paquetes de estímulo rinden poco. Aún si uno asume que el dinero fluye del cielo y no tenemos que preocuparnos de lo “invisible”, el gobierno nunca es una manera eficiente de lograr un objetivo. Basándonos en la cantidad de dinero que está siendo discutida y los supuestos de cuántos trabajos serán creados, el profesor de Harvard Greg Mankiw llenó los espacios en blanco y calculó que cada nuevo trabajo (asumiendo que de hecho se materializan) costará $280.000. Pero como el dinero no viene del cielo, este cálculo es solamente un costo parcial. En realidad, el costo de cada trabajo público debería reflejar cómo esos $280.000 hubieran sido gastados de manera más productiva en el sector privado.

Los trabajadores públicos son tremendamente compensados en exceso. Hay varias razones por las cuales cuesta tanto que el gobierno “cree” trabajos, incluyendo la inherente ineficiencia del sector público. Pero el factor dominante es la probabilidad de paquetes que remuneran excesivamente a los burócratas. De acuerdo a los datos del Bureau of Economic Analysis, el empleado promedio del gobierno federal ahora gana casi el doble que los trabajadores en el sector productivo de la economía.

A pesar de estos argumentos, es muy probable que los políticos en Washington pasen una ley llena de “estímulos”. Aunque puede que haya algunas personas ingenuas que creen que un gran aumento en el peso del gobierno de alguna manera es una receta para crear empleos, los políticos tienen un interés personal de moverse en esa dirección porque aumenta su poder y su influencia.

Ellos ganan y los contribuyentes pierden.

Daniel Mitchell

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Memo al presidente electo Barack Obama


Felicitaciones por su historica victoria electoral, presidente electo Barack Obama. Ahora que ya está armando su gabinete y estudiando como resolver la crisis económica, permítame hacerle algunas sugerencias en un área que requerirá su atención mucho antes de lo que usted se imagina: Latinoamérica y el Caribe.

Está claro que, ante la enormidad de desafíos que hay en el plano interno, América Latina no estará en su lista de prioridades.

Pero una de las primeras cumbres internacionales a las que deberá asistir será la Cumbre de las Américas, de 34 países, que se celebrará entre el 17 y 19 de abril en Trinidad y Tobago. No tendrá más remedio que prepararse con tiempo para el encuentro, y llegar a la cumbre con una nueva agenda de Estados Unidos para la región.

Y también está claro que Latinoamérica nunca ha sido su punto fuerte. Como me dijo usted mismo la primera vez que lo entrevisté, en el 2007, nunca ha visitado la región. Y cuando le pregunté en esa entrevista cuáles eran los tres presidentes latinoamericanos que más respetaba, se quedó petrificado, y no pudo recordar el nombre de ninguno de ellos. (Para ser justo, debo agregar que cuando lo entrevisté más recientemente usted mencionó a varios mandatarios regionales por su nombre.)

Así que permítame darle algunas sugerencias que pueden ayudarlo a cumplir su promesa electoral de renovar el liderazgo de Estados Unidos en las Américas.

En primer lugar, sea usted mismo. No pose para los fotógrafos con un sombrero mexicano, como sus predecesores. Tiene usted una oportunidad tremenda para ganarse la simpatía de la región por el hecho de ser el primer presidente negro del país, por haber crecido en parte en el extranjero, y --quizás lo más importante de todo-- por haberse opuesto a la guerra de Irak desde el primer día.

Por extraño que pueda parecerle, varios países latinoamericanos están entre los más antiestadounidenses del mundo, no por algo que Washington haya hecho recientemente contra la región, sino a causa de la guerra en Irak. Los latinoamericanos no han olvidado la historia de las intervenciones militares de Estados Unidos en el continente, y la invasión a Irak tocó una fibra sensible en la región.

Usted llega a la Presidencia sin ningún lastre político. A los demagogos, como el presidente venezolano Hugo Chávez, les costará mucho pintarlo a usted como un imperialista. Saque ventaja de su virginidad en materia de política internacional para relanzar las relaciones de Estados Unidos con la región. Estas son algunas de las propuestas que podría llevar a la cumbre de Trinidad:

Convierta la Cumbre de las Américas en un evento anual, en vez de trienal y cuatrienal, como usted mismo me dijo durante la campaña. Se trata de la única reunión del presidente de Estados Unidos con los presidentes latinoamericanos, y eso lo obligaría a concentrarse en los asuntos hemisféricos a pesar de todos los temas acuciantes en el resto del mundo. Eso mandaría una señal potente a la región.

Resucite el cargo de Enviado Especial para las Américas, pero con rango ministerial o nombrando a una personalidad de alto perfil en el puesto. Sea audaz: ofrézcale el cargo al ex presidente Bill Clinton, como parte de un paquete más grande de misiones diplomáticas.

Comprométase a proponer en los próximos dos años una ley de reforma inmigratoria integral, que permita la legalización de los más de 11 millones de trabajadores indocumentados. Las economías de México y América Central dependen en buena medida de las remesas de dinero que hacen esos trabajadores a sus familias, y de las exportaciones al mercado norteamericano, y ambas están cayendo peligrosamente.

Olvídese de Hugo Chávez. El presidente narcisista-lininista de Venezuela hará todo tipo de piruetas para captar su atención y tratar de posicionarse como un líder mundial. Simplemente ignórelo, y concentre sus energías en mejorar los vínculos de Washington con países más serios, como México, Brasil, Colombia, Chile y Perú.

Amplíe los planes de cooperación energética con Brasil, América Central y el Caribe para producir etanol de caña de azúcar, que es más barato y menos contaminante que el etanol de maíz que se produce en Estados Unidos. Eso ayudaría a Estados Unidos a reducir su dependencia petrolera del Medio Oriente, y ayudaría a América latina.

Proponga un acuerdo de integración regional de servicios de salud, por el cual millones de estadounidenses podrían usar sus seguros de salud en América latina, y conseguir atención médica más personalizada y a mucho menor costo en hospitales certificados por Estados Unidos en varios países de la región.

Estas son apenas algunas ideas para empezar. ¡Buena suerte! Aunque sus vínculos personales más directos sean con Africa, tiene usted una oportunidad única de abrir un nuevo capítulo en las relaciones de Estados Unidos con Latinoamérica.

Andrés Oppenheimer

martes, 11 de noviembre de 2008

Quo vadis Obama


Barack Obama accederá a la presidencia de los EE.UU. en medio de la peor crisis económico-financiera soportada por América y por el mundo desde la Gran Depresión. Para afrontar esta dramática situación, el nuevo presidente tiene dos opciones fundamentales: primera, seguir la estrategia “rooseveltiana” de aumentar el peso del Estado en la economía y elevar las barreras proteccionistas; segunda, adoptar la filosofía “reaganiana” y confiar al mercado y al libre comercio la tarea de sacar al país de la recesión. F.D. Roosevelt y Ronald Reagan respondieron a inmensos desafíos con planteamientos radicalmente diferentes. Ahora, la pregunta elemental es qué hará el nuevo presidente y la respuesta es problemática. De entrada, su amplia victoria en las presidenciales y el control del Congreso conceden a la administración demócrata un enorme poder para configurar su política, cualquiera que ésta sea.

Ante los triunfos republicanos de los años ochenta del siglo pasado, Clinton adoptó una filosofía similar a la de Blair en el Reino Unido. El partido del Elefante asumió que el Estado no era la solución a los problemas, sino que en gran medida era el problema. Cuando llegó a la Casa Blanca, Clinton no revisó ni modificó en lo sustancial las reformas liberales introducidas por los republicanos, aplicó una estrategia presupuestaria ortodoxa, abanderó la libertad de comercio y realizó profundos cambios en el Estado del Bienestar. Los Nuevos Demócratas clintonianos fueron hijos de Reagan como el Nuevo Laborismo blairita lo fue de Thatcher. El centro ideológico de sus países se había desplazado hacia el liberalismo en sentido clásico y se limitaron a gestionar con pragmatismo centrista ese consenso.

Obama es diferente. Su ideario y su trayectoria le sitúan en la tradición más izquierdista del Partido Demócrata, la representada por políticos como Adlai Stevenson, Hubert Humphrey o George MacGovern. En esta misma franja ideológica están los principales dirigentes de esa formación como su presidente, Howard Dean, y los líderes del Senado y de la Cámara de Representantes, Harry Reid y Nancy Pelosi. Todos son partidarios de extender las funciones del Estado y acercar el modelo socio-económico norteamericano al existente en la vieja Europa y en el ámbito internacional son proteccionistas y aislacionistas militantes. Es posible que las responsabilidades de gobierno moderen esos instintos pero también lo es que consideren la gran victoria cosechada como un giro ideológico de la sociedad americana a la izquierda, similar al que se produjo de signo contrario hace tres décadas.

El riesgo de hacer una lectura de esa naturaleza gana cuerpo si se tiene en cuenta que el desprestigio de la Administración Bush y la crisis económico-financiera se están interpretando como un fracaso del capitalismo competitivo. Durante ocho años, los republicanos han utilizado una retórica liberal, en el sentido europeo, pero en la práctica han impulsado un fuerte aumento del gasto público, no sólo el de defensa; han fabricado un déficit presupuestario descomunal; han aplicado un proteccionismo selectivo; han extendido los programas sociales; han recortado las libertades civiles etc. Bush ha sido un estatista conservador y su presidencia ha constituido una ruptura con la filosofía de gobierno limitado que dominó el Great Old Party durante tres décadas. En este contexto, se abre una clara oportunidad para recuperar los viejos principios demócratas y la tentación de hacerlo es muy alta. La política Hoover-Bush “debe ser” sustituida por la de Roosevelt-Obama.

Desde una óptica económica, la puesta en marcha de las propuestas de Obama agudizaría y prolongaría la recesión y, probablemente, la convertiría en una depresión. Sus proyectos de gasto sólo contribuirían a incrementar de modo espectacular el ya muy abultado déficit público. La subida de impuestos a los ciudadanos con ingresos superiores a los 250.000 dólares al año, el 5 por 100 de los contribuyentes, no es suficiente para financiar sus promesas de gasto y sí lo es para eliminar los incentivos de ese colectivo a ahorrar, invertir y crear riqueza. El aumento de la fiscalidad sobre las rentas del capital impulsaría su fuga. La creación de un sistema de salud a la europea es infinanciable en una economía en recesión. La erección de barreras proteccionistas acentuaría las fuerzas recesivas en América y en el mundo…Los ejemplos podrían multiplicarse.

El eje central de la plataforma socio-económica de Obama es un gigantesco esquema de redistribución de la renta asentado en el aumento del gasto, de los impuestos y de las regulaciones. Es una copia y/o una traslación del modelo estato-corporativista vigente en Europa a los EE.UU. Su instauración supondría una alteración fundamental de los principios que han hecho de esa economía la más rica, dinámica y competitiva del planeta. En el corto plazo, ya se ha señalado, es una receta letal para superar la crisis; en el medio y en el largo sería el comienzo de la decadencia de América. Quizá por eso la izquierda mundial ha apoyado con tanto entusiasmo al ex senador de Illinois. Han vuelto los viejos demócratas con sus rancias ideas. Esta es una pésima noticia para los EE.UU. y para el resto del mundo. En las actuales circunstancias, la patria de Washington, de Jefferson, de Madison y de Lincoln, de todos aquellos líderes que forjaron su grandeza necesitaba un Reagan no un Obama, mala suerte para todos…

Lorenzo Bernaldo de Quirós