
Siempre es difícil e injusto realizar generalizaciones, pero, al menos, de las cosas que se logran observar a primera mano, se puede concluir que el pueblo costarricense es un pueblo que no está comprometido con nada, que nada se toma en serio. Parafraseando a Celia Cruz, la vida para algunos no es más que un Carnaval.
Se dice que este es un pueblo católico, y debemos aclarar que nuestra intención el día de hoy no es examinar las bondades o yerros del catolicismo, sino la sociología de esa creencia en nuestro país, como un dibujo del carácter moral de varios de nuestros conciudadanos.
La pregunta que nos surge a la mente es cuántos de estos “católicos” se toman en serio lo que debería ser lo más sagrado para ellos: su relación con Dios y su religión. Si este es un pueblo católico, entonces ¿por qué la Semana Santa es una semana de diversión y vacaciones y no de reflexión y conciencia?. ¿Realmente este es un pueblo católico? Si es así, ¿por qué la tasa de divorcios aumenta con el pasar de los años?. ¿Este es un pueblo católico? Entonces ¿por qué cada vez más personas tienen relaciones fuera del matrimonio?.
Todo esto es simplemente para ilustrar algo muy sencillo: el nuestro es un pueblo que no quiere comprometerse con ningún valor, simplemente quiere sortear la vida, ver qué le conviene el día de hoy para desecharlo mañana sin ningún empacho.
Con este tipo de carácter y bajeza es difícil caminar para algún lado. Sencillamente porque no tenemos rumbo porque no tenemos norte. Vale recordar las palabras con las que fuera descrito Howard Roark para darnos cuenta de lo distintos que somos: “A veces pienso que él (Howard) es el único de nosotros que ha alcanzado la inmortalidad. No lo digo en el sentido de fama o de que no se morirá algún día. Yo creo que él es lo que el concepto realmente significa. ¿Has visto cómo las personas añoran ser inmortales? Pero mueren con cada día que pasa. Cuando te los encuentras, ya no son lo que eran la última vez que los viste, en cualquier momento del día matan una parte de su ser. Se cambian, se niegan, se contradicen y a eso le llaman madurar. Al final no queda nada, nada que fuera sagrado, cómo si nunca hubiera existido una unidad sino tan sólo una sucesión de adjetivos que se desvanecen en una masa deformada. Cómo esperan inmortalizarse cuándo no pudieron comprometerse por un solo momento.”
Se dice que este es un pueblo católico, y debemos aclarar que nuestra intención el día de hoy no es examinar las bondades o yerros del catolicismo, sino la sociología de esa creencia en nuestro país, como un dibujo del carácter moral de varios de nuestros conciudadanos.
La pregunta que nos surge a la mente es cuántos de estos “católicos” se toman en serio lo que debería ser lo más sagrado para ellos: su relación con Dios y su religión. Si este es un pueblo católico, entonces ¿por qué la Semana Santa es una semana de diversión y vacaciones y no de reflexión y conciencia?. ¿Realmente este es un pueblo católico? Si es así, ¿por qué la tasa de divorcios aumenta con el pasar de los años?. ¿Este es un pueblo católico? Entonces ¿por qué cada vez más personas tienen relaciones fuera del matrimonio?.
Todo esto es simplemente para ilustrar algo muy sencillo: el nuestro es un pueblo que no quiere comprometerse con ningún valor, simplemente quiere sortear la vida, ver qué le conviene el día de hoy para desecharlo mañana sin ningún empacho.
Con este tipo de carácter y bajeza es difícil caminar para algún lado. Sencillamente porque no tenemos rumbo porque no tenemos norte. Vale recordar las palabras con las que fuera descrito Howard Roark para darnos cuenta de lo distintos que somos: “A veces pienso que él (Howard) es el único de nosotros que ha alcanzado la inmortalidad. No lo digo en el sentido de fama o de que no se morirá algún día. Yo creo que él es lo que el concepto realmente significa. ¿Has visto cómo las personas añoran ser inmortales? Pero mueren con cada día que pasa. Cuando te los encuentras, ya no son lo que eran la última vez que los viste, en cualquier momento del día matan una parte de su ser. Se cambian, se niegan, se contradicen y a eso le llaman madurar. Al final no queda nada, nada que fuera sagrado, cómo si nunca hubiera existido una unidad sino tan sólo una sucesión de adjetivos que se desvanecen en una masa deformada. Cómo esperan inmortalizarse cuándo no pudieron comprometerse por un solo momento.”
Tal vez, esa falta de compromiso, esa despreocupación por ser lo que se es o lo que se debe ser, esa ausencia de rumbo y la poca o nula claridad de los valores, hacen de Costa Rica un pueblo bastante peculiar. Lamentablemente, ese tipo de peculiaridad nunca es positiva.

